Sobre Juan 14, 15-21
Hay palabras de Jesús que una persona no escucha solo con la cabeza. Las escucha desde dentro. Desde las heridas. Desde aquello que lleva años intentando esconder o entender. Y esta frase —“no os dejaré huérfanos”— siempre me golpea ahí.
Porque yo sí me sentí muchas veces huérfano. No de Dios, curiosamente. De la Iglesia, quizá sí. O al menos de una Iglesia concreta, incapaz de mirarme sin sospecha. Crecí creyendo que había algo defectuoso en mí. Algo que me alejaba de Jesús. Nadie me lo decía siempre de forma directa; a veces bastaba un sermón, una risa, un silencio incómodo o aquella obsesión enfermiza con “los pecados del sexto mandamiento”. Uno termina aprendiendo pronto qué partes de sí mismo debe callar para poder quedarse.
Y aun así, nunca fui capaz de dejar de sentir a Dios cerca.
Eso es lo que todavía hoy me desconcierta. Porque hubo épocas en las que todo parecía empujarme hacia fuera, pero al mismo tiempo había algo profundamente íntimo que me sostenía. Una especie de certeza tranquila, difícil de explicar, que me decía: “aunque otros no sepan verlo, yo sigo aquí”.
No siempre vi a Jesús con claridad. Hubo años de miedo, de armario, de culpa y de una soledad enorme. A veces pensaba que la fe consistía en aguantar, en resistir escondido, en sobrevivir sin hacer demasiado ruido. Pero incluso ahí, cuando más perdido estaba, seguía notando algo parecido a una caricia. Como si Dios fuese capaz de atravesar toda la maraña de doctrinas, prejuicios y condenas para llegar hasta mí sin violencia.
Por eso este Evangelio me emociona tanto.
Jesús habla del Espíritu de la verdad. Y dice que el mundo no lo reconoce. Qué frase tan dura y tan real. Porque hay personas que llevan toda la vida hablando de Dios y, sin embargo, parecen incapaces de reconocerlo cuando aparece en quienes no encajamos en sus esquemas.
Nos han llamado desordenados, inmorales, escándalo, amenaza. Y aun así, muchas personas LGBTIQ+ seguimos creyendo. No porque nos hayan puesto fácil el camino, sino precisamente porque hemos aprendido a buscar a Dios donde parecía imposible encontrarlo.
A veces pienso que nuestra fe se parece mucho a esas plantas que nacen entre las grietas del asfalto. Nadie entiende cómo han sobrevivido ahí. Pero sobreviven.
Y quizá por eso desarrollamos una sensibilidad especial para distinguir la verdad del ruido. Sabemos cuándo una palabra viene de Dios y cuándo viene del miedo. Sabemos cuándo alguien habla desde el amor y cuándo utiliza a Dios para justificar su dureza.
Porque el Espíritu de la verdad no humilla. No arrincona. No obliga a nadie a odiarse para sentirse digno del amor de Dios.
Eso lo aprendí tarde. Pero lo aprendí.
Y cuando Jesús dice: “vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y está en vosotros”, siento que está describiendo exactamente esa experiencia. La de descubrir que Dios ya habitaba en mí incluso cuando yo dudaba de mi propia dignidad. Que nunca estuvo esperando a que cambiara para amarme. Que no necesitaba convertirme en otra persona para acercarme a Él.
Eso cambia la vida.
Porque entonces la fe deja de ser miedo y empieza a parecerse un poco más a la libertad.
No una libertad cómoda. Todavía hay demasiadas personas creyentes LGBTIQ+ viviendo escondidas, callando, sobreviviendo dentro de estructuras que muchas veces continúan expulsándolas con educación y sonrisa pastoral. Sigue habiendo miedo. Sigue habiendo armarios llenos de gente buena agotada de fingir.
Y no ayuda descubrir, una vez más, que dentro de la propia Iglesia todavía hay quienes parecen más preocupados por proteger silencios que por cuidar a las personas heridas. Como si el sufrimiento tuviera que mantenerse oculto para evitar incomodidades o preservar determinadas imágenes. Quienes hemos vivido tantos años escondiendo partes de nuestra vida sabemos bien lo que hace el silencio cuando deja de ser refugio y se convierte en imposición. Por eso duele tanto reconocer esa lógica también dentro de la comunidad que debería transparentar verdad, misericordia y cuidado.
Y por eso este texto también debería incomodar a quienes nunca tuvieron que preguntarse si Dios podía amarles tal como son.
Porque quizá el verdadero problema no sea la supuesta fragilidad de nuestra fe, sino la incapacidad de algunas comunidades cristianas para reconocer el Espíritu de Dios cuando sopla fuera de sus seguridades.
Aun así, aquí seguimos.
Creyendo.
Rezando.
Buscando.
Amando a Jesús incluso después de todo.
Y tal vez esa sea la prueba más clara de que nunca estuvimos huérfanos.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


