Vistas de página en total

febrero 07, 2026

CXCV. SER LUZ Y SER SAL


Sobre
Mateo 5, 13-16

Cuando escucho a Jesús decir “vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo”, no lo percibo como una consigna genérica dirigida a otros, sino como una palabra que me alcanza personalmente, tal como soy, también en mi identidad LGBTIQ+. En la oración, dejo que esa frase repose en mí, que descienda al lugar donde se cruzan mi fe, mis afectos y mi historia en la Iglesia. Y ahí descubro algo consolador: Jesús no dice “deberíais ser”, sino “sois”. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier ajuste, hay una confianza puesta en nosotros.

Durante mucho tiempo me costó creer que las personas LGBTIQ+ creyentes pudiéramos ser sal y luz dentro de la Iglesia. Pensaba que, con suerte, podríamos ser toleradas, discretas, casi invisibles. Pero al mirar con más hondura mi experiencia de fe, al hacer memoria de los momentos en que me he sentido más vivo espiritualmente, reconozco que precisamente ahí —en la intemperie, en la búsqueda, en la fidelidad sostenida a pesar de todo— Dios estaba actuando con más fuerza. Y eso deja una huella. Eso da sabor.

Ser sal en la Iglesia, desde mi experiencia, no significa corregir a nadie desde arriba, sino preservar lo esencial del Evangelio: la misericordia, la verdad encarnada, la dignidad de cada persona. La sal actúa en silencio, pero transforma. Muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos aprendido a amar la Iglesia sin idealizarla, a permanecer sin dejar de ser críticas, a cuidar la fe común incluso cuando no siempre hemos sido cuidadas. En ese amor perseverante hay un sabor evangélico que no debería perderse.

Y ser luz… no como quien deslumbra, sino como quien acompaña. La luz no hace ruido, pero orienta. No se impone, pero permite ver. Cuando una persona LGBTIQ+ vive su fe con sencillez, sin esconderse ni confrontar desde la herida, se convierte en una pequeña lámpara encendida en medio de muchas sombras: la sombra del miedo, de la culpa, del silencio impuesto. Esa luz no nace del orgullo, sino de una vida reconciliada, de haber hecho el camino interior de integrar fe e identidad.

Desde ahí, mi compromiso como cristiano LGBTIQ+ se va clarificando. No se trata de ocupar espacios por reivindicación, sino de habitar la Iglesia con verdad. De preguntarme cada día, con honestidad: ¿qué me acerca más al modo de Jesús?, ¿qué me da paz honda y qué me la roba?, ¿dónde soy más fiel al Evangelio? Y al reconocer esas mociones interiores, descubro que cuando vivo desde la confianza y no desde el miedo, cuando sirvo y no me escondo, cuando comparto mi fe sin justificarme, algo se ilumina también para otros.

Jesús dice que la luz sirve para que “vean vuestras obras y glorifiquen al Padre”. No para que nos miren a nosotras, a nosotros, sino para que, a través de nuestras vidas, se transparente Dios. Creo sinceramente que las personas LGBTIQ+ creyentes podemos ayudar a la Iglesia a volver a lo esencial, a gustar de nuevo la alegría del Evangelio, a ensanchar el corazón. No porque seamos mejores, sino porque hemos tenido que buscar con más profundidad, discernir con más cuidado, confiar contra muchas evidencias.

Ser sal y luz en la Iglesia hoy, como personas LGBTIQ+, es una llamada hermosa y exigente. Nos invita a vivir sin dividirnos por dentro, a ofrecer lo que somos para el bien común, a poner nuestra experiencia al servicio de una Iglesia más evangélica. Y en esa entrega, humilde pero firme, descubro que Dios sigue obrando, para su mayor gloria y para el bien de todas y de todos.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

enero 31, 2026

CXCIV. ¡DICHOS@S! ¡BIENAVENTURAD@S!


Sobre
Mateo 5, 1-12

Subo al monte con Jesús y no lo hago desde un lugar cómodo. Llego con mi historia LGBTIQ+ a cuestas, con lo que amo y con lo que me han hecho dudar de mí mismo. Me siento entre la gente y, antes incluso de escucharle, sé que no estoy en el centro. Estoy en el borde. En ese lugar donde muchas veces la Iglesia dice “te acogemos”, pero luego te pide que no hables demasiado alto, que no nombres lo que eres, que no muestres a quién amas.

Jesús empieza diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu”. Y algo dentro de mí se remueve. Porque he aprendido a vivir con las manos abiertas, no por virtud, sino por necesidad. Cuando te han dicho que tu manera de amar es un problema, aprendes pronto que no te salvas solo. Que necesitas a Dios de verdad, no como idea, sino como refugio. Y quizá ahí, en esa pobreza impuesta, el Reino ya ha empezado a abrirse paso.

“Bienaventurados los que lloran”. Pienso en todas las lágrimas silenciosas: las que no se ven en las sacristías, las que no entran en los documentos pastorales. Las lágrimas de quienes han sido expulsados, corregidos, tolerados sin ser reconocidos. Las de quienes siguen sentados en el último banco para no molestar. Jesús no las esquiva. No las espiritualiza. Dice que serán consolados. No mañana, no cuando cambien, sino así, tal como están.

Cuando escucho “bienaventurados los mansos”, me cuesta. Porque durante mucho tiempo nos han pedido mansedumbre como sinónimo de silencio. Nos han querido dóciles, agradecidos por las migajas de acogida. Pero Jesús no habla de sumisión. Habla de una fuerza que no necesita violencia, de una dignidad que no se impone, pero tampoco se esconde. Una mansedumbre que no renuncia a la verdad.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”. Aquí siento que me nombra del todo. Porque amar como persona LGBTIQ+ en la Iglesia no es solo resistir; es comprometerse. Es no conformarse con una acogida que no transforma nada. Es desear una Iglesia donde no tengamos que pedir permiso para existir, donde no se nos exija dividir la fe y la vida. Esa hambre duele, cansa, pero Jesús la llama bienaventuranza.

“Bienaventurados los misericordiosos”. Pienso en la paradoja: tantas veces hemos tenido que ser misericordiosos con una Iglesia que no siempre lo ha sido con nosotros. Hemos aprendido a mirar con compasión a quienes nos rechazan, a entender sus miedos, sus límites. Y aun así, seguimos pidiendo algo sencillo: no tolerancia, sino reconocimiento; no silencio, sino palabra compartida.

Cuando Jesús dice “bienaventurados los limpios de corazón”, respiro hondo. Porque demasiadas veces nos han hecho sentir sucios. Como si nuestro amor manchara, como si nuestro cuerpo fuese un problema. Pero la limpieza de corazón no tiene que ver con la orientación, sino con la verdad. Y yo sé que cuando amo con fidelidad, con cuidado, con entrega, ahí no hay suciedad. Ahí hay Evangelio.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz”. No los que evitan el conflicto, sino los que lo atraviesan sin renunciar al amor. Ser persona LGBTIQ+ creyente es, muchas veces, estar en medio: entre la fe y la herida, entre el compromiso y el cansancio. Trabajar por la paz no es callar para que todo siga igual, sino sostener la tensión con esperanza, creyendo que el Espíritu sigue empujando.

Y cuando Jesús termina diciendo: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia”, no puedo evitar sentir un nudo en la garganta. Porque hay persecuciones que no hacen ruido, que no salen en las noticias, pero que desgastan el alma: miradas, exclusiones sutiles, puertas que no se abren. Jesús no las minimiza. Las nombra. Y nos dice que el Reino también es nuestro.

Desde este margen escucho las bienaventuranzas no como consuelo barato, sino como una llamada. No a resignarme, sino a seguir caminando. A amar a la Iglesia sin dejar de decir la verdad. A comprometerme sin desaparecer. A creer, incluso cuando duele, que Dios no se equivoca al llamarnos bienaventurados.


En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

enero 24, 2026

CXCIII. DESDE EL MARGEN


Sobre
Mateo 4, 12-23

Siempre he sabido que mi lugar estaba en el margen. No por elección, sino porque allí me colocaron muchas veces: lejos del centro, de lo seguro, de lo que se considera correcto. Galilea suena a eso mismo: periferia, mezcla, sospecha. Un territorio donde parecía imposible que Dios habitara. Y, sin embargo, es desde ahí —desde el margen— donde todo comienza.

No en el templo ni en los espacios protegidos, sino en una tierra fronteriza. Cuando me reconozco como persona LGBTIQ+ creyente, comprendo que no estoy fuera del camino ni llegando tarde: estoy exactamente en ese margen desde el que Jesús decide iniciar su anuncio.

“Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca.” Durante años esa llamada me sonó a amenaza. Me la lanzaron como un reproche: conviértete de lo que eres, cambia lo que sientes, corrige tu cuerpo y tu deseo. Hoy la escucho de otra manera. Jesús no me pide que deje de ser quien soy, sino que cambie la mirada: que deje de creer que Dios me rechaza, que deje de vivir escondido, que deje de aceptar una fe que me condena. Mi conversión ha sido pasar del miedo a la confianza, de la vergüenza a la dignidad.

Jesús ve a los pescadores y los llama tal como están: trabajando, cansados, con las manos llenas de redes y de historias. No les pide currículum moral ni garantías previas. A mí también me ha mirado así, en medio de mis contradicciones, de mis heridas con la Iglesia, de mi deseo profundo de amar y ser amado. Y su llamada ha sido clara y desconcertante: “Sígueme”. No “corrígete y luego ven”, sino “ven conmigo ahora”.

Seguirle, siendo quien soy, no ha sido fácil. Ha implicado dejar redes muy pesadas: el silencio impuesto, la doble vida, la culpa interiorizada, la obediencia que mata. Y también ha implicado enfrentarme a una comunidad que a veces prefiere la seguridad de la norma antes que el riesgo del Evangelio. Aquí nace, para mí, el compromiso y la denuncia profética: no puedo seguir a Jesús y callar cuando su nombre se usa para humillar, excluir o deshumanizar a personas como yo.

Jesús recorre Galilea anunciando la Buena Noticia y sanando. No separa palabra y gesto. Eso me interpela profundamente. Como cristiano LGBTIQ+, siento que mi fe me empuja a decir en voz alta que no somos un problema que tolerar, sino un don que acoger; que nuestras vidas también revelan el rostro de Dios; que la Iglesia se empobrece cada vez que nos niega un lugar pleno. Callar ante la injusticia sería traicionar al Jesús que camina, que toca, que se acerca.

Esta fe mía es frágil, a veces cansada, pero también obstinadamente esperanzada. Creo en un Jesús que sigue pasando por nuestras orillas y nos sigue llamando. Creo en una Iglesia que todavía puede convertirse al Evangelio que proclama. Y creo que nuestra presencia visible, creyente y comprometida no es una amenaza, sino una llamada urgente: el Reino está cerca cuando nadie queda fuera.


Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retirá a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos,porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.