Sobre Mateo 13, 44-52
Hay evangelios que me acarician. Y hay otros que me desinstalan. Este es uno de ellos.
Jesús habla de un hombre que encuentra un tesoro escondido y vende todo lo que tiene para comprar aquel campo. Habla también de un comerciante que descubre una perla de enorme valor y se desprende de todo para quedarse con ella. Durante mucho tiempo pensé que el tesoro era Dios. Pero, con los años, he descubierto que, en realidad, el primer tesoro que Dios quiso que encontrara fui yo mismo.
Porque no siempre supe verme así.
Durante demasiados años aprendí a esconderme. Me enseñaron que había partes de mí que debían permanecer enterradas, como si mi orientación afectiva fuese una vergüenza que proteger de la luz. Fui acumulando capas de silencio, de miedo y de culpabilidad. Llegué a pensar que Dios estaría más satisfecho con una versión mutilada de mí que con la persona completa que Él había creado.
Pero un día comprendí algo que me cambió la vida: el Reino de Dios no consiste en esconder el tesoro, sino en descubrirlo.
Y ese descubrimiento tiene un precio.
El hombre del Evangelio vende todo lo que posee. Yo también tuve que desprenderme de muchas cosas. Tuve que dejar atrás una espiritualidad construida sobre el miedo. Tuve que renunciar a la necesidad enfermiza de agradar a todo el mundo. Tuve que abandonar la imagen de un Dios vigilante que parecía disfrutar viendo cómo me negaba a mí mismo. Incluso tuve que aceptar perder determinadas seguridades, relaciones e incluso espacios eclesiales donde solo era bienvenido mientras permaneciera dentro del armario.
Pero nunca he lamentado ese intercambio.
Porque cuando uno descubre que Dios no le pide dejar de ser quien es, sino vivir plenamente aquello que Él soñó desde siempre, ya no existe riqueza comparable.
Quizá por eso me produce tanta tristeza comprobar que todavía hay quienes prefieren custodiar el campo antes que descubrir el tesoro. En demasiadas comunidades cristianas seguimos invirtiendo más energías en vigilar la ortodoxia de las personas LGBTIQ+ que en contemplar la belleza de sus vidas, de su fe, de su entrega y de su capacidad de amar. Se siguen defendiendo normas mientras se pierde de vista el Reino. Se protege la cerca y se olvida el tesoro.
Y eso es una tragedia espiritual.
Porque una Iglesia que obliga a esconder el tesoro que Dios mismo ha sembrado en una persona termina empobreciéndose ella misma. Cada vez que alguien vuelve al armario para sentirse aceptado en una parroquia, toda la comunidad pierde una parte del Reino. Cada vez que una persona creyente LGBTIQ+ decide marcharse convencida de que Dios no la quiere, no fracasa esa persona: fracasa la comunidad que fue incapaz de reconocer el tesoro que tenía delante.
Pero este Evangelio también me interpela a mí.
Porque puedo exigir a la Iglesia que descubra el tesoro mientras yo sigo enterrando partes de mi propia vida por miedo al rechazo. También yo puedo acostumbrarme a vivir con una fe de mínimos, conformándome con sobrevivir espiritualmente sin atreverme a mostrar el inmenso regalo que Dios ha depositado en mí. El armario no siempre tiene puertas de madera. A veces está construido con prudencias excesivas, silencios cómodos o resignaciones que disfrazamos de humildad.
Jesús no encontró el Reino para guardarlo bajo tierra. Lo encontró para cambiar su vida. Y quizá esa sea hoy la pregunta decisiva.
¿Qué estoy dispuesto a vender para no perder el tesoro? ¿Mi miedo? ¿Mi necesidad de aprobación? ¿Mis prejuicios? ¿Mi comodidad? ¿Mi forma de entender una Iglesia donde unos deciden quién merece pertenecer y quién no?
Porque la opción por el Reino, paradójicamente, es gratuito pero nunca será barato, nos obligará a renuncias.
A las personas creyentes LGBTIQ+ nos invita a dejar de negociar nuestra dignidad para comprar una falsa aceptación. Y a las personas creyentes heterosexuales les exige dejar de confundir la tradición con el Evangelio cuando esa tradición termina ocultando los tesoros humanos que Dios sigue sembrando en su Iglesia.
Tal vez el verdadero escándalo no sea que existamos personas LGBTIQ+ creyentes. El verdadero escándalo es que todavía haya cristianos capaces de pasar por encima del tesoro sin reconocer que Dios lo escondió precisamente allí donde ellos nunca habrían pensado buscarlo.
El "tesoro incómodo" es la persona LGBTIQ+ creyente, cuya dignidad muchos siguen sin querer reconocer; pero también es el propio Evangelio, que incomoda tanto a la Iglesia cuando excluye como a las personas LGBTIQ+ cuando invita a salir del miedo y a dejar de esconderse.

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