Sobre Mateo 11, 25-30
¿No nos llama algo la atención en todo esto? Jesús no invita a los fuertes. No llama a quienes tienen todas las respuestas. No busca a quienes aparentan una fe impecable. Dice simplemente: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados».
Y durante demasiados años yo viví exactamente así.
No estaba cansado de Dios. Estaba cansado de intentar convencer a otros de que Dios podía quererme tal como soy. Agotado de esconder una parte de mi vida para no perder el cariño de quienes más quería. Exhausto de escuchar que mi orientación sexual era un problema que resolver, una cruz que soportar o una herida que curar. El peso no era mi homosexualidad. El peso era el armario. El peso eran las miradas. El peso era el miedo. El peso era una religión que, demasiadas veces, había olvidado el corazón de Jesús para quedarse únicamente con la letra.
Por eso, cuando escucho a Jesús decir que su yugo es ligero, no entiendo que la vida vaya a dejar de doler. Lo que comprendo es que Él no añade cargas. Las quita.
Qué diferencia tan enorme existe entre el Jesús del Evangelio y quienes siguen colocando sobre los hombros de tantas personas LGBTIQ+ fardos insoportables. Aún hoy hay jóvenes que abandonan la fe porque les han hecho creer que Dios les rechaza. Hay familias que rompen vínculos en nombre de la moral. Hay comunidades cristianas donde el silencio pesa más que el Evangelio. Hay pastores que hablan continuamente de pureza mientras olvidan la misericordia. Y eso no puede llamarse Buena Noticia.
Jesús da gracias al Padre porque estas cosas se revelan a la gente sencilla. Quizá porque quien ha sido herido por la vida aprende a reconocer mejor la ternura cuando aparece. Quien ha llorado mucho distingue enseguida una mano que no golpea, sino que sostiene.
Este fin de semana miles de personas recorrerán las calles de Madrid celebrando el Orgullo LGBTIQ+. Algunos seguirán pensando que se trata únicamente de una fiesta. Yo veo algo mucho más profundo. Veo a personas que un día fueron obligadas a esconderse y que hoy caminan con la cabeza levantada. Veo memoria de quienes no pudieron hacerlo. Veo gratitud por quienes abrieron camino. Veo una afirmación sencilla y profundamente evangélica: nadie debería avergonzarse de la vida que Dios ha tejido en su interior.
Como creyente, también siento que el Orgullo tiene algo de peregrinación. No hacia un lugar, sino hacia la verdad. Es el largo camino que va desde el miedo hasta la libertad. Desde el armario hasta la luz. Desde la culpa impuesta hasta la paz de saberse hijo amado de Dios.
Y quizá sea precisamente eso lo que algunos no soportan: que una persona LGBTIQ+ pueda caminar erguida, creyente, libre y agradecida. Que pueda llevar una bandera arcoíris sobre los hombros sin dejar por ello de cargar el Evangelio en el corazón. Que pueda proclamar que Jesucristo nunca le pidió esconder quién era, sino amar más y mejor.
Yo ya no quiero cargar con yugos que Jesús nunca fabricó.
Prefiero caminar con Él.
Porque su yugo no aplasta.
Libera.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com
En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»


