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marzo 05, 2026

CXCIX. YO SAMARITANA


Sobre
Juan 4, 5-42


Hay pasajes del Evangelio que no solo se leen: se reconocen. Para mí, el encuentro de Jesús con la samaritana es uno de ellos. No lo leo desde fuera. Me coloco sentado junto a ese pozo. Me reconozco en esa mujer que llega a deshora, sola, marcada por una historia que otros utilizan para señalarla.

La samaritana no es solo una mujer con un pasado afectivo complejo. Es, sobre todo, una mujer situada fuera. Fuera de la ortodoxia religiosa. Fuera de la pureza étnica. Fuera del reconocimiento moral. Una mujer que sabe que su sola presencia incomoda.

Y, sin embargo, es a ella a quien Jesús le pide agua.

Esto es lo primero que me desarma. Jesús no comienza corrigiendo, ni examinando, ni poniendo condiciones. Comienza pidiendo. Se expone. Se hace vulnerable ante alguien que la religión oficial consideraba sospechosa. Ese gesto cambia todo.

Como creyente gay, durante muchos años sentí que mi fe era siempre puesta en duda. Como si tuviera que demostrar constantemente que mi amor a Cristo era auténtico. Como si mi vida afectiva me colocara automáticamente en una categoría inferior dentro de la Iglesia. A veces he tenido la sensación de acudir también “a deshora”, de buscar a Dios en momentos y lugares donde nadie me viera demasiado.

Pero este texto me recuerda que Cristo me espera precisamente ahí. No me evita. No me rodea. No me tolera desde lejos. Me habla. Y me habla con una hondura que va más allá de mi historia concreta.

Jesús atraviesa tres muros en este relato: el muro cultural, el muro moral y el muro religioso. Habla con una samaritana. Habla con una mujer. Habla con alguien cuya vida sentimental era objeto de juicio. No trivializa su historia, pero tampoco la reduce a ella. Le revela su verdad más profunda: la posibilidad de adorar “en espíritu y en verdad”.

Eso es lo que tantas personas LGBTIQ+ creyentes hemos buscado durante años: adorar en espíritu y en verdad. No desde la mentira, no desde el silencio forzado, no desde la doble vida. Espíritu y verdad significan reconciliar lo que somos con lo que creemos. Integrar nuestra identidad afectiva y nuestra experiencia de Dios. No vivir fragmentadas.

La samaritana pasa de esconderse a convertirse en testigo. La que era evitada se transforma en enviada. Deja el cántaro —ese símbolo de su rutina, de su peso— y corre al pueblo. Y lo más sorprendente: su palabra tiene autoridad. “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho”. No la desacreditan. La escuchan.

Cuántas veces, en nuestra Iglesia, las personas LGBTIQ+ seguimos siendo consideradas objeto de pastoral, pero no sujetos de misión. Se habla de nosotros, pero no siempre se nos escucha. Se discute sobre nuestras vidas, pero no siempre se reconoce nuestra experiencia de fe como lugar teológico.

Y aquí quiero decir algo claro, con respeto pero sin miedo: mientras la Iglesia siga mirando al colectivo LGBTIQ+ solo desde categorías morales restrictivas y no desde la experiencia viva del encuentro con Cristo, seguirá perdiéndose una parte del Evangelio que ya está actuando en nosotras y en nosotros.

Porque mujeres y hombres LGBTIQ+ también hemos recibido agua viva. Hemos rezado en soledad. Hemos llorado ante el Sagrario. Hemos servido en parroquias donde a veces se nos aceptaba con condiciones implícitas. Hemos sostenido comunidades con nuestra entrega. Nuestra fe no es una teoría. Es supervivencia, es fidelidad en medio de la sospecha, es amor a una Iglesia que no siempre sabe amarnos del todo.

Pero esta reflexión no es solo para quienes nos reconocemos en la samaritana.

También es para quienes se consideran “del pueblo”, para quienes nunca se han sentido cuestionados en su pertenencia. El Evangelio de hoy les pregunta algo incómodo: ¿de qué lado se sitúan cuando alguien es mirado con recelo? ¿Reproducen el murmullo de los discípulos que “se extrañaban de que hablara con una mujer”, o se dejan convertir por la audacia de Jesús?

El texto termina con una confesión preciosa: “Ya no creemos por lo que tú nos dices; nosotros mismos lo hemos oído”. La fe pasa del prejuicio a la experiencia directa.

Eso deseo para nuestra Iglesia. Que escuche directamente el testimonio creyente de las personas LGBTIQ+. Que descubra que en nosotros no hay una amenaza, sino una sed profunda de Dios. Que se atreva a sentarse junto al pozo y conversar, sin miedo.

Porque el Reino no se construye excluyendo a quienes incomodan. Se construye reconociendo que el Espíritu sopla también desde los márgenes.

Y tal vez, si somos honestos, todos somos un poco samaritanos. Todos necesitamos que alguien nos mire sin desprecio y nos diga: “Si conocieras el don de Dios…”.

Yo lo he conocido. No porque haya sido perfecto. Sino porque, en medio de mi historia concreta, Cristo me pidió de beber. Y eso me cambió para siempre.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Jesús y la samaritana

 Los fariseos se enteraron de que Jesús tenía más discípulos y bautizaba más que Juan –si bien eran sus discípulos los que bautizaban, no él personalmente–. Cuando Jesús lo supo, abandonó Judea y se dirigió de nuevo a Galilea. Tenía que atravesar Samaría. Así que llegó a una aldea de Samaría llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José –allí se encuentra el pozo de Jacob–. Jesús, cansado del camino, se sentó tranquilamente junto al pozo. Era mediodía. Una mujer de Samaría llegó a sacar agua.
Jesús le dice:
—Dame de beber –los discípulos habían ido al pueblo a comprar comida. Le responde la samaritana:
—Tú, que eres judío, ¿cómo pides de beber a una samaritana? –los judíos no se tratan con los samaritanos–. Jesús le contestó:
—Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva. Le dice [la mujer]:
—Señor, no tienes cubo y el pozo es profundo, ¿de dónde sacas agua viva? ¿Eres, acaso, más poderoso que nuestro padre Jacob, que nos legó este pozo, del que bebían él, sus hijos y sus rebaños? Le contestó Jesús:
—El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, pues el agua que le daré se convertirá dentro de él en manantial que brota dando vida eterna. Le dice la mujer:
—Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed y no tenga que venir acá a sacarla. Le dice:
—Ve, llama a tu marido y vuelve acá. Le contestó la mujer:
—No tengo marido. Le dice Jesús:
—Tienes razón al decir que no tienes marido; pues has tenido cinco hombres, y el de ahora tampoco es tu marido. En eso has dicho la verdad. Le dice la mujer:
—Señor, veo que eres profeta. Nuestros padres daban culto en este monte; vosotros en cambio decís que es en Jerusalén donde hay que dar culto. Le dice Jesús:
—Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre. Vosotros dais culto a lo que desconocéis, nosotros damos culto a lo que conocemos; pues la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, ya ha llegado, en que los que dan culto auténtico darán culto al Padre en espíritu y de verdad. Tal es el culto que busca el Padre. Dios es Espíritu y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y de verdad. Le dice la mujer:
—Sé que vendrá el Mesías –es decir, Cristo–. Cuando él venga, nos lo explicará todo. Jesús le dice:
—Yo soy, el que habla contigo. En esto llegaron sus discípulos y se maravillaron de verlo hablar con una mujer. Pero ninguno le preguntó qué buscaba o por qué hablaba con ella. La mujer dejó el cántaro, se fue a la aldea y dijo a los vecinos: —Venid a ver un hombre que me ha contado todo lo que yo he hecho: ¿no será el Mesías? Ellos salieron de la aldea y acudieron a él.

En aquella aldea muchos creyeron en él por lo que había contado la mujer, afirmando que le había contado todo lo que ella había hecho. Los samaritanos acudieron a él y le rogaban que se quedara con ellos. Se quedó allí dos días, y muchos más creyeron en él, a causa de su palabra; y decían a la mujer:
—Ya no creemos por lo que nos has contado, pues nosotros mismos hemos escuchado y sabemos que éste es realmente el salvador del mundo.



febrero 26, 2026

CXCVIII. BAJAR DEL MONTE


Sobre
Mateo 17, 1-9

Hay pasajes del Evangelio que no solo se leen: se atraviesan. La Transfiguración es uno de ellos. Porque habla de luz… y quienes hemos vivido mucho tiempo en la sombra sabemos lo que significa que la luz no te destruya, sino que te revele.

Jesús sube al monte con tres discípulos. No con todos. Con los más cercanos. Y allí, delante de ellos, se muestra tal cual es. No cambia para agradar. No se disfraza para evitar escándalo. No se reduce para ser aceptado. Se manifiesta en plenitud. Su rostro brilla.

Como persona LGBTIQ+ creyente, ese detalle me toca hondo. Cuántas veces he aprendido —a veces por miedo, a veces por prudencia, a veces por pura supervivencia— a no brillar demasiado. A matizar, a explicar, a justificar. A transfigurarme al revés: a oscurecerme.

Pero en el monte Tabor nada se oculta. Hay revelación. Y la voz del Padre no dice: “Este es mi Hijo mientras cumpla ciertas normas”. Dice: “Este es mi Hijo amado”. Punto. Antes de cualquier ley, antes de cualquier interpretación, antes de cualquier filtro eclesial.

Para quienes vivimos nuestra fe en una Iglesia que no siempre es tan inclusiva como debería, la Transfiguración es una palabra de resistencia interior. Es el recordatorio de que la verdad profunda no depende de la mirada ajena. La identidad no es concesión; es don.

Pedro quiere hacer tres tiendas. Quiere fijar el momento. Congelar la experiencia luminosa. Es humano. Cuando por fin sientes que puedes ser tú mismo delante de Dios, quieres quedarte ahí. Pero Jesús no se queda en el monte. Baja.

Y ahí está la clave.

La experiencia de saberse amado no es para instalarse en una espiritualidad privada. Es para sostener el camino hacia Jerusalén. Justo después del Tabor, Jesús vuelve a hablar de cruz.

Para una persona LGBTIQ+ cristiana, la Transfiguración no elimina la cruz de la incomprensión, del silencio impuesto, del comentario hiriente o de la pastoral insuficiente. Pero la ilumina. No caminamos hacia el rechazo desde la duda de si somos amados. Caminamos sabiendo que ya hemos escuchado la voz.

“Escuchadle.”

Esa orden no va dirigida solo a los discípulos del monte. También interpela a la Iglesia. Escuchar a Cristo significa escuchar dónde hoy sigue revelándose su rostro. Y muchas veces ese rostro resplandece en quienes han sido empujados a los márgenes.

La denuncia profética de los creyentes LGBTIQ+ no nace del resentimiento. Nace del Tabor. Nace de haber experimentado que nuestra vida, nuestra corporalidad, nuestra afectividad, no son un error que Dios tolera, sino un lugar donde Él puede manifestarse.

Cuando bajamos del monte, no bajamos con arrogancia. Bajamos con claridad. No necesitamos demostrar nada. Pero tampoco vamos a aceptar vivir permanentemente en penumbra para que otros se sientan cómodos.

La Transfiguración me recuerda que la luz no es agresiva: es inevitable. Cuando algo es verdadero, acaba brillando. Y el compromiso cristiano LGBTIQ+ consiste en eso: vivir con tal coherencia y profundidad que la Iglesia, quiera o no, tenga que preguntarse qué está viendo.

El Tabor no es evasión. Es revelación para la misión.

Y quizás nuestra vocación sea precisamente esta: ser memoria viva de que la gloria de Dios no excluye cuerpos, historias ni orientaciones. Que el Hijo amado no se parece a la estrechez. Que el monte existe… pero siempre para aprender a bajar.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

febrero 21, 2026

CXCVII. LA TENTACIÓN


Sobre
Mateo 4, 1-11

El relato de Mateo —las tentaciones de Jesús en el desierto— no es para mí una escena piadosa que se contempla desde lejos. Es una radiografía espiritual. Ahí me reconozco. Ahí se cruzan mi fe en Jesús y mi experiencia como persona LGBTIQ+ creyente en una Iglesia que muchas veces nos ha dejado en los márgenes.

Jesús acaba de escuchar: “Tú eres mi Hijo amado”. Y justo entonces es llevado al desierto. Esto es decisivo. La certeza de ser amado no lo libra de la prueba; más bien la inaugura. Para quienes somos LGBTIQ+ dentro de la Iglesia, el desierto no es una metáfora bonita: es la sensación de estar siempre a prueba, siempre bajo sospecha, siempre invitados a justificar nuestra existencia. Y, sin embargo, la voz primera no es la que acusa; es la que llama “hijo amado”.

La primera tentación —“Si eres Hijo de Dios, convierte estas piedras en pan”— me resulta dolorosamente actual. Cuántas veces se nos ha pedido que convirtamos lo que somos en otra cosa más digerible. Que cambiemos, que ocultemos, que suavicemos, que nos hagamos invisibles para no incomodar. “Si de verdad eres cristiano…”, “Si amas a la Iglesia…”. El “si” condicional del tentador sigue resonando. Pero Jesús no acepta demostrar su identidad a costa de traicionarse. No convierte las piedras en pan para satisfacer expectativas ajenas. Yo tampoco quiero vivir mi fe como una estrategia para ser tolerado. No somos un error a corregir ni una piedra que deba transformarse para encajar en el molde.

La segunda tentación —tirarse desde el Templo— toca otra herida. El Templo es el centro religioso, el lugar del poder espiritual. ¿Cuántas personas LGBTIQ+ han sido expuestas, juzgadas o utilizadas como “casos” en debates eclesiales? Como si nuestra vida fuera un experimento teológico. El diablo cita la Escritura para justificar el salto. También hoy se nombran textos bíblicos para empujarnos al vacío. Pero Jesús se niega a poner a Dios al servicio de una lógica que hiere. No se lanza al espectáculo religioso. Y yo me niego a aceptar una espiritualidad que me obligue a saltar contra mí mismo para probar mi fidelidad.

La tercera tentación es la más cruda: poder y seguridad a cambio de adoración. Traducido a nuestra realidad: pertenencia a cambio de silencio. Aceptación a cambio de negación. Un lugar en la comunidad si no nombras quién eres, si no amas públicamente, si no cuestionas estructuras. Es una oferta real en las fronteras de la Iglesia: puedes quedarte, pero fragmentado. Puedes comulgar, pero sin voz. Puedes servir, pero sin historia. Jesús responde con una claridad que incomoda: “Al Señor tu Dios adorarás”. No adoraré ni el miedo ni el poder que excluye. No doblaré la rodilla ante una paz construida sobre nuestra invisibilidad.

La realidad LGBTIQ+ en la Iglesia sigue siendo fronteriza. Estamos dentro y fuera al mismo tiempo. Bautizados, creyentes, servidores en comunidades… pero muchas veces tratados como problema pastoral, como excepción incómoda, como tema a resolver. Y, sin embargo, seguimos aquí. No por terquedad ideológica, sino por amor a Jesús. Porque su Evangelio nos alcanzó antes que cualquier juicio. Porque sabemos que la gracia no tiene orientación ni etiqueta.

Mateo 4, 1-11 me recuerda que el desierto no es señal de abandono, sino espacio de discernimiento. Que las tentaciones no definen quién soy; lo define la voz del Padre. Y desde esa certeza quiero vivir: no pidiendo permiso para existir, no negociando mi dignidad, no renunciando a mi fe.

Soy creyente en Jesús. Soy parte de la realidad LGBTIQ+. Y no son dos identidades en guerra. Son una misma historia atravesada por la gracia. Permanecer en la Iglesia hoy, desde nuestras fronteras, es un acto profundamente evangélico: es negarse a adorar otros dioses y apostar, contra toda tentación, por el Reino que Jesús anunció. Un Reino donde nadie tiene que dejar de ser quien es para saberse hijo o hija amada de Dios.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.