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mayo 09, 2026

CCIX. NO ESTAMOS HUÉRFAN@S


Sobre
 Juan 14, 15-21


Hay palabras de Jesús que una persona no escucha solo con la cabeza. Las escucha desde dentro. Desde las heridas. Desde aquello que lleva años intentando esconder o entender. Y esta frase —“no os dejaré huérfanos”— siempre me golpea ahí.

Porque yo sí me sentí muchas veces huérfano. No de Dios, curiosamente. De la Iglesia, quizá sí. O al menos de una Iglesia concreta, incapaz de mirarme sin sospecha. Crecí creyendo que había algo defectuoso en mí. Algo que me alejaba de Jesús. Nadie me lo decía siempre de forma directa; a veces bastaba un sermón, una risa, un silencio incómodo o aquella obsesión enfermiza con “los pecados del sexto mandamiento”. Uno termina aprendiendo pronto qué partes de sí mismo debe callar para poder quedarse.

Y aun así, nunca fui capaz de dejar de sentir a Dios cerca.

Eso es lo que todavía hoy me desconcierta. Porque hubo épocas en las que todo parecía empujarme hacia fuera, pero al mismo tiempo había algo profundamente íntimo que me sostenía. Una especie de certeza tranquila, difícil de explicar, que me decía: “aunque otros no sepan verlo, yo sigo aquí”.

No siempre vi a Jesús con claridad. Hubo años de miedo, de armario, de culpa y de una soledad enorme. A veces pensaba que la fe consistía en aguantar, en resistir escondido, en sobrevivir sin hacer demasiado ruido. Pero incluso ahí, cuando más perdido estaba, seguía notando algo parecido a una caricia. Como si Dios fuese capaz de atravesar toda la maraña de doctrinas, prejuicios y condenas para llegar hasta mí sin violencia.

Por eso este Evangelio me emociona tanto.

Jesús habla del Espíritu de la verdad. Y dice que el mundo no lo reconoce. Qué frase tan dura y tan real. Porque hay personas que llevan toda la vida hablando de Dios y, sin embargo, parecen incapaces de reconocerlo cuando aparece en quienes no encajamos en sus esquemas.

Nos han llamado desordenados, inmorales, escándalo, amenaza. Y aun así, muchas personas LGBTIQ+ seguimos creyendo. No porque nos hayan puesto fácil el camino, sino precisamente porque hemos aprendido a buscar a Dios donde parecía imposible encontrarlo.

A veces pienso que nuestra fe se parece mucho a esas plantas que nacen entre las grietas del asfalto. Nadie entiende cómo han sobrevivido ahí. Pero sobreviven.

Y quizá por eso desarrollamos una sensibilidad especial para distinguir la verdad del ruido. Sabemos cuándo una palabra viene de Dios y cuándo viene del miedo. Sabemos cuándo alguien habla desde el amor y cuándo utiliza a Dios para justificar su dureza.

Porque el Espíritu de la verdad no humilla. No arrincona. No obliga a nadie a odiarse para sentirse digno del amor de Dios.

Eso lo aprendí tarde. Pero lo aprendí.

Y cuando Jesús dice: “vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y está en vosotros”, siento que está describiendo exactamente esa experiencia. La de descubrir que Dios ya habitaba en mí incluso cuando yo dudaba de mi propia dignidad. Que nunca estuvo esperando a que cambiara para amarme. Que no necesitaba convertirme en otra persona para acercarme a Él.

Eso cambia la vida.

Porque entonces la fe deja de ser miedo y empieza a parecerse un poco más a la libertad.

No una libertad cómoda. Todavía hay demasiadas personas creyentes LGBTIQ+ viviendo escondidas, callando, sobreviviendo dentro de estructuras que muchas veces continúan expulsándolas con educación y sonrisa pastoral. Sigue habiendo miedo. Sigue habiendo armarios llenos de gente buena agotada de fingir.

Y no ayuda descubrir, una vez más, que dentro de la propia Iglesia todavía hay quienes parecen más preocupados por proteger silencios que por cuidar a las personas heridas. Como si el sufrimiento tuviera que mantenerse oculto para evitar incomodidades o preservar determinadas imágenes. Quienes hemos vivido tantos años escondiendo partes de nuestra vida sabemos bien lo que hace el silencio cuando deja de ser refugio y se convierte en imposición. Por eso duele tanto reconocer esa lógica también dentro de la comunidad que debería transparentar verdad, misericordia y cuidado.

Y por eso este texto también debería incomodar a quienes nunca tuvieron que preguntarse si Dios podía amarles tal como son.

Porque quizá el verdadero problema no sea la supuesta fragilidad de nuestra fe, sino la incapacidad de algunas comunidades cristianas para reconocer el Espíritu de Dios cuando sopla fuera de sus seguridades.

Aun así, aquí seguimos.

Creyendo.
Rezando.
Buscando.
Amando a Jesús incluso después de todo.

Y tal vez esa sea la prueba más clara de que nunca estuvimos huérfanos.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque. no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

enero 10, 2026

CXCI. EST@S SON MIS HIJ@S AMAD@S


Sobre
Mateo 3, 13-17


Me gusta este pasaje del evangelio de Mateo, porque invita, como otros, a hacer una oración contemplativa a partir de la que es fácil transportarse a ese instante, a orillas del río. Imagino a Jesús acercándose al Jordán, y de alguna forma no puedo evitar verme reflejado en ese gesto suyo de avanzar despacio, sin imponerse, sin abrirse paso sobre los demás. Yo también me he acercado muchas veces a Dios así: con pudor, con preguntas, con una mezcla de deseo y de temor. No desde la seguridad de quien se siente “en regla”, sino desde la experiencia de ser una persona LGBTIQ+ creyente que ha tenido que aprender a no esconderse ante Él.

Durante mucho tiempo pensé que mi lugar estaba en los márgenes. Que podía creer, rezar, amar a Jesús, pero siempre con cierta distancia, como si no me correspondiera del todo estar ahí. Por eso me conmueve que Jesús no evite el agua, que no se reserve un espacio distinto. Se mete en el río, en el mismo río donde estoy yo, con mis heridas, mis dudas, mi historia. Ahí entiendo que Dios no me espera cuando esté “mejor”, sino que sale a mi encuentro justo donde estoy.

Cuando Juan se resiste a bautizar a Jesús, reconozco una voz que me ha acompañado muchas veces: la voz que dice “no eres digno”, “esto no es para ti”, “hay otros más adecuados que tú”. Y Jesús responde con calma, sin justificarse: “Conviene que así cumplamos toda justicia”. Esa frase me libera. Me hace pensar que la justicia de Dios no consiste en que yo deje de ser quien soy, sino en que pueda vivir de pie, reconciliado, sin tener que pedir perdón por existir.

El momento más fuerte para mí llega cuando Jesús sale del agua y escucha la voz del cielo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Ahí se me quiebra algo por dentro. Porque yo he necesitado escuchar eso. He necesitado creer que Dios puede mirarme con agrado, no con resignación. Que no me ama “a pesar de” mi identidad, sino también a través de ella, en mi cuerpo, en mi forma de amar, en mi manera concreta de estar en el mundo.

Este texto me invita a volver una y otra vez al Jordán. A dejar que Dios pronuncie sobre mí una palabra más fuerte que el rechazo, más fuerte que el miedo, más fuerte que la culpa aprendida. Cuando me acerco a Él con verdad, descubro que el cielo no se cierra, que el Espíritu sigue descendiendo, y que hay una voz que insiste, incluso hoy, en llamarme hijo amado. Y desde ahí, poco a poco, aprendo a creer que mi fe y mi identidad no se contradicen, sino que se abrazan en el mismo río.


En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

mayo 17, 2025

CLXIX. LO SUBVERSIVO ES AMAR SIN CONDICIONES


Sobre
 Juan 13, 31-33a.34-35



Si me pidieran que resumiese en una frase, en una sola línea, el total de todo el mensaje de Jesús expresado en las Escrituras, elegiría la petición que aparece en este texto de Juan: “Amaos los unos a los otros”. Cualquier otra cosa que haya hecho o dicho Cristo en toda su vida pública se reduce a eso, a amarse como Él nos ha amado, es decir, incondicionalmente.


Parece que este es el corazón de nuestra fe: una mitad amar a Dios; la otra amar a los demás seres humanos como Jesús hizo hasta que fue ejecutado, y aún después. 

No creo que haya nadie que lo dude. Quien quiera llamarse cristiano debe cumplir necesariamente con esto.


Estando en el armario me preguntaba la razón por la que muchos hombres y mujeres cristianas no se comportaban con la necesaria misericordia ante las personas LGBTIQ+. En relación a ese pensamiento me han sucedido varias cosas en mi vida. Pero quizá la que más me ha conmovido siempre (y por eso no puedo evitar compartirlo una y otra vez), también la que más dolor y rabia me ha provocado, fue la que tiene que ver con Álvaro.


Conocí a Álvaro cuando ambos teníamos dieciocho años. Él era creyente como yo. También estaba dentro del armario, aterrado ante la posibilidad de que alguien se enterase. Ni él ni yo habíamos encontrado jamás a nadie con quien hablar confiadamente de lo que sentíamos y nos sucedía. También conversábamos sobre Dios, de las palabras de Jesús en los Evangelios y acerca de lo lejano que nos parecía el día en que pudiéramos expresarnos tal como éramos de verdad sin temor a nada. Nos encantaba el texto de Juan 13, tan directo, tan claro, tan amablemente provocador. Y lamentábamos la forma en que ese mandato de Jesús era sistemáticamente incumplido por muchos de quienes se llaman a sí mismos seguidores de Cristo.

Nos hicimos muy amigos, sentíamos algo muy especial el uno por el otro. Esa relación se mantuvo durante muchos años.


Los padres de Álvaro eran muy religiosos. Un día, cuando teníamos veintitrés años, la madre de Álvaro encontró una carta que él me estaba escribiendo. Cuando regresó a casa, su padre y su madre estaban esperando para pedirle explicaciones. No tuvo opción y les confesó lo evidente. Sus padres lo echaron de casa esa misma tarde. No querían un hijo gay. 

En aquellos años no teníamos móviles. Álvaro no sabía dónde ir. Estuvo buscándome durante horas  hasta que me encontró. Era un mar de lágrimas. Su dolor se me clavaba en el pecho.


Los padres de Álvaro nunca permitieron que volviese a casa. Las pocas veces que al principio se vieron, solamente había reproches sobre “su vicio” y su “pecado”. Mientras tanto, ellos siguieron en su comunidad cristiana, con sus ritos, sus celebraciones, sus eucaristías y sus cantos, pero su hijo no pudo volver con ellos porque les había defraudado, porque era un desviado, un condenado, un pecador.


Álvaro encontró refugio en casa de uno de sus tíos, una persona encantadora que se llamaba Roberto y su mujer. El tío Rober no creía en Dios y se burlaba explícitamente de su hermana, la madre de Álvaro, por sus creencias fanáticas. Siempre me ha parecido paradójico que mi amigo fuese tratado de forma tan escandalosamente inmiseriocorde por parte de sus cristianísimos padres, mientras su tío Rober y su mujer, públicamente ateos, le acogían amorosamente. ¿Quién estaba amando a los demás como pedía Jesús? ¿Sus padres, con fe inquebrantable y cumplidores de ritos y tradiciones? ¿O sus tíos, ateos declarados y totalmente ajenos al Evangelio y su doctrina?


Años después Álvaro fue a Estados Unidos a completar estudios y perdimos el contacto asiduo de siempre, aunque no totalmente. Seguíamos intercambiando cartas y hablando de vez en cuando por teléfono. Un día me llamó llorando. Le habían diagnosticado el VIH. Álvaro murió por complicaciones derivadas del SIDA dos años después, en 1990. En el entierro estuvieron Rober y su mujer, pero los padres no aparecieron. 


En el texto del Evangelio de hoy, Jesús dice “os doy un mandamiento nuevo”. Esa palabra, “nuevo” jamás deja de ser trágicamente actual porque este mandamiento de Jesús nunca deja de ser novedad. El amaos los unos a los otros es algo que no termina de llevarse a la práctica. Cada vez que nos olvidamos de amar incondicionalmente estamos borrando en el tiempo las palabras de Cristo, y la siguiente vez serán novedad, y así siempre. La historia de Álvaro es lamentablemente habitual. Terrible cuando sucede en cualquier familia, pero un escándalo si está ocurriendo en una familia cristiana y precisamente a causa de las creencias religiosas. Amar sin condiciones al prójimo es seguir en lo más básico a Jesús. No hacerlo es traicionarle.


Cuando Álvaro y yo hablábamos en torno a la utopía del amor incondicional que proponía Cristo, jamás sospechamos que iba a golpearnos tan fuerte la incoherencia y la falta de misericordia. Nunca imaginamos que quedaríamos tan profundamente defraudados. 

Álvaro, pese a todo, nunca perdió la fe. Con el tiempo llegó a perdonar a sus padres, incluso sin que ellos le diesen oportunidad para decírselo. Álvaro recuperó la paz y estoy seguro que murió tranquilo, con la certeza de que iba a encontrarse con Dios. Justo un día antes de fallecer me hizo prometer que yo también perdonaría a sus padres. Le contesté que sí, pero la verdad es que no pude hacerlo hasta mucho después.


“… Como yo os amado”. Esa parte no la incumple el Maestro. Él ama incansablemente, Jesús es fiel. Su amor sí es incondicional. Él no abandona. Siempre acoge. Siempre espera. Es padre y madre que nunca pierde a un hijo, por nada lo descuida, no renuncia a él, no lo desatiende. 


Álvaro disfruta de la cercanía del Padre. Sé que desde allí me anima a amar ilimitadamente. No hay otra opción si quiero seguir a Jesús y llamarme cristiano. Amar sin excepción, sin distinción. Muy especialmente a quien desprecia mi identidad homosexual. A ese, amarle más aún. A ese, con mayor misericordia. Ahí está el fondo subversivo del mensaje de Jesús, lo que desconcierta, lo que conmueve y convierte corazones. El amor sin esperar nada a cambio. La primicia del mandamiento nuevo. La novedad de amar sin más. Amar a corazón abierto. Amar.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros
Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: "Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.
Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros."

mayo 03, 2025

CLXVII. ¿DE VERDAD ME AMAS?


Sobre
 Juan 21, 1-19



Cuando escucho contar a personas LGBTIQ+ cómo vivieron su identidad sexual o de género antes de salir del armario, siempre me invade una sensación de angustia por todo el dolor encerrado en tanto tiempo sin poder ser uno mismo. Sé que mi propia historia puede resultar también una revelación de tristeza, más aún siendo creyente, porque ya no solo temía visibilizarme ante familia, amigos, sociedad, sino que además soportaba el peso de la religión que gobernaba mi fe culpabilizándome y condenándome por ser, sentir y amar como persona homosexual.


Hasta los 43 años estuve escondido y avergonzado. Si alguna vez creí que Jesús pudiera decir algo a mi vida, había perdido toda esperanza de que sucediera. Más bien todo lo que tenía que ver con Él me sonaba a fracaso y mentira.

La escena de los discípulos de Jesús pescando en el lago de Tiberiades en esa noche que cuenta Juan, me recuerda a todo eso. Ellos también estaban tristes, desencantados, desorientados. Aguardaban a que el Mesías diera sentido a sus vidas, renovara el motor del mundo, les hiciera auténticamente libres. Pero se estaba despidiendo. ¿Y ahora qué? Ni siquiera el saber que Cristo estaba vivo -porque le habían visto en anteriores apariciones- los empujaba a reaccionar. Seguían pensando que finalmente se iría definitivamente y los dejaría solos. Totalmente fracasados, recogían sus redes sin un solo pez en ellas.


De repente sucede: alguien a quien no reconocen les pregunta por la pesca de la noche; contestan que no sacaron nada. Entonces les pide que echen la red del otro lado. Cuando la retiran rebosante de peces entienden que ese que les hizo hacer lo mismo pero de otra forma, es el Señor. Confiar en Él había hecho que todo cambiara una vez más.

Como en el camino de Emaús, Jesús no es reconocido a primera vista. Ha de suceder algo trascendente, inesperado, provocativo, que abra los ojos a las personas que están con Él y se den cuenta de que vive, de que aún les arde el corazón cuando está cerca. Puede que esta vez les diga algo que les anime especialmente, incluso les de la noticia de que seguirá con ellos por siempre.


Suelo contar que el tiempo previo a mi salida del armario fue lo más parecido a una travesía por el desierto. Pero también pudiera asemejarse a continuas noches costeando el lago de Tiberíades en el barco, echando las redes y recogiéndolas vacías. Tanto mi desierto, como mi pesca en el lago, como la primera parte de la escena del relato de Juan, reflejan mucho fracaso. Miedo, incertidumbre, decepción, pero sobre todo fracaso. Los apóstoles tenían la certeza de que Jesús vivía, pero no comprendían la razón por la que estaban solos y, sobre todo, qué iba a suceder a partir de ahora. En mi caso nunca dejé de creer en Dios, pero tampoco entendía cómo podía permitir que me sintiese así, y necesitaba urgentemente una Palabra suya que diera sentido a mi vida. Lo ansiaba tanto, con tanta fuerza y durante tanto tiempo que desesperé.

Desierto, lago, barca, redes, no son más que instrumentos que el Espíritu pone para encontrar al Padre, de la manera más insospechada, en las situaciones más imprevistas, como una sorpresa que ya no se espera. 


Efectivamente, para quien desde que siendo un chaval ha ido percibiendo problemas para hacer visible su identidad sexual y de género, ha ido empapándose de miedo a que unos y otros le hicieran daño, fue recibiendo mensajes de condena y continuas imágenes de Dios como juez que castiga implacablemente a las personas LGBTIQ+... evidentemente cuando aparece Jesús de Nazaret es un acontecimiento admirable que cubre de esperanza todo lo que antes era un infierno. Bien vale un vasto desierto donde dejarse seducir por el Señor y sentir cómo suavemente habla al corazón. Y bien vale echar cien veces la red a un lado hasta que Jesús se hace presente para decirte que confíes y pruebes de otra forma. 

Las mujeres y hombres LGBTIQ+ cristianos somos testigos privilegiados de Jesús como sorpresa en nuestras vidas, sobre todo porque nos salva justo cuando más lo necesitamos y por eso también cuando estamos a punto de creer que nada va a cambiar.


Salir del armario para un creyente es también una expresión de fe inmensa. Fui plenamente consciente de ello una vez que me dijeron algo así como “si después de todos los obstáculos, las dificultades, los inconvenientes, los agravios, los ultrajes que como homosexual tienes que soportar muy especialmente desde el mundo religioso, si después de todo eso sigues creyendo en Dios y amando a la Iglesia, es porque tu fe está a prueba de todo”. Personalmente no me considero un hombre de fe inquebrantable, pero considero que es cierto que un cristiano sólo puede salir del armario apoyándose en su fe y confiando en Dios. 

Todo esto para decir que cuando por fin decidí salir, no pasó mucho tiempo hasta que Jesús se puso ante mí y me preguntó si le amaba. Cada vez que lo hacía me pillaba enojado y disparando tiros contra el obispo de turno que había llamado depravados pervertidos a la comunidad homosexual. Otra vez más me preguntó Jesús si le amaba y yo estaba buscando cómo acusar de hipócritas incoherentes a un grupo religioso que jaqueó nuestra web. Y así muchas más veces y en todas ellas le contestaba que sí, que le amaba. Pero no era cierto.


Tardé en comprenderlo. Salí del armario cargado de resentimiento y envenenado de rencor, revestido como una víctima que reclama venganza. Esa, sin embargo, no era una actitud creyente y cuando lo entendí y pude liberarme de ese peso agobiante, sentí mucha paz. Fue un proceso largo que Juan resume en tres veces preguntándole el Maestro a Pedro si le amaba o no, y que en mí fueron doscientas, pero al final comprendí lo que Jesús buscaba.

Ya no era un verdugo sino un testigo. Podía responder al Maestro como por fin hizo Pedro: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero” con el corazón sosegado y libre de rabia. 

Creo que ahí y no antes rompí la puerta del armario definitivamente, haciéndome consciente de lo que el Padre espera de mí. Antes creía que esperaba imposibles. Ahora sé que espera mi calma, mi sosiego, mi armonía, mi respuesta plácida al Jesús resucitado que me sacó de desierto y fue, por eso, la sorpresa de mi vida.



© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: "Me voy a pescar."
Ellos contestan: "Vamos también nosotros contigo."
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: "Muchachos, ¿tenéis pescado?"
Ellos contestaron: "No."
Él les dice: "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis."
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: "Es el Señor."
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: "Traed de los peces que acabáis de coger."
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: "Vamos, almorzad."
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?" Él le contestó: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." Jesús le dice: "Apacienta mis corderos." Por segunda vez le pregunta: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Él le contesta: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero." Él le dice: "Pastorea mis ovejas." Por tercera vez le pregunta: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?" Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: "Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero." Jesús le dice: "Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras." Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: "Sígueme."

enero 25, 2025

CLXVIII EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ


Sobre
 Lucas 1, 1-4; 4, 14-21.



Mi salida del armario —ya lo he compartido en otras ocasiones— no fue repentina, ni mucho menos de un día para otro. Creo que la primera vez que, con angustia, sentí la necesidad de dejar de aparentar lo que no era, tenía doce años. Y sé que desde ese momento asumí que el desconsuelo de vivir una doble vida iba a prolongarse por mucho tiempo más. Toda la formación y la educación que recibía, y lo que mis sentidos percibían a partir de cuanto me rodeaba, hacían muy difícil sincerarme. Tenía miedo a las consecuencias, primero desde el lado humano, pues me asustaba perder el afecto de familia y amigos, y también desde el plano de la fe, porque me habían dicho que las personas como yo eran (lo éramos todas) enfermas, peligrosas y estaban condenadas al infierno.


Aprendí a sobrevivir. En las relaciones familiares y personales desarrollé gran capacidad para fingir una heterosexualidad que me evitara preguntas incómodas o situaciones equívocas. Supongo que me convertí en un actor cuidadoso. Alguna vez leí que el miedo es el mejor aliado en la interpretación de papeles complicados.


En esos largos años de armario, también tuve que pervivir a las crisis de fe. Primero, las más obvias creyendo que Dios no me quería tal como soy. Lo que más me torturaba, especialmente de muy joven, era la convicción de que no podría alcanzar el cielo, sino que estaba destinado a las tinieblas salvo que dejase de tener esos pensamientos y esos sentimientos… ¡y no podía evitarlos! 


Ese profundo dolor fundado en creerme repudiado por el Padre, junto a la incomunicación absoluta con los demás por el miedo a ser descubierto, provocó que a los dieciséis años deseara terminar con todo y no sufrir más. Acabar con mi vida no iba a suponer una gran pérdida, pues nadie en realidad conocía de verdad a Antonio, sino a su fantasma, a un avatar con su mismo aspecto medio rubio y con ojos azules, sonriente, divertido, reservado, reflexivo, que no tenía nada que ver con el real, angustiado, de alma triste, muerto de miedo, desconfiado, sin esperanza.


Dios da a las madres un sexto sentido y de alguna forma saltó su alarma dándole tiempo a cogerme y pedir ayuda. Un lavado de estómago evitó que mi plan tuviera éxito. Cuando regresé a la vida supe que no había cambiado nada. Ni siquiera tuve que explicarme. Supusieron que todo se debió a mis pésimas calificaciones en el colegio y a alguna otra cosa que no viene al caso. Era la versión oficial. Yo no puse otra excusa y me dejé llevar. Dentro de la mayor reserva ni mis hermanos, ni nadie cercano se enteraron nunca de nada estuve viendo a un psicólogo amigo de la familia, a quien también engañé, mientras al mismo tiempo tomaba la decisión de resistir hasta que fuera capaz de dar el paso de salir, y nunca más renunciar a esa esperanza.


Muchas veces repito en estos comentarios algún hecho de mi vida que descubro tiene un sentido especial desde el evangelio cada domingo. Cuando escarbo en mi historia, especialmente en mi vida de desierto como yo la llamo, sufro y quedo exhausto porque muevo mucho de mí, a veces demasiado, y termino la oración muy cansado, pero al mismo tiempo agradecido por todo lo que Dios me ha regalado, y por cómo da sentido a cada instante de mi existir, incluso durante el largo páramo. En ese camino sin sombras ni agua, y sobre todo a partir de mis dieciséis años, me aferré a cualquier cosa que pudiera ayudarme a no perder la ilusión en que todo saldría bien. En ese “todo” estaba incluida mi fe, y con ello mi búsqueda desesperada del Dios auténtico, que confiaba existiera en contraposición al que me habían estado mostrando hasta entonces. 

Por eso igual me aprendía de memoria un poema de Blas de Otero* “Desesperadamente busco y busco un algo, qué sé yo qué, misterioso, capaz de comprender esta agonía que me hiela, no sé con qué, los ojos…”, que me aferraba a textos tan emocionantes como el que narra el evangelio de este domingo, cuando Jesús se presenta ante los suyos, en su pueblo, donde todos le conocían, y se definía mostrándose abiertamente tal como era, dando sentido a las palabras de Isaías.

Ya no era solo las frases del profeta lo que me sobrecogía "el Señor me ha enviado a dar libertad a los oprimidos”, sino que me parecía un gesto tan extremadamente valiente el de Jesús, que desde entonces no hacía más que pedirle que me diera fuerzas para imitarle en eso: en ser capaz de hablar ante las personas importantes de mi vida con la misma determinación que Él en la sinagoga de Nazaret.

Concebí el pasaje como si se narrara la salida del armario de Jesús, porque ahí mismo deja de estar oculto y desde ese momento es Él mismo, sin esconderse, sin temer nada, generosamente arriesgado.


Hay más textos en los Evangelios que muestran a cualquier persona LGBTIQ+ el amor que Dios nos tiene, si sabemos mirar con ojos de esperanza y suprimir las cargas morales y doctrinales que nos imponen. Este de Lucas 4 me fascina porque, aunque el núcleo de la intervención de Jesús lo hace en boca de Isaías, para mí tiene todo un sentido de inicio de un largo camino que acaba en la resurrección, sin olvidar que antes será necesario pasar por la pasión y la muerte.


Jesús, antes de dirigirse a la sinagoga aquel día, estuvo orando en el desierto y fue puesto a prueba, tal como narra Lucas al comienzo del capítulo. Es extraordinario que el punto de partida de la determinación por sobrevivir a mi armario fuese también tras grandes tentaciones, casi trágicas. Pero aún más, el último año antes de que fuese capaz de levantar la voz y contar a mis personas cercanas quién era yo de verdad, estuvo colmado de tentaciones, y casi pudo el diablo convencerme para que escogiera otro camino. Por eso estoy tremendamente agradecido a Jesús. No solo me trajo la Buena Noticia de parte de un Padre misericordioso, no solo reveló mi libertad y me devolvió la vista, sino que me ha ungido con el Espíritu del Señor para anunciar, junto a otras muchas personas LGBTIQ+ cristianas, el tiempo de Gracia.


Un día reuní a la comunidad a la que me había reintegrado poco antes de estar convencido de salir del armario. Se llamaba Maranatha, que significa el Señor viene (me encanta darme cuenta de eso ahora). Les conté mi vida. Pedí perdón por ocultarles tanto de mí. Di gracias a Dios por cuidarme durante todo ese tiempo solo. E interiormente me acordaba del pasaje de Lucas y el texto de Isaías, repitiendo para mis adentros “hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”.


*El poema de Blas de Otero se titula "Igual que vosotros".


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendio por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.
Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista.
Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.”

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oir.”

enero 11, 2025

CLXVI - NACER DE NUEVO


Sobre
 Lucas 3, 15-16.21-22



Un año antes de salir del armario, estaba en una de las reuniones con los jóvenes siendo catequista y hablábamos del bautismo. Justo había utilizado este texto de Lucas para ilustrar la charla y orientar la dinámica, para que así entendieran lo que significaba el sacramento. Les hablé de nacer de nuevo, dejando atrás en el agua todo lo que nos mancha, permitiendo que el fuego del Espíritu reescribiese nuestras vidas. Mientras explicaba todo eso a las chicas y chicos que me escuchaban, sentía un vacío inmenso porque no vivía -ni siquiera creía- nada de lo que les contaba. De repente era plenamente consciente de que todo lo que estaba ofreciéndoles como persona era un fraude. Hacía mucho tiempo que ni el agua bastaba para purificarme, ni mucho menos sentía el calor del Espíritu entibiar mi doble vida. Cuando terminó la reunión busqué al Responsable de mi Equipo de catequistas y le dije que no volvería más.


Por lo que he podido compartir con otras personas LGBTIQ+ creyentes, es bastante común esta sensación de parecer una estafa -en especial entre los que desempeñamos en momentos alguna tarea pastoral. No en vano, en nuestro secreto interior mantuvimos una encarnizada lucha entre quien se supone que deberíamos ser -y así lo interpretábamos en nuestra trágica-cómica vida- y lo que realmente éramos -¿a quién pretendíamos engañar?- porque era inevitable autoaceptar nuestra identidad sexual o por el contrario arrancarla de cuajo y resignarnos a ser lo que la sociedad de bien y la religión esperaban de nosotros, enterrando nuestro yo real para perpetuar una vida de mentira.


Meditando ahora la lectura de Lucas, vienen a mí los días en que me alejé del Jordán y las corrientes de Enón. Ese momento supuso un tiempo de dolor y soledad, de ruptura y desierto, pero también un punto más en el que tomé decisiones y desde el que me puse en búsqueda hasta colocarme a tiro de Dios mismo.


Las personas LGBTIQ+ creyentes hemos sorteado incontables crisis de fe en nuestras vidas. Que ahora podamos dar testimonio de las proezas que Dios ha hecho en nosotras y nosotros, forma parte de un largo camino de descubrimiento personal no exento de tiempos de desconsuelo. Todo esto viene a mi pensamiento para poner de manifiesto que, quizá, nadie mejor que los creyentes LGBTIQ+ podemos dar fe de cuánto nos ama Dios, porque pocas personas han luchado tanto y tan a contracorriente para salvaguardar la fe, incluso cuando hubo tantas razones para abandonarla definitivamente.


Por eso mismo puedo decir que fui bautizado con agua, pero detrás de un instante en el que me sentí un mierda, una piltrafa, -porque no terminaba de aceptarme a mí mismo, porque tenía miedo de mostrar mi identidad, porque no sabía leer los renglones torcidos de Dios-, detrás de ese momento en que me sentí una estafa como persona ante esos jóvenes que me escuchaban, estaba la gran oportunidad de ser acogido por el Creador, otra vez.

Yo sé lo que significa ser bautizado con el Espíritu Santo y fuego, y conmigo muchas personas LGBTIQ+ creyentes, una vez sanadas las heridas, han experimentado la fuerza de Dios en sus vidas. Ahora podemos dar testimonio de que hemos nacido de nuevo en ese bautismo que no viene de Juan sino de Dios.


Nacer de nuevo es dejar atrás una vida de temor, engaño y dudas, y a cambio comenzar a confiar plenamente en Dios.

Nacer de nuevo es también entrar en un continuo compromiso con Jesús, aceptando el riesgo de ser su testigo en terrenos a veces poco propicios.


Juan anuncia en el texto de Lucas que detrás de él viene quien de verdad puede transformar las vidas, poniendo en valor los dones recibidos, sin renunciar a nada, dando gracias por lo que somos, obra suya. Y en el bautismo Jesús participa con todas y todos -también con las mujeres y los hombres LGBTIQ+- la alegría de ser hijas e hijos amados por Dios. El Padre sin duda se complace en nosotras, se alegra en nosotros, nos ama. Y esa es, precisamente, la mejor de las noticias.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: "Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego."

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto."