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septiembre 11, 2026

CCXXIV. SETENTA VECES OCHO


Jesús nos pide perdonar setenta veces siete. Pero quizá ha llegado el momento de hacer también la pregunta incómoda: ¿cuántas veces puede una comunidad seguir hiriendo antes de decidir cambiar? Esta reflexión no cuestiona el perdón; cuestiona la comodidad de pedirlo una y otra vez sin conversión, sin reparación y sin compromiso con quienes seguimos creyendo, amando y permaneciendo en la Iglesia desde nuestra realidad LGBTIQ+.

Sobre el evangelio de Mateo 18, 21-35

...pero también del libro del Eclesiástico 27, 33–28, el Salmo 102 y la carta de Pablo a los Romanos 14, 7-9

(Ciclo A, XXIV domingo del Tiempo Ordinario)


Pedro hace una pregunta muy humana: «¿Cuántas veces tengo que perdonar?». En el fondo quiere una cifra. Un límite. Saber hasta dónde llega su obligación y a partir de qué momento puede decir: ya está, hasta aquí.

Yo también habría querido muchas veces que Jesús me diera una cifra.

Porque cuando has tenido que perdonar determinadas palabras escuchadas desde un púlpito, determinadas miradas, determinados silencios; cuando has tenido que reconstruir dentro de ti la imagen de un Dios que otros deformaron hasta hacerte creer que tu manera de amar podía separarte de Él, llega un momento en que uno siente la tentación de preguntar lo mismo que Pedro:

¿Otra vez?

¿También esto tengo que perdonarlo?

Y Jesús responde exagerando: «setenta veces siete».

Es decir: deja de contar.

Confieso que durante mucho tiempo esta respuesta me incomodó. Porque el perdón puede convertirse también en una palabra peligrosa cuando se predica siempre a quienes han recibido el golpe y casi nunca a quienes lo dieron.

A las personas LGBTIQ+ creyentes se nos ha pedido muchas veces paciencia. Que comprendamos. Que esperemos. Que no exageremos. Que tengamos en cuenta que la Iglesia cambia despacio. Incluso que perdonemos determinadas expresiones porque «no hubo mala intención».

Y quizá ha llegado el momento de hacer otra pregunta.

¿Hasta cuándo se nos va a pedir perdón a nosotros sin exigir conversión a quienes nos hieren?

Porque el Evangelio de hoy no habla solamente de perdonar.

Habla también de haber sido perdonado y seguir comportándose sin misericordia.

Ese es precisamente el escándalo de la parábola.

El rey perdona al criado una deuda imposible de pagar. Le devuelve la vida cuando prácticamente la tenía perdida. Pero aquel hombre sale de allí y, al encontrarse con alguien que le debe mucho menos, lo agarra y lo estrangula.

Y mientras leo la escena no puedo evitar pensar en nuestra Iglesia.

Una Iglesia que vive proclamando que Dios la ha perdonado, la sostiene, la levanta y la ama a pesar de sus pecados, pero que algunas veces sale después a la calle agarrando del cuello a quienes considera moralmente sospechosos.

Una Iglesia que canta que Dios es misericordioso y después establece cuidadosamente quién puede acercarse, quién puede amar, quién puede formar una familia, quién puede ejercer determinados servicios o quién debe permanecer prudentemente invisible.

El Salmo de este domingo dice que Dios «no nos trata según nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas».

Qué hermoso.

Pero qué comprometedor.

Porque quienes pronunciamos esas palabras en una iglesia tendremos que preguntarnos después cómo tratamos a los demás.

Y aquí quiero dirigirme especialmente a ti, persona heterosexual creyente que estás leyendo esto.

No quiero que por unos minutos contemples nuestra historia desde la tranquilidad de quien piensa que este asunto no le afecta.

Te afecta.

Si perteneces a una comunidad donde una persona LGBTIQ+ teme decir quién es, te afecta.

Si escuchas un comentario despectivo y callas, te afecta.

Si alguien utiliza la fe para humillar y decides no intervenir para evitar problemas, te afecta.

Si conoces a personas que han abandonado la Iglesia porque dentro de ella encontraron más juicio que Evangelio y eso no te provoca ninguna pregunta, también te afecta.

Y no te lo digo para culpabilizarte.

Te lo digo porque te necesito.

Porque nos necesitamos.

Porque Pablo nos recuerda hoy algo extraordinario: «ninguno de nosotros vive para sí mismo».

Nuestra fe está entrelazada.

Tu manera de vivir el Evangelio puede facilitar que otra persona descubra a Dios o puede ocultárselo. Tu palabra puede abrir una puerta o cerrarla. Tu silencio puede ofrecer refugio o dejar a alguien completamente solo.

«Si vivimos, vivimos para el Señor», escribe Pablo.

También las personas LGBTIQ+.

No vivimos para justificar nuestra existencia ante nadie. No pertenecemos a quienes nos toleran ni a quienes nos condenan. No somos propiedad de una doctrina, de una moral sexual ni de quienes pretenden decidir cuánto podemos acercarnos al altar.

Somos del Señor.

Y eso, después de tantos años intentando reconciliar mi fe con aquello que soy, sigue pareciéndome una de las noticias más liberadoras del Evangelio.

También el Eclesiástico nos advierte hoy contra el rencor.

Y aquí la Palabra vuelve su mirada hacia mí.

Porque sería muy fácil escribir toda esta reflexión señalando hacia fuera.

Yo también tengo que vigilar mi corazón.

He conocido el resentimiento. Sé lo que significa recordar determinadas heridas y descubrir que todavía escuecen. Sé lo fácil que resulta convertir el dolor en una identidad y terminar mirando con desconfianza incluso a quienes se acercan con los brazos abiertos.

Pero no quiero vivir así.

No quiero que quienes un día intentaron convencerme de que Dios no podía quererme terminen decidiendo también en qué persona voy a convertirme.

Perdonar, entonces, empieza a tener otro significado.

No significa decir que aquello no tuvo importancia.

No significa borrar la memoria.

No significa regresar dócilmente al lugar donde te hicieron daño.

Y desde luego no significa renunciar a denunciar una injusticia.

Perdonar significa impedir que el daño tenga la última palabra.

Significa negarse a transmitir la herida.

Significa poder mirar hacia atrás sin necesidad de regresar.

Significa conservar el corazón suficientemente libre para seguir amando, celebrando, creyendo, luchando y esperando.

Pero existe otra parte del Evangelio que no podemos olvidar: quien recibe misericordia está llamado a convertirse en misericordioso.

Por eso no basta con decir a las personas LGBTIQ+:

«Perdonad».

Hay que preguntar también a nuestras comunidades:

¿Qué vais a cambiar para que ya no tengamos que perdonar siempre las mismas cosas?

Esa es quizá la pregunta que esta parábola deja hoy sobre nuestras iglesias.

Porque setenta veces siete puede expresar un perdón sin límites.

Pero nunca debería convertirse en setenta veces siete oportunidades para repetir la misma injusticia.

Yo quiero seguir perdonando.

Quiero hacerlo porque necesito caminar ligero.

Porque he descubierto un Dios mucho más hermoso que todas las imágenes deformadas que alguna vez me ofrecieron de Él. El Dios del Salmo: compasivo, misericordioso, lento a la ira, incapaz de guardar rencor eternamente.

Ese es el Dios en quien creo.

Y precisamente porque creo en Él seguiré reclamando una Iglesia que se le parezca.

Una Iglesia donde las personas LGBTIQ+ no necesitemos esconder parte de nuestra vida para ser consideradas dignas.

Una Iglesia en la que nadie tenga que elegir entre su fe y su verdad.

Una Iglesia donde la misericordia deje de ser solamente una palabra hermosa pronunciada desde el altar y termine convirtiéndose en una forma concreta de mirarnos, recibirnos y caminar juntas y juntos.

Yo puedo perdonar setenta veces siete.

Pero tú, hermana, hermano, comunidad, Iglesia…

¿estás dispuesta a no herirme setenta veces ocho?

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


¿Y tú, qué necesitas dejar de perdonar… y empezar a cambiar? 
Comenta al final 

Del evangelio de Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Lo que más me interpela de Eclesiástico 27,33–28,9: «Perdona la ofensa a tu prójimo; no guardes rencor; piensa en tu final y deja de odiar; acuérdate de los mandamientos; apártate de las disputas; no siembres discordia entre quienes viven en paz». 

Lo que más me interpela del Salmo 102,1-2.3-4.9-10.11-12: «Bendice, alma mía, al Señor; no olvides sus beneficios; él perdona tus culpas; rescata tu vida de la fosa; no guarda rencor perpetuo; no nos trata según nuestros pecados; aleja de nosotros nuestros delitos».

Lo que más me interpela de Romanos 14,7-9: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo; si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor; Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos».


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septiembre 03, 2026

CCXXIII. ROMPE EL SILENCIO


Hay silencios que nacen de la prudencia y otros que terminan protegiendo la injusticia. Esta reflexión quiere interpelar especialmente a quienes, dentro de nuestras comunidades cristianas, contemplan el rechazo hacia las personas LGBTIQ+ sin sentirse directamente implicadas. Porque amar, como recuerda Pablo, no consiste solo en no hacer daño: a veces exige hablar, posicionarse y defender a quien lo necesita. Romper el silencio también puede ser una forma de vivir el Evangelio.


Sobre el evangelio de Mateo 18, 1-20

...pero también la profecía de Ezequiel 33, 7-9, el Salmo 94 y la carta de Pablo a los Romanos 13, 8-10 

(Ciclo A, XXIII domingo del Tiempo Ordinario)


Hay silencios que parecen prudencia y, sin embargo, terminan pareciéndose demasiado a la complicidad.

Jesús habla hoy de acercarse, hablar, escuchar, implicarse. «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas». No invita al escándalo público ni a señalar con el dedo. Tampoco propone humillar a nadie. Habla de una comunidad donde lo que le sucede a una persona importa a las demás.

Y mientras leo este Evangelio desde mi experiencia como persona LGBTIQ+ creyente, no puedo evitar preguntarme cuántas veces hemos confundido la paz cristiana con no meternos en problemas.

Porque durante demasiados años muchas personas como yo hemos tenido que defendernos solas.

Solas frente a palabras que nos hacían sentir equivocadas. Solas frente a miradas que nos invitaban discretamente a escondernos. Solas cuando alguien utilizaba el nombre de Dios para cuestionar nuestra dignidad. Solas incluso cuando estábamos rodeadas de personas buenas que probablemente no compartían aquella crueldad, pero tampoco se atrevían a decir nada.

A veces el problema no fue solamente quien hirió.

También dolió quien estaba al lado y permaneció en silencio.

Ezequiel utiliza este domingo una imagen incómoda: la del centinela. Quien ve venir el peligro tiene la responsabilidad de avisar. No puede refugiarse en que aquello no le afecta personalmente. Dios le pide cuentas precisamente de su silencio.

Quizá por eso hoy necesito dirigirme especialmente a quienes sois heterosexuales y formáis parte de nuestras comunidades cristianas.

No os estoy pidiendo que sintáis como yo. Ni siquiera que comprendáis completamente una experiencia que probablemente nunca será la vuestra.

Os pregunto algo mucho más sencillo.

¿Qué hacéis cuando delante de vosotras y vosotros se pronuncia una palabra despectiva contra las personas LGBTIQ+?

¿Qué hacéis cuando alguien asegura que nuestras familias valen menos?

¿Qué hacéis cuando se utiliza la fe para sembrar sospechas sobre nuestra manera de amar?

¿Qué hacéis cuando una persona joven escucha en un ambiente cristiano que aquello que está descubriendo de sí misma constituye un problema para Dios?

Porque quedarse callado también es una respuesta.

Y el Evangelio de hoy me obliga a reconocer que algunas veces hemos utilizado la corrección fraterna exactamente al revés. Durante años se nos corrigió a nosotras y nosotros. Se nos pidió revisar nuestra vida, nuestros afectos, nuestras relaciones, nuestra manera de expresarnos. Se nos recomendó discreción. Se nos habló de castidad, de prudencia, de doctrina.

Quizá ha llegado el momento de invertir la pregunta.

¿Y si quienes necesitan hoy una corrección fraterna son determinadas comunidades cristianas?

¿Y si tenemos que sentarnos serenamente, como propone Jesús, y decirnos unos a otros: esto está haciendo daño?

Porque Pablo lo resume de una manera que apenas permite escapatorias: «El amor no hace mal al prójimo». Y concluye que la plenitud de la ley es precisamente el amor.

Me parece una afirmación extraordinariamente sencilla.

Y peligrosísima.

Porque obliga a revisar cualquier doctrina, costumbre, enseñanza o práctica religiosa preguntándonos por sus frutos.

¿Hace daño?

Si hace daño, algo no está funcionando.

No digo que amar signifique aceptar cualquier cosa sin discernimiento. El mismo Evangelio de hoy habla de confrontar, dialogar, corregir. Pero hay una diferencia enorme entre corregir porque amamos a alguien y pretender corregir lo que esa persona es.

Durante años yo también creí que Dios quería corregirme.

Quería que dejara de sentir como sentía. Que consiguiera convertirme en aquello que los demás consideraban normal. Recé por ello. Me esforcé por ello. Y cuanto más lo intentaba, más lejos parecía encontrarme de mí mismo y, paradójicamente, también de Dios.

Hasta que comprendí algo que cambió mi vida de fe: Dios no estaba intentando corregirme.

Estaba intentando encontrarme.

Y desde entonces puedo regresar a la Iglesia sin hacerlo de rodillas ante quienes pretendan tolerarme, sino caminando junto a tantas personas que hemos descubierto que nuestra diversidad también forma parte de la inmensa creatividad de Dios.

Eso no significa que nunca aparezcan el cansancio, la decepción o la tentación de pensar que nada cambia. También la esperanza necesita ser cuidada. Pero el inmovilismo de la Iglesia no puede tener la última palabra sobre nuestra relación con Dios: seguimos siendo hijas e hijos amados, llamados a ocupar nuestro lugar y a aportar nuestros dones al Reino.

Por eso esta reflexión no quiere quedarse en una denuncia.

Quiero que sea también una invitación.

Necesitamos comunidades cristianas donde nadie tenga que defenderse en soledad.

Donde si alguien pronuncia una palabra homófoba, otra persona responda.

Donde si una persona trans es ridiculizada, alguien se coloque a su lado.

Donde si un adolescente descubre que es gay, lesbiana o bisexual pueda escuchar enseguida, antes que cualquier otra cosa: Dios te ama.

Donde quienes somos LGBTIQ+ no seamos únicamente acogidos, sino escuchados, llamados, enviados y reconocidos como parte viva de la Iglesia.

El salmo de este domingo repite una advertencia: «Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón».

Tal vez el corazón se endurece mucho antes de llegar al odio.

Puede endurecerse simplemente acostumbrándose.

Acostumbrándonos a determinados comentarios. A ciertos discursos. A chistes y bromas aparentemente inocentes. A documentos que hablan sobre nosotras y nosotros sin escucharnos. A personas que se marchan silenciosamente de nuestras comunidades porque llegan a la conclusión de que allí nunca podrán ser plenamente ellas mismas.

Eso también debería inquietarnos.

Porque Jesús termina haciendo una promesa bellísima: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Siempre me ha consolado profundamente esa frase.

Dos o tres.

No hacen falta multitudes.

Durante muchos años mi experiencia de fe LGBTIQ+ ha estado sostenida precisamente así: por pequeños grupos, personas concretas, comunidades humildes donde alguien fue capaz de mirarme sin miedo y recordarme que Dios seguía estando cerca.

Quizá las grandes transformaciones de la Iglesia comienzan exactamente ahí.

Dos o tres personas que deciden que ya no permanecerán calladas.

Dos o tres que se atreven a corregir con cariño una palabra injusta.

Dos o tres que acompañan a quien se siente fuera.

Dos o tres que descubren que defender la dignidad de las personas LGBTIQ+ no es hacer una concesión a los tiempos modernos, sino tomarse en serio el Evangelio.

Yo necesito esa Iglesia.

Pero quizá lo más importante es que esa Iglesia os necesita también a vosotras y vosotros.

Porque quienes hemos aprendido a levantar la voz podemos denunciar la injusticia.

Pero para cambiarla necesitamos que quienes nunca la habéis sufrido dejéis de observarla desde la distancia.

Entonces podremos comprobar que Jesús tenía razón.

Él estará allí.

En medio.

Y cuando verdaderamente sea Él quien esté en medio, nadie tendrá que esconderse para quedarse.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

🔔 Y tú, ¿cuándo decides romper el silencio? Comenta al final de la entrada. 


Del evangelio de Mateo 18, 1-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Lo que más me interpela de Ezequiel 33,7-9: «Te he puesto de centinela de la casa de Israel; escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte; si adviertes al malvado para que cambie de conducta, habrás salvado tu vida».

Lo que más me interpela del Salmo 94,1-2.6-7.8-9: «Venid, aclamemos al Señor; entremos a su presencia dándole gracias; él es nuestro Dios y nosotros el pueblo que él guía; ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón».

Lo que más me interpela de Romanos 13,8-10: «A nadie le debáis nada, más que amor; quien ama al prójimo ha cumplido la ley; amarás a tu prójimo como a ti mismo; el amor no hace mal al prójimo; la plenitud de la ley es el amor».



agosto 29, 2026

CCXXII. NO ES NUESTRA CRUZ


Durante demasiado tiempo nos dijeron que nuestra identidad era la cruz que debíamos cargar.
Pero no toda cruz viene de Dios.
Algunas las fabrican el miedo, el prejuicio y la religión cuando deja de parecerse a Jesús.
Esta reflexión nace de aprender a distinguir unas de otras.


Sobre el evangelio de Mateo 16,21-27 

...pero también el libro de Jeremías (20, 7-9), el Salmo 62 
y la carta de Pablo a los romanos (12, 1-2)
(Ciclo A, XXII domingo del Tiempo Ordinario)


Hay palabras de Jesús que me producen un cierto escalofrío.

«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

Durante demasiado tiempo, siendo homosexual y creyente, escuché estas palabras de una manera que hoy me parece profundamente injusta.

Negarte a ti mismo.

Renunciar.

Callar.

No vivir determinados afectos.

Aceptar que tu manera de amar debía permanecer escondida.

Y todo podía envolverse piadosamente bajo una expresión tremendamente peligrosa: es tu cruz.

Por eso necesito acercarme con cuidado al Evangelio de hoy. Porque algunas palabras de Jesús han sido utilizadas para colocar cruces sobre los hombros de otros. Y las personas LGBTIQ+ sabemos bastante de eso.

Jesús anuncia que irá a Jerusalén, sufrirá, será rechazado por las autoridades religiosas y terminarán matándolo.

Pedro no puede soportarlo.

Quiere un Mesías sin conflicto. Un Jesús respetable. Una religión que no incomode demasiado.

Y Jesús lo llama «piedra de tropiezo».

Me hace pensar.

Porque también nosotros podemos confesar perfectamente a Cristo y convertirnos, al mismo tiempo, en obstáculo para su Evangelio.

Podemos rezar el Credo, comulgar, defender la doctrina, hablar de familia, verdad o tradición...

y estar dificultando que determinadas personas puedan encontrarse con Jesús.

Lo digo desde mi propia historia.

Durante mucho tiempo mi problema no fue creer en Dios.

Mi problema fue creer que Dios pudiera quererme siendo quien soy.

Y esa duda no me la puso Dios.

Me la pusieron algunas palabras, algunas miradas, algunas catequesis, algunos silencios.

Por eso hoy necesito decirlo claramente:

mi homosexualidad no es mi cruz.

Mi identidad no es mi cruz.

Mi capacidad de amar no es mi cruz.

La cruz aparece cuando vivir con verdad tiene consecuencias. Cuando seguir a Jesús obliga a enfrentarse al prejuicio, a la injusticia o incluso a quienes pretenden hablar en nombre de Dios.

Jeremías lo sabe bien.

«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir».

Está cansado. La Palabra le ha complicado la vida. Decide callarse, pero descubre dentro de sí un «fuego ardiente encerrado en los huesos».

Entiendo perfectamente esa sensación.

Porque llega un momento en que ya no se puede callar.

Cuando has visto llorar a personas creyentes porque piensan que Dios las rechaza.

Cuando has conocido personas que abandonaron la Iglesia no porque dejaran de amar a Cristo, sino porque ya no soportaban sentirse sospechosas.

Cuando has visto vidas marcadas por el miedo, la culpa o el armario...

guardar silencio puede dejar de ser prudencia.

Puede convertirse en complicidad.

Y entonces aparece Pablo:

«No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de vuestra mente».

Durante mucho tiempo se nos dijo a las personas LGBTIQ+ que «no amoldarnos al mundo» significaba desconfiar de nuestros afectos y reprimir nuestra sexualidad.

Pero quizá Pablo esté diciendo algo mucho más incómodo:

No deis por bueno lo que siempre se ha hecho.

No confundáis costumbre con voluntad de Dios.

No confundáis prejuicio con doctrina.

Transformad vuestra manera de pensar.

Y aquí quisiera dirigirme especialmente a quienes sois heterosexuales y creyentes.

Tal vez no seáis vosotros quienes necesitéis «acogernos».

Tal vez seáis vosotros quienes necesitéis convertiros.

Porque cuando alguien dice que me acoge sigue situándose en el centro: esta es mi Iglesia, mi comunidad, mi casa, y generosamente te permito entrar.

Pero quizá también sea mi casa.

Quizá yo no sea un invitado.

Quizá también pertenezca.

Entonces la pregunta ya no es:

«¿Cómo podemos acoger a las personas LGBTIQ+?».

La pregunta es bastante más incómoda:

«¿Qué tenemos que cambiar para dejar de expulsarlas?»

Una persona heterosexual creyente puede normalmente hablar de su pareja, mostrar una fotografía, celebrar un aniversario o acudir a su parroquia con la persona que ama sin preguntarse qué pensarán de su moralidad.

Nosotros hemos tenido que aprender muchas veces a medir esas mismas palabras.

Y quizá algunas personas nunca se hayan preguntado por qué.

Por eso cuando alguien, desde una situación tan cómoda, me dice que tengo que «cargar con mi cruz», inevitablemente me pregunto:

¿qué cruz?

¿La que Jesús me invita a asumir por seguirle?

¿O la que otros han fabricado para mí?

Porque no toda cruz viene de Dios.

Hay cruces construidas por el miedo.

Por el prejuicio.

Por determinadas interpretaciones religiosas.

Jesús cargó con la cruz.

Pero también pasó buena parte de su vida quitando cargas de los hombros de otros.

Y Pablo todavía dice algo más hermoso: «Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios».

Nuestros cuerpos.

También el mío.

Este cuerpo homosexual que ama, desea, abraza, envejece y necesita ternura.

Santo y agradable a Dios.

Por eso entiendo de otra manera el salmo:

«Mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti».

Mi alma.

Y mi carne.

Las dos.

No necesito dejar mi sexualidad en la puerta para encontrarme con Dios.

Toda mi vida tiene sed de Él.

Y quizá ahora comprendo mejor las últimas palabras de Jesús:

«¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?».

Yo podría preguntarlo de otra manera:

¿De qué sirve conservar la aceptación de todos si para conseguirla tengo que esconder quién soy?

¿De qué sirve permanecer dentro de una Iglesia si para permanecer tengo que vivir fuera de mí mismo?

Por eso sigo aquí.

Creyendo.

Amando.

Preguntando.

Denunciando.

Y algunas veces incomodando.

No porque me guste cargar cruces.

Sino porque un día descubrí que seguir a Jesús significaba dejar de cargar con algunas que nunca fueron suyas.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Del Evangelio de Mateo 16,21-27: 
En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.»
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios.»
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Lo que más me interpela de Jeremías 20,7-9: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; la palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio; había en mi corazón como un fuego ardiente; intentaba contenerlo, y no podía».

Lo que más me interpela del Salmo 62,2.3-4.5-6.8-9: «Mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti; tu gracia vale más que la vida; mi alma se saciará; a la sombra de tus alas canto con júbilo; mi alma está unida a ti».

Lo que más me interpela de Romanos 12,1-2: «Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; no os amoldéis a este mundo; transformaos por la renovación de la mente; discernid cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto».