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julio 03, 2026

CCXVII. YUGO LIGERO


Sobre
 
Mateo 11, 25-30


¿No nos llama algo la atención en todo esto? Jesús no invita a los fuertes. No llama a quienes tienen todas las respuestas. No busca a quienes aparentan una fe impecable. Dice simplemente: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados».

Y durante demasiados años yo viví exactamente así.

No estaba cansado de Dios. Estaba cansado de intentar convencer a otros de que Dios podía quererme tal como soy. Agotado de esconder una parte de mi vida para no perder el cariño de quienes más quería. Exhausto de escuchar que mi orientación sexual era un problema que resolver, una cruz que soportar o una herida que curar. El peso no era mi homosexualidad. El peso era el armario. El peso eran las miradas. El peso era el miedo. El peso era una religión que, demasiadas veces, había olvidado el corazón de Jesús para quedarse únicamente con la letra.

Por eso, cuando escucho a Jesús decir que su yugo es ligero, no entiendo que la vida vaya a dejar de doler. Lo que comprendo es que Él no añade cargas. Las quita.

Qué diferencia tan enorme existe entre el Jesús del Evangelio y quienes siguen colocando sobre los hombros de tantas personas LGBTIQ+ fardos insoportables. Aún hoy hay jóvenes que abandonan la fe porque les han hecho creer que Dios les rechaza. Hay familias que rompen vínculos en nombre de la moral. Hay comunidades cristianas donde el silencio pesa más que el Evangelio. Hay pastores que hablan continuamente de pureza mientras olvidan la misericordia. Y eso no puede llamarse Buena Noticia.

Jesús da gracias al Padre porque estas cosas se revelan a la gente sencilla. Quizá porque quien ha sido herido por la vida aprende a reconocer mejor la ternura cuando aparece. Quien ha llorado mucho distingue enseguida una mano que no golpea, sino que sostiene.

Este fin de semana miles de personas recorrerán las calles de Madrid celebrando el Orgullo LGBTIQ+.  Algunos seguirán pensando que se trata únicamente de una fiesta. Yo veo algo mucho más profundo. Veo a personas que un día fueron obligadas a esconderse y que hoy caminan con la cabeza levantada. Veo memoria de quienes no pudieron hacerlo. Veo gratitud por quienes abrieron camino. Veo una afirmación sencilla y profundamente evangélica: nadie debería avergonzarse de la vida que Dios ha tejido en su interior.

Como creyente, también siento que el Orgullo tiene algo de peregrinación. No hacia un lugar, sino hacia la verdad. Es el largo camino que va desde el miedo hasta la libertad. Desde el armario hasta la luz. Desde la culpa impuesta hasta la paz de saberse hijo amado de Dios.

Y quizá sea precisamente eso lo que algunos no soportan: que una persona LGBTIQ+ pueda caminar erguida, creyente, libre y agradecida. Que pueda llevar una bandera arcoíris sobre los hombros sin dejar por ello de cargar el Evangelio en el corazón. Que pueda proclamar que Jesucristo nunca le pidió esconder quién era, sino amar más y mejor.

Yo ya no quiero cargar con yugos que Jesús nunca fabricó.

Prefiero caminar con Él.

Porque su yugo no aplasta.

Libera.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.» 

junio 24, 2026

CCXVI. EL MIEDO PERDIÓ


Sobre
Mateo 10, 37-42

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará».

Durante mucho tiempo este Evangelio me produjo inquietud. Me parecía un Jesús demasiado exigente, como si me pidiera elegir entre Él y las personas que amaba. Pero con los años he comprendido que quizá no habla de romper afectos, sino de algo mucho más profundo: de no dejar que el miedo decida por nosotros.

Porque hay miedos que terminan gobernando una vida entera.

Quienes hemos crecido descubriendo que éramos diferentes en un mundo que no siempre estaba preparado para entendernos sabemos algo de eso. Sabemos lo que significa preguntarse si, al mostrarnos tal como somos, perderemos el cariño de la familia, la amistad de quienes queremos o el respeto de nuestra comunidad creyente. Sabemos lo que significa vivir intentando conservarlo todo: la fe, los afectos, la pertenencia, la seguridad. Y sabemos también el precio que se paga cuando uno acaba escondiéndose para no perder nada.

Hubo una época de mi vida en que el miedo parecía tener más fuerza que la esperanza. Una época en la que la oscuridad me convencía de que quizá Dios esperaba de mí otra persona distinta de la que yo era. Mirando atrás, doy gracias porque aquella noche no tuvo la última palabra. Porque Dios estaba allí, incluso cuando yo no era capaz de verlo. Porque su amor resultó ser mucho más grande que mis temores, mis culpas y mis equivocadas imágenes de Él.

Por eso hoy leo este Evangelio de otra manera. Jesús no me pide que ame menos a quienes quiero. Me pide que no entregue mi vida al miedo a perderlos. Me invita a vivir desde la verdad. A dejar de negociar mi dignidad. A no esconder los dones que Dios sembró en mí. A no sacrificar mi propia alma para obtener aceptación.

Quizá esa sea también una de las cruces que tantas personas LGBTIQ+ hemos cargado durante años: la presión de aparentar, de callar, de justificar nuestra existencia, de soportar que otros hablen de nosotros sin escucharnos jamás. Una cruz que no viene de Dios, sino de una sociedad y, demasiadas veces, de una Iglesia que han confundido el Evangelio con el control, la acogida con la tolerancia y la verdad con el prejuicio.

Por eso este texto resuena de una forma especial en vísperas del Orgullo LGBTIQ+ que celebramos estos días en Sevilla. Porque el Orgullo no nació de la soberbia, como algunos siguen diciendo. Nació de la necesidad de dejar de esconderse. Nació cuando un grupo de personas decidió que ya no podía seguir viviendo de rodillas ante el desprecio. Nació cuando el miedo dejó de ser el dueño de sus vidas.

Y creo que hay algo profundamente evangélico en eso.

Cada vez que una persona deja el armario atrás y recupera su dignidad; cada vez que una familia abraza a su hijo o a su hija sin condiciones; cada vez que una comunidad cristiana abre sus puertas sin exigir renuncias imposibles; cada vez que alguien levanta la voz frente a la discriminación, dentro o fuera de la Iglesia, algo del Reino de Dios se hace visible entre nosotros.

Porque seguir a Jesús nunca consistió en proteger privilegios ni en defender fronteras morales. Consistió en ponerse del lado de quienes eran apartados. Consistió en devolver la dignidad a quienes la habían perdido. Consistió en recordar a las personas heridas que son amadas por Dios antes incluso de que nadie las comprenda.

«El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará».

Durante años pensé que perder la vida significaba renunciar a mí mismo. Hoy creo exactamente lo contrario. Creo que perder la vida es perder el miedo. Perder las máscaras. Perder las cadenas. Perder la necesidad de agradar a quienes nunca estarán satisfechos.

Y encontrarla es descubrir, por fin, que Dios nunca quiso otra versión de mí.

Sólo me quería vivo.

Y libre. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

junio 19, 2026

CCXV. A PLENA LUZ


Sobre
Mateo 10, 26-33


Hubo un día en que el miedo dejó de mandar.

No sabría decir exactamente cuándo ocurrió.

Quizá fue poco a poco. Quizá sucedió sin hacer ruido. Como amanecen algunas cosas importantes.

Solo sé que un día descubrí que llevaba demasiado tiempo viviendo pendiente de lo que otras personas pensaban de mí.

Y dejé de hacerlo.

No porque desaparecieran todos los riesgos.

No porque el mundo se hubiera vuelto más amable.

Simplemente porque encontré algo más fuerte que el miedo.

Encontré la libertad.

Cuando era adolescente creía que ser homosexual era una especie de secreto que debía proteger a toda costa. Pensaba que, si alguien lo descubría, perdería algo importante. El respeto. Los afectos. Mi lugar en la Iglesia. Tal vez hasta a Dios.

Qué curioso resulta mirar atrás.

Porque hoy sé que Dios jamás estuvo escondido al otro lado de la puerta del armario esperándome para juzgarme.

Estaba dentro conmigo.

Acompañándome.

Esperando pacientemente a que yo mismo descubriera que no tenía nada que temer.

Por eso este Evangelio me produce una alegría enorme.

Jesús no habla como quien intenta tranquilizar a alguien asustado.

Habla como quien conoce el final de la historia.

" No tengáis miedo."

Y lo repite varias veces.

Como si supiera que terminaríamos olvidándolo.

Como si conociera perfectamente nuestra tendencia a encoger el alma para ocupar menos espacio.

Pero Dios no crea personas para que ocupen menos espacio.

Nos crea para vivir.

Para amar.

Para respirar a pleno pulmón.

Para caminar con la cabeza alta.

Para ser quienes somos.

Quizá por eso me emociona tanto la frase que invita a proclamar desde las azoteas lo que antes se escuchaba al oído.

Durante mucho tiempo pensé que hablaba solamente de la fe.

Ahora creo que también habla de la vida.

De esa parte de nosotros que aprendimos a esconder.

De esa verdad que un día deja de susurrarse y empieza a pronunciarse con serenidad.

No para desafiar a nadie.

No para provocar.

Simplemente porque ya no queremos seguir ocultándonos.

Y qué descanso produce eso.

Qué descanso tan inmenso.

A veces me preguntan por qué una persona creyente participa en espacios públicos donde se reivindica la dignidad de las personas LGBTIQ+.

La respuesta es sencilla.

Porque el Evangelio nunca me enseñó a mirar hacia otro lado cuando alguien era humillado.

Porque la fe no consiste en encerrarse en lugares seguros.

Porque Jesús nunca se quedó cómodamente lejos de quienes sufrían.

Y porque la libertad siempre merece ser celebrada.

Quizá algunas personas solo vean colores, música o gestos provocadores.

Yo veo algo más.

Veo personas que han sobrevivido al miedo.

Veo vidas recuperadas.

Veo a quienes durante años escucharon que eran un error y han descubierto que no lo eran.

Veo a quienes vuelven a respirar.

Y eso me parece profundamente evangélico.

Porque el Reino de Dios siempre se parece un poco a eso: personas recuperando la vida que otros les habían intentado arrebatar.

Por supuesto que siguen existiendo prejuicios.

Por supuesto que continúan produciéndose agresiones, exclusiones y rechazos.

Pero esta reflexión no va sobre ellos.

Va sobre algo mucho más importante.

Va sobre la alegría de haber descubierto que eran mentira.

Mentira las voces que decían que Dios nos rechazaba.

Mentira las voces que decían que debíamos avergonzarnos.

Mentira las voces que afirmaban que nuestro amor nos alejaba del Creador.

Jesús tiene razón.

Valemos más de lo que imaginamos.

Mucho más.

Y cuando una persona descubre eso, sucede algo extraordinario.

Deja de vivir escondida.

Deja de pedir permiso para existir.

Deja de tener miedo.

Entonces comprende que Dios nunca estuvo entre quienes señalaban con el dedo.

Siempre estuvo caminando a su lado.

Y desde ese momento la vida cambia.

Porque después de todo, ¿quién dijo miedo? 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»