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abril 01, 2026

CCIII. INCLINARNOS PARA AMAR


Sobre
Juan 13, 1-15; 18,1–19,42


De todo este largo texto de la Pasión de Cristo, hay una escena que siempre me ha inquietado más que emocionado: Jesús de rodillas, lavando los pies. No porque no sea hermosa, sino porque es demasiado concreta. Demasiado real. Demasiado exigente. No habla de ideas. Habla de contacto. De manos que se ensucian. De cercanía sin distancia.

Y desde ahí no puedo evitar preguntarme, ¿cuántas veces las personas LGBTIQ+ hemos experimentado en la Iglesia algo así? No discursos sobre nosotros, sino personas que se inclinan, que escuchan, que acompañan sin miedo. Porque el lavatorio no es un símbolo abstracto. Es una forma de situarse. Jesús no se coloca por encima. Se pone debajo. Y eso cambia todo.

Quizá es por lo que duele tanto cuando la experiencia es la contraria. Cuando uno siente que su vida es analizada, clasificada, incluso corregida… pero rara vez abrazada. Como si el Evangelio se hubiera convertido más en norma que en gesto.

El cuarto evangelio no separa ese momento concreto del lavatorio de lo que viene después. El mismo Jesús que se arrodilla es el que, pocas líneas más adelante, es detenido, interrogado y expuesto. No hay ruptura entre una cosa y otra. Hay coherencia. Jesús no deja de ser servidor cuando comienza la violencia. Y tampoco deja de ser libre cuando lo atan.

Eso me interpela profundamente. Porque muchas veces la fe LGBTIQ+ ha tenido que aprender a sostenerse en medio de esa tensión: amar a una Iglesia que no siempre sabe amar del todo, permanecer cuando sería más fácil marcharse, seguir creyendo incluso cuando la mirada de otros pesa.

En el relato de la pasión según Juan, lo que más me impresiona no es justo el sufrimiento físico —que también—, sino la tranquilidad con la que Jesús se mantiene fiel a sí mismo. No entra en el juego del poder. No responde desde la violencia. No negocia su verdad.

Y eso, leído hoy, tiene una fuerza enorme. Porque hay situaciones —y no hace falta irse muy lejos para verlas— donde la dignidad de las personas LGBTIQ+ sigue siendo cuestionada, ridiculizada o incluso agredida. Y no siempre encontramos una respuesta clara, firme, evangélica, por parte de quienes deberían ser los primeros en defenderla.

Aquí es donde el Evangelio deja de ser cómodo. Porque no se trata solo de no hacer daño. Se trata de ponerse del lado de quien lo sufre. El gesto de lavar los pies no es neutral. Es una toma de posición. Y la pasión de Jesús tampoco lo es.

Por eso, quizá hoy la pregunta no es solo qué creemos, sino cómo nos situamos. Si somos capaces de arrodillarnos ante la vida concreta de quienes han sido heridos. Si somos capaces de reconocer la presencia de Dios también en quienes han sido colocados en los márgenes. Si somos capaces de permanecer fieles cuando eso incomoda.

A quienes compartimos esta experiencia de fe desde lo LGBTIQ+, este Evangelio nos recuerda que no estamos fuera de la historia de Jesús. Estamos dentro. Muy dentro. Y a quienes miran desde fuera de esta realidad, pero quieren vivir el Evangelio con verdad, les deja un criterio sencillo y exigente:

Donde alguien se arrodilla para amar, ahí está Cristo.
Donde alguien es humillado y nadie se inclina, el Evangelio aún no ha llegado del todo.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»
Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.»
Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás.»
Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.»
Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»
Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.»
Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.» Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

Juan 18,1–19,42. La Pasión

C. En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:
+ «¿A quién buscáis?»
C. Le contestaron:
S. «A Jesús, el Nazareno.»
C. Les dijo Jesús:
+ «Yo soy.»
C. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+ «¿A quién buscáis?»
C. Ellos dijeron:
S. «A Jesús, el Nazareno.»
C. Jesús contestó:
+ «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos»
C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste.» Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+ «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?»
C. La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; era Caifás el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo.» Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada que hacía de portera dijo entonces a Pedro:
S. «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?»
C. Él dijo:
S. «No lo soy.»
C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó:
+ «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo.»
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaban allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. «¿Así contestas al sumo sacerdote?»
C. Jesús respondió:
+ «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?»
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron:
S. «¿No eres tú también de sus discípulos?»
C. Él lo negó, diciendo:
S. «No lo soy.»
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. «¿No te he visto yo con él en el huerto?»
C. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
S. «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?»
C. Le contestaron:
S. «Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos.»
C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley.»
C. Los judíos le dijeron:
S. «No estamos autorizados para dar muerte a nadie.»
C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Jesús le contestó:
+ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»
C. Pilato replicó:
S. «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»
C. Jesús le contestó:
+ «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»
C. Pilato le dijo:
S. «Conque, ¿tú eres rey?»
C. Jesús le contestó:
+ «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»
C. Pilato le dijo:
S. «Y, ¿qué es la verdad?»
C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Volvieron a gritar:
S. «A ése no, a Barrabás.»
C. El tal Barrabás era un bandido. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. «Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa.»
C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. «Aquí lo tenéis.»
C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
S. «¡Crucifícalo, crucíficalo!»
C. Pilato les dijo:
S «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él.»
C. Los judíos le contestaron:
S «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios.»
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús:
S. «¿De dónde eres tú?»
C. Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo:
S. «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?»
C. Jesús le contestó:
+ «No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor.»
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. «Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César.»
C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:
S. «Aquí tenéis a vuestro rey.»
C. Ellos gritaron:
S. «¡Fuera, fuera; crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. «¿A vuestro rey voy a crucificar?»
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. «No tenemos más rey que al César.»
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos.» Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
S. «No, escribas: «El rey de los judíos», sino: «Éste ha dicho: Soy el rey de los judíos.»»
C. Pilato les contestó:
S. «Lo escrito, escrito está.»
C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. «No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quién le toca.»
C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
+ «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
C. Luego, dijo al discípulo:
+ «Ahí tienes a tu madre.»
C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo:
+ «Tengo sed.»
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
+ «Está cumplido.»
C. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que atravesaron.» Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

marzo 28, 2026

CCII. INCLUSO EN LA NOCHE, DIOS SIGUE ESTANDO


Sobre
Mateo 26


Permíteme que me atreva a proponerte algo para iniciar la Semana Santa. Te animo a volver a leer en algún momento —quizá más tarde, antes de dormir, al final del día el largo relato que nos revela Mateo en su capítulo 26. Pero ahora hazlo en voz baja. Esta vez mueve los labios, entona cada frase, pronuncia cada palabra. Que tu voz sea solo un susurro. En un lugar tranquilo. Con poca luz. Sumérgete en lo que sucede, en esa historia. Imagina que estás ahí. Observa.

Fíjate en que todo ocurre de noche: la traición, el miedo, la huida, el juicio injusto. Es una noche densa, cargada de sombras… y, sin embargo, profundamente reveladora.

Cuando yo lo leo, no puedo evitar pensar que muchas personas LGBTIQ+ creyentes conocemos bien esa noche.

No hablo solo de dificultades. Me refiero a esa experiencia más honda: la de sentirse solo, juzgado, señalado, incluso dentro del propio espacio religioso. Esa sensación de que, en algún momento, tu nombre puede aparecer en boca de otros… no para cuidarte, sino para condenarte.

En la narración, Jesús no es rechazado por desconocidos. Es entregado por uno de los suyos. Es juzgado por autoridades religiosas. Es negado por un amigo. Eso duele más.

Y ahí, inevitablemente, se me cruza la imagen de lo que ha ocurrido estos días en La Bañeza. Una mujer trans brutalmente agredida por un grupo de personas, insultada, golpeada hasta casi perder un ojo (1). No es solo violencia física. Es algo más profundo: es el intento de despojar a alguien de su dignidad, el empeño violento de decirle que no tiene lugar.

Me pregunto, con el Evangelio abierto delante de mí, ¿cuántas veces esa misma lógica —no tan extrema, pero sí real— se ha colado también en espacios de Iglesia que deberían ser de acogida?

Mateo nos muestra a Jesús en medio de una violencia que se justifica religiosamente. Los sumos sacerdotes buscan motivos para condenarlo. Necesitan encajar su vida en una categoría que permita rechazarlo. Esto también nos resulta demasiado familiar.

Cuántas veces las personas LGBTIQ+ hemos sido reducidas a una categoría moral, a un problema, a una etiqueta que impide vernos como personas completas, como creyentes, como hijas e hijos de Dios.

Muchas veces he compartido aquí esta herida: no tanto el rechazo abierto —que también— sino la experiencia de una fe vivida bajo sospecha, como si hubiera que justificarse constantemente.

Y, sin embargo, en medio de esa noche, hay un detalle que me sostiene: Jesús no deja de ser quien es. Ni cuando lo traicionan. Ni cuando lo juzgan. Ni cuando lo golpean. Ni cuando Pedro lo niega.

Hay una fidelidad silenciosa en Jesús que no depende del reconocimiento de los demás. Eso, para mí, es profundamente liberador. Porque muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos tenido que aprender a sostener nuestra fe así: sin aplausos, a veces sin comprensión, incluso con miedo. Pero con una certeza interior que nadie puede arrebatarnos: que Dios no se equivoca con nosotros.

Mateo también nos muestra una escena que me parece clave: Jesús en Getsemaní. Tiene miedo. Suda angustia. Se siente solo. Pide compañía… y sus amigos se duermen.

Ese momento me parece de una humanidad brutal. Porque desmonta la idea de que la fe elimina el sufrimiento. No. Jesús no deja de sufrir. Pero no se encierra en sí mismo. Se dirige al Padre. Se mantiene en relación.

Quizá ahí hay una clave importante para nosotras y nosotros que ordena nuestra determinación a no perder la fe. No negamos el dolor. No maquillamos las heridas. Pero tampoco rompemos el vínculo con Dios. Porque, incluso en la noche, Dios sigue estando.

Mi oración contemplando el texto de Mateo me lleva también a compartir algo claro, con respeto pero sin rodeos: La reacción de las autoridades religiosas en este relato del inicio de la Pasión no es solo un dato histórico. Es una advertencia permanente. Cuando la religión se convierte en un sistema que protege su propia seguridad por encima de la vida concreta de las personas, puede terminar justificando lo injustificable.

Eso ocurrió con Jesús. Y, salvando las distancias, algo de eso sucede hoy cuando la dignidad de las personas LGBTIQ+ no es defendida con claridad, cuando el silencio sustituye al compromiso, cuando la prudencia institucional y doctrinal pesa más que el sufrimiento real. No basta con no agredir. El Evangelio pide algo más: ponerse del lado de la víctima.

A quienes compartimos la experiencia LGBTIQ+ creyente, este texto nos dice algo muy importante: nuestra fe no es menos auténtica por haber pasado por la noche. Al contrario, muchas veces se ha hecho más verdadera ahí.

Y si tú no vives esta realidad, pero quieres ser fiel al Evangelio, el relato de Mateo te lanza una pregunta incómoda: ¿Dónde estás cuando alguien es señalado, ridiculizado o agredido por ser quien es? ¿Durmiendo, como los discípulos? ¿Mirando hacia otro lado? ¿O acompañando, aunque algunas veces no sepas muy bien cómo?

La noche de Jesús no terminó en la noche. Pero pasó por ella. Y quizá hoy, para muchas personas LGBTIQ+, seguimos en ese tramo oscuro del camino. Pero no estamos solas. Porque el Dios en quien creemos no es ajeno a la violencia, ni al rechazo, ni a la injusticia. Es un Dios que ha pasado por todo eso. Y que, incluso en medio de la noche, sigue susurrando: “Levantaos… vamos.”

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


(1) El 23 de marzo de 2026 Bianca Fernández, mujer trans, fue salvajemente agredida cuando intentaba utilizar los baños de mujeres en un pub de La Bañeza (León, España). 
https://www.youtube.com/watch?v=uAjjxiM8dWc 

Complot para matar a Jesús
 Cuando terminó este discurso, Jesús dijo a sus discípulos: —Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua y este Hombre será entregado para ser crucificado. Entonces se reunieron los sumos sacerdotes y senadores del pueblo en casa del sumo sacerdote Caifás, y se pusieron de acuerdo para apoderarse de Jesús con una estratagema y darle muerte. Pero añadieron que no debía ser durante las fiestas, para que no se amotinara el pueblo.
Unción en Betania
 Estando Jesús en Betania, en casa de Simón el Leproso, se le acercó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de mirra carísimo y se lo derramó en la cabeza mientras estaba a la mesa. Al verlo, los discípulos dijeron indignados:
—¿A qué viene este derroche? Se podía haber vendido bien caro para dar el producto a los pobres. Jesús lo advirtió y les dijo:
—¿Por qué molestáis a esta mujer? Ha hecho una obra buena conmigo. A los pobres los tendréis siempre cerca, pero a mí no siempre me tendréis. Al derramar el perfume sobre mi cuerpo, estaba preparando mi sepultura. Os aseguro que en cualquier parte del mundo donde se proclame la Buena Noticia, se mencionará lo que ha hecho ella.
Traición de Judas
 Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, se dirigió a los sumos sacerdotes y les propuso:
—¿Qué me dais si os lo entrego a vosotros?
Ellos se pusieron de acuerdo en treinta monedas de plata. Desde aquel momento buscaba una ocasión para entregarlo.
Preparación de la cena pascual
 El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
—¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? Él les contestó:
—Id a la ciudad, a un tal, y decidle: El maestro dice: mi hora está próxima; en tu casa celebraré la Pascua con mis discípulos. Los discípulos prepararon la cena de Pascua siguiendo las instrucciones de Jesús.
Anuncio de la traición
 Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían, les dijo:
—Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar. Consternados, empezaron a preguntarle uno por uno:
—¿Soy yo, Señor? Él contestó:
—El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ése me entregará. Este Hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay de aquél por quien este Hombre será entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido. Le dijo Judas, el traidor:
—¿Soy yo, maestro?
Le respondió Jesús:
—Tú lo has dicho.
Institución de la Eucaristía
 Mientras cenaban, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo:
—Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Tomando la copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:
—Bebed todos de ella, porque ésta es mi sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados. Os digo que en adelante no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. Cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos.
Anuncia el abandono de sus discípulos
 Entonces Jesús les dijo:
—Esta noche todos vais a fallar por mi causa, como está escrito:
Heriré al pastor y se dispersarán
las ovejas del rebaño. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea. Pedro le contestó:
—Aunque todos fallen esta noche, yo no fallaré. Jesús le respondió:
—Te aseguro que esta noche, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Pedro le replicó:
—Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.
Lo mismo dijeron los demás discípulos.
Oración en el huerto
 Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos:
—Sentaos aquí mientras yo voy allá a orar. Tomó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y empezó a sentir tristeza y angustia. Les dijo:
—Siento una tristeza mortal; quedaos aquí, velando conmigo. Se adelantó un poco y, postrado rostro en tierra, oró así:
—Padre, si es posible, que se aparte de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Volvió a donde estaban los discípulos. Los encontró dormidos y dijo a Pedro:
—¿Será posible que no habéis sido capaces de velar una hora conmigo? Velad y orad para no sucumbir en la prueba. El espíritu es decidido, pero la carne es débil. Por segunda vez se alejó a orar:
—Padre, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, que se haga tu voluntad. Volvió de nuevo y los encontró dormidos, pues tenían mucho sueño. Los dejó y se apartó por tercera vez repitiendo la misma oración. Después se acercó a los discípulos y les dijo:
—¡Todavía dormidos y descansando! Está próxima la hora en que este Hombre será entregado en poder de los pecadores. Levantaos, vamos; se acerca el que me entrega.
Arresto de Jesús
 Todavía estaba hablando cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de gente armada de espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El traidor les había dado una contraseña: Al que yo bese, ése es; arrestadlo. Enseguida, acercándose a Jesús le dijo:
—¡Salve, maestro!
Y le dio un beso. Jesús le dijo:
—Amigo, ¿a qué has venido?
Entonces se acercaron, le echaron mano y arrestaron a Jesús. Uno de los que estaban con Jesús desenvainó la espada y de un tajo cortó una oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
—Envaina la espada: Quien empuña la espada, a espada muere. ¿Crees que no puedo pedirle al Padre que me envíe enseguida más de doce legiones de ángeles? Pero entonces, ¿cómo se cumplirá lo que está escrito, que esto tiene que suceder? Entonces Jesús dijo a la multitud:
—Habéis salido armados de espadas y palos para capturarme como si se tratara de un asaltante. Diariamente me sentaba en el templo a enseñar y no me arrestasteis. Pero todo eso sucede para que se cumplan las profecías.
Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Jesús ante el Consejo
 Los que lo habían arrestado lo condujeron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los letrados y los senadores. Pedro le fue siguiendo a distancia hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué acababa aquello. Los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno buscaban un testimonio falso contra Jesús que permitiera condenarlo a muerte. Y, aunque se presentaron muchos testigos falsos, no lo encontraron. Finalmente se presentaron dos alegando:
—Éste ha dicho: Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
—¿No respondes a lo que éstos declaran contra ti? Pero Jesús seguía callado.
El sumo sacerdote le dijo:
—Por el Dios vivo te conjuro para que nos digas si eres el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús le respondió:
—Tú lo has dicho. Y os digo que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y llegando en las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo:
—¡Ha blasfemado! ¿Qué falta nos hacen los testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Cuál es vuestro veredicto?
Respondieron:
—Reo de muerte. Entonces le escupieron al rostro, le dieron bofetadas y lo golpeaban diciendo:
—Mesías, adivina quién te ha pegado.
Negaciones de Pedro
 Pedro estaba sentado fuera, en el patio. Se le acercó una criada y le dijo:
—Tú también estabas con Jesús el Galileo. Él lo negó delante de todos:
—No sé lo que dices. Salió al portal, lo vio otra criada y dijo a los que estaban allí:
—Éste estaba con Jesús el Nazareno. De nuevo lo negó jurando que no conocía a aquel hombre. Al poco tiempo se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
—Realmente tú eres uno de ellos, el acento te delata. Entonces empezó a echarse maldiciones y a jurar que no lo conocía. Al punto cantó un gallo y Pedro recordó lo que había dicho Jesús: Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Y saliendo afuera, lloró amargamente.

marzo 20, 2026

CCI. SAL FUERA


Sobre
Juan 11


Algunos pasajes del Evangelio no se pueden leer sin que algo dentro se remueva profundamente. El relato de Lázaro es uno de ellos. No solo porque habla de la muerte y de la vida, sino porque lo hace también de lo que significa vivir encerrado… y nos dice de la voz que nos llama a salir.

Cuando leo este capítulo de Juan, no puedo evitar imaginar la escena: una tumba cerrada, una piedra pesada, un hombre envuelto en vendas. Todo está detenido, inmóvil, como si la historia hubiese terminado.

Y, sin embargo, Jesús llega y dice algo que rompe esa lógica: “Quitad la piedra.”

Durante muchos años, muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos sentido que también vivíamos detrás de una piedra. No necesariamente porque quisiéramos escondernos, sino porque el miedo, la culpa o el rechazo habían construido ese sepulcro alrededor de nuestra vida. El famoso “armario” del que tantas veces hablamos no es solo un espacio social. Es también, muchas veces, un sepulcro espiritual.

Con frecuencia he narrado esta experiencia: la de una fe que ha tenido que crecer en silencio, en soledad, incluso en medio de una profunda herida interior. Una fe que se ha preguntado muchas veces si realmente había lugar para nosotras y nosotros en la Iglesia o si nuestra vida estaba destinada a quedarse siempre detrás de esa piedra.

Por eso el gesto de Jesús me parece tan profundamente liberador. Jesús no habla primero de doctrina ni de normas. Jesús llama a la vida. Y lo hace con una voz que atraviesa la tumba:

“¡Lázaro, sal fuera!”

Me impresiona pensar que Lázaro sale todavía atado, enredado en las vendas de la muerte. El milagro no termina con la salida del sepulcro. Jesús añade algo que a veces pasa desapercibido:

“Desatadlo y dejadlo andar.”

Quizá ahí está una de las imágenes más potentes para comprender la realidad de muchas personas LGBTIQ+ en la Iglesia. Muchas, muchos hemos conseguido salir del sepulcro del miedo. Hemos reconciliado nuestra fe con nuestra identidad. Hemos descubierto que Dios no nos rechaza. Hemos escuchado la voz de Cristo llamándonos por nuestros nombres.

Pero todavía quedan vendas. Vendas hechas de prejuicios, de silencios incómodos, de discursos que siguen insinuando que nuestra vida es un problema. Vendas que a veces no permiten caminar con libertad dentro de la comunidad cristiana.

Por eso este Evangelio no solo habla de resurrección. Habla también de liberación comunitaria: Jesús no desata a Lázaro directamente sino que pide a la comunidad que lo haga.

Eso significa algo muy serio para la Iglesia. Significa que la tarea de desatar, de liberar, de devolver dignidad, no es opcional. Es parte del Evangelio. Si la comunidad no ayuda a quitar las vendas, el milagro queda incompleto.

El relato de Juan introduce también otra reacción. Mientras algunos, al ver lo ocurrido, creen, otros se alarman. Los dirigentes religiosos comienzan a preocuparse. El signo de vida que Jesús realiza no provoca solo alegría: provoca miedo.

Porque la vida verdadera siempre cuestiona las estructuras que se han acostumbrado a convivir con la muerte.

Y entonces aparece una decisión inquietante: empiezan a pensar que Jesús debe morir.

Este detalle del Evangelio me parece profundamente actual. A veces la Iglesia se conmueve ante el sufrimiento de las personas LGBTIQ+, pero cuando nuestra experiencia de fe empieza a reclamar espacio, reconocimiento y palabra, surgen también resistencias. Como si nuestra existencia creyente pusiera en crisis ciertas seguridades.

Sin embargo, el Evangelio es claro: lo que Jesús hace con Lázaro es una obra de DiosNo una amenaza. No un escándalo. Sí una obra de vida.

Por eso, a quienes formamos parte del colectivo LGBTIQ+ creyente, este relato nos recuerda algo importante: nuestra historia no es una historia de muerte. Aunque durante años hayamos vivido escondidos, aunque hayamos sentido el peso de la piedra o la dureza de las vendas, la última palabra no la tiene el sepulcro. La última palabra la tiene la voz de CristoEsa voz que sigue llamando a salir, a respirar, a caminar con dignidad.

Y a quienes no compartís nuestra experiencia —hermanos y hermanas heterosexuales en la fe— este Evangelio os deja una pregunta muy concreta: ¿estáis ayudando a quitar las vendas o dejando que sigan ahí?

Porque no basta con alegrarse de que alguien haya salido de la tumba. El Evangelio pide algo más: desatarlo y dejarlo andar.

La Iglesia necesita escuchar hoy esa palabra de Jesús. Necesita comprender que la vida que Él despierta no puede quedar a medio camino.

A veces pienso que muchas personas LGBTIQ+ creyentes somos como Lázaro saliendo de la tumba: todavía un poco torpes, todavía envueltos en vendas, pero profundamente vivos.

Y tal vez nuestra existencia sea, para la Iglesia, un signo incómodo… pero también una oportunidad. La oportunidad de aprender, una vez más, que el Dios de Jesús no es el guardián de los sepulcros. Es el Señor de la vida.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




 Había un enfermo llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y su hermana Marta. María era la que había ungido al Señor con perfumes y le había enjugado los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro estaba enfermo. Las hermanas le enviaron este recado:
—Señor, tu amigo está enfermo. Al oírlo, Jesús comentó:
—Esta enfermedad no ha de acabar en la muerte; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús era amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro. Sin embargo cuando oyó que estaba enfermo, prolongó su estancia dos días en el lugar. Después dice a los discípulos:
—Vamos a volver a Judea. Le dicen los discípulos:
—Rabí, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y quieres volver allá? Jesús les contestó:
—¿No tiene el día doce horas? Quien camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; quien camina de noche tropieza, porque no tiene luz. Dicho esto, añadió:
—Nuestro amigo Lázaro está dormido; voy a despertarlo. Contestaron los discípulos:
—Señor, si está dormido, sanará. Pero Jesús se refería a su muerte, mientras que ellos creyeron que se refería al sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente:
—Lázaro ha muerto. Y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Vayamos a verlo. Tomás, que significa mellizo, dijo a los demás discípulos:
—Vamos también nosotros a morir con él. Cuando Jesús llegó, encontró que llevaba cuatro días en el sepulcro. Betania queda cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para darles el pésame por la muerte de su hermano. Cuando Marta oyó que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Marta dijo a Jesús:
—Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que lo que pidas, Dios te lo concederá. Le dice Jesús:
—Tu hermano resucitará. Le dice Marta:
—Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le contestó:
—Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Lo crees? Le contestó:
—Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo. Dicho esto, se fue, llamó en privado a su hermana María y le dijo:
—El Maestro está aquí y te llama. Al oírlo, se levantó a toda prisa y se dirigió hacia él. Jesús no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde lo encontró Marta. Los judíos que estaban con ella en la casa consolándola, al ver que María se levantaba de repente y salía, fueron detrás de ella, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando María llegó adonde estaba Jesús, al verlo, cayó a sus pies y le dijo:
—Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. Jesús al ver llorar a María y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció por dentro y dijo muy conmovido:
—¿Dónde lo habéis puesto?
Le dicen:
—Ven, Señor, y lo verás. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
—¡Cómo lo quería! Pero algunos decían:
—El que abrió los ojos al ciego, ¿no pudo impedir que éste muriera? Jesús, estremeciéndose de nuevo, se dirigió al sepulcro. Era una caverna con una piedra delante. Jesús dice:
—Retirad la piedra.
Le dice Marta, la hermana del difunto:
—Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días muerto. Le contesta Jesús:
—¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios? Retiraron la piedra.
Jesús alzó la vista al cielo y dijo:
—Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la gente que me rodea, para que crean que tú me enviaste. Dicho esto, gritó con fuerte voz:
—Lázaro, sal afuera. Salió el muerto con los pies y las manos sujetos con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo:
—Desatadlo y dejadlo ir. Muchos judíos que habían ido a visitar a María y vieron lo que hizo creyeron en él. Pero algunos fueron y contaron a los fariseos lo que había hecho Jesús. Los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron entonces el Consejo y dijeron:
—¿Qué hacemos? Este hombre está haciendo muchas señales. Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, entonces vendrán los romanos y nos destruirán el santuario y la nación. Uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
—No entendéis nada. ¿No veis que es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que muera toda la nación? No lo dijo por cuenta propia, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús moriría por la nación. Y no sólo por la nación, sino para congregar a los hijos de Dios que estaban dispersos. Así, a partir de aquel día, acordaron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se marchó a una región próxima al desierto, a un pueblo llamado Efraín, y se quedó allí con los discípulos. Se acercaba la Pascua judía y muchos subían del campo a Jerusalén para purificarse antes de la fiesta. Buscaban a Jesús y, de pie en el templo, comentaban entre sí:
—¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta o no? Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes para que quien conociese su paradero lo denunciara, de modo que pudieran arrestarlo.