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octubre 03, 2026

CCXXVII. NO SOIS LOS DUEÑOS


La viña no pertenece a quienes ponen condiciones para entrar, ni a quienes deciden qué vidas merecen dar fruto. Es de Dios. Y también las personas LGBTIQ+ formamos parte de ella, no por concesión de nadie, sino por llamada. Esta reflexión quiere recordar algo incómodo y hermoso a la vez: nadie puede apropiarse de la Iglesia, y nosotros y nosotras también estamos llamados a ayudar a transformarla.

Sobre el evangelio de Mateo 21, 33-43

...pero también del libro de Isaías 5, 1-7, el Salmo 79 y la carta de Pablo a los Filipenses 4, 6-9

(Ciclo A, XXVII domingo del Tiempo Ordinario)

Hay una frase en esta parábola que hoy me golpea de una manera especial: la viña tiene dueño, pero los labradores no lo son. La viña es de Dios. Y quizá buena parte del problema empieza justo ahí, cuando alguien olvida algo tan sencillo. Cuando quienes recibieron el encargo de cuidarla terminan creyendo que les pertenece. Cuando empiezan a decidir quién entra, quién sobra, quién merece trabajar en ella y quién debe quedarse fuera. A veces incluso levantan cercas que Dios nunca pidió.

Como hombre homosexual y creyente, conozco algunas de esas cercas. Durante demasiados años aprendí a esconder una parte de mí para poder seguir dentro. Aprendí a medir palabras, gestos, afectos. A vivir con ese miedo tan difícil de explicar a quien nunca lo ha sentido: el miedo a que te miren distinto cuando sepan quién eres de verdad. También conocí palabras religiosas que, en vez de acercarme a Dios, me hicieron sentir culpable, sospechoso, casi defectuoso. Y es que hubo un tiempo en que llegué a pensar que, para acercarme a Dios, tenía que alejarme de mí mismo.

Hasta que fui descubriendo algo que cambió mi manera de creer: Dios no estaba detrás de aquella cerca. Estaba conmigo. Me conocía, me quería entero y me llamaba por mi nombre. Por eso me cuesta escuchar esta parábola sin pensar en una Iglesia que, demasiadas veces, ha confundido cuidar la viña con vigilarla. Y también, seamos claros, con controlarla. Como si alguien pudiera ponerle puertas a Dios. Como si una doctrina, una tradición o una autoridad pudiera convertirnos en propietarios de algo que solo pertenece al Señor. Mucho menos podemos decidir qué vidas son dignas de dar fruto.

Isaías cuenta que Dios trabajó su viña con mimo. La cavó, quitó las piedras, plantó buenas cepas. Esperaba uvas dulces y encontró frutos amargos. Y esa imagen sigue teniendo mucha fuerza hoy. Porque una comunidad cristiana puede tener templos hermosos, liturgias cuidadas, documentos impecables y discursos muy ortodoxos, y al mismo tiempo hacer que una persona LGBTIQ+ salga de allí sintiéndose más pequeña, más sola o más lejos de Dios. Algo falla entonces. Y no poco.

A las personas creyentes heterosexuales esta Palabra debería removerles por dentro. Porque acoger no puede significar simplemente “te dejamos estar aquí mientras no molestes demasiado”. No basta con decir que las puertas están abiertas si, una vez dentro, seguimos encontrando condiciones para poder ser quienes somos. La viña se reconoce por sus frutos, no por sus carteles de bienvenida.

Pero la verdad es que hoy tampoco quiero quedarme solo ahí. Porque quienes somos LGBTIQ+ y creyentes podemos pasar años enteros delante de la cerca, señalando —con razón— quién la levantó, quién nos hirió, quién nos cerró puertas. Y eso forma parte de nuestra historia. No hay que borrarlo. Pero yo ya no quiero vivir eternamente junto a la verja. Quiero entrar en la viña, ensuciarme las manos y ayudar a cuidarla.

El salmo pide a Dios que vuelva a visitar su viña y la restaure. Y cada vez estoy más convencido de que esa restauración también pasa por nosotros y nosotras. Por nuestras comunidades, por los grupos que acompañan, por una conversación a tiempo, por la mano que se tiende a quien llega con miedo, por la palabra que se pronuncia cuando alguien es humillado. También por nuestra presencia. Por seguir estando. No porque alguien haya tenido la amabilidad de dejarnos entrar, sino porque Dios nos llamó.

Pablo, además, ofrece una forma preciosa de reconocer los frutos: todo lo verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable. Siempre me impresiona esa lista. No dice heterosexual. No dice homosexual. No dice trans. Dice verdadero. Justo. Amable. Ahí está el criterio.

Y quizá después de tantos años intentando demostrar que también pertenecemos, haya llegado el momento de comprender algo todavía más grande: nuestra misión no consiste solo en conseguir un sitio dentro de la Iglesia. Estamos llamados a ayudar a construir la Iglesia que todavía falta. Una Iglesia donde nadie tenga que partirse en dos para acercarse a Dios. Donde ninguna orientación sexual ni identidad de género convierta a nadie en sospechoso. Donde la diversidad no sea soportada con resignación, sino recibida con alegría, como parte de esa viña inmensa que Dios sigue cultivando.

Y entonces las preguntas cambian: hermana, hermano LGBTIQ+, ¿qué fruto puedes ofrecer tú? ¿A quién puedes ayudar a volver a confiar? ¿Qué pequeña cerca puedes ayudar a derribar? No hace falta hacer cosas enormes. A veces será escuchar, acompañar, quedarse al lado de alguien que empieza a descubrir que Dios no le rechaza, alzar la voz cuando sea necesario o, simplemente, negarnos a repetir sobre otras personas las mismas exclusiones que un día nos hicieron tanto daño.

La viña está herida, sí. Pero sigue viva. Sigue siendo de Dios. Y nosotros también formamos parte de ella.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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¿Qué fruto está naciendo en ti? Cuéntalo.
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Del evangelio de Mateo 21, 33-43
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo.» Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.» Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?» Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Lo que más me interpela del libro de Isaías 5,1-7: «Mi amigo tenía una viña en una fértil ladera; la cavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas; esperaba que diese uvas, pero dio agrazones; ¿qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?; esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos».

Lo que más me interpela del Salmo 79,9.12.13-14.15-16.19-20: «Sacaste una vid de Egipto y la trasplantaste; extendió sus sarmientos hasta el mar; ¿por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes?; Dios del universo, vuélvete, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña; cuida la cepa que tu diestra plantó; no nos alejaremos de ti; Señor, Dios del universo, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve».

Lo que más me interpela de la carta de Pablo a los Filipenses 4,6-9: «Nada os preocupe; en toda ocasión presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias; la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús; todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, tenedlo en cuenta; lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros».

septiembre 25, 2026

CCXXVI. ¿QUÉ HACES TÚ?



Jesús nos recuerda que la fe no se demuestra con palabras, sino con hechos. A quienes decís que acogéis, os pregunta qué hacéis. 

Y a quienes alguna vez dudamos de nuestro lugar en la Iglesia, nos recuerda que Dios ya nos ha llamado hijas e hijos. 

¿Qué haces tú?


Sobre el evangelio de Mateo 21, 28-32

...pero también del libro de Ezequiel 18, 25-28, el Salmo 24 y la carta de Pablo a los Filipenses 2, 1-11

(Ciclo A, XXVI domingo del Tiempo Ordinario)


Durante muchos años aprendí que la fe estaba llena de respuestas correctas. Había que saber qué decir, qué creer, qué estaba permitido y qué no. Quizá por eso me inquieta tanto la sencilla pregunta que Jesús hace hoy: «¿Quién de los dos hizo la voluntad del padre?».

No pregunta quién habló mejor. Ni quién respondió lo que se esperaba de él. Pregunta quién hizo su voluntad.

Uno de los hijos dice que no irá, pero termina yendo. El otro responde inmediatamente que sí, pero después no mueve un dedo. Y Jesús coloca delante de los sumos sacerdotes y ancianos una afirmación escandalosa: publicanos y prostitutas les llevan la delantera en el Reino.

No sé si hemos terminado de comprender la provocación.

Porque es posible hablar correctamente de Dios y vivir muy lejos de su voluntad. Es posible conocer la doctrina, celebrar la Eucaristía, rezar, ocupar responsabilidades eclesiales y responder continuamente «sí, Señor», mientras nuestras decisiones están diciendo otra cosa.

Como persona homosexual y creyente lo he experimentado demasiadas veces.

He escuchado decir: «La Iglesia acoge a todos».
Y después llegaron las condiciones.

«Te respeto». Pero no hables demasiado de quién eres.

«Eres bienvenido». Pero procura que no se note a quién amas.

«Nadie te expulsa». Pero quizá determinadas responsabilidades no sean para ti.

«Todos somos hijos de Dios». Pero unos parecen tener que demostrarlo constantemente.

Y entonces regreso a la pregunta de Jesús: ¿quién está haciendo realmente la voluntad del Padre?

Porque no basta con decir que acogemos.

Hay que acoger.

No basta con afirmar que todas las personas poseen la misma dignidad.

Hay que defender esa dignidad cuando alguien la pisotea.

No basta con asegurar que no somos homófobos.

Hay que preguntarse qué hacemos cuando una persona LGBTIQ+ es humillada, señalada o apartada dentro de nuestra propia comunidad.

Aquí el Evangelio deja de permitirme hablar solamente de «ellos». También me examina a mí. Yo también puedo pronunciar hermosos «sí» mientras me niego a hacer lo que Dios me pide. La fe no me concede superioridad moral. Me obliga continuamente a revisar mis pasos.

Ezequiel lo dice con una claridad extraordinaria: siempre podemos cambiar de camino. La conversión no consiste en defender obstinadamente lo que hicimos ayer, sino en descubrir hoy que estábamos equivocados y atrevernos a actuar de otra manera.

Por eso pienso especialmente en quienes sois heterosexuales y creyentes.

Quizá nunca habéis insultado a una persona LGBTIQ+. Quizá incluso estáis convencidos de que nos respetáis. Pero permitidme una pregunta más incómoda: ¿qué habéis hecho?

¿Habéis levantado la voz cuando alguien utilizó el Evangelio para despreciarnos?

¿Habéis corregido una conversación homófoba entre personas creyentes?

¿Habéis acompañado a quien dudaba del amor de Dios porque le habían enseñado a avergonzarse de sí?

¿Habéis defendido públicamente nuestra presencia plena en la comunidad?

¿O vuestro «sí» termina justo donde comienza el conflicto?

El salmista pide hoy: «Señor, enséñame tus caminos». No dice: «Señor, confirma que mis caminos son los tuyos». Tal vez necesitamos rezar así con mucha más frecuencia. Porque Dios todavía puede sorprendernos mostrándonos que personas a las que colocamos detrás van caminando por delante.

Y entonces aparece Pablo invitándonos a tener los sentimientos de Cristo Jesús. Un Cristo que no se aferra a privilegios, que se vacía, se abaja y se pone al servicio.

La comunidad cristiana no puede seguir a ese Jesús desde la superioridad.

Mucho menos desde una superioridad que decide quién puede amar, quién puede formar una familia, quién puede mostrarse entero y quién debe esconder una parte de su vida para no incomodar.

Yo ya no necesito que nadie me asegure que Dios me quiere.

Eso lo aprendí después de un camino demasiado largo.

Descubrí que Dios estaba conmigo cuando tenía miedo, cuando me escondía y también cuando finalmente abrí la puerta del armario. Descubrí que nunca necesitó una versión mutilada de mí para quererme.

Pero todavía quedan muchas personas que no lo saben.

Algunas siguen sentadas en nuestras iglesias preguntándose en silencio si Dios podrá amarlas tal como son.

Y ahí es donde vuestro «sí» necesita convertirse en algo concreto.

Porque quizá el Evangelio de hoy no nos pregunta qué pensamos sobre las personas LGBTIQ+.

Quizá pregunta algo mucho más sencillo.

¿Qué estamos haciendo?

Podemos responder mañana.

O podemos comenzar hoy.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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Y tú, ¿qué haces? Compártelo. Tu voz también cuenta. Puedes comentar al pie de la entrada.


Del evangelio de Mateo 21, 28-32 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.» Él le contestó: «No quiero.» Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor.» Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»

Contestaron: «El primero.»

Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»


Ezequiel 18,25-28: «Si el malvado recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá; porque recapacitó y se convirtió de los delitos cometidos, vivirá ciertamente y no morirá».

Salmo 24,4bc-5.6-7.8-9: «Señor, enséñame tus caminos; instrúyeme en tus sendas; haz que camine con lealtad; recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; el Señor es bueno y es recto; hace caminar a los humildes con rectitud; enseña su camino a los humildes».

Filipenses 2,1-11: «Manteneos unánimes y concordes, con un mismo amor y un mismo sentir; no obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros; no os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás; tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús; se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo; se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte; por eso Dios lo exaltó sobre todo».

septiembre 18, 2026

CCXXV. NADIE SOBRA


Nadie sobra. Tampoco quienes llegaron tarde, quienes fueron apartados o quienes durante años creyeron que no tenían sitio. En la viña de Dios no hay vidas de segunda, pero quizá todavía haya demasiadas personas empeñadas en decidir quién merece entrar.

Sobre el evangelio de Mateo 20, 1-16

...pero también del libro de Isaías 55, 6-9, el Salmo 144 y la carta de Pablo a los Filipenses 1, 20c-24.27a 

(Ciclo A, XXV domingo del Tiempo Ordinario)


Hay una frase de esta parábola que podría pasar casi inadvertida y que, sin embargo, hoy se me queda clavada dentro: «Nadie nos ha contratado». Es la respuesta de quienes llevan todo el día esperando en la plaza cuando el dueño de la viña les pregunta por qué siguen allí. No dicen que no quisieran trabajar ni que hubieran rechazado ninguna invitación. Simplemente nadie había contado con ellos.

Y mientras leo estas palabras desde mi historia como hombre homosexual y creyente, inevitablemente pienso en tantas personas LGBTIQ+ que durante años permanecimos también esperando a las puertas de la viña. Muchas estábamos dentro de la Iglesia desde siempre: habíamos sido bautizadas, habíamos aprendido a rezar, participábamos en parroquias y comunidades. Pero había una parte de nuestra vida que parecía no poder entrar. Podíamos trabajar en la viña, sí, pero dejando fuera nuestro afecto, nuestra pareja, nuestra identidad, nuestra historia.

Durante años yo mismo llegué a pensar que aquello era lo normal. Que para permanecer cerca de Dios tenía que esconder una parte de mí y que quizá Él esperaba que algún día consiguiera cambiarla. Así puede una persona pasar mucho tiempo en la plaza: no porque Dios no la llame, sino porque otras personas se han colocado junto a la puerta decidiendo quién puede entrar y en qué condiciones.

Por eso me impresiona tanto el dueño de esta viña. Sale al amanecer, vuelve a media mañana, regresa al mediodía, por la tarde y cuando casi ha terminado la jornada. Parece incapaz de soportar que alguien permanezca fuera. Ese Dios sí se parece mucho al Dios que finalmente he encontrado: un Dios obstinado en buscarnos, que no empieza preguntando por nuestra orientación sexual, nuestra identidad de género o nuestra adecuación a determinados modelos. Cuando escucha «nadie nos ha contratado», no organiza una comisión para estudiar el caso.

Dice: «Id también vosotros a mi viña».

Ese también me parece hoy una de las palabras más hermosas del Evangelio, porque durante demasiado tiempo muchas personas LGBTIQ+ hemos escuchado otras: siempre que…, siempre y cuando…, pero con discreción…, sin hacer nada demasiado visible… Jesús, sin embargo, dice simplemente: también.

Isaías nos recuerda este domingo: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos». Quizá necesitemos escucharlo especialmente dentro de la Iglesia, porque con demasiada facilidad hemos construido fronteras, elaborado categorías y establecido quién está más cerca y quién está más lejos, para terminar llamando voluntad de Dios a nuestros propios límites.

Pero Dios sigue saliendo.

Y eso descoloca especialmente a quienes llegaron primero. Al terminar el día, el dueño entrega a los últimos exactamente el mismo salario que a quienes trabajaron desde la mañana. Estos protestan, no porque hayan recibido menos de lo acordado, sino porque los otros han recibido lo mismo. Quizá este sea uno de los grandes pecados religiosos: molestarnos porque Dios sea demasiado bueno con determinadas personas.

Por eso hoy quisiera dirigirme especialmente a quienes sois heterosexuales y creyentes. ¿Qué perdéis cuando una persona LGBTIQ+ descubre que Dios la ama exactamente igual que a vosotros? ¿Qué se os quita cuando nuestras parejas son respetadas? ¿Qué pierde vuestra fe cuando dejamos de escondernos? ¿Qué os falta cuando nosotros recibimos el mismo denario?

Porque algunas resistencias eclesiales quizá tengan más que ver con los trabajadores de primera hora de esta parábola de lo que nos gustaría reconocer. Han convertido la pertenencia en un privilegio, como si haber llegado antes otorgara más derechos sobre Dios, como si algunas personas pudieran decidir quién merece sentarse a la mesa o como si la gracia pudiera repartirse según orientación sexual, estado civil o cumplimiento de determinadas expectativas religiosas.

Y entonces Dios responde con una pregunta extraordinariamente provocadora: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». Quizá deberíamos escucharla dentro de nuestras parroquias y comunidades: ¿te incomoda que también las bendiga?, ¿te desconcierta que también las llame?, ¿te inquieta descubrir que quizá llevan años buscándome mientras tú pensabas que estaban lejos?

El Salmo 144 lo proclama sin demasiadas excepciones posibles: «El Señor es bueno con todos».

Con todos.

Quizá, entonces, la conversión que necesitamos no consista en conseguir que las personas LGBTIQ+ encontremos finalmente un sitio dentro de los esquemas que otros han construido. Quizá sean esos esquemas los que necesitan convertirse, porque la viña nunca fue nuestra. Es de Dios.

Hay además algo profundamente consolador en este Evangelio: el dueño no culpabiliza a quienes llegaron tarde ni les reprocha las horas perdidas. Simplemente las incorpora. Pienso en tantas personas LGBTIQ+ que regresan a la fe después de muchos años alejadas. A veces decimos que abandonaron la Iglesia, pero quizá deberíamos preguntarnos antes por qué se marcharon. Quizá algunas no se fueron. Quizá fueron empujadas hasta la plaza.

Yo conozco algo de esa plaza. Conozco el miedo a pensar que Dios pudiera rechazarme y también el esfuerzo inútil de intentar convertirme en aquello que otros esperaban. Pero conozco igualmente la alegría inmensa de descubrir que, mientras yo pensaba que estaba lejos de la viña, Dios seguía saliendo a buscarme.

Por eso las palabras de Pablo a los Filipenses adquieren hoy una fuerza especial: «Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo». No una vida digna de nuestras costumbres, de nuestras seguridades o de nuestros prejuicios. Digna del Evangelio. Y vivir dignamente el Evangelio quizá signifique preguntarnos a quién seguimos dejando en la plaza.

Quiero volver a hablarte a ti, creyente heterosexual que lees estas palabras. Quizá nunca hayas expulsado a nadie ni pronunciado un insulto homófobo. Quizá incluso pienses sinceramente que respetas a todo el mundo. Pero el Evangelio de hoy va más lejos: no pregunta únicamente si has hecho daño.

Pregunta si has salido a buscar.

Porque el dueño de la viña no se queda esperando cómodamente dentro. Sale una vez y otra y otra más. ¿A quién estás dispuesto a defender cuando alguien cuestione su dignidad? ¿A quién acompañarás cuando descubra que puede ser LGBTIQ+ y seguir llamando Padre a Dios? ¿Ante qué comentario dejarás de sonreír educadamente y decidirás decir: esto no es cristiano?

Quizá entonces empiece realmente a cambiar nuestra Iglesia. No cuando quienes hemos estado en los márgenes consigamos hacernos un pequeño hueco, sino cuando quienes nunca tuvisteis que pedir permiso para estar dentro salgáis también a la plaza.

Allí seguimos encontrándonos: personas heridas y esperanzadas, personas que se marcharon, que regresan y que todavía no se atreven. Algunas llegan al amanecer, otras a media tarde y otras cuando casi está oscureciendo.

No importa.

Al final todas reciben el mismo denario, porque el denario no es un premio por haberse portado mejor. El denario es su amor, y de ese amor nadie recibe una parte.

Dios se entrega entero.

También a nosotras. También a nosotros. También a mí.

Y cuando por fin comprendemos eso, dejamos de preguntarnos quién llegó primero y empezamos a celebrar que, al caer la tarde, ya no quede nadie esperando fuera. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

¿Y tú, a quién sigues dejando fuera? — Te leo al final. 📝 ⤵️


Del evangelio de Mateo 20, 1-16 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.» Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?» Le respondieron: «Nadie nos ha contratado.» Él les dijo: «Id también vosotros a mi viña.» Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.» Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.» Él replicó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Lo que más me interpela del libro de Isaías 55, 6-9: «Buscad al Señor mientras se deja encontrar; invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino y vuelva al Señor; mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos; como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los vuestros».

Lo que más me interpela del Salmo 144: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos; el Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan».

Lo que más me interpela de la Carta de San Pablo a los Filipenses 1, 20c-24.27a: «Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte; para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia; deseo partir para estar con Cristo; quedarme en esta vida es más necesario para vosotros; lo importante es que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo».


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