Vistas de página en total

julio 16, 2026

CCXIX. ARRANCANDO A DIOS


Sobre
 Mateo 13, 24-43

Hay una tentación que me acompaña casi desde siempre: creer que el mal tiene siempre el rostro del otro. Que la cizaña son quienes señalan, excluyen, condenan o levantan muros. Y, sin embargo, cuando escucho esta parábola de Jesús, descubro algo mucho más incómodo. La mala semilla no solo crece en quienes hacen daño. También puede echar raíces dentro de mí.

Durante demasiado tiempo me hicieron creer que la cizaña era yo. Que mi orientación sexual era un error de la creación, una anomalía que Dios tendría que arrancar algún día para dejar limpio su campo. Escuché demasiadas veces que no había sitio para personas como yo en el Reino. Y lo peor no fueron esas palabras. Lo peor fue que llegué a creerlas.

Pero Jesús rompe esa lógica. No señala dónde está la cizaña. Ni siquiera permite que sus discípulos se conviertan en jueces. Les prohíbe arrancarla. Porque quien vive obsesionado con separar a los buenos de los malos termina destruyendo también el trigo.

Y no puedo evitar pensar en cuánta buena semilla ha sido arrancada de nuestras comunidades cristianas en nombre de una falsa pureza. Personas expulsadas de los sacramentos. Jóvenes obligados a esconderse para no perder a su familia o a su grupo parroquial. Catequistas apartados. Sacerdotes silenciados por acompañar con misericordia. Creyentes LGBTIQ+ que acabaron convencidos de que Dios los soportaba, pero nunca los amaría plenamente.

Todo eso también es cizaña. Pero no la que Dios sembró.

Me impresiona que Jesús atribuya esa siembra al enemigo. Porque el odio nunca viene de Dios. Tampoco el miedo. Ni la humillación. Ni las teologías que convierten el Evangelio en un filtro para decidir quién merece sentarse a la mesa y quién debe quedarse fuera.

A veces me pregunto en cuántas ocasiones seguimos colaborando con ese enemigo cuando utilizamos la Biblia para herir, cuando defendemos estructuras que producen sufrimiento en nombre de la fidelidad, cuando preferimos una Iglesia impecable antes que una Iglesia compasiva.

Jesús parece mucho menos preocupado por la presencia de la cizaña que nosotros. Él sabe que el trigo sigue creciendo incluso rodeado de ella. La gracia siempre encuentra la manera de abrirse paso.

Eso me llena de esperanza.

Porque, a pesar de todo lo vivido, mi fe no dejó de crecer. Lo hizo lentamente, muchas veces entre lágrimas, otras entre dudas, casi siempre desde los márgenes. Descubrí que Dios no me pedía dejar de ser quien soy para poder amarme. Al contrario. Era precisamente desde mi verdad donde Él seguía sembrando vida.

Por eso hoy me inquietan quienes dedican más tiempo a buscar cizaña que a cuidar el trigo. Quienes convierten la vigilancia doctrinal en su vocación y olvidan que el Reino se parece a un campo donde Dios sigue confiando en la libertad humana incluso cuando esta duele.

Quizá el verdadero milagro de esta parábola no sea que un día desaparezca la cizaña. Quizá el milagro sea que el trigo nunca deja de crecer.

Y ese trigo lo sigo viendo cada día. En tantas personas creyentes LGBTIQ+ que, después de haber sido heridas por la Iglesia, continúan amando a Jesús con una fidelidad que desarma. En quienes siguen celebrando, acompañando, sirviendo y esperando contra toda esperanza. En quienes han decidido no devolver odio por odio, sino Evangelio por Evangelio.

Ellos y ellas son la prueba de que nadie puede impedir que la buena semilla dé fruto cuando quien la sembró es Dios.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de cuestionarnos quién es la cizaña y empezar a preguntarnos si nuestras palabras, nuestras comunidades y nuestras decisiones ayudan a que el trigo crezca... o si, creyendo defender el campo de Dios, llevamos demasiado tiempo arrancando precisamente aquello que Él nunca dejó de sembrar.

Arrancando a Dios: Cada vez que una comunidad expulsa, humilla o condena a una persona en nombre de la pureza, puede estar arrancando precisamente el trigo que Dios sembró.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?» Él les dijo: «Un enemigo lo ha hecho.» Los criados le preguntaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.»»
Les propuso esta otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»
Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.»
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré los secretos desde la fundación del mundo.»
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.»
Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará sus ángeles y arrancarán de su reino a todos los corruptos y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. El que tenga oídos, que oiga.»

julio 10, 2026

CCXVIII. MALA SEMILLA


Sobre
Mateo 13, 1-23

Siempre me ha atravesado esta parábola de Jesús. Quizá porque durante mucho tiempo pensé que hablaba solo de mí. Que yo era esa tierra llena de piedras, de zarzas, de caminos endurecidos donde la Palabra de Dios no podía crecer. Durante años escuché tantas veces que algo en mí no era correcto, que terminé creyendo que quizá la semilla de Dios nunca podría echar raíces en un corazón como el mío.

Pero con el paso del tiempo, con las heridas sanadas por el amor de un Dios mucho más grande que nuestros miedos, he descubierto otra lectura. Quizá Jesús no solo me pregunta qué tipo de tierra soy. Quizá también me pregunta qué tipo de sembrador quiero ser. Qué semillas dejo caer sobre la vida de los demás.

Porque hay semillas que curan y semillas que hieren. Hay palabras que levantan y palabras que entierran. Hay mensajes que anuncian el Reino y otros que, aunque se pronuncien en nombre de Dios, dejan tras de sí campos llenos de dolor.

Lo sabemos muy bien muchas personas LGBTIQ+ creyentes. Durante demasiado tiempo se sembró en nuestra tierra miedo, culpa y vergüenza. Nos dijeron que nuestra forma de amar nos alejaba de Dios, que nuestra identidad era una carga, una desviación, una amenaza. Algunos crecimos intentando arrancar de nuestra propia tierra aquello que, en realidad, Dios mismo había sembrado.

Por eso duele profundamente escuchar a un pastor de la Iglesia relacionar el Orgullo LGBTIQ+ con “el pecado de Satán”. Duele porque detrás de esa palabra “Orgullo” no hay soberbia ni deseo de ocupar el lugar de Dios. No hay un ser humano diciendo “puedo ser lo que quiera” desde el capricho o la arrogancia. Hay muchas veces una persona rota susurrando, después de años de oscuridad: “por fin puedo ser quien soy”.

El Orgullo nació precisamente donde antes habían sembrado vergüenza. Es la respuesta de quienes fueron obligados a esconderse, a callar, a pedir perdón por existir. Es la celebración de quienes un día descubrieron que su vida no era un error que corregir, sino una semilla de Dios llamada a crecer.

Y sí, claro que como creyente sé que existe un orgullo que nos aleja del Evangelio: el orgullo del poderoso que desprecia, el del que se cree dueño de la verdad, el del que carga pesos insoportables sobre los hombros de otros sin mover un dedo para ayudar. Ese orgullo sí seca la tierra. Ese orgullo sí impide que germine la semilla del Reino.

Pero abrazar la propia dignidad no es pecado. Levantarse después de haber sido humillado no es soberbia. Decir “soy hijo amado, soy hija amada de Dios” no es rebelarse contra el Creador; es reconocer su obra.

Quizá deberíamos preguntarnos qué frutos producen nuestras semillas. Jesús dijo que el árbol se conoce por sus frutos. Cuando una palabra pronunciada desde un púlpito provoca lágrimas, heridas antiguas, alejamiento de Dios o la sensación de no tener sitio en la Iglesia, deberíamos preguntarnos sinceramente si esa semilla procede del Evangelio.

Porque la buena semilla siempre acaba dando vida.

La semilla que Jesús sembraba hacía levantarse a quienes otros condenaban. Devolvía nombre a quienes eran tratados como pecadores. Sentaba a la mesa a quienes la religión había dejado fuera. Jesús nunca arrancó una flor porque creciera en un lugar inesperado.

Hoy sigo creyendo en esa Iglesia que puede ser tierra buena. Una Iglesia donde ninguna persona LGBTIQ+ tenga que esconder su historia para acercarse a Dios. Una Iglesia que deje de sembrar sospecha y empiece a sembrar acogida. Una Iglesia que descubra que en muchos de esos márgenes que tanto teme ya están creciendo frutos del Reino.

Porque durante años pensé que mi vida era una tierra equivocada.

Hasta que Dios me hizo comprender que Él nunca dejó de sembrar en mí.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»


julio 03, 2026

CCXVII. YUGO LIGERO


Sobre
 
Mateo 11, 25-30


¿No nos llama algo la atención en todo esto? Jesús no invita a los fuertes. No llama a quienes tienen todas las respuestas. No busca a quienes aparentan una fe impecable. Dice simplemente: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados».

Y durante demasiados años yo viví exactamente así.

No estaba cansado de Dios. Estaba cansado de intentar convencer a otros de que Dios podía quererme tal como soy. Agotado de esconder una parte de mi vida para no perder el cariño de quienes más quería. Exhausto de escuchar que mi orientación sexual era un problema que resolver, una cruz que soportar o una herida que curar. El peso no era mi homosexualidad. El peso era el armario. El peso eran las miradas. El peso era el miedo. El peso era una religión que, demasiadas veces, había olvidado el corazón de Jesús para quedarse únicamente con la letra.

Por eso, cuando escucho a Jesús decir que su yugo es ligero, no entiendo que la vida vaya a dejar de doler. Lo que comprendo es que Él no añade cargas. Las quita.

Qué diferencia tan enorme existe entre el Jesús del Evangelio y quienes siguen colocando sobre los hombros de tantas personas LGBTIQ+ fardos insoportables. Aún hoy hay jóvenes que abandonan la fe porque les han hecho creer que Dios les rechaza. Hay familias que rompen vínculos en nombre de la moral. Hay comunidades cristianas donde el silencio pesa más que el Evangelio. Hay pastores que hablan continuamente de pureza mientras olvidan la misericordia. Y eso no puede llamarse Buena Noticia.

Jesús da gracias al Padre porque estas cosas se revelan a la gente sencilla. Quizá porque quien ha sido herido por la vida aprende a reconocer mejor la ternura cuando aparece. Quien ha llorado mucho distingue enseguida una mano que no golpea, sino que sostiene.

Este fin de semana miles de personas recorrerán las calles de Madrid celebrando el Orgullo LGBTIQ+.  Algunos seguirán pensando que se trata únicamente de una fiesta. Yo veo algo mucho más profundo. Veo a personas que un día fueron obligadas a esconderse y que hoy caminan con la cabeza levantada. Veo memoria de quienes no pudieron hacerlo. Veo gratitud por quienes abrieron camino. Veo una afirmación sencilla y profundamente evangélica: nadie debería avergonzarse de la vida que Dios ha tejido en su interior.

Como creyente, también siento que el Orgullo tiene algo de peregrinación. No hacia un lugar, sino hacia la verdad. Es el largo camino que va desde el miedo hasta la libertad. Desde el armario hasta la luz. Desde la culpa impuesta hasta la paz de saberse hijo amado de Dios.

Y quizá sea precisamente eso lo que algunos no soportan: que una persona LGBTIQ+ pueda caminar erguida, creyente, libre y agradecida. Que pueda llevar una bandera arcoíris sobre los hombros sin dejar por ello de cargar el Evangelio en el corazón. Que pueda proclamar que Jesucristo nunca le pidió esconder quién era, sino amar más y mejor.

Yo ya no quiero cargar con yugos que Jesús nunca fabricó.

Prefiero caminar con Él.

Porque su yugo no aplasta.

Libera.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»