Vistas de página en total

mayo 09, 2026

CCIX NO ESTAMOS HUÉRFAN@S


Sobre
 Juan 14, 15-21


Hay palabras de Jesús que una persona no escucha solo con la cabeza. Las escucha desde dentro. Desde las heridas. Desde aquello que lleva años intentando esconder o entender. Y esta frase —“no os dejaré huérfanos”— siempre me golpea ahí.

Porque yo sí me sentí muchas veces huérfano. No de Dios, curiosamente. De la Iglesia, quizá sí. O al menos de una Iglesia concreta, incapaz de mirarme sin sospecha. Crecí creyendo que había algo defectuoso en mí. Algo que me alejaba de Jesús. Nadie me lo decía siempre de forma directa; a veces bastaba un sermón, una risa, un silencio incómodo o aquella obsesión enfermiza con “los pecados del sexto mandamiento”. Uno termina aprendiendo pronto qué partes de sí mismo debe callar para poder quedarse.

Y aun así, nunca fui capaz de dejar de sentir a Dios cerca.

Eso es lo que todavía hoy me desconcierta. Porque hubo épocas en las que todo parecía empujarme hacia fuera, pero al mismo tiempo había algo profundamente íntimo que me sostenía. Una especie de certeza tranquila, difícil de explicar, que me decía: “aunque otros no sepan verlo, yo sigo aquí”.

No siempre vi a Jesús con claridad. Hubo años de miedo, de armario, de culpa y de una soledad enorme. A veces pensaba que la fe consistía en aguantar, en resistir escondido, en sobrevivir sin hacer demasiado ruido. Pero incluso ahí, cuando más perdido estaba, seguía notando algo parecido a una caricia. Como si Dios fuese capaz de atravesar toda la maraña de doctrinas, prejuicios y condenas para llegar hasta mí sin violencia.

Por eso este Evangelio me emociona tanto.

Jesús habla del Espíritu de la verdad. Y dice que el mundo no lo reconoce. Qué frase tan dura y tan real. Porque hay personas que llevan toda la vida hablando de Dios y, sin embargo, parecen incapaces de reconocerlo cuando aparece en quienes no encajamos en sus esquemas.

Nos han llamado desordenados, inmorales, escándalo, amenaza. Y aun así, muchas personas LGBTIQ+ seguimos creyendo. No porque nos hayan puesto fácil el camino, sino precisamente porque hemos aprendido a buscar a Dios donde parecía imposible encontrarlo.

A veces pienso que nuestra fe se parece mucho a esas plantas que nacen entre las grietas del asfalto. Nadie entiende cómo han sobrevivido ahí. Pero sobreviven.

Y quizá por eso desarrollamos una sensibilidad especial para distinguir la verdad del ruido. Sabemos cuándo una palabra viene de Dios y cuándo viene del miedo. Sabemos cuándo alguien habla desde el amor y cuándo utiliza a Dios para justificar su dureza.

Porque el Espíritu de la verdad no humilla. No arrincona. No obliga a nadie a odiarse para sentirse digno del amor de Dios.

Eso lo aprendí tarde. Pero lo aprendí.

Y cuando Jesús dice: “vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y está en vosotros”, siento que está describiendo exactamente esa experiencia. La de descubrir que Dios ya habitaba en mí incluso cuando yo dudaba de mi propia dignidad. Que nunca estuvo esperando a que cambiara para amarme. Que no necesitaba convertirme en otra persona para acercarme a Él.

Eso cambia la vida.

Porque entonces la fe deja de ser miedo y empieza a parecerse un poco más a la libertad.

No una libertad cómoda. Todavía hay demasiadas personas creyentes LGBTIQ+ viviendo escondidas, callando, sobreviviendo dentro de estructuras que muchas veces continúan expulsándolas con educación y sonrisa pastoral. Sigue habiendo miedo. Sigue habiendo armarios llenos de gente buena agotada de fingir.

Y no ayuda descubrir, una vez más, que dentro de la propia Iglesia todavía hay quienes parecen más preocupados por proteger silencios que por cuidar a las personas heridas. Como si el sufrimiento tuviera que mantenerse oculto para evitar incomodidades o preservar determinadas imágenes. Quienes hemos vivido tantos años escondiendo partes de nuestra vida sabemos bien lo que hace el silencio cuando deja de ser refugio y se convierte en imposición. Por eso duele tanto reconocer esa lógica también dentro de la comunidad que debería transparentar verdad, misericordia y cuidado.

Y por eso este texto también debería incomodar a quienes nunca tuvieron que preguntarse si Dios podía amarles tal como son.

Porque quizá el verdadero problema no sea la supuesta fragilidad de nuestra fe, sino la incapacidad de algunas comunidades cristianas para reconocer el Espíritu de Dios cuando sopla fuera de sus seguridades.

Aun así, aquí seguimos.

Creyendo.
Rezando.
Buscando.
Amando a Jesús incluso después de todo.

Y tal vez esa sea la prueba más clara de que nunca estuvimos huérfanos.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque. no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».

abril 29, 2026

CCVIII. NO TENGAS MIEDO


Sobre
Juan 14, 1-12 


Durante mucho tiempo creí —o mejor, me hicieron creer— que yo no podía seguir a Jesús. Que mi forma de amar me colocaba fuera de su camino. Y uno, cuando escucha eso tantas veces, acaba por instalarlo dentro. No como una idea pasajera, sino como una certeza que pesa. Así fui viviendo, durante años, sostenido por una fe que no desaparecía, pero herida por una sospecha constante: quizá yo no tenía lugar.

Y sin embargo, había algo que no encajaba. Una intuición silenciosa, persistente, que me decía que Jesús no podía ser así. Que no podía rechazarme. Que lo que escuchaba en algunos púlpitos no terminaba de coincidir con lo que yo intuía de Él. No sabía explicarlo, pero estaba ahí. Como una pequeña luz que no se apagaba.

Por eso este pasaje de Juan me resulta tan decisivo. No tanto por las grandes afirmaciones que vienen después —el camino, la verdad, la vida—, sino por esas primeras palabras que, si no se entienden bien, lo demás se desmorona: “No os turbéis. No tengáis miedo. Creed en Dios y creed también en mí”.

Yo necesitaba eso. No una doctrina más. No una norma mejor formulada. Necesitaba que alguien me devolviera la calma. Que me dijera que no estaba condenado, que no estaba fuera, que no tenía que esconderme para poder creer.

Porque cuando te han hecho sentir desheredado de Dios, lo primero que se rompe no es la fe, sino la confianza. Y sin confianza, todo lo demás suena hueco.

He pensado muchas veces qué habría pasado si hubiera dejado de escuchar esa voz interior que me pedía no tener miedo. Si hubiera creído del todo que no había camino para mí. Probablemente habría abandonado. No solo la Iglesia. También a Jesús.

Y sin embargo, no fue así.

Porque hubo un momento —no inmediato, no fácil— en que entendí que esas palabras no eran para otros. Eran para mí. “No tengas miedo. Confía.” Y ahí empezó algo nuevo. No una seguridad perfecta, sino una manera distinta de caminar.

Luego sí, vinieron las preguntas. Como las de Tomás. Como las de Felipe. ¿Por dónde? ¿Cómo? ¿Dónde está el Padre? Y me reconozco en ellas. Porque también yo he tenido momentos de no entender nada, de no ver lo evidente, de sentirme perdido incluso dentro de la fe.

Pero el Evangelio no ridiculiza esas dudas. Las acoge. Y las sitúa en un camino.

Jesús no dice: “entendedlo todo y luego venid”. Dice: “confiad”. Y eso, en una vida atravesada por el miedo, lo cambia todo.

Porque cuando el miedo empieza a caer, aparece algo inesperado: la libertad. No una libertad sin conflictos, sino una libertad real para vivir sin esconderse, para creer sin pedir permiso, para saberse dentro sin tener que justificarse constantemente.

Precisamente ahí es donde esta experiencia deja de ser solo personal.

Y es que no puedo olvidar que hay muchas personas LGBTIQ+ que siguen escuchando lo mismo que yo escuché. Que siguen creciendo con la idea de que no hay camino para ellas. Que siguen dudando no de Dios, sino de su lugar en Él.

Y eso tiene responsables.

Cuando la Iglesia transmite más miedo que confianza, cuando habla más de exclusión que de vida, cuando convierte el seguimiento de Jesús en un filtro en lugar de una invitación… algo esencial se pierde. No en abstracto. En personas concretas.

Por eso esta reflexión no es solo una confesión. Es también una llamada.

A quienes nunca habéis tenido que dudar de si Dios os quiere tal como sois: deteneos un momento. Escuchad estas palabras como si fueran nuevas: “No tengáis miedo”. Y preguntaos si vuestras comunidades de fe ayudan a que otras y otros puedan escucharlas así… o si, por el contrario, las habéis convertido en algo inaccesible.

Porque todo lo demás —el camino, la verdad, la vida— solo tiene sentido si empieza ahí. En alguien que, mirándote de frente, te dice: "No tengas miedo. Confía. También tú puedes venir."

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

abril 24, 2026

CCVII. ¿QUIÉN TE ESTÁ LLAMANDO?


Sobre
Juan 10, 1-10

Hay palabras de Jesús que, cuando las escucho, me atraviesan de una manera distinta. No como una enseñanza más, sino como algo que me coloca delante de mi propia historia. “Yo soy la puerta”, dice. Desde ahí, no puedo evitar pensar en todas las puertas que he tenido que mirar, tantear, temer… y finalmente elegir.

Durante mucho tiempo viví en un espacio cerrado. No solo por miedo a los demás, sino por miedo a equivocarme delante de Dios. Creciendo con una fe sincera, pero atravesada por una sospecha constante: que quizá yo no era como debía ser. Que había algo en mí que no encajaba en ese redil del que tanto me hablaban. Entonces uno aprende a quedarse dentro, pero sin paz. A permanecer, pero sin descanso.

Nunca dejé de creer en Dios. Incluso en los momentos más oscuros cuando todo parecía confuso o injusto había algo que no se rompía. Una presencia que no se imponía, pero tampoco se iba. Sin embargo, otra cosa muy distinta fue mi relación con la Iglesia. Porque ahí, desde muy pronto, empecé a sentir una fractura.

Escuchar una y otra vez que lo que eres es desordenado, que tu manera de amar está equivocada, que tu vida —tal como es— necesita ser corregida… no es algo neutro. Va calando. Va haciendo que dudes no solo de ti, sino de cualquier voz que venga en nombre de Dios. Y ahí es donde este Evangelio cobra una fuerza especial.

Jesús habla de quienes no entran por la puerta, de quienes fuerzan, manipulan, dispersan. Y lo dice con claridad: las ovejas no siguen a quien no reconoce su voz. Eso me hizo pensar muchas veces. Porque yo también dejé de reconocer la voz de Dios en algunos discursos. No porque quisiera apartarme, sino porque algo dentro de mí se resistía a creer que esa dureza, esa exclusión, esa forma de nombrar la vida pudiera venir de Él.

Y entonces entendí algo que me costó mucho aceptar: no todo lo que se dice en nombre de Dios lleva su voz.

Reconocer eso es fuerte. También es muy liberador.

Porque me permitió empezar a distinguir. A no confundir a Dios con quienes hablaban de Él. A no abandonar la fe, aunque tuviera que tomar distancia de ciertas formas de vivirla. A no seguir a extraños, aunque vistieran de pastores.

Jesús no dice: “yo soy el camino correcto entre muchos”. Dice algo más radical: “yo soy la puerta”. No un sistema. No una norma. No una estructura. Él.

Y eso lo cambia todo.

Porque entonces la pregunta ya no es si encajo o no en una determinada forma de Iglesia, sino si reconozco su voz. Y su voz —esto lo sé ahora— nunca me ha llamado desde el desprecio, ni desde el miedo, ni desde la condena. Siempre lo hizo desde la vida.

Llegar ahí no fue fácil.

Hubo momentos en los que otras puertas parecían más accesibles. Salidas rápidas: dejar la fe, romper con todo, desaparecer de ese mundo que dolía. Y entiendo profundamente a quienes lo hicieron. Porque cuando uno no encuentra vida, busca aire donde puede.

Yo mismo estuve ahí.

Pero también tuve la suerte —y no fue solo mérito mío— de encontrar personas que me ayudaron a discernir. Que no me empujaron, que no decidieron por mí, pero que me acompañaron hasta poder escuchar con más claridad. Y en medio de ese proceso, aún sin haber salido del todo de mi propio armario, algo se hizo evidente: había una voz que me llamaba por mi nombre. No para cambiar lo que soy, sino para darme vida.

Esa fue la puerta.

No la que otros señalaban. No la que imponía condiciones. No la que exigía negar partes de mí. Sino la que abría espacio para vivir en verdad.

Y eso —aunque no siempre se diga— tiene consecuencias.

Porque obliga también a mirar a la Iglesia con honestidad. A reconocer que, cuando la Tradición se coloca por encima del Evangelio, cuando las normas pesan más que la vida, cuando se habla de Dios sin parecerse a Él… algo se rompe. Y no en abstracto. Se rompe en personas concretas. En historias concretas. En vidas que se sienten expulsadas de un redil que debería ser hogar.

Aquí es donde esta reflexión no puede quedarse en lo personal.

A quienes no viven esta realidad en primera persona, este Evangelio les lanza una pregunta incómoda: ¿estamos ayudando a reconocer la voz de Cristo… o la estamos distorsionando? ¿Estamos siendo puerta… o barrera?

Porque hay muchas personas LGBTIQ+ que no han dejado de creer en Dios, pero han dejado de confiar en quienes hablaban en su nombre.

Y aun así, seguimos aquí.

No porque todo esté resuelto.
No porque todo encaje.
Sino porque, en medio de todo, hemos reconocido una voz.

Una voz que no excluye.
Que no humilla.
Que no negocia la dignidad.

Una voz que llama por el nombre de cada una y de cada uno…
Y promete algo que nadie más ha sabido dar:

Vida.
Y vida en abundancia.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


EN aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».