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octubre 17, 2026

CCXXIX. ¡NO OS PERTENECEMOS!


¡NO OS PERTENECEMOS!

Durante demasiado tiempo, algunas personas se han creído con derecho a decidir quién merece el amor de Dios, quién puede sentarse a su mesa y quién debe conformarse con mirar desde fuera. Como si la Iglesia fuera de quienes se consideran sus dueños y dueñas. Como si nuestras vidas les pertenecieran. Pero Jesús, con una simple moneda entre las manos, nos recuerda algo que debería hacerlo temblar todo: llevamos grabada la imagen de Dios, no la de quienes pretenden juzgarnos. Y esa imagen nadie puede borrarla. Ni siquiera en nombre de la religión. Por eso, las personas LGBTIQ+ creyentes no estamos llamadas a mendigar un lugar en la Iglesia, sino a reconocer que ya es nuestra casa y a comprometernos a transformarla. Porque no somos vuestros ni vuestras. Somos de Dios. Y también somos Iglesia.


Sobre el evangelio de Mateo 22, 15-21

...pero también del libro de Isaías 45, 1.4-6, el Salmo 95 y la primera carta de Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-5b

(Ciclo A, XXIX domingo del Tiempo Ordinario)

Me imagino a Jesús con aquella moneda en la mano, rodeado de gente que no busca precisamente escucharle, sino pillarle en un renuncio. Y me hace sonreír la habilidad con la que se sale de la trampa. Les pregunta de quién es la imagen que aparece grabada en la moneda. Del César, naturalmente. Pero lo que viene después, aquello de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, encierra mucho más de lo que parece. Porque, si lo pensamos un momento, surge otra pregunta: ¿y nosotros?, ¿de quién llevamos grabada la imagen?

La respuesta me parece preciosa. Llevamos la imagen de Dios. Tú, yo, la persona que se sienta a nuestro lado en la iglesia y también aquella a la que algunos preferirían ver lejos de sus bancos. Todas las personas. Y, por supuesto, también quienes somos lesbianas, gais, bisexuales, trans, intersexuales o queer. No somos criaturas mal hechas ni errores que haya que corregir. Dios no se equivocó al crearnos. Y eso, que debería resultar tan evidente para cualquier persona creyente, todavía cuesta escucharlo en demasiados ambientes eclesiales.

Sé bien de lo que hablo. Hubo un tiempo en que llegué a creer que mi homosexualidad me alejaba de Dios. No porque Él me lo hubiera dicho, claro, sino porque otros se encargaron de hacérmelo creer. Y cuando uno escucha determinadas condenas desde pequeño, termina confundiéndolas con la voz del propio Dios. Hasta que un día empiezas a descubrir que ese Dios al que tanto temías nunca había dejado de quererte. La verdad es que cuesta explicar lo que significa recuperar así la fe. Descubrir que no tenías que cambiar para que Dios te amase, sino dejar de esconderte para poder vivir plenamente ese amor.

Por eso me resulta tan difícil aceptar que todavía haya quienes, dentro de nuestra Iglesia, se atribuyan la autoridad de decidir qué vidas son dignas de bendición y cuáles deben permanecer ocultas. Se habla mucho de acogida, pero a veces parece que se nos invita a entrar siempre que no hagamos demasiado ruido, no mostremos nuestros afectos o no pretendamos ocupar determinados lugares. Y eso no es acogida. Es una tolerancia vigilada. Nadie puede exigirnos que renunciemos a ser quienes somos como precio para sentirnos parte de la Iglesia. No estamos reclamando un privilegio. Estamos recordando algo mucho más sencillo: también somos hijos e hijas de Dios.

Además, la primera lectura de hoy parece empeñada en recordarnos lo poco que conocemos los caminos del Señor. Isaías nos habla de Ciro, un rey extranjero, alguien que ni siquiera conoce a Dios y a quien, sin embargo, Dios llama por su nombre y convierte en instrumento de su proyecto. ¡Qué curioso! Dios no parece demasiado preocupado por respetar las fronteras que nosotros nos empeñamos en levantar. Quizá quienes siguen cerrando puertas en su nombre deberían preguntarse si no estarán poniendo obstáculos precisamente donde Él quiere abrir caminos. Porque una Iglesia que pretende administrar el amor de Dios termina olvidando que ese amor nunca fue de su propiedad.

El salmo nos invita a contar las maravillas del Señor a todos los pueblos. Y yo pienso en tantas historias que todavía permanecen escondidas. En parejas que viven su amor con una fidelidad admirable, en personas trans que han tenido que recorrer caminos durísimos para poder vivir con verdad, en creyentes que siguen rezando a pesar de haber escuchado demasiadas veces que no son bienvenidos. También ahí hay maravillas de Dios. También ahí hay Evangelio. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocerlo? No somos un problema que la Iglesia tenga que resolver. Somos parte de la buena noticia que está llamada a anunciar.

Pero hay algo más que me gustaría compartir, especialmente con quienes, como yo, vivimos nuestra fe desde la diversidad sexual y de género. Durante mucho tiempo hemos tenido que dedicar tantas energías a defender nuestra dignidad que quizá corremos el riesgo de quedarnos ahí, esperando que alguien nos abra definitivamente la puerta. Y, sin embargo, la Iglesia también es nuestra. No somos invitados que deben agradecer que les permitan sentarse a la mesa. Somos parte de la familia. ¿Y si empezamos a vivirlo con todas sus consecuencias? ¿Y si, además de reclamar una Iglesia acogedora, nos comprometemos a hacerla realidad allí donde estamos? En nuestras parroquias, en nuestras comunidades, acompañando a quienes todavía tienen miedo, tendiendo la mano incluso a quienes no terminan de comprendernos. No basta con soñar una Iglesia diferente. Tenemos mucho que aportar para construirla.

Y permitidme aquí unas palabras para quienes lleváis años trabajando en grupos y asociaciones de creyentes LGBTIQ+. Sé lo que significa dedicar tiempo, ilusiones y esfuerzos a abrir caminos y encontrarse, una y otra vez, con las mismas resistencias. Hay momentos en que uno se cansa. Mucho. Incluso llega a preguntarse si merece la pena seguir. Si estás ahí, quisiera decirte algo que también necesito recordarme: no tienes que poder con todo. Descansa cuando lo necesites, deja que otras manos tomen el relevo y no confundas el compromiso con la obligación de agotarte. Pero tampoco olvides cuánto bien has sembrado, aunque no siempre puedas verlo. San Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, habla de una fe que trabaja, de un amor que se esfuerza y de una esperanza que permanece. Me gusta pensar que algo de eso hay en nuestra pequeña historia colectiva. Todavía hacen falta nuestras voces, nuestras manos y, sobre todo, nuestra alegría. No dejemos que el cansancio nos haga olvidar por qué empezamos.

También quisiera que quienes nunca han tenido que ocultar a la persona que aman, o justificar su identidad para sentirse aceptados en una comunidad cristiana, comprendieran algo esencial: no necesitamos que nos concedan una dignidad que ya tenemos. Necesitamos que aprendamos, entre todos y todas, a reconocernos como hermanos y hermanas. Y eso exige bastante más que buenas palabras. Exige abandonar prejuicios, escuchar historias que quizá incomodan y atreverse a cambiar algunas cosas. Porque una Iglesia que obliga a esconder el amor difícilmente puede anunciar con credibilidad al Dios que es Amor.

Vuelvo entonces a aquella moneda del Evangelio. El César había puesto su imagen sobre ella para dejar claro a quién pertenecía. Nosotros también llevamos una imagen grabada, aunque no se vea y aunque haya quienes se empeñen en ignorarla. Y me gusta pensar que Jesús, al contemplar cualquiera de nuestras vidas, reconocería inmediatamente de quién es ese rostro.

Después de tantos años, de tantas búsquedas, de tantas alegrías y también de algunos desencuentros, hay algo que tengo cada vez más claro:

No llevo la marca de quienes me condenaron. Llevo la imagen de quien me creó.

Y sueño con una Iglesia que, cuando nos mire, también sea capaz de reconocerla.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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¿Cuándo descubriste que nadie podía decidir por ti cuánto te ama Dios?

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Del evangelio de Mateo 22,15-21

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»
Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César.»
Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

Lo que más me interpela de Isaías 45,1.4-6: «Yo lo he tomado de la mano; para abrir ante él las puertas; te llamé por tu nombre; aunque no me conocías; yo soy el Señor y no hay otro; para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí».

Lo que más me interpela del Salmo 95,1.3.4-5.7-8.9-10a.10c: «Cantad al Señor un cántico nuevo; contad a los pueblos su gloria; sus maravillas a todas las naciones; el Señor ha hecho el cielo; familias de los pueblos, aclamad al Señor; aclamad la gloria de su nombre; decid a los pueblos: el Señor es rey».

Lo que más me interpela de la 1ª carta de Pablo a los Tesalonicenses 1,1-5b: «A vosotros, gracia y paz; damos gracias a Dios por todos vosotros; os tenemos presentes en nuestras oraciones; la actividad de vuestra fe; el esfuerzo de vuestro amor; la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo; Dios os ha elegido; no solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo».

octubre 10, 2026

CCXXVIII. ¡ENSANCHEMOS LA MESA!


¡Basta de esperar a que nos hagan un hueco! Dios nos ha invitado a su mesa, aunque algunos sigan empeñados en decidir quién merece sentarse. Las personas LGBTIQ+ creyentes no estamos llamadas a conformarnos con ser toleradas, sino a transformar la Iglesia desde dentro. Porque no se trata solo de ocupar nuestro sitio. Se trata de ensanchar la mesa hasta que nadie vuelva a quedarse fuera.

Sobre el evangelio de Mateo 22, 1-14

...pero también del libro de Isaías 25, 6-10a, el Salmo 22, 1-6 y la carta de Pablo a los Filipenses 4, 12-14.19-20

(Ciclo A, XXVIII domingo del Tiempo Ordinario)

Durante mucho tiempo llegué a pensar que, para sentarme a la mesa de Dios, tenía que dejar una parte de mí fuera. Como si mi homosexualidad fuese algo que debía esconder, disimular un poco, para poder entrar sin molestar a nadie. Por eso, cuando escucho a Jesús contar que el rey mandó buscar invitados a los cruces de los caminos, no puedo evitar sonreír. ¡También venían a buscarnos a nosotros! Y lo mejor es que no teníamos que demostrar nada para recibir la invitación.

Conozco bien esos cruces. Son esos lugares donde tantas personas LGBTIQ+ creyentes hemos permanecido esperando, mientras otras se arrogaban el derecho de decidir si éramos suficientemente dignas para formar parte de la Iglesia. Cuántas condiciones, cuántas advertencias y cuántas invitaciones, más o menos disimuladas, a permanecer invisibles. Sin embargo, el Evangelio no deja lugar a muchas dudas: el rey manda llamar a cuantos encuentren. A todos. Sin interrogatorios, sin certificados de buena conducta, sin exigirles que sean otras personas. Dios invita a quienes algunos se empeñan en dejar fuera. Y nadie debería atreverse a cerrar una puerta que Cristo ha abierto.

Isaías nos habla de un banquete preparado para todos los pueblos, donde Dios arrancará los velos y enjugará las lágrimas de todos los rostros. Me emociona imaginar una Iglesia así, donde nadie tenga que esconder a la persona que ama, ni bajar la voz al hablar de su vida, ni sentirse bajo sospecha por ser quien es. Y es que hay una enorme diferencia entre acoger de verdad y permitir que alguien entre con la condición de que no se note demasiado su presencia. No queremos que nos toleren como si fuésemos una molestia inevitable. Queremos vivir con naturalidad la dignidad y el lugar que Dios nunca nos ha negado.

Luego está aquel invitado que aparece sin traje de fiesta. Reconozco que es una escena difícil y que, leída desde el miedo, podría servir para volver a señalarnos. Pero cada vez estoy más convencido de que el vestido que Dios espera no tiene nada que ver con esconder nuestra identidad, fingir una vida que no es la nuestra o someternos a una obediencia sin preguntas. Tiene que ver con la misericordia, con la justicia, con nuestra manera de tratar a los demás. Porque, seamos claros, también se puede entrar en un templo revestido de solemnidad y llevar el corazón desnudo de Evangelio. Y resulta especialmente doloroso cuando se recurre a palabras religiosas para justificar el desprecio, o se presentan los propios prejuicios como si fueran la voluntad de Dios.

El salmista dice que el Señor prepara una mesa ante sus adversarios y que su copa rebosa. ¡Cuántas veces he vuelto a esas palabras para recordar que mi sitio junto a Jesús no depende de la aprobación de nadie! Pablo, por su parte, nos habla de su experiencia de escasez y abundancia, y de la fortaleza que encuentra en Cristo. Algo sabemos también nosotros de eso. Hemos pasado por momentos de soledad, de incomprensión, incluso de ganas de marcharnos y no volver. Pero aquí seguimos. Con nuestras dudas, nuestras pequeñas cicatrices y, sobre todo, con una fe que se ha ido haciendo más nuestra. No seguimos aquí porque nos guste sufrir. Seguimos porque amamos a Dios y porque esta Iglesia también es nuestra casa.

Y hoy quisiera hablar especialmente a mis hermanas y hermanos LGBTIQ+ creyentes. ¿Y si dejamos de esperar a que alguien nos dé permiso para sentarnos y empezamos a ocupar, con alegría y sin complejos, el lugar que Dios nos ha preparado? ¿Y si todo lo que hemos vivido, incluso aquello que nos hizo tambalear, puede convertirse ahora en un regalo para nuestra Iglesia? Tenemos mucho que aportar. Nuestra experiencia de fe, nuestra manera de amar, la sensibilidad que hemos desarrollado para reconocer a quienes sufren, nuestra capacidad de levantarnos y volver a empezar. No estamos aquí para agradecer eternamente que nos dejen pasar. Somos Iglesia. Y tenemos mucho que decir, mucho que compartir y bastante trabajo por delante.

Así que ¡vayamos a la fiesta! Entremos con nuestros afectos, con nuestras historias, con las personas que amamos y con nuestras ganas de construir algo hermoso. Que se escuchen nuestras voces en los templos, que compartamos el pan y que sepamos acercarnos a quienes todavía viven su fe a escondidas, quizá convencidos de que Dios no puede quererles tal como son. Denunciemos, por supuesto, las palabras que humillan, las normas que excluyen y esas actitudes que tienen tan poco que ver con Jesús. Pero procuremos hacerlo sin quedarnos atrapados en el resentimiento. No se trata de cambiar quién manda ni de conquistar un pequeño espacio de privilegio. Se trata de que nadie, absolutamente nadie, vuelva a sentirse extranjero en la casa de Dios.

La verdad es que sigo amando profundamente a esta Iglesia. Con sus luces y sus sombras, con todo lo que me ha dado y también con lo que tantas veces me ha dolido. Y precisamente porque la quiero, me resisto a aceptar que se convierta en una especie de fortaleza, preocupada por vigilar quién entra y quién sale, mientras Jesús continúa recorriendo los caminos en busca de invitados. Una Iglesia que nos pide esconder el amor para poder hablar de Dios necesita volver a escuchar el Evangelio. Y nosotros, con nuestra presencia y nuestro testimonio, podemos ayudar a que eso ocurra.

La fiesta ya ha comenzado. No tiene mucho sentido seguir esperando en la puerta, mirando hacia dentro como si todo aquello no fuese también nuestro. Entremos con lo que somos, con nuestras mejores galas, con nuestras ganas de vivir y con toda la esperanza que seamos capaces de reunir. Y, una vez dentro, no nos olvidemos de salir a buscar a quienes todavía no se atreven a acercarse.

Porque Dios no nos ha invitado solamente para que encontremos nuestro sitio en la mesa. Nos ha llamado también para que ayudemos a hacerla más grande.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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La mesa también se ensancha con tu voz. ¿Qué tienes tú que aportar?

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Del evangelio de Mateo 22,1-14

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.» Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: «La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.» Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?» El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»


Lo que más me interpela de Isaías 25,6-10a: «El Señor preparará para todos los pueblos un festín de manjares suculentos; arrancará el velo que cubre a todos los pueblos; aniquilará la muerte para siempre; enjugará las lágrimas de todos los rostros; este es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación; celebremos y gocemos con su salvación».

Lo que más me interpela del Salmo 22,1-6: «El Señor es mi pastor, nada me falta; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; preparas una mesa ante mí; mi copa rebosa; tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida».

Lo que más me interpela de Filipenses 4,12-14.19-20: «Sé vivir en pobreza y abundancia; todo lo puedo en aquel que me conforta; hicisteis bien en compartir mis tribulaciones; mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús; a Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos».


octubre 03, 2026

CCXXVII. NO SOIS LOS DUEÑOS


La viña no pertenece a quienes ponen condiciones para entrar, ni a quienes deciden qué vidas merecen dar fruto. Es de Dios. Y también las personas LGBTIQ+ formamos parte de ella, no por concesión de nadie, sino por llamada. Esta reflexión quiere recordar algo incómodo y hermoso a la vez: nadie puede apropiarse de la Iglesia, y nosotros y nosotras también estamos llamados a ayudar a transformarla.

Sobre el evangelio de Mateo 21, 33-43

...pero también del libro de Isaías 5, 1-7, el Salmo 79 y la carta de Pablo a los Filipenses 4, 6-9

(Ciclo A, XXVII domingo del Tiempo Ordinario)

Hay una frase en esta parábola que hoy me golpea de una manera especial: la viña tiene dueño, pero los labradores no lo son. La viña es de Dios. Y quizá buena parte del problema empieza justo ahí, cuando alguien olvida algo tan sencillo. Cuando quienes recibieron el encargo de cuidarla terminan creyendo que les pertenece. Cuando empiezan a decidir quién entra, quién sobra, quién merece trabajar en ella y quién debe quedarse fuera. A veces incluso levantan cercas que Dios nunca pidió.

Como hombre homosexual y creyente, conozco algunas de esas cercas. Durante demasiados años aprendí a esconder una parte de mí para poder seguir dentro. Aprendí a medir palabras, gestos, afectos. A vivir con ese miedo tan difícil de explicar a quien nunca lo ha sentido: el miedo a que te miren distinto cuando sepan quién eres de verdad. También conocí palabras religiosas que, en vez de acercarme a Dios, me hicieron sentir culpable, sospechoso, casi defectuoso. Y es que hubo un tiempo en que llegué a pensar que, para acercarme a Dios, tenía que alejarme de mí mismo.

Hasta que fui descubriendo algo que cambió mi manera de creer: Dios no estaba detrás de aquella cerca. Estaba conmigo. Me conocía, me quería entero y me llamaba por mi nombre. Por eso me cuesta escuchar esta parábola sin pensar en una Iglesia que, demasiadas veces, ha confundido cuidar la viña con vigilarla. Y también, seamos claros, con controlarla. Como si alguien pudiera ponerle puertas a Dios. Como si una doctrina, una tradición o una autoridad pudiera convertirnos en propietarios de algo que solo pertenece al Señor. Mucho menos podemos decidir qué vidas son dignas de dar fruto.

Isaías cuenta que Dios trabajó su viña con mimo. La cavó, quitó las piedras, plantó buenas cepas. Esperaba uvas dulces y encontró frutos amargos. Y esa imagen sigue teniendo mucha fuerza hoy. Porque una comunidad cristiana puede tener templos hermosos, liturgias cuidadas, documentos impecables y discursos muy ortodoxos, y al mismo tiempo hacer que una persona LGBTIQ+ salga de allí sintiéndose más pequeña, más sola o más lejos de Dios. Algo falla entonces. Y no poco.

A las personas creyentes heterosexuales esta Palabra debería removerles por dentro. Porque acoger no puede significar simplemente “te dejamos estar aquí mientras no molestes demasiado”. No basta con decir que las puertas están abiertas si, una vez dentro, seguimos encontrando condiciones para poder ser quienes somos. La viña se reconoce por sus frutos, no por sus carteles de bienvenida.

Pero la verdad es que hoy tampoco quiero quedarme solo ahí. Porque quienes somos LGBTIQ+ y creyentes podemos pasar años enteros delante de la cerca, señalando —con razón— quién la levantó, quién nos hirió, quién nos cerró puertas. Y eso forma parte de nuestra historia. No hay que borrarlo. Pero yo ya no quiero vivir eternamente junto a la verja. Quiero entrar en la viña, ensuciarme las manos y ayudar a cuidarla.

El salmo pide a Dios que vuelva a visitar su viña y la restaure. Y cada vez estoy más convencido de que esa restauración también pasa por nosotros y nosotras. Por nuestras comunidades, por los grupos que acompañan, por una conversación a tiempo, por la mano que se tiende a quien llega con miedo, por la palabra que se pronuncia cuando alguien es humillado. También por nuestra presencia. Por seguir estando. No porque alguien haya tenido la amabilidad de dejarnos entrar, sino porque Dios nos llamó.

Pablo, además, ofrece una forma preciosa de reconocer los frutos: todo lo verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable. Siempre me impresiona esa lista. No dice heterosexual. No dice homosexual. No dice trans. Dice verdadero. Justo. Amable. Ahí está el criterio.

Y quizá después de tantos años intentando demostrar que también pertenecemos, haya llegado el momento de comprender algo todavía más grande: nuestra misión no consiste solo en conseguir un sitio dentro de la Iglesia. Estamos llamados a ayudar a construir la Iglesia que todavía falta. Una Iglesia donde nadie tenga que partirse en dos para acercarse a Dios. Donde ninguna orientación sexual ni identidad de género convierta a nadie en sospechoso. Donde la diversidad no sea soportada con resignación, sino recibida con alegría, como parte de esa viña inmensa que Dios sigue cultivando.

Y entonces las preguntas cambian: hermana, hermano LGBTIQ+, ¿qué fruto puedes ofrecer tú? ¿A quién puedes ayudar a volver a confiar? ¿Qué pequeña cerca puedes ayudar a derribar? No hace falta hacer cosas enormes. A veces será escuchar, acompañar, quedarse al lado de alguien que empieza a descubrir que Dios no le rechaza, alzar la voz cuando sea necesario o, simplemente, negarnos a repetir sobre otras personas las mismas exclusiones que un día nos hicieron tanto daño.

La viña está herida, sí. Pero sigue viva. Sigue siendo de Dios. Y nosotros también formamos parte de ella.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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¿Qué fruto está naciendo en ti? Cuéntalo.
Te leo al final de la entrada ↓

Del evangelio de Mateo 21, 33-43
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo.» Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.» Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?» Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Lo que más me interpela del libro de Isaías 5,1-7: «Mi amigo tenía una viña en una fértil ladera; la cavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas; esperaba que diese uvas, pero dio agrazones; ¿qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?; esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos».

Lo que más me interpela del Salmo 79,9.12.13-14.15-16.19-20: «Sacaste una vid de Egipto y la trasplantaste; extendió sus sarmientos hasta el mar; ¿por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes?; Dios del universo, vuélvete, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña; cuida la cepa que tu diestra plantó; no nos alejaremos de ti; Señor, Dios del universo, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve».

Lo que más me interpela de la carta de Pablo a los Filipenses 4,6-9: «Nada os preocupe; en toda ocasión presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias; la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús; todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, tenedlo en cuenta; lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros».