Vistas de página en total

junio 24, 2026

CCXVI. EL MIEDO PERDIÓ


Sobre
Mateo 10, 37-42

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará».

Durante mucho tiempo este Evangelio me produjo inquietud. Me parecía un Jesús demasiado exigente, como si me pidiera elegir entre Él y las personas que amaba. Pero con los años he comprendido que quizá no habla de romper afectos, sino de algo mucho más profundo: de no dejar que el miedo decida por nosotros.

Porque hay miedos que terminan gobernando una vida entera.

Quienes hemos crecido descubriendo que éramos diferentes en un mundo que no siempre estaba preparado para entendernos sabemos algo de eso. Sabemos lo que significa preguntarse si, al mostrarnos tal como somos, perderemos el cariño de la familia, la amistad de quienes queremos o el respeto de nuestra comunidad creyente. Sabemos lo que significa vivir intentando conservarlo todo: la fe, los afectos, la pertenencia, la seguridad. Y sabemos también el precio que se paga cuando uno acaba escondiéndose para no perder nada.

Hubo una época de mi vida en que el miedo parecía tener más fuerza que la esperanza. Una época en la que la oscuridad me convencía de que quizá Dios esperaba de mí otra persona distinta de la que yo era. Mirando atrás, doy gracias porque aquella noche no tuvo la última palabra. Porque Dios estaba allí, incluso cuando yo no era capaz de verlo. Porque su amor resultó ser mucho más grande que mis temores, mis culpas y mis equivocadas imágenes de Él.

Por eso hoy leo este Evangelio de otra manera. Jesús no me pide que ame menos a quienes quiero. Me pide que no entregue mi vida al miedo a perderlos. Me invita a vivir desde la verdad. A dejar de negociar mi dignidad. A no esconder los dones que Dios sembró en mí. A no sacrificar mi propia alma para obtener aceptación.

Quizá esa sea también una de las cruces que tantas personas LGBTIQ+ hemos cargado durante años: la presión de aparentar, de callar, de justificar nuestra existencia, de soportar que otros hablen de nosotros sin escucharnos jamás. Una cruz que no viene de Dios, sino de una sociedad y, demasiadas veces, de una Iglesia que han confundido el Evangelio con el control, la acogida con la tolerancia y la verdad con el prejuicio.

Por eso este texto resuena de una forma especial en vísperas del Orgullo LGBTIQ+ que celebramos estos días en Sevilla. Porque el Orgullo no nació de la soberbia, como algunos siguen diciendo. Nació de la necesidad de dejar de esconderse. Nació cuando un grupo de personas decidió que ya no podía seguir viviendo de rodillas ante el desprecio. Nació cuando el miedo dejó de ser el dueño de sus vidas.

Y creo que hay algo profundamente evangélico en eso.

Cada vez que una persona deja el armario atrás y recupera su dignidad; cada vez que una familia abraza a su hijo o a su hija sin condiciones; cada vez que una comunidad cristiana abre sus puertas sin exigir renuncias imposibles; cada vez que alguien levanta la voz frente a la discriminación, dentro o fuera de la Iglesia, algo del Reino de Dios se hace visible entre nosotros.

Porque seguir a Jesús nunca consistió en proteger privilegios ni en defender fronteras morales. Consistió en ponerse del lado de quienes eran apartados. Consistió en devolver la dignidad a quienes la habían perdido. Consistió en recordar a las personas heridas que son amadas por Dios antes incluso de que nadie las comprenda.

«El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará».

Durante años pensé que perder la vida significaba renunciar a mí mismo. Hoy creo exactamente lo contrario. Creo que perder la vida es perder el miedo. Perder las máscaras. Perder las cadenas. Perder la necesidad de agradar a quienes nunca estarán satisfechos.

Y encontrarla es descubrir, por fin, que Dios nunca quiso otra versión de mí.

Sólo me quería vivo.

Y libre. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

junio 19, 2026

CCXV. A PLENA LUZ


Sobre
Mateo 10, 26-33


Hubo un día en que el miedo dejó de mandar.

No sabría decir exactamente cuándo ocurrió.

Quizá fue poco a poco. Quizá sucedió sin hacer ruido. Como amanecen algunas cosas importantes.

Solo sé que un día descubrí que llevaba demasiado tiempo viviendo pendiente de lo que otras personas pensaban de mí.

Y dejé de hacerlo.

No porque desaparecieran todos los riesgos.

No porque el mundo se hubiera vuelto más amable.

Simplemente porque encontré algo más fuerte que el miedo.

Encontré la libertad.

Cuando era adolescente creía que ser homosexual era una especie de secreto que debía proteger a toda costa. Pensaba que, si alguien lo descubría, perdería algo importante. El respeto. Los afectos. Mi lugar en la Iglesia. Tal vez hasta a Dios.

Qué curioso resulta mirar atrás.

Porque hoy sé que Dios jamás estuvo escondido al otro lado de la puerta del armario esperándome para juzgarme.

Estaba dentro conmigo.

Acompañándome.

Esperando pacientemente a que yo mismo descubriera que no tenía nada que temer.

Por eso este Evangelio me produce una alegría enorme.

Jesús no habla como quien intenta tranquilizar a alguien asustado.

Habla como quien conoce el final de la historia.

" No tengáis miedo."

Y lo repite varias veces.

Como si supiera que terminaríamos olvidándolo.

Como si conociera perfectamente nuestra tendencia a encoger el alma para ocupar menos espacio.

Pero Dios no crea personas para que ocupen menos espacio.

Nos crea para vivir.

Para amar.

Para respirar a pleno pulmón.

Para caminar con la cabeza alta.

Para ser quienes somos.

Quizá por eso me emociona tanto la frase que invita a proclamar desde las azoteas lo que antes se escuchaba al oído.

Durante mucho tiempo pensé que hablaba solamente de la fe.

Ahora creo que también habla de la vida.

De esa parte de nosotros que aprendimos a esconder.

De esa verdad que un día deja de susurrarse y empieza a pronunciarse con serenidad.

No para desafiar a nadie.

No para provocar.

Simplemente porque ya no queremos seguir ocultándonos.

Y qué descanso produce eso.

Qué descanso tan inmenso.

A veces me preguntan por qué una persona creyente participa en espacios públicos donde se reivindica la dignidad de las personas LGBTIQ+.

La respuesta es sencilla.

Porque el Evangelio nunca me enseñó a mirar hacia otro lado cuando alguien era humillado.

Porque la fe no consiste en encerrarse en lugares seguros.

Porque Jesús nunca se quedó cómodamente lejos de quienes sufrían.

Y porque la libertad siempre merece ser celebrada.

Quizá algunas personas solo vean colores, música o gestos provocadores.

Yo veo algo más.

Veo personas que han sobrevivido al miedo.

Veo vidas recuperadas.

Veo a quienes durante años escucharon que eran un error y han descubierto que no lo eran.

Veo a quienes vuelven a respirar.

Y eso me parece profundamente evangélico.

Porque el Reino de Dios siempre se parece un poco a eso: personas recuperando la vida que otros les habían intentado arrebatar.

Por supuesto que siguen existiendo prejuicios.

Por supuesto que continúan produciéndose agresiones, exclusiones y rechazos.

Pero esta reflexión no va sobre ellos.

Va sobre algo mucho más importante.

Va sobre la alegría de haber descubierto que eran mentira.

Mentira las voces que decían que Dios nos rechazaba.

Mentira las voces que decían que debíamos avergonzarnos.

Mentira las voces que afirmaban que nuestro amor nos alejaba del Creador.

Jesús tiene razón.

Valemos más de lo que imaginamos.

Mucho más.

Y cuando una persona descubre eso, sucede algo extraordinario.

Deja de vivir escondida.

Deja de pedir permiso para existir.

Deja de tener miedo.

Entonces comprende que Dios nunca estuvo entre quienes señalaban con el dedo.

Siempre estuvo caminando a su lado.

Y desde ese momento la vida cambia.

Porque después de todo, ¿quién dijo miedo? 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»

junio 12, 2026

CCXIV. SEGUIMOS AQUÍ


Sobre
Mateo 9,36–10,8


Hay descubrimientos que llegan tarde, pero cuando llegan cambian muchas cosas.

Uno de ellos fue darme cuenta de que nunca estuve solo.

Durante años pensé que ser creyente y homosexual era una especie de anomalía. Algo que me ocurría a mí y a unas pocas personas más. Miraba alrededor en la parroquia, en los grupos, en las celebraciones, y no veía a nadie. O al menos eso creía.

Con el tiempo comprendí que sí estaban.

Estaban por todas partes.

Cantando en el coro. Preparando la catequesis. Visitando enfermos. Participando en Cáritas. Rezando en silencio en los últimos bancos. Celebrando su fe con una discreción que muchas veces era simple supervivencia.

Nos habíamos acostumbrado a no reconocernos.

A vivir detrás de puertas cerradas.

A hablar en voz baja.

A esconder aquello que otros jamás tuvieron que ocultar.

Después llegaron los encuentros. Una historia. Otra más. Luego decenas. Personas distintas, de edades diferentes, con trayectorias muy diversas, pero con algo en común: seguían buscando a Jesús después de haber escuchado demasiadas veces que quizá no había sitio para ellas en la Iglesia.

Entonces entendí algo que todavía hoy me emociona.

No éramos una excepción.

Éramos una multitud.

Una multitud silenciosa.

Quizá por eso las palabras de Jesús siguen golpeándome con tanta fuerza cuando contempla a la gente cansada y abatida, "como ovejas sin pastor".

Porque sigo encontrando demasiadas personas en esa situación.

Hace pocos días leí el testimonio de un hombre creyente que, después de recibir la comunión, fue llamado aparte por su párroco. Quería hablar con él. Lo que escuchó a continuación fue devastador: que no volvería a recibir la Eucaristía, que el sacramento era para él poco menos que un veneno, que su relación afectiva lo convertía en una persona indigna ante Dios.

Cuando terminé de leerlo me quedé un rato en silencio.

No porque me sorprendiera. Quienes pertenecemos al colectivo LGBTIQ+ conocemos historias parecidas desde hace demasiado tiempo.

Lo que me dolió fue imaginar la escena.

La puerta de la parroquia.

La conversación.

La humillación.

Y, sobre todo, la soledad.

Porque conozco bien esa sensación de que alguien pretende interponerse entre Dios y tú.

Sin embargo, cada vez que intento imaginar a Jesús en esa escena, la imagen no encaja.

No consigo verlo expulsando.

No consigo verlo humillando.

No consigo verlo negando el pan a quien se acerca con hambre.

Lo que sí veo es al Jesús de los Evangelios acercándose a quien acaba de ser herido por motivos religiosos.

Lo veo haciendo preguntas.

Escuchando.

Acompañando.

Devolviendo dignidad.

Porque esa fue una constante de su vida pública. Jesús parecía sentirse especialmente atraído por quienes cargaban sobre los hombros el peso de la exclusión religiosa.

Por eso me inquieta tanto una Iglesia que a veces parece más preocupada por vigilar que por acompañar.

Más interesada en controlar que en sanar.

Más pendiente de determinadas normas que de las personas concretas que tiene delante.

Y no hablo solo de las personas LGBTIQ+.

Pienso también en quienes se han sentido rechazadas por estar divorciadas, por convivir en pareja, por no encajar en determinados moldes, por formular preguntas incómodas o simplemente por ser diferentes.

Pienso en todas esas personas que un día dejaron de sentirse en casa.

Y vuelvo al Evangelio.

"Estaban como ovejas sin pastor."

Qué tristeza que esa frase siga describiendo la experiencia de tantas hijas e hijos de Dios.

Lo más doloroso es que muchas de esas personas no han perdido la fe.

Han perdido la confianza.

Y recuperar la confianza cuesta muchísimo más que conservar la fe.

Por eso me conmueve que Jesús no se limite a sentir compasión. Después reúne a sus discípulos y discípulas —porque alrededor suyo había muchas más personas que los Doce— y los envía a curar, a levantar, a devolver esperanza.

Nunca a humillar.

Nunca a avergonzar.

Nunca a cerrar puertas.

Cuando Jesús envía, no entrega poder sobre las personas. Entrega responsabilidad hacia ellas.

Quizá por eso sigo creyendo en la Iglesia.

No siempre gracias a ella, a veces a pesar de ella.

Pero sigo creyendo.

Porque también he conocido comunidades donde nadie me preguntó a quién amaba antes de darme un abrazo.

He conocido sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que me ayudaron a descubrir que Dios jamás estuvo en guerra conmigo.

He conocido el Evangelio vivido de verdad.

Y eso cambia la vida.

Por eso esta reflexión no nace de la amargura.

Nace de la esperanza.

De la certeza de que Jesús sigue mirando a quienes están cansados y abatidos con la misma compasión de entonces.

Y de la convicción de que llegará el día en que nadie tenga que escoger entre su fe y su dignidad.

Porque Dios nunca ha pedido semejante sacrificio.

Y porque ninguna oveja debería caminar sola cuando existe un Pastor que conoce su nombre.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»
Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judás Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.»