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abril 29, 2026

CCVIII. NO TENGAS MIEDO


Sobre
Juan 14, 1-12 


Durante mucho tiempo creí —o mejor, me hicieron creer— que yo no podía seguir a Jesús. Que mi forma de amar me colocaba fuera de su camino. Y uno, cuando escucha eso tantas veces, acaba por instalarlo dentro. No como una idea pasajera, sino como una certeza que pesa. Así fui viviendo, durante años, sostenido por una fe que no desaparecía, pero herida por una sospecha constante: quizá yo no tenía lugar.

Y sin embargo, había algo que no encajaba. Una intuición silenciosa, persistente, que me decía que Jesús no podía ser así. Que no podía rechazarme. Que lo que escuchaba en algunos púlpitos no terminaba de coincidir con lo que yo intuía de Él. No sabía explicarlo, pero estaba ahí. Como una pequeña luz que no se apagaba.

Por eso este pasaje de Juan me resulta tan decisivo. No tanto por las grandes afirmaciones que vienen después —el camino, la verdad, la vida—, sino por esas primeras palabras que, si no se entienden bien, lo demás se desmorona: “No os turbéis. No tengáis miedo. Creed en Dios y creed también en mí”.

Yo necesitaba eso. No una doctrina más. No una norma mejor formulada. Necesitaba que alguien me devolviera la calma. Que me dijera que no estaba condenado, que no estaba fuera, que no tenía que esconderme para poder creer.

Porque cuando te han hecho sentir desheredado de Dios, lo primero que se rompe no es la fe, sino la confianza. Y sin confianza, todo lo demás suena hueco.

He pensado muchas veces qué habría pasado si hubiera dejado de escuchar esa voz interior que me pedía no tener miedo. Si hubiera creído del todo que no había camino para mí. Probablemente habría abandonado. No solo la Iglesia. También a Jesús.

Y sin embargo, no fue así.

Porque hubo un momento —no inmediato, no fácil— en que entendí que esas palabras no eran para otros. Eran para mí. “No tengas miedo. Confía.” Y ahí empezó algo nuevo. No una seguridad perfecta, sino una manera distinta de caminar.

Luego sí, vinieron las preguntas. Como las de Tomás. Como las de Felipe. ¿Por dónde? ¿Cómo? ¿Dónde está el Padre? Y me reconozco en ellas. Porque también yo he tenido momentos de no entender nada, de no ver lo evidente, de sentirme perdido incluso dentro de la fe.

Pero el Evangelio no ridiculiza esas dudas. Las acoge. Y las sitúa en un camino.

Jesús no dice: “entendedlo todo y luego venid”. Dice: “confiad”. Y eso, en una vida atravesada por el miedo, lo cambia todo.

Porque cuando el miedo empieza a caer, aparece algo inesperado: la libertad. No una libertad sin conflictos, sino una libertad real para vivir sin esconderse, para creer sin pedir permiso, para saberse dentro sin tener que justificarse constantemente.

Precisamente ahí es donde esta experiencia deja de ser solo personal.

Y es que no puedo olvidar que hay muchas personas LGBTIQ+ que siguen escuchando lo mismo que yo escuché. Que siguen creciendo con la idea de que no hay camino para ellas. Que siguen dudando no de Dios, sino de su lugar en Él.

Y eso tiene responsables.

Cuando la Iglesia transmite más miedo que confianza, cuando habla más de exclusión que de vida, cuando convierte el seguimiento de Jesús en un filtro en lugar de una invitación… algo esencial se pierde. No en abstracto. En personas concretas.

Por eso esta reflexión no es solo una confesión. Es también una llamada.

A quienes nunca habéis tenido que dudar de si Dios os quiere tal como sois: deteneos un momento. Escuchad estas palabras como si fueran nuevas: “No tengáis miedo”. Y preguntaos si vuestras comunidades de fe ayudan a que otras y otros puedan escucharlas así… o si, por el contrario, las habéis convertido en algo inaccesible.

Porque todo lo demás —el camino, la verdad, la vida— solo tiene sentido si empieza ahí. En alguien que, mirándote de frente, te dice: "No tengas miedo. Confía. También tú puedes venir."

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

abril 24, 2026

CCVII. ¿QUIÉN TE ESTÁ LLAMANDO?


Sobre
Juan 10, 1-10

Hay palabras de Jesús que, cuando las escucho, me atraviesan de una manera distinta. No como una enseñanza más, sino como algo que me coloca delante de mi propia historia. “Yo soy la puerta”, dice. Desde ahí, no puedo evitar pensar en todas las puertas que he tenido que mirar, tantear, temer… y finalmente elegir.

Durante mucho tiempo viví en un espacio cerrado. No solo por miedo a los demás, sino por miedo a equivocarme delante de Dios. Creciendo con una fe sincera, pero atravesada por una sospecha constante: que quizá yo no era como debía ser. Que había algo en mí que no encajaba en ese redil del que tanto me hablaban. Entonces uno aprende a quedarse dentro, pero sin paz. A permanecer, pero sin descanso.

Nunca dejé de creer en Dios. Incluso en los momentos más oscuros cuando todo parecía confuso o injusto había algo que no se rompía. Una presencia que no se imponía, pero tampoco se iba. Sin embargo, otra cosa muy distinta fue mi relación con la Iglesia. Porque ahí, desde muy pronto, empecé a sentir una fractura.

Escuchar una y otra vez que lo que eres es desordenado, que tu manera de amar está equivocada, que tu vida —tal como es— necesita ser corregida… no es algo neutro. Va calando. Va haciendo que dudes no solo de ti, sino de cualquier voz que venga en nombre de Dios. Y ahí es donde este Evangelio cobra una fuerza especial.

Jesús habla de quienes no entran por la puerta, de quienes fuerzan, manipulan, dispersan. Y lo dice con claridad: las ovejas no siguen a quien no reconoce su voz. Eso me hizo pensar muchas veces. Porque yo también dejé de reconocer la voz de Dios en algunos discursos. No porque quisiera apartarme, sino porque algo dentro de mí se resistía a creer que esa dureza, esa exclusión, esa forma de nombrar la vida pudiera venir de Él.

Y entonces entendí algo que me costó mucho aceptar: no todo lo que se dice en nombre de Dios lleva su voz.

Reconocer eso es fuerte. También es muy liberador.

Porque me permitió empezar a distinguir. A no confundir a Dios con quienes hablaban de Él. A no abandonar la fe, aunque tuviera que tomar distancia de ciertas formas de vivirla. A no seguir a extraños, aunque vistieran de pastores.

Jesús no dice: “yo soy el camino correcto entre muchos”. Dice algo más radical: “yo soy la puerta”. No un sistema. No una norma. No una estructura. Él.

Y eso lo cambia todo.

Porque entonces la pregunta ya no es si encajo o no en una determinada forma de Iglesia, sino si reconozco su voz. Y su voz —esto lo sé ahora— nunca me ha llamado desde el desprecio, ni desde el miedo, ni desde la condena. Siempre lo hizo desde la vida.

Llegar ahí no fue fácil.

Hubo momentos en los que otras puertas parecían más accesibles. Salidas rápidas: dejar la fe, romper con todo, desaparecer de ese mundo que dolía. Y entiendo profundamente a quienes lo hicieron. Porque cuando uno no encuentra vida, busca aire donde puede.

Yo mismo estuve ahí.

Pero también tuve la suerte —y no fue solo mérito mío— de encontrar personas que me ayudaron a discernir. Que no me empujaron, que no decidieron por mí, pero que me acompañaron hasta poder escuchar con más claridad. Y en medio de ese proceso, aún sin haber salido del todo de mi propio armario, algo se hizo evidente: había una voz que me llamaba por mi nombre. No para cambiar lo que soy, sino para darme vida.

Esa fue la puerta.

No la que otros señalaban. No la que imponía condiciones. No la que exigía negar partes de mí. Sino la que abría espacio para vivir en verdad.

Y eso —aunque no siempre se diga— tiene consecuencias.

Porque obliga también a mirar a la Iglesia con honestidad. A reconocer que, cuando la Tradición se coloca por encima del Evangelio, cuando las normas pesan más que la vida, cuando se habla de Dios sin parecerse a Él… algo se rompe. Y no en abstracto. Se rompe en personas concretas. En historias concretas. En vidas que se sienten expulsadas de un redil que debería ser hogar.

Aquí es donde esta reflexión no puede quedarse en lo personal.

A quienes no viven esta realidad en primera persona, este Evangelio les lanza una pregunta incómoda: ¿estamos ayudando a reconocer la voz de Cristo… o la estamos distorsionando? ¿Estamos siendo puerta… o barrera?

Porque hay muchas personas LGBTIQ+ que no han dejado de creer en Dios, pero han dejado de confiar en quienes hablaban en su nombre.

Y aun así, seguimos aquí.

No porque todo esté resuelto.
No porque todo encaje.
Sino porque, en medio de todo, hemos reconocido una voz.

Una voz que no excluye.
Que no humilla.
Que no negocia la dignidad.

Una voz que llama por el nombre de cada una y de cada uno…
Y promete algo que nadie más ha sabido dar:

Vida.
Y vida en abundancia.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


EN aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

abril 18, 2026

CCVI. TAMBIÉN ES PARA TI


Sobre
Lucas 24, 13-35


No siempre la fe es claridad. A veces es camino. Dos personas se alejan de Jerusalén con la sensación de haber perdido lo que daba sentido a todo. Caminan juntas, sí, pero desorientadas, asustadas, incapaces de entender lo que ha pasado. Y, sin embargo, siguen andando.

Esa escena me resulta demasiado familiar. Porque hay momentos en la vida —y muchas personas LGBTIQ+ lo sabemos bien— en los que uno avanza sin tener claro quién es, ni cómo encajar lo que siente, ni qué hacer con lo que ha recibido. No es solo confusión. Es una mezcla de miedo, de tristeza y de preguntas que no encuentran respuesta. Especialmente cuando la fe, en lugar de iluminar, parece complicarlo todo.

Durante mucho tiempo, yo también caminé así. Con una sensación persistente de estar equivocado, de no encajar del todo, de no poder nombrar lo que me pasaba sin que eso tuviera consecuencias. Y en ese caminar, muchas veces Dios parecía ausente, o peor aún, del lado de quienes señalaban.

El relato de Emaús tiene algo profundamente humano: Jesús se acerca, pero no es reconocido. Camina con ellos, escucha su conversación, se interesa por su tristeza. No interrumpe, no corrige de entrada, no impone una verdad. Se coloca a su lado. Y eso, para mí, ya es revelador.

Porque muchas veces lo que hemos necesitado no era una respuesta rápida, ni una norma más clara, ni una explicación teológica. Era alguien que caminara con nosotros y nosotras sin juzgar, que escuchara de verdad, que no tuviera prisa por dejarnos atrás.

Jesús hace algo más: relee la historia. No niega el dolor, pero lo sitúa en un horizonte más amplio. Y poco a poco, sin forzar, algo empieza a moverse por dentro. No es todavía certeza. Es un calor, una intuición, una luz que no deslumbra pero orienta.

“¿No ardía nuestro corazón?”

Esa frase me parece clave. Porque hay experiencias que no se pueden demostrar, pero sí reconocer. Momentos en los que, sin saber muy bien cómo, uno empieza a intuir que Dios no está en contra, que quizá no se ha equivocado contigo, que tal vez hay un lugar también para ti en esta historia.

Y sin embargo, el reconocimiento pleno no llega en el camino, sino en la mesa. En lo cotidiano, en lo compartido, en el gesto de partir el pan. Ahí se abren los ojos.

Esto interpela mucho a la Iglesia. Porque no basta con acompañar en teoría. El Evangelio apunta a otra cosa: a espacios reales donde compartir la vida, donde la fe se haga cercana, donde las personas LGBTIQ+ no tengan que justificar su existencia para poder sentarse a la mesa.

Pero aquí aparece también la denuncia:

Muchas veces hemos sido invitados a caminar… pero no a quedarnos. Escuchados… pero no reconocidos del todo. Acompañados… pero desde una distancia que no termina de convertirse en comunión.

Y eso no es suficiente.

El gesto de Jesús es más radical: se queda, parte el pan, se deja reconocer. No pone condiciones. No exige que primero entiendan todo. Se ofrece.

Por eso, cuando finalmente lo reconocen, no se quedan ahí. Vuelven. Regresan a Jerusalén. Ya no desde la confusión, sino desde una certeza que no es perfecta, pero sí suficiente para ponerse en camino de nuevo.

Y aquí hay una palabra importante para quienes vivimos la fe desde la experiencia LGBTIQ+. No estamos condenados a caminar en la duda permanente. Tampoco a vivir escondidos en un relato que no nos incluye. Hay un momento —distinto para cada persona— en el que algo encaja, en el que el corazón arde, en el que se reconoce una presencia que da paz.

Esa presencia no elimina todas las preguntas. Pero sí cambia la dirección.

Y a quienes forman parte de la Iglesia y no viven esta realidad en primera persona, este Evangelio les deja una tarea clara: no adelantarse, no imponer, no simplificar. Caminar al lado, escuchar de verdad, y sobre todo, crear espacios, poner la mesa. Porque es ahí —no en el juicio, no en la distancia— donde se abren los ojos.

Quizá hoy muchas personas LGBTIQ+ siguen caminando hacia Emaús, alejándose de espacios donde no han encontrado lugar. La pregunta es si la Iglesia será capaz de salir a ese camino… o seguirá esperando desde Jerusalén.

Porque el Resucitado no espera.

Camina. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


AQUEL mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.