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marzo 28, 2026

CCII. INCLUSO EN LA NOCHE, DIOS SIGUE ESTANDO


Sobre
Mateo 26


Permíteme que me atreva a proponerte algo para iniciar la Semana Santa. Te animo a volver a leer en algún momento —quizá más tarde, antes de dormir, al final del día el largo relato que nos revela Mateo en su capítulo 26. Pero ahora hazlo en voz baja. Esta vez mueve los labios, entona cada frase, pronuncia cada palabra. Que tu voz sea solo un susurro. En un lugar tranquilo. Con poca luz. Sumérgete en lo que sucede, en esa historia. Imagina que estás ahí. Observa.

Fíjate en que todo ocurre de noche: la traición, el miedo, la huida, el juicio injusto. Es una noche densa, cargada de sombras… y, sin embargo, profundamente reveladora.

Cuando yo lo leo, no puedo evitar pensar que muchas personas LGBTIQ+ creyentes conocemos bien esa noche.

No hablo solo de dificultades. Me refiero a esa experiencia más honda: la de sentirse solo, juzgado, señalado, incluso dentro del propio espacio religioso. Esa sensación de que, en algún momento, tu nombre puede aparecer en boca de otros… no para cuidarte, sino para condenarte.

En la narración, Jesús no es rechazado por desconocidos. Es entregado por uno de los suyos. Es juzgado por autoridades religiosas. Es negado por un amigo. Eso duele más.

Y ahí, inevitablemente, se me cruza la imagen de lo que ha ocurrido estos días en La Bañeza. Una mujer trans brutalmente agredida por un grupo de personas, insultada, golpeada hasta casi perder un ojo (1). No es solo violencia física. Es algo más profundo: es el intento de despojar a alguien de su dignidad, el empeño violento de decirle que no tiene lugar.

Me pregunto, con el Evangelio abierto delante de mí, ¿cuántas veces esa misma lógica —no tan extrema, pero sí real— se ha colado también en espacios de Iglesia que deberían ser de acogida?

Mateo nos muestra a Jesús en medio de una violencia que se justifica religiosamente. Los sumos sacerdotes buscan motivos para condenarlo. Necesitan encajar su vida en una categoría que permita rechazarlo. Esto también nos resulta demasiado familiar.

Cuántas veces las personas LGBTIQ+ hemos sido reducidas a una categoría moral, a un problema, a una etiqueta que impide vernos como personas completas, como creyentes, como hijas e hijos de Dios.

Muchas veces he compartido aquí esta herida: no tanto el rechazo abierto —que también— sino la experiencia de una fe vivida bajo sospecha, como si hubiera que justificarse constantemente.

Y, sin embargo, en medio de esa noche, hay un detalle que me sostiene: Jesús no deja de ser quien es. Ni cuando lo traicionan. Ni cuando lo juzgan. Ni cuando lo golpean. Ni cuando Pedro lo niega.

Hay una fidelidad silenciosa en Jesús que no depende del reconocimiento de los demás. Eso, para mí, es profundamente liberador. Porque muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos tenido que aprender a sostener nuestra fe así: sin aplausos, a veces sin comprensión, incluso con miedo. Pero con una certeza interior que nadie puede arrebatarnos: que Dios no se equivoca con nosotros.

Mateo también nos muestra una escena que me parece clave: Jesús en Getsemaní. Tiene miedo. Suda angustia. Se siente solo. Pide compañía… y sus amigos se duermen.

Ese momento me parece de una humanidad brutal. Porque desmonta la idea de que la fe elimina el sufrimiento. No. Jesús no deja de sufrir. Pero no se encierra en sí mismo. Se dirige al Padre. Se mantiene en relación.

Quizá ahí hay una clave importante para nosotras y nosotros que ordena nuestra determinación a no perder la fe. No negamos el dolor. No maquillamos las heridas. Pero tampoco rompemos el vínculo con Dios. Porque, incluso en la noche, Dios sigue estando.

Mi oración contemplando el texto de Mateo me lleva también a compartir algo claro, con respeto pero sin rodeos: La reacción de las autoridades religiosas en este relato del inicio de la Pasión no es solo un dato histórico. Es una advertencia permanente. Cuando la religión se convierte en un sistema que protege su propia seguridad por encima de la vida concreta de las personas, puede terminar justificando lo injustificable.

Eso ocurrió con Jesús. Y, salvando las distancias, algo de eso sucede hoy cuando la dignidad de las personas LGBTIQ+ no es defendida con claridad, cuando el silencio sustituye al compromiso, cuando la prudencia institucional y doctrinal pesa más que el sufrimiento real. No basta con no agredir. El Evangelio pide algo más: ponerse del lado de la víctima.

A quienes compartimos la experiencia LGBTIQ+ creyente, este texto nos dice algo muy importante: nuestra fe no es menos auténtica por haber pasado por la noche. Al contrario, muchas veces se ha hecho más verdadera ahí.

Y si tú no vives esta realidad, pero quieres ser fiel al Evangelio, el relato de Mateo te lanza una pregunta incómoda: ¿Dónde estás cuando alguien es señalado, ridiculizado o agredido por ser quien es? ¿Durmiendo, como los discípulos? ¿Mirando hacia otro lado? ¿O acompañando, aunque algunas veces no sepas muy bien cómo?

La noche de Jesús no terminó en la noche. Pero pasó por ella. Y quizá hoy, para muchas personas LGBTIQ+, seguimos en ese tramo oscuro del camino. Pero no estamos solas. Porque el Dios en quien creemos no es ajeno a la violencia, ni al rechazo, ni a la injusticia. Es un Dios que ha pasado por todo eso. Y que, incluso en medio de la noche, sigue susurrando: “Levantaos… vamos.”

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


(1) El 23 de marzo de 2026 Bianca Fernández, mujer trans, fue salvajemente agredida cuando intentaba utilizar los baños de mujeres en un pub de La Bañeza (León, España). 
https://www.youtube.com/watch?v=uAjjxiM8dWc 

Complot para matar a Jesús
 Cuando terminó este discurso, Jesús dijo a sus discípulos: —Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua y este Hombre será entregado para ser crucificado. Entonces se reunieron los sumos sacerdotes y senadores del pueblo en casa del sumo sacerdote Caifás, y se pusieron de acuerdo para apoderarse de Jesús con una estratagema y darle muerte. Pero añadieron que no debía ser durante las fiestas, para que no se amotinara el pueblo.
Unción en Betania
 Estando Jesús en Betania, en casa de Simón el Leproso, se le acercó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de mirra carísimo y se lo derramó en la cabeza mientras estaba a la mesa. Al verlo, los discípulos dijeron indignados:
—¿A qué viene este derroche? Se podía haber vendido bien caro para dar el producto a los pobres. Jesús lo advirtió y les dijo:
—¿Por qué molestáis a esta mujer? Ha hecho una obra buena conmigo. A los pobres los tendréis siempre cerca, pero a mí no siempre me tendréis. Al derramar el perfume sobre mi cuerpo, estaba preparando mi sepultura. Os aseguro que en cualquier parte del mundo donde se proclame la Buena Noticia, se mencionará lo que ha hecho ella.
Traición de Judas
 Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, se dirigió a los sumos sacerdotes y les propuso:
—¿Qué me dais si os lo entrego a vosotros?
Ellos se pusieron de acuerdo en treinta monedas de plata. Desde aquel momento buscaba una ocasión para entregarlo.
Preparación de la cena pascual
 El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
—¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? Él les contestó:
—Id a la ciudad, a un tal, y decidle: El maestro dice: mi hora está próxima; en tu casa celebraré la Pascua con mis discípulos. Los discípulos prepararon la cena de Pascua siguiendo las instrucciones de Jesús.
Anuncio de la traición
 Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían, les dijo:
—Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar. Consternados, empezaron a preguntarle uno por uno:
—¿Soy yo, Señor? Él contestó:
—El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ése me entregará. Este Hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay de aquél por quien este Hombre será entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido. Le dijo Judas, el traidor:
—¿Soy yo, maestro?
Le respondió Jesús:
—Tú lo has dicho.
Institución de la Eucaristía
 Mientras cenaban, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo:
—Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Tomando la copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:
—Bebed todos de ella, porque ésta es mi sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados. Os digo que en adelante no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. Cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos.
Anuncia el abandono de sus discípulos
 Entonces Jesús les dijo:
—Esta noche todos vais a fallar por mi causa, como está escrito:
Heriré al pastor y se dispersarán
las ovejas del rebaño. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea. Pedro le contestó:
—Aunque todos fallen esta noche, yo no fallaré. Jesús le respondió:
—Te aseguro que esta noche, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Pedro le replicó:
—Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.
Lo mismo dijeron los demás discípulos.
Oración en el huerto
 Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos:
—Sentaos aquí mientras yo voy allá a orar. Tomó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y empezó a sentir tristeza y angustia. Les dijo:
—Siento una tristeza mortal; quedaos aquí, velando conmigo. Se adelantó un poco y, postrado rostro en tierra, oró así:
—Padre, si es posible, que se aparte de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Volvió a donde estaban los discípulos. Los encontró dormidos y dijo a Pedro:
—¿Será posible que no habéis sido capaces de velar una hora conmigo? Velad y orad para no sucumbir en la prueba. El espíritu es decidido, pero la carne es débil. Por segunda vez se alejó a orar:
—Padre, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, que se haga tu voluntad. Volvió de nuevo y los encontró dormidos, pues tenían mucho sueño. Los dejó y se apartó por tercera vez repitiendo la misma oración. Después se acercó a los discípulos y les dijo:
—¡Todavía dormidos y descansando! Está próxima la hora en que este Hombre será entregado en poder de los pecadores. Levantaos, vamos; se acerca el que me entrega.
Arresto de Jesús
 Todavía estaba hablando cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de gente armada de espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El traidor les había dado una contraseña: Al que yo bese, ése es; arrestadlo. Enseguida, acercándose a Jesús le dijo:
—¡Salve, maestro!
Y le dio un beso. Jesús le dijo:
—Amigo, ¿a qué has venido?
Entonces se acercaron, le echaron mano y arrestaron a Jesús. Uno de los que estaban con Jesús desenvainó la espada y de un tajo cortó una oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
—Envaina la espada: Quien empuña la espada, a espada muere. ¿Crees que no puedo pedirle al Padre que me envíe enseguida más de doce legiones de ángeles? Pero entonces, ¿cómo se cumplirá lo que está escrito, que esto tiene que suceder? Entonces Jesús dijo a la multitud:
—Habéis salido armados de espadas y palos para capturarme como si se tratara de un asaltante. Diariamente me sentaba en el templo a enseñar y no me arrestasteis. Pero todo eso sucede para que se cumplan las profecías.
Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Jesús ante el Consejo
 Los que lo habían arrestado lo condujeron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los letrados y los senadores. Pedro le fue siguiendo a distancia hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué acababa aquello. Los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno buscaban un testimonio falso contra Jesús que permitiera condenarlo a muerte. Y, aunque se presentaron muchos testigos falsos, no lo encontraron. Finalmente se presentaron dos alegando:
—Éste ha dicho: Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
—¿No respondes a lo que éstos declaran contra ti? Pero Jesús seguía callado.
El sumo sacerdote le dijo:
—Por el Dios vivo te conjuro para que nos digas si eres el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús le respondió:
—Tú lo has dicho. Y os digo que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y llegando en las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo:
—¡Ha blasfemado! ¿Qué falta nos hacen los testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Cuál es vuestro veredicto?
Respondieron:
—Reo de muerte. Entonces le escupieron al rostro, le dieron bofetadas y lo golpeaban diciendo:
—Mesías, adivina quién te ha pegado.
Negaciones de Pedro
 Pedro estaba sentado fuera, en el patio. Se le acercó una criada y le dijo:
—Tú también estabas con Jesús el Galileo. Él lo negó delante de todos:
—No sé lo que dices. Salió al portal, lo vio otra criada y dijo a los que estaban allí:
—Éste estaba con Jesús el Nazareno. De nuevo lo negó jurando que no conocía a aquel hombre. Al poco tiempo se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
—Realmente tú eres uno de ellos, el acento te delata. Entonces empezó a echarse maldiciones y a jurar que no lo conocía. Al punto cantó un gallo y Pedro recordó lo que había dicho Jesús: Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Y saliendo afuera, lloró amargamente.

marzo 20, 2026

CCI. SAL FUERA


Sobre
Juan 11


Algunos pasajes del Evangelio no se pueden leer sin que algo dentro se remueva profundamente. El relato de Lázaro es uno de ellos. No solo porque habla de la muerte y de la vida, sino porque lo hace también de lo que significa vivir encerrado… y nos dice de la voz que nos llama a salir.

Cuando leo este capítulo de Juan, no puedo evitar imaginar la escena: una tumba cerrada, una piedra pesada, un hombre envuelto en vendas. Todo está detenido, inmóvil, como si la historia hubiese terminado.

Y, sin embargo, Jesús llega y dice algo que rompe esa lógica: “Quitad la piedra.”

Durante muchos años, muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos sentido que también vivíamos detrás de una piedra. No necesariamente porque quisiéramos escondernos, sino porque el miedo, la culpa o el rechazo habían construido ese sepulcro alrededor de nuestra vida. El famoso “armario” del que tantas veces hablamos no es solo un espacio social. Es también, muchas veces, un sepulcro espiritual.

Con frecuencia he narrado esta experiencia: la de una fe que ha tenido que crecer en silencio, en soledad, incluso en medio de una profunda herida interior. Una fe que se ha preguntado muchas veces si realmente había lugar para nosotras y nosotros en la Iglesia o si nuestra vida estaba destinada a quedarse siempre detrás de esa piedra.

Por eso el gesto de Jesús me parece tan profundamente liberador. Jesús no habla primero de doctrina ni de normas. Jesús llama a la vida. Y lo hace con una voz que atraviesa la tumba:

“¡Lázaro, sal fuera!”

Me impresiona pensar que Lázaro sale todavía atado, enredado en las vendas de la muerte. El milagro no termina con la salida del sepulcro. Jesús añade algo que a veces pasa desapercibido:

“Desatadlo y dejadlo andar.”

Quizá ahí está una de las imágenes más potentes para comprender la realidad de muchas personas LGBTIQ+ en la Iglesia. Muchas, muchos hemos conseguido salir del sepulcro del miedo. Hemos reconciliado nuestra fe con nuestra identidad. Hemos descubierto que Dios no nos rechaza. Hemos escuchado la voz de Cristo llamándonos por nuestros nombres.

Pero todavía quedan vendas. Vendas hechas de prejuicios, de silencios incómodos, de discursos que siguen insinuando que nuestra vida es un problema. Vendas que a veces no permiten caminar con libertad dentro de la comunidad cristiana.

Por eso este Evangelio no solo habla de resurrección. Habla también de liberación comunitaria: Jesús no desata a Lázaro directamente sino que pide a la comunidad que lo haga.

Eso significa algo muy serio para la Iglesia. Significa que la tarea de desatar, de liberar, de devolver dignidad, no es opcional. Es parte del Evangelio. Si la comunidad no ayuda a quitar las vendas, el milagro queda incompleto.

El relato de Juan introduce también otra reacción. Mientras algunos, al ver lo ocurrido, creen, otros se alarman. Los dirigentes religiosos comienzan a preocuparse. El signo de vida que Jesús realiza no provoca solo alegría: provoca miedo.

Porque la vida verdadera siempre cuestiona las estructuras que se han acostumbrado a convivir con la muerte.

Y entonces aparece una decisión inquietante: empiezan a pensar que Jesús debe morir.

Este detalle del Evangelio me parece profundamente actual. A veces la Iglesia se conmueve ante el sufrimiento de las personas LGBTIQ+, pero cuando nuestra experiencia de fe empieza a reclamar espacio, reconocimiento y palabra, surgen también resistencias. Como si nuestra existencia creyente pusiera en crisis ciertas seguridades.

Sin embargo, el Evangelio es claro: lo que Jesús hace con Lázaro es una obra de DiosNo una amenaza. No un escándalo. Sí una obra de vida.

Por eso, a quienes formamos parte del colectivo LGBTIQ+ creyente, este relato nos recuerda algo importante: nuestra historia no es una historia de muerte. Aunque durante años hayamos vivido escondidos, aunque hayamos sentido el peso de la piedra o la dureza de las vendas, la última palabra no la tiene el sepulcro. La última palabra la tiene la voz de CristoEsa voz que sigue llamando a salir, a respirar, a caminar con dignidad.

Y a quienes no compartís nuestra experiencia —hermanos y hermanas heterosexuales en la fe— este Evangelio os deja una pregunta muy concreta: ¿estáis ayudando a quitar las vendas o dejando que sigan ahí?

Porque no basta con alegrarse de que alguien haya salido de la tumba. El Evangelio pide algo más: desatarlo y dejarlo andar.

La Iglesia necesita escuchar hoy esa palabra de Jesús. Necesita comprender que la vida que Él despierta no puede quedar a medio camino.

A veces pienso que muchas personas LGBTIQ+ creyentes somos como Lázaro saliendo de la tumba: todavía un poco torpes, todavía envueltos en vendas, pero profundamente vivos.

Y tal vez nuestra existencia sea, para la Iglesia, un signo incómodo… pero también una oportunidad. La oportunidad de aprender, una vez más, que el Dios de Jesús no es el guardián de los sepulcros. Es el Señor de la vida.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




 Había un enfermo llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y su hermana Marta. María era la que había ungido al Señor con perfumes y le había enjugado los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro estaba enfermo. Las hermanas le enviaron este recado:
—Señor, tu amigo está enfermo. Al oírlo, Jesús comentó:
—Esta enfermedad no ha de acabar en la muerte; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús era amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro. Sin embargo cuando oyó que estaba enfermo, prolongó su estancia dos días en el lugar. Después dice a los discípulos:
—Vamos a volver a Judea. Le dicen los discípulos:
—Rabí, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y quieres volver allá? Jesús les contestó:
—¿No tiene el día doce horas? Quien camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; quien camina de noche tropieza, porque no tiene luz. Dicho esto, añadió:
—Nuestro amigo Lázaro está dormido; voy a despertarlo. Contestaron los discípulos:
—Señor, si está dormido, sanará. Pero Jesús se refería a su muerte, mientras que ellos creyeron que se refería al sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente:
—Lázaro ha muerto. Y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Vayamos a verlo. Tomás, que significa mellizo, dijo a los demás discípulos:
—Vamos también nosotros a morir con él. Cuando Jesús llegó, encontró que llevaba cuatro días en el sepulcro. Betania queda cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para darles el pésame por la muerte de su hermano. Cuando Marta oyó que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Marta dijo a Jesús:
—Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que lo que pidas, Dios te lo concederá. Le dice Jesús:
—Tu hermano resucitará. Le dice Marta:
—Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le contestó:
—Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Lo crees? Le contestó:
—Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo. Dicho esto, se fue, llamó en privado a su hermana María y le dijo:
—El Maestro está aquí y te llama. Al oírlo, se levantó a toda prisa y se dirigió hacia él. Jesús no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde lo encontró Marta. Los judíos que estaban con ella en la casa consolándola, al ver que María se levantaba de repente y salía, fueron detrás de ella, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando María llegó adonde estaba Jesús, al verlo, cayó a sus pies y le dijo:
—Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. Jesús al ver llorar a María y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció por dentro y dijo muy conmovido:
—¿Dónde lo habéis puesto?
Le dicen:
—Ven, Señor, y lo verás. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
—¡Cómo lo quería! Pero algunos decían:
—El que abrió los ojos al ciego, ¿no pudo impedir que éste muriera? Jesús, estremeciéndose de nuevo, se dirigió al sepulcro. Era una caverna con una piedra delante. Jesús dice:
—Retirad la piedra.
Le dice Marta, la hermana del difunto:
—Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días muerto. Le contesta Jesús:
—¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios? Retiraron la piedra.
Jesús alzó la vista al cielo y dijo:
—Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la gente que me rodea, para que crean que tú me enviaste. Dicho esto, gritó con fuerte voz:
—Lázaro, sal afuera. Salió el muerto con los pies y las manos sujetos con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo:
—Desatadlo y dejadlo ir. Muchos judíos que habían ido a visitar a María y vieron lo que hizo creyeron en él. Pero algunos fueron y contaron a los fariseos lo que había hecho Jesús. Los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron entonces el Consejo y dijeron:
—¿Qué hacemos? Este hombre está haciendo muchas señales. Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, entonces vendrán los romanos y nos destruirán el santuario y la nación. Uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
—No entendéis nada. ¿No veis que es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que muera toda la nación? No lo dijo por cuenta propia, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús moriría por la nación. Y no sólo por la nación, sino para congregar a los hijos de Dios que estaban dispersos. Así, a partir de aquel día, acordaron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se marchó a una región próxima al desierto, a un pueblo llamado Efraín, y se quedó allí con los discípulos. Se acercaba la Pascua judía y muchos subían del campo a Jerusalén para purificarse antes de la fiesta. Buscaban a Jesús y, de pie en el templo, comentaban entre sí:
—¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta o no? Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes para que quien conociese su paradero lo denunciara, de modo que pudieran arrestarlo.

marzo 14, 2026

CC. VER DESDE EL MARGEN


Sobre
Juan 9, 1-41


Hay páginas del Evangelio que parecen escritas para quienes hemos vivido mucho tiempo mirados con sospecha. El relato del ciego de nacimiento es una de ellas. Cada vez que lo leo siento que, de algún modo, ese hombre podría sentarse a mi lado y contar una historia muy parecida a la de tantas personas LGBTIQ+ creyentes.

El evangelista Juan dice que Jesús se encuentra con un hombre ciego desde el nacimiento. Los discípulos preguntan algo que a mí me resulta dolorosamente familiar:
“¿Quién pecó para que naciera así?”

Es una pregunta antigua, pero sigue resonando hoy. Durante mucho tiempo, muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos sentido que esa misma sospecha pesaba sobre nosotras: algo en nosotras y en nosotros debía estar mal, algo debía ser culpa de alguien. La orientación sexual se convirtió en un problema moral antes incluso de escuchar nuestra historia.

Pero Jesús rompe ese esquema de raíz.
Ni él pecó ni sus padres.

Jesús desmonta la lógica religiosa que busca culpables. Y lo hace de la forma más sorprendente: se acerca al ciego, toca su barro, se mezcla con su fragilidad y le abre los ojos. El milagro no es solo físico. Es una revelación: Jesús se presenta como la luz del mundo, la luz que permite ver la verdad.

Y entonces empieza lo verdaderamente interesante del relato.

Porque cuando el hombre comienza a ver… los que se creían videntes empiezan a mostrarse ciegos.

Los fariseos aparecen inquietos, incómodos, interrogando una y otra vez. No pueden negar lo ocurrido, pero tampoco pueden aceptarlo. Investigan, discuten, cuestionan, presionan. Lo que más les preocupa no es la curación del hombre, sino que Jesús haya actuado fuera de sus esquemas.

El relato termina de una forma muy significativa: el hombre curado es expulsado.

Cuando leo esto, no puedo evitar pensar en tantas personas LGBTIQ+ creyentes que hemos vivido algo parecido dentro de la Iglesia. Personas que amamos a Cristo, que hemos rezado, servido, acompañado… y que un día descubrimos que nuestra simple existencia provoca incomodidad. No siempre hay expulsiones explícitas, pero sí silencios, sospechas, puertas que no se abren.

De diferentes maneras lo he ido expresando, en otras reflexiones, muchas veces: la sensación de vivir en los márgenes, de amar a la Iglesia y al mismo tiempo sentir que uno está siempre un poco bajo examen. La fe de muchas personas LGBTIQ+ no ha sido fácil ni cómoda; ha sido una fe peleada, sostenida incluso cuando parecía más sencillo marcharse.

Por eso este evangelio me toca profundamente.

El ciego no se convierte en discípulo porque todo haya sido fácil.
Se convierte en creyente porque ha experimentado la verdad en su propia vida.

Primero dice: “Ese hombre se llama Jesús”.
Luego afirma: “Es un profeta”.
Y al final proclama: “Señor, creo”.

Es un camino de fe. Un camino que muchos conocemos bien.

Las personas LGBTIQ+ creyentes hemos tenido que recorrer ese itinerario a contracorriente. Hemos tenido que descubrir a Cristo no solo en la tranquilidad de la catequesis, sino también en medio de la duda, la herida y la incomprensión. Y quizá por eso nuestra fe, cuando madura, tiene algo muy parecido a la del ciego: una fe nacida de la experiencia.

Pero el Evangelio también nos plantea una pregunta incómoda para la Iglesia.

¿Quién está realmente ciego?

El ciego ve.
Los fariseos no.

Jesús lo dice con claridad al final del relato: quienes creen ver, pero se cierran a la verdad, permanecen en su ceguera.

A veces me pregunto si parte de la Iglesia no está viviendo algo parecido. No por maldad, sino por miedo. Porque reconocer plenamente la dignidad y la vocación de las personas LGBTIQ+ obligaría a revisar muchas certezas, muchas palabras pronunciadas sin escuchar nuestras vidas.

Pero la historia del Evangelio no termina con la expulsión.

Cuando el hombre es echado fuera, Jesús sale a buscarlo.

Ese detalle me conmueve siempre. Jesús no lo abandona cuando el sistema religioso lo rechaza. Al contrario: lo encuentra, se revela a él y le regala el encuentro más profundo.

Tal vez ahí está la clave para entender nuestra historia como creyentes LGBTIQ+.

Muchos hemos sido empujados hacia los márgenes. Pero en ese margen, a veces, hemos encontrado a Cristo de una forma sorprendentemente cercana. No como juez, sino como compañero. No como amenaza, sino como luz. Y desde esa experiencia nace una responsabilidad.

A quienes formamos parte del colectivo LGBTIQ+ creyente, este Evangelio nos invita a no renunciar a nuestra voz. A decir con humildad, pero también con valentía: “Yo era ciego y ahora veo.”

Y a quienes no pertenecen a este colectivo —pero comparten la fe en Jesús— este texto les hace una pregunta directa: ¿De qué lado quieren estar en esta historia? ¿Del lado de quienes investigan para mantener el orden, o del lado de quien se alegra porque un ser humano ha recuperado la luz?

El Evangelio siempre termina desenmascarando nuestras seguridades.
Y quizá hoy nos recuerde algo muy sencillo y muy profundo: q
ue la verdadera ceguera no es nacer diferente.

La verdadera ceguera es negarse a ver la obra de Dios cuando aparece en la vida de quienes no esperábamos.

Y yo estoy convencido de algo: Dios sigue haciendo milagros en los márgenes de la Iglesia. Muchas y. muchos de nosotros somos prueba de ello.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




 Al pasar vio un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos le preguntaron:
—Rabí, ¿quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres?
 Jesús contestó:
—Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido para que se revele en él la acción de Dios.
 Mientras es de día, tenéis que trabajar en las obras del que me envió. Llegará la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo. Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo puso en los ojos y le dijo:
—Ve a lavarte en la alberca de Siloé –que significa enviado–.
Fue, se lavó y volvió con vista.
 Los vecinos y los que antes lo habían visto pidiendo limosna comentaban:
—¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?
 Unos decían:
—Es él.
Otros decían:
—No es, sino que se le parece.
Él respondía:
—Soy yo.
 Así que le preguntaron:
—¿Cómo [pues] se te abrieron los ojos?
 Contestó:
—Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista.
 Le preguntaron:
—¿Dónde está él?
Responde:
—No sé.
 Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego –era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos–. Los fariseos le preguntaron otra vez cómo había recobrado la vista.
Les respondió:
—Me aplicó barro a los ojos, me lavé, y ahora veo.
 Algunos fariseos le dijeron:
—Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no observa el sábado.
Otros decían:
—¿Cómo puede un pecador hacer tales señales?
Y estaban divididos.
 Preguntaron de nuevo al ciego:
—Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?
Contestó:
—Que es profeta.
 Los judíos no acababan de creer que había sido ciego y había recobrado la vista; así que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron:
—¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?
 Contestaron sus padres:
—Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego;
 cómo es que ahora ve, no lo sabemos; quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Preguntadle a él, que tiene edad y puede dar razón de sí. Sus padres dijeron esto por temor a los judíos; porque los judíos ya habían decidido que quien lo confesara como Mesías sería expulsado de la sinagoga. Por eso dijeron los padres que tenía edad y que le preguntaran a él.
 Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron:
—Da gloria a Dios. A nosotros nos consta que aquél es un pecador.
 Les contestó:
—Si es pecador, no lo sé; una cosa me consta, que yo era ciego y ahora veo.
 Le preguntaron de nuevo:
—¿Cómo te abrió los ojos?
 Les contestó:
—Ya os lo he dicho y no me creísteis; ¿para qué queréis oírlo de nuevo? ¿No será que queréis haceros discípulos suyos?
 Lo insultaron diciendo:
—¡Discípulo de él lo serás tú!, nosotros somos discípulos de Moisés.
 De Moisés nos consta que le habló Dios; en cuanto a ése, no sabemos de dónde viene. Les replicó:
—Eso es lo extraño, que vosotros no sabéis de dónde viene y a mí me abrió los ojos.
 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino que escucha al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó contar que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si ese hombre no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada. Le contestaron:
—Tú naciste lleno de pecado, ¿y quieres darnos lecciones?
Y lo expulsaron.
 Oyó Jesús que lo habían expulsado y, cuando lo encontró, le dijo:
—¿Crees en el Hijo del Hombre?
 Contestó:
—¿Quién es, Señor, para que crea en él?
 Jesús le dijo:
—Lo has visto: es el que está hablando contigo.
 Respondió:
—Creo, Señor.
Y se postró ante él.
 Jesús dijo:
—He venido a este mundo a entablar un juicio, para que los ciegos vean y los que vean queden ciegos.
 Algunos fariseos que se encontraban con él preguntaron:
—Y nosotros, ¿estamos ciegos?
 Les respondió Jesús:
—Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís que veis, vuestro pecado permanece.