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enero 31, 2026

CXCIV. ¡DICHOS@S! ¡BIENAVENTURAD@S!


Sobre
Mateo 5, 1-12

Subo al monte con Jesús y no lo hago desde un lugar cómodo. Llego con mi historia LGBTIQ+ a cuestas, con lo que amo y con lo que me han hecho dudar de mí mismo. Me siento entre la gente y, antes incluso de escucharle, sé que no estoy en el centro. Estoy en el borde. En ese lugar donde muchas veces la Iglesia dice “te acogemos”, pero luego te pide que no hables demasiado alto, que no nombres lo que eres, que no muestres a quién amas.

Jesús empieza diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu”. Y algo dentro de mí se remueve. Porque he aprendido a vivir con las manos abiertas, no por virtud, sino por necesidad. Cuando te han dicho que tu manera de amar es un problema, aprendes pronto que no te salvas solo. Que necesitas a Dios de verdad, no como idea, sino como refugio. Y quizá ahí, en esa pobreza impuesta, el Reino ya ha empezado a abrirse paso.

“Bienaventurados los que lloran”. Pienso en todas las lágrimas silenciosas: las que no se ven en las sacristías, las que no entran en los documentos pastorales. Las lágrimas de quienes han sido expulsados, corregidos, tolerados sin ser reconocidos. Las de quienes siguen sentados en el último banco para no molestar. Jesús no las esquiva. No las espiritualiza. Dice que serán consolados. No mañana, no cuando cambien, sino así, tal como están.

Cuando escucho “bienaventurados los mansos”, me cuesta. Porque durante mucho tiempo nos han pedido mansedumbre como sinónimo de silencio. Nos han querido dóciles, agradecidos por las migajas de acogida. Pero Jesús no habla de sumisión. Habla de una fuerza que no necesita violencia, de una dignidad que no se impone, pero tampoco se esconde. Una mansedumbre que no renuncia a la verdad.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”. Aquí siento que me nombra del todo. Porque amar como persona LGBTIQ+ en la Iglesia no es solo resistir; es comprometerse. Es no conformarse con una acogida que no transforma nada. Es desear una Iglesia donde no tengamos que pedir permiso para existir, donde no se nos exija dividir la fe y la vida. Esa hambre duele, cansa, pero Jesús la llama bienaventuranza.

“Bienaventurados los misericordiosos”. Pienso en la paradoja: tantas veces hemos tenido que ser misericordiosos con una Iglesia que no siempre lo ha sido con nosotros. Hemos aprendido a mirar con compasión a quienes nos rechazan, a entender sus miedos, sus límites. Y aun así, seguimos pidiendo algo sencillo: no tolerancia, sino reconocimiento; no silencio, sino palabra compartida.

Cuando Jesús dice “bienaventurados los limpios de corazón”, respiro hondo. Porque demasiadas veces nos han hecho sentir sucios. Como si nuestro amor manchara, como si nuestro cuerpo fuese un problema. Pero la limpieza de corazón no tiene que ver con la orientación, sino con la verdad. Y yo sé que cuando amo con fidelidad, con cuidado, con entrega, ahí no hay suciedad. Ahí hay Evangelio.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz”. No los que evitan el conflicto, sino los que lo atraviesan sin renunciar al amor. Ser persona LGBTIQ+ creyente es, muchas veces, estar en medio: entre la fe y la herida, entre el compromiso y el cansancio. Trabajar por la paz no es callar para que todo siga igual, sino sostener la tensión con esperanza, creyendo que el Espíritu sigue empujando.

Y cuando Jesús termina diciendo: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia”, no puedo evitar sentir un nudo en la garganta. Porque hay persecuciones que no hacen ruido, que no salen en las noticias, pero que desgastan el alma: miradas, exclusiones sutiles, puertas que no se abren. Jesús no las minimiza. Las nombra. Y nos dice que el Reino también es nuestro.

Desde este margen escucho las bienaventuranzas no como consuelo barato, sino como una llamada. No a resignarme, sino a seguir caminando. A amar a la Iglesia sin dejar de decir la verdad. A comprometerme sin desaparecer. A creer, incluso cuando duele, que Dios no se equivoca al llamarnos bienaventurados.


En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

enero 24, 2026

CXCIII. DESDE EL MARGEN


Sobre
Mateo 4, 12-23

Siempre he sabido que mi lugar estaba en el margen. No por elección, sino porque allí me colocaron muchas veces: lejos del centro, de lo seguro, de lo que se considera correcto. Galilea suena a eso mismo: periferia, mezcla, sospecha. Un territorio donde parecía imposible que Dios habitara. Y, sin embargo, es desde ahí —desde el margen— donde todo comienza.

No en el templo ni en los espacios protegidos, sino en una tierra fronteriza. Cuando me reconozco como persona LGBTIQ+ creyente, comprendo que no estoy fuera del camino ni llegando tarde: estoy exactamente en ese margen desde el que Jesús decide iniciar su anuncio.

“Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca.” Durante años esa llamada me sonó a amenaza. Me la lanzaron como un reproche: conviértete de lo que eres, cambia lo que sientes, corrige tu cuerpo y tu deseo. Hoy la escucho de otra manera. Jesús no me pide que deje de ser quien soy, sino que cambie la mirada: que deje de creer que Dios me rechaza, que deje de vivir escondido, que deje de aceptar una fe que me condena. Mi conversión ha sido pasar del miedo a la confianza, de la vergüenza a la dignidad.

Jesús ve a los pescadores y los llama tal como están: trabajando, cansados, con las manos llenas de redes y de historias. No les pide currículum moral ni garantías previas. A mí también me ha mirado así, en medio de mis contradicciones, de mis heridas con la Iglesia, de mi deseo profundo de amar y ser amado. Y su llamada ha sido clara y desconcertante: “Sígueme”. No “corrígete y luego ven”, sino “ven conmigo ahora”.

Seguirle, siendo quien soy, no ha sido fácil. Ha implicado dejar redes muy pesadas: el silencio impuesto, la doble vida, la culpa interiorizada, la obediencia que mata. Y también ha implicado enfrentarme a una comunidad que a veces prefiere la seguridad de la norma antes que el riesgo del Evangelio. Aquí nace, para mí, el compromiso y la denuncia profética: no puedo seguir a Jesús y callar cuando su nombre se usa para humillar, excluir o deshumanizar a personas como yo.

Jesús recorre Galilea anunciando la Buena Noticia y sanando. No separa palabra y gesto. Eso me interpela profundamente. Como cristiano LGBTIQ+, siento que mi fe me empuja a decir en voz alta que no somos un problema que tolerar, sino un don que acoger; que nuestras vidas también revelan el rostro de Dios; que la Iglesia se empobrece cada vez que nos niega un lugar pleno. Callar ante la injusticia sería traicionar al Jesús que camina, que toca, que se acerca.

Esta fe mía es frágil, a veces cansada, pero también obstinadamente esperanzada. Creo en un Jesús que sigue pasando por nuestras orillas y nos sigue llamando. Creo en una Iglesia que todavía puede convertirse al Evangelio que proclama. Y creo que nuestra presencia visible, creyente y comprometida no es una amenaza, sino una llamada urgente: el Reino está cerca cuando nadie queda fuera.


Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retirá a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos,porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

enero 17, 2026

CXCII. DAR TESTIMONIO


Sobre
Juan 1, 29-34

Acercándome a este pasaje de Juan, lo primero que resuena en mí no es una idea, sino una pregunta que se repite con insistencia: ¿Quién eres tú? Dejo que esa pregunta me alcance, que atraviese mis defensas, que toque lo más hondo de mi historia. Y descubro que no es solo la pregunta que le hacen a Juan; es la que ha acompañado mi vida como cristiano homosexual desde muy joven.

Durante años he intentado responder desde lugares que no eran verdaderos. He querido ser lo que se esperaba de mí para no desentonar, para no perder afectos, para no ser motivo de escándalo. He asumido identidades construidas desde el miedo y la culpa, y con el tiempo he aprendido a reconocer que esas respuestas me dejaban dividido por dentro, inquieto, sin paz. No daban vida.

Juan responde negando lo que no es. No se apropia de títulos, no se coloca en el centro. Hay en él una libertad que me interpela profundamente: no necesita afirmarse porque sabe para quién vive. Solo cuando se vacía de lo que no le pertenece puede decir con verdad quién es: una voz. Nada más. Nada menos. Y al acoger esa palabra, siento que también yo estoy llamado a dejar de definirme desde la herida y empezar a nombrarme desde la misión.

Juan dice: “En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis”. Esta frase me confronta. Cuántas veces Jesús ha estado en medio de mi vida —en mis deseos, en mis afectos, en mi cuerpo, en mi fe sostenida a contracorriente— y yo mismo he dudado de su presencia. O peor aún: me han enseñado a desconfiar de ella. Y he aprendido a distinguir que esa desconfianza no venía de Dios, porque me llevaba al desánimo, al encogimiento, a una culpa estéril que no transformaba nada.

Cuando Juan señala a Jesús y proclama: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, algo se recoloca dentro de mí. Durante mucho tiempo creí que yo era ese pecado que debía ser eliminado. Hoy puedo decir con mayor claridad que el pecado del mundo es todo aquello que me separaba de Dios haciéndome odiarme, negarme, esconderme. Los discursos religiosos que me expulsaban interiormente no podían venir de Jesús, porque no generaban vida, sino miedo.

Jesús aparece como Cordero: sin violencia, sin imposición, sin superioridad moral. Me quedo mirando su manera de estar, su vulnerabilidad asumida, su forma de amar sin defenderse. Y noto cómo algo en mí se aquieta. Yo no estoy llamado a vivir mi fe desde la dureza ni desde la revancha. Eso me deja tenso, reactivo, encerrado. En cambio, cuando me dejo atraer por la mansedumbre del Cordero, aparece una paz honda, no ingenua, pero real.

Juan da testimonio de algo decisivo: vio al Espíritu descender y permanecer. Esa permanencia sostiene mi fe. El Espíritu no pasó de largo por mi vida cuando me nombré homosexual, ni cuando me sentí expulsado, ni cuando cuestioné palabras y actitudes que me herían profundamente. Permaneció. Y donde el Espíritu permanece, hay fidelidad de Dios, aunque muchas veces cueste reconocerla en la Iglesia.

Hoy, al mirar mi camino con honestidad, puedo decir que mi fe ha sido probada, purificada, despojada de muchas seguridades. Y desde ahí siento una llamada clara: no ponerme en el centro, no anunciarme a mí mismo, sino señalar. Como Juan. Señalar al Cordero que sigue quitando el pecado del mundo cuando libera conciencias, cuando devuelve dignidad, cuando reconcilia a las personas LGBTIQ+ con Dios.

Mi compromiso como cristiano homosexual nace de aquí: buscar a Dios en mi historia concreta, también en mi orientación sexual, y ayudar a otros a descubrir que Él ya está ahí. Vivir descentrado de mí para que Jesús sea el centro. Dar testimonio no desde la rabia, sino desde la experiencia vivida y atravesada.

Porque solo de eso puedo hablar con verdad: de lo que he visto, de lo que he experimentado, de lo que ha ido transformando mi vida poco a poco. Y desde ahí confieso, con temor y con gratitud, que Jesús sigue estando en medio de nosotros, aunque muchas veces no sepamos reconocerlo.


En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.

Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».