Sobre Mateo 5, 1-12
Subo al monte con Jesús y no lo hago desde un lugar cómodo. Llego con mi historia LGBTIQ+ a cuestas, con lo que amo y con lo que me han hecho dudar de mí mismo. Me siento entre la gente y, antes incluso de escucharle, sé que no estoy en el centro. Estoy en el borde. En ese lugar donde muchas veces la Iglesia dice “te acogemos”, pero luego te pide que no hables demasiado alto, que no nombres lo que eres, que no muestres a quién amas.
Jesús empieza diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu”. Y algo dentro de mí se remueve. Porque he aprendido a vivir con las manos abiertas, no por virtud, sino por necesidad. Cuando te han dicho que tu manera de amar es un problema, aprendes pronto que no te salvas solo. Que necesitas a Dios de verdad, no como idea, sino como refugio. Y quizá ahí, en esa pobreza impuesta, el Reino ya ha empezado a abrirse paso.
“Bienaventurados los que lloran”. Pienso en todas las lágrimas silenciosas: las que no se ven en las sacristías, las que no entran en los documentos pastorales. Las lágrimas de quienes han sido expulsados, corregidos, tolerados sin ser reconocidos. Las de quienes siguen sentados en el último banco para no molestar. Jesús no las esquiva. No las espiritualiza. Dice que serán consolados. No mañana, no cuando cambien, sino así, tal como están.
Cuando escucho “bienaventurados los mansos”, me cuesta. Porque durante mucho tiempo nos han pedido mansedumbre como sinónimo de silencio. Nos han querido dóciles, agradecidos por las migajas de acogida. Pero Jesús no habla de sumisión. Habla de una fuerza que no necesita violencia, de una dignidad que no se impone, pero tampoco se esconde. Una mansedumbre que no renuncia a la verdad.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”. Aquí siento que me nombra del todo. Porque amar como persona LGBTIQ+ en la Iglesia no es solo resistir; es comprometerse. Es no conformarse con una acogida que no transforma nada. Es desear una Iglesia donde no tengamos que pedir permiso para existir, donde no se nos exija dividir la fe y la vida. Esa hambre duele, cansa, pero Jesús la llama bienaventuranza.
“Bienaventurados los misericordiosos”. Pienso en la paradoja: tantas veces hemos tenido que ser misericordiosos con una Iglesia que no siempre lo ha sido con nosotros. Hemos aprendido a mirar con compasión a quienes nos rechazan, a entender sus miedos, sus límites. Y aun así, seguimos pidiendo algo sencillo: no tolerancia, sino reconocimiento; no silencio, sino palabra compartida.
Cuando Jesús dice “bienaventurados los limpios de corazón”, respiro hondo. Porque demasiadas veces nos han hecho sentir sucios. Como si nuestro amor manchara, como si nuestro cuerpo fuese un problema. Pero la limpieza de corazón no tiene que ver con la orientación, sino con la verdad. Y yo sé que cuando amo con fidelidad, con cuidado, con entrega, ahí no hay suciedad. Ahí hay Evangelio.
“Bienaventurados los que trabajan por la paz”. No los que evitan el conflicto, sino los que lo atraviesan sin renunciar al amor. Ser persona LGBTIQ+ creyente es, muchas veces, estar en medio: entre la fe y la herida, entre el compromiso y el cansancio. Trabajar por la paz no es callar para que todo siga igual, sino sostener la tensión con esperanza, creyendo que el Espíritu sigue empujando.
Y cuando Jesús termina diciendo: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia”, no puedo evitar sentir un nudo en la garganta. Porque hay persecuciones que no hacen ruido, que no salen en las noticias, pero que desgastan el alma: miradas, exclusiones sutiles, puertas que no se abren. Jesús no las minimiza. Las nombra. Y nos dice que el Reino también es nuestro.
Desde este margen escucho las bienaventuranzas no como consuelo barato, sino como una llamada. No a resignarme, sino a seguir caminando. A amar a la Iglesia sin dejar de decir la verdad. A comprometerme sin desaparecer. A creer, incluso cuando duele, que Dios no se equivoca al llamarnos bienaventurados.


