¿Cómo iba a reconocerme entre los bienaventurados de Jesús si llegué a creer que Dios no podía quererme tal como era? ¡Cuánto me habría ayudado entonces que alguien me abrazara y me dijera que Dios me quería así, sin condiciones! Hoy, al escuchar las Bienaventuranzas, pienso en tantas personas LGBTIQ+ que siguen sintiendo aquella misma angustia. Y me nace el deseo de compartir con ellas lo que tanto me costó descubrir. Porque no basta con sabernos amados por Dios. También podemos ser bienaventuranza para otras personas. Quizá baste con acercarnos, escucharlas, acompañarlas y ayudarles a descubrir que también son parte de esta gran familia que llamamos Iglesia.
Sobre el evangelio de Mateo 5, 1-12
...pero también del libro del Apocalipsis 7, 2-4.9-14, el Salmo 23, 1-6 y la primera carta del apóstol San Juan 3, 1-3
(Todos los Santos)
Durante buena parte de mi vida jamás se me habría ocurrido reconocerme entre los bienaventurados de Jesús. ¿Dichoso yo? ¿Cómo iba a serlo aquel niño que, con apenas nueve años, preguntaba angustiado «¿Tú me quieres, Jesús?», porque empezaba a sospechar que había algo en él que Dios no podía querer. Me habían enseñado a avergonzarme de mi homosexualidad. Y lo peor es que terminé creyéndomelo. Durante muchos años pensé que, para ser un buen cristiano, tenía que dejar de ser quien era.
Ahora escucho las Bienaventuranzas de otra manera. Y la verdad es que me siguen sorprendiendo. Jesús llama dichosos a quienes lloran, a quienes tienen hambre de justicia, a quienes trabajan por la paz y a quienes son perseguidos por defenderla. Pero no nos está diciendo que sufrir sea bueno, ni mucho menos que tengamos que aguantarlo todo con la cabeza agachada. Jesús se pone del lado de quienes sufren la injusticia. Y, cuando uno ha pasado tantos años sintiéndose señalado, descubrir esto tiene una fuerza enorme.
No puedo evitar pensar en tantas personas LGBTIQ+ que todavía esconden su fe o su identidad por miedo al rechazo. En quienes han escuchado auténticas barbaridades pronunciadas en nombre de Dios. Me viene a la memoria aquel joven de nuestra comunidad al que echaron de una capilla por llevar una sencilla pulsera arcoíris. ¡Una pulsera! Y recuerdo también mis propias luchas, los años perdidos intentando cambiar algo de mí mismo que no tenía nada de malo. Hasta que un día, después de mucho caminar y tropezar, comprendí que Dios nunca había dejado de quererme. No tuve que dejar de ser homosexual para encontrarme con Él. Tuve que dejar de creer a quienes me aseguraban que Él me rechazaba. ¡Qué diferencia!
La lectura del Apocalipsis nos habla de una multitud inmensa, de todos los pueblos, razas y lenguas, reunida ante Dios. Me gusta imaginar esa escena. Un gentío imposible de contar, cada cual con su historia, sus heridas, sus alegrías... Y nadie preguntando a nadie a quién ama o cómo se identifica. Porque, vamos a ver, si el cielo que nos anuncia la Escritura es así de diverso, ¿cómo podemos seguir empeñándonos en construir una Iglesia donde algunas personas tienen que pedir permiso hasta para sentirse en casa? El salmo nos habla de manos inocentes y corazón puro. No dice absolutamente nada de orientaciones sexuales ni identidades de género. A Dios no le escandaliza nuestra diversidad. Lo que debería escandalizarnos es que todavía se utilice su nombre para justificar el rechazo.
Y san Juan nos recuerda algo que, de tan sencillo, casi se nos puede escapar: somos hijos e hijas de Dios. ¡Ya lo somos! No cuando alguien decida reconocernos, ni cuando nuestra manera de amar reciba el visto bueno de quienes creen tener las llaves del Reino. Ahora. Tal como somos. Y es que sabernos queridos por Dios no es solamente un consuelo maravilloso. También es una responsabilidad que no podemos quitarnos de encima.
Por eso hoy quisiera hablar especialmente a mis hermanas y hermanos LGBTIQ+ creyentes. A quienes seguimos aquí, a veces contra viento y marea, intentando vivir nuestra fe con libertad. ¿Y si empezáramos a tomarnos las Bienaventuranzas no solo como unas palabras preciosas que nos reconfortan, sino como una invitación a ponernos manos a la obra? Nuestra Iglesia necesita escuchar lo que hemos vivido, conocer nuestras historias y descubrir que también en nuestras vidas está presente el Espíritu de Dios. Sabemos demasiado bien lo que significa quedarse fuera, mirando una puerta que parece no abrirse nunca. Precisamente por eso, no deberíamos conformarnos con que nos dejen entrar. Tenemos que ayudar a que nadie más se quede fuera.
Y habrá que hacerlo sin rencores, aunque tampoco con esa prudencia mal entendida que tantas veces termina pareciéndose al miedo. Con cariño, con paciencia y con la valentía de llamar injusticia a lo que es injusticia. Sé que no siempre resulta fácil. A veces cansa, y mucho. Hay momentos en los que uno mira lo recorrido, recuerda tantos esfuerzos y se pregunta si merece la pena seguir. Pero también he aprendido que no tenemos que poder con todo, ni estar siempre al pie del cañón. Descansar, apoyarnos mutuamente y recuperar la ilusión también forma parte del camino. Y todavía quedan muchas manos que estrechar, muchas personas a las que acompañar y muchas puertas por abrir.
Durante años pensé que acercarme a Dios significaba convertirme en alguien distinto. Hoy, afortunadamente, sé que Jesús me invita a seguirlo desde lo que soy, con mis luces y mis sombras, con mi historia entera. Y desde ahí quiero seguir aportando mi pequeño grano de arena para construir una Iglesia donde nadie tenga que esconderse, justificarse o agradecer que le permitan ocupar un rincón.
Porque las Bienaventuranzas no son una recompensa por haber aguantado tanto sufrimiento. Son una invitación a cambiar las cosas desde el amor.
Y pienso que quizá la santidad tenga mucho que ver con eso. Con vivir de verdad como hijos e hijas de Dios y ayudar a que otras personas, especialmente quienes alguna vez se sintieron rechazadas, descubran que también lo son.
Sin pedir permiso. Sin esconderse. Y con la alegría de saberse, por fin, en casa.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com
Del evangelio de Mateo 5, 1-12
Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»
Lo que más me interpela de Apocalipsis 7,2-4.9-14: «El sello del Dios vivo; una muchedumbre inmensa que nadie podría contar; de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas; de pie delante del Cordero; estos son los que vienen de la gran tribulación».
Lo que más me interpela del Salmo 23,1-2.3-4ab.5-6: «Del Señor es la tierra y cuanto la llena; el orbe y todos sus habitantes; ¿quién puede subir al monte del Señor?; el hombre de manos inocentes y puro corazón; recibirá la bendición del Señor; esta es la generación que busca al Señor».


