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octubre 30, 2026

CCXXXI. ¡TAMBIÉN SOMOS BIENAVENTURANZA!


¡TAMBIÉN SOMOS BIENAVENTURANZA!

¿Cómo iba a reconocerme entre los bienaventurados de Jesús si llegué a creer que Dios no podía quererme tal como era? ¡Cuánto me habría ayudado entonces que alguien me abrazara y me dijera que Dios me quería así, sin condiciones! Hoy, al escuchar las Bienaventuranzas, pienso en tantas personas LGBTIQ+ que siguen sintiendo aquella misma angustia. Y me nace el deseo de compartir con ellas lo que tanto me costó descubrir. Porque no basta con sabernos amados por Dios. También podemos ser bienaventuranza para otras personas. Quizá baste con acercarnos, escucharlas, acompañarlas y ayudarles a descubrir que también son parte de esta gran familia que llamamos Iglesia.


Sobre el evangelio de Mateo 5, 1-12

...pero también del libro del Apocalipsis 7, 2-4.9-14, el Salmo 23, 1-6 y la primera carta del apóstol San Juan 3, 1-3

(Todos los Santos)

Durante buena parte de mi vida jamás se me habría ocurrido reconocerme entre los bienaventurados de Jesús. ¿Dichoso yo? ¿Cómo iba a serlo aquel niño que, con apenas nueve años, preguntaba angustiado «¿Tú me quieres, Jesús?», porque empezaba a sospechar que había algo en él que Dios no podía querer. Me habían enseñado a avergonzarme de mi homosexualidad. Y lo peor es que terminé creyéndomelo. Durante muchos años pensé que, para ser un buen cristiano, tenía que dejar de ser quien era.

Ahora escucho las Bienaventuranzas de otra manera. Y la verdad es que me siguen sorprendiendo. Jesús llama dichosos a quienes lloran, a quienes tienen hambre de justicia, a quienes trabajan por la paz y a quienes son perseguidos por defenderla. Pero no nos está diciendo que sufrir sea bueno, ni mucho menos que tengamos que aguantarlo todo con la cabeza agachada. Jesús se pone del lado de quienes sufren la injusticia. Y, cuando uno ha pasado tantos años sintiéndose señalado, descubrir esto tiene una fuerza enorme.

No puedo evitar pensar en tantas personas LGBTIQ+ que todavía esconden su fe o su identidad por miedo al rechazo. En quienes han escuchado auténticas barbaridades pronunciadas en nombre de Dios. Me viene a la memoria aquel joven de nuestra comunidad al que echaron de una capilla por llevar una sencilla pulsera arcoíris. ¡Una pulsera! Y recuerdo también mis propias luchas, los años perdidos intentando cambiar algo de mí mismo que no tenía nada de malo. Hasta que un día, después de mucho caminar y tropezar, comprendí que Dios nunca había dejado de quererme. No tuve que dejar de ser homosexual para encontrarme con Él. Tuve que dejar de creer a quienes me aseguraban que Él me rechazaba. ¡Qué diferencia!

La lectura del Apocalipsis nos habla de una multitud inmensa, de todos los pueblos, razas y lenguas, reunida ante Dios. Me gusta imaginar esa escena. Un gentío imposible de contar, cada cual con su historia, sus heridas, sus alegrías... Y nadie preguntando a nadie a quién ama o cómo se identifica. Porque, vamos a ver, si el cielo que nos anuncia la Escritura es así de diverso, ¿cómo podemos seguir empeñándonos en construir una Iglesia donde algunas personas tienen que pedir permiso hasta para sentirse en casa? El salmo nos habla de manos inocentes y corazón puro. No dice absolutamente nada de orientaciones sexuales ni identidades de género. A Dios no le escandaliza nuestra diversidad. Lo que debería escandalizarnos es que todavía se utilice su nombre para justificar el rechazo.

Y san Juan nos recuerda algo que, de tan sencillo, casi se nos puede escapar: somos hijos e hijas de Dios. ¡Ya lo somos! No cuando alguien decida reconocernos, ni cuando nuestra manera de amar reciba el visto bueno de quienes creen tener las llaves del Reino. Ahora. Tal como somos. Y es que sabernos queridos por Dios no es solamente un consuelo maravilloso. También es una responsabilidad que no podemos quitarnos de encima.

Por eso hoy quisiera hablar especialmente a mis hermanas y hermanos LGBTIQ+ creyentes. A quienes seguimos aquí, a veces contra viento y marea, intentando vivir nuestra fe con libertad. ¿Y si empezáramos a tomarnos las Bienaventuranzas no solo como unas palabras preciosas que nos reconfortan, sino como una invitación a ponernos manos a la obra? Nuestra Iglesia necesita escuchar lo que hemos vivido, conocer nuestras historias y descubrir que también en nuestras vidas está presente el Espíritu de Dios. Sabemos demasiado bien lo que significa quedarse fuera, mirando una puerta que parece no abrirse nunca. Precisamente por eso, no deberíamos conformarnos con que nos dejen entrar. Tenemos que ayudar a que nadie más se quede fuera.

Y habrá que hacerlo sin rencores, aunque tampoco con esa prudencia mal entendida que tantas veces termina pareciéndose al miedo. Con cariño, con paciencia y con la valentía de llamar injusticia a lo que es injusticia. Sé que no siempre resulta fácil. A veces cansa, y mucho. Hay momentos en los que uno mira lo recorrido, recuerda tantos esfuerzos y se pregunta si merece la pena seguir. Pero también he aprendido que no tenemos que poder con todo, ni estar siempre al pie del cañón. Descansar, apoyarnos mutuamente y recuperar la ilusión también forma parte del camino. Y todavía quedan muchas manos que estrechar, muchas personas a las que acompañar y muchas puertas por abrir.

Durante años pensé que acercarme a Dios significaba convertirme en alguien distinto. Hoy, afortunadamente, sé que Jesús me invita a seguirlo desde lo que soy, con mis luces y mis sombras, con mi historia entera. Y desde ahí quiero seguir aportando mi pequeño grano de arena para construir una Iglesia donde nadie tenga que esconderse, justificarse o agradecer que le permitan ocupar un rincón.

Porque las Bienaventuranzas no son una recompensa por haber aguantado tanto sufrimiento. Son una invitación a cambiar las cosas desde el amor.

Y pienso que quizá la santidad tenga mucho que ver con eso. Con vivir de verdad como hijos e hijas de Dios y ayudar a que otras personas, especialmente quienes alguna vez se sintieron rechazadas, descubran que también lo son.

Sin pedir permiso. Sin esconderse. Y con la alegría de saberse, por fin, en casa.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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Del evangelio de Mateo 5, 1-12

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Lo que más me interpela de Apocalipsis 7,2-4.9-14: «El sello del Dios vivo; una muchedumbre inmensa que nadie podría contar; de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas; de pie delante del Cordero; estos son los que vienen de la gran tribulación».

Lo que más me interpela del Salmo 23,1-2.3-4ab.5-6: «Del Señor es la tierra y cuanto la llena; el orbe y todos sus habitantes; ¿quién puede subir al monte del Señor?; el hombre de manos inocentes y puro corazón; recibirá la bendición del Señor; esta es la generación que busca al Señor».

Lo que más me interpela de 1 Juan 3,1-3: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre; para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!; ahora somos hijos de Dios; aún no se ha manifestado lo que seremos; seremos semejantes a él; todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo».

octubre 23, 2026

CCXXX. EL PADRE NO EXCLUYE


EL PADRE NO EXCLUYE

Hay algo que nunca he terminado de entender: cómo hemos conseguido convertir el amor de Dios en una especie de privilegio que algunas personas se creen autorizadas a repartir. A mí me enseñaron que, por ser homosexual, debía cambiar para merecerlo. Y llegué a creérmelo. Hasta que descubrí que el Padre jamás me había rechazado. No era Dios quien me cerraba las puertas. Eran quienes decían hablar en su nombre. Hoy Jesús nos recuerda que toda nuestra fe se sostiene sobre el amor. Y eso debería hacernos pensar, porque quizá el verdadero escándalo no sea que las personas LGBTIQ+ reclamemos nuestro lugar en la Iglesia, sino que todavía haya quienes pretendan negárnoslo en nombre del Evangelio.

Sobre el evangelio de Mateo 22, 34-40

...pero también del libro de Éxodo 22, 20-26, el Salmo 17 y la primera carta de Pablo a los Tesalonicenses 1, 5c-10

(Ciclo A, XXX domingo del Tiempo Ordinario)

Me cuesta entender que hayamos convertido el amor, precisamente el amor, en uno de los asuntos más complicados de nuestra vida cristiana. Discutimos sobre normas, doctrinas y comportamientos; establecemos condiciones, levantamos barreras y hasta nos atrevemos a decidir quién merece sentirse acogido en la Iglesia. Y todo eso mientras proclamamos que Dios nos ama sin medida. ¡Menuda contradicción! Hablamos de un amor sin límites, pero seguimos empeñados en ponerle fronteras. A veces me pregunto si hemos comprendido realmente lo que Jesús quiso enseñarnos.

Hoy el Evangelio nos recuerda que toda la Ley y los Profetas se sostienen sobre dos mandamientos inseparables: amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. Nada de excepciones. Nada de categorías de personas más o menos dignas de ese amor. Sin embargo, todavía encontramos comunidades cristianas donde la orientación sexual o la identidad de género parecen importar más que la fe, la generosidad o la entrega de una persona. ¡Qué lejos estamos de Jesús cuando nos creemos autorizados a decidir a quién debe amar Dios!

La primera lectura, del Éxodo, contiene una advertencia que debería remover nuestras conciencias. Dios escucha el clamor de quienes sufren el maltrato y la opresión. Habla de personas extranjeras, viudas, huérfanas, de quienes se encuentran especialmente indefensos. No puedo evitar pensar en tantas personas LGBTIQ+ que han terminado alejándose de sus comunidades cristianas después de sentirse juzgadas, humilladas o rechazadas. Conozco historias que me estremecen. Y también conozco ese miedo desde dentro. No basta con mantener abiertas las puertas de los templos cuando seguimos haciendo sentir a algunas personas que sobran dentro. Mucho menos podemos llamar fidelidad al Evangelio a lo que acaba alejando de Jesús a quienes necesitan descubrirse amados.

Durante buena parte de mi vida creí que mi homosexualidad era un obstáculo para acercarme a Dios. Recuerdo mis oraciones suplicándole que me cambiara, que me hiciera como los demás. Me habían enseñado a amar a un Dios en cuyo nombre también me enseñaron a despreciarme. Y llegué a creerlo. Hasta que fui descubriendo, casi con incredulidad, que el Padre no me había dado nunca la espalda. Que no esperaba que dejase de ser yo para abrazarme. ¡Cuántos años tratando de merecer un amor que ya tenía! Aquella reconciliación conmigo mismo fue también el comienzo de una historia nueva con Dios. Dejé de pedirle que me cambiara y empecé a agradecerle que me hubiera creado así.

Pero hubo algo más que tuve que aprender. Porque reconciliarme conmigo mismo no significó que desapareciera de golpe el resentimiento hacia quienes me habían hecho daño. Me costaba aceptar que Jesús también me pidiera amar a quienes seguían despreciándonos. Y todavía hoy tengo que recordármelo cuando escucho determinadas declaraciones o conozco nuevos episodios de exclusión dentro de la Iglesia. Denunciar la injusticia es una exigencia del amor. Convertir el resentimiento en nuestra manera de vivir, no. No siempre resulta fácil distinguirlo, pero estoy convencido de que ahí se juega buena parte de nuestra credibilidad como seguidores de Jesús.

A veces recuerdo una escena de mi adolescencia. Un compañero fue humillado por parecer diferente y yo permanecí callado, aterrorizado ante la posibilidad de que alguien descubriera que también era homosexual. Aquella cobardía, nacida del miedo, me ha acompañado durante muchos años. Y quizá por eso hoy siento con tanta fuerza que no puedo mirar hacia otro lado cuando alguien es señalado o excluido. Amar al prójimo no consiste solamente en no hacerle daño. También significa dar la cara por él cuando los demás se la vuelven. No quiero que otras personas tengan que atravesar la misma soledad que yo conocí.

Por eso no me basta con haber recuperado mi dignidad ni con disfrutar de una libertad que tantas personas todavía no han podido alcanzar. Si verdaderamente creo que Dios me ama sin condiciones, tengo que ayudar a que otras personas puedan experimentar lo mismo. Y eso supone comprometerme con una Iglesia donde nadie tenga que elegir entre su fe y su identidad. Una Iglesia donde podamos amar, servir, celebrar y compartir nuestros dones sin escondernos. La verdadera fidelidad a la Iglesia no consiste en proteger sus muros, sino en ayudarla a parecerse cada día más a Jesús. La amo demasiado como para resignarme a que siga habiendo personas que se sientan extranjeras en la casa de su propio Padre.

Pablo recuerda a los tesalonicenses que acogieron la Palabra en medio de las dificultades, pero con la alegría del Espíritu Santo, hasta convertirse en ejemplo para otras comunidades. ¡Qué hermosa misión tenemos también nosotros! Las personas LGBTIQ+ creyentes podemos mostrar un rostro de Dios que muchas hermanas y hermanos nuestros todavía desconocen. Nuestra experiencia de liberación, nuestras heridas reconciliadas y nuestra forma de seguir creyendo a pesar de tantas dificultades tienen mucho que aportar. No somos un problema que la Iglesia deba resolver, ni una excepción que tenga que tolerar. Somos Iglesia. Y no hemos recorrido todo este camino para limitarnos a reclamar un lugar. Estamos llamados a construir una comunidad donde nadie tenga que volver a mendigarlo.

Sé que a veces cansa. Que hay esfuerzos sostenidos durante años, puertas que parecen no abrirse y decepciones que terminan desgastando hasta la ilusión. También conozco esa tentación de pensar que ya hemos hecho bastante. Y puede que necesitemos descansar, cambiar de tarea o dejar que otras personas tomen el relevo. Pero me resisto a creer que todo lo sembrado haya caído en tierra estéril. Quedan muchas personas esperando encontrar una comunidad donde sentirse acogidas, y todavía podemos ofrecerles nuestras voces, nuestras manos y nuestra experiencia. Sin heroicidades ni obligaciones imposibles. Desde la libertad de quienes saben que Dios los ama. Porque no se trata de resistir por resistir, sino de seguir encontrando razones para amar.

Hoy quisiera preguntarnos a quienes compartimos esta experiencia de fe: ¿qué estamos haciendo con la libertad que tanto nos costó conquistar? ¿Nos conformamos con haber encontrado nuestro sitio o seguimos dispuestos a ayudar a quienes todavía lo buscan? ¿Somos capaces de denunciar la injusticia sin permitir que el resentimiento nos robe la alegría de seguir a Jesús? Porque nuestro compromiso no consiste en sustituir una exclusión por otra. Jesús no nos llama a derrotar personas, sino a vencer aquello que nos impide reconocernos como hermanas y hermanos.

El salmista proclama: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza». Hoy puedo repetir esas palabras con una alegría que durante muchos años me pareció imposible. Amo a Dios con toda mi historia, con mi homosexualidad, con mis aciertos y mis equivocaciones. Y precisamente porque me sé profundamente amado por Él, quiero seguir amando esta Iglesia nuestra y ayudando a transformarla. Sin pedir permiso para ser quien soy, sin devolver desprecio por desprecio y sin conformarme con una acogida a medias.

Porque el amor que Jesús nos propone no consiste en abrir una pequeña puerta a quienes fueron excluidos. Consiste en derribar los muros que nunca debieron levantarse.

Y esa tarea también es nuestra. 


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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Si el Padre no excluye, ¿por qué seguimos haciéndolo nosotros? ¿Tú qué piensas

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Del evangelio de Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «»Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.» Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

Lo que más me interpela de Éxodo 22,20-26: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante; no explotarás a viudas ni a huérfanos; si los explotas y gritan a mí, yo escucharé su clamor; si prestas dinero a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero; si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo».

Lo que más me interpela del Salmo 17,2-3a.3bc-4.47.51ab: «Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza; el Dios que me protege y me libera; tú eres mi refugio, mi salvación, mi escudo; cuando invoqué al Señor de mi esperanza, me libró; bendito seas, Señor, que me proteges; mostraste tu amor a tu elegido».

Lo que más me interpela de la 1ª de Pablo a los Tesalonicenses 1,5c-10: «Acogisteis la Palabra en medio de grandes dificultades, con la alegría del Espíritu Santo; os convertisteis en ejemplo para todos los creyentes; vuestra fe en Dios se difundió por todas partes; abandonasteis los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero; aguardáis a su Hijo Jesús, a quien resucitó de entre los muertos».

octubre 17, 2026

CCXXIX. ¡NO OS PERTENECEMOS!


¡NO OS PERTENECEMOS!

Durante demasiado tiempo, algunas personas se han creído con derecho a decidir quién merece el amor de Dios, quién puede sentarse a su mesa y quién debe conformarse con mirar desde fuera. Como si la Iglesia fuera de quienes se consideran sus dueños y dueñas. Como si nuestras vidas les pertenecieran. Pero Jesús, con una simple moneda entre las manos, nos recuerda algo que debería hacerlo temblar todo: llevamos grabada la imagen de Dios, no la de quienes pretenden juzgarnos. Y esa imagen nadie puede borrarla. Ni siquiera en nombre de la religión. Por eso, las personas LGBTIQ+ creyentes no estamos llamadas a mendigar un lugar en la Iglesia, sino a reconocer que ya es nuestra casa y a comprometernos a transformarla. Porque no somos vuestros ni vuestras. Somos de Dios. Y también somos Iglesia.


Sobre el evangelio de Mateo 22, 15-21

...pero también del libro de Isaías 45, 1.4-6, el Salmo 95 y la primera carta de Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-5b

(Ciclo A, XXIX domingo del Tiempo Ordinario)

Me imagino a Jesús con aquella moneda en la mano, rodeado de gente que no busca precisamente escucharle, sino pillarle en un renuncio. Y me hace sonreír la habilidad con la que se sale de la trampa. Les pregunta de quién es la imagen que aparece grabada en la moneda. Del César, naturalmente. Pero lo que viene después, aquello de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, encierra mucho más de lo que parece. Porque, si lo pensamos un momento, surge otra pregunta: ¿y nosotros?, ¿de quién llevamos grabada la imagen?

La respuesta me parece preciosa. Llevamos la imagen de Dios. Tú, yo, la persona que se sienta a nuestro lado en la iglesia y también aquella a la que algunos preferirían ver lejos de sus bancos. Todas las personas. Y, por supuesto, también quienes somos lesbianas, gais, bisexuales, trans, intersexuales o queer. No somos criaturas mal hechas ni errores que haya que corregir. Dios no se equivocó al crearnos. Y eso, que debería resultar tan evidente para cualquier persona creyente, todavía cuesta escucharlo en demasiados ambientes eclesiales.

Sé bien de lo que hablo. Hubo un tiempo en que llegué a creer que mi homosexualidad me alejaba de Dios. No porque Él me lo hubiera dicho, claro, sino porque otros se encargaron de hacérmelo creer. Y cuando uno escucha determinadas condenas desde pequeño, termina confundiéndolas con la voz del propio Dios. Hasta que un día empiezas a descubrir que ese Dios al que tanto temías nunca había dejado de quererte. La verdad es que cuesta explicar lo que significa recuperar así la fe. Descubrir que no tenías que cambiar para que Dios te amase, sino dejar de esconderte para poder vivir plenamente ese amor.

Por eso me resulta tan difícil aceptar que todavía haya quienes, dentro de nuestra Iglesia, se atribuyan la autoridad de decidir qué vidas son dignas de bendición y cuáles deben permanecer ocultas. Se habla mucho de acogida, pero a veces parece que se nos invita a entrar siempre que no hagamos demasiado ruido, no mostremos nuestros afectos o no pretendamos ocupar determinados lugares. Y eso no es acogida. Es una tolerancia vigilada. Nadie puede exigirnos que renunciemos a ser quienes somos como precio para sentirnos parte de la Iglesia. No estamos reclamando un privilegio. Estamos recordando algo mucho más sencillo: también somos hijos e hijas de Dios.

Además, la primera lectura de hoy parece empeñada en recordarnos lo poco que conocemos los caminos del Señor. Isaías nos habla de Ciro, un rey extranjero, alguien que ni siquiera conoce a Dios y a quien, sin embargo, Dios llama por su nombre y convierte en instrumento de su proyecto. ¡Qué curioso! Dios no parece demasiado preocupado por respetar las fronteras que nosotros nos empeñamos en levantar. Quizá quienes siguen cerrando puertas en su nombre deberían preguntarse si no estarán poniendo obstáculos precisamente donde Él quiere abrir caminos. Porque una Iglesia que pretende administrar el amor de Dios termina olvidando que ese amor nunca fue de su propiedad.

El salmo nos invita a contar las maravillas del Señor a todos los pueblos. Y yo pienso en tantas historias que todavía permanecen escondidas. En parejas que viven su amor con una fidelidad admirable, en personas trans que han tenido que recorrer caminos durísimos para poder vivir con verdad, en creyentes que siguen rezando a pesar de haber escuchado demasiadas veces que no son bienvenidos. También ahí hay maravillas de Dios. También ahí hay Evangelio. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocerlo? No somos un problema que la Iglesia tenga que resolver. Somos parte de la buena noticia que está llamada a anunciar.

Pero hay algo más que me gustaría compartir, especialmente con quienes, como yo, vivimos nuestra fe desde la diversidad sexual y de género. Durante mucho tiempo hemos tenido que dedicar tantas energías a defender nuestra dignidad que quizá corremos el riesgo de quedarnos ahí, esperando que alguien nos abra definitivamente la puerta. Y, sin embargo, la Iglesia también es nuestra. No somos invitados que deben agradecer que les permitan sentarse a la mesa. Somos parte de la familia. ¿Y si empezamos a vivirlo con todas sus consecuencias? ¿Y si, además de reclamar una Iglesia acogedora, nos comprometemos a hacerla realidad allí donde estamos? En nuestras parroquias, en nuestras comunidades, acompañando a quienes todavía tienen miedo, tendiendo la mano incluso a quienes no terminan de comprendernos. No basta con soñar una Iglesia diferente. Tenemos mucho que aportar para construirla.

Y permitidme aquí unas palabras para quienes lleváis años trabajando en grupos y asociaciones de creyentes LGBTIQ+. Sé lo que significa dedicar tiempo, ilusiones y esfuerzos a abrir caminos y encontrarse, una y otra vez, con las mismas resistencias. Hay momentos en que uno se cansa. Mucho. Incluso llega a preguntarse si merece la pena seguir. Si estás ahí, quisiera decirte algo que también necesito recordarme: no tienes que poder con todo. Descansa cuando lo necesites, deja que otras manos tomen el relevo y no confundas el compromiso con la obligación de agotarte. Pero tampoco olvides cuánto bien has sembrado, aunque no siempre puedas verlo. San Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, habla de una fe que trabaja, de un amor que se esfuerza y de una esperanza que permanece. Me gusta pensar que algo de eso hay en nuestra pequeña historia colectiva. Todavía hacen falta nuestras voces, nuestras manos y, sobre todo, nuestra alegría. No dejemos que el cansancio nos haga olvidar por qué empezamos.

También quisiera que quienes nunca han tenido que ocultar a la persona que aman, o justificar su identidad para sentirse aceptados en una comunidad cristiana, comprendieran algo esencial: no necesitamos que nos concedan una dignidad que ya tenemos. Necesitamos que aprendamos, entre todos y todas, a reconocernos como hermanos y hermanas. Y eso exige bastante más que buenas palabras. Exige abandonar prejuicios, escuchar historias que quizá incomodan y atreverse a cambiar algunas cosas. Porque una Iglesia que obliga a esconder el amor difícilmente puede anunciar con credibilidad al Dios que es Amor.

Vuelvo entonces a aquella moneda del Evangelio. El César había puesto su imagen sobre ella para dejar claro a quién pertenecía. Nosotros también llevamos una imagen grabada, aunque no se vea y aunque haya quienes se empeñen en ignorarla. Y me gusta pensar que Jesús, al contemplar cualquiera de nuestras vidas, reconocería inmediatamente de quién es ese rostro.

Después de tantos años, de tantas búsquedas, de tantas alegrías y también de algunos desencuentros, hay algo que tengo cada vez más claro:

No llevo la marca de quienes me condenaron. Llevo la imagen de quien me creó.

Y sueño con una Iglesia que, cuando nos mire, también sea capaz de reconocerla.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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¿Cuándo descubriste que nadie podía decidir por ti cuánto te ama Dios?

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Del evangelio de Mateo 22,15-21

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»
Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César.»
Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

Lo que más me interpela de Isaías 45,1.4-6: «Yo lo he tomado de la mano; para abrir ante él las puertas; te llamé por tu nombre; aunque no me conocías; yo soy el Señor y no hay otro; para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí».

Lo que más me interpela del Salmo 95,1.3.4-5.7-8.9-10a.10c: «Cantad al Señor un cántico nuevo; contad a los pueblos su gloria; sus maravillas a todas las naciones; el Señor ha hecho el cielo; familias de los pueblos, aclamad al Señor; aclamad la gloria de su nombre; decid a los pueblos: el Señor es rey».

Lo que más me interpela de la 1ª carta de Pablo a los Tesalonicenses 1,1-5b: «A vosotros, gracia y paz; damos gracias a Dios por todos vosotros; os tenemos presentes en nuestras oraciones; la actividad de vuestra fe; el esfuerzo de vuestro amor; la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo; Dios os ha elegido; no solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo».