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mayo 09, 2026

CCIX. NO ESTAMOS HUÉRFAN@S


Sobre
 Juan 14, 15-21


Hay palabras de Jesús que una persona no escucha solo con la cabeza. Las escucha desde dentro. Desde las heridas. Desde aquello que lleva años intentando esconder o entender. Y esta frase —“no os dejaré huérfanos”— siempre me golpea ahí.

Porque yo sí me sentí muchas veces huérfano. No de Dios, curiosamente. De la Iglesia, quizá sí. O al menos de una Iglesia concreta, incapaz de mirarme sin sospecha. Crecí creyendo que había algo defectuoso en mí. Algo que me alejaba de Jesús. Nadie me lo decía siempre de forma directa; a veces bastaba un sermón, una risa, un silencio incómodo o aquella obsesión enfermiza con “los pecados del sexto mandamiento”. Uno termina aprendiendo pronto qué partes de sí mismo debe callar para poder quedarse.

Y aun así, nunca fui capaz de dejar de sentir a Dios cerca.

Eso es lo que todavía hoy me desconcierta. Porque hubo épocas en las que todo parecía empujarme hacia fuera, pero al mismo tiempo había algo profundamente íntimo que me sostenía. Una especie de certeza tranquila, difícil de explicar, que me decía: “aunque otros no sepan verlo, yo sigo aquí”.

No siempre vi a Jesús con claridad. Hubo años de miedo, de armario, de culpa y de una soledad enorme. A veces pensaba que la fe consistía en aguantar, en resistir escondido, en sobrevivir sin hacer demasiado ruido. Pero incluso ahí, cuando más perdido estaba, seguía notando algo parecido a una caricia. Como si Dios fuese capaz de atravesar toda la maraña de doctrinas, prejuicios y condenas para llegar hasta mí sin violencia.

Por eso este Evangelio me emociona tanto.

Jesús habla del Espíritu de la verdad. Y dice que el mundo no lo reconoce. Qué frase tan dura y tan real. Porque hay personas que llevan toda la vida hablando de Dios y, sin embargo, parecen incapaces de reconocerlo cuando aparece en quienes no encajamos en sus esquemas.

Nos han llamado desordenados, inmorales, escándalo, amenaza. Y aun así, muchas personas LGBTIQ+ seguimos creyendo. No porque nos hayan puesto fácil el camino, sino precisamente porque hemos aprendido a buscar a Dios donde parecía imposible encontrarlo.

A veces pienso que nuestra fe se parece mucho a esas plantas que nacen entre las grietas del asfalto. Nadie entiende cómo han sobrevivido ahí. Pero sobreviven.

Y quizá por eso desarrollamos una sensibilidad especial para distinguir la verdad del ruido. Sabemos cuándo una palabra viene de Dios y cuándo viene del miedo. Sabemos cuándo alguien habla desde el amor y cuándo utiliza a Dios para justificar su dureza.

Porque el Espíritu de la verdad no humilla. No arrincona. No obliga a nadie a odiarse para sentirse digno del amor de Dios.

Eso lo aprendí tarde. Pero lo aprendí.

Y cuando Jesús dice: “vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y está en vosotros”, siento que está describiendo exactamente esa experiencia. La de descubrir que Dios ya habitaba en mí incluso cuando yo dudaba de mi propia dignidad. Que nunca estuvo esperando a que cambiara para amarme. Que no necesitaba convertirme en otra persona para acercarme a Él.

Eso cambia la vida.

Porque entonces la fe deja de ser miedo y empieza a parecerse un poco más a la libertad.

No una libertad cómoda. Todavía hay demasiadas personas creyentes LGBTIQ+ viviendo escondidas, callando, sobreviviendo dentro de estructuras que muchas veces continúan expulsándolas con educación y sonrisa pastoral. Sigue habiendo miedo. Sigue habiendo armarios llenos de gente buena agotada de fingir.

Y no ayuda descubrir, una vez más, que dentro de la propia Iglesia todavía hay quienes parecen más preocupados por proteger silencios que por cuidar a las personas heridas. Como si el sufrimiento tuviera que mantenerse oculto para evitar incomodidades o preservar determinadas imágenes. Quienes hemos vivido tantos años escondiendo partes de nuestra vida sabemos bien lo que hace el silencio cuando deja de ser refugio y se convierte en imposición. Por eso duele tanto reconocer esa lógica también dentro de la comunidad que debería transparentar verdad, misericordia y cuidado.

Y por eso este texto también debería incomodar a quienes nunca tuvieron que preguntarse si Dios podía amarles tal como son.

Porque quizá el verdadero problema no sea la supuesta fragilidad de nuestra fe, sino la incapacidad de algunas comunidades cristianas para reconocer el Espíritu de Dios cuando sopla fuera de sus seguridades.

Aun así, aquí seguimos.

Creyendo.
Rezando.
Buscando.
Amando a Jesús incluso después de todo.

Y tal vez esa sea la prueba más clara de que nunca estuvimos huérfanos.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque. no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

abril 18, 2026

CCVI. TAMBIÉN ES PARA TI


Sobre
Lucas 24, 13-35


No siempre la fe es claridad. A veces es camino. Dos personas se alejan de Jerusalén con la sensación de haber perdido lo que daba sentido a todo. Caminan juntas, sí, pero desorientadas, asustadas, incapaces de entender lo que ha pasado. Y, sin embargo, siguen andando.

Esa escena me resulta demasiado familiar. Porque hay momentos en la vida —y muchas personas LGBTIQ+ lo sabemos bien— en los que uno avanza sin tener claro quién es, ni cómo encajar lo que siente, ni qué hacer con lo que ha recibido. No es solo confusión. Es una mezcla de miedo, de tristeza y de preguntas que no encuentran respuesta. Especialmente cuando la fe, en lugar de iluminar, parece complicarlo todo.

Durante mucho tiempo, yo también caminé así. Con una sensación persistente de estar equivocado, de no encajar del todo, de no poder nombrar lo que me pasaba sin que eso tuviera consecuencias. Y en ese caminar, muchas veces Dios parecía ausente, o peor aún, del lado de quienes señalaban.

El relato de Emaús tiene algo profundamente humano: Jesús se acerca, pero no es reconocido. Camina con ellos, escucha su conversación, se interesa por su tristeza. No interrumpe, no corrige de entrada, no impone una verdad. Se coloca a su lado. Y eso, para mí, ya es revelador.

Porque muchas veces lo que hemos necesitado no era una respuesta rápida, ni una norma más clara, ni una explicación teológica. Era alguien que caminara con nosotros y nosotras sin juzgar, que escuchara de verdad, que no tuviera prisa por dejarnos atrás.

Jesús hace algo más: relee la historia. No niega el dolor, pero lo sitúa en un horizonte más amplio. Y poco a poco, sin forzar, algo empieza a moverse por dentro. No es todavía certeza. Es un calor, una intuición, una luz que no deslumbra pero orienta.

“¿No ardía nuestro corazón?”

Esa frase me parece clave. Porque hay experiencias que no se pueden demostrar, pero sí reconocer. Momentos en los que, sin saber muy bien cómo, uno empieza a intuir que Dios no está en contra, que quizá no se ha equivocado contigo, que tal vez hay un lugar también para ti en esta historia.

Y sin embargo, el reconocimiento pleno no llega en el camino, sino en la mesa. En lo cotidiano, en lo compartido, en el gesto de partir el pan. Ahí se abren los ojos.

Esto interpela mucho a la Iglesia. Porque no basta con acompañar en teoría. El Evangelio apunta a otra cosa: a espacios reales donde compartir la vida, donde la fe se haga cercana, donde las personas LGBTIQ+ no tengan que justificar su existencia para poder sentarse a la mesa.

Pero aquí aparece también la denuncia:

Muchas veces hemos sido invitados a caminar… pero no a quedarnos. Escuchados… pero no reconocidos del todo. Acompañados… pero desde una distancia que no termina de convertirse en comunión.

Y eso no es suficiente.

El gesto de Jesús es más radical: se queda, parte el pan, se deja reconocer. No pone condiciones. No exige que primero entiendan todo. Se ofrece.

Por eso, cuando finalmente lo reconocen, no se quedan ahí. Vuelven. Regresan a Jerusalén. Ya no desde la confusión, sino desde una certeza que no es perfecta, pero sí suficiente para ponerse en camino de nuevo.

Y aquí hay una palabra importante para quienes vivimos la fe desde la experiencia LGBTIQ+. No estamos condenados a caminar en la duda permanente. Tampoco a vivir escondidos en un relato que no nos incluye. Hay un momento —distinto para cada persona— en el que algo encaja, en el que el corazón arde, en el que se reconoce una presencia que da paz.

Esa presencia no elimina todas las preguntas. Pero sí cambia la dirección.

Y a quienes forman parte de la Iglesia y no viven esta realidad en primera persona, este Evangelio les deja una tarea clara: no adelantarse, no imponer, no simplificar. Caminar al lado, escuchar de verdad, y sobre todo, crear espacios, poner la mesa. Porque es ahí —no en el juicio, no en la distancia— donde se abren los ojos.

Quizá hoy muchas personas LGBTIQ+ siguen caminando hacia Emaús, alejándose de espacios donde no han encontrado lugar. La pregunta es si la Iglesia será capaz de salir a ese camino… o seguirá esperando desde Jerusalén.

Porque el Resucitado no espera.

Camina. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


AQUEL mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

diciembre 20, 2025

CLXXXVII. DIOS CON NOSOTR@S (una propuesta para orar)


Sobre
Mateo 1, 18-24


Esta vez te propongo una meditación personal, escrita para ser leída despacio, en voz baja, cuidando el silencio interior. El tono es íntimo, orante y vulnerable, en la línea de Dios sin Armario, donde la Palabra se cruza con la propia vida sin explicaciones innecesarias.

Espero te sea útil. Me encantará que lo disfrutes. Feliz Navidad.


Me detengo.
Respiro hondo.
Y dejo que esta escena del Evangelio se acerque a mi propia historia.

María está embarazada.
Y no hay palabras suficientes para explicarlo.
Solo una certeza que nadie entiende.
Solo una verdad que no encaja.

Pienso en cuántas veces mi propia vida ha sido así:
una verdad gestándose en silencio,
un secreto sagrado que no sabía cómo nombrar,
una identidad que no cabía en las expectativas de los demás.

María no se defiende.
No justifica.
No discute.
Simplemente es.

Y José…
José tiene miedo.
Miedo al qué dirán.
Miedo a equivocarse.
Miedo a amar algo que no comprende del todo.

Cuántas veces he sido yo José conmigo mismo:
queriendo apartar con discreción lo que me descoloca,
intentando ser “correcto”,
pensando que quizá Dios esperaba otra cosa de mí.

Pero en medio del sueño —siempre en medio del sueño, nunca desde el ruido—
Dios habla:
No temas.

No temas a lo que ha nacido en ti.
No temas a lo que no encaja.
No temas a ese amor,
a esa verdad,
a esa identidad que no elegiste pero que te habita.

Lo que hay en ti
no es un error.
No es un fallo del plan.
No es una amenaza para Dios.

Es Espíritu.

José despierta
y hace algo profundamente subversivo:
confía.
Se queda.
Abraza la vida tal como viene.

Quizá hoy el Evangelio no me pide entenderme del todo,
ni tener todas las respuestas,
ni reconciliar cada herida con la Iglesia.

Quizá solo me pide esto:
no huir de mí.
No rechazar lo que Dios no ha rechazado.
No vivir pidiendo perdón por existir.

Jesús nace en un contexto frágil,
ambiguo,
malinterpretado.

Como tantas vidas LGBTIQ+ creyentes.

Y aun así,

Dios no cambia de plan.
No se retracta.
No se avergüenza.

Permanece.

Hoy escucho para mí estas palabras:
No temas.
No temas ser quien eres delante de Dios.
No temas amar desde donde estás.
No temas creer que también en tu historia
Dios está salvando.

Me quedo en silencio.
Y dejo que esta verdad repose en mí
como una vida nueva
que no necesita defenderse
para ser sagrada.


El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.
Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros».»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

junio 14, 2025

CLXXIII. EL DIOS DIVERSO




Sobre
 Juan 16, 12-15


Tuve la suerte de entender desde muy pequeño toda esta complicación de tener un Dios que está dividido en tres pero que es uno. Mi catequista de Primera Comunión nos lo explicó mediante un cuento que ahora mismo no soy capaz de poner en pie del todo, pero que estaba muy alejado de las cosas serias y enrevesadas que aparecían en el catecismo, como lo de que Dios es uno y trino, algo que a un chaval de 8 años le parecía un poco raro, aunque en Dios todo era posible. El catecismo de la época tenía infinidad de preguntas con sus respuestas, que debíamos aprender de memoria y soltar como papagayos. Había varias dedicadas al misterio de la Trinidad. Una concretamente decía: “¿Qué es la Santísima Trinidad?” Y la respuesta apuntaba: “La Santísima Trinidad es el mismo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas distintas y un solo Dios verdadero”.

Hasta aquí todo iba más o menos bien. Pero se complicaba un poco más a medida que el catecismo avanzaba.


Otra pregunta y su solución decía así: “¿Por qué decimos que la Santísima Trinidad es un misterio? - Decimos que la Santísima Trinidad es un misterio, porque ninguna inteligencia creada puede entenderlo en este mundo”. Y para liarnos del todo, había una que sentenciaba una vida llena de dudas: “¿Entenderemos en el cielo el misterio de la Santísima Trinidad? - En el cielo entenderemos el misterio de la Santísima Trinidad, como ya lo entienden los Ángeles y los Santos”.


El caso es que mi catequista decidió que sería un suplicio aguantar desde nuestros 8 años hasta el final de la vida para entenderlo todo en el cielo y, por si acaso no llegamos a ir allí, decidió contarnos la verdad en ese momento. Lo hizo, como dije, mediante un cuento que no recuerdo muy bien, pero sí estoy seguro de que hablaba de la generosidad de Dios como creador, quien nos ama tanto que Él mismo se hace hombre dándose por nosotros hasta la muerte, y Él mismo se hace Espíritu Santo para quedarse en el mundo. No estoy convencido de que su cuento fuese aprobado por un consejo de teólogos, pero pedagógicamente fue mucho mejor y más eficaz que el catecismo.


Sea como sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, uno en tres, la verdad es que nunca tuve conflicto para integrar este dogma en mi fe. Probablemente si no fuera así, hace mucho tiempo que habría abandonado. Porque a lo largo de mi vida han sido numerosos los desencuentros con Dios, todos ellos con el fondo de mi identidad sexual. 

Es común a la mayoría de las personas LGBTIQ+ creyentes preguntarse en algún momento de la vida la razón por la que Dios Padre nos ha creado tan desgraciadas por diferentes a las normas tradicionales. Y también, recriminar al Hijo de Dios, Jesús, porque su mensaje de amor incondicional entre hermanos no funciona. Los creyentes LGBTIQ+ siempre vamos salvando estos conflictos con el Padre y el Hijo porque, inconscientemente, nunca nos dejamos abandonar por el Espíritu. Por eso jamás perdimos del todo la fe, por mucho que nos alejamos irritados del Padre o del Hijo.


Ahora, escarbando en mi historia me hago consciente de ello: es el Espíritu Santo quien se aferró a mí incluso en los momentos en los que salí huyendo y me creí totalmente alejado de Dios. Sin embargo Dios mismo se encontraba conmigo, Dios creador, Dios hecho hombre paciente, Dios callado para no asustarme, Dios madre tierno acunándome, Dios Espíritu esperándome a que estallara y entonces, cuando eso sucedió, inesperadamente su luz me descubrió el camino para regresar al Padre y al Hijo, y me regaló la fuerza, el conocimiento pleno de Dios, la aceptación absoluta de que soy una creación perfecta, admirable del Padre.

También, en ese instante el misterio de la Trinidad ya no es tal, sino la certeza de que de una u otra forma Dios como Padre, como Madre, como Hijo y como Espíritu Santo, está con nosotras y nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. El Creador se manifiesta así plenamente diverso y (aún arriesgándome a recibir un zasca por parte de la la grada más ortodoxa) me atrevo a decir que también es un Dios no binario, al hacerse uno en tres, superando la dualidad Padre-Hijo, incorporando en ellos al Espíritu Santo. 


Y esta certeza que proclamo desde mi identidad LGBTIQ+ la elevo ahora como denuncia, por cuán poco dejan en la Iglesia institución que el Espíritu Santo renueve su Fe en los hombres y mujeres no heterosexuales, obra impecable del Creador como del resto de sus criaturas, a quienes los propios pastores de la Iglesia deberían amarnos, acompañarnos y servirnos en vez de asustarnos, amenazarnos y excluirnos de forma tácita, o como poco tratarnos con la condescendencia a que nos tiene acostumbrados.

Hombres y mujeres nos creó. ¿Acaso el Espíritu Santo pueda alumbrar que sigan tantas y tantas personas alejándose de Dios por culpa de lo que deciden los ministros de la Iglesia? 


Si tengo Fe para creer ciegamente en el Dios trino, ¿cómo no aceptar que las personas LGBTIQ+ –y especialmente las transexuales– son también obra del Padre?

Esta Iglesia que hace siglos negó que la Tierra girara alrededor del Sol, que aceptó con normalidad la esclavitud, que reinó con poderes de estado absoluto, que apoyó gobiernos ensangrentados, pero que supo – aunque tarde– pedir perdón por sus errores, ¿será en este siglo capaz de cruzar el puente, dialogar e integrar definitivamente en su seno a las personas LGBTIQ+?


La humanidad también puede ser una y tres a la vez, absolutamente diversa. Quizá más. Es obra de Dios. 


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará."

marzo 01, 2025

CLXIII. EL GUÍA CIEGO


Sobre
 Lucas 6, 39-45



No es fácil orar este pasaje del Evangelio sin hacer antes un profundo ejercicio de equidad personal que ayude a evitar caer en lo que Jesús precisamente advierte sobre la brizna en el ojo ajeno y la viga en el propio. 

Creo que es la escritora Siri Hustvedt quien dice que “los fragmentos de nuestros recuerdos no cobran coherencia hasta que los reimaginamos y los pasamos a palabras”. Tengo buena experiencia descubriendo la mano de Dios en mi historia, otorgando sentido a lo que creí no lo tenía y aportando al mismo tiempo un matiz de cohesión, allí donde incluso imaginé haber fracasado como persona. Eso es para mí reimaginar los recuerdos —traerlos renovados a la memoria— y darles sentido a la luz del Padre. Además, hoy Jesús nos habla de coherencia. Confieso de antemano que cargo con multitud de traviesas en los ojos y mi primer impulso es advertir la mota en los del otro antes que en los míos cuando estoy cara a cara frente a otra persona. De cualquier modo, la reflexión de la Palabra de hoy me invita —nos invita— a ser razonable a la hora de traer recuerdos para pasarlos a palabras y, sobre todo, generoso cediendo paso en el puente al otro, como quizá diría el teólogo James Martin.


Dentro del armario me causaba mucha tristeza ser consciente de que estaba mintiendo a todo el mundo. Nadie sabía absolutamente nada de mí, y vivía según los comportamientos sociales de cualquier heterosexual. Incluso llegué a tener alguna novia, la última una chica maravillosa cuando yo tenía 25. Con ninguna fui sincero, como con el resto de personas que se relacionaban conmigo en cualquier ámbito. Tenía plenamente asumida mi identidad sexual y afectiva —otra cosa es que además estuviera asustado—, así como intuía que no podía hacer nada por cambiar eso, de la misma manera que mis ojos seguirían siendo azules incluso aunque los hubiese escondido bajo unas lentillas negras. Aun así, continuaba aparentando lo que no era.


Fui catequista muchos años, bastantes de ellos asumiendo responsabilidades en la Pastoral Juvenil. No creo que en esto nadie pueda recriminarme ningún comportamiento censurable y me refiero especialmente en cuanto a mi trabajo como agente de pastoral, donde siempre fui fiel a la doctrina de la Iglesia, a veces haciéndome violencia interior en temas con los que chocaba duramente, sufriendo mucho por ello.

Mi vida en realidad era una gran farsa. Esa es la experiencia de cualquier armario: sientes que eres un fraude mientras sigues percibiendo cómo el miedo a hacerte visible congela todo tu cuerpo, especialmente las entrañas, las garras, los músculos y resortes necesarios para gritar lo que te pasa pero, sobre todo, el armario te congela el corazón, que se convierte con el tiempo en un témpano helado.


La parábola que utiliza Jesús del guía ciego me angustiaba sobremanera. Por alguna razón desde siempre he inspirado seguridad entre los amigos, quienes me confiaban secretos y confidencias sin que yo pudiera corresponderles en la misma forma, aun sin que lo sospecharan. Era como si me dieran cien y yo les devolviese lo mismo, pero la mitad de ello en moneda falsa.

Todavía me abrumaba más cuando como catequista estaba con el grupo de chavales, o si ejercía de acompañante pastoral de algún joven, y ahí sí que me sentía un guía ciego, un tremendo comediante representando el papel de cristiano ejemplar cuando en realidad no era más que un desviado, un pecador según lo que me habían enseñado desde niño.

Poco a poco me iba adentrando en un proceso de lucha contra Dios mismo, los dos a solas porque con nadie más compartía nada de esto, en un desesperado intento por descubrir si Él tenía algo que decirme y, al mismo tiempo, anhelando que su Palabra me consolara y así mantener viva la fe. Pero estaba cansado y agobiado. Demasiado agotado como para escuchar el susurro de Dios en el viento.

Un día en catequesis hablaba a los jóvenes sobre la necesidad de nacer de nuevo, de dejarse fortalecer por el Espíritu. De pronto me di cuenta de que no me creía lo que les decía. Fue mi última reunión.


Pasó un largo tiempo antes de que saliera del armario. Evidentemente una de las primeras cosas que curé fue toda esa sensación de haber sido un impostor. No creo que sea justo culpabilizarme por no haber sido capaz de ser yo mismo en una sociedad y una Iglesia que estigmatiza a las personas lgtb. No soy culpable del miedo a ser excluido, insultado, vejado o violentado. No soy culpable de haber creído que Dios no me amaba como hijo suyo. No soy culpable de haberme imaginado como guía ciego. No soy culpable de haberme sentido sucio, pecador, degenerado, porque es lo que me habían hecho creer toda la vida.

Toda la vida asustado por la viga de mi ojo, terrible y dolorosa.


Al salir del armario dejé atrás todos esos complejos, miedos y temores. Y entré —como les ha sucedido a otras personas— en la espiral del victimismo, enarbolando una discutible denuncia profética para desenmascarar a los culpables de que hubiera perdido toda mi vida atemorizado.

No era difícil encontrar a quienes acusar de hipócritas por sus palabras hirientes e inmisericordes contra la comunidad LGBTIQ+, en especial en el contexto religioso. Todo el mundo sabe que detrás de un discurso encendidamente homófobo probablemente hay una persona reprimida y armarizada. ¡Cuántos casos de pederastas homosexuales entre el clero que lanzaban homilías encendidas contra las relaciones afectivas y sexuales entre personas del mismo sexo!

Hace tiempo, en esos años en los que ser visible era una novedad y me parecía urgente y necesaria la denuncia profética, no dudaba en poner en evidencia a quienes maltrataban a las personas LGBTIQ+ con discursos tan terribles como el de aquel obispo que aseguró que los homosexuales no éramos hijos auténticos de Dios. En esos momentos encontraba pleno sentido al evangelio de Lucas y hubiera gritado como Jesús: ¡hipócrita!


Sin embargo ahora, más sosegado, más juicioso, quizá más consciente de lo que significa la misericordia de Dios y sus consecuencias para con el resto de hombres y mujeres, me siento especialmente llamado a la conciliación por encima de la confrontación. No renuncio a manifestar mi desacuerdo en aquello que lo merece, a pedir explicaciones, a denunciar llegado el extremo. ¿Pero cómo dejar a un lado las palabras de Jesus? ¿Cómo ser tan duro de corazón? ¿Cómo pagar con la misma moneda? Cómo no perdonar si es preciso?

La firmeza en las convicciones no está reñida con la compasión, especialmente porque nuestros ojos también tienen motas y sería falso no admitirlo. Yo sé lo mal que se pasa sintiéndose un guía ciego a punto de caer en el hoyo.


Al poco de salir del armario y hacerme plenamente visible tuve una serie de reencuentros con muchas personas, y algunas de esas conversaciones fueron auténticos regalos de Dios.

Una de ellas la mantuve con un responsable de la Pastoral Juvenil del Centro donde estuve y del que me fui. Me pedía que regresara. Le conté cómo me había sentido, la sensación de ser un guía ciego, de ser un comediante, de ser un hipócrita… Me dijo: —mira, tú hablas del guía ciego, de motas y vigas en los ojos, de hipocresía y falsedad. Pero también dice Jesús en ese texto que el árbol bueno da buen fruto, y que el hombre bueno saca el bien del buen tesoro de su corazón. Así que no temas, vuelve, nunca dejaste de ser un buen hombre. Más bien con todo lo bueno y malo que has vivido tuviste el privilegio de conocer a Dios de una forma tan especial que ya no puedes guardar esa experiencia solo para ti.


Resulta muy paradójico, pero las personas cristianas LGBTIQ+ estamos llamadas a contar la suerte que hemos tenido al dedicar tanto esfuerzo para descubrir que, pese a las apariencias, Jesús caminaba a nuestro lado, nos sostenía, nos cuidaba. No se nos ha puesto fácil fiarnos de Dios, ni quitarle la envoltura de juez implacable para hallar en su lugar al Padre-Madre que nos ama con locura tal como somos. Porque sólo así es posible tocarle e intimar con Él, fiarse y descansar sin temor. Hemos tenido que soportar muchas veces que señalaran la brizna en nuestros ojos. Nuestra fe no ha sido gratuita. Eso precisamente es lo que hace posible que seamos capaces de valorar como ningún otro colectivo la bondad de Dios.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: "¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?

Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: "Hermano, déjame que te saque la mota del ojo", sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano.

Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.

El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca."

mayo 12, 2024

CXXXI ID POR TODO EL MUNDO


Sobre
 Marcos 16, 15-20



Expulsar demonios, hablar en lenguas desconocidas, agarrar serpientes con las manos, beber veneno sin peligro o imponer las manos a los enfermos y lograr su curación eran cualidades casi mágicas que el autor de este texto atribuía a quienes creyeran y fuesen bautizados. Sólo así serían salvados. Es decir, la inmensa mayoría de las personas cristianas no vamos a salvarnos, porque no disfrutamos de ninguno de esos dones. Al menos yo no, desde luego en el sentido literal. ¿O sí?

Hoy sé que sí, que es cierto. Porque, de hecho, pude expulsar los demonios del miedo, del rencor, de la desesperanza, del cansancio, de la falta de fe. Tantos demonios como ganas de abandonar, de rendirme, de morir o de huir.
Hablé lenguas desconocidas cada vez que supe entender que las palabras que me herían no tenían derecho a hacerme sentir peor persona; también cuando aprendí a leer las señales de peligro y supe contestar pronunciando perfectamente “yo soy la mejor versión de mí mismo”. Agarré serpientes con las manos: la serpiente del odio, del desprecio, del insulto, de la murmuración, de la burla, de la discriminación… La serpiente de la rabia. Las agarré con las manos.
Bebí el veneno del resentimiento y no me hizo mal. No pudo conmigo.
Impuse las manos a otras personas que buscaban salida, que precisaban una luz que les mostrase el camino para ser ellas mismas sin perder de vista al Creador, sin olvidar ni renunciar a la fe.
Descubrir esto ahora, y que se revele en mí como experiencia de vida, hace que me envuelva un inmenso sentimiento de gratitud a Dios, por cuanto me ha regalado todo eso que parecía imposible.

Hay algo que une a la mayoría de las personas LGBTIQ+, y especialmente a las creyentes: si somos honestos, hemos de reconocer que en algún momento de nuestras vidas pedimos a Dios que nos cambiara, que borrara nuestra identidad de lesbiana, gay, bisexual, transexual, …, y nos permitiera gozar de una existencia sin miedos, sin escondites, sin disfraces, sin dificultades. Confieso que estuve, más de una vez, largos ratos con Dios en oración pidiéndole que, si era posible, me cambiara de raíz porque ya no podía aguantar más, porque ya no sabía ni siquiera si merecía ser escuchado, si me oía, si me prestaba atención.
Y hubiera dado cualquiera de mis súper poderes, el don de lenguas, la expulsión de demonios, lo que fuera, con tal de ser como mi amigo Carlos que tenía novia, y no tenía nada que ocultar como yo hacía, siempre cauto, siempre disimulando, siempre aparentando quien no era.

Atravesar desiertos, la soledad, obliga a enfrentarse a uno mismo y con ello a los miedos, los temores, las sombras. Y definitivamente nos dirige hacia los oasis, los pozos donde, de repente, encuentras a Dios esperando y te hace ver que, por mucho que huyes, Él te encuentra, te cura, te renueva y te dice: no temas a los demonios, habla, cuenta tu historia, atraviesa nidos de serpientes, no temas al veneno que te ofrezcan, y además ten presente que tu testimonio será igual a mis manos, porque yo estaré contigo, yo soy tu Dios.

Ya no hablo solo por mí cuando afirmo que las personas LGBTIQ+ cristianas estamos llamadas a hacer realidad todos estos dones, y lo estamos manifestando, los estamos haciendo visibles.
Cumplimos por eso la voluntad de Jesús, quien nos dice “id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura”.
Para nosotras, para nosotros la Buena Noticia es que Dios nos quiere tal como somos, sin juzgarnos, sin oponer resistencia a nuestra forma de sentir o de amar. Esto tan sencillo le está siendo ocultado y arrebatado a muchas personas que esperan una Palabra de esperanza para recuperar al Dios Padre y Madre que les robaron.



Y les dijo: —Id por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad.  Quien crea y se bautice se salvará; quien no crea se condenará. A los creyentes acompañarán estas señales: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes; si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se sanarán. El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba la Palabra con las señales que la acompañaban.

marzo 16, 2024

CXXIII DE LA MUERTE A LA VIDA


Sobre 
Juan 12, 20-33

En realidad nunca tuve miedo a la muerte como tal estando en el Armario, en ese largo desierto. Aunque me aterraba la idea de morir e ir (tal como pintaba todo) al infierno. Pero ese es otro sentir diferente. 
Por el contrario, sí que palpé alguna vez el miedo a la muerte de los otros, de los demás: de mis padres, de mis hermanos, de mis amigos, de quien amaba… 
Tengo claro que yo nunca tuve miedo a morir. Por el contrario, en mi adolescencia sí deseé mi muerte. 

En un retiro de esos que llevábamos a cabo durante el curso en el colegio donde estudiaba, el director espiritual empleó buen tiempo en abordar el tema de la moral sexual, como si el sexto mandamiento fuese el pilar fundamental de la fe. Por supuesto, entre otras materias, abordó el asunto de las relaciones prematrimoniales, y se dedicó con fervor a hablar sobre el pecado nefando (que es como los teólogos de antes se referían a las prácticas homosexuales). Nefando, por cierto, significa abominable, execrable, ignominioso, infame, perverso y vergonzoso. Entre otras acepciones igual de exquisitas.
 
Con dieciséis años ya era bastante consciente de mi identidad sexual. Por mucho que hubiera asumido que ese fuera un terrible secreto que guardar, quizá para toda la vida. 
La discutible pericia pedagógica de aquel sacerdote me hizo sentir un ser despreciable, no ya para la sociedad entre la que se encontraban mis compañeros de clase, sino sobre todo ante Dios, para quien era un error, un indigno hijo suyo, un desviado, un degenerado.

La certeza de que nunca podría ser yo mismo, porque el miedo desgarraba cualquier posibilidad de sincerarme con nadie, y ahora la seguridad de que el Padre me despreciaba y aborrecía, hicieron que pensara en acabar con mi vida. Era una buena idea. Sencillamente no tenía esperanza en nada.

Pero Dios tenía otro plan para mí, y aquel intento no pasó de un sobresalto, un lavado de estómago y una docena de sesiones con un psicólogo.

Muchos, muchos años después, conversando con una de las personas que me ayudaron a recuperar y sentir la caricia de Dios, le conté ese instante de mi vida y cómo aquella vez pensé, con un puñado de pastillas en el estómago, que estaría muy bien que el Padre me salvara de lo que se me venía encima… 
Mi amigo recordó esta lectura de Juan 12. Entonces ya no era el chaval de dieciséis primaveras asustado, sino uno de esos gentiles que dicen a Felipe que quieren ver a Jesús, quien comienza a hablar de que el grano de trigo ha de morir para dar fruto. No bastaron un puñado de Valium, daba lo mismo porque al fin y al cabo un adolescente homosexual humillado que no consigue morir así, lo hace poco a poco en vida hasta tocar fondo en la juventud, o en la adultez, que eso da igual porque al final lo que cuenta es que hasta que no mueres, no das fruto.

Infinidad de chicas y chicos LGBTIQ+ se suicidan al cabo de cada año en los tres mundos porque no encuentran fuerzas ni razones para vivir su verdad. La estadística va colmada de jovencísimos creyentes que se van sin que nadie les haya explicado que el Padre los ama, los quiere tal como son y solo desea que mueran a la oscuridad para dar fruto en la luz, que dejen de esconderse y consientan brotar en sus vidas los tallos del Espíritu.

Cuando una persona LGBTIQ+ permite que Dios entre en su historia vital es justo cuando deja de preocuparse por su propia vida, y entonces la gana. En ese momento precisamente, las mujeres y hombres LGBTIQ+ creyentes comenzamos a correr la misma suerte que Jesús y experimentamos nítidamente ser honrados por el Padre. Así lo cuenta Juan en este pasaje, según palabras del Maestro. Y podemos narrarlo en propia vida. Lejos de lamentar nuestras vicisitudes, damos gracias porque por ellas se nos reveló la fe en el Dios bueno, en Abbá, el Dios de la misericordia.


Había unos griegos que habían subido para los cultos de la fiesta. Se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le pidieron: —Señor, queremos ver a Jesús. Felipe va y se lo dice a Andrés; Felipe y Andrés van y se lo dicen a Jesús. Jesús les contesta: —Ha llegado la hora de que este Hombre sea glorificado. Os aseguro que, si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que se aferra a la vida la pierde, el que desprecia la vida en este mundo la conserva para una vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde yo estoy estará mi servidor; si uno me sirve, lo honrará el Padre. Ahora mi espíritu está agitado, y, ¿qué voy a decir? ¿Que mi Padre me libre de este trance? No; que para eso he llegado a este trance. Padre, da gloria a tu Nombre. Vino una voz del cielo: —Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré. La gente que estaba escuchando decía: —Ha sido un trueno. Otros decían: —Le ha hablado un ángel. Jesús respondió: —Esa voz no ha sonado por mí, sino por vosotros. Ahora comienza el juicio de este mundo y el príncipe de este mundo será expulsado. Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí –lo decía indicando de qué muerte iba a morir–. 

marzo 09, 2024

CXXII LA LUZ DE DIOS


Sobre 
Juan 3, 14-21


Los Evangelios, la Biblia entera, están colmados de textos que para las personas creyentes LGBTIQ+ son, de alguna forma, fuente de angustia. 

Las más de las veces por cómo son interpretados y utilizados esos pasajes para justificar con ellos la tradición, las normas religiosas y los comportamientos morales que, sin más dilema, son inconfundiblemente contrarios a la naturaleza de quienes, como yo, asistimos asustados a una condena eterna. Durante muchos años en absoluto silencio.

Con otros relatos, quizá menos dramáticos, simplemente porque hemos sido educadas y orientados en el convencimiento de que nuestra identidad sexual nos hace pecadores, y cualquier juicio de Dios será adverso a nuestro deseo de entrar en el Reino al final de nuestras vidas.


Esto de que la Palabra de Dios cause tristeza y pesadumbre parece un contrasentido, pero no es en nada un absurdo para las mujeres y hombres LGBTIQ+. Los párrafos de antes, comencé escribiéndolos en pasado, pero después recordé que en el presente, y con lamentable frecuencia, las personas LGBTIQ+ tenemos que justificarnos para continuar siendo catequistas, partícipes de una comunidad de fe, sacerdotes o religiosas... Debemos demostrar que somos tan legítimas y tan válidos como si fuésemos heterosexuales. Acreditar ante los hombres lo que ante Dios no es necesario probar. Salir a la luz, pero a hombres y mujeres LGBTIQ+ nos dirigen focos más intensos.


Este pasaje de Juan es uno de esos textos. De los menos dramáticos. De los sutiles. A primera vista esperanzador. De hecho, cuando ahora lo llevo a la oración no encuentro más que razones para la esperanza en un Dios bueno que hace todo lo posible por que hombres y mujeres vivan en la luz. 

Sin embargo, mi experiencia anterior, en el armario, era totalmente la contraria, de abatimiento y desánimo. Para mí, todo este texto quedaba sometido a una frase, casi al final: Quien obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para que no delate sus acciones.  

Me atrevo a decir que no somos pocas las personas LGBTIQ+ que nos parábamos, bloquedas, ante este versículo.


Es verdad: durante buena parte de nuestra historia de vida rehuimos la luz. Primero apagamos las lámparas que iluminaban esa parte de nuestras vidas que no era bien aceptada. Después, nos evadimos de Dios poco a poco, contaminados por ese enredo impuesto que confunde religión y Dios y que termina por difuminar al Padre entre tantas condiciones para sentirlo cerca.


Temía que a plena luz se me notara la pluma o una mirada o cualquier cosa que me delatara. Y a la vez, comencé a rendirme a la evidencia de que por mi naturaleza era inevitable obrar mal, y no me quedaba más salida que detestar la luz de Dios, porque me daba miedo que mi conducta quedara al descubierto. Durante toda mi vida me habían enseñado que las personas como yo actuaban mal a los ojos de Dios. ¿Cómo creer lo contrario?


Afortunadamente llegó un momento en el que fui consciente de que era imposible que Dios fracasase tan escandalosamente conmigo. No me creía que el Padre me desestimase como alguien perfecto, fruto de su creación, solo porque no sentía ni amaba como lo hacía la mayoría. Me enfadé mucho con ese Dios que me ponía obstáculos, que me castigaba a renegar de mí mismo. Es terrible padecer a un Dios juez durante toda la vida, permanentemente censurando mis sentimientos, mi sensibilidad, mi afectividad.


Pero la fe me salvó. La fe del que discute con Dios porque sabe que algo fallaba en ese argumento de los maestros de la Ley. Y esa fe del cabezota me salvó. Supongo que como al leproso extranjero, como a la mujer de mala fama que en casa de Simón se afanó en lavar los pies al Señor, como a la hemorroisa, como al ciego de Jericó,…


La fe me salvó. Ese hilo de fe que no terminó de romperse, que cobijaba al Padre paciente que me cuidó y se ocupó de calmar la sed durante tanto desierto, que me llevó en brazos delicadamente para que ni siquiera lo percibiera, y me recibió en casa celebrando una fiesta por mi vuelta.


Ese es el Dios que me sedujo, el que se manifiesta en Jesús, el que es luz y encendió mi luz, animándome a arder en ella y a abrasar por donde paso. El que se empeñó en convencerme de que en mí no había nada malo, nada escandaloso.


Este es el Padre que a los creyentes LGBTIQ+ recupera para sí, quien nos empuja a actuar desde la verdad y en la luz nos espolea a anunciar a otras gentes que Dios salva, Dios ama, Dios no condena a nadie que crea en Él.



Como Moisés en el desierto levantó la serpiente, así ha de ser levantado este Hombre,  para que quien crea en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. El que cree en él no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios. El juicio versa sobre esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Y es que sus acciones eran malas. Quien obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para que no delate sus acciones. En cambio, quien procede lealmente se acerca a la luz para que se manifieste que procede movido por Dios.