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marzo 20, 2026

CCI. SAL FUERA


Sobre
Juan 11


Algunos pasajes del Evangelio no se pueden leer sin que algo dentro se remueva profundamente. El relato de Lázaro es uno de ellos. No solo porque habla de la muerte y de la vida, sino porque lo hace también de lo que significa vivir encerrado… y nos dice de la voz que nos llama a salir.

Cuando leo este capítulo de Juan, no puedo evitar imaginar la escena: una tumba cerrada, una piedra pesada, un hombre envuelto en vendas. Todo está detenido, inmóvil, como si la historia hubiese terminado.

Y, sin embargo, Jesús llega y dice algo que rompe esa lógica: “Quitad la piedra.”

Durante muchos años, muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos sentido que también vivíamos detrás de una piedra. No necesariamente porque quisiéramos escondernos, sino porque el miedo, la culpa o el rechazo habían construido ese sepulcro alrededor de nuestra vida. El famoso “armario” del que tantas veces hablamos no es solo un espacio social. Es también, muchas veces, un sepulcro espiritual.

Con frecuencia he narrado esta experiencia: la de una fe que ha tenido que crecer en silencio, en soledad, incluso en medio de una profunda herida interior. Una fe que se ha preguntado muchas veces si realmente había lugar para nosotras y nosotros en la Iglesia o si nuestra vida estaba destinada a quedarse siempre detrás de esa piedra.

Por eso el gesto de Jesús me parece tan profundamente liberador. Jesús no habla primero de doctrina ni de normas. Jesús llama a la vida. Y lo hace con una voz que atraviesa la tumba:

“¡Lázaro, sal fuera!”

Me impresiona pensar que Lázaro sale todavía atado, enredado en las vendas de la muerte. El milagro no termina con la salida del sepulcro. Jesús añade algo que a veces pasa desapercibido:

“Desatadlo y dejadlo andar.”

Quizá ahí está una de las imágenes más potentes para comprender la realidad de muchas personas LGBTIQ+ en la Iglesia. Muchas, muchos hemos conseguido salir del sepulcro del miedo. Hemos reconciliado nuestra fe con nuestra identidad. Hemos descubierto que Dios no nos rechaza. Hemos escuchado la voz de Cristo llamándonos por nuestros nombres.

Pero todavía quedan vendas. Vendas hechas de prejuicios, de silencios incómodos, de discursos que siguen insinuando que nuestra vida es un problema. Vendas que a veces no permiten caminar con libertad dentro de la comunidad cristiana.

Por eso este Evangelio no solo habla de resurrección. Habla también de liberación comunitaria: Jesús no desata a Lázaro directamente sino que pide a la comunidad que lo haga.

Eso significa algo muy serio para la Iglesia. Significa que la tarea de desatar, de liberar, de devolver dignidad, no es opcional. Es parte del Evangelio. Si la comunidad no ayuda a quitar las vendas, el milagro queda incompleto.

El relato de Juan introduce también otra reacción. Mientras algunos, al ver lo ocurrido, creen, otros se alarman. Los dirigentes religiosos comienzan a preocuparse. El signo de vida que Jesús realiza no provoca solo alegría: provoca miedo.

Porque la vida verdadera siempre cuestiona las estructuras que se han acostumbrado a convivir con la muerte.

Y entonces aparece una decisión inquietante: empiezan a pensar que Jesús debe morir.

Este detalle del Evangelio me parece profundamente actual. A veces la Iglesia se conmueve ante el sufrimiento de las personas LGBTIQ+, pero cuando nuestra experiencia de fe empieza a reclamar espacio, reconocimiento y palabra, surgen también resistencias. Como si nuestra existencia creyente pusiera en crisis ciertas seguridades.

Sin embargo, el Evangelio es claro: lo que Jesús hace con Lázaro es una obra de DiosNo una amenaza. No un escándalo. Sí una obra de vida.

Por eso, a quienes formamos parte del colectivo LGBTIQ+ creyente, este relato nos recuerda algo importante: nuestra historia no es una historia de muerte. Aunque durante años hayamos vivido escondidos, aunque hayamos sentido el peso de la piedra o la dureza de las vendas, la última palabra no la tiene el sepulcro. La última palabra la tiene la voz de CristoEsa voz que sigue llamando a salir, a respirar, a caminar con dignidad.

Y a quienes no compartís nuestra experiencia —hermanos y hermanas heterosexuales en la fe— este Evangelio os deja una pregunta muy concreta: ¿estáis ayudando a quitar las vendas o dejando que sigan ahí?

Porque no basta con alegrarse de que alguien haya salido de la tumba. El Evangelio pide algo más: desatarlo y dejarlo andar.

La Iglesia necesita escuchar hoy esa palabra de Jesús. Necesita comprender que la vida que Él despierta no puede quedar a medio camino.

A veces pienso que muchas personas LGBTIQ+ creyentes somos como Lázaro saliendo de la tumba: todavía un poco torpes, todavía envueltos en vendas, pero profundamente vivos.

Y tal vez nuestra existencia sea, para la Iglesia, un signo incómodo… pero también una oportunidad. La oportunidad de aprender, una vez más, que el Dios de Jesús no es el guardián de los sepulcros. Es el Señor de la vida.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




 Había un enfermo llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y su hermana Marta. María era la que había ungido al Señor con perfumes y le había enjugado los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro estaba enfermo. Las hermanas le enviaron este recado:
—Señor, tu amigo está enfermo. Al oírlo, Jesús comentó:
—Esta enfermedad no ha de acabar en la muerte; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús era amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro. Sin embargo cuando oyó que estaba enfermo, prolongó su estancia dos días en el lugar. Después dice a los discípulos:
—Vamos a volver a Judea. Le dicen los discípulos:
—Rabí, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y quieres volver allá? Jesús les contestó:
—¿No tiene el día doce horas? Quien camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; quien camina de noche tropieza, porque no tiene luz. Dicho esto, añadió:
—Nuestro amigo Lázaro está dormido; voy a despertarlo. Contestaron los discípulos:
—Señor, si está dormido, sanará. Pero Jesús se refería a su muerte, mientras que ellos creyeron que se refería al sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente:
—Lázaro ha muerto. Y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Vayamos a verlo. Tomás, que significa mellizo, dijo a los demás discípulos:
—Vamos también nosotros a morir con él. Cuando Jesús llegó, encontró que llevaba cuatro días en el sepulcro. Betania queda cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para darles el pésame por la muerte de su hermano. Cuando Marta oyó que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Marta dijo a Jesús:
—Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que lo que pidas, Dios te lo concederá. Le dice Jesús:
—Tu hermano resucitará. Le dice Marta:
—Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le contestó:
—Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Lo crees? Le contestó:
—Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo. Dicho esto, se fue, llamó en privado a su hermana María y le dijo:
—El Maestro está aquí y te llama. Al oírlo, se levantó a toda prisa y se dirigió hacia él. Jesús no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde lo encontró Marta. Los judíos que estaban con ella en la casa consolándola, al ver que María se levantaba de repente y salía, fueron detrás de ella, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando María llegó adonde estaba Jesús, al verlo, cayó a sus pies y le dijo:
—Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. Jesús al ver llorar a María y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció por dentro y dijo muy conmovido:
—¿Dónde lo habéis puesto?
Le dicen:
—Ven, Señor, y lo verás. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
—¡Cómo lo quería! Pero algunos decían:
—El que abrió los ojos al ciego, ¿no pudo impedir que éste muriera? Jesús, estremeciéndose de nuevo, se dirigió al sepulcro. Era una caverna con una piedra delante. Jesús dice:
—Retirad la piedra.
Le dice Marta, la hermana del difunto:
—Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días muerto. Le contesta Jesús:
—¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios? Retiraron la piedra.
Jesús alzó la vista al cielo y dijo:
—Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la gente que me rodea, para que crean que tú me enviaste. Dicho esto, gritó con fuerte voz:
—Lázaro, sal afuera. Salió el muerto con los pies y las manos sujetos con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo:
—Desatadlo y dejadlo ir. Muchos judíos que habían ido a visitar a María y vieron lo que hizo creyeron en él. Pero algunos fueron y contaron a los fariseos lo que había hecho Jesús. Los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron entonces el Consejo y dijeron:
—¿Qué hacemos? Este hombre está haciendo muchas señales. Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, entonces vendrán los romanos y nos destruirán el santuario y la nación. Uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
—No entendéis nada. ¿No veis que es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que muera toda la nación? No lo dijo por cuenta propia, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús moriría por la nación. Y no sólo por la nación, sino para congregar a los hijos de Dios que estaban dispersos. Así, a partir de aquel día, acordaron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se marchó a una región próxima al desierto, a un pueblo llamado Efraín, y se quedó allí con los discípulos. Se acercaba la Pascua judía y muchos subían del campo a Jerusalén para purificarse antes de la fiesta. Buscaban a Jesús y, de pie en el templo, comentaban entre sí:
—¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta o no? Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes para que quien conociese su paradero lo denunciara, de modo que pudieran arrestarlo.

marzo 14, 2026

CC. VER DESDE EL MARGEN


Sobre
Juan 9, 1-41


Hay páginas del Evangelio que parecen escritas para quienes hemos vivido mucho tiempo mirados con sospecha. El relato del ciego de nacimiento es una de ellas. Cada vez que lo leo siento que, de algún modo, ese hombre podría sentarse a mi lado y contar una historia muy parecida a la de tantas personas LGBTIQ+ creyentes.

El evangelista Juan dice que Jesús se encuentra con un hombre ciego desde el nacimiento. Los discípulos preguntan algo que a mí me resulta dolorosamente familiar:
“¿Quién pecó para que naciera así?”

Es una pregunta antigua, pero sigue resonando hoy. Durante mucho tiempo, muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos sentido que esa misma sospecha pesaba sobre nosotras: algo en nosotras y en nosotros debía estar mal, algo debía ser culpa de alguien. La orientación sexual se convirtió en un problema moral antes incluso de escuchar nuestra historia.

Pero Jesús rompe ese esquema de raíz.
Ni él pecó ni sus padres.

Jesús desmonta la lógica religiosa que busca culpables. Y lo hace de la forma más sorprendente: se acerca al ciego, toca su barro, se mezcla con su fragilidad y le abre los ojos. El milagro no es solo físico. Es una revelación: Jesús se presenta como la luz del mundo, la luz que permite ver la verdad.

Y entonces empieza lo verdaderamente interesante del relato.

Porque cuando el hombre comienza a ver… los que se creían videntes empiezan a mostrarse ciegos.

Los fariseos aparecen inquietos, incómodos, interrogando una y otra vez. No pueden negar lo ocurrido, pero tampoco pueden aceptarlo. Investigan, discuten, cuestionan, presionan. Lo que más les preocupa no es la curación del hombre, sino que Jesús haya actuado fuera de sus esquemas.

El relato termina de una forma muy significativa: el hombre curado es expulsado.

Cuando leo esto, no puedo evitar pensar en tantas personas LGBTIQ+ creyentes que hemos vivido algo parecido dentro de la Iglesia. Personas que amamos a Cristo, que hemos rezado, servido, acompañado… y que un día descubrimos que nuestra simple existencia provoca incomodidad. No siempre hay expulsiones explícitas, pero sí silencios, sospechas, puertas que no se abren.

De diferentes maneras lo he ido expresando, en otras reflexiones, muchas veces: la sensación de vivir en los márgenes, de amar a la Iglesia y al mismo tiempo sentir que uno está siempre un poco bajo examen. La fe de muchas personas LGBTIQ+ no ha sido fácil ni cómoda; ha sido una fe peleada, sostenida incluso cuando parecía más sencillo marcharse.

Por eso este evangelio me toca profundamente.

El ciego no se convierte en discípulo porque todo haya sido fácil.
Se convierte en creyente porque ha experimentado la verdad en su propia vida.

Primero dice: “Ese hombre se llama Jesús”.
Luego afirma: “Es un profeta”.
Y al final proclama: “Señor, creo”.

Es un camino de fe. Un camino que muchos conocemos bien.

Las personas LGBTIQ+ creyentes hemos tenido que recorrer ese itinerario a contracorriente. Hemos tenido que descubrir a Cristo no solo en la tranquilidad de la catequesis, sino también en medio de la duda, la herida y la incomprensión. Y quizá por eso nuestra fe, cuando madura, tiene algo muy parecido a la del ciego: una fe nacida de la experiencia.

Pero el Evangelio también nos plantea una pregunta incómoda para la Iglesia.

¿Quién está realmente ciego?

El ciego ve.
Los fariseos no.

Jesús lo dice con claridad al final del relato: quienes creen ver, pero se cierran a la verdad, permanecen en su ceguera.

A veces me pregunto si parte de la Iglesia no está viviendo algo parecido. No por maldad, sino por miedo. Porque reconocer plenamente la dignidad y la vocación de las personas LGBTIQ+ obligaría a revisar muchas certezas, muchas palabras pronunciadas sin escuchar nuestras vidas.

Pero la historia del Evangelio no termina con la expulsión.

Cuando el hombre es echado fuera, Jesús sale a buscarlo.

Ese detalle me conmueve siempre. Jesús no lo abandona cuando el sistema religioso lo rechaza. Al contrario: lo encuentra, se revela a él y le regala el encuentro más profundo.

Tal vez ahí está la clave para entender nuestra historia como creyentes LGBTIQ+.

Muchos hemos sido empujados hacia los márgenes. Pero en ese margen, a veces, hemos encontrado a Cristo de una forma sorprendentemente cercana. No como juez, sino como compañero. No como amenaza, sino como luz. Y desde esa experiencia nace una responsabilidad.

A quienes formamos parte del colectivo LGBTIQ+ creyente, este Evangelio nos invita a no renunciar a nuestra voz. A decir con humildad, pero también con valentía: “Yo era ciego y ahora veo.”

Y a quienes no pertenecen a este colectivo —pero comparten la fe en Jesús— este texto les hace una pregunta directa: ¿De qué lado quieren estar en esta historia? ¿Del lado de quienes investigan para mantener el orden, o del lado de quien se alegra porque un ser humano ha recuperado la luz?

El Evangelio siempre termina desenmascarando nuestras seguridades.
Y quizá hoy nos recuerde algo muy sencillo y muy profundo: q
ue la verdadera ceguera no es nacer diferente.

La verdadera ceguera es negarse a ver la obra de Dios cuando aparece en la vida de quienes no esperábamos.

Y yo estoy convencido de algo: Dios sigue haciendo milagros en los márgenes de la Iglesia. Muchas y. muchos de nosotros somos prueba de ello.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




 Al pasar vio un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos le preguntaron:
—Rabí, ¿quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres?
 Jesús contestó:
—Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido para que se revele en él la acción de Dios.
 Mientras es de día, tenéis que trabajar en las obras del que me envió. Llegará la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo. Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo puso en los ojos y le dijo:
—Ve a lavarte en la alberca de Siloé –que significa enviado–.
Fue, se lavó y volvió con vista.
 Los vecinos y los que antes lo habían visto pidiendo limosna comentaban:
—¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?
 Unos decían:
—Es él.
Otros decían:
—No es, sino que se le parece.
Él respondía:
—Soy yo.
 Así que le preguntaron:
—¿Cómo [pues] se te abrieron los ojos?
 Contestó:
—Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista.
 Le preguntaron:
—¿Dónde está él?
Responde:
—No sé.
 Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego –era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos–. Los fariseos le preguntaron otra vez cómo había recobrado la vista.
Les respondió:
—Me aplicó barro a los ojos, me lavé, y ahora veo.
 Algunos fariseos le dijeron:
—Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no observa el sábado.
Otros decían:
—¿Cómo puede un pecador hacer tales señales?
Y estaban divididos.
 Preguntaron de nuevo al ciego:
—Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?
Contestó:
—Que es profeta.
 Los judíos no acababan de creer que había sido ciego y había recobrado la vista; así que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron:
—¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?
 Contestaron sus padres:
—Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego;
 cómo es que ahora ve, no lo sabemos; quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Preguntadle a él, que tiene edad y puede dar razón de sí. Sus padres dijeron esto por temor a los judíos; porque los judíos ya habían decidido que quien lo confesara como Mesías sería expulsado de la sinagoga. Por eso dijeron los padres que tenía edad y que le preguntaran a él.
 Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron:
—Da gloria a Dios. A nosotros nos consta que aquél es un pecador.
 Les contestó:
—Si es pecador, no lo sé; una cosa me consta, que yo era ciego y ahora veo.
 Le preguntaron de nuevo:
—¿Cómo te abrió los ojos?
 Les contestó:
—Ya os lo he dicho y no me creísteis; ¿para qué queréis oírlo de nuevo? ¿No será que queréis haceros discípulos suyos?
 Lo insultaron diciendo:
—¡Discípulo de él lo serás tú!, nosotros somos discípulos de Moisés.
 De Moisés nos consta que le habló Dios; en cuanto a ése, no sabemos de dónde viene. Les replicó:
—Eso es lo extraño, que vosotros no sabéis de dónde viene y a mí me abrió los ojos.
 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino que escucha al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó contar que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si ese hombre no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada. Le contestaron:
—Tú naciste lleno de pecado, ¿y quieres darnos lecciones?
Y lo expulsaron.
 Oyó Jesús que lo habían expulsado y, cuando lo encontró, le dijo:
—¿Crees en el Hijo del Hombre?
 Contestó:
—¿Quién es, Señor, para que crea en él?
 Jesús le dijo:
—Lo has visto: es el que está hablando contigo.
 Respondió:
—Creo, Señor.
Y se postró ante él.
 Jesús dijo:
—He venido a este mundo a entablar un juicio, para que los ciegos vean y los que vean queden ciegos.
 Algunos fariseos que se encontraban con él preguntaron:
—Y nosotros, ¿estamos ciegos?
 Les respondió Jesús:
—Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís que veis, vuestro pecado permanece.

marzo 05, 2026

CXCIX. YO SAMARITANA


Sobre
Juan 4, 5-42


Hay pasajes del Evangelio que no solo se leen: se reconocen. Para mí, el encuentro de Jesús con la samaritana es uno de ellos. No lo leo desde fuera. Me coloco sentado junto a ese pozo. Me reconozco en esa mujer que llega a deshora, sola, marcada por una historia que otros utilizan para señalarla.

La samaritana no es solo una mujer con un pasado afectivo complejo. Es, sobre todo, una mujer situada fuera. Fuera de la ortodoxia religiosa. Fuera de la pureza étnica. Fuera del reconocimiento moral. Una mujer que sabe que su sola presencia incomoda.

Y, sin embargo, es a ella a quien Jesús le pide agua.

Esto es lo primero que me desarma. Jesús no comienza corrigiendo, ni examinando, ni poniendo condiciones. Comienza pidiendo. Se expone. Se hace vulnerable ante alguien que la religión oficial consideraba sospechosa. Ese gesto cambia todo.

Como creyente gay, durante muchos años sentí que mi fe era siempre puesta en duda. Como si tuviera que demostrar constantemente que mi amor a Cristo era auténtico. Como si mi vida afectiva me colocara automáticamente en una categoría inferior dentro de la Iglesia. A veces he tenido la sensación de acudir también “a deshora”, de buscar a Dios en momentos y lugares donde nadie me viera demasiado.

Pero este texto me recuerda que Cristo me espera precisamente ahí. No me evita. No me rodea. No me tolera desde lejos. Me habla. Y me habla con una hondura que va más allá de mi historia concreta.

Jesús atraviesa tres muros en este relato: el muro cultural, el muro moral y el muro religioso. Habla con una samaritana. Habla con una mujer. Habla con alguien cuya vida sentimental era objeto de juicio. No trivializa su historia, pero tampoco la reduce a ella. Le revela su verdad más profunda: la posibilidad de adorar “en espíritu y en verdad”.

Eso es lo que tantas personas LGBTIQ+ creyentes hemos buscado durante años: adorar en espíritu y en verdad. No desde la mentira, no desde el silencio forzado, no desde la doble vida. Espíritu y verdad significan reconciliar lo que somos con lo que creemos. Integrar nuestra identidad afectiva y nuestra experiencia de Dios. No vivir fragmentadas.

La samaritana pasa de esconderse a convertirse en testigo. La que era evitada se transforma en enviada. Deja el cántaro —ese símbolo de su rutina, de su peso— y corre al pueblo. Y lo más sorprendente: su palabra tiene autoridad. “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho”. No la desacreditan. La escuchan.

Cuántas veces, en nuestra Iglesia, las personas LGBTIQ+ seguimos siendo consideradas objeto de pastoral, pero no sujetos de misión. Se habla de nosotros, pero no siempre se nos escucha. Se discute sobre nuestras vidas, pero no siempre se reconoce nuestra experiencia de fe como lugar teológico.

Y aquí quiero decir algo claro, con respeto pero sin miedo: mientras la Iglesia siga mirando al colectivo LGBTIQ+ solo desde categorías morales restrictivas y no desde la experiencia viva del encuentro con Cristo, seguirá perdiéndose una parte del Evangelio que ya está actuando en nosotras y en nosotros.

Porque mujeres y hombres LGBTIQ+ también hemos recibido agua viva. Hemos rezado en soledad. Hemos llorado ante el Sagrario. Hemos servido en parroquias donde a veces se nos aceptaba con condiciones implícitas. Hemos sostenido comunidades con nuestra entrega. Nuestra fe no es una teoría. Es supervivencia, es fidelidad en medio de la sospecha, es amor a una Iglesia que no siempre sabe amarnos del todo.

Pero esta reflexión no es solo para quienes nos reconocemos en la samaritana.

También es para quienes se consideran “del pueblo”, para quienes nunca se han sentido cuestionados en su pertenencia. El Evangelio de hoy les pregunta algo incómodo: ¿de qué lado se sitúan cuando alguien es mirado con recelo? ¿Reproducen el murmullo de los discípulos que “se extrañaban de que hablara con una mujer”, o se dejan convertir por la audacia de Jesús?

El texto termina con una confesión preciosa: “Ya no creemos por lo que tú nos dices; nosotros mismos lo hemos oído”. La fe pasa del prejuicio a la experiencia directa.

Eso deseo para nuestra Iglesia. Que escuche directamente el testimonio creyente de las personas LGBTIQ+. Que descubra que en nosotros no hay una amenaza, sino una sed profunda de Dios. Que se atreva a sentarse junto al pozo y conversar, sin miedo.

Porque el Reino no se construye excluyendo a quienes incomodan. Se construye reconociendo que el Espíritu sopla también desde los márgenes.

Y tal vez, si somos honestos, todos somos un poco samaritanos. Todos necesitamos que alguien nos mire sin desprecio y nos diga: “Si conocieras el don de Dios…”.

Yo lo he conocido. No porque haya sido perfecto. Sino porque, en medio de mi historia concreta, Cristo me pidió de beber. Y eso me cambió para siempre.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Jesús y la samaritana

 Los fariseos se enteraron de que Jesús tenía más discípulos y bautizaba más que Juan –si bien eran sus discípulos los que bautizaban, no él personalmente–. Cuando Jesús lo supo, abandonó Judea y se dirigió de nuevo a Galilea. Tenía que atravesar Samaría. Así que llegó a una aldea de Samaría llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José –allí se encuentra el pozo de Jacob–. Jesús, cansado del camino, se sentó tranquilamente junto al pozo. Era mediodía. Una mujer de Samaría llegó a sacar agua.
Jesús le dice:
—Dame de beber –los discípulos habían ido al pueblo a comprar comida. Le responde la samaritana:
—Tú, que eres judío, ¿cómo pides de beber a una samaritana? –los judíos no se tratan con los samaritanos–. Jesús le contestó:
—Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva. Le dice [la mujer]:
—Señor, no tienes cubo y el pozo es profundo, ¿de dónde sacas agua viva? ¿Eres, acaso, más poderoso que nuestro padre Jacob, que nos legó este pozo, del que bebían él, sus hijos y sus rebaños? Le contestó Jesús:
—El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, pues el agua que le daré se convertirá dentro de él en manantial que brota dando vida eterna. Le dice la mujer:
—Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed y no tenga que venir acá a sacarla. Le dice:
—Ve, llama a tu marido y vuelve acá. Le contestó la mujer:
—No tengo marido. Le dice Jesús:
—Tienes razón al decir que no tienes marido; pues has tenido cinco hombres, y el de ahora tampoco es tu marido. En eso has dicho la verdad. Le dice la mujer:
—Señor, veo que eres profeta. Nuestros padres daban culto en este monte; vosotros en cambio decís que es en Jerusalén donde hay que dar culto. Le dice Jesús:
—Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre. Vosotros dais culto a lo que desconocéis, nosotros damos culto a lo que conocemos; pues la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, ya ha llegado, en que los que dan culto auténtico darán culto al Padre en espíritu y de verdad. Tal es el culto que busca el Padre. Dios es Espíritu y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y de verdad. Le dice la mujer:
—Sé que vendrá el Mesías –es decir, Cristo–. Cuando él venga, nos lo explicará todo. Jesús le dice:
—Yo soy, el que habla contigo. En esto llegaron sus discípulos y se maravillaron de verlo hablar con una mujer. Pero ninguno le preguntó qué buscaba o por qué hablaba con ella. La mujer dejó el cántaro, se fue a la aldea y dijo a los vecinos: —Venid a ver un hombre que me ha contado todo lo que yo he hecho: ¿no será el Mesías? Ellos salieron de la aldea y acudieron a él.

En aquella aldea muchos creyeron en él por lo que había contado la mujer, afirmando que le había contado todo lo que ella había hecho. Los samaritanos acudieron a él y le rogaban que se quedara con ellos. Se quedó allí dos días, y muchos más creyeron en él, a causa de su palabra; y decían a la mujer:
—Ya no creemos por lo que nos has contado, pues nosotros mismos hemos escuchado y sabemos que éste es realmente el salvador del mundo.