Sobre Mateo 13, 1-23
Siempre me ha atravesado esta parábola de Jesús. Quizá porque durante mucho tiempo pensé que hablaba solo de mí. Que yo era esa tierra llena de piedras, de zarzas, de caminos endurecidos donde la Palabra de Dios no podía crecer. Durante años escuché tantas veces que algo en mí no era correcto, que terminé creyendo que quizá la semilla de Dios nunca podría echar raíces en un corazón como el mío.
Pero con el paso del tiempo, con las heridas sanadas por el amor de un Dios mucho más grande que nuestros miedos, he descubierto otra lectura. Quizá Jesús no solo me pregunta qué tipo de tierra soy. Quizá también me pregunta qué tipo de sembrador quiero ser. Qué semillas dejo caer sobre la vida de los demás.
Porque hay semillas que curan y semillas que hieren. Hay palabras que levantan y palabras que entierran. Hay mensajes que anuncian el Reino y otros que, aunque se pronuncien en nombre de Dios, dejan tras de sí campos llenos de dolor.
Lo sabemos muy bien muchas personas LGBTIQ+ creyentes. Durante demasiado tiempo se sembró en nuestra tierra miedo, culpa y vergüenza. Nos dijeron que nuestra forma de amar nos alejaba de Dios, que nuestra identidad era una carga, una desviación, una amenaza. Algunos crecimos intentando arrancar de nuestra propia tierra aquello que, en realidad, Dios mismo había sembrado.
Por eso duele profundamente escuchar a un pastor de la Iglesia relacionar el Orgullo LGBTIQ+ con “el pecado de Satán”. Duele porque detrás de esa palabra “Orgullo” no hay soberbia ni deseo de ocupar el lugar de Dios. No hay un ser humano diciendo “puedo ser lo que quiera” desde el capricho o la arrogancia. Hay muchas veces una persona rota susurrando, después de años de oscuridad: “por fin puedo ser quien soy”.
El Orgullo nació precisamente donde antes habían sembrado vergüenza. Es la respuesta de quienes fueron obligados a esconderse, a callar, a pedir perdón por existir. Es la celebración de quienes un día descubrieron que su vida no era un error que corregir, sino una semilla de Dios llamada a crecer.
Y sí, claro que como creyente sé que existe un orgullo que nos aleja del Evangelio: el orgullo del poderoso que desprecia, el del que se cree dueño de la verdad, el del que carga pesos insoportables sobre los hombros de otros sin mover un dedo para ayudar. Ese orgullo sí seca la tierra. Ese orgullo sí impide que germine la semilla del Reino.
Pero abrazar la propia dignidad no es pecado. Levantarse después de haber sido humillado no es soberbia. Decir “soy hijo amado, soy hija amada de Dios” no es rebelarse contra el Creador; es reconocer su obra.
Quizá deberíamos preguntarnos qué frutos producen nuestras semillas. Jesús dijo que el árbol se conoce por sus frutos. Cuando una palabra pronunciada desde un púlpito provoca lágrimas, heridas antiguas, alejamiento de Dios o la sensación de no tener sitio en la Iglesia, deberíamos preguntarnos sinceramente si esa semilla procede del Evangelio.
Porque la buena semilla siempre acaba dando vida.
La semilla que Jesús sembraba hacía levantarse a quienes otros condenaban. Devolvía nombre a quienes eran tratados como pecadores. Sentaba a la mesa a quienes la religión había dejado fuera. Jesús nunca arrancó una flor porque creciera en un lugar inesperado.
Hoy sigo creyendo en esa Iglesia que puede ser tierra buena. Una Iglesia donde ninguna persona LGBTIQ+ tenga que esconder su historia para acercarse a Dios. Una Iglesia que deje de sembrar sospecha y empiece a sembrar acogida. Una Iglesia que descubra que en muchos de esos márgenes que tanto teme ya están creciendo frutos del Reino.
Porque durante años pensé que mi vida era una tierra equivocada.
Hasta que Dios me hizo comprender que Él nunca dejó de sembrar en mí.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


