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octubre 10, 2026

CCXXVIII. ¡ENSANCHEMOS LA MESA!


¡Basta de esperar a que nos hagan un hueco! Dios nos ha invitado a su mesa, aunque algunos sigan empeñados en decidir quién merece sentarse. Las personas LGBTIQ+ creyentes no estamos llamadas a conformarnos con ser toleradas, sino a transformar la Iglesia desde dentro. Porque no se trata solo de ocupar nuestro sitio. Se trata de ensanchar la mesa hasta que nadie vuelva a quedarse fuera.

Sobre el evangelio de Mateo 22, 1-14

...pero también del libro de Isaías 25, 6-10a, el Salmo 22, 1-6 y la carta de Pablo a los Filipenses 4, 12-14.19-20

(Ciclo A, XXVIII domingo del Tiempo Ordinario)

Durante mucho tiempo llegué a pensar que, para sentarme a la mesa de Dios, tenía que dejar una parte de mí fuera. Como si mi homosexualidad fuese algo que debía esconder, disimular un poco, para poder entrar sin molestar a nadie. Por eso, cuando escucho a Jesús contar que el rey mandó buscar invitados a los cruces de los caminos, no puedo evitar sonreír. ¡También venían a buscarnos a nosotros! Y lo mejor es que no teníamos que demostrar nada para recibir la invitación.

Conozco bien esos cruces. Son esos lugares donde tantas personas LGBTIQ+ creyentes hemos permanecido esperando, mientras otras se arrogaban el derecho de decidir si éramos suficientemente dignas para formar parte de la Iglesia. Cuántas condiciones, cuántas advertencias y cuántas invitaciones, más o menos disimuladas, a permanecer invisibles. Sin embargo, el Evangelio no deja lugar a muchas dudas: el rey manda llamar a cuantos encuentren. A todos. Sin interrogatorios, sin certificados de buena conducta, sin exigirles que sean otras personas. Dios invita a quienes algunos se empeñan en dejar fuera. Y nadie debería atreverse a cerrar una puerta que Cristo ha abierto.

Isaías nos habla de un banquete preparado para todos los pueblos, donde Dios arrancará los velos y enjugará las lágrimas de todos los rostros. Me emociona imaginar una Iglesia así, donde nadie tenga que esconder a la persona que ama, ni bajar la voz al hablar de su vida, ni sentirse bajo sospecha por ser quien es. Y es que hay una enorme diferencia entre acoger de verdad y permitir que alguien entre con la condición de que no se note demasiado su presencia. No queremos que nos toleren como si fuésemos una molestia inevitable. Queremos vivir con naturalidad la dignidad y el lugar que Dios nunca nos ha negado.

Luego está aquel invitado que aparece sin traje de fiesta. Reconozco que es una escena difícil y que, leída desde el miedo, podría servir para volver a señalarnos. Pero cada vez estoy más convencido de que el vestido que Dios espera no tiene nada que ver con esconder nuestra identidad, fingir una vida que no es la nuestra o someternos a una obediencia sin preguntas. Tiene que ver con la misericordia, con la justicia, con nuestra manera de tratar a los demás. Porque, seamos claros, también se puede entrar en un templo revestido de solemnidad y llevar el corazón desnudo de Evangelio. Y resulta especialmente doloroso cuando se recurre a palabras religiosas para justificar el desprecio, o se presentan los propios prejuicios como si fueran la voluntad de Dios.

El salmista dice que el Señor prepara una mesa ante sus adversarios y que su copa rebosa. ¡Cuántas veces he vuelto a esas palabras para recordar que mi sitio junto a Jesús no depende de la aprobación de nadie! Pablo, por su parte, nos habla de su experiencia de escasez y abundancia, y de la fortaleza que encuentra en Cristo. Algo sabemos también nosotros de eso. Hemos pasado por momentos de soledad, de incomprensión, incluso de ganas de marcharnos y no volver. Pero aquí seguimos. Con nuestras dudas, nuestras pequeñas cicatrices y, sobre todo, con una fe que se ha ido haciendo más nuestra. No seguimos aquí porque nos guste sufrir. Seguimos porque amamos a Dios y porque esta Iglesia también es nuestra casa.

Y hoy quisiera hablar especialmente a mis hermanas y hermanos LGBTIQ+ creyentes. ¿Y si dejamos de esperar a que alguien nos dé permiso para sentarnos y empezamos a ocupar, con alegría y sin complejos, el lugar que Dios nos ha preparado? ¿Y si todo lo que hemos vivido, incluso aquello que nos hizo tambalear, puede convertirse ahora en un regalo para nuestra Iglesia? Tenemos mucho que aportar. Nuestra experiencia de fe, nuestra manera de amar, la sensibilidad que hemos desarrollado para reconocer a quienes sufren, nuestra capacidad de levantarnos y volver a empezar. No estamos aquí para agradecer eternamente que nos dejen pasar. Somos Iglesia. Y tenemos mucho que decir, mucho que compartir y bastante trabajo por delante.

Así que ¡vayamos a la fiesta! Entremos con nuestros afectos, con nuestras historias, con las personas que amamos y con nuestras ganas de construir algo hermoso. Que se escuchen nuestras voces en los templos, que compartamos el pan y que sepamos acercarnos a quienes todavía viven su fe a escondidas, quizá convencidos de que Dios no puede quererles tal como son. Denunciemos, por supuesto, las palabras que humillan, las normas que excluyen y esas actitudes que tienen tan poco que ver con Jesús. Pero procuremos hacerlo sin quedarnos atrapados en el resentimiento. No se trata de cambiar quién manda ni de conquistar un pequeño espacio de privilegio. Se trata de que nadie, absolutamente nadie, vuelva a sentirse extranjero en la casa de Dios.

La verdad es que sigo amando profundamente a esta Iglesia. Con sus luces y sus sombras, con todo lo que me ha dado y también con lo que tantas veces me ha dolido. Y precisamente porque la quiero, me resisto a aceptar que se convierta en una especie de fortaleza, preocupada por vigilar quién entra y quién sale, mientras Jesús continúa recorriendo los caminos en busca de invitados. Una Iglesia que nos pide esconder el amor para poder hablar de Dios necesita volver a escuchar el Evangelio. Y nosotros, con nuestra presencia y nuestro testimonio, podemos ayudar a que eso ocurra.

La fiesta ya ha comenzado. No tiene mucho sentido seguir esperando en la puerta, mirando hacia dentro como si todo aquello no fuese también nuestro. Entremos con lo que somos, con nuestras mejores galas, con nuestras ganas de vivir y con toda la esperanza que seamos capaces de reunir. Y, una vez dentro, no nos olvidemos de salir a buscar a quienes todavía no se atreven a acercarse.

Porque Dios no nos ha invitado solamente para que encontremos nuestro sitio en la mesa. Nos ha llamado también para que ayudemos a hacerla más grande.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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La mesa también se ensancha con tu voz. ¿Qué tienes tú que aportar?

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Del evangelio de Mateo 22,1-14

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.» Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: «La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.» Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?» El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»


Lo que más me interpela de Isaías 25,6-10a: «El Señor preparará para todos los pueblos un festín de manjares suculentos; arrancará el velo que cubre a todos los pueblos; aniquilará la muerte para siempre; enjugará las lágrimas de todos los rostros; este es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación; celebremos y gocemos con su salvación».

Lo que más me interpela del Salmo 22,1-6: «El Señor es mi pastor, nada me falta; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; preparas una mesa ante mí; mi copa rebosa; tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida».

Lo que más me interpela de Filipenses 4,12-14.19-20: «Sé vivir en pobreza y abundancia; todo lo puedo en aquel que me conforta; hicisteis bien en compartir mis tribulaciones; mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús; a Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos».


octubre 03, 2026

CCXXVII. NO SOIS LOS DUEÑOS


La viña no pertenece a quienes ponen condiciones para entrar, ni a quienes deciden qué vidas merecen dar fruto. Es de Dios. Y también las personas LGBTIQ+ formamos parte de ella, no por concesión de nadie, sino por llamada. Esta reflexión quiere recordar algo incómodo y hermoso a la vez: nadie puede apropiarse de la Iglesia, y nosotros y nosotras también estamos llamados a ayudar a transformarla.

Sobre el evangelio de Mateo 21, 33-43

...pero también del libro de Isaías 5, 1-7, el Salmo 79 y la carta de Pablo a los Filipenses 4, 6-9

(Ciclo A, XXVII domingo del Tiempo Ordinario)

Hay una frase en esta parábola que hoy me golpea de una manera especial: la viña tiene dueño, pero los labradores no lo son. La viña es de Dios. Y quizá buena parte del problema empieza justo ahí, cuando alguien olvida algo tan sencillo. Cuando quienes recibieron el encargo de cuidarla terminan creyendo que les pertenece. Cuando empiezan a decidir quién entra, quién sobra, quién merece trabajar en ella y quién debe quedarse fuera. A veces incluso levantan cercas que Dios nunca pidió.

Como hombre homosexual y creyente, conozco algunas de esas cercas. Durante demasiados años aprendí a esconder una parte de mí para poder seguir dentro. Aprendí a medir palabras, gestos, afectos. A vivir con ese miedo tan difícil de explicar a quien nunca lo ha sentido: el miedo a que te miren distinto cuando sepan quién eres de verdad. También conocí palabras religiosas que, en vez de acercarme a Dios, me hicieron sentir culpable, sospechoso, casi defectuoso. Y es que hubo un tiempo en que llegué a pensar que, para acercarme a Dios, tenía que alejarme de mí mismo.

Hasta que fui descubriendo algo que cambió mi manera de creer: Dios no estaba detrás de aquella cerca. Estaba conmigo. Me conocía, me quería entero y me llamaba por mi nombre. Por eso me cuesta escuchar esta parábola sin pensar en una Iglesia que, demasiadas veces, ha confundido cuidar la viña con vigilarla. Y también, seamos claros, con controlarla. Como si alguien pudiera ponerle puertas a Dios. Como si una doctrina, una tradición o una autoridad pudiera convertirnos en propietarios de algo que solo pertenece al Señor. Mucho menos podemos decidir qué vidas son dignas de dar fruto.

Isaías cuenta que Dios trabajó su viña con mimo. La cavó, quitó las piedras, plantó buenas cepas. Esperaba uvas dulces y encontró frutos amargos. Y esa imagen sigue teniendo mucha fuerza hoy. Porque una comunidad cristiana puede tener templos hermosos, liturgias cuidadas, documentos impecables y discursos muy ortodoxos, y al mismo tiempo hacer que una persona LGBTIQ+ salga de allí sintiéndose más pequeña, más sola o más lejos de Dios. Algo falla entonces. Y no poco.

A las personas creyentes heterosexuales esta Palabra debería removerles por dentro. Porque acoger no puede significar simplemente “te dejamos estar aquí mientras no molestes demasiado”. No basta con decir que las puertas están abiertas si, una vez dentro, seguimos encontrando condiciones para poder ser quienes somos. La viña se reconoce por sus frutos, no por sus carteles de bienvenida.

Pero la verdad es que hoy tampoco quiero quedarme solo ahí. Porque quienes somos LGBTIQ+ y creyentes podemos pasar años enteros delante de la cerca, señalando —con razón— quién la levantó, quién nos hirió, quién nos cerró puertas. Y eso forma parte de nuestra historia. No hay que borrarlo. Pero yo ya no quiero vivir eternamente junto a la verja. Quiero entrar en la viña, ensuciarme las manos y ayudar a cuidarla.

El salmo pide a Dios que vuelva a visitar su viña y la restaure. Y cada vez estoy más convencido de que esa restauración también pasa por nosotros y nosotras. Por nuestras comunidades, por los grupos que acompañan, por una conversación a tiempo, por la mano que se tiende a quien llega con miedo, por la palabra que se pronuncia cuando alguien es humillado. También por nuestra presencia. Por seguir estando. No porque alguien haya tenido la amabilidad de dejarnos entrar, sino porque Dios nos llamó.

Pablo, además, ofrece una forma preciosa de reconocer los frutos: todo lo verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable. Siempre me impresiona esa lista. No dice heterosexual. No dice homosexual. No dice trans. Dice verdadero. Justo. Amable. Ahí está el criterio.

Y quizá después de tantos años intentando demostrar que también pertenecemos, haya llegado el momento de comprender algo todavía más grande: nuestra misión no consiste solo en conseguir un sitio dentro de la Iglesia. Estamos llamados a ayudar a construir la Iglesia que todavía falta. Una Iglesia donde nadie tenga que partirse en dos para acercarse a Dios. Donde ninguna orientación sexual ni identidad de género convierta a nadie en sospechoso. Donde la diversidad no sea soportada con resignación, sino recibida con alegría, como parte de esa viña inmensa que Dios sigue cultivando.

Y entonces las preguntas cambian: hermana, hermano LGBTIQ+, ¿qué fruto puedes ofrecer tú? ¿A quién puedes ayudar a volver a confiar? ¿Qué pequeña cerca puedes ayudar a derribar? No hace falta hacer cosas enormes. A veces será escuchar, acompañar, quedarse al lado de alguien que empieza a descubrir que Dios no le rechaza, alzar la voz cuando sea necesario o, simplemente, negarnos a repetir sobre otras personas las mismas exclusiones que un día nos hicieron tanto daño.

La viña está herida, sí. Pero sigue viva. Sigue siendo de Dios. Y nosotros también formamos parte de ella.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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¿Qué fruto está naciendo en ti? Cuéntalo.
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Del evangelio de Mateo 21, 33-43
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo.» Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.» Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?» Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Lo que más me interpela del libro de Isaías 5,1-7: «Mi amigo tenía una viña en una fértil ladera; la cavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas; esperaba que diese uvas, pero dio agrazones; ¿qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?; esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos».

Lo que más me interpela del Salmo 79,9.12.13-14.15-16.19-20: «Sacaste una vid de Egipto y la trasplantaste; extendió sus sarmientos hasta el mar; ¿por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes?; Dios del universo, vuélvete, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña; cuida la cepa que tu diestra plantó; no nos alejaremos de ti; Señor, Dios del universo, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve».

Lo que más me interpela de la carta de Pablo a los Filipenses 4,6-9: «Nada os preocupe; en toda ocasión presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias; la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús; todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, tenedlo en cuenta; lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros».

septiembre 25, 2026

CCXXVI. ¿QUÉ HACES TÚ?



Jesús nos recuerda que la fe no se demuestra con palabras, sino con hechos. A quienes decís que acogéis, os pregunta qué hacéis. 

Y a quienes alguna vez dudamos de nuestro lugar en la Iglesia, nos recuerda que Dios ya nos ha llamado hijas e hijos. 

¿Qué haces tú?


Sobre el evangelio de Mateo 21, 28-32

...pero también del libro de Ezequiel 18, 25-28, el Salmo 24 y la carta de Pablo a los Filipenses 2, 1-11

(Ciclo A, XXVI domingo del Tiempo Ordinario)


Durante muchos años aprendí que la fe estaba llena de respuestas correctas. Había que saber qué decir, qué creer, qué estaba permitido y qué no. Quizá por eso me inquieta tanto la sencilla pregunta que Jesús hace hoy: «¿Quién de los dos hizo la voluntad del padre?».

No pregunta quién habló mejor. Ni quién respondió lo que se esperaba de él. Pregunta quién hizo su voluntad.

Uno de los hijos dice que no irá, pero termina yendo. El otro responde inmediatamente que sí, pero después no mueve un dedo. Y Jesús coloca delante de los sumos sacerdotes y ancianos una afirmación escandalosa: publicanos y prostitutas les llevan la delantera en el Reino.

No sé si hemos terminado de comprender la provocación.

Porque es posible hablar correctamente de Dios y vivir muy lejos de su voluntad. Es posible conocer la doctrina, celebrar la Eucaristía, rezar, ocupar responsabilidades eclesiales y responder continuamente «sí, Señor», mientras nuestras decisiones están diciendo otra cosa.

Como persona homosexual y creyente lo he experimentado demasiadas veces.

He escuchado decir: «La Iglesia acoge a todos».
Y después llegaron las condiciones.

«Te respeto». Pero no hables demasiado de quién eres.

«Eres bienvenido». Pero procura que no se note a quién amas.

«Nadie te expulsa». Pero quizá determinadas responsabilidades no sean para ti.

«Todos somos hijos de Dios». Pero unos parecen tener que demostrarlo constantemente.

Y entonces regreso a la pregunta de Jesús: ¿quién está haciendo realmente la voluntad del Padre?

Porque no basta con decir que acogemos.

Hay que acoger.

No basta con afirmar que todas las personas poseen la misma dignidad.

Hay que defender esa dignidad cuando alguien la pisotea.

No basta con asegurar que no somos homófobos.

Hay que preguntarse qué hacemos cuando una persona LGBTIQ+ es humillada, señalada o apartada dentro de nuestra propia comunidad.

Aquí el Evangelio deja de permitirme hablar solamente de «ellos». También me examina a mí. Yo también puedo pronunciar hermosos «sí» mientras me niego a hacer lo que Dios me pide. La fe no me concede superioridad moral. Me obliga continuamente a revisar mis pasos.

Ezequiel lo dice con una claridad extraordinaria: siempre podemos cambiar de camino. La conversión no consiste en defender obstinadamente lo que hicimos ayer, sino en descubrir hoy que estábamos equivocados y atrevernos a actuar de otra manera.

Por eso pienso especialmente en quienes sois heterosexuales y creyentes.

Quizá nunca habéis insultado a una persona LGBTIQ+. Quizá incluso estáis convencidos de que nos respetáis. Pero permitidme una pregunta más incómoda: ¿qué habéis hecho?

¿Habéis levantado la voz cuando alguien utilizó el Evangelio para despreciarnos?

¿Habéis corregido una conversación homófoba entre personas creyentes?

¿Habéis acompañado a quien dudaba del amor de Dios porque le habían enseñado a avergonzarse de sí?

¿Habéis defendido públicamente nuestra presencia plena en la comunidad?

¿O vuestro «sí» termina justo donde comienza el conflicto?

El salmista pide hoy: «Señor, enséñame tus caminos». No dice: «Señor, confirma que mis caminos son los tuyos». Tal vez necesitamos rezar así con mucha más frecuencia. Porque Dios todavía puede sorprendernos mostrándonos que personas a las que colocamos detrás van caminando por delante.

Y entonces aparece Pablo invitándonos a tener los sentimientos de Cristo Jesús. Un Cristo que no se aferra a privilegios, que se vacía, se abaja y se pone al servicio.

La comunidad cristiana no puede seguir a ese Jesús desde la superioridad.

Mucho menos desde una superioridad que decide quién puede amar, quién puede formar una familia, quién puede mostrarse entero y quién debe esconder una parte de su vida para no incomodar.

Yo ya no necesito que nadie me asegure que Dios me quiere.

Eso lo aprendí después de un camino demasiado largo.

Descubrí que Dios estaba conmigo cuando tenía miedo, cuando me escondía y también cuando finalmente abrí la puerta del armario. Descubrí que nunca necesitó una versión mutilada de mí para quererme.

Pero todavía quedan muchas personas que no lo saben.

Algunas siguen sentadas en nuestras iglesias preguntándose en silencio si Dios podrá amarlas tal como son.

Y ahí es donde vuestro «sí» necesita convertirse en algo concreto.

Porque quizá el Evangelio de hoy no nos pregunta qué pensamos sobre las personas LGBTIQ+.

Quizá pregunta algo mucho más sencillo.

¿Qué estamos haciendo?

Podemos responder mañana.

O podemos comenzar hoy.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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Del evangelio de Mateo 21, 28-32 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.» Él le contestó: «No quiero.» Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor.» Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»

Contestaron: «El primero.»

Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»


Ezequiel 18,25-28: «Si el malvado recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá; porque recapacitó y se convirtió de los delitos cometidos, vivirá ciertamente y no morirá».

Salmo 24,4bc-5.6-7.8-9: «Señor, enséñame tus caminos; instrúyeme en tus sendas; haz que camine con lealtad; recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; el Señor es bueno y es recto; hace caminar a los humildes con rectitud; enseña su camino a los humildes».

Filipenses 2,1-11: «Manteneos unánimes y concordes, con un mismo amor y un mismo sentir; no obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros; no os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás; tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús; se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo; se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte; por eso Dios lo exaltó sobre todo».