Sobre el evangelio de Mateo 18, 21-35
...pero también del libro del Eclesiástico 27, 33–28, el Salmo 102 y la carta de Pablo a los Romanos 14, 7-9
(Ciclo A, XXIV domingo del Tiempo Ordinario)
Pedro hace una pregunta muy humana: «¿Cuántas veces tengo que perdonar?». En el fondo quiere una cifra. Un límite. Saber hasta dónde llega su obligación y a partir de qué momento puede decir: ya está, hasta aquí.
Yo también habría querido muchas veces que Jesús me diera una cifra.
Porque cuando has tenido que perdonar determinadas palabras escuchadas desde un púlpito, determinadas miradas, determinados silencios; cuando has tenido que reconstruir dentro de ti la imagen de un Dios que otros deformaron hasta hacerte creer que tu manera de amar podía separarte de Él, llega un momento en que uno siente la tentación de preguntar lo mismo que Pedro:
¿Otra vez?
¿También esto tengo que perdonarlo?
Y Jesús responde exagerando: «setenta veces siete».
Es decir: deja de contar.
Confieso que durante mucho tiempo esta respuesta me incomodó. Porque el perdón puede convertirse también en una palabra peligrosa cuando se predica siempre a quienes han recibido el golpe y casi nunca a quienes lo dieron.
A las personas LGBTIQ+ creyentes se nos ha pedido muchas veces paciencia. Que comprendamos. Que esperemos. Que no exageremos. Que tengamos en cuenta que la Iglesia cambia despacio. Incluso que perdonemos determinadas expresiones porque «no hubo mala intención».
Y quizá ha llegado el momento de hacer otra pregunta.
¿Hasta cuándo se nos va a pedir perdón a nosotros sin exigir conversión a quienes nos hieren?
Porque el Evangelio de hoy no habla solamente de perdonar.
Habla también de haber sido perdonado y seguir comportándose sin misericordia.
Ese es precisamente el escándalo de la parábola.
El rey perdona al criado una deuda imposible de pagar. Le devuelve la vida cuando prácticamente la tenía perdida. Pero aquel hombre sale de allí y, al encontrarse con alguien que le debe mucho menos, lo agarra y lo estrangula.
Y mientras leo la escena no puedo evitar pensar en nuestra Iglesia.
Una Iglesia que vive proclamando que Dios la ha perdonado, la sostiene, la levanta y la ama a pesar de sus pecados, pero que algunas veces sale después a la calle agarrando del cuello a quienes considera moralmente sospechosos.
Una Iglesia que canta que Dios es misericordioso y después establece cuidadosamente quién puede acercarse, quién puede amar, quién puede formar una familia, quién puede ejercer determinados servicios o quién debe permanecer prudentemente invisible.
El Salmo de este domingo dice que Dios «no nos trata según nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas».
Qué hermoso.
Pero qué comprometedor.
Porque quienes pronunciamos esas palabras en una iglesia tendremos que preguntarnos después cómo tratamos a los demás.
Y aquí quiero dirigirme especialmente a ti, persona heterosexual creyente que estás leyendo esto.
No quiero que por unos minutos contemples nuestra historia desde la tranquilidad de quien piensa que este asunto no le afecta.
Te afecta.
Si perteneces a una comunidad donde una persona LGBTIQ+ teme decir quién es, te afecta.
Si escuchas un comentario despectivo y callas, te afecta.
Si alguien utiliza la fe para humillar y decides no intervenir para evitar problemas, te afecta.
Si conoces a personas que han abandonado la Iglesia porque dentro de ella encontraron más juicio que Evangelio y eso no te provoca ninguna pregunta, también te afecta.
Y no te lo digo para culpabilizarte.
Te lo digo porque te necesito.
Porque nos necesitamos.
Porque Pablo nos recuerda hoy algo extraordinario: «ninguno de nosotros vive para sí mismo».
Nuestra fe está entrelazada.
Tu manera de vivir el Evangelio puede facilitar que otra persona descubra a Dios o puede ocultárselo. Tu palabra puede abrir una puerta o cerrarla. Tu silencio puede ofrecer refugio o dejar a alguien completamente solo.
«Si vivimos, vivimos para el Señor», escribe Pablo.
También las personas LGBTIQ+.
No vivimos para justificar nuestra existencia ante nadie. No pertenecemos a quienes nos toleran ni a quienes nos condenan. No somos propiedad de una doctrina, de una moral sexual ni de quienes pretenden decidir cuánto podemos acercarnos al altar.
Somos del Señor.
Y eso, después de tantos años intentando reconciliar mi fe con aquello que soy, sigue pareciéndome una de las noticias más liberadoras del Evangelio.
También el Eclesiástico nos advierte hoy contra el rencor.
Y aquí la Palabra vuelve su mirada hacia mí.
Porque sería muy fácil escribir toda esta reflexión señalando hacia fuera.
Yo también tengo que vigilar mi corazón.
He conocido el resentimiento. Sé lo que significa recordar determinadas heridas y descubrir que todavía escuecen. Sé lo fácil que resulta convertir el dolor en una identidad y terminar mirando con desconfianza incluso a quienes se acercan con los brazos abiertos.
Pero no quiero vivir así.
No quiero que quienes un día intentaron convencerme de que Dios no podía quererme terminen decidiendo también en qué persona voy a convertirme.
Perdonar, entonces, empieza a tener otro significado.
No significa decir que aquello no tuvo importancia.
No significa borrar la memoria.
No significa regresar dócilmente al lugar donde te hicieron daño.
Y desde luego no significa renunciar a denunciar una injusticia.
Perdonar significa impedir que el daño tenga la última palabra.
Significa negarse a transmitir la herida.
Significa poder mirar hacia atrás sin necesidad de regresar.
Significa conservar el corazón suficientemente libre para seguir amando, celebrando, creyendo, luchando y esperando.
Pero existe otra parte del Evangelio que no podemos olvidar: quien recibe misericordia está llamado a convertirse en misericordioso.
Por eso no basta con decir a las personas LGBTIQ+:
«Perdonad».
Hay que preguntar también a nuestras comunidades:
¿Qué vais a cambiar para que ya no tengamos que perdonar siempre las mismas cosas?
Esa es quizá la pregunta que esta parábola deja hoy sobre nuestras iglesias.
Porque setenta veces siete puede expresar un perdón sin límites.
Pero nunca debería convertirse en setenta veces siete oportunidades para repetir la misma injusticia.
Yo quiero seguir perdonando.
Quiero hacerlo porque necesito caminar ligero.
Porque he descubierto un Dios mucho más hermoso que todas las imágenes deformadas que alguna vez me ofrecieron de Él. El Dios del Salmo: compasivo, misericordioso, lento a la ira, incapaz de guardar rencor eternamente.
Ese es el Dios en quien creo.
Y precisamente porque creo en Él seguiré reclamando una Iglesia que se le parezca.
Una Iglesia donde las personas LGBTIQ+ no necesitemos esconder parte de nuestra vida para ser consideradas dignas.
Una Iglesia en la que nadie tenga que elegir entre su fe y su verdad.
Una Iglesia donde la misericordia deje de ser solamente una palabra hermosa pronunciada desde el altar y termine convirtiéndose en una forma concreta de mirarnos, recibirnos y caminar juntas y juntos.
Yo puedo perdonar setenta veces siete.
Pero tú, hermana, hermano, comunidad, Iglesia…
¿estás dispuesta a no herirme setenta veces ocho?
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com
Del evangelio de Mateo 18, 21-35
Lo que más me interpela de Eclesiástico 27,33–28,9: «Perdona la ofensa a tu prójimo; no guardes rencor; piensa en tu final y deja de odiar; acuérdate de los mandamientos; apártate de las disputas; no siembres discordia entre quienes viven en paz».
Lo que más me interpela del Salmo 102,1-2.3-4.9-10.11-12: «Bendice, alma mía, al Señor; no olvides sus beneficios; él perdona tus culpas; rescata tu vida de la fosa; no guarda rencor perpetuo; no nos trata según nuestros pecados; aleja de nosotros nuestros delitos».
Lo que más me interpela de Romanos 14,7-9: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo; si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor; Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos».
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