Sobre Lucas 24, 13-35
No siempre la fe es claridad. A veces es camino. Dos personas se alejan de Jerusalén con la sensación de haber perdido lo que daba sentido a todo. Caminan juntas, sí, pero desorientadas, asustadas, incapaces de entender lo que ha pasado. Y, sin embargo, siguen andando.
Esa escena me resulta demasiado familiar. Porque hay momentos en la vida —y muchas personas LGBTIQ+ lo sabemos bien— en los que uno avanza sin tener claro quién es, ni cómo encajar lo que siente, ni qué hacer con lo que ha recibido. No es solo confusión. Es una mezcla de miedo, de tristeza y de preguntas que no encuentran respuesta. Especialmente cuando la fe, en lugar de iluminar, parece complicarlo todo.
Durante mucho tiempo, yo también caminé así. Con una sensación persistente de estar equivocado, de no encajar del todo, de no poder nombrar lo que me pasaba sin que eso tuviera consecuencias. Y en ese caminar, muchas veces Dios parecía ausente, o peor aún, del lado de quienes señalaban.
El relato de Emaús tiene algo profundamente humano: Jesús se acerca, pero no es reconocido. Camina con ellos, escucha su conversación, se interesa por su tristeza. No interrumpe, no corrige de entrada, no impone una verdad. Se coloca a su lado. Y eso, para mí, ya es revelador.
Porque muchas veces lo que hemos necesitado no era una respuesta rápida, ni una norma más clara, ni una explicación teológica. Era alguien que caminara con nosotros y nosotras sin juzgar, que escuchara de verdad, que no tuviera prisa por dejarnos atrás.
Jesús hace algo más: relee la historia. No niega el dolor, pero lo sitúa en un horizonte más amplio. Y poco a poco, sin forzar, algo empieza a moverse por dentro. No es todavía certeza. Es un calor, una intuición, una luz que no deslumbra pero orienta.
“¿No ardía nuestro corazón?”
Esa frase me parece clave. Porque hay experiencias que no se pueden demostrar, pero sí reconocer. Momentos en los que, sin saber muy bien cómo, uno empieza a intuir que Dios no está en contra, que quizá no se ha equivocado contigo, que tal vez hay un lugar también para ti en esta historia.
Y sin embargo, el reconocimiento pleno no llega en el camino, sino en la mesa. En lo cotidiano, en lo compartido, en el gesto de partir el pan. Ahí se abren los ojos.
Esto interpela mucho a la Iglesia. Porque no basta con acompañar en teoría. El Evangelio apunta a otra cosa: a espacios reales donde compartir la vida, donde la fe se haga cercana, donde las personas LGBTIQ+ no tengan que justificar su existencia para poder sentarse a la mesa.
Pero aquí aparece también la denuncia:
Muchas veces hemos sido invitados a caminar… pero no a quedarnos. Escuchados… pero no reconocidos del todo. Acompañados… pero desde una distancia que no termina de convertirse en comunión.
Y eso no es suficiente.
El gesto de Jesús es más radical: se queda, parte el pan, se deja reconocer. No pone condiciones. No exige que primero entiendan todo. Se ofrece.
Por eso, cuando finalmente lo reconocen, no se quedan ahí. Vuelven. Regresan a Jerusalén. Ya no desde la confusión, sino desde una certeza que no es perfecta, pero sí suficiente para ponerse en camino de nuevo.
Y aquí hay una palabra importante para quienes vivimos la fe desde la experiencia LGBTIQ+. No estamos condenados a caminar en la duda permanente. Tampoco a vivir escondidos en un relato que no nos incluye. Hay un momento —distinto para cada persona— en el que algo encaja, en el que el corazón arde, en el que se reconoce una presencia que da paz.
Esa presencia no elimina todas las preguntas. Pero sí cambia la dirección.
Y a quienes forman parte de la Iglesia y no viven esta realidad en primera persona, este Evangelio les deja una tarea clara: no adelantarse, no imponer, no simplificar. Caminar al lado, escuchar de verdad, y sobre todo, crear espacios, poner la mesa. Porque es ahí —no en el juicio, no en la distancia— donde se abren los ojos.
Quizá hoy muchas personas LGBTIQ+ siguen caminando hacia Emaús, alejándose de espacios donde no han encontrado lugar. La pregunta es si la Iglesia será capaz de salir a ese camino… o seguirá esperando desde Jerusalén.
Porque el Resucitado no espera.
Camina.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


