Mientras nosotros seguimos encontrando motivos para excluir, Jesús se niega a despedir a nadie. Su mesa no se construye expulsando a quienes incomodan, sino haciendo sitio para que todas las personas descubran que también ellas tienen un lugar en el Reino.
Sobre Mateo 14, 13-21
Hay un detalle de este evangelio que siempre me conmueve: los discípulos miran a la multitud y solo ven un problema, pero Jesús la mira y ve personas. Ellos calculan la escasez; él descubre posibilidades. Ellos quieren despedir a la gente; él insiste: «No hace falta que se vayan».
Cuántas veces esa frase ha resonado dentro de mí.
Durante demasiados años sentí que la Iglesia me estaba diciendo exactamente lo contrario: «Sí hace falta que te vayas. Si quieres ser tú mismo, este no es tu sitio. Si amas a otro hombre, busca otro lugar. Si dejas de esconderte, aquí ya no cabes.» No siempre lo dijeron con palabras. A veces bastaban un silencio, un gesto, una homilía, una mirada o un documento. Hay formas muy educadas de expulsar a alguien.
Pero Jesús no despide a nadie. Eso cambia por completo el Evangelio.
Porque el milagro de los panes no comienza cuando el pan se multiplica. Comienza mucho antes, cuando Jesús se niega a aceptar que haya personas condenadas a quedarse fuera. El primer milagro es la compasión. El segundo, la confianza. El tercero, compartir.
Quizá por eso este relato me resulta tan profundamente LGBTIQ+. Porque conozco demasiado bien lo que significa vivir con la sensación de que siempre falta algo para ser aceptado: un cambio imposible, un arrepentimiento que no nace, una renuncia a uno mismo, un armario donde volver a encerrarse para no incomodar a nadie.
Y, sin embargo, Jesús no me pide que deje de ser quien soy. Lo único que me pregunta es qué panes llevo entre las manos.
Cinco panes y dos peces. Tan poca cosa.
Mi historia. Mis heridas. Mi fe, tantas veces reconstruida desde los escombros. Mi capacidad de amar. Mi experiencia de haber conocido un Dios que permaneció a mi lado cuando otros hablaban en su nombre para apartarme de Él.
Eso es todo lo que tengo. Y, sorprendentemente, parece bastarle.
Porque el Reino nunca ha necesitado personas perfectas. Solo personas dispuestas a poner sobre la mesa lo poco que poseen, sin esconderlo por vergüenza.
Quizá también nosotras y nosotros, las personas creyentes LGBTIQ+, necesitamos escuchar hoy una llamada incómoda. A veces, después de tantos rechazos, terminamos creyendo que nuestra única misión consiste en sobrevivir. Nos conformamos con encontrar pequeños espacios seguros, comunidades donde respirar, grupos donde no nos juzguen. Todo eso es necesario. Pero no suficiente.
Jesús no multiplica el pan para crear un rincón protegido para unos pocos. Lo multiplica para toda la multitud.
Nuestra vocación tampoco puede reducirse a buscar refugios. Estamos llamados a alimentar una Iglesia entera con lo que nuestra experiencia de fe ha aprendido sobre la misericordia, la autenticidad y la esperanza. No somos únicamente destinatarios del Evangelio. También somos pan para los demás y las demás.
Y eso cambia completamente nuestra identidad.
Pero este evangelio también lanza una pregunta incómoda a quienes nunca han tenido que esconder quiénes son.
¿Por qué seguís hablando de acogida cuando aún hay personas que sienten que deben ocultar su orientación sexual o su identidad para conservar un ministerio, un empleo, una comunidad o incluso su propia familia? ¿Cómo podéis proclamar la abundancia del Reino mientras seguís administrando la pertenencia como si fuera un bien escaso? ¿Cómo podéis repartir el Pan eucarístico mientras negáis, en la práctica, el pan de la dignidad?
Quizá el verdadero milagro pendiente no sea multiplicar los panes. Quizá sea dejar de decidir quién merece comer.
Porque el Evangelio nunca habla de una mesa reservada para los puros. Habla de una hierba donde todos se sientan juntos. No hay zonas VIP del Reino. No hay mesas para heterosexuales y rincones discretos para quienes incomodan. No hay un Cristo que bendiga el pan mientras calcula quién es digno de recibirlo.
Solo hay un Maestro que sigue diciendo: «Dadles vosotros de comer.»
Y sospecho que esa orden sigue dirigida hoy a toda la Iglesia. No para que alimente únicamente el cuerpo de quienes llegan con hambre. Sino para que deje de fabricar hambrientos de dignidad.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


