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junio 12, 2026

CCIV. SEGUIMOS AQUÍ


Sobre
Mateo 9,36–10,8


Hay descubrimientos que llegan tarde, pero cuando llegan cambian muchas cosas.

Uno de ellos fue darme cuenta de que nunca estuve solo.

Durante años pensé que ser creyente y homosexual era una especie de anomalía. Algo que me ocurría a mí y a unas pocas personas más. Miraba alrededor en la parroquia, en los grupos, en las celebraciones, y no veía a nadie. O al menos eso creía.

Con el tiempo comprendí que sí estaban.

Estaban por todas partes.

Cantando en el coro. Preparando la catequesis. Visitando enfermos. Participando en Cáritas. Rezando en silencio en los últimos bancos. Celebrando su fe con una discreción que muchas veces era simple supervivencia.

Nos habíamos acostumbrado a no reconocernos.

A vivir detrás de puertas cerradas.

A hablar en voz baja.

A esconder aquello que otros jamás tuvieron que ocultar.

Después llegaron los encuentros. Una historia. Otra más. Luego decenas. Personas distintas, de edades diferentes, con trayectorias muy diversas, pero con algo en común: seguían buscando a Jesús después de haber escuchado demasiadas veces que quizá no había sitio para ellas en la Iglesia.

Entonces entendí algo que todavía hoy me emociona.

No éramos una excepción.

Éramos una multitud.

Una multitud silenciosa.

Quizá por eso las palabras de Jesús siguen golpeándome con tanta fuerza cuando contempla a la gente cansada y abatida, "como ovejas sin pastor".

Porque sigo encontrando demasiadas personas en esa situación.

Hace pocos días leí el testimonio de un hombre creyente que, después de recibir la comunión, fue llamado aparte por su párroco. Quería hablar con él. Lo que escuchó a continuación fue devastador: que no volvería a recibir la Eucaristía, que el sacramento era para él poco menos que un veneno, que su relación afectiva lo convertía en una persona indigna ante Dios.

Cuando terminé de leerlo me quedé un rato en silencio.

No porque me sorprendiera. Quienes pertenecemos al colectivo LGBTIQ+ conocemos historias parecidas desde hace demasiado tiempo.

Lo que me dolió fue imaginar la escena.

La puerta de la parroquia.

La conversación.

La humillación.

Y, sobre todo, la soledad.

Porque conozco bien esa sensación de que alguien pretende interponerse entre Dios y tú.

Sin embargo, cada vez que intento imaginar a Jesús en esa escena, la imagen no encaja.

No consigo verlo expulsando.

No consigo verlo humillando.

No consigo verlo negando el pan a quien se acerca con hambre.

Lo que sí veo es al Jesús de los Evangelios acercándose a quien acaba de ser herido por motivos religiosos.

Lo veo haciendo preguntas.

Escuchando.

Acompañando.

Devolviendo dignidad.

Porque esa fue una constante de su vida pública. Jesús parecía sentirse especialmente atraído por quienes cargaban sobre los hombros el peso de la exclusión religiosa.

Por eso me inquieta tanto una Iglesia que a veces parece más preocupada por vigilar que por acompañar.

Más interesada en controlar que en sanar.

Más pendiente de determinadas normas que de las personas concretas que tiene delante.

Y no hablo solo de las personas LGBTIQ+.

Pienso también en quienes se han sentido rechazadas por estar divorciadas, por convivir en pareja, por no encajar en determinados moldes, por formular preguntas incómodas o simplemente por ser diferentes.

Pienso en todas esas personas que un día dejaron de sentirse en casa.

Y vuelvo al Evangelio.

"Estaban como ovejas sin pastor."

Qué tristeza que esa frase siga describiendo la experiencia de tantas hijas e hijos de Dios.

Lo más doloroso es que muchas de esas personas no han perdido la fe.

Han perdido la confianza.

Y recuperar la confianza cuesta muchísimo más que conservar la fe.

Por eso me conmueve que Jesús no se limite a sentir compasión. Después reúne a sus discípulos y discípulas —porque alrededor suyo había muchas más personas que los Doce— y los envía a curar, a levantar, a devolver esperanza.

Nunca a humillar.

Nunca a avergonzar.

Nunca a cerrar puertas.

Cuando Jesús envía, no entrega poder sobre las personas. Entrega responsabilidad hacia ellas.

Quizá por eso sigo creyendo en la Iglesia.

No siempre gracias a ella, a veces a pesar de ella.

Pero sigo creyendo.

Porque también he conocido comunidades donde nadie me preguntó a quién amaba antes de darme un abrazo.

He conocido sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que me ayudaron a descubrir que Dios jamás estuvo en guerra conmigo.

He conocido el Evangelio vivido de verdad.

Y eso cambia la vida.

Por eso esta reflexión no nace de la amargura.

Nace de la esperanza.

De la certeza de que Jesús sigue mirando a quienes están cansados y abatidos con la misma compasión de entonces.

Y de la convicción de que llegará el día en que nadie tenga que escoger entre su fe y su dignidad.

Porque Dios nunca ha pedido semejante sacrificio.

Y porque ninguna oveja debería caminar sola cuando existe un Pastor que conoce su nombre.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»
Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judás Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.»

junio 06, 2026

CCXIII. LA MESA ESTÁ PUESTA


Sobre
Juan 6, 51-58

No puedo escuchar este Evangelio sin emocionarme.

Y lo digo así, sin adornos, porque durante demasiados años pensé que la mesa del Señor era un lugar al que yo podía acercarme solo a medias. Como quien entra en una casa ajena procurando no molestar demasiado. Como quien sabe que algunos preferirían que no estuviese allí.

Creo que muchas personas LGBTIQ+ creyentes entenderán perfectamente lo que intento explicar.

Hay heridas que no nacen únicamente del rechazo explícito. Algunas aparecen lentamente, casi en silencio, cuando durante años escuchas que tu forma de amar es “objetivamente desordenada”, cuando percibes que determinadas miradas en la Iglesia te toleran pero no terminan de reconocerte plenamente como hermano, cuando descubres que para seguir perteneciendo a ciertos espacios debes aprender a esconder partes de tu vida.

Y aun así… aquí sigo.

Aquí seguimos muchos y muchas.

Lo sorprendente es que no permanecemos por miedo ni por costumbre. Seguimos porque un día descubrimos que Jesús se parecía muy poco a algunas cosas que nos habían contado sobre Él.

Por eso este Evangelio me conmueve tanto.

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo.”

No dice "soy el pan para los perfectos”.
Ni “soy el pan para quienes nunca dudan”.
Ni siquiera “soy el pan para quienes cumplen impecablemente determinadas normas morales”.

Dice “para la vida del mundo”.

Y otra vez vuelvo a sentir algo muy parecido a lo que tantas veces he experimentado leyendo el Evangelio: también nosotras y nosotros estamos dentro de ese mundo.

También las personas LGBTIQ+.

También quienes durante años se acercaron a comulgar preguntándose en secreto si Dios sentiría rechazo hacia ellos.

Hay algo profundamente doloroso en eso. Que precisamente quienes más necesitaban experimentar la ternura de Cristo hayan recibido tantas veces sospecha, vigilancia o miedo. Como si la Eucaristía fuese antes un examen moral que alimento para personas heridas.

Y sin embargo, cada vez que me acerco al altar ocurre algo dentro de mí que ya nadie podrá arrebatarme.

Siento alegría.

Alegría verdadera.

No una alegría ingenua que ignore las contradicciones de la Iglesia. Las conozco demasiado bien. He visto sufrimiento. He escuchado discursos crueles disfrazados de doctrina. He conocido personas destruidas espiritualmente por sentirse indignas de acercarse al Cuerpo de Cristo. He visto cómo algunas comunidades siguen cerrando puertas mientras hablan del amor de Dios.

Pero precisamente por todo eso la Eucaristía me parece todavía más revolucionaria.

Porque Jesús se entrega como alimento. No como premio.

Se parte y se reparte para sostener vidas frágiles, cansadas, heridas. Y quienes hemos vivido mucho tiempo sintiéndonos al margen sabemos reconocer muy bien lo que significa que alguien nos siente finalmente a su mesa sin pedirnos antes dejar de ser quienes somos.

A veces pienso que una parte de la Iglesia no ha entendido todavía lo escandaloso que es realmente el Evangelio.

Jesús no excluyó de su mesa a quienes eran considerados impuros, sospechosos o moralmente cuestionables. Más bien al contrario: parecía empeñado en sentarse precisamente con ellos.

Por eso me resulta tan duro comprobar cómo todavía hoy hay personas LGBTIQ+ creyentes que sienten miedo al acercarse a comulgar. Miedo al juicio. Miedo a determinadas miradas. Miedo a no ser consideradas dignas.

Y lo más triste es que muchas veces ese miedo no viene de Dios.

Viene de nosotros.

Viene de una Iglesia que, en demasiadas ocasiones, ha hablado más de moral sexual que de misericordia, más de pureza que de heridas humanas, más de control que de Evangelio.

Lo digo con dolor, porque amo profundamente a la Iglesia. Pero precisamente por eso creo que necesitamos una conversión enorme.

No puede anunciarse creíblemente el “pan de vida” mientras tantas hijas e hijos de Dios continúan sintiéndose extraños en la mesa.

No puede proclamarse que Cristo entrega su carne “por la vida del mundo” mientras parte de ese mundo sigue preguntándose si realmente hay sitio para él dentro de la comunidad cristiana.

A mí me salvó descubrir que sí lo hay.

Y que cuando el sacerdote levanta el pan y el vino, Cristo no me mira como un expediente moral ni como un problema doctrinal. Me mira como hijo.

Como alguien amado.

Quizá por eso sigo emocionándome cada vez que escucho “tomad y comed”.

Porque después de tantos años de miedo, de armarios, de silencios y de dudas, sigo sintiendo que esas palabras también fueron pronunciadas para mí. Para ti. Para todas y todos, sin excepción.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

mayo 30, 2026

CCXII. NO VINO A JUZGAR


Sobre
Juan 3,16-18

Durante muchos años pensé que ese “mundo” del que habla Jesús no me incluía del todo.

Sí, escuchaba el Evangelio. Iba a misa. Rezaba. Creía sinceramente en Dios. Pero, en algún rincón muy profundo de mí, permanecía la sospecha de que las personas como yo ocupábamos un lugar incómodo en el corazón de la Iglesia… y quizá también en el de Dios.

No nací pensando eso. Me lo fueron enseñando.

Poco a poco. Sin necesidad de grandes discursos. Bastaba escuchar determinadas bromas, ciertos silencios, algunas homilías. Bastaba la forma en que se pronunciaba la palabra “homosexual”, casi siempre asociada a pecado, desorden o peligro. Uno termina interiorizando que debe esconder algo para ser querido. Incluso delante de Dios.

Por eso este Evangelio me desarma. Porque Jesús no dice: “Dios amó a los perfectos”. Ni siquiera dice: "Dios amó a quienes encajaban”. Dice: “Dios amó al mundo”. Y yo estoy dentro de ese mundo.

También nosotros. También nosotras. Y nosotres.
Las personas LGBTIQ+ no somos un error dentro de la creación de Dios ni una nota incómoda al margen del Evangelio. Somos parte de ese mundo amado hasta el extremo.

Parece algo sencillo. Pero llegar a creerlo de verdad puede costar una vida entera.

Hay personas heterosexuales creyentes que nunca tendrán que preguntarse si Dios siente rechazo hacia ellas por amar. Nunca entrarán en una iglesia preguntándose si las lecturas, la homilía o los comentarios de después pondrán en duda su dignidad. Nunca tendrán que medir gestos, silencios o afectos para evitar convertirse en motivo de sospecha dentro de su propia comunidad cristiana.

Nosotros sí. Y eso deja heridas. Heridas espirituales muy profundas, aunque a veces la Iglesia no quiera mirarlas de frente.

Con los años he comprendido que muchas personas LGBTIQ+ creyentes vivimos la fe sosteniéndonos casi únicamente sobre una intuición: que Jesús tiene que parecerse más al amor que al miedo. Más a la misericordia que al juicio. Más a la acogida que a la vigilancia moral constante sobre nuestras vidas.

Porque, sinceramente, si yo hubiera creído del todo algunos discursos religiosos que escuché durante años, habría terminado alejándome de Dios para sobrevivir.

Y aquí aparece algo que me parece decisivo en este texto:
“Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para salvarlo”.

Qué lejos queda eso de ciertas actitudes eclesiales.

A veces da la impresión de que algunas personas dentro de la Iglesia sienten auténtica obsesión por juzgar las vidas ajenas, especialmente las relacionadas con la sexualidad. Como si el centro del Evangelio fuera controlar cuerpos, afectos o identidades. Mientras tanto, cuestiones gravísimas —el abuso de poder, la manipulación espiritual, el silenciamiento de víctimas, determinadas dinámicas de encubrimiento— son tratadas muchas veces con una delicadeza institucional que jamás se tiene hacia las personas LGBTIQ+.

Y eso produce escándalo. Escándalo verdadero.

Porque cuando una comunidad cristiana habla más de “desviaciones” que de misericordia, más de normas que de personas heridas, más de miedo que de amor, termina alejándose peligrosamente del corazón del Evangelio.

Lo digo con dolor, no con odio.

Yo amo a la Iglesia. Quizá precisamente por eso me duele tanto verla incapaz muchas veces de reconocer el sufrimiento que ha provocado en tantas personas homosexuales, lesbianas, bisexuales o trans creyentes. Personas que no perdieron la fe por falta de Dios, sino por exceso de desprecio religioso.

Y aun así, aquí seguimos. Algunos después de abandonar durante años. Otros resistiendo desde dentro en silencio. Muchas personas sosteniéndose únicamente sobre esa certeza íntima de que Cristo no puede rechazar a quien ama sinceramente.

Porque al final la pregunta importante no es si las personas LGBTIQ+ cabemos en la Iglesia. La pregunta verdadera es otra: ¿puede la Iglesia anunciar creíblemente el amor de Dios mientras sigue haciendo sentir indignas a tantas hijas e hijos suyos?

A mí me salvó descubrir que Jesús no vino a confirmar el rechazo que otros habían colocado sobre mi vida. Vino precisamente a romperlo. Y desde entonces leo este Evangelio casi como quien escucha una voz dirigida personalmente a su propia historia: “Tanto amó Dios al mundo…”

Incluso cuando algunos intentaron convencerme de lo contrario. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.