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septiembre 25, 2026

CCXXVI. ¿QUÉ HACES TÚ?

Imagen generada por IA

Jesús nos recuerda que la fe no se demuestra con palabras, sino con hechos. A quienes decís que acogéis, os pregunta qué hacéis. 

Y a quienes alguna vez dudamos de nuestro lugar en la Iglesia, nos recuerda que Dios ya nos ha llamado hijas e hijos. 

¿Qué haces tú?


Sobre el evangelio de Mateo 21, 28-32

...pero también del libro de Ezequiel 18, 25-28, el Salmo 24 y la carta de Pablo a los Filipenses 2, 1-11

(Ciclo A, XXVI domingo del Tiempo Ordinario)


Durante muchos años aprendí que la fe estaba llena de respuestas correctas. Había que saber qué decir, qué creer, qué estaba permitido y qué no. Quizá por eso me inquieta tanto la sencilla pregunta que Jesús hace hoy: «¿Quién de los dos hizo la voluntad del padre?».

No pregunta quién habló mejor. Ni quién respondió lo que se esperaba de él. Pregunta quién hizo su voluntad.

Uno de los hijos dice que no irá, pero termina yendo. El otro responde inmediatamente que sí, pero después no mueve un dedo. Y Jesús coloca delante de los sumos sacerdotes y ancianos una afirmación escandalosa: publicanos y prostitutas les llevan la delantera en el Reino.

No sé si hemos terminado de comprender la provocación.

Porque es posible hablar correctamente de Dios y vivir muy lejos de su voluntad. Es posible conocer la doctrina, celebrar la Eucaristía, rezar, ocupar responsabilidades eclesiales y responder continuamente «sí, Señor», mientras nuestras decisiones están diciendo otra cosa.

Como persona homosexual y creyente lo he experimentado demasiadas veces.

He escuchado decir: «La Iglesia acoge a todos».
Y después llegaron las condiciones.

«Te respeto». Pero no hables demasiado de quién eres.

«Eres bienvenido». Pero procura que no se note a quién amas.

«Nadie te expulsa». Pero quizá determinadas responsabilidades no sean para ti.

«Todos somos hijos de Dios». Pero unos parecen tener que demostrarlo constantemente.

Y entonces regreso a la pregunta de Jesús: ¿quién está haciendo realmente la voluntad del Padre?

Porque no basta con decir que acogemos.

Hay que acoger.

No basta con afirmar que todas las personas poseen la misma dignidad.

Hay que defender esa dignidad cuando alguien la pisotea.

No basta con asegurar que no somos homófobos.

Hay que preguntarse qué hacemos cuando una persona LGBTIQ+ es humillada, señalada o apartada dentro de nuestra propia comunidad.

Aquí el Evangelio deja de permitirme hablar solamente de «ellos». También me examina a mí. Yo también puedo pronunciar hermosos «sí» mientras me niego a hacer lo que Dios me pide. La fe no me concede superioridad moral. Me obliga continuamente a revisar mis pasos.

Ezequiel lo dice con una claridad extraordinaria: siempre podemos cambiar de camino. La conversión no consiste en defender obstinadamente lo que hicimos ayer, sino en descubrir hoy que estábamos equivocados y atrevernos a actuar de otra manera.

Por eso pienso especialmente en quienes sois heterosexuales y creyentes.

Quizá nunca habéis insultado a una persona LGBTIQ+. Quizá incluso estáis convencidos de que nos respetáis. Pero permitidme una pregunta más incómoda: ¿qué habéis hecho?

¿Habéis levantado la voz cuando alguien utilizó el Evangelio para despreciarnos?

¿Habéis corregido una conversación homófoba entre personas creyentes?

¿Habéis acompañado a quien dudaba del amor de Dios porque le habían enseñado a avergonzarse de sí?

¿Habéis defendido públicamente nuestra presencia plena en la comunidad?

¿O vuestro «sí» termina justo donde comienza el conflicto?

El salmista pide hoy: «Señor, enséñame tus caminos». No dice: «Señor, confirma que mis caminos son los tuyos». Tal vez necesitamos rezar así con mucha más frecuencia. Porque Dios todavía puede sorprendernos mostrándonos que personas a las que colocamos detrás van caminando por delante.

Y entonces aparece Pablo invitándonos a tener los sentimientos de Cristo Jesús. Un Cristo que no se aferra a privilegios, que se vacía, se abaja y se pone al servicio.

La comunidad cristiana no puede seguir a ese Jesús desde la superioridad.

Mucho menos desde una superioridad que decide quién puede amar, quién puede formar una familia, quién puede mostrarse entero y quién debe esconder una parte de su vida para no incomodar.

Yo ya no necesito que nadie me asegure que Dios me quiere.

Eso lo aprendí después de un camino demasiado largo.

Descubrí que Dios estaba conmigo cuando tenía miedo, cuando me escondía y también cuando finalmente abrí la puerta del armario. Descubrí que nunca necesitó una versión mutilada de mí para quererme.

Pero todavía quedan muchas personas que no lo saben.

Algunas siguen sentadas en nuestras iglesias preguntándose en silencio si Dios podrá amarlas tal como son.

Y ahí es donde vuestro «sí» necesita convertirse en algo concreto.

Porque quizá el Evangelio de hoy no nos pregunta qué pensamos sobre las personas LGBTIQ+.

Quizá pregunta algo mucho más sencillo.

¿Qué estamos haciendo?

Podemos responder mañana.

O podemos comenzar hoy.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Y tú, ¿qué haces? Compártelo. Tu voz también cuenta. Puedes comentar al pie de la entrada.


Del evangelio de Mateo 21, 28-32 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.» Él le contestó: «No quiero.» Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor.» Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»

Contestaron: «El primero.»

Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»


Ezequiel 18,25-28: «Si el malvado recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá; porque recapacitó y se convirtió de los delitos cometidos, vivirá ciertamente y no morirá».

Salmo 24,4bc-5.6-7.8-9: «Señor, enséñame tus caminos; instrúyeme en tus sendas; haz que camine con lealtad; recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; el Señor es bueno y es recto; hace caminar a los humildes con rectitud; enseña su camino a los humildes».

Filipenses 2,1-11: «Manteneos unánimes y concordes, con un mismo amor y un mismo sentir; no obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros; no os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás; tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús; se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo; se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte; por eso Dios lo exaltó sobre todo».

septiembre 18, 2026

CCXXV. NADIE SOBRA


Nadie sobra. Tampoco quienes llegaron tarde, quienes fueron apartados o quienes durante años creyeron que no tenían sitio. En la viña de Dios no hay vidas de segunda, pero quizá todavía haya demasiadas personas empeñadas en decidir quién merece entrar.

Sobre el evangelio de Mateo 20, 1-16

...pero también del libro de Isaías 55, 6-9, el Salmo 144 y la carta de Pablo a los Filipenses 1, 20c-24.27a 

(Ciclo A, XXV domingo del Tiempo Ordinario)


Hay una frase de esta parábola que podría pasar casi inadvertida y que, sin embargo, hoy se me queda clavada dentro: «Nadie nos ha contratado». Es la respuesta de quienes llevan todo el día esperando en la plaza cuando el dueño de la viña les pregunta por qué siguen allí. No dicen que no quisieran trabajar ni que hubieran rechazado ninguna invitación. Simplemente nadie había contado con ellos.

Y mientras leo estas palabras desde mi historia como hombre homosexual y creyente, inevitablemente pienso en tantas personas LGBTIQ+ que durante años permanecimos también esperando a las puertas de la viña. Muchas estábamos dentro de la Iglesia desde siempre: habíamos sido bautizadas, habíamos aprendido a rezar, participábamos en parroquias y comunidades. Pero había una parte de nuestra vida que parecía no poder entrar. Podíamos trabajar en la viña, sí, pero dejando fuera nuestro afecto, nuestra pareja, nuestra identidad, nuestra historia.

Durante años yo mismo llegué a pensar que aquello era lo normal. Que para permanecer cerca de Dios tenía que esconder una parte de mí y que quizá Él esperaba que algún día consiguiera cambiarla. Así puede una persona pasar mucho tiempo en la plaza: no porque Dios no la llame, sino porque otras personas se han colocado junto a la puerta decidiendo quién puede entrar y en qué condiciones.

Por eso me impresiona tanto el dueño de esta viña. Sale al amanecer, vuelve a media mañana, regresa al mediodía, por la tarde y cuando casi ha terminado la jornada. Parece incapaz de soportar que alguien permanezca fuera. Ese Dios sí se parece mucho al Dios que finalmente he encontrado: un Dios obstinado en buscarnos, que no empieza preguntando por nuestra orientación sexual, nuestra identidad de género o nuestra adecuación a determinados modelos. Cuando escucha «nadie nos ha contratado», no organiza una comisión para estudiar el caso.

Dice: «Id también vosotros a mi viña».

Ese también me parece hoy una de las palabras más hermosas del Evangelio, porque durante demasiado tiempo muchas personas LGBTIQ+ hemos escuchado otras: siempre que…, siempre y cuando…, pero con discreción…, sin hacer nada demasiado visible… Jesús, sin embargo, dice simplemente: también.

Isaías nos recuerda este domingo: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos». Quizá necesitemos escucharlo especialmente dentro de la Iglesia, porque con demasiada facilidad hemos construido fronteras, elaborado categorías y establecido quién está más cerca y quién está más lejos, para terminar llamando voluntad de Dios a nuestros propios límites.

Pero Dios sigue saliendo.

Y eso descoloca especialmente a quienes llegaron primero. Al terminar el día, el dueño entrega a los últimos exactamente el mismo salario que a quienes trabajaron desde la mañana. Estos protestan, no porque hayan recibido menos de lo acordado, sino porque los otros han recibido lo mismo. Quizá este sea uno de los grandes pecados religiosos: molestarnos porque Dios sea demasiado bueno con determinadas personas.

Por eso hoy quisiera dirigirme especialmente a quienes sois heterosexuales y creyentes. ¿Qué perdéis cuando una persona LGBTIQ+ descubre que Dios la ama exactamente igual que a vosotros? ¿Qué se os quita cuando nuestras parejas son respetadas? ¿Qué pierde vuestra fe cuando dejamos de escondernos? ¿Qué os falta cuando nosotros recibimos el mismo denario?

Porque algunas resistencias eclesiales quizá tengan más que ver con los trabajadores de primera hora de esta parábola de lo que nos gustaría reconocer. Han convertido la pertenencia en un privilegio, como si haber llegado antes otorgara más derechos sobre Dios, como si algunas personas pudieran decidir quién merece sentarse a la mesa o como si la gracia pudiera repartirse según orientación sexual, estado civil o cumplimiento de determinadas expectativas religiosas.

Y entonces Dios responde con una pregunta extraordinariamente provocadora: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». Quizá deberíamos escucharla dentro de nuestras parroquias y comunidades: ¿te incomoda que también las bendiga?, ¿te desconcierta que también las llame?, ¿te inquieta descubrir que quizá llevan años buscándome mientras tú pensabas que estaban lejos?

El Salmo 144 lo proclama sin demasiadas excepciones posibles: «El Señor es bueno con todos».

Con todos.

Quizá, entonces, la conversión que necesitamos no consista en conseguir que las personas LGBTIQ+ encontremos finalmente un sitio dentro de los esquemas que otros han construido. Quizá sean esos esquemas los que necesitan convertirse, porque la viña nunca fue nuestra. Es de Dios.

Hay además algo profundamente consolador en este Evangelio: el dueño no culpabiliza a quienes llegaron tarde ni les reprocha las horas perdidas. Simplemente las incorpora. Pienso en tantas personas LGBTIQ+ que regresan a la fe después de muchos años alejadas. A veces decimos que abandonaron la Iglesia, pero quizá deberíamos preguntarnos antes por qué se marcharon. Quizá algunas no se fueron. Quizá fueron empujadas hasta la plaza.

Yo conozco algo de esa plaza. Conozco el miedo a pensar que Dios pudiera rechazarme y también el esfuerzo inútil de intentar convertirme en aquello que otros esperaban. Pero conozco igualmente la alegría inmensa de descubrir que, mientras yo pensaba que estaba lejos de la viña, Dios seguía saliendo a buscarme.

Por eso las palabras de Pablo a los Filipenses adquieren hoy una fuerza especial: «Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo». No una vida digna de nuestras costumbres, de nuestras seguridades o de nuestros prejuicios. Digna del Evangelio. Y vivir dignamente el Evangelio quizá signifique preguntarnos a quién seguimos dejando en la plaza.

Quiero volver a hablarte a ti, creyente heterosexual que lees estas palabras. Quizá nunca hayas expulsado a nadie ni pronunciado un insulto homófobo. Quizá incluso pienses sinceramente que respetas a todo el mundo. Pero el Evangelio de hoy va más lejos: no pregunta únicamente si has hecho daño.

Pregunta si has salido a buscar.

Porque el dueño de la viña no se queda esperando cómodamente dentro. Sale una vez y otra y otra más. ¿A quién estás dispuesto a defender cuando alguien cuestione su dignidad? ¿A quién acompañarás cuando descubra que puede ser LGBTIQ+ y seguir llamando Padre a Dios? ¿Ante qué comentario dejarás de sonreír educadamente y decidirás decir: esto no es cristiano?

Quizá entonces empiece realmente a cambiar nuestra Iglesia. No cuando quienes hemos estado en los márgenes consigamos hacernos un pequeño hueco, sino cuando quienes nunca tuvisteis que pedir permiso para estar dentro salgáis también a la plaza.

Allí seguimos encontrándonos: personas heridas y esperanzadas, personas que se marcharon, que regresan y que todavía no se atreven. Algunas llegan al amanecer, otras a media tarde y otras cuando casi está oscureciendo.

No importa.

Al final todas reciben el mismo denario, porque el denario no es un premio por haberse portado mejor. El denario es su amor, y de ese amor nadie recibe una parte.

Dios se entrega entero.

También a nosotras. También a nosotros. También a mí.

Y cuando por fin comprendemos eso, dejamos de preguntarnos quién llegó primero y empezamos a celebrar que, al caer la tarde, ya no quede nadie esperando fuera. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

¿Y tú, a quién sigues dejando fuera? — Te leo al final. 📝 ⤵️


Del evangelio de Mateo 20, 1-16 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.» Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?» Le respondieron: «Nadie nos ha contratado.» Él les dijo: «Id también vosotros a mi viña.» Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.» Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.» Él replicó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Lo que más me interpela del libro de Isaías 55, 6-9: «Buscad al Señor mientras se deja encontrar; invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino y vuelva al Señor; mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos; como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los vuestros».

Lo que más me interpela del Salmo 144: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos; el Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan».

Lo que más me interpela de la Carta de San Pablo a los Filipenses 1, 20c-24.27a: «Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte; para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia; deseo partir para estar con Cristo; quedarme en esta vida es más necesario para vosotros; lo importante es que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo».


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septiembre 11, 2026

CCXXIV. SETENTA VECES OCHO


Jesús nos pide perdonar setenta veces siete. Pero quizá ha llegado el momento de hacer también la pregunta incómoda: ¿cuántas veces puede una comunidad seguir hiriendo antes de decidir cambiar? Esta reflexión no cuestiona el perdón; cuestiona la comodidad de pedirlo una y otra vez sin conversión, sin reparación y sin compromiso con quienes seguimos creyendo, amando y permaneciendo en la Iglesia desde nuestra realidad LGBTIQ+.

Sobre el evangelio de Mateo 18, 21-35

...pero también del libro del Eclesiástico 27, 33–28, el Salmo 102 y la carta de Pablo a los Romanos 14, 7-9

(Ciclo A, XXIV domingo del Tiempo Ordinario)


Pedro hace una pregunta muy humana: «¿Cuántas veces tengo que perdonar?». En el fondo quiere una cifra. Un límite. Saber hasta dónde llega su obligación y a partir de qué momento puede decir: ya está, hasta aquí.

Yo también habría querido muchas veces que Jesús me diera una cifra.

Porque cuando has tenido que perdonar determinadas palabras escuchadas desde un púlpito, determinadas miradas, determinados silencios; cuando has tenido que reconstruir dentro de ti la imagen de un Dios que otros deformaron hasta hacerte creer que tu manera de amar podía separarte de Él, llega un momento en que uno siente la tentación de preguntar lo mismo que Pedro:

¿Otra vez?

¿También esto tengo que perdonarlo?

Y Jesús responde exagerando: «setenta veces siete».

Es decir: deja de contar.

Confieso que durante mucho tiempo esta respuesta me incomodó. Porque el perdón puede convertirse también en una palabra peligrosa cuando se predica siempre a quienes han recibido el golpe y casi nunca a quienes lo dieron.

A las personas LGBTIQ+ creyentes se nos ha pedido muchas veces paciencia. Que comprendamos. Que esperemos. Que no exageremos. Que tengamos en cuenta que la Iglesia cambia despacio. Incluso que perdonemos determinadas expresiones porque «no hubo mala intención».

Y quizá ha llegado el momento de hacer otra pregunta.

¿Hasta cuándo se nos va a pedir perdón a nosotros sin exigir conversión a quienes nos hieren?

Porque el Evangelio de hoy no habla solamente de perdonar.

Habla también de haber sido perdonado y seguir comportándose sin misericordia.

Ese es precisamente el escándalo de la parábola.

El rey perdona al criado una deuda imposible de pagar. Le devuelve la vida cuando prácticamente la tenía perdida. Pero aquel hombre sale de allí y, al encontrarse con alguien que le debe mucho menos, lo agarra y lo estrangula.

Y mientras leo la escena no puedo evitar pensar en nuestra Iglesia.

Una Iglesia que vive proclamando que Dios la ha perdonado, la sostiene, la levanta y la ama a pesar de sus pecados, pero que algunas veces sale después a la calle agarrando del cuello a quienes considera moralmente sospechosos.

Una Iglesia que canta que Dios es misericordioso y después establece cuidadosamente quién puede acercarse, quién puede amar, quién puede formar una familia, quién puede ejercer determinados servicios o quién debe permanecer prudentemente invisible.

El Salmo de este domingo dice que Dios «no nos trata según nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas».

Qué hermoso.

Pero qué comprometedor.

Porque quienes pronunciamos esas palabras en una iglesia tendremos que preguntarnos después cómo tratamos a los demás.

Y aquí quiero dirigirme especialmente a ti, persona heterosexual creyente que estás leyendo esto.

No quiero que por unos minutos contemples nuestra historia desde la tranquilidad de quien piensa que este asunto no le afecta.

Te afecta.

Si perteneces a una comunidad donde una persona LGBTIQ+ teme decir quién es, te afecta.

Si escuchas un comentario despectivo y callas, te afecta.

Si alguien utiliza la fe para humillar y decides no intervenir para evitar problemas, te afecta.

Si conoces a personas que han abandonado la Iglesia porque dentro de ella encontraron más juicio que Evangelio y eso no te provoca ninguna pregunta, también te afecta.

Y no te lo digo para culpabilizarte.

Te lo digo porque te necesito.

Porque nos necesitamos.

Porque Pablo nos recuerda hoy algo extraordinario: «ninguno de nosotros vive para sí mismo».

Nuestra fe está entrelazada.

Tu manera de vivir el Evangelio puede facilitar que otra persona descubra a Dios o puede ocultárselo. Tu palabra puede abrir una puerta o cerrarla. Tu silencio puede ofrecer refugio o dejar a alguien completamente solo.

«Si vivimos, vivimos para el Señor», escribe Pablo.

También las personas LGBTIQ+.

No vivimos para justificar nuestra existencia ante nadie. No pertenecemos a quienes nos toleran ni a quienes nos condenan. No somos propiedad de una doctrina, de una moral sexual ni de quienes pretenden decidir cuánto podemos acercarnos al altar.

Somos del Señor.

Y eso, después de tantos años intentando reconciliar mi fe con aquello que soy, sigue pareciéndome una de las noticias más liberadoras del Evangelio.

También el Eclesiástico nos advierte hoy contra el rencor.

Y aquí la Palabra vuelve su mirada hacia mí.

Porque sería muy fácil escribir toda esta reflexión señalando hacia fuera.

Yo también tengo que vigilar mi corazón.

He conocido el resentimiento. Sé lo que significa recordar determinadas heridas y descubrir que todavía escuecen. Sé lo fácil que resulta convertir el dolor en una identidad y terminar mirando con desconfianza incluso a quienes se acercan con los brazos abiertos.

Pero no quiero vivir así.

No quiero que quienes un día intentaron convencerme de que Dios no podía quererme terminen decidiendo también en qué persona voy a convertirme.

Perdonar, entonces, empieza a tener otro significado.

No significa decir que aquello no tuvo importancia.

No significa borrar la memoria.

No significa regresar dócilmente al lugar donde te hicieron daño.

Y desde luego no significa renunciar a denunciar una injusticia.

Perdonar significa impedir que el daño tenga la última palabra.

Significa negarse a transmitir la herida.

Significa poder mirar hacia atrás sin necesidad de regresar.

Significa conservar el corazón suficientemente libre para seguir amando, celebrando, creyendo, luchando y esperando.

Pero existe otra parte del Evangelio que no podemos olvidar: quien recibe misericordia está llamado a convertirse en misericordioso.

Por eso no basta con decir a las personas LGBTIQ+:

«Perdonad».

Hay que preguntar también a nuestras comunidades:

¿Qué vais a cambiar para que ya no tengamos que perdonar siempre las mismas cosas?

Esa es quizá la pregunta que esta parábola deja hoy sobre nuestras iglesias.

Porque setenta veces siete puede expresar un perdón sin límites.

Pero nunca debería convertirse en setenta veces siete oportunidades para repetir la misma injusticia.

Yo quiero seguir perdonando.

Quiero hacerlo porque necesito caminar ligero.

Porque he descubierto un Dios mucho más hermoso que todas las imágenes deformadas que alguna vez me ofrecieron de Él. El Dios del Salmo: compasivo, misericordioso, lento a la ira, incapaz de guardar rencor eternamente.

Ese es el Dios en quien creo.

Y precisamente porque creo en Él seguiré reclamando una Iglesia que se le parezca.

Una Iglesia donde las personas LGBTIQ+ no necesitemos esconder parte de nuestra vida para ser consideradas dignas.

Una Iglesia en la que nadie tenga que elegir entre su fe y su verdad.

Una Iglesia donde la misericordia deje de ser solamente una palabra hermosa pronunciada desde el altar y termine convirtiéndose en una forma concreta de mirarnos, recibirnos y caminar juntas y juntos.

Yo puedo perdonar setenta veces siete.

Pero tú, hermana, hermano, comunidad, Iglesia…

¿estás dispuesta a no herirme setenta veces ocho?

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


¿Y tú, qué necesitas dejar de perdonar… y empezar a cambiar? 
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Del evangelio de Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Lo que más me interpela de Eclesiástico 27,33–28,9: «Perdona la ofensa a tu prójimo; no guardes rencor; piensa en tu final y deja de odiar; acuérdate de los mandamientos; apártate de las disputas; no siembres discordia entre quienes viven en paz». 

Lo que más me interpela del Salmo 102,1-2.3-4.9-10.11-12: «Bendice, alma mía, al Señor; no olvides sus beneficios; él perdona tus culpas; rescata tu vida de la fosa; no guarda rencor perpetuo; no nos trata según nuestros pecados; aleja de nosotros nuestros delitos».

Lo que más me interpela de Romanos 14,7-9: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo; si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor; Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos».


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