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octubre 25, 2025

CLXXIX. SER JUSTOS (ser coherentes)


Sobre
 Lucas 18, 9-14



Desde que tengo uso de razón, es decir, desde que soy consciente de mi identidad homosexual, y durante muchos años, he vivido con el sentimiento profundo de que era una persona imperfecta, inferior a las demás. Aun cuando el armario me hiciera parecer como las otras, mi cabeza, mi corazón y mis tripas sabían que mi manera de ser y de sentir no estaba bien. Todas las demás personas eran normales. Yo sin embargo tenía deseos y afectos inconfesables que no podía controlar y que poco a poco fui comprendiendo que eran tan míos como el color azul de mis ojos. 

Si se enterasen mis padres, sería trágico. Si lo supieran mis amigos, se burlarían y apartarían de mí. Y Dios —me decían— aborrecía a los homosexuales. No estoy tratando de dramatizar mi historia —ni la historia común de muchas personas LGBTIQ+, particularmente las cristianas—, sino que intento dar luz a todo eso que, desde luego, no buscaba pero me fue impuesto por los condicionantes sociales, educativos y religiosos a lo largo de muchos, muchos años.


Desde esta premisa puede ser fácil entender que la parábola del fariseo y el publicano me suscitara un sentimiento complejo, sobre todo a partir del tiempo en que comienzo a reflexionar la Palabra con un espíritu crítico, y el dolor —unido a la soledad y a la incapacidad de comunicar lo que vivo— se hace insoportable. Ahí nace el resentimiento que se instalará cada vez con mayor fuerza en mi corazón.


Las personas cristianas LGBTIQ+ nos hemos emplazado con mucha facilidad en el lugar del publicano, rezando a distancia y con miedo a mirar al cielo. Creo que nuestra experiencia muchas veces dramática nos sitúa en cualquier relato —pero más aún en las parábolas de Jesús— allí donde hay un personaje sufriente. No solo somos el publicano en contraposición al fariseo, sino el hombre asaltado y apaleado al que asiste el samaritano, o la oveja perdida.


Cuando salí del armario lo hice cargado de rencor. Ese resentimiento tuve que curarlo y, paradójicamente, fue a través de la oración. Necesitaba aliviar las heridas. Las heridas  curaron cuando comprendí que mi actitud al hacerme visible fue comportarme precisamente como el fariseo de la parábola. 


Al salir del armario pensé que había llegado el momento de arrasar con todo, decidido a recuperar a cara descubierta mi lugar en la Iglesia, denunciando las injusticias de las que había sido víctima y ante las que seguía siendo testigo. Había mucho fariseo al que desenmascarar su hipocresía. 

Pero esa fuerza, toda esa energía y furia no hacía más que alimentar el rencor que iba ardiendo en mi corazón, desplazando al buen Espíritu y convirtiéndome en un impostor. 

Justo me había transformado en el fariseo. Ahora era yo quien rezaba diciendo «gracias, Dios mío, porque no soy como los demás, y mucho menos como esos que escandalizados se dan golpes de pecho pero son unos incoherentes».


De pronto me vi pillado por mi propia contradicción. Toda la vida en el papel de víctima y de repente y con total nitidez me veía reflejado en el rol del verdugo. En realidad no fue tan instantáneo ni tan tumbativo, sino fruto de una reflexión orante que duró un tiempo, y aún se prolonga, porque no creo que nunca deba terminar. Durante ese primer periodo me dediqué a localizar dónde estaban las causas del mal sabor de boca y de ánimo que me iba dejando esta forma de comprometerme una vez me hice visible. Después he ido dando la vuelta a cada historia preguntándome cuánto de fariseo hay en mí y el porqué. Siempre la Palabra dando la medida. 


No puedo decir que mi resentimiento esté completamente curado, pero ya no tengo tanto dolor. No he renunciado a la denuncia profética pero ahora procuro que la firmeza siempre vaya unida a la misericordia. El rencor se cura con amor y Palabra, no con buenos propósitos. Y aunque todo eso lo sé, a veces aún me sorprendo vencido por las ofensas, buscando al fariseo para zarandearle mientras con la mano libre me doy golpes en el pecho. 



En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador." Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."

octubre 11, 2025

CLXXVII. MI YO MARICA (Gracias, Padre)


Sobre
 Lucas 17, 11-19



Confieso que la lectura de hoy me encanta. No es solo el relato de una curación. Lucas nos cuenta unos instantes en la vida de una persona agradecida. Creo que en este texto el protagonista no es Jesús sino el hombre que, antes de ir a los sacerdotes a informarles de que estaba curado de la lepra y limpio, regresa al Maestro para darle las gracias, mientras sus nueve compañeros ni tan siquiera giraron la cabeza.


No he sufrido hasta hoy largas ni graves enfermedades. Mis lepras no fueron somáticas, pero de alguna forma me hicieron sentir igualmente sucio y despreciado. No quiero aparecer como una víctima de nada, pero objetivamente es así. 


De pequeño provocaron que me sintiese un enfermo, porque los homosexuales lo éramos. Además, con el terrible añadido de que Dios acogía amorosamente a los muertos de malaria o de cólera, pero a los homosexuales —incluso si morían de viejitos— los mandaba a las tinieblas. Por eso a los dieciséis años creí que lo mejor sería marcharme en silencio. Total —pensaba— los suicidas van al mismo infierno que los maricones.

Esta lepra se llamaba miedo al desprecio, terror al desamor. Desconfianza. Soledad. 


Mi amigo Álvaro murió por VIH con 29 años —los mismos que tenía yo— justo cuando los fanáticos religiosos decían que el sida era un castigo de Dios contra los homosexuales. La lepra no es el sida sino todo lo que hace que tengas que acudir casi a escondidas y avergonzado a hacerte las pruebas, porque corre como la pólvora la noticia de que te vieron entrar al consultorio donde van todos los sarasas a comprobar si tienen la peste gay.


He narrado solo dos capítulos de mi vida, muy resumidos, sin demasiados detalles y sin ser tampoco los únicos que me han marcado de entre todas las historias de particulares lepras. Estos dos y los demás tienen en común la sensación de suciedad, de mancha y de culpa que ha sido el hilo conductor desde que tengo uso de razón, sólo porque soy homosexual y cristiano; porque sin el componente de la fe la mayor parte de los dilemas, preocupaciones y dificultades no habrían tenido lugar.


Por último otro acontecimiento más: El momento personal en el que decido ir al encuentro del Señor es justo cuando no puedo soportar seguir viviendo estas lepras y descubro la necesidad de librarme de ellas. Puedo llamarlas con diferentes nombres —miedo, desconfianza, temor— pero en el fondo es tanto el deseo de congraciarme conmigo mismo, como el valorarme definitivamente y discernir si opto o no por rendirme a que Dios se incorpore a mi vida y la agite, lo que me empuja a adentrarme en el desierto, buscando escuchar la voz de Jesús para postrarme ante Él y dejar que cure todas mis heridas.


De pequeño solía jugar con las niñas, al menos así lo recuerdo hasta los nueve o diez años. A partir de esa edad comprendí que era conveniente aparentar la masculinidad esperada y cambié los hábitos. Jugaba con ellas no solo porque sus juegos me parecían más agradables que chutar un balón, sino porque —parecerá una tontería— admiraba en las chicas la normalidad con la que expresaban afectos y sentimientos con sus madres, frente a la aspereza de los chicos, incapaces de buscar una caricia o un beso aunque ellas se acercaran a sus hijos.

Una vez en uno de los juegos brutos de los niños, persiguieron en bicicleta a las niñas. Tres cayeron al suelo y se hirieron. Era un día de campo y los accidentados —una chica y dos chicos— corrieron llorando a una de las madres para que les curara los arañazos. Cuando lo hizo, les dijo que volvieran a los juegos y se marcharon hacia donde estábamos. A mitad de camino la niña se volvió y fue corriendo hacia la mujer a darle un beso. Me gustó ese gesto tanto que lo recuerdo hasta hoy. Me habría dado vergüenza hacer eso delante de los demás chicos, por más que lo hubiese deseado. Comportarse así era ser un marica, como llorar era de niñas o rendirse de nenazas.


Me produce mucha paz comprobar que ante Jesús siempre he procurado ser un marica. Reconozco haber salido a su encuentro muchas veces para pedirle que curase mi lepra (que, ya dije, puede ser el miedo, o se trata de desesperanza, de resentimiento, de desafecto o de ganas de tirar la toalla). Le grito para que me oiga y, cuando lo hace, me envía a los sacerdotes. Pero yendo en camino siempre sale “mi yo marica” y regreso para postrarme a los pies de Jesús a darle las gracias.


La fe sin agradecimiento profundo a Dios es solo religión. Muchas veces he contado cómo uno de los descubrimientos más felices de mi vida fue aprender a escuchar y encontrar a Dios, que en ocasiones está en el trueno, pero también en la brisa suave e incluso en el silencio. Por eso Dios para mí no es algo inmaterial ni etéreo, sino absolutamente tangible, a quien puedo pedir pan y no me dará una piedra, a quien puedo pedir un pez y no me dará una serpiente. A quien puedo dar gracias por cuanto me concede. 


Pedir es gratis. Agradecer parece que cuesta y tiene un precio. No comprendo a la gente que pide tanto y no es capaz de dar gracias. Continuamente agradezco a Dios todo lo que me ha regalado. No tiene sentido ni un solo instante de mi vida si no es desde el agradecimiento. No puedo ir a los sacerdotes del templo para celebrar los ritos religiosos si no soy capaz de volver a Jesús para arrodillarme a sus pies y darle gracias, en un gesto marica que otros leprosos no atienden. Porque cada vez que lo hago Jesús me dice: “Vete, tu fe te ha salvado”.



Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros."
Al verlos, les dijo: "Id a presentaros a los sacerdotes."
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.
Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo: "¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?"
Y le dijo: "Levántate, vete; tu fe te ha salvado."

febrero 22, 2025

CLXII. AMAD A VUESTROS ENEMIGOS


Sobre
Lucas 6, 27-38


Nadie dice que seguir a Jesús sea fácil ni descansado, por mucho que el seguimiento del Evangelio provoque la alegría del espíritu. Ir contracorriente supone colocarse en situación de desventaja frente a la arrolladora mayoría que va en la dirección más natural: el curso del torrente, las olas hacia la costa, el viento que sopla fuerte en una dirección... 
Jesús nos pide elegir entre la dialéctica humana y la lógica de su Palabra. Paradójicamente, para muchas personas el mensaje de Jesús, lejos de ser racional y prudente, es un absurdo. San Pablo avisó a los corintios que Cristo crucificado es un escándalo para los judíos, y una necedad para los gentiles. 

Lo que Jesús nos dice hoy es radical. Por supuesto, parece básico cumplir todo esto que expone. Pero una cosa es predicarlo y, otra muy distinta, hacerlo vida.

En estos imperativos de Jesús hay dos grupos de personas contrapuestas y bastante bien definidas. De una parte, las víctimas, los odiados, los malditos, los injuriados, los violentados, los robados. De otra, todas aquellas que hacen daño a las primeras. 
Habitualmente, hombres y mujeres del colectivo LGBTIQ+ nos situamos entre esas primeras sintiéndonos las últimas. Así me ha pasado toda la vida, prácticamente. Aunque colocarme de víctima suele incomodarme de un tiempo a esta parte (el límite entre ser víctima y hacerse la víctima es muy sutil), bien es verdad que no pasan muchos días sin que alguna noticia me devuelva a la realidad y me haga reconocer como parte de quienes sufren daño. 

Lo cierto es que la mayoría de las mujeres y hombres LGBTIQ+ cuando nos acercamos a este pasaje de Lucas, lo hacemos con el sentimiento de víctimas que hemos adquirido y aceptamos como algo propio de nuestra identidad, porque verdaderamente acarreamos una larga experiencia de afrentas. El dolor que sentimos, el miedo, la soledad, la tristeza, bloquean cualquier sospecha de que también exista la posibilidad de abandonar nuestra posición de desfavorecidos para transformarnos en sujetos activos y proceder así con la misericordia que, quizá, no recibimos de otras personas.


Ahora es a mí a quien se dirije Jesús cuando dice "amad a vuestros enemigos". Llevo mucho tiempo orando esta certeza, hasta el punto de lograr conmoverme y agitar mi corazón, porque de ningún modo las mujeres y hombres LGBTIQ+ somos ajenos a la reacción que suscita cada frase de Jesús.

Más bien lo contrario. Las personas LGBTIQ+ cristianas hemos desarrollado una capacidad enorme para comprender y asumir todo tipo de situaciones adversas. La experiencia de no sentirnos aceptados ha acrecentado nuestra capacidad de esperar hasta que las percepciones del prójimo hacia nosotras y nosotros cambien y su aceptación sea una realidad. Esto es, esperar en la esperanza de que se transformen los corazones, dando tiempo y oportunidad a la misericordia para arraigar en el alma de todas las mujeres y hombres.


Creo que la novedad no está en esperar que esta palabra de Jesús se cumpla en nosotros como sujetos pasivos. Lo subversivo y radical es que las personas LGBTIQ+ comencemos a comportarnos con la misericordia que Jesús nos ruega. Somos nosotras y nosotros quienes debemos amar a nuestros enemigos y hacer el bien a quien nos odia, bendecir a los que nos maldicen y orar por quienes nos calumnian.

Cuando nos hieran la mejilla, ofrecer la otra, y a quien nos quite el manto démosle también la túnica. Demos a quien nos pida y a quien nos quita lo nuestro no se lo reclamemos.


Tratemos a los demás como queremos que nos traten. Seamos misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso. No juzguemos y Dios no nos juzgará. No condenemos y Dios no nos condenará. Demos y Dios nos dará.


Estas actitudes desarman todo argumento donde subyace la exclusión, la marginación y cualquier actitud lgtbi-fóbica. Cuando hemos actuado así, hemos podido desmontar prejuicios y trasladar a un plano anecdótico la tradición y la doctrina que han empobrecido el mensaje autentico del Evangelio durante siglos. Hemos conmovido corazones.

Y en sentido recíproco, percibimos que Dios ya no sólo nos ama inmensamente como personas LGBTIQ+, sino también porque actuamos conforme a su voluntad, dando amor porque de Él recibimos amor.


Personalmente durante demasiado tiempo me he sentido bloqueado para darme, porque el rencor, el resentimiento y la actitud victimista han secuestrado mi capacidad de perdonar. Y sin querer, eso afectaba a mi relación con Dios porque no era fiel a su Palabra. Es muy difícil orar por los que me calumnian, por ejemplo. Como homosexual, lamentablemente estoy expuesto a todos esos riesgos: que me odien, que me excluyan, que me insulten o difamen, que me hieran, que roben mi dignidad, que sean inmisericordes conmigo, o que me condenen o señalen. Todo eso pueden hacerme por ser diferente. Pero si yo no reacciono con amor y comprensión, con misericordia aún sin renunciar a la denuncia profética, entonces seré como ellos. Porque con la medida con que mida, Dios me medirá a mí.



© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen.
Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante.
La medida que uséis, la usarán con vosotros."


febrero 18, 2024

CXIX TENTACIÓN


Sobre 
Marcos 1, 12-15



No hace mucho, un amigo no creyente me admitía la forma en que la Iglesia manifiesta que las personas LGBTIQ+ debemos ser acogidas y no discriminadas; incluso ーrecordabaー abre la puerta a la bendición de parejas del mismo sexo, reconociendo tácitamente al colectivo LGBTIQ+, visibilizándolo por primera vez, situándonos dentro de la Iglesia en la que antes no existíamos. Pero al mismo tiempo ーafeaba mi amigo la Iglesia nos dice que nuestra conducta es desordenada y no puede recibir aprobación en ningún caso (sic). 

A colación de esto, últimamente se publican numerosas reflexiones y análisis poniendo el foco en el debate de una Iglesia que abre los brazos frente a otra que se aferra a la doctrina y la tradición, poniendo de manifiesto que ciertamente debemos ser bien tratados. Incluso que está bien visto acercarse a las personas LGBTIQ+, acogerlos y tal. Pero cuidado con lo que hacemos, lo que pensamos, lo que vivimos, y alerta con eso de la ideología de género, que es como si Belcebú se quisiera instalar a sus anchas en nuestra adorable sociedad. Hace décadas el sida fue el mal que Dios envió al mundo de manos de los homosexuales. Hoy es el "trans-power" lo que destruirá la Tierra.

Este caminar en equilibrio es lo que las personas creyentes LGBTIQ+ hacemos desde hace mucho tiempo, tolerando los pares y nones, transigiendo condescendencias y soportando esperanzas vanas que se esconden en señas llamativas pero insuficientes. Todo esto nos agita demasiado el ánimo (que viene de alma), y provoca la tentación. Una tentación que se nutre del hastío, del cansancio ante tanta espera colmada de gestos complacientes y vanas esperanzas. 

Relata el evangelio que el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Allí fue tentado por el diablo, vivió entre alimañas y los ángeles cuidaban de él.

El status quo actual del colectivo LGBTIQ+ cristiano en la Iglesia me desconcierta, me perturba. Me transporta al desierto dónde está el diablo esperando y dispuesto. Aún no llevo cuarenta días, solo tres orando el texto de Marcos. Pero ya me ha preguntado Satán varias veces qué hago yo metido en estas cosas, en un lugar donde me ponen condiciones para vivir como soy, y donde están continuamente presentando ante el juez cada uno de mis actos, a ver cómo pueden acusarme y de qué. Las alimañas, por su lado, también corretean junto a mí, disfrutando de la situación y diciéndome eso de “¿ves? ya te decía yo que no valía la pena. La Iglesia es una maquinaria parsimoniosa y desengrasada, lenta para adecuarse a los signos de los tiempos y nunca dará un paso firme desoyendo a la tradición”.

Podría llenar muchos folios tan solo nombrando las tentaciones a las que me enfrento cada día, algunas de ellas compañeras de mi historia desde hace muchos años. Tentaciones de todo tipo, que abarcan uno por uno todos los aspectos de mi vida. Todas y todos tenemos tentaciones. Hasta donde me alcanza la memoria, van de mi mano, hasta hoy. Y ーes inútil negarloー muchas veces he caído en ellas, más o menos conscientemente. 
Las considero atracciones que seducen hasta burlar la razón. Hasta perderla, a veces literalmente.

Tentaciones pequeñas fáciles de salvar, tentaciones grandes que requieren mesura... Quizá la tentación que más me hostiga y aguijonea, que más me importuna e insiste, es la de abandonar y tirar la toalla. Es la única tentación que me ocupa y preocupa. La que me obliga a un constante discernimiento que impone una oración profunda, un diálogo con Dios desde el desierto de la incertidumbre, de la debilidad, del agotamiento, y también de la arrogancia, del desafío, de la soberbia...

Sé que Dios no abandona, sino que da sentido a todo. Igual que le sucedió a Jesús, para mí, para nosotros el desierto y sus tentaciones sirven para tomar impulso. Soy un firme convencido de que como cristiano LGBTIQ+ estoy llamado a vivir comprometido con mi fe, a vivir en el riesgo del Evangelio y no en la comodidad descomprometida, a soportar los agravios y a responder con la corrección fraterna, a orar para actuar desde Dios por las hermanas y hermanos LGBTIQ+ que aún viven perdidos y desesperanzados. La tentación de abandonar me acompaña con la misma insistencia que le pido a Dios que me dé fuerzas para vencerla y seguir, como sea, de su mano, confiando, descansando en Él mi ánimo y fiándome de sus planes. Porque estoy convencido de que se cumple el plazo y el Reino de Dios está cerca. La Iglesia de Jesús es posible.


Inmediatamente el Espíritu lo llevó al desierto, donde pasó cuarenta días sometido a pruebas por Satanás. Vivía con las fieras y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar la Buena Noticia de Dios. Decía: —Se ha cumplido el plazo y está cerca el reinado de Dios. Arrepentíos y creed en la Buena Noticia.

febrero 11, 2024

CXVIII SI TÚ QUIERES, SEÑOR


Sobre
Marcos 1, 40-45



En tiempos de Jesús los leprosos eran los más despreciados entre los despreciados. La lepra se consideraba un castigo de Dios. Los leprosos eran obligados a vivir en sitios alejados de la sociedad, carecían de cualquier consideración como personas y vivían en las afueras, porque tenían la entrada prohibida en pueblos y ciudades.


Muchas mujeres y hombres LGBTIQ+ nos hemos sentido leprosos en algún momento de nuestras vidas. Todavía hoy, en demasiados lugares del mundo —especialmente en las sociedades donde lo religioso empapa las costumbres y las tradiciones— ser homosexual, ser persona LGBTIQ+, significa formar parte de los excluidos. Y eso provoca que los armarios sigan bullendo de gente atrapada y asustada.


Yo no soy un enfermo por ser homosexual. Pero es obvio que he vivido bastante tiempo como si lo fuera. Durante muchos años de mi historia personal esta lepra fue llevada en secreto y en silencio, cuidando que no se notara que estaba enfermo, que nadie advirtiera mis miradas, mis ademanes, si me latía fuerte el corazón al cruzarme con algún amor imposible, o cuando el amor llegó y tuvo que difrazarse de amistad. Vigilando que nada me delatara. Tejiendo una doble vida. Guardando mis sueños. Tragando ofensas. Erosionando la fe. 

Esta lepra, que no se percibía con llagas ni heridas visibles, pero de la que yo era consciente y —tenía la certeza debía mantener en secreto, me obligó a vivir camuflado, disfrazado de hombre normal durante años. 


Muchas veces pasó Jesús por mi lado. Una de ellas —cansado de ser quien no era, sediento de esperanza y deseoso de recuperar una fe que se me iba de las manos— me atreví a decirle como el leproso del relato de Marcos: si quieres, puedes sanarme.

Ese encuentro con Jesús cambió efectivamente mi vida, me sacó del escondite donde había estado durante tanto tiempo y comprobé que Dios me quiere como soy, sin despreciar ni un solo cabello de mi cabeza, ni un solo gramo de mi corazón.


No me puse de rodillas ante Jesús para pedirle que me curase de nada que tuviese que ver con mi identidad sexual. Por el contrario, le rogué que me sanase de mi sentimiento de ser diferente, de temer represalias, de no poder expresar mi afectividad, de no atreverme a darle gracias por haberme creado así. Me puse ante Él para que no dejase que el rencor me envenenara una vez que mi armario fuese historia. Le supliqué que sanase mi infelicidad y me otorgara el don de ser dichoso, por primera vez, siendo como me sentía.

Muchas veces he contado cómo de pequeño pedía a Dios que me hiciera normal, no porque me encontrase abatido sintiéndome homosexual, sino porque tenía miedo a las consecuencias de que me descubriesen tal como soy.


Jesús cura los miedos de las personas LGBTIQ+ y, desde ese instante, nos hace tremendamente fuertes y extraordinariamente generosas. 

Es paradójico cómo los Evangelios muestran al Mesías acercándose a los débiles y excluidos para librarlos de todo lo que les oprime, mientras que en muchos sitios la doctrina y la tradición religiosa —que actúa en nombre de Dios— sustenta comportamientos en los que se sigue discriminando y agrediendo a los leprosos de nuestro tiempo. ¿Qué hacer ante esto?


La fortaleza que Cristo nos ha regalado nos impulsa a seguir denunciando proféticamente esas conductas. La generosidad que el Maestro nos ha donado nos mueve a perdonar, a tender puentes, a ser sal y luz sin perder energía. Ambas actitudes son las que animan el espíritu de los Grupos creyentes LGBTIQ+ y también de las personas de Iglesia, de las Asociaciones laicales y tantas y tantos que se acercan comprometidamente a esta frontera de la Iglesia, provocados por la respuesta de Jesús en su diálogo con el leproso:

Si quieres, puedes sanarme (de mi miedo a ser yo mismo, ser yo misma, y si quieres puedes darme fuerzas para anunciar que me amas sin reservas).

—Lo quiero —respondió Jesús.



Se le acercó un leproso y arrodillándose le suplicó: —Si quieres, puedes sanarme. Él se compadeció, extendió la mano, lo tocó y le dijo: —Lo quiero, queda sano. Al punto se le fue la lepra y quedó sano. Después le amonestó y le despidió encargándole: —Cuidado con decírselo a nadie. Ve a presentarte al sacerdote y, para que le conste, lleva la ofrenda de tu sanación establecida por Moisés. Pero al salir, aquel hombre se puso a pregonarlo y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en despoblado. Y aun así, de todas partes acudían a él.

febrero 03, 2024

CXVI LA FUERZA DE LA ORACIÓN


Sobre
 Marcos 1, 29-39



El relato de hoy es aparentemente poco llamativo. Nos cuenta cómo transcurrió aquel día, después del suceso anterior en la sinagoga por la mañana: fue a casa de Simón y Andrés, y allí curó a la suegra de Simón, y tras ella a muchas más personas que fueron llevándole. Después se retiró a orar, y más tarde hizo planes para el día siguiente.
Sin embargo en este texto se resume buena parte de la actitud vital de Jesús: para empezar vuelve a dejar la ley y la tradición a un lado y no le importa curar en sábado, porque antes está el bien de la gente que el cumplimiento de las normas. No dice Marcos si predicó, pero es fácil imaginar que sí, su forma de hacer, de hablar con autoridad y su estilo transgresor seguramente abrieron los corazones de cuantos estuvieran con él ese día.
Y, por último, se retiró a orar.

Cuando hace años algunas personas homosexuales comenzamos a reunirnos, ansiábamos ser curados del miedo, del rencor, del dolor, de tanta condescendencia con que en los templos de la época se nos iba tratando con autoridad preñada de amenazas. Teníamos algo claro: debíamos descubrir al verdadero Jesús antes de perder definitivamente el norte y matar de fiebre nuestra débil fe. Tuvimos la misma suerte que aquel hombre de la sinagoga, que la suegra de Simón y que tantas otras personas que fueron tocadas por Jesús, pero no por estar sino por querer. Esa es nuestra fe. Como la suegra de Simón, enseguida descubrimos que teníamos que ponernos a servir. Sin pérdida de tiempo.

Y, por supuesto, la oración. No hay acción sin oración detrás. Es imposible hacer por hacer. La fe no se sostiene haciendo cosas, sino sustentada por una espiritualidad que aporte energía, ánimo, voluntad, confianza, alegría de saberse en manos de Dios.
Jesús basaba todo su hacer en la oración. Una oración que no se quedaba ahí, sino que le llamaba a actuar y a dar sentido a todo.

Las cristianas y cristianos LGBTIQ+ tenemos mucho que decir, que anunciar; mucho que hacer, mucho que transformar, que curar. Pero ni una sola de nuestras palabras ni de nuestros actos serán realmente creíbles si no surgen de la oración, del encuentro tranquilo y confiado con papá Dios, el Abbá de Jesús.


En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.
Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca.»
Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.» Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios. 

agosto 28, 2023

LXXIX SER JUSTOS

Sobre Lucas 18, 9-14



Desde que tengo uso de razón, es decir, desde que soy consciente de mi identidad homosexual y durante muchos años, he vivido con el sentimiento profundo de que era una persona imperfecta, inferior a las demás. Aun cuando el armario me hiciera parecer como las otras, mi cabeza, mi corazón y mis tripas sabían que mi manera de ser y de sentir no estaba bien. Todas las demás personas eran normales. Yo sin embargo tenía deseos y afectos inconfesables que no podía controlar y que poco a poco fui comprendiendo que eran tan míos como el color azul de mis ojos. 

Si se enterasen mis padres sería trágico. Si lo supieran mis amigos se burlarían y apartarían de mí. Y Dios —me decían— aborrecía a los homosexuales. No estoy tratando de dramatizar mi historia —ni la historia común de muchas personas LGBTIQ+, particularmente las cristianas—, sino que intento dar luz a todo eso que desde luego no buscaba pero me fue impuesto por los condicionantes sociales, educativos y religiosos a lo largo de muchos, muchos años.


Desde esta premisa puede ser fácil entender que la parábola del fariseo y el publicano me suscitara un sentimiento complejo, sobre todo a partir del tiempo en que comienzo a reflexionar la Palabra con un espíritu crítico, y el dolor —unido a la soledad y a la incapacidad de comunicar lo que vivo— se hace insoportable. Ahí nace el resentimiento que se instalará cada vez con mayor fuerza en mi corazón.


Las personas cristianas LGBTIQ+ nos hemos emplazado con mucha facilidad en el lugar del publicano, rezando a distancia y con miedo a mirar al cielo. Creo que nuestra experiencia muchas veces dramática nos sitúa en cualquier relato —pero más aún en las parábolas de Jesús— allí donde hay un personaje sufriente. No solo somos el publicano en contraposición al fariseo, sino el hombre asaltado y apaleado al que asiste el samaritano, o la oveja perdida.


Cuando salí del armario lo hice cargado de rencor. Ese resentimiento tuve que curarlo y, paradójicamente, fue a través de la oración. Necesitaba aliviar las heridas. Las heridas  curaron cuando comprendí que mi actitud al hacerme visible fue comportarme precisamente como el fariseo de la parábola. 


Al salir del armario pensé que había llegado el momento de arrasar con todo, decidido a recuperar a cara descubierta mi lugar en la Iglesia, denunciando las injusticias de las que había sido víctima y ante las que seguía siendo testigo. Había mucho fariseo al que desenmascarar su hipocresía. 

Pero esa fuerza, toda esa energía y furia no hacía más que alimentar el rencor que iba ardiendo en mi corazón, desplazando al buen Espíritu y convirtiéndome en un impostor. 

Justo me había transformado en el fariseo. Ahora era yo quien rezaba diciendo «gracias, Dios mío, porque no soy como los demás, y mucho menos como esos que escandalizados se dan golpes de pecho pero son unos incoherentes».


De pronto me vi pillado por mi propia contradicción. Toda la vida en el papel de víctima y de repente y con total nitidez me veía reflejado en el rol del verdugo. En realidad no fue tan instantáneo ni tan tumbativo, sino fruto de una reflexión orante que duró un tiempo, y aún se prolonga, porque no creo que nunca deba terminar. Durante ese primer periodo me dediqué a localizar dónde estaban las causas del mal sabor de boca y de ánimo que me iba dejando esta forma de comprometerme una vez me hice visible. Después he ido dando la vuelta a cada historia preguntándome cuánto de fariseo hay en mí y el porqué. Siempre la Palabra dando la medida. 


No puedo decir que mi resentimiento esté completamente curado, pero ya no tengo tanto dolor. No he renunciado a la denuncia profética pero ahora procuro que la firmeza siempre vaya unida a la misericordia. El rencor se cura con amor y Palabra, no con buenos propósitos. Y aunque todo eso lo sé, a veces aún me sorprendo vencido por las ofensas, buscando al fariseo para zarandearle mientras con la mano libre me doy golpes en el pecho. 



En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador." Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."


agosto 26, 2023

LXXVII EL GESTO MARICA

Sobre Lucas 17, 11-9



Confieso que la lectura de hoy me encanta, porque no es solo el relato de una curación. Lucas nos cuenta unos instantes en la vida de una persona agradecida. Creo que en este texto el protagonista no es Jesús sino el hombre que, antes de ir a los sacerdotes a informarles de que estaba curado de la lepra y limpio, regresa al Maestro para darle las gracias, mientras sus nueve compañeros ni tan siquiera giraron la cabeza.


No he sufrido hasta hoy largas ni graves enfermedades. Mis lepras no fueron somáticas, pero de alguna forma me hicieron sentir igualmente sucio y despreciado. No quiero aparecer como una víctima de nada, pero objetivamente es así. 


De pequeño provocaron que me sintiese un enfermo, porque los homosexuales lo éramos. Además con el terrible añadido de que Dios acogía amorosamente a los muertos de malaria o de cólera, pero a los homosexuales —incluso si morían de viejitos— los mandaba a las tinieblas. Por eso a los dieciséis años creí que lo mejor sería marcharme en silencio. Total —pensaba— los suicidas van al mismo infierno que los maricones.

Esta lepra se llamaba miedo al desprecio, terror al desamor. Desconfianza. Soledad. 


Mi amigo Álvaro murió con 29 años —los mismos que yo— justo cuando los fanáticos religiosos decían que el sida era un castigo de Dios contra los homosexuales. La lepra no es el sida sino todo lo que hace que tengas que acudir casi a escondidas y avergonzado a hacerte las pruebas, porque corre como la pólvora la noticia de que te vieron entrar al consultorio donde van todos los sarasas a comprobar si tienen la peste gay.


He narrado solo dos capítulos de mi vida, muy resumidos, sin demasiados detalles y sin ser tampoco los únicos que me han marcado de entre todas las historias de particulares lepras. Estos dos y los demás tienen en común la sensación de suciedad, de mancha y de culpa que ha sido el hilo conductor desde que tengo uso de razón, sólo porque soy homosexual y cristiano; porque sin el componente de la fe la mayor parte de los dilemas, preocupaciones y dificultades no habrían tenido lugar.


Por último otro acontecimiento más: El momento personal en el que decido ir al encuentro del Señor es justo cuando no puedo soportar seguir viviendo estas lepras y descubro la necesidad de librarme de ellas. Puedo llamarlas con diferentes nombres —miedo, desconfianza, temor— pero en el fondo es tanto el deseo de congraciarme conmigo mismo, como el valorarme definitivamente y discernir si opto o no por rendirme a que Dios se incorpore a mi vida y la agite, lo que me empuja a adentrarme en el desierto, buscando escuchar la voz de Jesús para postrarme ante Él y dejar que cure todas mis heridas.


De pequeño solía jugar con las niñas, al menos así lo recuerdo hasta los nueve o diez años. A partir de esa edad comprendí que era conveniente aparentar la masculinidad esperada y cambié los hábitos. Jugaba con ellas no solo porque sus juegos me parecían más agradables que chutar un balón, sino porque —parecerá una tontería— admiraba en las chicas la normalidad con la que expresaban afectos y sentimientos con sus madres, frente a la aspereza de los chicos, incapaces de buscar una caricia o un beso aunque ellas se acercaran a sus hijos.

Una vez en uno de los juegos brutos de los niños, persiguieron en bicicleta a las niñas. Tres cayeron al suelo y se hirieron. Era un día de campo y los accidentados —una chica y dos chicos— corrieron llorando a una de las madres para que les curara los arañazos. Cuando lo hizo, les dijo que volvieran a los juegos y se marcharon hacia donde estábamos. A mitad de camino la niña se volvió y fue corriendo hacia la mujer a darle un beso. Me gustó ese gesto tanto que lo recuerdo hasta hoy. Me habría dado vergüenza hacer eso delante de los demás chicos, por más que lo hubiese deseado. Comportarse así era ser un marica, como llorar era de niñas o rendirse de nenazas.


Me produce mucha paz comprobar que ante Jesús siempre he procurado ser un marica. Reconozco haber salido a su encuentro muchas veces para pedirle que curase mi lepra (que puede ser el miedo, o se trata de desesperanza, de resentimiento, de desafecto o de ganas de tirar la toalla). Le grito para que me oiga y, cuando lo hace, me envía a los sacerdotes. Pero yendo en camino siempre sale “mi yo marica” y regreso para postrarme a los pies de Jesús a darle las gracias.


La fe sin agradecimiento profundo a Dios es solo religión. Muchas veces he contado cómo uno de los descubrimientos más felices de mi vida fue aprender a escuchar y encontrar a Dios, que en ocasiones está en el trueno, pero también en la brisa suave e incluso en el silencio. Por eso Dios para mí no es algo inmaterial ni etéreo, sino absolutamente tangible, a quien puedo pedir pan y no me dará una piedra, a quien puedo pedir un pez y no me dará una serpiente. A quien puedo dar gracias por cuanto me concede. 


Pedir es gratis. Agradecer parece que cuesta y tiene un precio. No comprendo a la gente que pide tanto y no es capaz de dar gracias. Continuamente agradezco a Dios todo lo que me ha regalado. No tiene sentido ni un solo instante de mi vida si no es desde el agradecimiento. No puedo ir a los sacerdotes del templo para celebrar los ritos religiosos si no soy capaz de volver a Jesús para arrodillarme a sus pies y darle gracias, en un gesto marica que otros leprosos no atienden. Porque cada vez que lo hago Jesús me dice: “Vete, tu fe te ha salvado”.



Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros."
Al verlos, les dijo: "Id a presentaros a los sacerdotes."
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.
Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo: "¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?"
Y le dijo: "Levántate, vete; tu fe te ha salvado."