Sobre Mateo 5, 17-37
Hay frases del Evangelio que, según el momento de la vida, pueden sonar como amenaza o como buena noticia.
“No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud” fue durante años una frase incómoda para mí. La escuchaba y pensaba: ¿plenitud para quién? ¿También para mí?
Como persona LGBTIQ+ creyente, crecí con la sensación de estar siempre bajo examen. La Ley parecía un listón demasiado alto que, además, estaba diseñado para otros. Yo me movía entre el deseo sincero de seguir a Cristo y el miedo constante a no encajar del todo.
Pero cuando vuelvo a este texto con calma, cuando lo rezo desde mi historia concreta y no desde el miedo, algo cambia. Jesús no está endureciendo la Ley. Está devolviéndola a su verdad más profunda. No la convierte en un código más exigente; la lleva al corazón.
Y en el corazón de la Ley no está el control. Está la vida.
Jesús dice: “Habéis oído que se dijo… pero yo os digo…”. Esa fórmula no es un gesto de ruptura caprichosa, sino de profundidad. Él no se conforma con el cumplimiento externo. Quiere tocar la raíz: la intención, el deseo, la coherencia interior.
Ahí es donde yo me siento verdaderamente interpelado. No en mi orientación, no en mi identidad, sino en mi capacidad de amar de manera limpia, honesta y responsable. El Evangelio no me pregunta primero quién soy según categorías humanas; me pregunta cómo amo, desde dónde vivo, qué hago con mi libertad.
Eso es mucho más exigente. Y también mucho más justo.
Cuando Jesús habla de la ira, del desprecio, de la mirada que cosifica, me obliga a revisar mi propio interior. Porque también yo puedo endurecerme. También yo puedo convertir el dolor vivido en resentimiento. También yo puedo responder a la herida con distancia o sarcasmo.
La conversión que propone Jesús no consiste en negarme. Consiste en purificar el corazón. Y esa purificación no empieza por eliminar mi identidad, sino por integrarla en una vida vivida delante de Dios.
Hay algo profundamente liberador en entender esto: la plenitud de la Ley no es la perfección moralista; es la coherencia del amor. Es vivir sin doblez. Es que mi “sí” sea sí y mi “no” sea no. Es no tener que fragmentarme: una parte aceptable en la Iglesia y otra escondida en la intimidad.
La plenitud no me pide esconderme. Me pide verdad.
Eso no elimina las tensiones. No desaparecen las miradas ambiguas, ni ciertos silencios incómodos. Pero el centro ya no está ahí. El centro es Cristo, que me mira y me llama a una vida más profunda que cualquier discusión superficial.
En la oración diaria —cuando reviso el día con sencillez— me doy cuenta de que la pregunta decisiva no es si encajo en todos los esquemas, sino si estoy creciendo en amor real. ¿He tratado a los demás con dignidad? ¿He cuidado mis relaciones? ¿He actuado desde la libertad o desde el miedo? ¿He respondido al mal con más mal, o he intentado sostener la verdad sin perder la caridad? Ahí se juega la plenitud.
Jesús no vino a abolir la Ley, y tampoco vino a aplastarme con ella. Vino a mostrar que la voluntad de Dios es siempre más grande que nuestras interpretaciones estrechas. Vino a revelar que la justicia auténtica nace de un corazón reconciliado.
La plenitud de la Ley no me excluye. Me llama a madurar, a amar mejor, a vivir con más coherencia. Me llama a no conformarme ni con la mediocridad moral ni con el victimismo cómodo. Me llama a la santidad. También a ti, como a mí, como a todas, todas y todos, todos.
Y, aunque el camino sea exigente, hay una paz profunda en saber que no camino dividido. Mi fe y mi identidad no son enemigos. En Cristo encuentran unidad.
Eso es lo que, poco a poco, voy descubriendo: la plenitud no es una frontera. Es un horizonte. Y hacia él quiero caminar, con humildad y con valentía.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


