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julio 21, 2026

CCXX. EL TESORO INCÓMODO


Sobre
 Mateo 13, 44-52

Hay evangelios que me acarician. Y hay otros que me desinstalan. Este es uno de ellos.

Jesús habla de un hombre que encuentra un tesoro escondido y vende todo lo que tiene para comprar aquel campo. Habla también de un comerciante que descubre una perla de enorme valor y se desprende de todo para quedarse con ella. Durante mucho tiempo pensé que el tesoro era Dios. Pero, con los años, he descubierto que, en realidad, el primer tesoro que Dios quiso que encontrara fui yo mismo.

Porque no siempre supe verme así.

Durante demasiados años aprendí a esconderme. Me enseñaron que había partes de mí que debían permanecer enterradas, como si mi orientación afectiva fuese una vergüenza que proteger de la luz. Fui acumulando capas de silencio, de miedo y de culpabilidad. Llegué a pensar que Dios estaría más satisfecho con una versión mutilada de mí que con la persona completa que Él había creado.

Pero un día comprendí algo que me cambió la vida: el Reino de Dios no consiste en esconder el tesoro, sino en descubrirlo.

Y ese descubrimiento tiene un precio.

El hombre del Evangelio vende todo lo que posee. Yo también tuve que desprenderme de muchas cosas. Tuve que dejar atrás una espiritualidad construida sobre el miedo. Tuve que renunciar a la necesidad enfermiza de agradar a todo el mundo. Tuve que abandonar la imagen de un Dios vigilante que parecía disfrutar viendo cómo me negaba a mí mismo. Incluso tuve que aceptar perder determinadas seguridades, relaciones e incluso espacios eclesiales donde solo era bienvenido mientras permaneciera dentro del armario.

Pero nunca he lamentado ese intercambio.

Porque cuando uno descubre que Dios no le pide dejar de ser quien es, sino vivir plenamente aquello que Él soñó desde siempre, ya no existe riqueza comparable.

Quizá por eso me produce tanta tristeza comprobar que todavía hay quienes prefieren custodiar el campo antes que descubrir el tesoro. En demasiadas comunidades cristianas seguimos invirtiendo más energías en vigilar la ortodoxia de las personas LGBTIQ+ que en contemplar la belleza de sus vidas, de su fe, de su entrega y de su capacidad de amar. Se siguen defendiendo normas mientras se pierde de vista el Reino. Se protege la cerca y se olvida el tesoro.

Y eso es una tragedia espiritual.

Porque una Iglesia que obliga a esconder el tesoro que Dios mismo ha sembrado en una persona termina empobreciéndose ella misma. Cada vez que alguien vuelve al armario para sentirse aceptado en una parroquia, toda la comunidad pierde una parte del Reino. Cada vez que una persona creyente LGBTIQ+ decide marcharse convencida de que Dios no la quiere, no fracasa esa persona: fracasa la comunidad que fue incapaz de reconocer el tesoro que tenía delante.

Pero este Evangelio también me interpela a mí.

Porque puedo exigir a la Iglesia que descubra el tesoro mientras yo sigo enterrando partes de mi propia vida por miedo al rechazo. También yo puedo acostumbrarme a vivir con una fe de mínimos, conformándome con sobrevivir espiritualmente sin atreverme a mostrar el inmenso regalo que Dios ha depositado en mí. El armario no siempre tiene puertas de madera. A veces está construido con prudencias excesivas, silencios cómodos o resignaciones que disfrazamos de humildad.

Jesús no encontró el Reino para guardarlo bajo tierra. Lo encontró para cambiar su vida. Y quizá esa sea hoy la pregunta decisiva.

¿Qué estoy dispuesto a vender para no perder el tesoro? ¿Mi miedo? ¿Mi necesidad de aprobación? ¿Mis prejuicios? ¿Mi comodidad? ¿Mi forma de entender una Iglesia donde unos deciden quién merece pertenecer y quién no?

Porque la opción por el Reino, paradójicamente, es gratuito pero nunca será barato, nos obligará a renuncias.

A las personas creyentes LGBTIQ+ nos invita a dejar de negociar nuestra dignidad para comprar una falsa aceptación. Y a las personas creyentes heterosexuales les exige dejar de confundir la tradición con el Evangelio cuando esa tradición termina ocultando los tesoros humanos que Dios sigue sembrando en su Iglesia.

Tal vez el verdadero escándalo no sea que existamos personas LGBTIQ+ creyentes. El verdadero escándalo es que todavía haya cristianos capaces de pasar por encima del tesoro sin reconocer que Dios lo escondió precisamente allí donde ellos nunca habrían pensado buscarlo. 

El "tesoro incómodo" es la persona LGBTIQ+ creyente, cuya dignidad muchos siguen sin querer reconocer; pero también es el propio Evangelio, que incomoda tanto a la Iglesia cuando excluye como a las personas LGBTIQ+ cuando invita a salir del miedo y a dejar de esconderse.


En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»
Ellos le contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

julio 16, 2026

CCXIX. ARRANCANDO A DIOS


Sobre
 Mateo 13, 24-43

Hay una tentación que me acompaña casi desde siempre: creer que el mal tiene siempre el rostro del otro. Que la cizaña son quienes señalan, excluyen, condenan o levantan muros. Y, sin embargo, cuando escucho esta parábola de Jesús, descubro algo mucho más incómodo. La mala semilla no solo crece en quienes hacen daño. También puede echar raíces dentro de mí.

Durante demasiado tiempo me hicieron creer que la cizaña era yo. Que mi orientación sexual era un error de la creación, una anomalía que Dios tendría que arrancar algún día para dejar limpio su campo. Escuché demasiadas veces que no había sitio para personas como yo en el Reino. Y lo peor no fueron esas palabras. Lo peor fue que llegué a creerlas.

Pero Jesús rompe esa lógica. No señala dónde está la cizaña. Ni siquiera permite que sus discípulos se conviertan en jueces. Les prohíbe arrancarla. Porque quien vive obsesionado con separar a los buenos de los malos termina destruyendo también el trigo.

Y no puedo evitar pensar en cuánta buena semilla ha sido arrancada de nuestras comunidades cristianas en nombre de una falsa pureza. Personas expulsadas de los sacramentos. Jóvenes obligados a esconderse para no perder a su familia o a su grupo parroquial. Catequistas apartados. Sacerdotes silenciados por acompañar con misericordia. Creyentes LGBTIQ+ que acabaron convencidos de que Dios los soportaba, pero nunca los amaría plenamente.

Todo eso también es cizaña. Pero no la que Dios sembró.

Me impresiona que Jesús atribuya esa siembra al enemigo. Porque el odio nunca viene de Dios. Tampoco el miedo. Ni la humillación. Ni las teologías que convierten el Evangelio en un filtro para decidir quién merece sentarse a la mesa y quién debe quedarse fuera.

A veces me pregunto en cuántas ocasiones seguimos colaborando con ese enemigo cuando utilizamos la Biblia para herir, cuando defendemos estructuras que producen sufrimiento en nombre de la fidelidad, cuando preferimos una Iglesia impecable antes que una Iglesia compasiva.

Jesús parece mucho menos preocupado por la presencia de la cizaña que nosotros. Él sabe que el trigo sigue creciendo incluso rodeado de ella. La gracia siempre encuentra la manera de abrirse paso.

Eso me llena de esperanza.

Porque, a pesar de todo lo vivido, mi fe no dejó de crecer. Lo hizo lentamente, muchas veces entre lágrimas, otras entre dudas, casi siempre desde los márgenes. Descubrí que Dios no me pedía dejar de ser quien soy para poder amarme. Al contrario. Era precisamente desde mi verdad donde Él seguía sembrando vida.

Por eso hoy me inquietan quienes dedican más tiempo a buscar cizaña que a cuidar el trigo. Quienes convierten la vigilancia doctrinal en su vocación y olvidan que el Reino se parece a un campo donde Dios sigue confiando en la libertad humana incluso cuando esta duele.

Quizá el verdadero milagro de esta parábola no sea que un día desaparezca la cizaña. Quizá el milagro sea que el trigo nunca deja de crecer.

Y ese trigo lo sigo viendo cada día. En tantas personas creyentes LGBTIQ+ que, después de haber sido heridas por la Iglesia, continúan amando a Jesús con una fidelidad que desarma. En quienes siguen celebrando, acompañando, sirviendo y esperando contra toda esperanza. En quienes han decidido no devolver odio por odio, sino Evangelio por Evangelio.

Ellos y ellas son la prueba de que nadie puede impedir que la buena semilla dé fruto cuando quien la sembró es Dios.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de cuestionarnos quién es la cizaña y empezar a preguntarnos si nuestras palabras, nuestras comunidades y nuestras decisiones ayudan a que el trigo crezca... o si, creyendo defender el campo de Dios, llevamos demasiado tiempo arrancando precisamente aquello que Él nunca dejó de sembrar.

Arrancando a Dios: Cada vez que una comunidad expulsa, humilla o condena a una persona en nombre de la pureza, puede estar arrancando precisamente el trigo que Dios sembró.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?» Él les dijo: «Un enemigo lo ha hecho.» Los criados le preguntaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.»»
Les propuso esta otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»
Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.»
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré los secretos desde la fundación del mundo.»
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.»
Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará sus ángeles y arrancarán de su reino a todos los corruptos y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. El que tenga oídos, que oiga.»

julio 10, 2026

CCXVIII. MALA SEMILLA


Sobre
Mateo 13, 1-23

Siempre me ha atravesado esta parábola de Jesús. Quizá porque durante mucho tiempo pensé que hablaba solo de mí. Que yo era esa tierra llena de piedras, de zarzas, de caminos endurecidos donde la Palabra de Dios no podía crecer. Durante años escuché tantas veces que algo en mí no era correcto, que terminé creyendo que quizá la semilla de Dios nunca podría echar raíces en un corazón como el mío.

Pero con el paso del tiempo, con las heridas sanadas por el amor de un Dios mucho más grande que nuestros miedos, he descubierto otra lectura. Quizá Jesús no solo me pregunta qué tipo de tierra soy. Quizá también me pregunta qué tipo de sembrador quiero ser. Qué semillas dejo caer sobre la vida de los demás.

Porque hay semillas que curan y semillas que hieren. Hay palabras que levantan y palabras que entierran. Hay mensajes que anuncian el Reino y otros que, aunque se pronuncien en nombre de Dios, dejan tras de sí campos llenos de dolor.

Lo sabemos muy bien muchas personas LGBTIQ+ creyentes. Durante demasiado tiempo se sembró en nuestra tierra miedo, culpa y vergüenza. Nos dijeron que nuestra forma de amar nos alejaba de Dios, que nuestra identidad era una carga, una desviación, una amenaza. Algunos crecimos intentando arrancar de nuestra propia tierra aquello que, en realidad, Dios mismo había sembrado.

Por eso duele profundamente escuchar a un pastor de la Iglesia relacionar el Orgullo LGBTIQ+ con “el pecado de Satán”. Duele porque detrás de esa palabra “Orgullo” no hay soberbia ni deseo de ocupar el lugar de Dios. No hay un ser humano diciendo “puedo ser lo que quiera” desde el capricho o la arrogancia. Hay muchas veces una persona rota susurrando, después de años de oscuridad: “por fin puedo ser quien soy”.

El Orgullo nació precisamente donde antes habían sembrado vergüenza. Es la respuesta de quienes fueron obligados a esconderse, a callar, a pedir perdón por existir. Es la celebración de quienes un día descubrieron que su vida no era un error que corregir, sino una semilla de Dios llamada a crecer.

Y sí, claro que como creyente sé que existe un orgullo que nos aleja del Evangelio: el orgullo del poderoso que desprecia, el del que se cree dueño de la verdad, el del que carga pesos insoportables sobre los hombros de otros sin mover un dedo para ayudar. Ese orgullo sí seca la tierra. Ese orgullo sí impide que germine la semilla del Reino.

Pero abrazar la propia dignidad no es pecado. Levantarse después de haber sido humillado no es soberbia. Decir “soy hijo amado, soy hija amada de Dios” no es rebelarse contra el Creador; es reconocer su obra.

Quizá deberíamos preguntarnos qué frutos producen nuestras semillas. Jesús dijo que el árbol se conoce por sus frutos. Cuando una palabra pronunciada desde un púlpito provoca lágrimas, heridas antiguas, alejamiento de Dios o la sensación de no tener sitio en la Iglesia, deberíamos preguntarnos sinceramente si esa semilla procede del Evangelio.

Porque la buena semilla siempre acaba dando vida.

La semilla que Jesús sembraba hacía levantarse a quienes otros condenaban. Devolvía nombre a quienes eran tratados como pecadores. Sentaba a la mesa a quienes la religión había dejado fuera. Jesús nunca arrancó una flor porque creciera en un lugar inesperado.

Hoy sigo creyendo en esa Iglesia que puede ser tierra buena. Una Iglesia donde ninguna persona LGBTIQ+ tenga que esconder su historia para acercarse a Dios. Una Iglesia que deje de sembrar sospecha y empiece a sembrar acogida. Una Iglesia que descubra que en muchos de esos márgenes que tanto teme ya están creciendo frutos del Reino.

Porque durante años pensé que mi vida era una tierra equivocada.

Hasta que Dios me hizo comprender que Él nunca dejó de sembrar en mí.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»