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septiembre 18, 2026

CCXXV. NADIE SOBRA


Nadie sobra. Tampoco quienes llegaron tarde, quienes fueron apartados o quienes durante años creyeron que no tenían sitio. En la viña de Dios no hay vidas de segunda, pero quizá todavía haya demasiadas personas empeñadas en decidir quién merece entrar.

Sobre el evangelio de Mateo 20, 1-16

...pero también del libro de Isaías 55, 6-9, el Salmo 144 y la carta de Pablo a los Filipenses 1, 20c-24.27a 

(Ciclo A, XXV domingo del Tiempo Ordinario)


Hay una frase de esta parábola que podría pasar casi inadvertida y que, sin embargo, hoy se me queda clavada dentro: «Nadie nos ha contratado». Es la respuesta de quienes llevan todo el día esperando en la plaza cuando el dueño de la viña les pregunta por qué siguen allí. No dicen que no quisieran trabajar ni que hubieran rechazado ninguna invitación. Simplemente nadie había contado con ellos.

Y mientras leo estas palabras desde mi historia como hombre homosexual y creyente, inevitablemente pienso en tantas personas LGBTIQ+ que durante años permanecimos también esperando a las puertas de la viña. Muchas estábamos dentro de la Iglesia desde siempre: habíamos sido bautizadas, habíamos aprendido a rezar, participábamos en parroquias y comunidades. Pero había una parte de nuestra vida que parecía no poder entrar. Podíamos trabajar en la viña, sí, pero dejando fuera nuestro afecto, nuestra pareja, nuestra identidad, nuestra historia.

Durante años yo mismo llegué a pensar que aquello era lo normal. Que para permanecer cerca de Dios tenía que esconder una parte de mí y que quizá Él esperaba que algún día consiguiera cambiarla. Así puede una persona pasar mucho tiempo en la plaza: no porque Dios no la llame, sino porque otras personas se han colocado junto a la puerta decidiendo quién puede entrar y en qué condiciones.

Por eso me impresiona tanto el dueño de esta viña. Sale al amanecer, vuelve a media mañana, regresa al mediodía, por la tarde y cuando casi ha terminado la jornada. Parece incapaz de soportar que alguien permanezca fuera. Ese Dios sí se parece mucho al Dios que finalmente he encontrado: un Dios obstinado en buscarnos, que no empieza preguntando por nuestra orientación sexual, nuestra identidad de género o nuestra adecuación a determinados modelos. Cuando escucha «nadie nos ha contratado», no organiza una comisión para estudiar el caso.

Dice: «Id también vosotros a mi viña».

Ese también me parece hoy una de las palabras más hermosas del Evangelio, porque durante demasiado tiempo muchas personas LGBTIQ+ hemos escuchado otras: siempre que…, siempre y cuando…, pero con discreción…, sin hacer nada demasiado visible… Jesús, sin embargo, dice simplemente: también.

Isaías nos recuerda este domingo: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos». Quizá necesitemos escucharlo especialmente dentro de la Iglesia, porque con demasiada facilidad hemos construido fronteras, elaborado categorías y establecido quién está más cerca y quién está más lejos, para terminar llamando voluntad de Dios a nuestros propios límites.

Pero Dios sigue saliendo.

Y eso descoloca especialmente a quienes llegaron primero. Al terminar el día, el dueño entrega a los últimos exactamente el mismo salario que a quienes trabajaron desde la mañana. Estos protestan, no porque hayan recibido menos de lo acordado, sino porque los otros han recibido lo mismo. Quizá este sea uno de los grandes pecados religiosos: molestarnos porque Dios sea demasiado bueno con determinadas personas.

Por eso hoy quisiera dirigirme especialmente a quienes sois heterosexuales y creyentes. ¿Qué perdéis cuando una persona LGBTIQ+ descubre que Dios la ama exactamente igual que a vosotros? ¿Qué se os quita cuando nuestras parejas son respetadas? ¿Qué pierde vuestra fe cuando dejamos de escondernos? ¿Qué os falta cuando nosotros recibimos el mismo denario?

Porque algunas resistencias eclesiales quizá tengan más que ver con los trabajadores de primera hora de esta parábola de lo que nos gustaría reconocer. Han convertido la pertenencia en un privilegio, como si haber llegado antes otorgara más derechos sobre Dios, como si algunas personas pudieran decidir quién merece sentarse a la mesa o como si la gracia pudiera repartirse según orientación sexual, estado civil o cumplimiento de determinadas expectativas religiosas.

Y entonces Dios responde con una pregunta extraordinariamente provocadora: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». Quizá deberíamos escucharla dentro de nuestras parroquias y comunidades: ¿te incomoda que también las bendiga?, ¿te desconcierta que también las llame?, ¿te inquieta descubrir que quizá llevan años buscándome mientras tú pensabas que estaban lejos?

El Salmo 144 lo proclama sin demasiadas excepciones posibles: «El Señor es bueno con todos».

Con todos.

Quizá, entonces, la conversión que necesitamos no consista en conseguir que las personas LGBTIQ+ encontremos finalmente un sitio dentro de los esquemas que otros han construido. Quizá sean esos esquemas los que necesitan convertirse, porque la viña nunca fue nuestra. Es de Dios.

Hay además algo profundamente consolador en este Evangelio: el dueño no culpabiliza a quienes llegaron tarde ni les reprocha las horas perdidas. Simplemente las incorpora. Pienso en tantas personas LGBTIQ+ que regresan a la fe después de muchos años alejadas. A veces decimos que abandonaron la Iglesia, pero quizá deberíamos preguntarnos antes por qué se marcharon. Quizá algunas no se fueron. Quizá fueron empujadas hasta la plaza.

Yo conozco algo de esa plaza. Conozco el miedo a pensar que Dios pudiera rechazarme y también el esfuerzo inútil de intentar convertirme en aquello que otros esperaban. Pero conozco igualmente la alegría inmensa de descubrir que, mientras yo pensaba que estaba lejos de la viña, Dios seguía saliendo a buscarme.

Por eso las palabras de Pablo a los Filipenses adquieren hoy una fuerza especial: «Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo». No una vida digna de nuestras costumbres, de nuestras seguridades o de nuestros prejuicios. Digna del Evangelio. Y vivir dignamente el Evangelio quizá signifique preguntarnos a quién seguimos dejando en la plaza.

Quiero volver a hablarte a ti, creyente heterosexual que lees estas palabras. Quizá nunca hayas expulsado a nadie ni pronunciado un insulto homófobo. Quizá incluso pienses sinceramente que respetas a todo el mundo. Pero el Evangelio de hoy va más lejos: no pregunta únicamente si has hecho daño.

Pregunta si has salido a buscar.

Porque el dueño de la viña no se queda esperando cómodamente dentro. Sale una vez y otra y otra más. ¿A quién estás dispuesto a defender cuando alguien cuestione su dignidad? ¿A quién acompañarás cuando descubra que puede ser LGBTIQ+ y seguir llamando Padre a Dios? ¿Ante qué comentario dejarás de sonreír educadamente y decidirás decir: esto no es cristiano?

Quizá entonces empiece realmente a cambiar nuestra Iglesia. No cuando quienes hemos estado en los márgenes consigamos hacernos un pequeño hueco, sino cuando quienes nunca tuvisteis que pedir permiso para estar dentro salgáis también a la plaza.

Allí seguimos encontrándonos: personas heridas y esperanzadas, personas que se marcharon, que regresan y que todavía no se atreven. Algunas llegan al amanecer, otras a media tarde y otras cuando casi está oscureciendo.

No importa.

Al final todas reciben el mismo denario, porque el denario no es un premio por haberse portado mejor. El denario es su amor, y de ese amor nadie recibe una parte.

Dios se entrega entero.

También a nosotras. También a nosotros. También a mí.

Y cuando por fin comprendemos eso, dejamos de preguntarnos quién llegó primero y empezamos a celebrar que, al caer la tarde, ya no quede nadie esperando fuera

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

¿Y tú, a quién sigues dejando fuera? — Te leo al final. 📝 ⤵️


Del evangelio de Mateo 20, 1-16 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.» Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?» Le respondieron: «Nadie nos ha contratado.» Él les dijo: «Id también vosotros a mi viña.» Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.» Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.» Él replicó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Lo que más me interpela del libro de Isaías 55, 6-9: «Buscad al Señor mientras se deja encontrar; invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino y vuelva al Señor; mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos; como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los vuestros».

Lo que más me interpela del Salmo 144: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos; el Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan».

Lo que más me interpela de la Carta de San Pablo a los Filipenses 1, 20c-24.27a: «Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte; para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia; deseo partir para estar con Cristo; quedarme en esta vida es más necesario para vosotros; lo importante es que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo».


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septiembre 11, 2026

CCXXIV. SETENTA VECES OCHO


Jesús nos pide perdonar setenta veces siete. Pero quizá ha llegado el momento de hacer también la pregunta incómoda: ¿cuántas veces puede una comunidad seguir hiriendo antes de decidir cambiar? Esta reflexión no cuestiona el perdón; cuestiona la comodidad de pedirlo una y otra vez sin conversión, sin reparación y sin compromiso con quienes seguimos creyendo, amando y permaneciendo en la Iglesia desde nuestra realidad LGBTIQ+.

Sobre el evangelio de Mateo 18, 21-35

...pero también del libro del Eclesiástico 27, 33–28, el Salmo 102 y la carta de Pablo a los Romanos 14, 7-9

(Ciclo A, XXIV domingo del Tiempo Ordinario)


Pedro hace una pregunta muy humana: «¿Cuántas veces tengo que perdonar?». En el fondo quiere una cifra. Un límite. Saber hasta dónde llega su obligación y a partir de qué momento puede decir: ya está, hasta aquí.

Yo también habría querido muchas veces que Jesús me diera una cifra.

Porque cuando has tenido que perdonar determinadas palabras escuchadas desde un púlpito, determinadas miradas, determinados silencios; cuando has tenido que reconstruir dentro de ti la imagen de un Dios que otros deformaron hasta hacerte creer que tu manera de amar podía separarte de Él, llega un momento en que uno siente la tentación de preguntar lo mismo que Pedro:

¿Otra vez?

¿También esto tengo que perdonarlo?

Y Jesús responde exagerando: «setenta veces siete».

Es decir: deja de contar.

Confieso que durante mucho tiempo esta respuesta me incomodó. Porque el perdón puede convertirse también en una palabra peligrosa cuando se predica siempre a quienes han recibido el golpe y casi nunca a quienes lo dieron.

A las personas LGBTIQ+ creyentes se nos ha pedido muchas veces paciencia. Que comprendamos. Que esperemos. Que no exageremos. Que tengamos en cuenta que la Iglesia cambia despacio. Incluso que perdonemos determinadas expresiones porque «no hubo mala intención».

Y quizá ha llegado el momento de hacer otra pregunta.

¿Hasta cuándo se nos va a pedir perdón a nosotros sin exigir conversión a quienes nos hieren?

Porque el Evangelio de hoy no habla solamente de perdonar.

Habla también de haber sido perdonado y seguir comportándose sin misericordia.

Ese es precisamente el escándalo de la parábola.

El rey perdona al criado una deuda imposible de pagar. Le devuelve la vida cuando prácticamente la tenía perdida. Pero aquel hombre sale de allí y, al encontrarse con alguien que le debe mucho menos, lo agarra y lo estrangula.

Y mientras leo la escena no puedo evitar pensar en nuestra Iglesia.

Una Iglesia que vive proclamando que Dios la ha perdonado, la sostiene, la levanta y la ama a pesar de sus pecados, pero que algunas veces sale después a la calle agarrando del cuello a quienes considera moralmente sospechosos.

Una Iglesia que canta que Dios es misericordioso y después establece cuidadosamente quién puede acercarse, quién puede amar, quién puede formar una familia, quién puede ejercer determinados servicios o quién debe permanecer prudentemente invisible.

El Salmo de este domingo dice que Dios «no nos trata según nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas».

Qué hermoso.

Pero qué comprometedor.

Porque quienes pronunciamos esas palabras en una iglesia tendremos que preguntarnos después cómo tratamos a los demás.

Y aquí quiero dirigirme especialmente a ti, persona heterosexual creyente que estás leyendo esto.

No quiero que por unos minutos contemples nuestra historia desde la tranquilidad de quien piensa que este asunto no le afecta.

Te afecta.

Si perteneces a una comunidad donde una persona LGBTIQ+ teme decir quién es, te afecta.

Si escuchas un comentario despectivo y callas, te afecta.

Si alguien utiliza la fe para humillar y decides no intervenir para evitar problemas, te afecta.

Si conoces a personas que han abandonado la Iglesia porque dentro de ella encontraron más juicio que Evangelio y eso no te provoca ninguna pregunta, también te afecta.

Y no te lo digo para culpabilizarte.

Te lo digo porque te necesito.

Porque nos necesitamos.

Porque Pablo nos recuerda hoy algo extraordinario: «ninguno de nosotros vive para sí mismo».

Nuestra fe está entrelazada.

Tu manera de vivir el Evangelio puede facilitar que otra persona descubra a Dios o puede ocultárselo. Tu palabra puede abrir una puerta o cerrarla. Tu silencio puede ofrecer refugio o dejar a alguien completamente solo.

«Si vivimos, vivimos para el Señor», escribe Pablo.

También las personas LGBTIQ+.

No vivimos para justificar nuestra existencia ante nadie. No pertenecemos a quienes nos toleran ni a quienes nos condenan. No somos propiedad de una doctrina, de una moral sexual ni de quienes pretenden decidir cuánto podemos acercarnos al altar.

Somos del Señor.

Y eso, después de tantos años intentando reconciliar mi fe con aquello que soy, sigue pareciéndome una de las noticias más liberadoras del Evangelio.

También el Eclesiástico nos advierte hoy contra el rencor.

Y aquí la Palabra vuelve su mirada hacia mí.

Porque sería muy fácil escribir toda esta reflexión señalando hacia fuera.

Yo también tengo que vigilar mi corazón.

He conocido el resentimiento. Sé lo que significa recordar determinadas heridas y descubrir que todavía escuecen. Sé lo fácil que resulta convertir el dolor en una identidad y terminar mirando con desconfianza incluso a quienes se acercan con los brazos abiertos.

Pero no quiero vivir así.

No quiero que quienes un día intentaron convencerme de que Dios no podía quererme terminen decidiendo también en qué persona voy a convertirme.

Perdonar, entonces, empieza a tener otro significado.

No significa decir que aquello no tuvo importancia.

No significa borrar la memoria.

No significa regresar dócilmente al lugar donde te hicieron daño.

Y desde luego no significa renunciar a denunciar una injusticia.

Perdonar significa impedir que el daño tenga la última palabra.

Significa negarse a transmitir la herida.

Significa poder mirar hacia atrás sin necesidad de regresar.

Significa conservar el corazón suficientemente libre para seguir amando, celebrando, creyendo, luchando y esperando.

Pero existe otra parte del Evangelio que no podemos olvidar: quien recibe misericordia está llamado a convertirse en misericordioso.

Por eso no basta con decir a las personas LGBTIQ+:

«Perdonad».

Hay que preguntar también a nuestras comunidades:

¿Qué vais a cambiar para que ya no tengamos que perdonar siempre las mismas cosas?

Esa es quizá la pregunta que esta parábola deja hoy sobre nuestras iglesias.

Porque setenta veces siete puede expresar un perdón sin límites.

Pero nunca debería convertirse en setenta veces siete oportunidades para repetir la misma injusticia.

Yo quiero seguir perdonando.

Quiero hacerlo porque necesito caminar ligero.

Porque he descubierto un Dios mucho más hermoso que todas las imágenes deformadas que alguna vez me ofrecieron de Él. El Dios del Salmo: compasivo, misericordioso, lento a la ira, incapaz de guardar rencor eternamente.

Ese es el Dios en quien creo.

Y precisamente porque creo en Él seguiré reclamando una Iglesia que se le parezca.

Una Iglesia donde las personas LGBTIQ+ no necesitemos esconder parte de nuestra vida para ser consideradas dignas.

Una Iglesia en la que nadie tenga que elegir entre su fe y su verdad.

Una Iglesia donde la misericordia deje de ser solamente una palabra hermosa pronunciada desde el altar y termine convirtiéndose en una forma concreta de mirarnos, recibirnos y caminar juntas y juntos.

Yo puedo perdonar setenta veces siete.

Pero tú, hermana, hermano, comunidad, Iglesia…

¿estás dispuesta a no herirme setenta veces ocho?

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


¿Y tú, qué necesitas dejar de perdonar… y empezar a cambiar? 
Comenta al final 

Del evangelio de Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Lo que más me interpela de Eclesiástico 27,33–28,9: «Perdona la ofensa a tu prójimo; no guardes rencor; piensa en tu final y deja de odiar; acuérdate de los mandamientos; apártate de las disputas; no siembres discordia entre quienes viven en paz». 

Lo que más me interpela del Salmo 102,1-2.3-4.9-10.11-12: «Bendice, alma mía, al Señor; no olvides sus beneficios; él perdona tus culpas; rescata tu vida de la fosa; no guarda rencor perpetuo; no nos trata según nuestros pecados; aleja de nosotros nuestros delitos».

Lo que más me interpela de Romanos 14,7-9: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo; si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor; Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos».


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septiembre 03, 2026

CCXXIII. ROMPE EL SILENCIO


Hay silencios que nacen de la prudencia y otros que terminan protegiendo la injusticia. Esta reflexión quiere interpelar especialmente a quienes, dentro de nuestras comunidades cristianas, contemplan el rechazo hacia las personas LGBTIQ+ sin sentirse directamente implicadas. Porque amar, como recuerda Pablo, no consiste solo en no hacer daño: a veces exige hablar, posicionarse y defender a quien lo necesita. Romper el silencio también puede ser una forma de vivir el Evangelio.


Sobre el evangelio de Mateo 18, 1-20

...pero también la profecía de Ezequiel 33, 7-9, el Salmo 94 y la carta de Pablo a los Romanos 13, 8-10 

(Ciclo A, XXIII domingo del Tiempo Ordinario)


Hay silencios que parecen prudencia y, sin embargo, terminan pareciéndose demasiado a la complicidad.

Jesús habla hoy de acercarse, hablar, escuchar, implicarse. «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas». No invita al escándalo público ni a señalar con el dedo. Tampoco propone humillar a nadie. Habla de una comunidad donde lo que le sucede a una persona importa a las demás.

Y mientras leo este Evangelio desde mi experiencia como persona LGBTIQ+ creyente, no puedo evitar preguntarme cuántas veces hemos confundido la paz cristiana con no meternos en problemas.

Porque durante demasiados años muchas personas como yo hemos tenido que defendernos solas.

Solas frente a palabras que nos hacían sentir equivocadas. Solas frente a miradas que nos invitaban discretamente a escondernos. Solas cuando alguien utilizaba el nombre de Dios para cuestionar nuestra dignidad. Solas incluso cuando estábamos rodeadas de personas buenas que probablemente no compartían aquella crueldad, pero tampoco se atrevían a decir nada.

A veces el problema no fue solamente quien hirió.

También dolió quien estaba al lado y permaneció en silencio.

Ezequiel utiliza este domingo una imagen incómoda: la del centinela. Quien ve venir el peligro tiene la responsabilidad de avisar. No puede refugiarse en que aquello no le afecta personalmente. Dios le pide cuentas precisamente de su silencio.

Quizá por eso hoy necesito dirigirme especialmente a quienes sois heterosexuales y formáis parte de nuestras comunidades cristianas.

No os estoy pidiendo que sintáis como yo. Ni siquiera que comprendáis completamente una experiencia que probablemente nunca será la vuestra.

Os pregunto algo mucho más sencillo.

¿Qué hacéis cuando delante de vosotras y vosotros se pronuncia una palabra despectiva contra las personas LGBTIQ+?

¿Qué hacéis cuando alguien asegura que nuestras familias valen menos?

¿Qué hacéis cuando se utiliza la fe para sembrar sospechas sobre nuestra manera de amar?

¿Qué hacéis cuando una persona joven escucha en un ambiente cristiano que aquello que está descubriendo de sí misma constituye un problema para Dios?

Porque quedarse callado también es una respuesta.

Y el Evangelio de hoy me obliga a reconocer que algunas veces hemos utilizado la corrección fraterna exactamente al revés. Durante años se nos corrigió a nosotras y nosotros. Se nos pidió revisar nuestra vida, nuestros afectos, nuestras relaciones, nuestra manera de expresarnos. Se nos recomendó discreción. Se nos habló de castidad, de prudencia, de doctrina.

Quizá ha llegado el momento de invertir la pregunta.

¿Y si quienes necesitan hoy una corrección fraterna son determinadas comunidades cristianas?

¿Y si tenemos que sentarnos serenamente, como propone Jesús, y decirnos unos a otros: esto está haciendo daño?

Porque Pablo lo resume de una manera que apenas permite escapatorias: «El amor no hace mal al prójimo». Y concluye que la plenitud de la ley es precisamente el amor.

Me parece una afirmación extraordinariamente sencilla.

Y peligrosísima.

Porque obliga a revisar cualquier doctrina, costumbre, enseñanza o práctica religiosa preguntándonos por sus frutos.

¿Hace daño?

Si hace daño, algo no está funcionando.

No digo que amar signifique aceptar cualquier cosa sin discernimiento. El mismo Evangelio de hoy habla de confrontar, dialogar, corregir. Pero hay una diferencia enorme entre corregir porque amamos a alguien y pretender corregir lo que esa persona es.

Durante años yo también creí que Dios quería corregirme.

Quería que dejara de sentir como sentía. Que consiguiera convertirme en aquello que los demás consideraban normal. Recé por ello. Me esforcé por ello. Y cuanto más lo intentaba, más lejos parecía encontrarme de mí mismo y, paradójicamente, también de Dios.

Hasta que comprendí algo que cambió mi vida de fe: Dios no estaba intentando corregirme.

Estaba intentando encontrarme.

Y desde entonces puedo regresar a la Iglesia sin hacerlo de rodillas ante quienes pretendan tolerarme, sino caminando junto a tantas personas que hemos descubierto que nuestra diversidad también forma parte de la inmensa creatividad de Dios.

Eso no significa que nunca aparezcan el cansancio, la decepción o la tentación de pensar que nada cambia. También la esperanza necesita ser cuidada. Pero el inmovilismo de la Iglesia no puede tener la última palabra sobre nuestra relación con Dios: seguimos siendo hijas e hijos amados, llamados a ocupar nuestro lugar y a aportar nuestros dones al Reino.

Por eso esta reflexión no quiere quedarse en una denuncia.

Quiero que sea también una invitación.

Necesitamos comunidades cristianas donde nadie tenga que defenderse en soledad.

Donde si alguien pronuncia una palabra homófoba, otra persona responda.

Donde si una persona trans es ridiculizada, alguien se coloque a su lado.

Donde si un adolescente descubre que es gay, lesbiana o bisexual pueda escuchar enseguida, antes que cualquier otra cosa: Dios te ama.

Donde quienes somos LGBTIQ+ no seamos únicamente acogidos, sino escuchados, llamados, enviados y reconocidos como parte viva de la Iglesia.

El salmo de este domingo repite una advertencia: «Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón».

Tal vez el corazón se endurece mucho antes de llegar al odio.

Puede endurecerse simplemente acostumbrándose.

Acostumbrándonos a determinados comentarios. A ciertos discursos. A chistes y bromas aparentemente inocentes. A documentos que hablan sobre nosotras y nosotros sin escucharnos. A personas que se marchan silenciosamente de nuestras comunidades porque llegan a la conclusión de que allí nunca podrán ser plenamente ellas mismas.

Eso también debería inquietarnos.

Porque Jesús termina haciendo una promesa bellísima: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Siempre me ha consolado profundamente esa frase.

Dos o tres.

No hacen falta multitudes.

Durante muchos años mi experiencia de fe LGBTIQ+ ha estado sostenida precisamente así: por pequeños grupos, personas concretas, comunidades humildes donde alguien fue capaz de mirarme sin miedo y recordarme que Dios seguía estando cerca.

Quizá las grandes transformaciones de la Iglesia comienzan exactamente ahí.

Dos o tres personas que deciden que ya no permanecerán calladas.

Dos o tres que se atreven a corregir con cariño una palabra injusta.

Dos o tres que acompañan a quien se siente fuera.

Dos o tres que descubren que defender la dignidad de las personas LGBTIQ+ no es hacer una concesión a los tiempos modernos, sino tomarse en serio el Evangelio.

Yo necesito esa Iglesia.

Pero quizá lo más importante es que esa Iglesia os necesita también a vosotras y vosotros.

Porque quienes hemos aprendido a levantar la voz podemos denunciar la injusticia.

Pero para cambiarla necesitamos que quienes nunca la habéis sufrido dejéis de observarla desde la distancia.

Entonces podremos comprobar que Jesús tenía razón.

Él estará allí.

En medio.

Y cuando verdaderamente sea Él quien esté en medio, nadie tendrá que esconderse para quedarse.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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Del evangelio de Mateo 18, 1-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Lo que más me interpela de Ezequiel 33,7-9: «Te he puesto de centinela de la casa de Israel; escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte; si adviertes al malvado para que cambie de conducta, habrás salvado tu vida».

Lo que más me interpela del Salmo 94,1-2.6-7.8-9: «Venid, aclamemos al Señor; entremos a su presencia dándole gracias; él es nuestro Dios y nosotros el pueblo que él guía; ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón».

Lo que más me interpela de Romanos 13,8-10: «A nadie le debáis nada, más que amor; quien ama al prójimo ha cumplido la ley; amarás a tu prójimo como a ti mismo; el amor no hace mal al prójimo; la plenitud de la ley es el amor».