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noviembre 21, 2025

CLXXXIII. HOY (y siempre) ESTAMOS CON ÉL


Sobre
 Lucas 23, 35-43



Jesús fue un fracasado para muchos, para la inmensa mayoría de sus seguidores. Sólo unos cuantos continuaron creyendo en Él durante su pasión y después de su muerte en cruz. Casi todas las demás personas que lo habían acompañado pensaron que en el Gólgota terminaba todo. Un loco más que se había atrevido a enfrentarse a los poderes religiosos y políticos diciéndoles a la cara la verdad y poniéndoles en evidencia. Como sucedió con Juan, el Bautista, a quien también asesinaron los poderosos por bocazas. Jesús murió prácticamente solo.


Según los Evangelios, junto a Cristo agonizante se encontraban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás, María Magdalena y el discípulo a quien tanto amaba. Frecuentemente nos olvidamos de que también estaban a su lado dos crucificados más. En cualquier caso no era lo que se esperaba para la muerte de un rey. No era un funeral de Estado ni se hicieron presentes los sumos sacerdotes implorantes. La gente que acudió lo hizo atraída por el poco probable espectáculo de que Dios abriera los cielos y mandara una legión de ángeles a liberar al Mesías. Pero no sucedió. Jesús expiró y no ocurrió nada.


Es muy provocador que nuestra fe tenga como principal símbolo una cruz. Un instrumento de martirio cuya finalidad es acabar en la muerte segura del ajusticiado, se traduce en signo de vida. Como decía San Pablo, predicamos lo que es escándalo para unos y necedad para otros. Convertimos escándalo y necedad en trono del Reino porque advertimos que en la muerte de Jesús se inicia la vida para los pobres de espíritu, para los mansos, para los que lloran, para los que tienen hambre y sed de justicia, para los misericordiosos, para los limpios de corazón, para los pacíficos y también para los que sufren persecución.


Esto me recuerda que no hace mucho me preguntaron la razón por la que me expongo tanto. No entendí muy bien a qué se referían. Querían saber por qué contaba tanto de mí, de tan dentro de mí. Les dije que he muerto tantas veces que necesito narrar todas esas en las que a cambio he resucitado. Me he sentido en tantas ocasiones frustrado que no puedo perder ocasión para compartir cómo se puede salir adelante.

Y me acuerdo de ello porque esa respuesta tiene mucho que ver con el episodio que describe Lucas sobre lo que sucedió en el Gólgota. Jesús aparece clavado en la cruz agonizando, ofreciendo una imagen de fracaso que hace estremecer a las inmensa mayoría de las personas que creyeron y confiaron en Él, hasta el punto de que se esconden renegados abandonándolo a su suerte, pero esperando en lo secreto que todo lo que predicó fuese verdad.


Las personas que en algún momento de nuestra vida hemos tenido la suerte —digo bien— de sentirnos profundamente solas, excluidas, alejadas, marginadas, gozamos de un sentido especial para advertir la esperanza en momentos en los que todo parece que se hunde y se acaba. No me equivocaré demasiado si en el delincuente también crucificado que se dirige a Jesús pidiéndole que se acordase de Él cuando regresara, estamos las mujeres y hombres LGBTIQ+. 


Nos resultan muy familiares expresiones del tipo “sálvate tú, sálvate a ti mismo” que gritaban a Jesús mientras agonizaba. Tanto que para muchas y muchos ha sido una constante en nuestra vida el buscar los medios para no perdernos y perderlo todo, para no alejarnos definitivamente. Por eso es muy fácil identificarnos con ese hombre ajusticiado que reconoce en Jesús al Rey del Mundo y le dice “acuérdate de mí”.


El preso bueno tiene muy poco que ofrecer. Tan solo un poco de vida y toda su fe. En eso descansa su confianza en Jesús reconociéndole como el único que puede salvarlo. Las personas LGBTIQ+ compartimos con este hombre que muere junto a Jesús una experiencia de soledad y abandono muy similar, que lejos de convertirnos en víctimas nos hace ser mujeres y hombres privilegiados porque así hemos conocido de primera mano la bondad y la misericordia de Dios.


Nuestras experiencias vitales con frecuencia están salpicadas de dolor y de cruces. Es prodigioso experimentar cómo Cristo da sentido a todo cuando responde “hoy mismo estaremos juntos”, porque esa frase que pronunció dirigiéndose a su compañero del Gólgota nos la está susurrando a cada una y cada uno de nosotros integrándonos en su Reino, incluyéndonos sin excepciones.


No puede entenderse a Jesucristo como Rey del Universo en un Mundo con exclusiones, en una Iglesia de rechazos y fronteras. Las personas LGBTIQ+, como otras realidades que comparten con nosotras cargas incomprensibles, formamos parte del Reinado de Dios. Negar esa evidencia es falsear el mensaje de Jesús y callar la promesa que hizo en la cruz. Su frase, “hoy mismo estaremos juntos”, actualiza su deseo de que se nos considere iguales en una Iglesia abierta y valiente, misericordiosa y profética. 



En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: "A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido." Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: "Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo." Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: "Éste es el rey de los judíos." Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros." Pero el otro lo increpaba: "¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibirnos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada." Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino." Jesús le respondió: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso."

abril 19, 2025

CLXV. RESUCITAR


Sobre
 Juan 20, 1-9


Para resucitar, primero hay que morir. Tengo experiencia en muertes porque, como homosexual creyente, al igual que muchas personas LGBTIQ+ creyentes, he habitado más de un sepulcro antes de abandonar el último.
Lejos de entristecerme el largo desierto y aquella vida de dobles vidas, me alegra ese tiempo pasado porque ahora en perspectiva sé que atravesarlo me permitió percibir la necesidad de Dios, y no precisamente la de un Dios de muertos sino de vivos.

Ciertamente, muchas veces pude resucitar en parte, sólo por un tiempo, en un intento vano de morir a una vida que no me era agradable, construyendo otra mentira sobre la anterior. Y así muchas veces, tantas como fue necesario. Las personas LGBTIQ+ desarrollamos una gran capacidad de reinventarnos para mantener viva nuestra coartada y estar a salvo de burlas, risas, comentarios, sospechas, golpes, insultos, rechazos, desengaños. Todas esas cosas eran relativamente fáciles de evitar si conseguía disimular miradas o inventarme besos a novias invisibles. Pero todo era diferente cuando entraba Dios en cruzada, invitado por alguno de esos que inyectaban en mis venas el amargo sabor de que no era natural lo que yo sentía, que era pecado como yo sentía, que no era propio de buen hijo del Padre amar como yo amaba ni soñar como yo soñaba ser feliz. Ante Dios no podía establecer ninguna historia paralela con la que ocultar esa parte de mí que no era agradable a sus ojos, así que volvía a morir para resucitar por un tiempo una vez tras otra. Casi me convencen de que el Padre no me quería.
Las personas LGBTIQ+ hemos muerto tantas veces a tantas cosas, que nos merecemos resucitar.

Me cansé de revivir en falso. Un verano, desesperado y casi convencido de que Dios no me amaba, me puse a tiro en Loja, un pueblo de Granada, en medio de un ruidoso silencio y atormentado porque la fe se me iba de las manos. Me atreví a recriminar a Dios por cuánto me hacía sufrir ser como me había creado, y pasé seis días desafiándolo a que me diera razones para seguir con Él y no abandonarlo definitivamente. Una de las últimas noches en una celebración a la que asistí mecánicamente, comenzaron a entonar el Canto de Oseas,

»conozco tu conducta y tu constante esfuerzo, has sufrido por mi causa sin sucumbir al cansancio, pero tengo contra ti que has dejado enfriar tu primer amor. Por eso yo la voy a seducir, la llevaré al desierto y allí hablaré a su corazón y ella me responderá como en los días de su juventud. 

Algo se movió en mí, como si esta última muerte que se iba fraguando se paralizase, y Dios estuviese dándome suaves tortas para espabilarme. Al rato comenzaron a cantar el canon “Nada nos separará del amor de Dios”, y rompí a llorar con la certeza de que el Padre me había recuperado para siempre. De pronto todo había cobrado sentido en esas dos chispas que seguro a nadie más allí significaban poco menos que un par de cantos en una celebración. En ese instante se movió la piedra, entró la luz y pude resucitar para siempre.

Resucitar a la certidumbre de que somos personas únicas e irremplazables. Resucitar a esperar del otro una acogida sincera. Resucitar a la felicidad de ser nosotras y nosotros mismos sin miedo a mostrarnos tal como somos. Resucitar para luchar por una sociedad abierta, sincera, valiente. Resucitar a una Iglesia de fe y no de tradición. Resucitar a confiar en Dios ciegamente. Nacer de nuevo para anunciar a nuestras hermanas y hermanos LGBTIQ+ que Dios nos ama con todo lo que somos, sin despreciar ni uno solo de nuestros cabellos, acariciando cada una de nuestras heridas. Jesús resucita en nosotras, vive en nosotros.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

marzo 30, 2024

CXXV TRES CLAVES PARA RESUCITAR


Sobre
Juan 20, 1-9


Una: Sufrir.


La pasión y muerte de Jesús no tiene sentido si no es a través de la resurrección. Esto que parece tan obvio para cualquier persona cristiana, no lo es para muchas mujeres y muchos hombres LGBTIQ+ que, en diferentes situaciones, viven un continuo sufrimiento durante toda su vida. Creer en la resurrección de Jesús requiere mucha fe. Mucha más cuando la pasión y el martirio forma parte de lo cotidiano.

En la realidad LGBTIQ+ puede ocurrir que pensemos que efectivamente creemos, y afirmemos que de verdad Cristo vive, pero nos quedemos atrapados en la pasión y vayamos muriendo sin dar el paso a la Pascua. En cierta medida no puede ser de otra forma, es consecuencia de la crónica vital de tantas personas que no pueden superar los escenarios de miedo, espacios de temor y entornos de rechazo en los que se desenvuelven.

La comunidad LGBTIQ+ aún sufre excesivas afrentas a nivel social como para considerarse libre. No me acojo al recurso del victimismo, sino a los datos objetivos que ofrece el propio Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos cada año, o a las frecuentes noticias en los diarios de nuestro país con sucesos lgbti-fóbicos de diverso tipo. 


¿Y en cuanto a la fe? Tampoco ejerzo de mártir si aseguro que las personas LGBTIQ+ aún estamos marcadas y desposeídas de la presunción de inocencia que disfrutan las heterosexuales. Si no fuese así no habría sido necesaria la declaración del papa Francisco, afirmando que quien rechaza a los homosexuales no tiene corazón humano. No se dirigió en especial a los no creyentes, de quienes no se espera ningún compromiso más allá del que surja del deber cívico o moral. Francisco habla a los cristianos, que se deben al Evangelio. 

En mi propia experiencia he recibido más golpes de quienes dicen creer en Jesús y abrazar su Palabra que de quienes no creen en Dios y actúan desde su propia conciencia. Me duele especialmente porque el daño me lo han causado mis propios hermanos en la fe, sólo porque mi orientación sexual no satisface las directrices que marca la Doctrina y, por tanto, mis comportamientos son intrínsecamente desordenados y contrarios a la ley natural. 

Desde esa perspectiva es lógico que haya católicos, tanto laicos como religiosos y entre estos, tanto curas de parroquia como obispos, que crean conveniente ofrecernos como obra de misericordia la oportunidad de curarnos, porque somos enfermos. La salvación del alma viene por añadidura.


Con todo este panorama es difícil evitar que existan armarios, sobreabundantes en los entornos religiosos. Hace unos años se difundió una entrevista de la BBC a un católico cofrade que afirma vivir perfectamente siendo homosexual en el espacio de su Hermandad. Pero no quiso hablar ante las cámaras a rostro descubierto ni dar su nombre para evitar problemas. Viendo la entrevista nadie puede dudar de la fe de esta persona, pero ¿qué religión es esta que se adueña de Dios para impedir en su nombre que las personas sean ellas mismas y puedan dar la cara sin temor a ser juzgadas? 

Esto no pasa de la pasión y muerte. Para llegar a la resurrección hace falta mucha más fe. Pero es imposible alcanzarla cuando se ponen tantas trabas para la esperanza y se ofrecen muchas más razones para dejar de creer que otra Iglesia es posible.


Dos: Creer


En el armario es prácticamente imposible creer. Si de verdad hubiese creído, habría salido de él mucho antes. Creer en mí, creer en Él. Creer.

Tener fe es otra cosa. Es esperar esperanzado. Nunca perdí la fe, ese grano de trigo que me entregaron de pequeño y que fue menguando hasta convertirse en una minúscula semilla de mostaza. Aún así confieso que dentro del armario nunca creí de verdad en Jesús como salvador de mi vida, porque lo único que me había llegado a los oídos es que para mí no había salvación si perseveraba en esta orientación sexual. Y eso era algo que no podía evitar. Yo siempre sería homosexual y Cristo —me decían— no quiere eso.

El armario ocultaba a Dios y alumbraba todo lo que justificaba mi condena. Por eso digo que era imposible creer si creer es proclamar que Dios me ama tal como soy, tal como siento, tal como amo. 

Yo empecé a creer de verdad, con convicción, y a sentir que la semilla de mostaza rompía e iban brotando raíces, tronco, ramas y hojas, cuando me alejé de la Iglesia. Me duele mucho reconocer eso, pero asombrosamente esta es una reacción común a muchas personas cristianas LGBTIQ+. Hay quien nunca regresa, gente especialmente descorazonada y defraudada con una realidad que les ha grabado a fuego experiencias de rechazo y desprecio. 

Otras personas, como yo, nos fiamos del Espíritu. Dios se valió de mi soledad para que pudiese escuchar su voz. El desierto es terreno fértil para reconocerse débil ante el Creador y, a la vez, notarse increíblemente valioso para Él. Para mí el desierto no significó distanciarme de Dios —pues más bien mi intención era encontrarle—, sino alejarme de la Iglesia que me causaba daño. Recuerdo que esto mismo se lo conté a un sacerdote; me pidió perdón porque se sentía cómplice de todo ese entramado de normas, tradiciones y doctrina que me había causado tanto dolor. “A veces —me dijo— la Iglesia parece una estructura absurda y complicada que oculta lo importante: el Evangelio. Pero en la Iglesia también hay buena gente, gente de Dios”. 

Es verdad. Encontrar a Dios significó dos cosas: primero, reconocerme como hijo querido y amado por Él, que no juzga mi forma de ser, amar o sentir; y segundo, necesitar de la Iglesia para, desde ahí, poder encauzar mi fe enfocándola hacia los demás anunciando que, efectivamente, otra Iglesia es posible. La mostaza había crecido. Ahora creía de verdad.


Tres: Vivir.


Resucitar es volver, regresar. Significa hacer vida la palabra de Jesús: “Si el grano de trigo no muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto”. 

Para las personas LGBTIQ+ resucitar es también recuperar la alegría de vivir. Por lo general, las mujeres y los hombres LGBTIQ+ cristianos que vuelven a la vida de Jesús han (hemos) peleado mucho por no perder la fe, y eso nos hace ricos en experiencia de Dios, porque hasta que no resucitamos con Él no nos reconocemos en plenitud. 

Sufrir las dificultades de ser LGBTIQ+ en medio de una sociedad a veces hostil, y en el seno de una Iglesia que se muestra oficialmente condescendiente y en gran medida excluyente, es muy duro. Pero esos conflictos han hecho posible que para mucha gente se activase la necesidad de buscar otras realidades de Iglesia, realidades que existen y se hacen fuertes. Como decía aquel sacerdote, “en la Iglesia también hay buena gente, gente de Dios”. Por tanto, somos instrumentos imprescindibles en el proceso de resurrección de la Iglesia de Jesús.

Resucitar, recuperar la alegría de vivir, reconquistar la Iglesia como casa de todas y todos y reconocer a Jesús como Señor de nuestras vidas es una misma cosa. Creo que no es lícito evitar el compromiso que se nos demanda. Hemos resucitado para dar testimonio de que Cristo vive y por Él vivimos. Convirtamos los corazones de piedra en la sonrisa del Creador. ¡Hay que vivir! Ya hemos muerto muchas veces. 


El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

febrero 25, 2024

CXX VIVE


Sobre 
Marcos 9, 2-10


Siempre me explicaron este pasaje del Evangelio como una alegoría de la resurrección. De hecho Jesús hace alusión a ella en los últimos versículos, aunque parece que los discípulos presentes no se enteraron de nada de lo que quería decir.
Jesús salió de sí mismo, se transfiguró, como poco tiempo después le sucedería volviendo a la vida a los tres días de ser crucificado.

Resucitar es evidentemente regresar a la vida. Salir de la muerte y volver a existir. De eso las personas LGBTIQ+ que decidimos abrir las ventanas de nuestra vida tenemos bastante que contar. Y quienes somos creyentes le agregamos un sentido más profundo y trascendente.
Por propia experiencia, para un homosexual asustado que no está seguro de si le van a aceptar o no sus amigos, su familia, sus compañeros, su mundo… ser capaz de expresar y contar quién es, qué es y cómo se siente es como resucitar, es transfigurarse, salir de sí y confiar en que a partir de ahora todo va a ir mejor. 
Las personas LGBTIQ+ cristianas tuvimos que hacer además un ejercicio de re-encuentro con Dios, con un Dios nuevo que de repente nos amaba incondicionalmente, que nos aceptaba tal como éramos, que lloraba nuestro tiempo alejadas de Él. Un Dios diferente al que nos habían contado. Este era el buen Dios que daba sentido a todo, que nos recuperaba, que nos salvaba.
Recuerdo ese espacio de mi vida con absoluto agradecimiento y respeto. 

Cuando más tarde, con algunos más, fuimos orando juntos esa experiencia de auténtica resurrección, pudimos haber dicho “¡qué bien se está aquí! Pongamos tres tiendas, y quedémonos con Jesús en este sitio tan fantástico”. Pero optamos por bajar de la elevada montaña y compartirlo con quien quisiera escuchar que Dios tiene una palabra de salvación para cada una y cada uno de nosotros. Ya podemos anunciarlo, porque el Hijo del Hombre vive, y nosotras, nosotros, con Él.


Seis días más tarde tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. Delante de ellos se transfiguró: su ropa se volvió de una blancura resplandeciente, tan blanca como nadie en el mundo sería capaz de blanquearla. Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: —Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías –No sabía lo que decía, pues estaban llenos de miedo–. Entonces vino una nube que les hizo sombra, y salió de ella una voz: —Éste es mi Hijo querido. Escuchadle. De pronto miraron en torno y no vieron más que a Jesús solo con ellos.  Mientras bajaban de la montaña les encargó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que aquel Hombre resucitara de la muerte. Ellos cumplieron aquel encargo pero se preguntaban qué significaría resucitar de la muerte.

agosto 31, 2023

LXXXII LA PROMESA

Sobre Lucas 23, 35-43



Jesús fue un fracasado para muchos, para la inmensa mayoría de sus seguidores. Sólo unos cuantos continuaron creyendo en Él durante su pasión y después de su muerte en cruz. Casi todas las demás personas que lo habían acompañado pensaron que en el Gólgota terminaba todo. Un loco más que se había atrevido a enfrentarse a los poderes religiosos y políticos diciéndoles a la cara la verdad y poniéndoles en evidencia. Como sucedió con Juan, el Bautista, a quien también asesinaron los poderosos por bocazas. Jesús murió prácticamente solo.


Según los Evangelios, junto a Cristo agonizante se encontraban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás, María Magdalena y el discípulo a quien tanto amaba. Frecuentemente nos olvidamos de que también estaban a su lado dos crucificados más. En cualquier caso no era lo que se esperaba para la muerte de un rey. No era un funeral de Estado ni se hicieron presentes los sumos sacerdotes implorantes. La gente que acudió lo hizo atraída por el poco probable espectáculo de que Dios abriera los cielos y mandara una legión de ángeles a liberar al Mesías. Pero no sucedió. Jesús expiró y no ocurrió nada.


Es muy provocador que nuestra fe tenga como principal símbolo una cruz. Un instrumento de martirio cuya finalidad es acabar en la muerte segura del ajusticiado, se traduce en signo de vida. Como decía San Pablo, predicamos lo que es escándalo para unos y necedad para otros. Convertimos escándalo y necedad en trono del Reino porque advertimos que en la muerte de Jesús se inicia la vida para los pobres de espíritu, para los mansos, para los que lloran, para los que tienen hambre y sed de justicia, para los misericordiosos, para los limpios de corazón, para los pacíficos y también para los que sufren persecución.


Esto me recuerda que no hace mucho me preguntaron la razón por la que me expongo tanto. No entendí muy bien a qué se referían. Querían saber por qué contaba tanto de mí, de tan dentro de mí. Les dije que he muerto tantas veces que necesito narrar todas esas en las que a cambio he resucitado. Me he sentido tantas veces frustrado que no puedo perder ocasión para compartir cómo se puede salir adelante.

Y me acuerdo de ello porque esa respuesta tiene mucho que ver con el episodio que describe Lucas sobre lo que sucedió en el Gólgota. Jesús aparece clavado en la cruz agonizando, ofreciendo una imagen de fracaso que hace estremecer a las inmensa mayoría de las personas que creyeron y confiaron en Él, hasta el punto de que se esconden renegados abandonándolo a su suerte, pero esperando en lo secreto que todo lo que predicó fuese verdad.


Las personas que en algún momento de nuestra vida hemos tenido la suerte —digo bien— de sentirnos profundamente solas, excluidas, alejadas, marginadas, gozamos de un sentido especial para advertir la esperanza en momentos en los que todo parece que se hunde y se acaba. No me equivocaré demasiado si en el delincuente también crucificado que se dirige a Jesús pidiéndole que se acordase de Él cuando regresara, estamos las mujeres y hombres LGBTIQ+. 


Nos resultan muy familiares expresiones del tipo “sálvate tú, sálvate a ti mismo” que gritaban a Jesús mientras agonizaba. Tanto que para muchas y muchos ha sido una constante en nuestra vida el buscar los medios para no perdernos y perderlo todo, para no alejarnos definitivamente. Por eso es muy fácil identificarnos con ese hombre ajusticiado que reconoce en Jesús al Rey del Mundo y le dice “acuérdate de mí”.


El preso bueno tiene muy poco que ofrecer. Tan solo un poco de vida y toda su fe. En eso descansa su confianza en Jesús reconociéndole como el único que puede salvarlo. Las personas LGBTIQ+ compartimos con este hombre que muere junto a Jesús una experiencia de soledad y abandono muy similar, que lejos de convertirnos en víctimas nos hace ser mujeres y hombres privilegiados porque así hemos conocido de primera mano la bondad y la misericordia de Dios.


Nuestras experiencias vitales con frecuencia están salpicadas de dolor y de cruces. Es prodigioso experimentar cómo Cristo da sentido a todo cuando responde “hoy mismo estaremos juntos”, porque esa frase que pronunció dirigiéndose a su compañero nos la está susurrando a cada una y cada uno de nosotros integrándonos en su Reino, incluyéndonos sin excepciones.


No puede entenderse a Jesucristo como Rey del Universo en un Mundo con exclusiones, en una Iglesia con fronteras. Las personas LGBTIQ+, como otras realidades que comparten con nosotras cargas incomprensibles, formamos parte del Reinado de Dios. Negar esa evidencia es falsear el mensaje de Jesús y callar la promesa que hizo en la cruz. “Hoy mismo estaremos juntos” actualiza su deseo de que se nos considere iguales en una Iglesia abierta y valiente, misericordiosa y profética. 



En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: "A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido." Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: "Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo." Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: "Éste es el rey de los judíos." Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros." Pero el otro lo increpaba: "¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibirnos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada." Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino." Jesús le respondió: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso."

agosto 12, 2023

LXIV TRES CLAVES PARA RESUCITAR

Sobre Juan 20, 1-9



1. Sufrir.


La pasión y muerte de Jesús no tiene sentido si no es a través de la resurrección. Esto que parece tan obvio para cualquier persona cristiana, no lo es para muchas mujeres y muchos hombres LGBTIQ+Q+ que, en diferentes situaciones y en diversos lugares, viven un continuo sufrimiento durante toda su vida. 

Creer en la resurrección de Jesús requiere mucha fe. En la realidad LGBTIQ+ puede ocurrir que pensemos que efectivamente creemos, y afirmemos que de verdad Cristo vive, pero nos quedemos atrapados en la pasión y vayamos muriendo sin dar el paso a la Pascua. En cierta medida no puede ser de otra forma, es consecuencia de la crónica vital de tantas personas que no pueden superar los escenarios de miedo, espacios de temor y entornos de rechazo en los que se desenvuelven.

La comunidad LGBTIQ+ aún sufre excesivas afrentas a nivel social como para considerarse libre. No me acojo al recurso del victimismo, sino a los datos objetivos que ofrece el propio Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, y a las frecuentes noticias en los diarios de nuestro país con sucesos lgbti-fóbicos de diverso tipo. 


¿Y a nivel de fe? Tampoco ejerzo de mártir si aseguro que las personas LGBTIQ+ aún estamos marcadas y desposeídas de la presunción de inocencia que disfrutan las heterosexuales. Si no fuese así no habría sido necesaria la declaración del papa Francisco, afirmando que quien rechaza a los homosexuales no tiene corazón humano. No se dirige en especial a los no creyentes, de quienes no se espera ningún compromiso más allá del que surja del deber cívico o moral. Francisco habla a los cristianos, que se deben al Evangelio. En mi propia experiencia he recibido más golpes de quienes dicen creer en Jesús y abrazar su Palabra que de quienes no creen en Dios y actúan desde su propia conciencia. Me duele especialmente porque el daño me lo han causado mis propios hermanos en la fe, sólo porque mi orientación sexual no satisface las directrices que marca la Doctrina y, por tanto, mis comportamientos son intrínsecamente desordenados y contrarios a la ley natural. 

Desde esa perspectiva es lógico que haya católicos, tanto laicos como religiosos y entre estos, tanto curas de parroquia como obispos, que crean conveniente ofrecernos como obra de misericordia la oportunidad de curarnos, porque somos enfermos. La salvación del alma viene por añadidura.


Con todo este panorama es difícil evitar que existan armarios, sobreabundantes en los entornos religiosos. Hace unos años se difundió una entrevista de la BBC a un católico cofrade que afirma vivir perfectamente siendo homosexual en su templo, en su Hermandad. Pero no quiso hablar ante las cámaras a rostro descubierto ni dar su nombre para evitar problemas. Viendo la entrevista nadie puede dudar de la fe de esta persona, pero ¿qué religión es esta que se adueña de Dios para impedir en su nombre que las personas sean ellas mismas y puedan dar la cara sin temor a ser juzgadas? ¿Qué empuja a esta(s) persona(s) a constreñir la Iglesia en las paredes de su Cofradía?

Esto no pasa de la pasión y muerte. Para llegar a la resurrección hace falta mucha más fe. Pero es imposible alcanzarla cuando se ponen tantas trabas para la esperanza y muchas más facilidades para dejar de creer que otra Iglesia es posible.


2. Creer


En el armario es prácticamente imposible creer. Si de verdad hubiese creído habría salido mucho antes. Nunca perdí la fe, ese grano de trigo que me entregaron de pequeño y que fue menguando hasta convertirse en una minúscula semilla de mostaza. Aún así confieso que dentro del armario nunca creí de verdad en Jesús como salvador de mi vida, porque lo único que me había llegado a los oídos es que para mí no había salvación si perseveraba en esta orientación sexual. Y eso era algo que no podía evitar. Yo siempre sería homosexual y Cristo —me decían— no quiere eso.

El armario ocultaba a Dios y alumbraba todo lo que justificaba mi condena. Por eso digo que era imposible creer si creer es proclamar que Dios me ama tal como soy, tal como siento, tal como amo. 

Yo empecé a creer de verdad, con convicción, y a sentir que la semilla de mostaza rompía e iban brotando raíces, tronco, ramas y hojas, cuando me alejé de la Iglesia. Me duele mucho reconocer eso, pero asombrosamente esta es una reacción común a muchas personas cristianas LGBTIQ+. Hay quien nunca regresa, gente especialmente descorazonada y defraudada con una realidad que les ha grabado a fuego experiencias de rechazo y desprecio. 

Otras personas, como yo, nos fiamos del Espíritu. Dios se valió de mi soledad para que pudiese escuchar su voz. El desierto es terreno fértil para reconocerse débil ante el Creador y, a la vez, notarse increíblemente valioso para Él. Para mí el desierto no significó distanciarme de Dios —pues más bien mi intención era encontrarle—, sino alejarme de la Iglesia que me causaba daño. Recuerdo que esto mismo se lo conté a un sacerdote; me pidió perdón porque se sentía cómplice de todo ese entramado de normas, tradiciones y doctrina que me había causado tanto dolor. “A veces —me dijo— la Iglesia parece una estructura absurda y complicada que oculta lo importante: el Evangelio. Pero en la Iglesia también hay buena gente, gente de Dios”. 

Es verdad. Encontrar a Dios significó dos cosas: primero, reconocerme como hijo querido y amado por Él, que no juzga mi forma de ser, amar o sentir; y segundo, necesitar de la Iglesia para, desde ahí, poder encauzar mi fe enfocándola hacia los demás anunciando que, efectivamente, otra Iglesia es posible. La mostaza había crecido. Ahora creía de verdad.


3.  Vivir.


Resucitar es volver, regresar. Significa hacer vida la palabra de Jesús: “Si el grano de trigo no muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto”. 

Para las personas LGBTIQ+ resucitar es también recuperar la alegría de vivir. Por lo general, las mujeres y los hombres LGBTIQ+ cristianos que vuelven a la vida de Jesús han (hemos) peleado mucho por no perder la fe, y eso nos hace ricos en experiencia de Dios, porque hasta que no resucitamos con Él no nos reconocemos en plenitud. 

Sufrir las dificultades de ser LGBTIQ+ en medio de una sociedad a veces hostil, y en el seno de una Iglesia que se muestra oficialmente condescendiente pero realmente excluyente, es muy duro. Pero esos conflictos han hecho posible que para mucha gente se activase la necesidad de buscar otras realidades de Iglesia, realidades que existen y se hacen fuertes. Como decía aquel sacerdote, “en la Iglesia también hay buena gente, gente de Dios”. Por tanto, somos instrumentos imprescindibles en el proceso de resurrección de la Iglesia de Jesús.

Resucitar, recuperar la alegría de vivir, reconquistar la Iglesia como casa de todas y todos y reconocer a Jesús como Señor de nuestras vidas es una misma cosa. Creo que no es lícito evitar el compromiso que se nos demanda. Hemos resucitado para dar testimonio de que Cristo vive y por Él vivimos. Convirtamos los corazones de piedra en la sonrisa del Creador. ¡Hay que vivir! Ya hemos muerto muchas veces.



El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto." Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.