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abril 18, 2026

CCVI. TAMBIÉN ES PARA TI


Sobre
Lucas 24, 13-35


No siempre la fe es claridad. A veces es camino. Dos personas se alejan de Jerusalén con la sensación de haber perdido lo que daba sentido a todo. Caminan juntas, sí, pero desorientadas, asustadas, incapaces de entender lo que ha pasado. Y, sin embargo, siguen andando.

Esa escena me resulta demasiado familiar. Porque hay momentos en la vida —y muchas personas LGBTIQ+ lo sabemos bien— en los que uno avanza sin tener claro quién es, ni cómo encajar lo que siente, ni qué hacer con lo que ha recibido. No es solo confusión. Es una mezcla de miedo, de tristeza y de preguntas que no encuentran respuesta. Especialmente cuando la fe, en lugar de iluminar, parece complicarlo todo.

Durante mucho tiempo, yo también caminé así. Con una sensación persistente de estar equivocado, de no encajar del todo, de no poder nombrar lo que me pasaba sin que eso tuviera consecuencias. Y en ese caminar, muchas veces Dios parecía ausente, o peor aún, del lado de quienes señalaban.

El relato de Emaús tiene algo profundamente humano: Jesús se acerca, pero no es reconocido. Camina con ellos, escucha su conversación, se interesa por su tristeza. No interrumpe, no corrige de entrada, no impone una verdad. Se coloca a su lado. Y eso, para mí, ya es revelador.

Porque muchas veces lo que hemos necesitado no era una respuesta rápida, ni una norma más clara, ni una explicación teológica. Era alguien que caminara con nosotros y nosotras sin juzgar, que escuchara de verdad, que no tuviera prisa por dejarnos atrás.

Jesús hace algo más: relee la historia. No niega el dolor, pero lo sitúa en un horizonte más amplio. Y poco a poco, sin forzar, algo empieza a moverse por dentro. No es todavía certeza. Es un calor, una intuición, una luz que no deslumbra pero orienta.

“¿No ardía nuestro corazón?”

Esa frase me parece clave. Porque hay experiencias que no se pueden demostrar, pero sí reconocer. Momentos en los que, sin saber muy bien cómo, uno empieza a intuir que Dios no está en contra, que quizá no se ha equivocado contigo, que tal vez hay un lugar también para ti en esta historia.

Y sin embargo, el reconocimiento pleno no llega en el camino, sino en la mesa. En lo cotidiano, en lo compartido, en el gesto de partir el pan. Ahí se abren los ojos.

Esto interpela mucho a la Iglesia. Porque no basta con acompañar en teoría. El Evangelio apunta a otra cosa: a espacios reales donde compartir la vida, donde la fe se haga cercana, donde las personas LGBTIQ+ no tengan que justificar su existencia para poder sentarse a la mesa.

Pero aquí aparece también la denuncia:

Muchas veces hemos sido invitados a caminar… pero no a quedarnos. Escuchados… pero no reconocidos del todo. Acompañados… pero desde una distancia que no termina de convertirse en comunión.

Y eso no es suficiente.

El gesto de Jesús es más radical: se queda, parte el pan, se deja reconocer. No pone condiciones. No exige que primero entiendan todo. Se ofrece.

Por eso, cuando finalmente lo reconocen, no se quedan ahí. Vuelven. Regresan a Jerusalén. Ya no desde la confusión, sino desde una certeza que no es perfecta, pero sí suficiente para ponerse en camino de nuevo.

Y aquí hay una palabra importante para quienes vivimos la fe desde la experiencia LGBTIQ+. No estamos condenados a caminar en la duda permanente. Tampoco a vivir escondidos en un relato que no nos incluye. Hay un momento —distinto para cada persona— en el que algo encaja, en el que el corazón arde, en el que se reconoce una presencia que da paz.

Esa presencia no elimina todas las preguntas. Pero sí cambia la dirección.

Y a quienes forman parte de la Iglesia y no viven esta realidad en primera persona, este Evangelio les deja una tarea clara: no adelantarse, no imponer, no simplificar. Caminar al lado, escuchar de verdad, y sobre todo, crear espacios, poner la mesa. Porque es ahí —no en el juicio, no en la distancia— donde se abren los ojos.

Quizá hoy muchas personas LGBTIQ+ siguen caminando hacia Emaús, alejándose de espacios donde no han encontrado lugar. La pregunta es si la Iglesia será capaz de salir a ese camino… o seguirá esperando desde Jerusalén.

Porque el Resucitado no espera.

Camina. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


AQUEL mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

marzo 14, 2026

CC. VER DESDE EL MARGEN


Sobre
Juan 9, 1-41


Hay páginas del Evangelio que parecen escritas para quienes hemos vivido mucho tiempo mirados con sospecha. El relato del ciego de nacimiento es una de ellas. Cada vez que lo leo siento que, de algún modo, ese hombre podría sentarse a mi lado y contar una historia muy parecida a la de tantas personas LGBTIQ+ creyentes.

El evangelista Juan dice que Jesús se encuentra con un hombre ciego desde el nacimiento. Los discípulos preguntan algo que a mí me resulta dolorosamente familiar:
“¿Quién pecó para que naciera así?”

Es una pregunta antigua, pero sigue resonando hoy. Durante mucho tiempo, muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos sentido que esa misma sospecha pesaba sobre nosotras: algo en nosotras y en nosotros debía estar mal, algo debía ser culpa de alguien. La orientación sexual se convirtió en un problema moral antes incluso de escuchar nuestra historia.

Pero Jesús rompe ese esquema de raíz.
Ni él pecó ni sus padres.

Jesús desmonta la lógica religiosa que busca culpables. Y lo hace de la forma más sorprendente: se acerca al ciego, toca su barro, se mezcla con su fragilidad y le abre los ojos. El milagro no es solo físico. Es una revelación: Jesús se presenta como la luz del mundo, la luz que permite ver la verdad.

Y entonces empieza lo verdaderamente interesante del relato.

Porque cuando el hombre comienza a ver… los que se creían videntes empiezan a mostrarse ciegos.

Los fariseos aparecen inquietos, incómodos, interrogando una y otra vez. No pueden negar lo ocurrido, pero tampoco pueden aceptarlo. Investigan, discuten, cuestionan, presionan. Lo que más les preocupa no es la curación del hombre, sino que Jesús haya actuado fuera de sus esquemas.

El relato termina de una forma muy significativa: el hombre curado es expulsado.

Cuando leo esto, no puedo evitar pensar en tantas personas LGBTIQ+ creyentes que hemos vivido algo parecido dentro de la Iglesia. Personas que amamos a Cristo, que hemos rezado, servido, acompañado… y que un día descubrimos que nuestra simple existencia provoca incomodidad. No siempre hay expulsiones explícitas, pero sí silencios, sospechas, puertas que no se abren.

De diferentes maneras lo he ido expresando, en otras reflexiones, muchas veces: la sensación de vivir en los márgenes, de amar a la Iglesia y al mismo tiempo sentir que uno está siempre un poco bajo examen. La fe de muchas personas LGBTIQ+ no ha sido fácil ni cómoda; ha sido una fe peleada, sostenida incluso cuando parecía más sencillo marcharse.

Por eso este evangelio me toca profundamente.

El ciego no se convierte en discípulo porque todo haya sido fácil.
Se convierte en creyente porque ha experimentado la verdad en su propia vida.

Primero dice: “Ese hombre se llama Jesús”.
Luego afirma: “Es un profeta”.
Y al final proclama: “Señor, creo”.

Es un camino de fe. Un camino que muchos conocemos bien.

Las personas LGBTIQ+ creyentes hemos tenido que recorrer ese itinerario a contracorriente. Hemos tenido que descubrir a Cristo no solo en la tranquilidad de la catequesis, sino también en medio de la duda, la herida y la incomprensión. Y quizá por eso nuestra fe, cuando madura, tiene algo muy parecido a la del ciego: una fe nacida de la experiencia.

Pero el Evangelio también nos plantea una pregunta incómoda para la Iglesia.

¿Quién está realmente ciego?

El ciego ve.
Los fariseos no.

Jesús lo dice con claridad al final del relato: quienes creen ver, pero se cierran a la verdad, permanecen en su ceguera.

A veces me pregunto si parte de la Iglesia no está viviendo algo parecido. No por maldad, sino por miedo. Porque reconocer plenamente la dignidad y la vocación de las personas LGBTIQ+ obligaría a revisar muchas certezas, muchas palabras pronunciadas sin escuchar nuestras vidas.

Pero la historia del Evangelio no termina con la expulsión.

Cuando el hombre es echado fuera, Jesús sale a buscarlo.

Ese detalle me conmueve siempre. Jesús no lo abandona cuando el sistema religioso lo rechaza. Al contrario: lo encuentra, se revela a él y le regala el encuentro más profundo.

Tal vez ahí está la clave para entender nuestra historia como creyentes LGBTIQ+.

Muchos hemos sido empujados hacia los márgenes. Pero en ese margen, a veces, hemos encontrado a Cristo de una forma sorprendentemente cercana. No como juez, sino como compañero. No como amenaza, sino como luz. Y desde esa experiencia nace una responsabilidad.

A quienes formamos parte del colectivo LGBTIQ+ creyente, este Evangelio nos invita a no renunciar a nuestra voz. A decir con humildad, pero también con valentía: “Yo era ciego y ahora veo.”

Y a quienes no pertenecen a este colectivo —pero comparten la fe en Jesús— este texto les hace una pregunta directa: ¿De qué lado quieren estar en esta historia? ¿Del lado de quienes investigan para mantener el orden, o del lado de quien se alegra porque un ser humano ha recuperado la luz?

El Evangelio siempre termina desenmascarando nuestras seguridades.
Y quizá hoy nos recuerde algo muy sencillo y muy profundo: q
ue la verdadera ceguera no es nacer diferente.

La verdadera ceguera es negarse a ver la obra de Dios cuando aparece en la vida de quienes no esperábamos.

Y yo estoy convencido de algo: Dios sigue haciendo milagros en los márgenes de la Iglesia. Muchas y. muchos de nosotros somos prueba de ello.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




 Al pasar vio un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos le preguntaron:
—Rabí, ¿quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres?
 Jesús contestó:
—Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido para que se revele en él la acción de Dios.
 Mientras es de día, tenéis que trabajar en las obras del que me envió. Llegará la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo. Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo puso en los ojos y le dijo:
—Ve a lavarte en la alberca de Siloé –que significa enviado–.
Fue, se lavó y volvió con vista.
 Los vecinos y los que antes lo habían visto pidiendo limosna comentaban:
—¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?
 Unos decían:
—Es él.
Otros decían:
—No es, sino que se le parece.
Él respondía:
—Soy yo.
 Así que le preguntaron:
—¿Cómo [pues] se te abrieron los ojos?
 Contestó:
—Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista.
 Le preguntaron:
—¿Dónde está él?
Responde:
—No sé.
 Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego –era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos–. Los fariseos le preguntaron otra vez cómo había recobrado la vista.
Les respondió:
—Me aplicó barro a los ojos, me lavé, y ahora veo.
 Algunos fariseos le dijeron:
—Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no observa el sábado.
Otros decían:
—¿Cómo puede un pecador hacer tales señales?
Y estaban divididos.
 Preguntaron de nuevo al ciego:
—Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?
Contestó:
—Que es profeta.
 Los judíos no acababan de creer que había sido ciego y había recobrado la vista; así que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron:
—¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?
 Contestaron sus padres:
—Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego;
 cómo es que ahora ve, no lo sabemos; quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Preguntadle a él, que tiene edad y puede dar razón de sí. Sus padres dijeron esto por temor a los judíos; porque los judíos ya habían decidido que quien lo confesara como Mesías sería expulsado de la sinagoga. Por eso dijeron los padres que tenía edad y que le preguntaran a él.
 Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron:
—Da gloria a Dios. A nosotros nos consta que aquél es un pecador.
 Les contestó:
—Si es pecador, no lo sé; una cosa me consta, que yo era ciego y ahora veo.
 Le preguntaron de nuevo:
—¿Cómo te abrió los ojos?
 Les contestó:
—Ya os lo he dicho y no me creísteis; ¿para qué queréis oírlo de nuevo? ¿No será que queréis haceros discípulos suyos?
 Lo insultaron diciendo:
—¡Discípulo de él lo serás tú!, nosotros somos discípulos de Moisés.
 De Moisés nos consta que le habló Dios; en cuanto a ése, no sabemos de dónde viene. Les replicó:
—Eso es lo extraño, que vosotros no sabéis de dónde viene y a mí me abrió los ojos.
 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino que escucha al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó contar que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si ese hombre no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada. Le contestaron:
—Tú naciste lleno de pecado, ¿y quieres darnos lecciones?
Y lo expulsaron.
 Oyó Jesús que lo habían expulsado y, cuando lo encontró, le dijo:
—¿Crees en el Hijo del Hombre?
 Contestó:
—¿Quién es, Señor, para que crea en él?
 Jesús le dijo:
—Lo has visto: es el que está hablando contigo.
 Respondió:
—Creo, Señor.
Y se postró ante él.
 Jesús dijo:
—He venido a este mundo a entablar un juicio, para que los ciegos vean y los que vean queden ciegos.
 Algunos fariseos que se encontraban con él preguntaron:
—Y nosotros, ¿estamos ciegos?
 Les respondió Jesús:
—Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís que veis, vuestro pecado permanece.

marzo 05, 2026

CXCIX. YO SAMARITANA


Sobre
Juan 4, 5-42


Hay pasajes del Evangelio que no solo se leen: se reconocen. Para mí, el encuentro de Jesús con la samaritana es uno de ellos. No lo leo desde fuera. Me coloco sentado junto a ese pozo. Me reconozco en esa mujer que llega a deshora, sola, marcada por una historia que otros utilizan para señalarla.

La samaritana no es solo una mujer con un pasado afectivo complejo. Es, sobre todo, una mujer situada fuera. Fuera de la ortodoxia religiosa. Fuera de la pureza étnica. Fuera del reconocimiento moral. Una mujer que sabe que su sola presencia incomoda.

Y, sin embargo, es a ella a quien Jesús le pide agua.

Esto es lo primero que me desarma. Jesús no comienza corrigiendo, ni examinando, ni poniendo condiciones. Comienza pidiendo. Se expone. Se hace vulnerable ante alguien que la religión oficial consideraba sospechosa. Ese gesto cambia todo.

Como creyente gay, durante muchos años sentí que mi fe era siempre puesta en duda. Como si tuviera que demostrar constantemente que mi amor a Cristo era auténtico. Como si mi vida afectiva me colocara automáticamente en una categoría inferior dentro de la Iglesia. A veces he tenido la sensación de acudir también “a deshora”, de buscar a Dios en momentos y lugares donde nadie me viera demasiado.

Pero este texto me recuerda que Cristo me espera precisamente ahí. No me evita. No me rodea. No me tolera desde lejos. Me habla. Y me habla con una hondura que va más allá de mi historia concreta.

Jesús atraviesa tres muros en este relato: el muro cultural, el muro moral y el muro religioso. Habla con una samaritana. Habla con una mujer. Habla con alguien cuya vida sentimental era objeto de juicio. No trivializa su historia, pero tampoco la reduce a ella. Le revela su verdad más profunda: la posibilidad de adorar “en espíritu y en verdad”.

Eso es lo que tantas personas LGBTIQ+ creyentes hemos buscado durante años: adorar en espíritu y en verdad. No desde la mentira, no desde el silencio forzado, no desde la doble vida. Espíritu y verdad significan reconciliar lo que somos con lo que creemos. Integrar nuestra identidad afectiva y nuestra experiencia de Dios. No vivir fragmentadas.

La samaritana pasa de esconderse a convertirse en testigo. La que era evitada se transforma en enviada. Deja el cántaro —ese símbolo de su rutina, de su peso— y corre al pueblo. Y lo más sorprendente: su palabra tiene autoridad. “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho”. No la desacreditan. La escuchan.

Cuántas veces, en nuestra Iglesia, las personas LGBTIQ+ seguimos siendo consideradas objeto de pastoral, pero no sujetos de misión. Se habla de nosotros, pero no siempre se nos escucha. Se discute sobre nuestras vidas, pero no siempre se reconoce nuestra experiencia de fe como lugar teológico.

Y aquí quiero decir algo claro, con respeto pero sin miedo: mientras la Iglesia siga mirando al colectivo LGBTIQ+ solo desde categorías morales restrictivas y no desde la experiencia viva del encuentro con Cristo, seguirá perdiéndose una parte del Evangelio que ya está actuando en nosotras y en nosotros.

Porque mujeres y hombres LGBTIQ+ también hemos recibido agua viva. Hemos rezado en soledad. Hemos llorado ante el Sagrario. Hemos servido en parroquias donde a veces se nos aceptaba con condiciones implícitas. Hemos sostenido comunidades con nuestra entrega. Nuestra fe no es una teoría. Es supervivencia, es fidelidad en medio de la sospecha, es amor a una Iglesia que no siempre sabe amarnos del todo.

Pero esta reflexión no es solo para quienes nos reconocemos en la samaritana.

También es para quienes se consideran “del pueblo”, para quienes nunca se han sentido cuestionados en su pertenencia. El Evangelio de hoy les pregunta algo incómodo: ¿de qué lado se sitúan cuando alguien es mirado con recelo? ¿Reproducen el murmullo de los discípulos que “se extrañaban de que hablara con una mujer”, o se dejan convertir por la audacia de Jesús?

El texto termina con una confesión preciosa: “Ya no creemos por lo que tú nos dices; nosotros mismos lo hemos oído”. La fe pasa del prejuicio a la experiencia directa.

Eso deseo para nuestra Iglesia. Que escuche directamente el testimonio creyente de las personas LGBTIQ+. Que descubra que en nosotros no hay una amenaza, sino una sed profunda de Dios. Que se atreva a sentarse junto al pozo y conversar, sin miedo.

Porque el Reino no se construye excluyendo a quienes incomodan. Se construye reconociendo que el Espíritu sopla también desde los márgenes.

Y tal vez, si somos honestos, todos somos un poco samaritanos. Todos necesitamos que alguien nos mire sin desprecio y nos diga: “Si conocieras el don de Dios…”.

Yo lo he conocido. No porque haya sido perfecto. Sino porque, en medio de mi historia concreta, Cristo me pidió de beber. Y eso me cambió para siempre.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Jesús y la samaritana

 Los fariseos se enteraron de que Jesús tenía más discípulos y bautizaba más que Juan –si bien eran sus discípulos los que bautizaban, no él personalmente–. Cuando Jesús lo supo, abandonó Judea y se dirigió de nuevo a Galilea. Tenía que atravesar Samaría. Así que llegó a una aldea de Samaría llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José –allí se encuentra el pozo de Jacob–. Jesús, cansado del camino, se sentó tranquilamente junto al pozo. Era mediodía. Una mujer de Samaría llegó a sacar agua.
Jesús le dice:
—Dame de beber –los discípulos habían ido al pueblo a comprar comida. Le responde la samaritana:
—Tú, que eres judío, ¿cómo pides de beber a una samaritana? –los judíos no se tratan con los samaritanos–. Jesús le contestó:
—Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva. Le dice [la mujer]:
—Señor, no tienes cubo y el pozo es profundo, ¿de dónde sacas agua viva? ¿Eres, acaso, más poderoso que nuestro padre Jacob, que nos legó este pozo, del que bebían él, sus hijos y sus rebaños? Le contestó Jesús:
—El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, pues el agua que le daré se convertirá dentro de él en manantial que brota dando vida eterna. Le dice la mujer:
—Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed y no tenga que venir acá a sacarla. Le dice:
—Ve, llama a tu marido y vuelve acá. Le contestó la mujer:
—No tengo marido. Le dice Jesús:
—Tienes razón al decir que no tienes marido; pues has tenido cinco hombres, y el de ahora tampoco es tu marido. En eso has dicho la verdad. Le dice la mujer:
—Señor, veo que eres profeta. Nuestros padres daban culto en este monte; vosotros en cambio decís que es en Jerusalén donde hay que dar culto. Le dice Jesús:
—Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre. Vosotros dais culto a lo que desconocéis, nosotros damos culto a lo que conocemos; pues la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, ya ha llegado, en que los que dan culto auténtico darán culto al Padre en espíritu y de verdad. Tal es el culto que busca el Padre. Dios es Espíritu y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y de verdad. Le dice la mujer:
—Sé que vendrá el Mesías –es decir, Cristo–. Cuando él venga, nos lo explicará todo. Jesús le dice:
—Yo soy, el que habla contigo. En esto llegaron sus discípulos y se maravillaron de verlo hablar con una mujer. Pero ninguno le preguntó qué buscaba o por qué hablaba con ella. La mujer dejó el cántaro, se fue a la aldea y dijo a los vecinos: —Venid a ver un hombre que me ha contado todo lo que yo he hecho: ¿no será el Mesías? Ellos salieron de la aldea y acudieron a él.

En aquella aldea muchos creyeron en él por lo que había contado la mujer, afirmando que le había contado todo lo que ella había hecho. Los samaritanos acudieron a él y le rogaban que se quedara con ellos. Se quedó allí dos días, y muchos más creyeron en él, a causa de su palabra; y decían a la mujer:
—Ya no creemos por lo que nos has contado, pues nosotros mismos hemos escuchado y sabemos que éste es realmente el salvador del mundo.



junio 14, 2023

II. EL DIOS VERDADERO

Sobre Marcos 1, 21-28


Mis amigos no creyentes, y los alejados, me increpan preguntándome qué hago yo en una Iglesia cuyos representantes no hacen más que ponerme condiciones y denigrarme.
“Bueno –les digo–, tuve la suerte de encontrarme con alguien que hablaba otro idioma”.

Supongo que a cuantos estuvieran ese día en la sinagoga, les parecería que aquél hombre hablaba en otro lenguaje. Ese hombre, Jesús Nazareno, no repetía como un papagayo los comentarios a la Palabra que desde siglos remachaban los letrados, plagados de interpretaciones interesadas, tradiciones trasnochadas y mil prohibiciones. Jesús hablaba con autoridad –dice el evangelio de Marcos– y por primera vez alguien les contaba que Dios no era tan malo como para condenarles por esa larga lista de cosas que los sacerdotes se habían encargado de enseñar y hacer ley.
El personaje del endemoniado podría semejarse a esos que se ven amenazados por quien llega de repente a desmontarles el negocio de la religión. Pero también me recuerda a mí mismo, en parte enfadado porque ya no tenía excusas para no volver a creer, y porque ya no tenía razón de ser mi argumentado sentimiento de que Dios no me amaba como soy. Tuve la suerte de encontrar a alguien que hablaba otro idioma, y curó mi desesperanza.


Y se dirigieron a Cafarnaún.El sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar.
Estaban asombrados de su enseñanza, porque enseñaba como quien está autorizado, y no como los letrados.
Y en seguida, un hombre que había en aquella sinagoga poseído por un espíritu inmundo, se puso a gritar:
¿Quién te mete a ti en lo nuestro, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Consagrado por Dios.
Jesús le intimó: ¡Cállate la boca y sal de este hombre!
 El espíritu inmundo lo retorció y, dando un alarido, salió.
Se quedaron todos tan estupefactos que se preguntaban unos a otros: ¿Qué significa esto? Una enseñanza nueva, autorizada, y además da órdenes a los espíritus inmundos y le obedecen.
Su fama se extendió en seguida por todas partes, llegando a toda la comarca circundante de Galilea.