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julio 31, 2026

CCXXI. QUE SE QUEDEN

Mientras nosotros seguimos encontrando motivos para excluir, Jesús se niega a despedir a nadie. Su mesa no se construye expulsando a quienes incomodan, sino haciendo sitio para que todas las personas descubran que también ellas tienen un lugar en el Reino.


Sobre
 Mateo 14, 13-21

Hay un detalle de este evangelio que siempre me conmueve: los discípulos miran a la multitud y solo ven un problema, pero Jesús la mira y ve personas. Ellos calculan la escasez; él descubre posibilidades. Ellos quieren despedir a la gente; él insiste: «No hace falta que se vayan».

Cuántas veces esa frase ha resonado dentro de mí.

Durante demasiados años sentí que la Iglesia me estaba diciendo exactamente lo contrario: «Sí hace falta que te vayas. Si quieres ser tú mismo, este no es tu sitio. Si amas a otro hombre, busca otro lugar. Si dejas de esconderte, aquí ya no cabes.» No siempre lo dijeron con palabras. A veces bastaban un silencio, un gesto, una homilía, una mirada o un documento. Hay formas muy educadas de expulsar a alguien.

Pero Jesús no despide a nadie. Eso cambia por completo el Evangelio.

Porque el milagro de los panes no comienza cuando el pan se multiplica. Comienza mucho antes, cuando Jesús se niega a aceptar que haya personas condenadas a quedarse fuera. El primer milagro es la compasión. El segundo, la confianza. El tercero, compartir.

Quizá por eso este relato me resulta tan profundamente LGBTIQ+. Porque conozco demasiado bien lo que significa vivir con la sensación de que siempre falta algo para ser aceptado: un cambio imposible, un arrepentimiento que no nace, una renuncia a uno mismo, un armario donde volver a encerrarse para no incomodar a nadie.

Y, sin embargo, Jesús no me pide que deje de ser quien soy. Lo único que me pregunta es qué panes llevo entre las manos.

Cinco panes y dos peces. Tan poca cosa.

Mi historia. Mis heridas. Mi fe, tantas veces reconstruida desde los escombros. Mi capacidad de amar. Mi experiencia de haber conocido un Dios que permaneció a mi lado cuando otros hablaban en su nombre para apartarme de Él.

Eso es todo lo que tengo. Y, sorprendentemente, parece bastarle.

Porque el Reino nunca ha necesitado personas perfectas. Solo personas dispuestas a poner sobre la mesa lo poco que poseen, sin esconderlo por vergüenza.

Quizá también nosotras y nosotros, las personas creyentes LGBTIQ+, necesitamos escuchar hoy una llamada incómoda. A veces, después de tantos rechazos, terminamos creyendo que nuestra única misión consiste en sobrevivir. Nos conformamos con encontrar pequeños espacios seguros, comunidades donde respirar, grupos donde no nos juzguen. Todo eso es necesario. Pero no suficiente.

Jesús no multiplica el pan para crear un rincón protegido para unos pocos. Lo multiplica para toda la multitud.

Nuestra vocación tampoco puede reducirse a buscar refugios. Estamos llamados a alimentar una Iglesia entera con lo que nuestra experiencia de fe ha aprendido sobre la misericordia, la autenticidad y la esperanza. No somos únicamente destinatarios del Evangelio. También somos pan para los demás y las demás.

Y eso cambia completamente nuestra identidad.

Pero este evangelio también lanza una pregunta incómoda a quienes nunca han tenido que esconder quiénes son.

¿Por qué seguís hablando de acogida cuando aún hay personas que sienten que deben ocultar su orientación sexual o su identidad para conservar un ministerio, un empleo, una comunidad o incluso su propia familia? ¿Cómo podéis proclamar la abundancia del Reino mientras seguís administrando la pertenencia como si fuera un bien escaso? ¿Cómo podéis repartir el Pan eucarístico mientras negáis, en la práctica, el pan de la dignidad?

Quizá el verdadero milagro pendiente no sea multiplicar los panes. Quizá sea dejar de decidir quién merece comer.

Porque el Evangelio nunca habla de una mesa reservada para los puros. Habla de una hierba donde todos se sientan juntos. No hay zonas VIP del Reino. No hay mesas para heterosexuales y rincones discretos para quienes incomodan. No hay un Cristo que bendiga el pan mientras calcula quién es digno de recibirlo.

Solo hay un Maestro que sigue diciendo: «Dadles vosotros de comer.»

Y sospecho que esa orden sigue dirigida hoy a toda la Iglesia. No para que alimente únicamente el cuerpo de quienes llegan con hambre. Sino para que deje de fabricar hambrientos de dignidad. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»
Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»
Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»
Les dijo: «Traédmelos.»
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

julio 21, 2026

CCXX. EL TESORO INCÓMODO


Sobre
 Mateo 13, 44-52

Hay evangelios que me acarician. Y hay otros que me desinstalan. Este es uno de ellos.

Jesús habla de un hombre que encuentra un tesoro escondido y vende todo lo que tiene para comprar aquel campo. Habla también de un comerciante que descubre una perla de enorme valor y se desprende de todo para quedarse con ella. Durante mucho tiempo pensé que el tesoro era Dios. Pero, con los años, he descubierto que, en realidad, el primer tesoro que Dios quiso que encontrara fui yo mismo.

Porque no siempre supe verme así.

Durante demasiados años aprendí a esconderme. Me enseñaron que había partes de mí que debían permanecer enterradas, como si mi orientación afectiva fuese una vergüenza que proteger de la luz. Fui acumulando capas de silencio, de miedo y de culpabilidad. Llegué a pensar que Dios estaría más satisfecho con una versión mutilada de mí que con la persona completa que Él había creado.

Pero un día comprendí algo que me cambió la vida: el Reino de Dios no consiste en esconder el tesoro, sino en descubrirlo.

Y ese descubrimiento tiene un precio.

El hombre del Evangelio vende todo lo que posee. Yo también tuve que desprenderme de muchas cosas. Tuve que dejar atrás una espiritualidad construida sobre el miedo. Tuve que renunciar a la necesidad enfermiza de agradar a todo el mundo. Tuve que abandonar la imagen de un Dios vigilante que parecía disfrutar viendo cómo me negaba a mí mismo. Incluso tuve que aceptar perder determinadas seguridades, relaciones e incluso espacios eclesiales donde solo era bienvenido mientras permaneciera dentro del armario.

Pero nunca he lamentado ese intercambio.

Porque cuando uno descubre que Dios no le pide dejar de ser quien es, sino vivir plenamente aquello que Él soñó desde siempre, ya no existe riqueza comparable.

Quizá por eso me produce tanta tristeza comprobar que todavía hay quienes prefieren custodiar el campo antes que descubrir el tesoro. En demasiadas comunidades cristianas seguimos invirtiendo más energías en vigilar la ortodoxia de las personas LGBTIQ+ que en contemplar la belleza de sus vidas, de su fe, de su entrega y de su capacidad de amar. Se siguen defendiendo normas mientras se pierde de vista el Reino. Se protege la cerca y se olvida el tesoro.

Y eso es una tragedia espiritual.

Porque una Iglesia que obliga a esconder el tesoro que Dios mismo ha sembrado en una persona termina empobreciéndose ella misma. Cada vez que alguien vuelve al armario para sentirse aceptado en una parroquia, toda la comunidad pierde una parte del Reino. Cada vez que una persona creyente LGBTIQ+ decide marcharse convencida de que Dios no la quiere, no fracasa esa persona: fracasa la comunidad que fue incapaz de reconocer el tesoro que tenía delante.

Pero este Evangelio también me interpela a mí.

Porque puedo exigir a la Iglesia que descubra el tesoro mientras yo sigo enterrando partes de mi propia vida por miedo al rechazo. También yo puedo acostumbrarme a vivir con una fe de mínimos, conformándome con sobrevivir espiritualmente sin atreverme a mostrar el inmenso regalo que Dios ha depositado en mí. El armario no siempre tiene puertas de madera. A veces está construido con prudencias excesivas, silencios cómodos o resignaciones que disfrazamos de humildad.

Jesús no encontró el Reino para guardarlo bajo tierra. Lo encontró para cambiar su vida. Y quizá esa sea hoy la pregunta decisiva.

¿Qué estoy dispuesto a vender para no perder el tesoro? ¿Mi miedo? ¿Mi necesidad de aprobación? ¿Mis prejuicios? ¿Mi comodidad? ¿Mi forma de entender una Iglesia donde unos deciden quién merece pertenecer y quién no?

Porque la opción por el Reino, paradójicamente, es gratuito pero nunca será barato, nos obligará a renuncias.

A las personas creyentes LGBTIQ+ nos invita a dejar de negociar nuestra dignidad para comprar una falsa aceptación. Y a las personas creyentes heterosexuales les exige dejar de confundir la tradición con el Evangelio cuando esa tradición termina ocultando los tesoros humanos que Dios sigue sembrando en su Iglesia.

Tal vez el verdadero escándalo no sea que existamos personas LGBTIQ+ creyentes. El verdadero escándalo es que todavía haya cristianos capaces de pasar por encima del tesoro sin reconocer que Dios lo escondió precisamente allí donde ellos nunca habrían pensado buscarlo. 

El "tesoro incómodo" es la persona LGBTIQ+ creyente, cuya dignidad muchos siguen sin querer reconocer; pero también es el propio Evangelio, que incomoda tanto a la Iglesia cuando excluye como a las personas LGBTIQ+ cuando invita a salir del miedo y a dejar de esconderse.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»

Ellos le contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

julio 16, 2026

CCXIX. ARRANCANDO A DIOS


Sobre
 Mateo 13, 24-43

Hay una tentación que me acompaña casi desde siempre: creer que el mal tiene siempre el rostro del otro. Que la cizaña son quienes señalan, excluyen, condenan o levantan muros. Y, sin embargo, cuando escucho esta parábola de Jesús, descubro algo mucho más incómodo. La mala semilla no solo crece en quienes hacen daño. También puede echar raíces dentro de mí.

Durante demasiado tiempo me hicieron creer que la cizaña era yo. Que mi orientación sexual era un error de la creación, una anomalía que Dios tendría que arrancar algún día para dejar limpio su campo. Escuché demasiadas veces que no había sitio para personas como yo en el Reino. Y lo peor no fueron esas palabras. Lo peor fue que llegué a creerlas.

Pero Jesús rompe esa lógica. No señala dónde está la cizaña. Ni siquiera permite que sus discípulos se conviertan en jueces. Les prohíbe arrancarla. Porque quien vive obsesionado con separar a los buenos de los malos termina destruyendo también el trigo.

Y no puedo evitar pensar en cuánta buena semilla ha sido arrancada de nuestras comunidades cristianas en nombre de una falsa pureza. Personas expulsadas de los sacramentos. Jóvenes obligados a esconderse para no perder a su familia o a su grupo parroquial. Catequistas apartados. Sacerdotes silenciados por acompañar con misericordia. Creyentes LGBTIQ+ que acabaron convencidos de que Dios los soportaba, pero nunca los amaría plenamente.

Todo eso también es cizaña. Pero no la que Dios sembró.

Me impresiona que Jesús atribuya esa siembra al enemigo. Porque el odio nunca viene de Dios. Tampoco el miedo. Ni la humillación. Ni las teologías que convierten el Evangelio en un filtro para decidir quién merece sentarse a la mesa y quién debe quedarse fuera.

A veces me pregunto en cuántas ocasiones seguimos colaborando con ese enemigo cuando utilizamos la Biblia para herir, cuando defendemos estructuras que producen sufrimiento en nombre de la fidelidad, cuando preferimos una Iglesia impecable antes que una Iglesia compasiva.

Jesús parece mucho menos preocupado por la presencia de la cizaña que nosotros. Él sabe que el trigo sigue creciendo incluso rodeado de ella. La gracia siempre encuentra la manera de abrirse paso.

Eso me llena de esperanza.

Porque, a pesar de todo lo vivido, mi fe no dejó de crecer. Lo hizo lentamente, muchas veces entre lágrimas, otras entre dudas, casi siempre desde los márgenes. Descubrí que Dios no me pedía dejar de ser quien soy para poder amarme. Al contrario. Era precisamente desde mi verdad donde Él seguía sembrando vida.

Por eso hoy me inquietan quienes dedican más tiempo a buscar cizaña que a cuidar el trigo. Quienes convierten la vigilancia doctrinal en su vocación y olvidan que el Reino se parece a un campo donde Dios sigue confiando en la libertad humana incluso cuando esta duele.

Quizá el verdadero milagro de esta parábola no sea que un día desaparezca la cizaña. Quizá el milagro sea que el trigo nunca deja de crecer.

Y ese trigo lo sigo viendo cada día. En tantas personas creyentes LGBTIQ+ que, después de haber sido heridas por la Iglesia, continúan amando a Jesús con una fidelidad que desarma. En quienes siguen celebrando, acompañando, sirviendo y esperando contra toda esperanza. En quienes han decidido no devolver odio por odio, sino Evangelio por Evangelio.

Ellos y ellas son la prueba de que nadie puede impedir que la buena semilla dé fruto cuando quien la sembró es Dios.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de cuestionarnos quién es la cizaña y empezar a preguntarnos si nuestras palabras, nuestras comunidades y nuestras decisiones ayudan a que el trigo crezca... o si, creyendo defender el campo de Dios, llevamos demasiado tiempo arrancando precisamente aquello que Él nunca dejó de sembrar.

Arrancando a Dios: Cada vez que una comunidad expulsa, humilla o condena a una persona en nombre de la pureza, puede estar arrancando precisamente el trigo que Dios sembró.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?» Él les dijo: «Un enemigo lo ha hecho.» Los criados le preguntaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.»»
Les propuso esta otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»
Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.»
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré los secretos desde la fundación del mundo.»
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.»
Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará sus ángeles y arrancarán de su reino a todos los corruptos y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. El que tenga oídos, que oiga.»

julio 10, 2026

CCXVIII. MALA SEMILLA


Sobre
Mateo 13, 1-23

Siempre me ha atravesado esta parábola de Jesús. Quizá porque durante mucho tiempo pensé que hablaba solo de mí. Que yo era esa tierra llena de piedras, de zarzas, de caminos endurecidos donde la Palabra de Dios no podía crecer. Durante años escuché tantas veces que algo en mí no era correcto, que terminé creyendo que quizá la semilla de Dios nunca podría echar raíces en un corazón como el mío.

Pero con el paso del tiempo, con las heridas sanadas por el amor de un Dios mucho más grande que nuestros miedos, he descubierto otra lectura. Quizá Jesús no solo me pregunta qué tipo de tierra soy. Quizá también me pregunta qué tipo de sembrador quiero ser. Qué semillas dejo caer sobre la vida de los demás.

Porque hay semillas que curan y semillas que hieren. Hay palabras que levantan y palabras que entierran. Hay mensajes que anuncian el Reino y otros que, aunque se pronuncien en nombre de Dios, dejan tras de sí campos llenos de dolor.

Lo sabemos muy bien muchas personas LGBTIQ+ creyentes. Durante demasiado tiempo se sembró en nuestra tierra miedo, culpa y vergüenza. Nos dijeron que nuestra forma de amar nos alejaba de Dios, que nuestra identidad era una carga, una desviación, una amenaza. Algunos crecimos intentando arrancar de nuestra propia tierra aquello que, en realidad, Dios mismo había sembrado.

Por eso duele profundamente escuchar a un pastor de la Iglesia relacionar el Orgullo LGBTIQ+ con “el pecado de Satán”. Duele porque detrás de esa palabra “Orgullo” no hay soberbia ni deseo de ocupar el lugar de Dios. No hay un ser humano diciendo “puedo ser lo que quiera” desde el capricho o la arrogancia. Hay muchas veces una persona rota susurrando, después de años de oscuridad: “por fin puedo ser quien soy”.

El Orgullo nació precisamente donde antes habían sembrado vergüenza. Es la respuesta de quienes fueron obligados a esconderse, a callar, a pedir perdón por existir. Es la celebración de quienes un día descubrieron que su vida no era un error que corregir, sino una semilla de Dios llamada a crecer.

Y sí, claro que como creyente sé que existe un orgullo que nos aleja del Evangelio: el orgullo del poderoso que desprecia, el del que se cree dueño de la verdad, el del que carga pesos insoportables sobre los hombros de otros sin mover un dedo para ayudar. Ese orgullo sí seca la tierra. Ese orgullo sí impide que germine la semilla del Reino.

Pero abrazar la propia dignidad no es pecado. Levantarse después de haber sido humillado no es soberbia. Decir “soy hijo amado, soy hija amada de Dios” no es rebelarse contra el Creador; es reconocer su obra.

Quizá deberíamos preguntarnos qué frutos producen nuestras semillas. Jesús dijo que el árbol se conoce por sus frutos. Cuando una palabra pronunciada desde un púlpito provoca lágrimas, heridas antiguas, alejamiento de Dios o la sensación de no tener sitio en la Iglesia, deberíamos preguntarnos sinceramente si esa semilla procede del Evangelio.

Porque la buena semilla siempre acaba dando vida.

La semilla que Jesús sembraba hacía levantarse a quienes otros condenaban. Devolvía nombre a quienes eran tratados como pecadores. Sentaba a la mesa a quienes la religión había dejado fuera. Jesús nunca arrancó una flor porque creciera en un lugar inesperado.

Hoy sigo creyendo en esa Iglesia que puede ser tierra buena. Una Iglesia donde ninguna persona LGBTIQ+ tenga que esconder su historia para acercarse a Dios. Una Iglesia que deje de sembrar sospecha y empiece a sembrar acogida. Una Iglesia que descubra que en muchos de esos márgenes que tanto teme ya están creciendo frutos del Reino.

Porque durante años pensé que mi vida era una tierra equivocada.

Hasta que Dios me hizo comprender que Él nunca dejó de sembrar en mí.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»


julio 03, 2026

CCXVII. YUGO LIGERO


Sobre
 
Mateo 11, 25-30


¿No nos llama algo la atención en todo esto? Jesús no invita a los fuertes. No llama a quienes tienen todas las respuestas. No busca a quienes aparentan una fe impecable. Dice simplemente: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados».

Y durante demasiados años yo viví exactamente así.

No estaba cansado de Dios. Estaba cansado de intentar convencer a otros de que Dios podía quererme tal como soy. Agotado de esconder una parte de mi vida para no perder el cariño de quienes más quería. Exhausto de escuchar que mi orientación sexual era un problema que resolver, una cruz que soportar o una herida que curar. El peso no era mi homosexualidad. El peso era el armario. El peso eran las miradas. El peso era el miedo. El peso era una religión que, demasiadas veces, había olvidado el corazón de Jesús para quedarse únicamente con la letra.

Por eso, cuando escucho a Jesús decir que su yugo es ligero, no entiendo que la vida vaya a dejar de doler. Lo que comprendo es que Él no añade cargas. Las quita.

Qué diferencia tan enorme existe entre el Jesús del Evangelio y quienes siguen colocando sobre los hombros de tantas personas LGBTIQ+ fardos insoportables. Aún hoy hay jóvenes que abandonan la fe porque les han hecho creer que Dios les rechaza. Hay familias que rompen vínculos en nombre de la moral. Hay comunidades cristianas donde el silencio pesa más que el Evangelio. Hay pastores que hablan continuamente de pureza mientras olvidan la misericordia. Y eso no puede llamarse Buena Noticia.

Jesús da gracias al Padre porque estas cosas se revelan a la gente sencilla. Quizá porque quien ha sido herido por la vida aprende a reconocer mejor la ternura cuando aparece. Quien ha llorado mucho distingue enseguida una mano que no golpea, sino que sostiene.

Este fin de semana miles de personas recorrerán las calles de Madrid celebrando el Orgullo LGBTIQ+.  Algunos seguirán pensando que se trata únicamente de una fiesta. Yo veo algo mucho más profundo. Veo a personas que un día fueron obligadas a esconderse y que hoy caminan con la cabeza levantada. Veo memoria de quienes no pudieron hacerlo. Veo gratitud por quienes abrieron camino. Veo una afirmación sencilla y profundamente evangélica: nadie debería avergonzarse de la vida que Dios ha tejido en su interior.

Como creyente, también siento que el Orgullo tiene algo de peregrinación. No hacia un lugar, sino hacia la verdad. Es el largo camino que va desde el miedo hasta la libertad. Desde el armario hasta la luz. Desde la culpa impuesta hasta la paz de saberse hijo amado de Dios.

Y quizá sea precisamente eso lo que algunos no soportan: que una persona LGBTIQ+ pueda caminar erguida, creyente, libre y agradecida. Que pueda llevar una bandera arcoíris sobre los hombros sin dejar por ello de cargar el Evangelio en el corazón. Que pueda proclamar que Jesucristo nunca le pidió esconder quién era, sino amar más y mejor.

Yo ya no quiero cargar con yugos que Jesús nunca fabricó.

Prefiero caminar con Él.

Porque su yugo no aplasta.

Libera.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.» 

junio 24, 2026

CCXVI. EL MIEDO PERDIÓ


Sobre
Mateo 10, 37-42

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará».

Durante mucho tiempo este Evangelio me produjo inquietud. Me parecía un Jesús demasiado exigente, como si me pidiera elegir entre Él y las personas que amaba. Pero con los años he comprendido que quizá no habla de romper afectos, sino de algo mucho más profundo: de no dejar que el miedo decida por nosotros.

Porque hay miedos que terminan gobernando una vida entera.

Quienes hemos crecido descubriendo que éramos diferentes en un mundo que no siempre estaba preparado para entendernos sabemos algo de eso. Sabemos lo que significa preguntarse si, al mostrarnos tal como somos, perderemos el cariño de la familia, la amistad de quienes queremos o el respeto de nuestra comunidad creyente. Sabemos lo que significa vivir intentando conservarlo todo: la fe, los afectos, la pertenencia, la seguridad. Y sabemos también el precio que se paga cuando uno acaba escondiéndose para no perder nada.

Hubo una época de mi vida en que el miedo parecía tener más fuerza que la esperanza. Una época en la que la oscuridad me convencía de que quizá Dios esperaba de mí otra persona distinta de la que yo era. Mirando atrás, doy gracias porque aquella noche no tuvo la última palabra. Porque Dios estaba allí, incluso cuando yo no era capaz de verlo. Porque su amor resultó ser mucho más grande que mis temores, mis culpas y mis equivocadas imágenes de Él.

Por eso hoy leo este Evangelio de otra manera. Jesús no me pide que ame menos a quienes quiero. Me pide que no entregue mi vida al miedo a perderlos. Me invita a vivir desde la verdad. A dejar de negociar mi dignidad. A no esconder los dones que Dios sembró en mí. A no sacrificar mi propia alma para obtener aceptación.

Quizá esa sea también una de las cruces que tantas personas LGBTIQ+ hemos cargado durante años: la presión de aparentar, de callar, de justificar nuestra existencia, de soportar que otros hablen de nosotros sin escucharnos jamás. Una cruz que no viene de Dios, sino de una sociedad y, demasiadas veces, de una Iglesia que han confundido el Evangelio con el control, la acogida con la tolerancia y la verdad con el prejuicio.

Por eso este texto resuena de una forma especial en vísperas del Orgullo LGBTIQ+ que celebramos estos días en Sevilla. Porque el Orgullo no nació de la soberbia, como algunos siguen diciendo. Nació de la necesidad de dejar de esconderse. Nació cuando un grupo de personas decidió que ya no podía seguir viviendo de rodillas ante el desprecio. Nació cuando el miedo dejó de ser el dueño de sus vidas.

Y creo que hay algo profundamente evangélico en eso.

Cada vez que una persona deja el armario atrás y recupera su dignidad; cada vez que una familia abraza a su hijo o a su hija sin condiciones; cada vez que una comunidad cristiana abre sus puertas sin exigir renuncias imposibles; cada vez que alguien levanta la voz frente a la discriminación, dentro o fuera de la Iglesia, algo del Reino de Dios se hace visible entre nosotros.

Porque seguir a Jesús nunca consistió en proteger privilegios ni en defender fronteras morales. Consistió en ponerse del lado de quienes eran apartados. Consistió en devolver la dignidad a quienes la habían perdido. Consistió en recordar a las personas heridas que son amadas por Dios antes incluso de que nadie las comprenda.

«El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará».

Durante años pensé que perder la vida significaba renunciar a mí mismo. Hoy creo exactamente lo contrario. Creo que perder la vida es perder el miedo. Perder las máscaras. Perder las cadenas. Perder la necesidad de agradar a quienes nunca estarán satisfechos.

Y encontrarla es descubrir, por fin, que Dios nunca quiso otra versión de mí.

Sólo me quería vivo.

Y libre. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

junio 19, 2026

CCXV. A PLENA LUZ


Sobre
Mateo 10, 26-33


Hubo un día en que el miedo dejó de mandar.

No sabría decir exactamente cuándo ocurrió.

Quizá fue poco a poco. Quizá sucedió sin hacer ruido. Como amanecen algunas cosas importantes.

Solo sé que un día descubrí que llevaba demasiado tiempo viviendo pendiente de lo que otras personas pensaban de mí.

Y dejé de hacerlo.

No porque desaparecieran todos los riesgos.

No porque el mundo se hubiera vuelto más amable.

Simplemente porque encontré algo más fuerte que el miedo.

Encontré la libertad.

Cuando era adolescente creía que ser homosexual era una especie de secreto que debía proteger a toda costa. Pensaba que, si alguien lo descubría, perdería algo importante. El respeto. Los afectos. Mi lugar en la Iglesia. Tal vez hasta a Dios.

Qué curioso resulta mirar atrás.

Porque hoy sé que Dios jamás estuvo escondido al otro lado de la puerta del armario esperándome para juzgarme.

Estaba dentro conmigo.

Acompañándome.

Esperando pacientemente a que yo mismo descubriera que no tenía nada que temer.

Por eso este Evangelio me produce una alegría enorme.

Jesús no habla como quien intenta tranquilizar a alguien asustado.

Habla como quien conoce el final de la historia.

" No tengáis miedo."

Y lo repite varias veces.

Como si supiera que terminaríamos olvidándolo.

Como si conociera perfectamente nuestra tendencia a encoger el alma para ocupar menos espacio.

Pero Dios no crea personas para que ocupen menos espacio.

Nos crea para vivir.

Para amar.

Para respirar a pleno pulmón.

Para caminar con la cabeza alta.

Para ser quienes somos.

Quizá por eso me emociona tanto la frase que invita a proclamar desde las azoteas lo que antes se escuchaba al oído.

Durante mucho tiempo pensé que hablaba solamente de la fe.

Ahora creo que también habla de la vida.

De esa parte de nosotros que aprendimos a esconder.

De esa verdad que un día deja de susurrarse y empieza a pronunciarse con serenidad.

No para desafiar a nadie.

No para provocar.

Simplemente porque ya no queremos seguir ocultándonos.

Y qué descanso produce eso.

Qué descanso tan inmenso.

A veces me preguntan por qué una persona creyente participa en espacios públicos donde se reivindica la dignidad de las personas LGBTIQ+.

La respuesta es sencilla.

Porque el Evangelio nunca me enseñó a mirar hacia otro lado cuando alguien era humillado.

Porque la fe no consiste en encerrarse en lugares seguros.

Porque Jesús nunca se quedó cómodamente lejos de quienes sufrían.

Y porque la libertad siempre merece ser celebrada.

Quizá algunas personas solo vean colores, música o gestos provocadores.

Yo veo algo más.

Veo personas que han sobrevivido al miedo.

Veo vidas recuperadas.

Veo a quienes durante años escucharon que eran un error y han descubierto que no lo eran.

Veo a quienes vuelven a respirar.

Y eso me parece profundamente evangélico.

Porque el Reino de Dios siempre se parece un poco a eso: personas recuperando la vida que otros les habían intentado arrebatar.

Por supuesto que siguen existiendo prejuicios.

Por supuesto que continúan produciéndose agresiones, exclusiones y rechazos.

Pero esta reflexión no va sobre ellos.

Va sobre algo mucho más importante.

Va sobre la alegría de haber descubierto que eran mentira.

Mentira las voces que decían que Dios nos rechazaba.

Mentira las voces que decían que debíamos avergonzarnos.

Mentira las voces que afirmaban que nuestro amor nos alejaba del Creador.

Jesús tiene razón.

Valemos más de lo que imaginamos.

Mucho más.

Y cuando una persona descubre eso, sucede algo extraordinario.

Deja de vivir escondida.

Deja de pedir permiso para existir.

Deja de tener miedo.

Entonces comprende que Dios nunca estuvo entre quienes señalaban con el dedo.

Siempre estuvo caminando a su lado.

Y desde ese momento la vida cambia.

Porque después de todo, ¿quién dijo miedo? 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»

junio 12, 2026

CCXIV. SEGUIMOS AQUÍ


Sobre
Mateo 9,36–10,8


Hay descubrimientos que llegan tarde, pero cuando llegan cambian muchas cosas.

Uno de ellos fue darme cuenta de que nunca estuve solo.

Durante años pensé que ser creyente y homosexual era una especie de anomalía. Algo que me ocurría a mí y a unas pocas personas más. Miraba alrededor en la parroquia, en los grupos, en las celebraciones, y no veía a nadie. O al menos eso creía.

Con el tiempo comprendí que sí estaban.

Estaban por todas partes.

Cantando en el coro. Preparando la catequesis. Visitando enfermos. Participando en Cáritas. Rezando en silencio en los últimos bancos. Celebrando su fe con una discreción que muchas veces era simple supervivencia.

Nos habíamos acostumbrado a no reconocernos.

A vivir detrás de puertas cerradas.

A hablar en voz baja.

A esconder aquello que otros jamás tuvieron que ocultar.

Después llegaron los encuentros. Una historia. Otra más. Luego decenas. Personas distintas, de edades diferentes, con trayectorias muy diversas, pero con algo en común: seguían buscando a Jesús después de haber escuchado demasiadas veces que quizá no había sitio para ellas en la Iglesia.

Entonces entendí algo que todavía hoy me emociona.

No éramos una excepción.

Éramos una multitud.

Una multitud silenciosa.

Quizá por eso las palabras de Jesús siguen golpeándome con tanta fuerza cuando contempla a la gente cansada y abatida, "como ovejas sin pastor".

Porque sigo encontrando demasiadas personas en esa situación.

Hace pocos días leí el testimonio de un hombre creyente que, después de recibir la comunión, fue llamado aparte por su párroco. Quería hablar con él. Lo que escuchó a continuación fue devastador: que no volvería a recibir la Eucaristía, que el sacramento era para él poco menos que un veneno, que su relación afectiva lo convertía en una persona indigna ante Dios.

Cuando terminé de leerlo me quedé un rato en silencio.

No porque me sorprendiera. Quienes pertenecemos al colectivo LGBTIQ+ conocemos historias parecidas desde hace demasiado tiempo.

Lo que me dolió fue imaginar la escena.

La puerta de la parroquia.

La conversación.

La humillación.

Y, sobre todo, la soledad.

Porque conozco bien esa sensación de que alguien pretende interponerse entre Dios y tú.

Sin embargo, cada vez que intento imaginar a Jesús en esa escena, la imagen no encaja.

No consigo verlo expulsando.

No consigo verlo humillando.

No consigo verlo negando el pan a quien se acerca con hambre.

Lo que sí veo es al Jesús de los Evangelios acercándose a quien acaba de ser herido por motivos religiosos.

Lo veo haciendo preguntas.

Escuchando.

Acompañando.

Devolviendo dignidad.

Porque esa fue una constante de su vida pública. Jesús parecía sentirse especialmente atraído por quienes cargaban sobre los hombros el peso de la exclusión religiosa.

Por eso me inquieta tanto una Iglesia que a veces parece más preocupada por vigilar que por acompañar.

Más interesada en controlar que en sanar.

Más pendiente de determinadas normas que de las personas concretas que tiene delante.

Y no hablo solo de las personas LGBTIQ+.

Pienso también en quienes se han sentido rechazadas por estar divorciadas, por convivir en pareja, por no encajar en determinados moldes, por formular preguntas incómodas o simplemente por ser diferentes.

Pienso en todas esas personas que un día dejaron de sentirse en casa.

Y vuelvo al Evangelio.

"Estaban como ovejas sin pastor."

Qué tristeza que esa frase siga describiendo la experiencia de tantas hijas e hijos de Dios.

Lo más doloroso es que muchas de esas personas no han perdido la fe.

Han perdido la confianza.

Y recuperar la confianza cuesta muchísimo más que conservar la fe.

Por eso me conmueve que Jesús no se limite a sentir compasión. Después reúne a sus discípulos y discípulas —porque alrededor suyo había muchas más personas que los Doce— y los envía a curar, a levantar, a devolver esperanza.

Nunca a humillar.

Nunca a avergonzar.

Nunca a cerrar puertas.

Cuando Jesús envía, no entrega poder sobre las personas. Entrega responsabilidad hacia ellas.

Quizá por eso sigo creyendo en la Iglesia.

No siempre gracias a ella, a veces a pesar de ella.

Pero sigo creyendo.

Porque también he conocido comunidades donde nadie me preguntó a quién amaba antes de darme un abrazo.

He conocido sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que me ayudaron a descubrir que Dios jamás estuvo en guerra conmigo.

He conocido el Evangelio vivido de verdad.

Y eso cambia la vida.

Por eso esta reflexión no nace de la amargura.

Nace de la esperanza.

De la certeza de que Jesús sigue mirando a quienes están cansados y abatidos con la misma compasión de entonces.

Y de la convicción de que llegará el día en que nadie tenga que escoger entre su fe y su dignidad.

Porque Dios nunca ha pedido semejante sacrificio.

Y porque ninguna oveja debería caminar sola cuando existe un Pastor que conoce su nombre.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»
Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judás Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.»

junio 06, 2026

CCXIII. LA MESA ESTÁ PUESTA


Sobre
Juan 6, 51-58

No puedo escuchar este Evangelio sin emocionarme.

Y lo digo así, sin adornos, porque durante demasiados años pensé que la mesa del Señor era un lugar al que yo podía acercarme solo a medias. Como quien entra en una casa ajena procurando no molestar demasiado. Como quien sabe que algunos preferirían que no estuviese allí.

Creo que muchas personas LGBTIQ+ creyentes entenderán perfectamente lo que intento explicar.

Hay heridas que no nacen únicamente del rechazo explícito. Algunas aparecen lentamente, casi en silencio, cuando durante años escuchas que tu forma de amar es “objetivamente desordenada”, cuando percibes que determinadas miradas en la Iglesia te toleran pero no terminan de reconocerte plenamente como hermano, cuando descubres que para seguir perteneciendo a ciertos espacios debes aprender a esconder partes de tu vida.

Y aun así… aquí sigo.

Aquí seguimos muchos y muchas.

Lo sorprendente es que no permanecemos por miedo ni por costumbre. Seguimos porque un día descubrimos que Jesús se parecía muy poco a algunas cosas que nos habían contado sobre Él.

Por eso este Evangelio me conmueve tanto.

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo.”

No dice "soy el pan para los perfectos”.
Ni “soy el pan para quienes nunca dudan”.
Ni siquiera “soy el pan para quienes cumplen impecablemente determinadas normas morales”.

Dice “para la vida del mundo”.

Y otra vez vuelvo a sentir algo muy parecido a lo que tantas veces he experimentado leyendo el Evangelio: también nosotras y nosotros estamos dentro de ese mundo.

También las personas LGBTIQ+.

También quienes durante años se acercaron a comulgar preguntándose en secreto si Dios sentiría rechazo hacia ellos.

Hay algo profundamente doloroso en eso. Que precisamente quienes más necesitaban experimentar la ternura de Cristo hayan recibido tantas veces sospecha, vigilancia o miedo. Como si la Eucaristía fuese antes un examen moral que alimento para personas heridas.

Y sin embargo, cada vez que me acerco al altar ocurre algo dentro de mí que ya nadie podrá arrebatarme.

Siento alegría.

Alegría verdadera.

No una alegría ingenua que ignore las contradicciones de la Iglesia. Las conozco demasiado bien. He visto sufrimiento. He escuchado discursos crueles disfrazados de doctrina. He conocido personas destruidas espiritualmente por sentirse indignas de acercarse al Cuerpo de Cristo. He visto cómo algunas comunidades siguen cerrando puertas mientras hablan del amor de Dios.

Pero precisamente por todo eso la Eucaristía me parece todavía más revolucionaria.

Porque Jesús se entrega como alimento. No como premio.

Se parte y se reparte para sostener vidas frágiles, cansadas, heridas. Y quienes hemos vivido mucho tiempo sintiéndonos al margen sabemos reconocer muy bien lo que significa que alguien nos siente finalmente a su mesa sin pedirnos antes dejar de ser quienes somos.

A veces pienso que una parte de la Iglesia no ha entendido todavía lo escandaloso que es realmente el Evangelio.

Jesús no excluyó de su mesa a quienes eran considerados impuros, sospechosos o moralmente cuestionables. Más bien al contrario: parecía empeñado en sentarse precisamente con ellos.

Por eso me resulta tan duro comprobar cómo todavía hoy hay personas LGBTIQ+ creyentes que sienten miedo al acercarse a comulgar. Miedo al juicio. Miedo a determinadas miradas. Miedo a no ser consideradas dignas.

Y lo más triste es que muchas veces ese miedo no viene de Dios.

Viene de nosotros.

Viene de una Iglesia que, en demasiadas ocasiones, ha hablado más de moral sexual que de misericordia, más de pureza que de heridas humanas, más de control que de Evangelio.

Lo digo con dolor, porque amo profundamente a la Iglesia. Pero precisamente por eso creo que necesitamos una conversión enorme.

No puede anunciarse creíblemente el “pan de vida” mientras tantas hijas e hijos de Dios continúan sintiéndose extraños en la mesa.

No puede proclamarse que Cristo entrega su carne “por la vida del mundo” mientras parte de ese mundo sigue preguntándose si realmente hay sitio para él dentro de la comunidad cristiana.

A mí me salvó descubrir que sí lo hay.

Y que cuando el sacerdote levanta el pan y el vino, Cristo no me mira como un expediente moral ni como un problema doctrinal. Me mira como hijo.

Como alguien amado.

Quizá por eso sigo emocionándome cada vez que escucho “tomad y comed”.

Porque después de tantos años de miedo, de armarios, de silencios y de dudas, sigo sintiendo que esas palabras también fueron pronunciadas para mí. Para ti. Para todas y todos, sin excepción.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

mayo 30, 2026

CCXII. NO VINO A JUZGAR


Sobre
Juan 3,16-18

Durante muchos años pensé que ese “mundo” del que habla Jesús no me incluía del todo.

Sí, escuchaba el Evangelio. Iba a misa. Rezaba. Creía sinceramente en Dios. Pero, en algún rincón muy profundo de mí, permanecía la sospecha de que las personas como yo ocupábamos un lugar incómodo en el corazón de la Iglesia… y quizá también en el de Dios.

No nací pensando eso. Me lo fueron enseñando.

Poco a poco. Sin necesidad de grandes discursos. Bastaba escuchar determinadas bromas, ciertos silencios, algunas homilías. Bastaba la forma en que se pronunciaba la palabra “homosexual”, casi siempre asociada a pecado, desorden o peligro. Uno termina interiorizando que debe esconder algo para ser querido. Incluso delante de Dios.

Por eso este Evangelio me desarma. Porque Jesús no dice: “Dios amó a los perfectos”. Ni siquiera dice: "Dios amó a quienes encajaban”. Dice: “Dios amó al mundo”. Y yo estoy dentro de ese mundo.

También nosotros. También nosotras. Y nosotres.
Las personas LGBTIQ+ no somos un error dentro de la creación de Dios ni una nota incómoda al margen del Evangelio. Somos parte de ese mundo amado hasta el extremo.

Parece algo sencillo. Pero llegar a creerlo de verdad puede costar una vida entera.

Hay personas heterosexuales creyentes que nunca tendrán que preguntarse si Dios siente rechazo hacia ellas por amar. Nunca entrarán en una iglesia preguntándose si las lecturas, la homilía o los comentarios de después pondrán en duda su dignidad. Nunca tendrán que medir gestos, silencios o afectos para evitar convertirse en motivo de sospecha dentro de su propia comunidad cristiana.

Nosotros sí. Y eso deja heridas. Heridas espirituales muy profundas, aunque a veces la Iglesia no quiera mirarlas de frente.

Con los años he comprendido que muchas personas LGBTIQ+ creyentes vivimos la fe sosteniéndonos casi únicamente sobre una intuición: que Jesús tiene que parecerse más al amor que al miedo. Más a la misericordia que al juicio. Más a la acogida que a la vigilancia moral constante sobre nuestras vidas.

Porque, sinceramente, si yo hubiera creído del todo algunos discursos religiosos que escuché durante años, habría terminado alejándome de Dios para sobrevivir.

Y aquí aparece algo que me parece decisivo en este texto:
“Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para salvarlo”.

Qué lejos queda eso de ciertas actitudes eclesiales.

A veces da la impresión de que algunas personas dentro de la Iglesia sienten auténtica obsesión por juzgar las vidas ajenas, especialmente las relacionadas con la sexualidad. Como si el centro del Evangelio fuera controlar cuerpos, afectos o identidades. Mientras tanto, cuestiones gravísimas —el abuso de poder, la manipulación espiritual, el silenciamiento de víctimas, determinadas dinámicas de encubrimiento— son tratadas muchas veces con una delicadeza institucional que jamás se tiene hacia las personas LGBTIQ+.

Y eso produce escándalo. Escándalo verdadero.

Porque cuando una comunidad cristiana habla más de “desviaciones” que de misericordia, más de normas que de personas heridas, más de miedo que de amor, termina alejándose peligrosamente del corazón del Evangelio.

Lo digo con dolor, no con odio.

Yo amo a la Iglesia. Quizá precisamente por eso me duele tanto verla incapaz muchas veces de reconocer el sufrimiento que ha provocado en tantas personas homosexuales, lesbianas, bisexuales o trans creyentes. Personas que no perdieron la fe por falta de Dios, sino por exceso de desprecio religioso.

Y aun así, aquí seguimos. Algunos después de abandonar durante años. Otros resistiendo desde dentro en silencio. Muchas personas sosteniéndose únicamente sobre esa certeza íntima de que Cristo no puede rechazar a quien ama sinceramente.

Porque al final la pregunta importante no es si las personas LGBTIQ+ cabemos en la Iglesia. La pregunta verdadera es otra: ¿puede la Iglesia anunciar creíblemente el amor de Dios mientras sigue haciendo sentir indignas a tantas hijas e hijos suyos?

A mí me salvó descubrir que Jesús no vino a confirmar el rechazo que otros habían colocado sobre mi vida. Vino precisamente a romperlo. Y desde entonces leo este Evangelio casi como quien escucha una voz dirigida personalmente a su propia historia: “Tanto amó Dios al mundo…”

Incluso cuando algunos intentaron convencerme de lo contrario. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

mayo 22, 2026

CCXI. ÉL SIGUE ENTRANDO



Sobre
Juan 20, 19-23

Siempre me impresionó esa escena de los discípulos encerrados. Las puertas atrancadas. El miedo ocupándolo todo. El silencio pesado de quien siente que fuera hay amenaza. Quizá me toca tanto porque conozco bien esa sensación.

Las personas LGBTIQ+ aprendemos muy pronto a vivir así. A cerrar puertas antes incluso de que alguien intente abrirlas. Muchas veces no hace falta una agresión directa. Basta escuchar determinadas palabras desde niño, captar ciertas miradas en la parroquia o comprobar cómo se habla de nosotros y nosotras en algunos ambientes religiosos. Poco a poco uno entiende qué partes de sí mismo conviene esconder para poder seguir siendo aceptado.

Yo también tuve mi habitación cerrada.

Mi armario no fue solo el lugar donde escondía mi orientación sexual. Fue también el sitio donde intenté proteger mi fe. Porque durante mucho tiempo tuve miedo de que, si alguien descubría quién era realmente, terminarían arrebatándome incluso a Jesús. Y eso sí me habría roto por dentro.

Por eso me parece tan importante que el Evangelio diga claramente que los discípulos estaban encerrados “por miedo”. No por cobardía. No porque fueran peores creyentes. Por miedo. A veces olvidamos lo que el miedo puede hacer en una persona. Cómo te obliga a medir palabras, gestos, silencios. Cómo termina convirtiéndose en una forma de supervivencia.

Especialmente cuando sabes que fuera hay gente dispuesta a herirte en nombre de Dios.

Pienso muchas veces en la cantidad de personas LGBTIQ+ creyentes que siguen viviendo así dentro de la Iglesia. Hombres, mujeres, jóvenes, personas adultas… agotadas de vigilar cada detalle de sus vidas para no perder su sitio en la comunidad, su trabajo pastoral, su familia o simplemente la posibilidad de seguir sintiéndose parte de algo.

Lo más doloroso es comprobar que quienes exigen transparencia absoluta sobre nuestras vidas suelen pertenecer a instituciones que después gestionan otros silencios de forma muy distinta.

Estos días volvemos a escuchar noticias que producen una tristeza enorme: responsables religiosos que piden perdón mientras, al mismo tiempo, parecen más preocupados por contener el escándalo o controlar el relato que por acompañar honestamente a quienes han sido heridos. Y quienes hemos pasado media vida escondiéndonos reconocemos enseguida esa lógica. Sabemos perfectamente cómo funciona un sistema cuando considera peligrosa la verdad.

Por eso duele tanto escuchar determinadas palabras sobre pureza, escándalo o moral sexual mientras tantas otras cosas permanecen cuidadosamente protegidas bajo silencio.

Con los años he llegado a pensar que el verdadero problema nunca fue únicamente el sexo. El problema es el poder. Poder para decidir quién puede vivir a la luz y quién debe seguir oculto. Quién merece comprensión y quién será reducido siempre a una etiqueta moral.

En medio de esa habitación cerrada aparece Jesús.

Eso es lo que más me conmueve del relato.

No se queda fuera esperando a que abran. No exige valentía previa. No pide explicaciones. Simplemente atraviesa el miedo y se coloca en medio.

“Paz a vosotros”.

No sé si existe una frase más necesaria para tantas personas LGBTIQ+ creyentes.

Paz para quien creció sintiéndose defectuoso. Paz para quien todavía vive escondido. Paz para quienes continúan amando a una Iglesia que demasiadas veces solo parece tolerarlos mientras permanezcan invisibles.

Después sucede algo precioso: Jesús muestra las heridas.

No las tapa. No las disimula.

El Resucitado sigue herido.

Y ahí hay algo profundamente incómodo para la propia Iglesia. Porque una comunidad obsesionada con proteger apariencias, ocultar heridas o exigir silencio termina pareciéndose muy poco al Evangelio que anuncia.

Jesús resucitado no necesita esconder sus cicatrices para sostener la fe de los suyos.

Quizá por eso sigo aquí.

No porque ignore las contradicciones. Las veo demasiado bien. Tampoco porque todo deje de doler. Hay cosas que siguen doliendo muchísimo. Continúo aquí porque, incluso en medio de tantas sombras, sigo reconociendo una presencia que no coincide con ciertos discursos. La de un Jesús que nunca me pidió convertirme en otra persona para acercarme a Él.

Y quizá ahí empieza realmente la Resurrección.

No cuando desaparece el miedo de golpe, sino cuando descubres que ni siquiera el miedo puede impedirle entrar. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

mayo 16, 2026

CCX. DONDE CALLAN, ÉL PERMANECE


Sobre
Mateo 28, 16-20


Hay algo profundamente desconcertante en este final del Evangelio de Mateo. Jesús reúne a los suyos en una montaña de Galilea, después de la muerte, después del miedo, después de las traiciones. Y el texto dice algo que siempre me conmueve porque me parece brutalmente humano: “al verlo, lo adoraron; aunque algunos dudaron”.

Algunos dudaron.

No estaban fuera del grupo. No eran enemigos. No eran menos discípulos. Estaban allí… y dudaban.

Durante años me aferré a esa frase casi como quien se agarra a una barandilla para no caer. Porque yo también he vivido la fe desde la duda. No la duda de Dios, curiosamente. Esa casi nunca la tuve del todo. Mi duda era otra: si de verdad había sitio para mí dentro de una Iglesia que tantas veces parecía hablar de las personas como yo sin habernos mirado nunca a los ojos.

Crecí escuchando que mi forma de amar era un problema. Que mi afectividad debía vivirse escondida, corregida o reprimida. Y llega un momento en que una persona termina agotada de tener que justificarse incluso delante de Dios. Por eso entiendo tan bien a quienes se marcharon. A quienes dejaron de entrar en una iglesia porque ya no soportaban escuchar cómo se hablaba de ellos y ellas desde púlpitos donde jamás se nombraba su sufrimiento real.

Lo que pasa es que yo nunca conseguí irme del todo.

Porque, pese a todo, seguía habiendo algo en Jesús que no coincidía con la dureza de algunos discursos. Había una manera suya de acercarse a la gente herida, excluida o impura que hacía imposible pensar que Él pudiera rechazarme. Y esa intuición me salvó muchas veces.

Por eso este Evangelio me parece tan importante para las personas LGBTIQ+ creyentes. Porque Jesús no entrega la misión a personas perfectas ni seguras. La entrega a una comunidad frágil, atravesada todavía por el miedo y por la duda. Y aun así, confía en ellas.

Eso cambia completamente la mirada.

Porque entonces la fe deja de ser un premio para quienes cumplen determinados requisitos morales o afectivos. La fe se convierte en llamada. En presencia. En envío.

“Id y haced discípulos” nunca significó construir una aduana espiritual donde unas personas pudieran entrar y otras no. Nunca significó levantar estructuras obsesionadas con controlar cuerpos, afectos o identidades mientras se olvidan cuestiones mucho más graves: el abuso de poder, la manipulación de las conciencias, el silenciamiento de las víctimas o el miedo institucional a la verdad.

Y aquí es imposible no sentir vergüenza y rabia cuando, una vez más, salen a la luz voces de responsables eclesiales pidiendo perdón mientras al mismo tiempo parecen más preocupados por contener el escándalo y proteger silencios que por cuidar de verdad a quienes han sido heridos. Quienes hemos vivido años escondiendo partes de nuestra vida reconocemos enseguida esa lógica. Sabemos perfectamente cómo funciona una institución cuando considera que la verdad resulta peligrosa.

Por eso duele tanto.

Porque mientras se pide a las personas LGBTIQ+ transparencia absoluta sobre su intimidad, sinceridad total sobre sus afectos y una vigilancia permanente sobre sus vidas, demasiadas veces la propia institución sigue manejándose desde la opacidad, el miedo y la protección de determinadas imágenes de poder.

Y eso no es solo incoherencia. Es pecado.

Pecado contra el Evangelio. Pecado contra la verdad. Pecado contra personas concretas.

A veces pienso que una parte de la Iglesia tiene miedo de Jesús. Del verdadero. Del que se acercaba demasiado a quienes no debía. Del que rompía seguridades religiosas para poner en el centro la dignidad humana. Del que jamás convirtió la pureza moral en condición previa para amar.

Porque cuando una institución necesita silenciar heridas para protegerse, ya no se parece demasiado al Evangelio.

Y aun así, aquí seguimos.

No porque no veamos las contradicciones. Las vemos demasiado bien. No porque no duela. Duele muchísimo. Seguimos aquí porque, incluso entre tanta fragilidad, seguimos reconociendo su voz.

La de Jesús.

La que nunca me pidió dejar de ser quien soy para poder acercarme. La que me sostuvo cuando el miedo era más grande que la esperanza. La que me enseñó que también yo podía subir a esa montaña, aunque llegara con dudas.

Y quizá eso sea lo más revolucionario de este texto.

Que Jesús no esperó a que desaparecieran las dudas para quedarse con los suyos. Tampoco espera hoy a que resolvamos todas nuestras contradicciones para seguir caminando con nosotros y nosotras.

“Yo estoy con vosotros todos los días”.

También en los márgenes.
También en los armarios.
También entre quienes la institución preferiría invisibles.

Y quizá ahí, precisamente ahí, es donde más claramente sigue estando. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».