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abril 29, 2026

CCVIII. NO TENGAS MIEDO


Sobre
Juan 14, 1-12 


Durante mucho tiempo creí —o mejor, me hicieron creer— que yo no podía seguir a Jesús. Que mi forma de amar me colocaba fuera de su camino. Y uno, cuando escucha eso tantas veces, acaba por instalarlo dentro. No como una idea pasajera, sino como una certeza que pesa. Así fui viviendo, durante años, sostenido por una fe que no desaparecía, pero herida por una sospecha constante: quizá yo no tenía lugar.

Y sin embargo, había algo que no encajaba. Una intuición silenciosa, persistente, que me decía que Jesús no podía ser así. Que no podía rechazarme. Que lo que escuchaba en algunos púlpitos no terminaba de coincidir con lo que yo intuía de Él. No sabía explicarlo, pero estaba ahí. Como una pequeña luz que no se apagaba.

Por eso este pasaje de Juan me resulta tan decisivo. No tanto por las grandes afirmaciones que vienen después —el camino, la verdad, la vida—, sino por esas primeras palabras que, si no se entienden bien, lo demás se desmorona: “No os turbéis. No tengáis miedo. Creed en Dios y creed también en mí”.

Yo necesitaba eso. No una doctrina más. No una norma mejor formulada. Necesitaba que alguien me devolviera la calma. Que me dijera que no estaba condenado, que no estaba fuera, que no tenía que esconderme para poder creer.

Porque cuando te han hecho sentir desheredado de Dios, lo primero que se rompe no es la fe, sino la confianza. Y sin confianza, todo lo demás suena hueco.

He pensado muchas veces qué habría pasado si hubiera dejado de escuchar esa voz interior que me pedía no tener miedo. Si hubiera creído del todo que no había camino para mí. Probablemente habría abandonado. No solo la Iglesia. También a Jesús.

Y sin embargo, no fue así.

Porque hubo un momento —no inmediato, no fácil— en que entendí que esas palabras no eran para otros. Eran para mí. “No tengas miedo. Confía.” Y ahí empezó algo nuevo. No una seguridad perfecta, sino una manera distinta de caminar.

Luego sí, vinieron las preguntas. Como las de Tomás. Como las de Felipe. ¿Por dónde? ¿Cómo? ¿Dónde está el Padre? Y me reconozco en ellas. Porque también yo he tenido momentos de no entender nada, de no ver lo evidente, de sentirme perdido incluso dentro de la fe.

Pero el Evangelio no ridiculiza esas dudas. Las acoge. Y las sitúa en un camino.

Jesús no dice: “entendedlo todo y luego venid”. Dice: “confiad”. Y eso, en una vida atravesada por el miedo, lo cambia todo.

Porque cuando el miedo empieza a caer, aparece algo inesperado: la libertad. No una libertad sin conflictos, sino una libertad real para vivir sin esconderse, para creer sin pedir permiso, para saberse dentro sin tener que justificarse constantemente.

Precisamente ahí es donde esta experiencia deja de ser solo personal.

Y es que no puedo olvidar que hay muchas personas LGBTIQ+ que siguen escuchando lo mismo que yo escuché. Que siguen creciendo con la idea de que no hay camino para ellas. Que siguen dudando no de Dios, sino de su lugar en Él.

Y eso tiene responsables.

Cuando la Iglesia transmite más miedo que confianza, cuando habla más de exclusión que de vida, cuando convierte el seguimiento de Jesús en un filtro en lugar de una invitación… algo esencial se pierde. No en abstracto. En personas concretas.

Por eso esta reflexión no es solo una confesión. Es también una llamada.

A quienes nunca habéis tenido que dudar de si Dios os quiere tal como sois: deteneos un momento. Escuchad estas palabras como si fueran nuevas: “No tengáis miedo”. Y preguntaos si vuestras comunidades de fe ayudan a que otras y otros puedan escucharlas así… o si, por el contrario, las habéis convertido en algo inaccesible.

Porque todo lo demás —el camino, la verdad, la vida— solo tiene sentido si empieza ahí. En alguien que, mirándote de frente, te dice: "No tengas miedo. Confía. También tú puedes venir."

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

enero 24, 2026

CXCIII. DESDE EL MARGEN


Sobre
Mateo 4, 12-23

Siempre he sabido que mi lugar estaba en el margen. No por elección, sino porque allí me colocaron muchas veces: lejos del centro, de lo seguro, de lo que se considera correcto. Galilea suena a eso mismo: periferia, mezcla, sospecha. Un territorio donde parecía imposible que Dios habitara. Y, sin embargo, es desde ahí —desde el margen— donde todo comienza.

No en el templo ni en los espacios protegidos, sino en una tierra fronteriza. Cuando me reconozco como persona LGBTIQ+ creyente, comprendo que no estoy fuera del camino ni llegando tarde: estoy exactamente en ese margen desde el que Jesús decide iniciar su anuncio.

“Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca.” Durante años esa llamada me sonó a amenaza. Me la lanzaron como un reproche: conviértete de lo que eres, cambia lo que sientes, corrige tu cuerpo y tu deseo. Hoy la escucho de otra manera. Jesús no me pide que deje de ser quien soy, sino que cambie la mirada: que deje de creer que Dios me rechaza, que deje de vivir escondido, que deje de aceptar una fe que me condena. Mi conversión ha sido pasar del miedo a la confianza, de la vergüenza a la dignidad.

Jesús ve a los pescadores y los llama tal como están: trabajando, cansados, con las manos llenas de redes y de historias. No les pide currículum moral ni garantías previas. A mí también me ha mirado así, en medio de mis contradicciones, de mis heridas con la Iglesia, de mi deseo profundo de amar y ser amado. Y su llamada ha sido clara y desconcertante: “Sígueme”. No “corrígete y luego ven”, sino “ven conmigo ahora”.

Seguirle, siendo quien soy, no ha sido fácil. Ha implicado dejar redes muy pesadas: el silencio impuesto, la doble vida, la culpa interiorizada, la obediencia que mata. Y también ha implicado enfrentarme a una comunidad que a veces prefiere la seguridad de la norma antes que el riesgo del Evangelio. Aquí nace, para mí, el compromiso y la denuncia profética: no puedo seguir a Jesús y callar cuando su nombre se usa para humillar, excluir o deshumanizar a personas como yo.

Jesús recorre Galilea anunciando la Buena Noticia y sanando. No separa palabra y gesto. Eso me interpela profundamente. Como cristiano LGBTIQ+, siento que mi fe me empuja a decir en voz alta que no somos un problema que tolerar, sino un don que acoger; que nuestras vidas también revelan el rostro de Dios; que la Iglesia se empobrece cada vez que nos niega un lugar pleno. Callar ante la injusticia sería traicionar al Jesús que camina, que toca, que se acerca.

Esta fe mía es frágil, a veces cansada, pero también obstinadamente esperanzada. Creo en un Jesús que sigue pasando por nuestras orillas y nos sigue llamando. Creo en una Iglesia que todavía puede convertirse al Evangelio que proclama. Y creo que nuestra presencia visible, creyente y comprometida no es una amenaza, sino una llamada urgente: el Reino está cerca cuando nadie queda fuera.


Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retirá a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos,porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

septiembre 14, 2024

CXLIX JESÚS, ¿QUIÉN DICES QUE SOY YO?


Sobre
 Marcos 8, 27-35

«¿Quién decís vosotros que soy yo?» La pregunta que Jesús hace a sus amigos los deja trastornados. Y era necesaria, obviamente, porque quería saber en qué punto se encontraba y si, quienes estaban caminando junto a Él, tenían claro lo que implicaba andar por el sendero que habían iniciado. Hacía poco tiempo que Jesús había salido de su vida oculta, de su armario singular, en el que estuvo sin darse a conocer —que sepamos, según los evangelios— al menos desde la pista que nos da Lucas cuando narra que se perdió de sus padres con doce años, y lo encontraron en el Templo de Jerusalén sentado entre los maestros haciéndoles preguntas.


Él no estuvo escondido por temor a nada, sino porque todavía no había llegado el momento de darse a conocer.

Por el contrario, yo sí me oculté por miedo a ser excluido, despreciado, señalado y marcado, como le sucede a muchas personas LGBTIQ+ hoy. Todavía me apuré refugiándome muy al fondo del armario a causa de los condicionantes religiosos que agravan el sentimiento de culpabilidad hasta límites dolorosos, como también experimentan hoy en día muchas personas LGBTIQ+ cristianas.


La respuesta a la pregunta personal "¿quién creen (mi familia, mis amigos, mis compañeros, mis educadores y conocidos, ...) que soy yo"— era justamente la que me tenía paralizado. Estaba asustado por si ese dictamen fuera hiriente y traumático, y pudiera traducirse en consecuencias desoladoras, como había podido observar en otras personas. Un vecino de casa era abiertamente homosexual y los mayores nos advertían que no subiéramos a solas con él en el ascensor. Mi amigo Gonzalo tiene una inevitable pluma desde que era un crío, y las vejaciones y burlas en clase y los vestuarios eran continuas. No estaba dispuesto a arriesgarme tanto. Tenía miedo.


Por supuesto dentro del armario era imposible no enfrentarse a esa pregunta de Jesús tal cual. Y muchas veces reflexioné sobre ello. ¿Quién era Cristo para mí? Yo no había perdido la fe y nadie iba a echarme de la Iglesia mientras fuese capaz de guardar mi armario cerrado. Pero mi respuesta a su pregunta directa evolucionaba a medida que mi resentimiento —a causa del daño que me estaba haciendo el ingrediente religioso— crecía en mis tripas como la espuma. 


Jesús para mí llego a ser aquel por el que sus seguidores más piadosos rechazaban a las personas LGBTIQ+; Jesús era la razón de ser por la que los escribas y sacerdotes de nuestra época habían dejado escrito que mis actos son "intrínsecamente desordenados, contrarios a la ley natural y no pueden recibir aprobación en ningún caso" (Cfr. CCE 2357). Esa era finalmente mi respuesta enojada a la pregunta de Jesús. Es decir, Jesucristo cada vez era menos en mi vida.


Solamente cuando di otra vuelta a la pregunta y me interesé en saber quién decía Jesús que era yo, pude reconciliarme y comenzar a calmar el dolor. No fue un proceso fácil. Hubo un gran desierto. Pero ineludiblemente ahí estaba esperándome paciente, y en ese instante ocurrieron dos cosas: contesté afirmando que Él era el Mesías, El Salvador, el reencarnado por Dios hecho hombre también para mí, como para toda la humanidad sin excepción. Y la segunda cosa que sucedió es que alcancé el suficiente valor para salir del armario como hombre tal cual soy, pero sobre todo como hombre que cree en Dios, en el Dios de todas y de todos. Me gusta contar que el Señor me llevó al desierto y allí me sedujo, habló a mi corazón y le respondí, ese precioso texto de Oseas que me marcó para siempre.


Desapareció el resentimiento en la medida en que supe discernir entre lo que es cosa de Dios y lo que es cosa de los hombres. Dios evidentemente no ha escrito ese trágico y doloroso epígrafe del catecismo. Dios tampoco está en quienes agitando el signo de la Cruz siguen atacando incluso con violencia a las personas LGBTIQ+. Ese convencimiento de que Dios no tiene nada que ver porque de ninguna forma esos comportamientos y actitudes son obra suya, me ha permitido también perdonar. Al separar a Dios de todo eso quedan al descubierto los hombres, y puedo perdonar a cualquier ser humano con mayor o menor esfuerzo. Finalmente, al desaparecer el resentimiento también se esfuma el sentimiento de víctima. Queda una profunda paz liberadora.


Contemplar este texto de Marcos, situarme allí y observar la escena con los cinco sentidos, me sobrecoge porque actualiza su pregunta en mí, la escucho, veo las dudas de los discípulos como las propias mías, y soy testigo de cómo se remueve Pedro cuando oye de boca de Jesús quién es realmente Él y cuánto ha de suceder. Confirmo mi deseo de conocer internamente a Cristo que se ha hecho hombre por mí, para más amarle y seguirle. Cristo, que me quiere como soy, sin condiciones. La voz de Jesús es firme y dulce a la vez. Invita a la libertad, a confiar, a dejarse hacer en sus manos. Así que cuando dice que quien quiera ir con Él ha de tomar su cruz, me acuerdo de cuántas otras cargué sin contar con sus brazos y me imagino lo bueno que será compartir con Él ese leño todo el tiempo que haga falta.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Jesús emprendió el viaje con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Felipe. Por el camino preguntó a los discípulos: —¿Quién dice la gente que soy yo? Le respondieron: —Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que uno de los profetas. Él les preguntó: —Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro: —Tú eres el Mesías. Entonces les ordenó que a nadie hablaran de esto. Y empezó a explicarles que aquel Hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los senadores, los sumos sacerdotes y los letrados, sufrir la muerte y después de tres días resucitar. Les hablaba con franqueza. Pero Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo. Mas él se volvió y, viendo a los discípulos, reprendió a Pedro: —¡Aléjate de mi vista, Satanás! Tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios. Y llamando a la gente con los discípulos, les dijo: —Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Quien se empeñe en salvar su vida, la perderá; quien la pierda por mí y por la Buena Noticia, la salvará. 

enero 19, 2024

CXIV LA LLAMADA ABIERTA DE JESÚS


Sobre
Marcos 1, 14-40


Desde muy pequeño y hasta hace relativamente poco tiempo, me aterraban las frases como la del pasaje de hoy en Marcos 1,14, “se ha cumplido el tiempo”, y todas las que hacen referencia al fin de la existencia, del mundo, de la vida. 

Me angustiaba que Dios me encontrara en el armario, desnudo, sin defensas, tan absolutamente pecador como me habían hecho creer que era.


Me costó mucho descubrir que, en esa frase del Evangelio, Jesús se refería más bien a que acababa la época del miedo, porque Él estaba iniciando una revolución en la que, por descontado, todas y todos estábamos llamados a ser abrazados y amados por el Padre, sin excepción.


Porque singularmente, en la experiencia de relación con Dios desde dentro de los armarios hay, en muchos casos, un peculiar sentimiento de inferioridad: nos sentimos personas indignas de la atención de un Creador que (tal como enseña el discurso doctrinal) presta poco interés hacia quienes no se ajustan a la heteronormalidad (extraño palabro que no me gusta nada, pero creo servirá para entendernos)... Por eso no esperamos que se dirija a nosotras —personas LGBTIQ+ — para decirnos nada, por mucho que anhelemos desde siempre una palabra suya.


Pero... Jesús tampoco preguntó nada a los pescadores que llamó a seguirle. No les hizo exámenes, ni tests psicológicos para averiguar si su orientación sexual o su afectividad cumplía las normas, ni entrevistas personales que le convencieran de que estos hombres eran fiables. No pidió cartas de recomendación ni curriculum vitae. Solo les llamó. 

Para seguir a Jesús lo único necesario es convertirse y creer en la Buena Noticia. Para mí —y para muchas personas LGBTIQ+ a las que casi nos aplastaron la fe forzándonos a recuperarla a base de esperanza—, lo primero era volver a creer en la Buena Noticia, re-descubrirla en plenitud, y luego, enseguida, convertirme en una persona que se sabe querida por Dios y, por eso, es capaz de volver a quererse y a respetarse a sí misma.


“Creed y convertíos” es una llamada a volver al Padre continuamente, una vez tras otra, incansablemente. Cuando alguien intenta ofuscarnos declarándonos ajenos al plan de Dios, recordamos que Jesús no hizo más que tocar el hombro de esos pescadores de una forma tan suave como lo hace continuamente con nosotras y nosotros.

Ahora, junto a otras personas con experiencia vital muy similar a la mía, tras una travesía escondido como Jonás en el interior de una ballena, toca anunciar la Buena Noticia, porque efectivamente llega el final de los tiempos en los que ser diferente significaba estar condenado al desprecio o a la condescendencia.  


Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

septiembre 12, 2023

XCIV COMO OVEJAS SIN PASTOR

Sobre Mateo 9, 36 - 10, 8



Seguramente este sea uno de los momentos más bellos de la vida pública de Jesús. Se muestra visiblemente afectuoso y sensible. El evangelista no narra una curación, ni un milagro, ni una denuncia explícita del Maestro ante alguna injusticia. Mateo solo dice que Jesús se conmueve al ver a tanta gente extenuada y abandonada, como ovejas sin pastor.


Esa expresión, plena de intenciones, da luz a la Palabra central de Mateo que me sitúa en la experiencia de vida que comparto con muchas personas LGBTIQ+ cristianas: Vivir dentro del armario es caminar perdido como las ovejas dispersas, avanzar ahogado en la duda de si esa inquietante aventura de andar sin rumbo es algo que uno mismo decide, o es porque no hay otra opción.


En cualquier caso, las personas LGBTIQ+ —y en particular las creyentes— sabemos que el armario sólo se abre desde dentro, al margen de lo arriesgado que sea salir a la luz o no. En mi caso, abrí mi armario y acepté las consecuencias. Aún hoy las sigo asumiendo y supongo que así seguirá siendo, porque lamentablemente siempre existirán ámbitos en los que las personas LGBTIQ+ estaremos forzadas a demostrar que no somos extrañas, peligrosas, contagiosas. Y esto —que escribo en oración— lo expreso absolutamente libre de cualquier sentimiento de víctima. Dejé de sentirme como tal al salir del armario y desde entonces puede que alguien me acuse de ser un poco inconsciente, sobre todo cuando no alcanzo a ver hasta dónde me puede llevar el riesgo de anunciar a Jesús, pero nadie nunca podrá llamarme mártir. 

El riesgo es vida que palpita, imagino que como latían los corazones de las ovejas que andaban sin guía, a las que el Padre puso pastores fieles para que nunca más se perdieran.


Las mujeres y hombres LGBTIQ+ cristianas compartimos la experiencia de habernos sentido ovejas dispersadas por malos pastores. La certeza de que nuestro dolor no se debe al designio del Creador sino al mal propósito de algunos hombres, nos ha permitido recuperar la imagen de Dios como Padre que despide a sus subordinados desleales, busca pastores fieles y se preocupa de que nadie lo tema, nadie se espante y nadie se pierda. Ese es el Dios que nos salva de rendirnos, Él es el Padre que me sacó del armario y me presentó a Jesús, me acercó a Cristo y me enamoró de Él.

Las personas LGBTIQ+ creyentes conocemos de verdad el corazón de Dios porque hemos ansiado su cercanía con tanta fuerza que ya nada podrá separarnos de su amor. Estamos con Él quienes antes estábamos lejos. Es un regalo del que estaremos eternamente agradecidas y agradecidos.


Finalmente el texto de Mateo relata cómo Jesús envía a los apóstoles. Entonces recuerdo de qué manera y en base a qué tradiciones y doctrinas se impide ser consagradas a tantas mujeres y hombres buenos, por ser personas LGBTIQ+.  

Pero me surge espontáneamente la necesidad de continuar con el relato de la Buena Noticia. La tentación de rendirse, o la seducción del descanso, como la de Pedro cuando quiso levantar tres tiendas, se deja atrás para continuar con la misión.

Los hombres y mujeres LGBTIQ+ Cristianos estamos llamados a narrar nuestras historias personales de salvación. Cada uno de nuestros relatos es un evangelio de la experiencia de Dios en nuestras vidas. Creemos porque hemos percibido la caricia de Dios. Y constatamos que aún hay personas que esperan perdidas, dispersas, un mensaje de esperanza, la consciencia de que Dios ama sin condiciones y la evidencia, la convicción de que el Señor es nuestro pastor y nada nos falta.



En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.» 

Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judás Iscariote, el que lo entregó. 

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.»

septiembre 10, 2023

XCII SEGUIR A JESÚS

Sobre Juan 14, 1-12



Durante gran parte de mi vida creí que los homosexuales no podíamos seguir a Jesús. Quizá fuese mejor decir “me hicieron creer”. Eso se acerca más a la realidad. En esa triste certeza transcurrieron muchos años, casi tantos como el armario estuvo en pie cobijándome.


Por encima de la persuasión de que siendo gay nunca podría alcanzar a Jesús, estaba mi intuición de que era imposible que Él me rechazara, y siempre albergué la esperanza de que eso que escuchaba en las homilías y sermones no tuviera nada que ver con lo que de verdad Jesús había hecho y dicho en su vida.


Creo que tendré que escribir lo siguiente despacio, y tendrás que leerlo dos veces, pero es importante: Únicamente las palabras que transmiten confianza y calma pueden despertar el interés y elevar el ánimo a una persona de fe, que se encuentre en la situación de hacérsele creer que es un desheredado, y que lo es solo porque su identidad sexual y su expresión afectiva es diferente a la tradicionalmente aceptada.


Esto, dicho quizá de manera un poco complicada, no es más que fruto de la experiencia personal que concreto justamente a través de la lectura de Juan 14, 1-12. Sé que a lo largo de este pasaje sucede algo importante, y se dicen cosas fundamentales, pero no puedo encontrar sentido a nada de eso (de lo que para todo el mundo puede ser lo más trascendente del texto) si no me detengo antes, durante largo rato, imaginando a Jesús pronunciando las primeras palabras de todo el relato, saboreando cada una de ellas: “No os turbéis, no perdáis la calma, no temáis. Confiad en Dios y confiad también en mí”. 

Porque si yo hubiera perdido la calma y hubiese dejado de fiarme de esa intuición que me decía que Jesús guardaba para mí la esperanza de la vida, seguramente habría terminado abandonándolo todo. 


Lo demás que cuenta Juan tiene sentido a partir de esas dos frases: “No tengáis miedo. Creed en Dios y creed también en mí”. Es imposible seguir a Jesús sin perder el miedo, si confiar en Él. Vendrán momentos en los que nos tocará ser como Tomás y Felipe, incapaces de saber por dónde ir y negados para ver lo que tenemos ante nuestras narices. Pero cuando nos deshacemos del miedo, descubrimos que solo siguiendo a Jesús somos libres, nada más puede llenar nuestras vidas. Rápidamente volvemos a fiarnos de Él. Es el camino, la verdad y la vida, y solo a través de Jesús se llega al Padre. 

Hace años me hicieron pensar que no podría andar por su camino, que la verdad y la vida de Jesús me estaban vedadas porque no era digno a sus ojos. Ahora sé que sí puedo seguirlo, no a lo lejos, a hurtadillas como cuando estaba en el armario, sino incluso puedo caminar a su lado. Sé que Jesús es uno solo con el Padre, mi creador, quien me hizo obra perfecta suya, por lo que nada ni nadie podrá separarme de su amor. 

Cuando paro un poco y miro atrás doy infinitas gracias, porque todo esto que sé, que siento, surge de ese momento en el que me detuve a escuchar a Jesús diciéndome: Confía, no pierdas la calma, no tengas miedo. Cree en Dios y cree en mí. Todo irá bien.



No os turbéis. Creed en Dios y creed en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no, os lo habría dicho, pues voy a prepararos un puesto. Cuando vaya y os lo tenga preparado, volveré para llevaros conmigo, para que estéis donde yo estoy. Ya sabéis el camino para ir adonde [yo] voy. Le dice Tomás: —Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Le dice Jesús: —Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie va al Padre si no es por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también al Padre. Ahora lo conocéis y lo habéis visto. Le dice Felipe: —Señor, enséñanos al Padre y nos basta. Le responde Jesús: —Tanto tiempo llevo con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre: ¿cómo pides que te enseñe al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo no las digo por mi cuenta; el Padre que está en mí realiza sus propias obras. Creedme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no, creed por las mismas obras. Os lo aseguro: quien cree en mí hará las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque yo voy al Padre.

septiembre 07, 2023

LXXXIX ¡CAMBIA!

Sobre Mateo 4, 12-23



Supe que era homosexual siendo un niño. No es fácil ese proceso de saberse distinto, y todavía es más complicado a esa edad. Tan diferente me sentía que resultaba arriesgado contarlo. Tenía mucho miedo y estaba muy confuso. Si lo hablaba me iba a encontrar con burlas, desprecios, agresiones, exclusión... 

Con poco menos de diez años lo que más temía era perder el amor de mis padres. Lo que más me entristecía y abrumaba era haber perdido el amor de Dios.

Ser gay era una carga pesada de llevar, cada vez más insoportable a medida que fui creciendo dentro del armario, viviendo la injusticia del exilio impuesto por las normas sociales y la religión discordante e inmisericorde. Al mismo tiempo consciente de que se trataba de un armario auto obligado, inevitable y sin límite en el tiempo, pero al fin y al cabo resultado de mi propio temor a las consecuencias de visibilizarme.


Muchas veces hago uso de una frase de Jesús que recoge el evangelista Mateo, refiriéndome a la experiencia personal de desconsuelo y soledad por ser homosexual creyente en la sociedad civil y religiosa a la que pertenezco, pues sus preceptos, modelos, normas y tradiciones fueron en definitiva las piedras de los muros de mi armario y del de cualquier hombre o mujer LGBTIQ+ cristiana. Jesús hablaba de la clase religiosa respaldando al colectivo de personas excluidas y apartadas entre las que se movió: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan, pero no hagáis conforme a sus obras, pues dicen y no hacen. Porque atan cargas pesadas difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas».


Ciertamente los efectos de mi identidad homosexual fueron durante muchos años una carga que marcó mi vida dolorosamente. Sin embargo no imaginaba que Jesús pudiera estar dirigiéndose a mí, que ese aviso me lo estuviese entregando de forma personal. 

He compartido muchas veces que en mi oración a lo largo de buena parte de mi vida nunca faltaba pedir a Dios que me hiciese “normal”. Lo que rogaba al Padre era cambiar radicalmente. Yo no podía hacerlo, pero si el Señor me escuchaba sería posible convertirme en otra persona, quitarme la carga y dejar de sufrir. 


No pasó así. Tuvo que transcurrir mucho tiempo y sucederme muchas cosas para entender a Jesús. Como siempre, estaba sordo centrándome en pedirle y pedirle. Solamente al quedarme en silencio pude escuchar su voz. Cuando Jesús grita «¡Convertíos! ¡Cambiad!» Nos está invitando a modificar nuestra manera de entender la vida, de apreciarla y en ella dar valor a lo que somos y lo que nos rodea. En definitiva, nos pide que le dejemos entrar a nuestras vidas, a ponerlo en el centro para que Él dé sentido a todo.


Durante años le había pedido que me cambiase para hacerme “normal” y de pronto Jesús me invitaba a modificar mi percepción de la “normalidad”. Era como si me dijera: «¿No lo ves? ¡Despierta! Conviértete en un hombre libre porque yo te he hecho a mi imagen y semejanza, te quiero, me gusta como eres. Cambia. Cambia tu manera de mirarte y tu forma de apreciarte, porque eres perfecto a mis ojos, no hay ningún defecto en ti. Convierte tu corazón porque ya no soportarás ninguna carga pesada, eres digno para que entre en tu casa. Cambia, porque el Reino de los Cielos está cerca y tienes un lugar preferente en él».


Jesús provocó un cambio radical en mi vida cuando fui capaz de entender que mi fortaleza no dependía de mí sino de Él al aceptar su propuesta de conversión sin renunciar a nada de lo que yo era. Cuando Jesús gritó «¡Cambia!» Estaba haciendo realidad las palabras de Isaías, quebrantando el pesado yugo y la barra que oprimía mis hombros.


Aún así no creo que este cambio sea definitivo, en el sentido de que dejarse hacer por Dios implica continuos movimientos de espíritu que a veces son difíciles de entender y aceptar. La conversión incluye recoger la invitación que me hace Jesús a seguirle, y acompañar a Jesús significa estar alerta, no conformarme, no acomodarme, cerciorarme de que hablo de Él en mí y no de mí en Él. Parece un trabalenguas, pero en absoluto lo es.



Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que habla dicho el profeta Isaías: "País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló." Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: "Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos."
[Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: "Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres." Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.]

septiembre 06, 2023

LXXXVIII TESTIGOS

Sobre Juan 1, 21-34



EL PECADO MÁS GRAVE

Durante buena parte de mi vida creí que el mayor pecado posible era ser homosexual. Pocas veces dije en el confesionario que me gustaban los chicos. La última fue con quince años. Recuerdo que conté varios pecados al sacerdote y sobre ninguno hizo especial aspaviento. Cuando le hablé de que era gay se comportó como si hubiera confesado un asesinato. 

Otras veces me habían tratado de enfermo y me aconsejaron que me pusiese en manos de un psicólogo para curarme y dejar de pecar. En este caso a los quince años, el día de mi cumpleaños, el cura se aseguró de atemorizarme con el infierno si no era casto y puro, y me animó a sobrellevar la homosexualidad como una cruz de la vida. 


Por eso me ha costado mucho tiempo establecer un concepto de pecado válido, es decir, que no estuviera contaminado por mi homosexualidad. 

Hasta que acepté que soy como soy y que Dios me ama inmensamente sin cambiar nada, mi más grave pecado era ser gay. Un pecado insufrible, insoportable, permanente, inseparable, que eclipsaba todas las demás faltas. Porque si mentía, si era egoísta, si era orgulloso, avaricioso, o incluso si era violento o agresivo, pedía perdón y lo obtenía. Además podía evitar caer de nuevo en esos pecados con mayor o menor esfuerzo. Pero mi naturaleza homosexual era inevitable. Lo que sentía y vivía no podía impedirlo. 


EL PECADO DEL MUNDO

Al salir del armario tuve que reordenar la idea de pecado. De repente ser gay no suponía un problema en mi relación con Dios, sino que era una razón más para sentirme hijo querido suyo.

Por otro lado, entendí a qué se refería Juan cuando dice que Jesús es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 

En tiempos de Jesús —como ahora— el pecado del mundo era la opresión contra los débiles, los marginados y excluidos, las personas bienaventuradas. 

Jesús se centra en los últimos de la sociedad para elevarlos al primer puesto. Y recién salido del armario, engordado de rencor y resentimiento, me situaba como despreciado y, por tanto, víctima que clama venganza. «Ahora —me decía a mí mismo— tocaba desenmascarar todas las razones divinas que esgrimían Iglesia y sociedad en contra de las personas LGBTIQ+».


EL CORDERO DE DIOS

Ese momento de victimismo y vendetta es el tiempo del bautismo con agua que hace Juan. 

«¡Arrepentíos!» —dice el Bautista. 

Tiene que llegar Jesús para iniciar otra dinámica incorporando la misericordia al plan de salvación que, indudablemente, precisan los colectivos marginados y excluidos, pero también los que excluyen y marginan.

Jesús bautiza con el Espíritu. Y el Espíritu transforma los corazones diluyendo cualquier actitud que se alimente del rencor y el resentimiento. 

Esto significa que hay que hacer vida lo de poner la otra mejilla, porque a veces se recibe una buena bofetada. Pero ese es el camino del cordero de Dios.

El papa Francisco nos ha hecho reflexionar sobre la debilidad de un cordero, que tiene de por sí poca fuerza para llevar peso, tiene pocas habilidades para defenderse, es dócil y manso. Jesús es el cordero aparentemente débil que lo soporta todo, que lo da todo por nosotros.  


EL TESTIMONIO

Estoy en tiempo de parada. Salir de mi propio amor, querer e interés —como dice San Ignacio— me está posibilitando experimentar con más frescura la confianza en Dios y, por eso, sentirme más libre. Es curioso cuántas ataduras y compromisos, proyectos, tareas, me parecían irrenunciables hace muy poco, y de qué forma todo eso estaba ocultándome lo fundamental en mi vida, a Jesús de Nazaret.

 

Este “ponerme a la escucha de la voluntad del Padre” hace que sienta con mayor fuerza la necesidad de seguir anunciando la Buena Nueva del Evangelio a las personas LGBTIQ+ que todavía no han descubierto que Dios las ama tal como son. 

Las palabras del evangelista Juan son muy elocuentes: «Como lo he visto, doy testimonio de que él es el Hijo de Dios».


Las personas cristianas LGBTIQ+ que de una u otra forma hemos experimentado la cercanía de Jesús —y por él nuestras vidas han sido transformadas radicalmente— estamos llamadas a dar testimonio «porque lo hemos visto». Debemos anunciar al cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 

Pero es preciso que el Señor esté en el centro de nuestras vidas, tanto personales como colectivas. De otra forma seremos una farsa. Si nos anunciamos a nosotros seremos como los fuegos artificiales, muy bonitos pero efímeros. Demos, por tanto, testimonio de lo que el Espíritu ha hecho posible, de lo que hemos vivido. Hablemos de lo que hemos experimentado. Somos personas con una fe puesta a prueba muchas veces. Contemos de dónde nos viene esta fuerza.



Le preguntaron: —Entonces, ¿eres Elías? Respondió: —No lo soy. —¿Eres el profeta? Respondió: —No. Le dijeron: —¿Quién eres? Tenemos que llevar una respuesta a quienes nos enviaron; ¿qué dices de ti? Respondió: —Yo soy la voz del que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor, según dice el profeta Isaías. Algunos de los enviados que eran fariseos le dijeron: —Si no eres el Mesías ni Elías ni el profeta, ¿por qué bautizas? Juan les respondió: —Yo bautizo con agua. Entre vosotros está uno que no conocéis, que viene detrás de mí; y [yo] no soy digno de soltarle la correa de su sandalia. Esto sucedía en Betania, junto al Jordán, donde Juan bautizaba. Al día siguiente Juan vio acercarse a Jesús y dijo: —Ahí está el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. De él yo dije: Detrás de mí viene un varón que es más importante que yo, porque existía antes que yo. Aunque yo no lo conocía, vine a bautizar con agua para que se manifestase a Israel. Juan dio este testimonio: —Contemplé al Espíritu, que bajaba del cielo como una paloma y se posaba sobre él. Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar me había dicho: Aquél sobre el que veas bajar y posarse el Espíritu es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Yo lo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios.

agosto 20, 2023

LXXI TE SEGUIRÉ SEÑOR, PERO SOY LGBTIQ+

Lucas 9, 51-62



Este texto de Lucas tiene dos partes bastante claras y a primera vista diferentes, aunque por supuesto conectadas entre sí.

Por un lado, una experiencia habitual en la vida pública de Jesús, que a la Comunidad LGBTIQ+ nos resulta familiar: el rechazo. Por otro, la más radical invitación de Jesús al seguimiento.


1. El rechazo.


En aquel tiempo -el de Jesús-, era evidente la animadversión de los samaritanos con respecto a los judíos. En nuestro mundo -en todo el orbe- hay muchas sociedades y culturas que difícilmente se soportan entre sí. Una vez, siendo un adolescente con muchas preguntas que hacer sin atreverme a pronunciarlas, hice un trabajo en clase de Historia de 3º de Bachillerato. Me dediqué a analizar qué ideas, grupos sociales, razas, religiones, estaban tan enojadas entre sí como para permitir la violencia. Opresores contra víctimas, opresores contra otros opresores y sus variedades.

Resumiendo mucho aquel trabajo escolar, y dejando a un lado los datos obvios sobre decenas de culturas y sociedades enfrentadas a los judíos, las personas negras ultrajadas por los blancos (y variedades del blanco), capitalistas frente a comunistas, democracias frente a dictaduras, cristianos frente a no cristianos o musulmanes contra no musulmanes (hay un etcétera muy largo), dejando pues aparte todo eso, escribí un capítulo describiendo todo lo que pude averiguar acerca de cómo las personas homosexuales (las siglas apenas se conocían cuando redacté aquello) eran rechazadas y discriminadas en todo el mundo sin excepción. Evidentemente mi inquietud a la hora de redactar el ensayo partía de la orientación e identidad sexual que estaba asumiendo y que cada vez tenía más clara. Escribir dentro del armario me hacía sentir vivo y más libre. Pero eso sólo lo sabía yo.  

Me di cuenta de que detrás de cada argumento cristiano contra los homosexuales estaba un concepto religioso, un mandato doctrinal, una interpretación teológica, una exégesis bíblica o una carta pastoral. Pero lo mismo ocurre en las demás religiones que empapan con su doctrina moral las diferentes culturas en todo el mundo: como la judeocristiana, igualmente la musulmana, o las confesiones orientales, por ejemplo. Basta sobrevolar el Planeta para observar cómo casi todos los países que ejercen las políticas más duras contra la Comunidad LGBTIQ+ -incluso con condenas de cárcel o penas de muerte- están influenciados por las religiones, es decir, por las tradiciones y dogmas religiosos herederos de muchos siglos atrás, de otras épocas muy diferentes. Algo similar a lo que sucedía entre samaritanos y judíos, la razón por la cual Jesús no obtuvo posada en aquella aldea. Parecido a los casos en los que hoy en día una persona transexual no puede comulgar en público en su parroquia, o dos chicos no pueden besarse en la boca por las calles de Riad sin ser detenidos.

Antes de entregar aquel trabajo de clase comprendí que yo no era muy diferente a un judío en Samaría, pese a mi condición de refugiado en el armario. Decidí no incluir la parte dedicada a la realidad LGBTIQ+ para evitar cualquier tipo de sospecha hacia mí, temeroso de que los compañeros me incluyeran en las burlas y agravios que dedicaban a los chicos amanerados que había en el curso, o incluso trascendiera a mi familia. Un homosexual en el armario frecuentemente es un poco paranoico y yo no era una excepción.


Hace años, incluso también después de la salida del armario, reaccionaba igual que los apóstoles Santiago y Juan, quienes sugirieron a Jesús que bajara fuego del cielo y consumiese aquella aldea tan poco hospitalaria. Cuando me enteraba de alguna situación de exclusión hacia personas LGBTIQ+ también deseaba que los causantes sufrieran por ser tan inmisericordes, sobre todo cuando esas actitudes partían de personas religiosas. Me parecían tan incoherentes que las odiaba sin caer en la cuenta de que odiar a quien odia es entrar en el mismo juego. 

El resentimiento fue remitiendo poco a poco, a medida que fui comprendiendo que hay otras aldeas donde descansar. A veces la indiferencia hacia reacciones de rechazo sobre mí por ser homosexual, o un gesto amable, dialogante y conciliador que desarme cualquier actitud homofóbica, me han dado mejor resultado que mil lluvias de fuego que, seguramente, me hubieran quemado tanto como a ellos.

El rencor y el resentimiento devoran las entrañas.


2. Seguir a Jesús


Justo después de la experiencia de rechazo en la aldea samaritana, Jesús presenta algunas de las condiciones para poder seguirle. El nexo entre una y otra parte de este relato evangélico es precisamente uno de los requisitos: aceptar el rechazo sin responder con el rencor. Quien desea seguir a Jesús debe aceptarse entre los necios y los locos de este mundo (1ª Corintios, 1). Recuerdo cuando salí del armario como cristiano entre mis amigos homosexuales no creyentes: realmente me tomaron por tonto y entiendo sus razones, pues la Iglesia heredera de Pedro no fue nunca amable con nuestro Colectivo. Podrían entender que fuese creyente, pero no que amase a esta Iglesia tan aparentemente contradictoria.


Dice el relato que quienes iban con Jesús fueron presentándole excusas para seguirle una vez resolvieran diferentes asuntos: uno enterrar a su padre, otro despedirse de la famila. A uno más le advierte que si le sigue no tendrá lugar seguro donde descansar. Siempre me han parecido condiciones difíciles de cumplir para mí, tanto como la que pide Jesús al joven rico en Mateo 19: “primero véndelo todo y luego sígueme”.

Hasta que comprendí que Dios me ama tal como soy, había una condición añadida para seguir a Jesús que me parecía cada vez más imposible: renunciar a mi identidad sexual. Me hacían ver que las personas LGBTIQ+ no somos dignas de seguir a Jesús. Más tarde el Catecismo matizaría eso: podemos seguir a Jesús pero renunciando a nuestra afectividad y al desarrollo de uno de los dones más bellos de cuantos Dios nos ha concedido: la sexualidad.


No creo que el seguimiento a Jesús se centre en el sexto mandamiento, aún cuando todavía se ponen trabas a las personas LGBTIQ+ para formarse como sacerdotes o religiosas, pese a haber renunciado a enterrar a sus padres, no haberse entretenido en despedirse de la familia e incluso haber vendido todos sus bienes para seguir a Cristo. Pero no, eso no importa: parece que lo fundamental para seguir fielmente a Jesús es no ser LGBTIQ+.


En todo caso la radicalidad del seguimiento siempre me ha asustado y me siento incapaz de cumplir la condición de renuncia, entrega y desprendimiento inapelable que pide el Mesías. Una vez un sacerdote me tranquilizó haciéndome ver que Jesús no es un dios tribal que exija inmolaciones sino que nos demos gratuitamente haciéndonos instrumentos de Dios. Hace unos años un teólogo jesuita invitaba a mi Comunidad de fe, Ichthys, compuesta fundamentalmente por personas LGBTIQ+, a no tener miedo, a ser testigos de Cristo, a contar nuestras historias. Renunciar al miedo, salir de nuestras posiciones de confort, compartir la esperanza en Jesús y narrar nuestras ricas experiencias de Dios también es seguir al Maestro. 


Ya no me importa atravesar Samaría. Sé que siempre habrá otra aldea donde seré bien recibido y allí contaré cuánto me quiere el Dios de los felices.



Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.
De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.
Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: "Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?"
Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno: "Te seguiré adonde vayas."
Jesús le respondió: "Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza."
A otro le dijo: "Sígueme."
Él respondió: "Déjame primero ir a enterrar a mi padre."
Le contestó: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios."
Otro le dijo: "Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia."
Jesús le contestó: "El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios."