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julio 10, 2026

CCXVIII. MALA SEMILLA


Sobre
Mateo 13, 1-23

Siempre me ha atravesado esta parábola de Jesús. Quizá porque durante mucho tiempo pensé que hablaba solo de mí. Que yo era esa tierra llena de piedras, de zarzas, de caminos endurecidos donde la Palabra de Dios no podía crecer. Durante años escuché tantas veces que algo en mí no era correcto, que terminé creyendo que quizá la semilla de Dios nunca podría echar raíces en un corazón como el mío.

Pero con el paso del tiempo, con las heridas sanadas por el amor de un Dios mucho más grande que nuestros miedos, he descubierto otra lectura. Quizá Jesús no solo me pregunta qué tipo de tierra soy. Quizá también me pregunta qué tipo de sembrador quiero ser. Qué semillas dejo caer sobre la vida de los demás.

Porque hay semillas que curan y semillas que hieren. Hay palabras que levantan y palabras que entierran. Hay mensajes que anuncian el Reino y otros que, aunque se pronuncien en nombre de Dios, dejan tras de sí campos llenos de dolor.

Lo sabemos muy bien muchas personas LGBTIQ+ creyentes. Durante demasiado tiempo se sembró en nuestra tierra miedo, culpa y vergüenza. Nos dijeron que nuestra forma de amar nos alejaba de Dios, que nuestra identidad era una carga, una desviación, una amenaza. Algunos crecimos intentando arrancar de nuestra propia tierra aquello que, en realidad, Dios mismo había sembrado.

Por eso duele profundamente escuchar a un pastor de la Iglesia relacionar el Orgullo LGBTIQ+ con “el pecado de Satán”. Duele porque detrás de esa palabra “Orgullo” no hay soberbia ni deseo de ocupar el lugar de Dios. No hay un ser humano diciendo “puedo ser lo que quiera” desde el capricho o la arrogancia. Hay muchas veces una persona rota susurrando, después de años de oscuridad: “por fin puedo ser quien soy”.

El Orgullo nació precisamente donde antes habían sembrado vergüenza. Es la respuesta de quienes fueron obligados a esconderse, a callar, a pedir perdón por existir. Es la celebración de quienes un día descubrieron que su vida no era un error que corregir, sino una semilla de Dios llamada a crecer.

Y sí, claro que como creyente sé que existe un orgullo que nos aleja del Evangelio: el orgullo del poderoso que desprecia, el del que se cree dueño de la verdad, el del que carga pesos insoportables sobre los hombros de otros sin mover un dedo para ayudar. Ese orgullo sí seca la tierra. Ese orgullo sí impide que germine la semilla del Reino.

Pero abrazar la propia dignidad no es pecado. Levantarse después de haber sido humillado no es soberbia. Decir “soy hijo amado, soy hija amada de Dios” no es rebelarse contra el Creador; es reconocer su obra.

Quizá deberíamos preguntarnos qué frutos producen nuestras semillas. Jesús dijo que el árbol se conoce por sus frutos. Cuando una palabra pronunciada desde un púlpito provoca lágrimas, heridas antiguas, alejamiento de Dios o la sensación de no tener sitio en la Iglesia, deberíamos preguntarnos sinceramente si esa semilla procede del Evangelio.

Porque la buena semilla siempre acaba dando vida.

La semilla que Jesús sembraba hacía levantarse a quienes otros condenaban. Devolvía nombre a quienes eran tratados como pecadores. Sentaba a la mesa a quienes la religión había dejado fuera. Jesús nunca arrancó una flor porque creciera en un lugar inesperado.

Hoy sigo creyendo en esa Iglesia que puede ser tierra buena. Una Iglesia donde ninguna persona LGBTIQ+ tenga que esconder su historia para acercarse a Dios. Una Iglesia que deje de sembrar sospecha y empiece a sembrar acogida. Una Iglesia que descubra que en muchos de esos márgenes que tanto teme ya están creciendo frutos del Reino.

Porque durante años pensé que mi vida era una tierra equivocada.

Hasta que Dios me hizo comprender que Él nunca dejó de sembrar en mí.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»


abril 05, 2025

CLXIII. LANZAR PIEDRAS EN NOMBRE DE DIOS


Sobre
 Juan 8, 1-11.



Para una persona LGBTIQ+ es difícil no situarse junto a la mujer adúltera, a punto de ser apedreada por haber escandalizado a la gente aparentemente cumplidora y fervorosa de Jerusalén. Al menos a mí se me hace complicado. Desde chaval me he sentido ahí, en el centro del círculo, rodeado de gente señalándome porque soy diferente. Esta es la razón de ser de los armarios: sabes que si te visibilizas, más tarde o más temprano te harán daño.  


Agradezco a mi armario el haber servido de muro y refugio tras el que evitar palizas y patadas, como las que sí he podido ver sobre otros sin ser capaz de intervenir, porque el miedo paraliza incluso los mejores principios. Los ataques verbales, los desprecios y las condenas tampoco los sufrí en primera persona estando en el armario, pero aún así eran dardos que calaban hondo hasta las entrañas, agrandaban y hacían enorme y pesada la soledad, me hacían sentir despreciable ante Dios. 


Superar el armario fue posible gracias a un largo proceso de reconocimiento personal, es decir, solo fui capaz —al igual que muchas personas LGBTIQ+— cuando recuperé la autoestima y me valoré como persona aceptando mi homosexualidad —no como un defecto y por tanto algo malo, sino como algo natural y perfectamente bueno, también a los ojos del Creador. 

Por eso rescaté a Dios para mi vida, porque era imposible entenderla sin invitar al Padre a entrar en mi casa siendo Él sorprendentemente quien llevaba mucho tiempo esperándome.


Después tuve que calmar el dolor, curar las heridas, sanar el rencor y eliminar el resentimiento. La mujer adúltera del relato de Juan curó dolor, heridas, rencor y resentimiento gracias a las palabras de Jesús: «Tampoco yo te condeno; anda y en adelante no peques más». Siempre me he preguntado qué graves pecados tendría la mujer adúltera diferentes a los de cualquiera que estaba preparado con una piedra en la mano a punto de lapidarla. Desde luego Jesús acababa de quitar valor a la ley antigua que condenaba a esta mujer a ser apedreada. 


A mí me costó mucho tiempo curar mi resentimiento. Justo cuando salí del armario la Iglesia española entraba en virulenta guerra contra la realidad LGBTIQ+ a causa de la ley del matrimonio igualitario. En la Navidad del 2004 un obispo español hizo una desafortunada comparación entre la “tendencia homosexual” y la propensión al robo o al asesinato. Algo así como “puedes tener una inclinación, pero otra cosa es que la practiques”. Y después se quitó la culpa: «Yo nunca he dicho que los homosexuales no entrarán en el Reino de los Cielos; lo dice San Pablo». Tantos años de teología para afirmar que San Pablo es el culpable.

Otros obispos dijeron cosas tan tristes como que las personas LGBTIQ+ no éramos auténticas hijas de Dios. Por lo que me he acordado de este prelado en particular es porque también hizo mención a lo que compartió un político católico en una entrevista en televisión. El ministro dijo que si Cristo volviera a la Tierra estaría con los pobres y los pecadores y no miraría con quién se acuesta la gente. El obispo contestó al día siguiente sacando a la luz el pasaje del evangelista Juan sobre la mujer adúltera: «Jesús no le dijo que pudiese acostarse con quien quisiese, sino: “Tampoco yo te condeno, vete en paz y no peques más"». 


Me pregunto qué pecados tendría yo diferentes a los de cualquier obispo. No tuve la suerte de la mujer adúltera, que escuchó nítidamente a Jesús diciéndole que Él tampoco la condenaba. En mi caso había demasiado ruido alrededor, no se habían ido los fariseos ni los doctores de la ley. Seguían levantando la mano amenazando con apedrearme mientras gritaban que mis comportamientos son intrínsecamente desordenados y debía cambiar para ganar el aprecio de Dios. Así que tardé mucho en escuchar a Jesús porque tuve que aprender a descubrir su voz suave en medio de tanto escándalo.


Aún hoy las declaraciones de unos y otros “profesionales de la religión” me impiden oír a Cristo y hacen que —como dice mi acompañante espiritual— se me cuele el mal espíritu, y recupere rencor y resentimiento con la fuerza de antaño. En esos momentos me gustaría decir a los que tiran piedras que ya basta de hacer daño, de causar dolor, de crear angustia, de arrancarle a la gente la fe, de apropiarse del nombre de Dios, de adueñarse de la Iglesia de Jesús. Ya basta. ¿Queda algo más por lo que tengamos que suplicarles que nos dejen vivir en paz nuestra fe dentro de la Iglesia? 


Después se me pasa ese mal espíritu, justo cuando recupero la capacidad de escuchar la voz cálida de Cristo entre tanto griterío. Ahí el resentimiento se disipa y soy capaz de perdonar hasta la próxima vez. Me gusta pensar que este debe ser el modo de actuar de las personas LGBTIQ+ cristianas frente a los letrados y los fariseos: no con rencor sino con perdón, pero a la vez manteniendo nuestro testimonio y elevando la voz en la denuncia profética. No van a apagar nuestra voz. No van a lapidar nuestra fe. No vamos a perder la esperanza en la Iglesia de Jesús.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?"
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: "El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra."
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?" Ella contestó: "Ninguno, Señor."

Jesús dijo: "Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más". 

diciembre 07, 2024

CLXI PREPARAD EL CAMINO


Sobre
Lucas 3, 1-6



Juan el Bautista fue el primero en atreverse a anunciar a Jesús. Paradójicamente, no era una persona integrada en la sociedad. Vivía apartado de ella en el desierto de los excluidos. Seguramente —como indican algunos estudios— a causa de no encontrarse en sintonía con la clase religiosa oficial, ni con sus ritos, comportamientos y tradiciones. Así pues, el profeta coetáneo del Mesías es alguien que no acudía al Templo ni cumplía las normas religiosas pero, sin embargo, vivía una relación con Dios tan profunda que recibió de Él la fuerza y el ánimo necesarios para salir de su retiro y anunciar la Buena Nueva.


Juan se apoyaba en la palabra del profeta Isaías: "voz que grita en el desierto, preparad el camino del Señor, allanad sus senderos". Con seguridad, creó un ambiente de expectación que en cierta forma fortaleció la recién estrenada vida pública de Jesús y plantó los cimientos de un cambio radical en la percepción de Dios, un Dios que ya no demanda sacrificios sino el sincero arrepentimiento de corazón; que ya no precisa de un Templo fastuoso sino que traslada su casa al Jordán y se vale de algo tan poco suntuoso como el agua que es, desde ese momento, símbolo del perdón y de integración; que ya no necesita de sacerdotes que interpreten y administren su voz, sino que se rodea de hombres y mujeres de toda clase y condición, muchas de ellas personas alejadas y excluidas que encuentran en la promesa de Juan y su anuncio un motivo para la esperanza.


Sin saberlo, todas las personas LGBTIQ+ cristianas nos hemos cruzado con un Juan Bautista en nuestras vidas: circunstancias, pero sobre todo personas que, en un momento dado, nos zarandearon y nos pusieron en marcha sacándonos del lugar donde nos escondíamos. En mi caso hay mujeres y hombres con nombres y apellidos que esperaron el momento oportuno para pedirme que preparara el camino, anunciándome un Dios hasta entonces desconocido en mi vida, desprovisto de condiciones para sentirme querido por Él, desarmado de amenazas y, por el contrario, repleto de todo lo que caracteriza a un padre bueno.


La mayoría de las personas LGBTIQ+ cristianas fuimos —somos— incapaces de acoger el anuncio de Juan, porque en los armarios es muy difícil entender cualquier invitación a desinstalar la idea del Dios del Templo, para colocar en su lugar al Dios de Jesús. El miedo a las consecuencias de hacer pública nuestra identidad sexual, se refuerza con el mensaje incansable y terco que nos llega desde una religión que pone condiciones al amor. Parece como si Dios exigiese sacrificios humanos, inmolando a todas las personas que no cumplen cada una de las condiciones necesarias para ser moralmente aceptables, perfectos varones y perfectas hembras con una afectividad fuera de toda duda. 

La doctrina no hace suyo el encargo de Isaías —que Juan grita— cuando dice "allanad los senderos del Señor", pues ciertamente pone numerosos obstáculos para llegar a Él, abundantes condiciones y después, cuando los más obstinados conseguimos avanzar y perseverar en la búsqueda y el encuentro con Dios, no tarda demasiado en colocarnos pesadas cargas difíciles de llevar. Así pues, las personas LGBTIQ+ cristianas no solo tenemos dificultad para escuchar la voz de Juan a causa de nuestros miedos, sino que continuamente nos ponen impedimentos y condiciones que hacen muy complicado andar el camino para que Jesús llegue a nuestras vidas y se quede.


Me gusta pensar que los hombres y mujeres LGBTIQ+ cristianos llevamos en nuestros corazones el espíritu de Juan. Como él, hemos recorrido el árido desierto anhelando el encuentro con Dios y, cuando estuvimos preparados, hemos salido a la luz para anunciar la Buena Noticia, proclamar la esperanza y contagiar la sensación de sentirnos hijas e hijos queridos por el Padre. Efectivamente, Juan revoluciona la idea de Dios, acercándolo hasta donde era inimaginable. “Los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio”.

Porque ”los caminos tortuosos se enderezarán y todos verán la salvación de Dios". Todas y todos sin excepción lo verán.

¡Dichosos quienes no se escandalicen de este Cristo que acoge a las personas LGBTIQ+!


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tretarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio ttetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:


«Voz del que grita en el desierto: 

Preparad el camino del Señor, 

allanad sus senderos; 

los valles serán rellenados, 

los montes y colinas serán rebajados; 

lo torcido será enderezado, 

lo escabroso será camino llano. 

Y toda carne verá la salvación de Dios».

junio 16, 2024

CXXXVI MARICONADAS


Sobre
Marcos 4, 26-34


No tengo muy claro que el papa Francisco, con sus últimas y repetidas pifias o torpezas, esté intentando decir algo a modo de parábola sobre la realidad de la Iglesia y, de alguna manera, sobre el reinado de Dios. Llevo toda mi vida escuchando las palabras maricón, mariconada, amariconamiento y otras derivadas de estas, que hacen honor a la riqueza de nuestra lengua, pero que tanto me asustaron durante años, cada vez que alguien las pronunciaba cerca de mí o refiriéndose a un espacio en el que hubiera estado presente. Hoy no me inquietan ni, desde luego, me acobardan. En cierta medida me hace gracia el revuelo que se crea, sobre todo porque sé, obviamente, que ser maricón no es peor que no serlo. El sentido peyorativo de estos términos no viene dado por las personas que somos así, sino que lo confiere quien las usa como arma pretendiendo el insulto, la descalificación y, también, la exclusión. Conviene recordar, por eso, que a veces las palabras las carga el diablo, incluso si las pronuncia el papa.

El reinado de Dios es como un hombre que sembró un campo. Si se siembra la semilla del desprecio, la sospecha y la presunción de pecado hacia las personas LGBTIQ+ por el mero hecho de serlo, evidentemente cuando el hombre se acuesta, de día se levanta, y la semilla germina y crece con un fruto no muy saludable para las mujeres y hombres diferentes. Esa semilla se ha ido esparciendo desde hace demasiado tiempo, y se han ido recogiendo cosechas de menosprecio, rechazo, reproche, condena y violencia, una tras otra hasta hoy, con la complicidad de una sociedad preñada de tradiciones que alimentan prejuicios, y de convicciones religiosas que ya son cuestionadas incluso desde el ámbito teológico.

Da igual el tamaño de la semilla. Recuerdo que siendo un chaval alguien sembró una de mostaza con un chismorreo acerca de que un compañero de clase era gay. La diminuta semilla después de sembrada creció y se hizo más alta que las demás hortalizas, y echó ramas tan grandes que anidaban las aves del cielo a su sombra. Un día, a Gonzalo le dieron una paliza en el recreo, mientras yo observaba paralizado temiendo ser el siguiente.

No sé qué tipo de reino de Dios pretendemos construir, ni qué reinado de los cielos imaginamos, consintiendo que una buena parte de hermanas y hermanos en Cristo sigamos siendo empujados a los márgenes de la Iglesia con intervenciones tan desafortunadas del mismísimo papa. Jesús se servía de parábolas para que entendieran su mensaje. Las palabras del Maestro no iban acompañadas de burla ni desdén. Pero a Francisco seguramente le traicionó el subconsciente, y le salió la parábola que querían escuchar quienes estaban con él.

Para evitar el amariconamiento de los seminarios, probablemente expulsarán a quienes puedan, y evitarán que entren más tan descarados. Una purga y asunto resuelto. Es el fruto de la palabra (la parábola) que me ha dejado tan asombrado como defraudado, porque empiezo a estar cansado de tanto pasito para delante y, luego, dos o tres para detrás. 

He contado muchas veces cuánto me costó mantener viva la fe, y cuánto tardé en reconocer que Dios me ama inmensamente tal como soy. Estoy convencido de que las personas LGBTIQ+ aun tardaremos mucho tiempo en estar realmente incluidas en la Iglesia, al exacto nivel que lo están las demás. Pero no tengo duda acerca de que, pese a quienes no quieren aceptarlo, formamos parte del proyecto de Dios y somos reino de Dios. 

¿Y el reino de los Cielos? El reino de los cielos está repleto de personas LGBTIQ+ que fueron buenas mujeres y buenos hombres, con independencia de su identidad sexual y de género. Mujeres y hombres que nos recibirán confortantes, felices porque también nos fiamos del Padre.

Entonces Jesús nos cogerá aparte y nos explicará todo.


Les dijo: —El reinado de Dios es como un hombre que sembró un campo: de noche se acuesta, de día se levanta, y la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce fruto: primero el tallo, luego la espiga, y después el grano en la espiga. En cuanto el grano madura, mete la hoz, porque ha llegado la siega. Dijo también: —¿Con qué compararemos el reinado de Dios? ¿Con qué parábola lo explicaremos? Con una semilla de mostaza: cuando se siembra en tierra es la más pequeña de las semillas; después de sembrada crece y se hace más alta que las demás hortalizas, y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra. Con muchas parábolas semejantes les exponía la Palabra, conforme a lo que podían comprender. Sin parábolas no les exponía nada; pero aparte, a sus discípulos les explicaba todo. 

septiembre 14, 2023

XCVI CARGAR LA CRUZ

Sobre Mateo 10, 37-42

El día que cumplí quince años busqué un templo donde pasar desapercibido y nadie pudiese conocerme, esperando encontrar a alguien que me ofreciera la suficiente confianza como para poder hablar y dejarme aconsejar acerca de mi homosexualidad en relación a la fe. En mi obsesión por mantener en secreto lo que estaba sintiendo, temía contar nada a sacerdotes con los que trataba en el colegio. Una decisión de la que muchos años después me arrepentí porque entre alguno de ellos habría encontrado lo que buscaba. Sin embargo entonces no lo veía así. No era solo porque pensaba que pudiesen delatarme, sino por el celo que ponía para que nadie supiera que era uno de esos invertidos, pecadores condenados, según lo que muchas veces había escuchado que eran los hombres y mujeres LGBTIQ+.
Imaginaba sus miradas acusadoras o condescendientes (duelen exactamente igual) cada vez que me cruzara con ellos por los pasillos. En realidad esta es la carga de ofuscación obsesiva que lleva en la mochila cualquier persona que malvive en el armario. Una desconfianza y un recelo que sólo puede compararse al temor a ser descubierto y es proporcional al miedo que provocaba el daño que eso pudiera causarme.
Ya había tenido alguna triste experiencia con algún que otro sacerdote, sin otro resultado que frustrantes respuestas aconsejándome ayuda profesional para curarme.
Esta vez fui a una parroquia en un barrio en el otro extremo de la ciudad. Vi que era un cura joven y respiré tranquilo presintiendo que podría ofrecerme algunas palabras de ayuda. Recuerdo que era amable y me facilitaba poder confiarle todo lo que quisiera. Empecé contándole lo que —supongo— debieron ser los típicos pecados de cualquier adolescente. Hasta que me atreví a decirle que era homosexual, que necesitaba ayuda y consejo para poder vivirlo como cristiano. Entonces cambió su tono, como si acabara de confesarle un asesinato. No alzaba la voz pero sus palabras sonaban duras y potentes mientras me lanzaba un largo sermón sobre el gravísimo pecado que le había revelado. Se cercioró de que comprendiera que mi alma estaba en serio peligro. Después me arengó sobre los terribles efectos para mi vida si mantenía ese instinto desviado. También me hizo ver lo triste que estaba Jesús por mi causa, y quizá fuese eso lo que más me contrariase de cuanto me dijo, pues nunca había creído realmente que Cristo pudiera apenarse a causa de que fuese gay.
Le conté que no podía evitar lo que sentía, y entonces me dijo: —Esa es tu cruz. Cógela y pórtala sacrificándote por Cristo. Si no cargas tu cruz y le sigues, no eres digno de Él.
Jamás he regresado a aquella parroquia ni he vuelto a ver a ese sacerdote que consiguió entristecerme y desalentarme aún más de lo que ya estaba. Pero cuando visito algún templo y veo una imagen de Jesús portando la cruz, me acuerdo de ese momento y espontáneamente rezo por todas las cruces que hay en esa que porta el Maestro. Cuando ese cura me invitó a coger la cruz de mi homosexualidad, estaba dando por hecho que mi identidad sexual era un estigma, algo malo y perverso, un instrumento de martirio que debía llevar toda mi vida soportando sacrificadamente, ofreciéndoselo a Dios para eximir este pecado abominable y poder ser digno de Él.
Eso que daba por hecho aquel sacerdote no sólo no sirvió para nada a un chaval asustado de quince años, sino que lo hundió todavía más en la angustia de sentirse un error ante la sociedad y un ser despreciable ante Dios.
Ser LGBTIQ+ no es una cruz. Sí es una cruz soportar el desprecio, la intolerancia, el rechazo, la exclusión, los murmullos, los golpes, las burlas por ser diferente. Una cruz es el armario. Una cruz es la soledad. Una cruz es el miedo.
Cuando Jesús carga la cruz camino del Gólgota lleva sobre sí todas esas cruces, las de las personas LGBTIQ+, las de todos los sufrientes, las de las periferias de la Iglesia.
Las personas LGBTIQ+ cristianas, especialmente quienes se sienten asustadas, amenazadas, todavía sin atreverse a hacerse visibles porque temen las consecuencias a nivel familiar, social o incluso por cuanto su fe haya sido domesticada a partir de un Dios que no las acepta tal como son; en definitiva todas las mujeres y hombres LGBTIQ+ necesitamos el vaso de agua que ha de ofrecernos quien de verdad ama a Dios y obra en su nombre desde la misericordia del Evangelio. Porque, lamentablemente, seguimos siendo los pequeños, continuamos formando parte de las fronteras de la Iglesia.
En todo caso, el lugar en que sitúa todo esto al Colectivo LGBTIQ+ creyente nos ofrece la posibilidad de discernir entre una respuesta violenta, quizá preñada de coherencia evangélica pero que nace del resentimiento y el dolor, o bien revertirlo en un acto de amor que no es otra cosa que darse, darnos tal como somos, sin rencor, en una denuncia profética que por sí sola desmonta cualquier argumento contra la diversidad que es obra de Dios. Tenemos la posibilidad de ser tremendamente subversivos si no respondemos al mal con mal, al odio con odio, a la violencia con violencia. Creo que es la mejor manera de entender esa forma de amar a Jesús que Él mismo propone, anteponiéndole a nuestra madre y a nuestro padre, a la propia vida, saliendo —como diría Ignacio de Loyola— de nuestro propio amor, querer e interés, para dejarnos invadir por el amor e interés de Dios mismo.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

agosto 12, 2023

LXIV TRES CLAVES PARA RESUCITAR

Sobre Juan 20, 1-9



1. Sufrir.


La pasión y muerte de Jesús no tiene sentido si no es a través de la resurrección. Esto que parece tan obvio para cualquier persona cristiana, no lo es para muchas mujeres y muchos hombres LGBTIQ+Q+ que, en diferentes situaciones y en diversos lugares, viven un continuo sufrimiento durante toda su vida. 

Creer en la resurrección de Jesús requiere mucha fe. En la realidad LGBTIQ+ puede ocurrir que pensemos que efectivamente creemos, y afirmemos que de verdad Cristo vive, pero nos quedemos atrapados en la pasión y vayamos muriendo sin dar el paso a la Pascua. En cierta medida no puede ser de otra forma, es consecuencia de la crónica vital de tantas personas que no pueden superar los escenarios de miedo, espacios de temor y entornos de rechazo en los que se desenvuelven.

La comunidad LGBTIQ+ aún sufre excesivas afrentas a nivel social como para considerarse libre. No me acojo al recurso del victimismo, sino a los datos objetivos que ofrece el propio Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, y a las frecuentes noticias en los diarios de nuestro país con sucesos lgbti-fóbicos de diverso tipo. 


¿Y a nivel de fe? Tampoco ejerzo de mártir si aseguro que las personas LGBTIQ+ aún estamos marcadas y desposeídas de la presunción de inocencia que disfrutan las heterosexuales. Si no fuese así no habría sido necesaria la declaración del papa Francisco, afirmando que quien rechaza a los homosexuales no tiene corazón humano. No se dirige en especial a los no creyentes, de quienes no se espera ningún compromiso más allá del que surja del deber cívico o moral. Francisco habla a los cristianos, que se deben al Evangelio. En mi propia experiencia he recibido más golpes de quienes dicen creer en Jesús y abrazar su Palabra que de quienes no creen en Dios y actúan desde su propia conciencia. Me duele especialmente porque el daño me lo han causado mis propios hermanos en la fe, sólo porque mi orientación sexual no satisface las directrices que marca la Doctrina y, por tanto, mis comportamientos son intrínsecamente desordenados y contrarios a la ley natural. 

Desde esa perspectiva es lógico que haya católicos, tanto laicos como religiosos y entre estos, tanto curas de parroquia como obispos, que crean conveniente ofrecernos como obra de misericordia la oportunidad de curarnos, porque somos enfermos. La salvación del alma viene por añadidura.


Con todo este panorama es difícil evitar que existan armarios, sobreabundantes en los entornos religiosos. Hace unos años se difundió una entrevista de la BBC a un católico cofrade que afirma vivir perfectamente siendo homosexual en su templo, en su Hermandad. Pero no quiso hablar ante las cámaras a rostro descubierto ni dar su nombre para evitar problemas. Viendo la entrevista nadie puede dudar de la fe de esta persona, pero ¿qué religión es esta que se adueña de Dios para impedir en su nombre que las personas sean ellas mismas y puedan dar la cara sin temor a ser juzgadas? ¿Qué empuja a esta(s) persona(s) a constreñir la Iglesia en las paredes de su Cofradía?

Esto no pasa de la pasión y muerte. Para llegar a la resurrección hace falta mucha más fe. Pero es imposible alcanzarla cuando se ponen tantas trabas para la esperanza y muchas más facilidades para dejar de creer que otra Iglesia es posible.


2. Creer


En el armario es prácticamente imposible creer. Si de verdad hubiese creído habría salido mucho antes. Nunca perdí la fe, ese grano de trigo que me entregaron de pequeño y que fue menguando hasta convertirse en una minúscula semilla de mostaza. Aún así confieso que dentro del armario nunca creí de verdad en Jesús como salvador de mi vida, porque lo único que me había llegado a los oídos es que para mí no había salvación si perseveraba en esta orientación sexual. Y eso era algo que no podía evitar. Yo siempre sería homosexual y Cristo —me decían— no quiere eso.

El armario ocultaba a Dios y alumbraba todo lo que justificaba mi condena. Por eso digo que era imposible creer si creer es proclamar que Dios me ama tal como soy, tal como siento, tal como amo. 

Yo empecé a creer de verdad, con convicción, y a sentir que la semilla de mostaza rompía e iban brotando raíces, tronco, ramas y hojas, cuando me alejé de la Iglesia. Me duele mucho reconocer eso, pero asombrosamente esta es una reacción común a muchas personas cristianas LGBTIQ+. Hay quien nunca regresa, gente especialmente descorazonada y defraudada con una realidad que les ha grabado a fuego experiencias de rechazo y desprecio. 

Otras personas, como yo, nos fiamos del Espíritu. Dios se valió de mi soledad para que pudiese escuchar su voz. El desierto es terreno fértil para reconocerse débil ante el Creador y, a la vez, notarse increíblemente valioso para Él. Para mí el desierto no significó distanciarme de Dios —pues más bien mi intención era encontrarle—, sino alejarme de la Iglesia que me causaba daño. Recuerdo que esto mismo se lo conté a un sacerdote; me pidió perdón porque se sentía cómplice de todo ese entramado de normas, tradiciones y doctrina que me había causado tanto dolor. “A veces —me dijo— la Iglesia parece una estructura absurda y complicada que oculta lo importante: el Evangelio. Pero en la Iglesia también hay buena gente, gente de Dios”. 

Es verdad. Encontrar a Dios significó dos cosas: primero, reconocerme como hijo querido y amado por Él, que no juzga mi forma de ser, amar o sentir; y segundo, necesitar de la Iglesia para, desde ahí, poder encauzar mi fe enfocándola hacia los demás anunciando que, efectivamente, otra Iglesia es posible. La mostaza había crecido. Ahora creía de verdad.


3.  Vivir.


Resucitar es volver, regresar. Significa hacer vida la palabra de Jesús: “Si el grano de trigo no muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto”. 

Para las personas LGBTIQ+ resucitar es también recuperar la alegría de vivir. Por lo general, las mujeres y los hombres LGBTIQ+ cristianos que vuelven a la vida de Jesús han (hemos) peleado mucho por no perder la fe, y eso nos hace ricos en experiencia de Dios, porque hasta que no resucitamos con Él no nos reconocemos en plenitud. 

Sufrir las dificultades de ser LGBTIQ+ en medio de una sociedad a veces hostil, y en el seno de una Iglesia que se muestra oficialmente condescendiente pero realmente excluyente, es muy duro. Pero esos conflictos han hecho posible que para mucha gente se activase la necesidad de buscar otras realidades de Iglesia, realidades que existen y se hacen fuertes. Como decía aquel sacerdote, “en la Iglesia también hay buena gente, gente de Dios”. Por tanto, somos instrumentos imprescindibles en el proceso de resurrección de la Iglesia de Jesús.

Resucitar, recuperar la alegría de vivir, reconquistar la Iglesia como casa de todas y todos y reconocer a Jesús como Señor de nuestras vidas es una misma cosa. Creo que no es lícito evitar el compromiso que se nos demanda. Hemos resucitado para dar testimonio de que Cristo vive y por Él vivimos. Convirtamos los corazones de piedra en la sonrisa del Creador. ¡Hay que vivir! Ya hemos muerto muchas veces.



El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto." Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

agosto 10, 2023

LXII APEDREAR EN EL NOMBRE DE DIOS

Sobre Juan 8, 1-11.



Para una persona LGBTIQ+ es difícil no situarse junto a la mujer adúltera, a punto de ser apedreada por haber escandalizado a la gente aparentemente cumplidora y fervorosa de Jerusalén. Al menos a mí se me hace complicado. Desde chaval me he sentido ahí, en el centro del círculo, rodeado de gente señalándome porque soy diferente. Esta es la razón de ser de los armarios. Sabes que si te visibilizas, más tarde o más temprano te harán daño.  


Agradezco a mi armario el haber servido de muro y refugio tras el que evitar palizas y patadas, como las que sí he podido ver sobre otros sin ser capaz de intervenir, porque el miedo paraliza incluso los mejores principios. Los ataques verbales, los desprecios y las condenas tampoco los sufrí en primera persona estando en el armario, pero aún así eran dardos que calaban hondo hasta las entrañas, agrandaban y hacían enorme y pesada la soledad, me hacían sentir despreciable ante Dios. 


Superar el armario fue posible gracias a un largo proceso de reconocimiento personal, es decir, solo fui capaz —al igual que muchas personas LGBTIQ+— cuando recuperé la autoestima y me valoré como persona aceptando mi homosexualidad —no como un defecto y por tanto algo malo, sino como algo natural y perfectamente bueno. 

También rescaté a Dios para mi vida, porque era imposible entenderla sin invitar al Padre a entrar en mi casa siendo Él -sorprendentemente- quien llevaba mucho tiempo esperándome.


Después tuve que calmar el dolor, curar las heridas, sanar el rencor y eliminar el resentimiento. La mujer adúltera del relato de Juan curó dolor, heridas, rencor y resentimiento gracias a las palabras de Jesús: «Tampoco yo te condeno; anda y en adelante no peques más». Siempre me he preguntado qué pecados tendría la mujer adúltera diferentes a los de cualquiera que estaba preparado con una piedra en la mano a punto de lapidarla. Desde luego Jesús acababa de quitar valor a la ley antigua que condenaba a esta mujer a ser apedreada. 


A mí me costó mucho tiempo curar mi resentimiento. Justo cuando salí del armario la Iglesia española entraba en virulenta guerra contra la realidad LGBTIQ+ a causa de la ley del matrimonio igualitario. En la Navidad del 2004 un obispo español hizo una desafortunada comparación entre la “tendencia homosexual” y la propensión al robo o al asesinato. Algo así como “puedes tener una inclinación, pero otra cosa es que la practiques”. Y después se quitó la culpa: «Yo nunca he dicho que los homosexuales no entrarán en el Reino de los Cielos; lo dice San Pablo». Otros obispos dijeron cosas tan tristes como que las personas LGBTIQ+ no éramos auténticas hijas de Dios; pero por lo que me he acordado de este prelado en particular es porque también hizo mención a lo que compartió un político católico en una entrevista en televisión. El ministro dijo que si Cristo volviera a la Tierra estaría con los pobres y los pecadores y no miraría con quién se acuesta la gente. Y aquí el obispo contestó sacando a la luz el pasaje de Jesús con la mujer adúltera: «no le dijo que pudiese acostarse con quien quisiese, sino: “Tampoco yo te condeno, vete en paz y no peques más». 


Me pregunto qué pecados tendría yo diferentes a los de este obispo y cualquier otro. No tuve la suerte de la mujer adúltera, que escuchó nítidamente a Jesús diciéndole que Él tampoco la condenaba. En mi caso había demasiado ruido alrededor, no se habían ido los fariseos ni los doctores de la ley. Seguían levantando la mano amenazando con apedrearme mientras gritaban que mis comportamientos son intrínsecamente desordenados y debía cambiar para ganar el aprecio de Dios. Así que tardé mucho en escuchar a Jesús porque tuve que aprender a descubrir su voz suave en medio de tanto escándalo.


Aún hoy las declaraciones de unos y otros “profesionales de la religión” me impiden oír a Cristo y hacen que —como dice mi acompañante espiritual— se me cuele el mal espíritu, y recupere rencor y resentimiento con la fuerza de antaño. En esos momentos me gustaría decir a los que tiran piedras que ya basta de hacer daño, de causar dolor, de crear angustia, de arrancarle a la gente la fe, de apropiarse del nombre de Dios, de adueñarse de la Iglesia de Jesús. Ya basta. ¿Queda algo más por lo que tengamos que suplicarles que nos dejen vivir en paz nuestra fe dentro de la Iglesia? 


Después se me pasa ese mal espíritu, justo cuando de nuevo recupero la capacidad de escuchar la voz cálida de Cristo entre tanto griterío. Ahí el resentimiento se disipa y soy capaz de perdonar hasta la próxima vez. Me gusta pensar que este debe ser el modo de actuar de las personas LGBTIQ+ cristianas frente a los letrados y los fariseos: no con rencor sino con perdón, pero a la vez manteniendo nuestro testimonio y elevando la voz en la denuncia profética. No van a apagar nuestra voz. No van a lapidar nuestra fe. No vamos a perder la esperanza en la Iglesia de Jesús.



En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?"
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: "El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra."
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?" Ella contestó: "Ninguno, Señor."
Jesús dijo: "Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más".

junio 16, 2023

IV. SI QUIERES, TÚ PUEDES SACARME

Sobre Marcos 1, 40-45

No pocas personas LGBTIQ+ nos hemos sentido leprosos en algún momento de nuestras vidas. Aún hoy en no pocos lugares, y especialmente en las sociedades donde lo religioso empapa las costumbres y las tradiciones, ser homosexual, ser persona LGBTIQ+ significa ser un excluido. Durante muchos años de mi historia personal esta lepra fue llevada en secreto y en silencio, cuidando que no se notara que estaba enfermo, que nadie advirtiera mis miradas, mis ademanes o cuando latía fuerte mi corazón. Vigilando que nada me delatara. Tejiendo una doble vida. Guardando mis sueños. Tragando ofensas. Perdiendo la fe. Esta lepra que no se nota con llagas ni heridas visibles me permitió vivir camuflado, disfrazado de “hombre normal” durante muchos años.
Muchas veces pasó Jesús por mi lado. Y una de ellas -supongo que cansado de ser quien no era, sé con certeza que sediento de esperanza y deseoso de recuperar una fe que se me iba de las manos- me atreví a decirle como el leproso del relato de Marcos, “si quieres, puedes liberarme”.
Ese encuentro con Jesús cambió efectivamente mi vida, me sacó del escondite donde había estado durante tanto tiempo y descubrí que Dios me quiere tal como soy, sin despreciar ni un solo cabello de mi cabeza, ni un solo milímetro de mi corazón.

Yo también, como el leproso del Evangelio, no pude guardar el secreto y me dedico a gritar por los caminos que Dios ama sin condiciones. Pero también dijo que el candil no sirve de nada si lo metes bajo la cama. Y que seamos sal y luz del mundo. Seamos, pues, luz y sal. Seamos signo de esperanza. Hay mucha lepra que sanar.


Se le acercó un leproso y [arrodillándose] le suplicó: —Si quieres, puedes sanarme. Él se compadeció, extendió la mano, lo tocó y le dijo: —Lo quiero, queda sano. Al punto se le fue la lepra y quedó sano. Después le amonestó y le despidió encargándole: —Cuidado con decírselo a nadie. Ve a presentarte al sacerdote y, para que le conste, lleva la ofrenda de tu sanación establecida por Moisés. Pero al salir, aquel hombre se puso a pregonarlo y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en despoblado. Y aun así, de todas partes acudían a él.