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abril 18, 2026

CCVI. TAMBIÉN ES PARA TI


Sobre
Lucas 24, 13-35


No siempre la fe es claridad. A veces es camino. Dos personas se alejan de Jerusalén con la sensación de haber perdido lo que daba sentido a todo. Caminan juntas, sí, pero desorientadas, asustadas, incapaces de entender lo que ha pasado. Y, sin embargo, siguen andando.

Esa escena me resulta demasiado familiar. Porque hay momentos en la vida —y muchas personas LGBTIQ+ lo sabemos bien— en los que uno avanza sin tener claro quién es, ni cómo encajar lo que siente, ni qué hacer con lo que ha recibido. No es solo confusión. Es una mezcla de miedo, de tristeza y de preguntas que no encuentran respuesta. Especialmente cuando la fe, en lugar de iluminar, parece complicarlo todo.

Durante mucho tiempo, yo también caminé así. Con una sensación persistente de estar equivocado, de no encajar del todo, de no poder nombrar lo que me pasaba sin que eso tuviera consecuencias. Y en ese caminar, muchas veces Dios parecía ausente, o peor aún, del lado de quienes señalaban.

El relato de Emaús tiene algo profundamente humano: Jesús se acerca, pero no es reconocido. Camina con ellos, escucha su conversación, se interesa por su tristeza. No interrumpe, no corrige de entrada, no impone una verdad. Se coloca a su lado. Y eso, para mí, ya es revelador.

Porque muchas veces lo que hemos necesitado no era una respuesta rápida, ni una norma más clara, ni una explicación teológica. Era alguien que caminara con nosotros y nosotras sin juzgar, que escuchara de verdad, que no tuviera prisa por dejarnos atrás.

Jesús hace algo más: relee la historia. No niega el dolor, pero lo sitúa en un horizonte más amplio. Y poco a poco, sin forzar, algo empieza a moverse por dentro. No es todavía certeza. Es un calor, una intuición, una luz que no deslumbra pero orienta.

“¿No ardía nuestro corazón?”

Esa frase me parece clave. Porque hay experiencias que no se pueden demostrar, pero sí reconocer. Momentos en los que, sin saber muy bien cómo, uno empieza a intuir que Dios no está en contra, que quizá no se ha equivocado contigo, que tal vez hay un lugar también para ti en esta historia.

Y sin embargo, el reconocimiento pleno no llega en el camino, sino en la mesa. En lo cotidiano, en lo compartido, en el gesto de partir el pan. Ahí se abren los ojos.

Esto interpela mucho a la Iglesia. Porque no basta con acompañar en teoría. El Evangelio apunta a otra cosa: a espacios reales donde compartir la vida, donde la fe se haga cercana, donde las personas LGBTIQ+ no tengan que justificar su existencia para poder sentarse a la mesa.

Pero aquí aparece también la denuncia:

Muchas veces hemos sido invitados a caminar… pero no a quedarnos. Escuchados… pero no reconocidos del todo. Acompañados… pero desde una distancia que no termina de convertirse en comunión.

Y eso no es suficiente.

El gesto de Jesús es más radical: se queda, parte el pan, se deja reconocer. No pone condiciones. No exige que primero entiendan todo. Se ofrece.

Por eso, cuando finalmente lo reconocen, no se quedan ahí. Vuelven. Regresan a Jerusalén. Ya no desde la confusión, sino desde una certeza que no es perfecta, pero sí suficiente para ponerse en camino de nuevo.

Y aquí hay una palabra importante para quienes vivimos la fe desde la experiencia LGBTIQ+. No estamos condenados a caminar en la duda permanente. Tampoco a vivir escondidos en un relato que no nos incluye. Hay un momento —distinto para cada persona— en el que algo encaja, en el que el corazón arde, en el que se reconoce una presencia que da paz.

Esa presencia no elimina todas las preguntas. Pero sí cambia la dirección.

Y a quienes forman parte de la Iglesia y no viven esta realidad en primera persona, este Evangelio les deja una tarea clara: no adelantarse, no imponer, no simplificar. Caminar al lado, escuchar de verdad, y sobre todo, crear espacios, poner la mesa. Porque es ahí —no en el juicio, no en la distancia— donde se abren los ojos.

Quizá hoy muchas personas LGBTIQ+ siguen caminando hacia Emaús, alejándose de espacios donde no han encontrado lugar. La pregunta es si la Iglesia será capaz de salir a ese camino… o seguirá esperando desde Jerusalén.

Porque el Resucitado no espera.

Camina. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


AQUEL mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

abril 11, 2026

CCV. PUERTAS CERRADAS


Sobre
Juan 20, 19-31

El Evangelio describe una escena muy concreta: puertas cerradas por miedo a quienes están fuera. No es una imagen espiritual sin más. Es una decisión de supervivencia. Quedarse dentro, protegerse, evitar exponerse. Y, al leerlo, no puedo evitar reconocer ahí algo profundamente cercano.

Porque muchas personas LGBTIQ+ también hemos vivido así. No con cerrojos visibles, pero sí con una puerta interior bien cerrada. El armario no es solo silencio: es estrategia, es defensa, es aprender a medir cada palabra, cada gesto, cada verdad que se puede decir… o no. Y ese encierro no nace de la nada. Nace del miedo a quienes están fuera: al rechazo, a la burla, a la violencia, a dejar de ser aceptado. A veces incluso al rechazo en nombre de Dios.

Durante mucho tiempo, mi fe creció dentro de ese espacio cerrado. No era una fe libre, era una fe vigilada. Aprendida bajo sospecha. Y eso deja huella. Porque cuando te han enseñado que lo que eres puede alejarte de Dios, no es fácil reconocerlo como cercano. Ahí es donde la duda empieza a echar raíces.

Por eso me resulta tan honesta la figura de Tomás. No estaba cuando Jesús se apareció por primera vez. Y cuando le cuentan lo ocurrido, no puede creerlo. Pero no porque no quiera. Sino porque no puede. Porque hay una historia detrás. Porque hay experiencias que hacen difícil confiar en una buena noticia que nunca ha sido del todo buena para ti.

“Si no lo veo… no creeré.” No suena a rebeldía. Suena a protección. A alguien que necesita tocar para poder confiar. Y eso, en muchas personas LGBTIQ+ creyentes, es muy real. No basta con que nos digan que Dios ama. Hemos escuchado demasiadas veces lo contrario, o algo que se parecía demasiado a lo contrario.

Por eso me parece decisivo lo que hace Jesús. No deja fuera a Tomás. No lo corrige. No le exige fe. Vuelve. Se coloca delante de él. Y le ofrece sus heridas. Justo ahí. Donde Tomás necesita. Sin reproche.

Eso cambia la lógica.

Porque la fe ya no es una obligación moral, ni una prueba que hay que superar. Es un encuentro que se adapta a la historia de cada persona. También a la mía. También a la de quienes hemos aprendido a desconfiar.

Y vuelvo a la escena inicial. Las puertas siguen cerradas. El miedo no desaparece de golpe. Pero Jesús entra igualmente. No espera a que todo esté resuelto. No exige que primero dejemos de tener miedo. Entra en ese espacio tal como es.

Eso, para mí, es profundamente liberador.

Porque significa que Cristo no está fuera del armario esperando a que salgamos. Está dentro. En ese lugar donde hemos aprendido a escondernos. En ese espacio donde la fe ha sido a veces más lucha que consuelo. Y desde ahí dice: “Paz”. No como una idea, sino como una presencia que desarma el miedo poco a poco.

Pero aquí es donde el Evangelio se vuelve incómodo.

Porque mientras Jesús atraviesa puertas cerradas para encontrarse con quienes tienen miedo, a veces la Iglesia sigue siendo uno de los motivos por los que esas puertas se cierran. No siempre con violencia explícita. A veces con silencios. A veces con discursos que no nombran, pero excluyen. A veces con una acogida que se queda en lo teórico.

Y entonces la pregunta se vuelve inevitable.

¿Estamos ayudando a abrir espacios… o estamos contribuyendo a que muchas personas sigan encerradas?

No basta con decir “Dios ama”. No basta con invitar a confiar. Hay que hacerse cargo de las heridas que dificultan esa confianza. Hay que permitir que la fe se pueda tocar. Como hizo Jesús con Tomás.

Yo he necesitado ese proceso. He necesitado atravesar la duda, desmontar imágenes de Dios que no eran verdad, dejar de creer en un Dios que no se parecía a Cristo. Y no ha sido rápido. Ni fácil. Pero ha sido real.

Por eso, cuando leo este Evangelio, no veo solo una aparición. Veo un camino.

El de unas personas que pasan del encierro a la posibilidad.
El de alguien que duda… y no es expulsado por ello.
El de un Dios que no se impone, sino que se ofrece.

Y eso —aunque a veces no se quiera reconocer— también está ocurriendo hoy. En la vida de muchas personas LGBTIQ+ que, incluso desde espacios cerrados, siguen buscando, dudando, creyendo a su manera.

Quizá la verdadera pregunta no es si tenemos fe.

Sino si estamos dispuestos a dejar que Cristo entre donde todavía tenemos miedo.

Y si, como Iglesia, vamos a seguir cerrando puertas… 
o por fin vamos a aprender a no ponerlas.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

abril 04, 2026

CCIV. LA PIEDRA YA NO ESTÁ


Sobre
Juan 20, 1-9

Hay algo en este relato que siempre me ha desconcertado.
No empieza con la vida… empieza con la ausencia.

María Magdalena llega cuando aún está oscuro.
No busca un milagro.
Busca un cuerpo.

Y lo que encuentra es una piedra corrida.

Nada más.

Ni ángeles.
Ni palabras.
Ni consuelo.

Solo una señal extraña:
lo que estaba cerrado… ya no lo está.

A veces la fe empieza así.
No con respuestas, sino con una grieta.

Durante mucho tiempo, muchas personas hemos vivido con la sensación de que nuestra vida estaba sellada.
Como si hubiera un lugar asignado: el margen, el silencio, el “mejor no decir”.

Como si la fe y lo que somos no pudieran convivir.

Como si la piedra fuera definitiva.

Pero llega un momento —a veces pequeño, a veces doloroso— en que algo se mueve.
No fuera, sino dentro.

Y entonces empieza a surgir una sospecha:
quizá Dios no está donde nos dijeron.

Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba corren.
Entran.
Ven.

Todo está en orden… excepto lo esencial.

Jesús no está.

Y sin embargo, el Evangelio dice algo decisivo, referido a ese discípulo amado que primero no se atrevió a entrar y luego lo hizo con Pedro:
“vio y creyó.”

No entendió.
No vio a Jesús.
No tuvo pruebas.

Pero creyó.

Porque hay una forma de fe que nace no de la evidencia, sino del reconocimiento interior.

Y eso tiene mucho que ver con la experiencia de muchas personas LGBTIQ+ creyentes.

No siempre ha habido palabras.
No siempre ha habido acompañamiento.
No siempre ha habido Iglesia.

Pero sí ha habido momentos en los que algo encajaba por dentro:
una paz inesperada,
una certeza silenciosa,
la intuición de que Dios no rechazaba.

Muchas veces he hecho referencia a esa experiencia personal:
descubrir que el problema no era Dios…
sino la imagen de Dios recibida.

Y cuando esa imagen cae, cuando la piedra se mueve, algo respira.

La Resurrección, en este texto, no es un espectáculo.
Es un desplazamiento.

La vida ya no está donde estaba.

Y eso es profundamente incómodo.

Porque obliga a moverse.
Obliga a salir.
Obliga a dejar de buscar en el sepulcro.

Por eso esta página del Evangelio no es solo consuelo.
Es también una denuncia.

Porque quizá hoy seguimos haciendo lo mismo:
custodiando sepulcros que ya están vacíos,
repitiendo discursos que ya no contienen vida,
hablando de Dios sin reconocer dónde actúa realmente.

Y aquí la pregunta se vuelve directa.

¿Dónde estamos buscando a Cristo?

¿En estructuras que no se dejan mover?
¿En categorías que no escuchan la vida concreta?
¿O en esos lugares donde, a pesar de todo, la fe sigue naciendo?

Porque hay una convicción profunda: La Resurrección no ha terminado. Sigue ocurriendo.

También en la vida de muchas personas LGBTIQ+ que han pasado del miedo a la verdad,
del encierro a la libertad, del silencio a una fe vivida con dignidad.

No de forma perfecta.
No sin heridas.

Pero real.

Y eso —aunque no siempre se quiera reconocer— es también obra de Dios.

Por eso, cuando la piedra se mueve, no hay vuelta atrás.

Se puede dudar.
Se puede tardar en entender.

Pero ya no se puede volver a cerrar el sepulcro.

Porque la vida…
ya ha salido.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.