Sobre Juan 11
Algunos pasajes del Evangelio no se pueden leer sin que algo dentro se remueva profundamente. El relato de Lázaro es uno de ellos. No solo porque habla de la muerte y de la vida, sino porque lo hace también de lo que significa vivir encerrado… y nos dice de la voz que nos llama a salir.
Cuando leo este capítulo de Juan, no puedo evitar imaginar la escena: una tumba cerrada, una piedra pesada, un hombre envuelto en vendas. Todo está detenido, inmóvil, como si la historia hubiese terminado.
Y, sin embargo, Jesús llega y dice algo que rompe esa lógica: “Quitad la piedra.”
Durante muchos años, muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos sentido que también vivíamos detrás de una piedra. No necesariamente porque quisiéramos escondernos, sino porque el miedo, la culpa o el rechazo habían construido ese sepulcro alrededor de nuestra vida. El famoso “armario” del que tantas veces hablamos no es solo un espacio social. Es también, muchas veces, un sepulcro espiritual.
Con frecuencia he narrado esta experiencia: la de una fe que ha tenido que crecer en silencio, en soledad, incluso en medio de una profunda herida interior. Una fe que se ha preguntado muchas veces si realmente había lugar para nosotras y nosotros en la Iglesia o si nuestra vida estaba destinada a quedarse siempre detrás de esa piedra.
Por eso el gesto de Jesús me parece tan profundamente liberador. Jesús no habla primero de doctrina ni de normas. Jesús llama a la vida. Y lo hace con una voz que atraviesa la tumba:
“¡Lázaro, sal fuera!”
Me impresiona pensar que Lázaro sale todavía atado, enredado en las vendas de la muerte. El milagro no termina con la salida del sepulcro. Jesús añade algo que a veces pasa desapercibido:
“Desatadlo y dejadlo andar.”
Quizá ahí está una de las imágenes más potentes para comprender la realidad de muchas personas LGBTIQ+ en la Iglesia. Muchas, muchos hemos conseguido salir del sepulcro del miedo. Hemos reconciliado nuestra fe con nuestra identidad. Hemos descubierto que Dios no nos rechaza. Hemos escuchado la voz de Cristo llamándonos por nuestros nombres.
Pero todavía quedan vendas. Vendas hechas de prejuicios, de silencios incómodos, de discursos que siguen insinuando que nuestra vida es un problema. Vendas que a veces no permiten caminar con libertad dentro de la comunidad cristiana.
Por eso este Evangelio no solo habla de resurrección. Habla también de liberación comunitaria: Jesús no desata a Lázaro directamente sino que pide a la comunidad que lo haga.
Eso significa algo muy serio para la Iglesia. Significa que la tarea de desatar, de liberar, de devolver dignidad, no es opcional. Es parte del Evangelio. Si la comunidad no ayuda a quitar las vendas, el milagro queda incompleto.
El relato de Juan introduce también otra reacción. Mientras algunos, al ver lo ocurrido, creen, otros se alarman. Los dirigentes religiosos comienzan a preocuparse. El signo de vida que Jesús realiza no provoca solo alegría: provoca miedo.
Porque la vida verdadera siempre cuestiona las estructuras que se han acostumbrado a convivir con la muerte.
Y entonces aparece una decisión inquietante: empiezan a pensar que Jesús debe morir.
Este detalle del Evangelio me parece profundamente actual. A veces la Iglesia se conmueve ante el sufrimiento de las personas LGBTIQ+, pero cuando nuestra experiencia de fe empieza a reclamar espacio, reconocimiento y palabra, surgen también resistencias. Como si nuestra existencia creyente pusiera en crisis ciertas seguridades.
Sin embargo, el Evangelio es claro: lo que Jesús hace con Lázaro es una obra de Dios. No una amenaza. No un escándalo. Sí una obra de vida.
Por eso, a quienes formamos parte del colectivo LGBTIQ+ creyente, este relato nos recuerda algo importante: nuestra historia no es una historia de muerte. Aunque durante años hayamos vivido escondidos, aunque hayamos sentido el peso de la piedra o la dureza de las vendas, la última palabra no la tiene el sepulcro. La última palabra la tiene la voz de Cristo. Esa voz que sigue llamando a salir, a respirar, a caminar con dignidad.
Y a quienes no compartís nuestra experiencia —hermanos y hermanas heterosexuales en la fe— este Evangelio os deja una pregunta muy concreta: ¿estáis ayudando a quitar las vendas o dejando que sigan ahí?
Porque no basta con alegrarse de que alguien haya salido de la tumba. El Evangelio pide algo más: desatarlo y dejarlo andar.
La Iglesia necesita escuchar hoy esa palabra de Jesús. Necesita comprender que la vida que Él despierta no puede quedar a medio camino.
A veces pienso que muchas personas LGBTIQ+ creyentes somos como Lázaro saliendo de la tumba: todavía un poco torpes, todavía envueltos en vendas, pero profundamente vivos.
Y tal vez nuestra existencia sea, para la Iglesia, un signo incómodo… pero también una oportunidad. La oportunidad de aprender, una vez más, que el Dios de Jesús no es el guardián de los sepulcros. Es el Señor de la vida.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


