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julio 10, 2026

CCXVIII. MALA SEMILLA


Sobre
Mateo 13, 1-23

Siempre me ha atravesado esta parábola de Jesús. Quizá porque durante mucho tiempo pensé que hablaba solo de mí. Que yo era esa tierra llena de piedras, de zarzas, de caminos endurecidos donde la Palabra de Dios no podía crecer. Durante años escuché tantas veces que algo en mí no era correcto, que terminé creyendo que quizá la semilla de Dios nunca podría echar raíces en un corazón como el mío.

Pero con el paso del tiempo, con las heridas sanadas por el amor de un Dios mucho más grande que nuestros miedos, he descubierto otra lectura. Quizá Jesús no solo me pregunta qué tipo de tierra soy. Quizá también me pregunta qué tipo de sembrador quiero ser. Qué semillas dejo caer sobre la vida de los demás.

Porque hay semillas que curan y semillas que hieren. Hay palabras que levantan y palabras que entierran. Hay mensajes que anuncian el Reino y otros que, aunque se pronuncien en nombre de Dios, dejan tras de sí campos llenos de dolor.

Lo sabemos muy bien muchas personas LGBTIQ+ creyentes. Durante demasiado tiempo se sembró en nuestra tierra miedo, culpa y vergüenza. Nos dijeron que nuestra forma de amar nos alejaba de Dios, que nuestra identidad era una carga, una desviación, una amenaza. Algunos crecimos intentando arrancar de nuestra propia tierra aquello que, en realidad, Dios mismo había sembrado.

Por eso duele profundamente escuchar a un pastor de la Iglesia relacionar el Orgullo LGBTIQ+ con “el pecado de Satán”. Duele porque detrás de esa palabra “Orgullo” no hay soberbia ni deseo de ocupar el lugar de Dios. No hay un ser humano diciendo “puedo ser lo que quiera” desde el capricho o la arrogancia. Hay muchas veces una persona rota susurrando, después de años de oscuridad: “por fin puedo ser quien soy”.

El Orgullo nació precisamente donde antes habían sembrado vergüenza. Es la respuesta de quienes fueron obligados a esconderse, a callar, a pedir perdón por existir. Es la celebración de quienes un día descubrieron que su vida no era un error que corregir, sino una semilla de Dios llamada a crecer.

Y sí, claro que como creyente sé que existe un orgullo que nos aleja del Evangelio: el orgullo del poderoso que desprecia, el del que se cree dueño de la verdad, el del que carga pesos insoportables sobre los hombros de otros sin mover un dedo para ayudar. Ese orgullo sí seca la tierra. Ese orgullo sí impide que germine la semilla del Reino.

Pero abrazar la propia dignidad no es pecado. Levantarse después de haber sido humillado no es soberbia. Decir “soy hijo amado, soy hija amada de Dios” no es rebelarse contra el Creador; es reconocer su obra.

Quizá deberíamos preguntarnos qué frutos producen nuestras semillas. Jesús dijo que el árbol se conoce por sus frutos. Cuando una palabra pronunciada desde un púlpito provoca lágrimas, heridas antiguas, alejamiento de Dios o la sensación de no tener sitio en la Iglesia, deberíamos preguntarnos sinceramente si esa semilla procede del Evangelio.

Porque la buena semilla siempre acaba dando vida.

La semilla que Jesús sembraba hacía levantarse a quienes otros condenaban. Devolvía nombre a quienes eran tratados como pecadores. Sentaba a la mesa a quienes la religión había dejado fuera. Jesús nunca arrancó una flor porque creciera en un lugar inesperado.

Hoy sigo creyendo en esa Iglesia que puede ser tierra buena. Una Iglesia donde ninguna persona LGBTIQ+ tenga que esconder su historia para acercarse a Dios. Una Iglesia que deje de sembrar sospecha y empiece a sembrar acogida. Una Iglesia que descubra que en muchos de esos márgenes que tanto teme ya están creciendo frutos del Reino.

Porque durante años pensé que mi vida era una tierra equivocada.

Hasta que Dios me hizo comprender que Él nunca dejó de sembrar en mí.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»


julio 03, 2026

CCXVII. YUGO LIGERO


Sobre
 
Mateo 11, 25-30


¿No nos llama algo la atención en todo esto? Jesús no invita a los fuertes. No llama a quienes tienen todas las respuestas. No busca a quienes aparentan una fe impecable. Dice simplemente: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados».

Y durante demasiados años yo viví exactamente así.

No estaba cansado de Dios. Estaba cansado de intentar convencer a otros de que Dios podía quererme tal como soy. Agotado de esconder una parte de mi vida para no perder el cariño de quienes más quería. Exhausto de escuchar que mi orientación sexual era un problema que resolver, una cruz que soportar o una herida que curar. El peso no era mi homosexualidad. El peso era el armario. El peso eran las miradas. El peso era el miedo. El peso era una religión que, demasiadas veces, había olvidado el corazón de Jesús para quedarse únicamente con la letra.

Por eso, cuando escucho a Jesús decir que su yugo es ligero, no entiendo que la vida vaya a dejar de doler. Lo que comprendo es que Él no añade cargas. Las quita.

Qué diferencia tan enorme existe entre el Jesús del Evangelio y quienes siguen colocando sobre los hombros de tantas personas LGBTIQ+ fardos insoportables. Aún hoy hay jóvenes que abandonan la fe porque les han hecho creer que Dios les rechaza. Hay familias que rompen vínculos en nombre de la moral. Hay comunidades cristianas donde el silencio pesa más que el Evangelio. Hay pastores que hablan continuamente de pureza mientras olvidan la misericordia. Y eso no puede llamarse Buena Noticia.

Jesús da gracias al Padre porque estas cosas se revelan a la gente sencilla. Quizá porque quien ha sido herido por la vida aprende a reconocer mejor la ternura cuando aparece. Quien ha llorado mucho distingue enseguida una mano que no golpea, sino que sostiene.

Este fin de semana miles de personas recorrerán las calles de Madrid celebrando el Orgullo LGBTIQ+.  Algunos seguirán pensando que se trata únicamente de una fiesta. Yo veo algo mucho más profundo. Veo a personas que un día fueron obligadas a esconderse y que hoy caminan con la cabeza levantada. Veo memoria de quienes no pudieron hacerlo. Veo gratitud por quienes abrieron camino. Veo una afirmación sencilla y profundamente evangélica: nadie debería avergonzarse de la vida que Dios ha tejido en su interior.

Como creyente, también siento que el Orgullo tiene algo de peregrinación. No hacia un lugar, sino hacia la verdad. Es el largo camino que va desde el miedo hasta la libertad. Desde el armario hasta la luz. Desde la culpa impuesta hasta la paz de saberse hijo amado de Dios.

Y quizá sea precisamente eso lo que algunos no soportan: que una persona LGBTIQ+ pueda caminar erguida, creyente, libre y agradecida. Que pueda llevar una bandera arcoíris sobre los hombros sin dejar por ello de cargar el Evangelio en el corazón. Que pueda proclamar que Jesucristo nunca le pidió esconder quién era, sino amar más y mejor.

Yo ya no quiero cargar con yugos que Jesús nunca fabricó.

Prefiero caminar con Él.

Porque su yugo no aplasta.

Libera.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.» 

junio 24, 2026

CCXVI. EL MIEDO PERDIÓ


Sobre
Mateo 10, 37-42

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará».

Durante mucho tiempo este Evangelio me produjo inquietud. Me parecía un Jesús demasiado exigente, como si me pidiera elegir entre Él y las personas que amaba. Pero con los años he comprendido que quizá no habla de romper afectos, sino de algo mucho más profundo: de no dejar que el miedo decida por nosotros.

Porque hay miedos que terminan gobernando una vida entera.

Quienes hemos crecido descubriendo que éramos diferentes en un mundo que no siempre estaba preparado para entendernos sabemos algo de eso. Sabemos lo que significa preguntarse si, al mostrarnos tal como somos, perderemos el cariño de la familia, la amistad de quienes queremos o el respeto de nuestra comunidad creyente. Sabemos lo que significa vivir intentando conservarlo todo: la fe, los afectos, la pertenencia, la seguridad. Y sabemos también el precio que se paga cuando uno acaba escondiéndose para no perder nada.

Hubo una época de mi vida en que el miedo parecía tener más fuerza que la esperanza. Una época en la que la oscuridad me convencía de que quizá Dios esperaba de mí otra persona distinta de la que yo era. Mirando atrás, doy gracias porque aquella noche no tuvo la última palabra. Porque Dios estaba allí, incluso cuando yo no era capaz de verlo. Porque su amor resultó ser mucho más grande que mis temores, mis culpas y mis equivocadas imágenes de Él.

Por eso hoy leo este Evangelio de otra manera. Jesús no me pide que ame menos a quienes quiero. Me pide que no entregue mi vida al miedo a perderlos. Me invita a vivir desde la verdad. A dejar de negociar mi dignidad. A no esconder los dones que Dios sembró en mí. A no sacrificar mi propia alma para obtener aceptación.

Quizá esa sea también una de las cruces que tantas personas LGBTIQ+ hemos cargado durante años: la presión de aparentar, de callar, de justificar nuestra existencia, de soportar que otros hablen de nosotros sin escucharnos jamás. Una cruz que no viene de Dios, sino de una sociedad y, demasiadas veces, de una Iglesia que han confundido el Evangelio con el control, la acogida con la tolerancia y la verdad con el prejuicio.

Por eso este texto resuena de una forma especial en vísperas del Orgullo LGBTIQ+ que celebramos estos días en Sevilla. Porque el Orgullo no nació de la soberbia, como algunos siguen diciendo. Nació de la necesidad de dejar de esconderse. Nació cuando un grupo de personas decidió que ya no podía seguir viviendo de rodillas ante el desprecio. Nació cuando el miedo dejó de ser el dueño de sus vidas.

Y creo que hay algo profundamente evangélico en eso.

Cada vez que una persona deja el armario atrás y recupera su dignidad; cada vez que una familia abraza a su hijo o a su hija sin condiciones; cada vez que una comunidad cristiana abre sus puertas sin exigir renuncias imposibles; cada vez que alguien levanta la voz frente a la discriminación, dentro o fuera de la Iglesia, algo del Reino de Dios se hace visible entre nosotros.

Porque seguir a Jesús nunca consistió en proteger privilegios ni en defender fronteras morales. Consistió en ponerse del lado de quienes eran apartados. Consistió en devolver la dignidad a quienes la habían perdido. Consistió en recordar a las personas heridas que son amadas por Dios antes incluso de que nadie las comprenda.

«El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará».

Durante años pensé que perder la vida significaba renunciar a mí mismo. Hoy creo exactamente lo contrario. Creo que perder la vida es perder el miedo. Perder las máscaras. Perder las cadenas. Perder la necesidad de agradar a quienes nunca estarán satisfechos.

Y encontrarla es descubrir, por fin, que Dios nunca quiso otra versión de mí.

Sólo me quería vivo.

Y libre. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»