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octubre 23, 2026

CCXXX. EL PADRE NO EXCLUYE


EL PADRE NO EXCLUYE

Hay algo que nunca he terminado de entender: cómo hemos conseguido convertir el amor de Dios en una especie de privilegio que algunas personas se creen autorizadas a repartir. A mí me enseñaron que, por ser homosexual, debía cambiar para merecerlo. Y llegué a creérmelo. Hasta que descubrí que el Padre jamás me había rechazado. No era Dios quien me cerraba las puertas. Eran quienes decían hablar en su nombre. Hoy Jesús nos recuerda que toda nuestra fe se sostiene sobre el amor. Y eso debería hacernos pensar, porque quizá el verdadero escándalo no sea que las personas LGBTIQ+ reclamemos nuestro lugar en la Iglesia, sino que todavía haya quienes pretendan negárnoslo en nombre del Evangelio.

Sobre el evangelio de Mateo 22, 34-40

...pero también del libro de Éxodo 22, 20-26, el Salmo 17 y la primera carta de Pablo a los Tesalonicenses 1, 5c-10

(Ciclo A, XXX domingo del Tiempo Ordinario)

Me cuesta entender que hayamos convertido el amor, precisamente el amor, en uno de los asuntos más complicados de nuestra vida cristiana. Discutimos sobre normas, doctrinas y comportamientos; establecemos condiciones, levantamos barreras y hasta nos atrevemos a decidir quién merece sentirse acogido en la Iglesia. Y todo eso mientras proclamamos que Dios nos ama sin medida. ¡Menuda contradicción! Hablamos de un amor sin límites, pero seguimos empeñados en ponerle fronteras. A veces me pregunto si hemos comprendido realmente lo que Jesús quiso enseñarnos.

Hoy el Evangelio nos recuerda que toda la Ley y los Profetas se sostienen sobre dos mandamientos inseparables: amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. Nada de excepciones. Nada de categorías de personas más o menos dignas de ese amor. Sin embargo, todavía encontramos comunidades cristianas donde la orientación sexual o la identidad de género parecen importar más que la fe, la generosidad o la entrega de una persona. ¡Qué lejos estamos de Jesús cuando nos creemos autorizados a decidir a quién debe amar Dios!

La primera lectura, del Éxodo, contiene una advertencia que debería remover nuestras conciencias. Dios escucha el clamor de quienes sufren el maltrato y la opresión. Habla de personas extranjeras, viudas, huérfanas, de quienes se encuentran especialmente indefensos. No puedo evitar pensar en tantas personas LGBTIQ+ que han terminado alejándose de sus comunidades cristianas después de sentirse juzgadas, humilladas o rechazadas. Conozco historias que me estremecen. Y también conozco ese miedo desde dentro. No basta con mantener abiertas las puertas de los templos cuando seguimos haciendo sentir a algunas personas que sobran dentro. Mucho menos podemos llamar fidelidad al Evangelio a lo que acaba alejando de Jesús a quienes necesitan descubrirse amados.

Durante buena parte de mi vida creí que mi homosexualidad era un obstáculo para acercarme a Dios. Recuerdo mis oraciones suplicándole que me cambiara, que me hiciera como los demás. Me habían enseñado a amar a un Dios en cuyo nombre también me enseñaron a despreciarme. Y llegué a creerlo. Hasta que fui descubriendo, casi con incredulidad, que el Padre no me había dado nunca la espalda. Que no esperaba que dejase de ser yo para abrazarme. ¡Cuántos años tratando de merecer un amor que ya tenía! Aquella reconciliación conmigo mismo fue también el comienzo de una historia nueva con Dios. Dejé de pedirle que me cambiara y empecé a agradecerle que me hubiera creado así.

Pero hubo algo más que tuve que aprender. Porque reconciliarme conmigo mismo no significó que desapareciera de golpe el resentimiento hacia quienes me habían hecho daño. Me costaba aceptar que Jesús también me pidiera amar a quienes seguían despreciándonos. Y todavía hoy tengo que recordármelo cuando escucho determinadas declaraciones o conozco nuevos episodios de exclusión dentro de la Iglesia. Denunciar la injusticia es una exigencia del amor. Convertir el resentimiento en nuestra manera de vivir, no. No siempre resulta fácil distinguirlo, pero estoy convencido de que ahí se juega buena parte de nuestra credibilidad como seguidores de Jesús.

A veces recuerdo una escena de mi adolescencia. Un compañero fue humillado por parecer diferente y yo permanecí callado, aterrorizado ante la posibilidad de que alguien descubriera que también era homosexual. Aquella cobardía, nacida del miedo, me ha acompañado durante muchos años. Y quizá por eso hoy siento con tanta fuerza que no puedo mirar hacia otro lado cuando alguien es señalado o excluido. Amar al prójimo no consiste solamente en no hacerle daño. También significa dar la cara por él cuando los demás se la vuelven. No quiero que otras personas tengan que atravesar la misma soledad que yo conocí.

Por eso no me basta con haber recuperado mi dignidad ni con disfrutar de una libertad que tantas personas todavía no han podido alcanzar. Si verdaderamente creo que Dios me ama sin condiciones, tengo que ayudar a que otras personas puedan experimentar lo mismo. Y eso supone comprometerme con una Iglesia donde nadie tenga que elegir entre su fe y su identidad. Una Iglesia donde podamos amar, servir, celebrar y compartir nuestros dones sin escondernos. La verdadera fidelidad a la Iglesia no consiste en proteger sus muros, sino en ayudarla a parecerse cada día más a Jesús. La amo demasiado como para resignarme a que siga habiendo personas que se sientan extranjeras en la casa de su propio Padre.

Pablo recuerda a los tesalonicenses que acogieron la Palabra en medio de las dificultades, pero con la alegría del Espíritu Santo, hasta convertirse en ejemplo para otras comunidades. ¡Qué hermosa misión tenemos también nosotros! Las personas LGBTIQ+ creyentes podemos mostrar un rostro de Dios que muchas hermanas y hermanos nuestros todavía desconocen. Nuestra experiencia de liberación, nuestras heridas reconciliadas y nuestra forma de seguir creyendo a pesar de tantas dificultades tienen mucho que aportar. No somos un problema que la Iglesia deba resolver, ni una excepción que tenga que tolerar. Somos Iglesia. Y no hemos recorrido todo este camino para limitarnos a reclamar un lugar. Estamos llamados a construir una comunidad donde nadie tenga que volver a mendigarlo.

Sé que a veces cansa. Que hay esfuerzos sostenidos durante años, puertas que parecen no abrirse y decepciones que terminan desgastando hasta la ilusión. También conozco esa tentación de pensar que ya hemos hecho bastante. Y puede que necesitemos descansar, cambiar de tarea o dejar que otras personas tomen el relevo. Pero me resisto a creer que todo lo sembrado haya caído en tierra estéril. Quedan muchas personas esperando encontrar una comunidad donde sentirse acogidas, y todavía podemos ofrecerles nuestras voces, nuestras manos y nuestra experiencia. Sin heroicidades ni obligaciones imposibles. Desde la libertad de quienes saben que Dios los ama. Porque no se trata de resistir por resistir, sino de seguir encontrando razones para amar.

Hoy quisiera preguntarnos a quienes compartimos esta experiencia de fe: ¿qué estamos haciendo con la libertad que tanto nos costó conquistar? ¿Nos conformamos con haber encontrado nuestro sitio o seguimos dispuestos a ayudar a quienes todavía lo buscan? ¿Somos capaces de denunciar la injusticia sin permitir que el resentimiento nos robe la alegría de seguir a Jesús? Porque nuestro compromiso no consiste en sustituir una exclusión por otra. Jesús no nos llama a derrotar personas, sino a vencer aquello que nos impide reconocernos como hermanas y hermanos.

El salmista proclama: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza». Hoy puedo repetir esas palabras con una alegría que durante muchos años me pareció imposible. Amo a Dios con toda mi historia, con mi homosexualidad, con mis aciertos y mis equivocaciones. Y precisamente porque me sé profundamente amado por Él, quiero seguir amando esta Iglesia nuestra y ayudando a transformarla. Sin pedir permiso para ser quien soy, sin devolver desprecio por desprecio y sin conformarme con una acogida a medias.

Porque el amor que Jesús nos propone no consiste en abrir una pequeña puerta a quienes fueron excluidos. Consiste en derribar los muros que nunca debieron levantarse.

Y esa tarea también es nuestra. 


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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Si el Padre no excluye, ¿por qué seguimos haciéndolo nosotros? ¿Tú qué piensas

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Del evangelio de Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «»Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.» Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

Lo que más me interpela de Éxodo 22,20-26: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante; no explotarás a viudas ni a huérfanos; si los explotas y gritan a mí, yo escucharé su clamor; si prestas dinero a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero; si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo».

Lo que más me interpela del Salmo 17,2-3a.3bc-4.47.51ab: «Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza; el Dios que me protege y me libera; tú eres mi refugio, mi salvación, mi escudo; cuando invoqué al Señor de mi esperanza, me libró; bendito seas, Señor, que me proteges; mostraste tu amor a tu elegido».

Lo que más me interpela de la 1ª de Pablo a los Tesalonicenses 1,5c-10: «Acogisteis la Palabra en medio de grandes dificultades, con la alegría del Espíritu Santo; os convertisteis en ejemplo para todos los creyentes; vuestra fe en Dios se difundió por todas partes; abandonasteis los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero; aguardáis a su Hijo Jesús, a quien resucitó de entre los muertos».

octubre 17, 2026

CCXXIX. ¡NO OS PERTENECEMOS!


¡NO OS PERTENECEMOS!

Durante demasiado tiempo, algunas personas se han creído con derecho a decidir quién merece el amor de Dios, quién puede sentarse a su mesa y quién debe conformarse con mirar desde fuera. Como si la Iglesia fuera de quienes se consideran sus dueños y dueñas. Como si nuestras vidas les pertenecieran. Pero Jesús, con una simple moneda entre las manos, nos recuerda algo que debería hacerlo temblar todo: llevamos grabada la imagen de Dios, no la de quienes pretenden juzgarnos. Y esa imagen nadie puede borrarla. Ni siquiera en nombre de la religión. Por eso, las personas LGBTIQ+ creyentes no estamos llamadas a mendigar un lugar en la Iglesia, sino a reconocer que ya es nuestra casa y a comprometernos a transformarla. Porque no somos vuestros ni vuestras. Somos de Dios. Y también somos Iglesia.


Sobre el evangelio de Mateo 22, 15-21

...pero también del libro de Isaías 45, 1.4-6, el Salmo 95 y la primera carta de Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-5b

(Ciclo A, XXIX domingo del Tiempo Ordinario)

Me imagino a Jesús con aquella moneda en la mano, rodeado de gente que no busca precisamente escucharle, sino pillarle en un renuncio. Y me hace sonreír la habilidad con la que se sale de la trampa. Les pregunta de quién es la imagen que aparece grabada en la moneda. Del César, naturalmente. Pero lo que viene después, aquello de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, encierra mucho más de lo que parece. Porque, si lo pensamos un momento, surge otra pregunta: ¿y nosotros?, ¿de quién llevamos grabada la imagen?

La respuesta me parece preciosa. Llevamos la imagen de Dios. Tú, yo, la persona que se sienta a nuestro lado en la iglesia y también aquella a la que algunos preferirían ver lejos de sus bancos. Todas las personas. Y, por supuesto, también quienes somos lesbianas, gais, bisexuales, trans, intersexuales o queer. No somos criaturas mal hechas ni errores que haya que corregir. Dios no se equivocó al crearnos. Y eso, que debería resultar tan evidente para cualquier persona creyente, todavía cuesta escucharlo en demasiados ambientes eclesiales.

Sé bien de lo que hablo. Hubo un tiempo en que llegué a creer que mi homosexualidad me alejaba de Dios. No porque Él me lo hubiera dicho, claro, sino porque otros se encargaron de hacérmelo creer. Y cuando uno escucha determinadas condenas desde pequeño, termina confundiéndolas con la voz del propio Dios. Hasta que un día empiezas a descubrir que ese Dios al que tanto temías nunca había dejado de quererte. La verdad es que cuesta explicar lo que significa recuperar así la fe. Descubrir que no tenías que cambiar para que Dios te amase, sino dejar de esconderte para poder vivir plenamente ese amor.

Por eso me resulta tan difícil aceptar que todavía haya quienes, dentro de nuestra Iglesia, se atribuyan la autoridad de decidir qué vidas son dignas de bendición y cuáles deben permanecer ocultas. Se habla mucho de acogida, pero a veces parece que se nos invita a entrar siempre que no hagamos demasiado ruido, no mostremos nuestros afectos o no pretendamos ocupar determinados lugares. Y eso no es acogida. Es una tolerancia vigilada. Nadie puede exigirnos que renunciemos a ser quienes somos como precio para sentirnos parte de la Iglesia. No estamos reclamando un privilegio. Estamos recordando algo mucho más sencillo: también somos hijos e hijas de Dios.

Además, la primera lectura de hoy parece empeñada en recordarnos lo poco que conocemos los caminos del Señor. Isaías nos habla de Ciro, un rey extranjero, alguien que ni siquiera conoce a Dios y a quien, sin embargo, Dios llama por su nombre y convierte en instrumento de su proyecto. ¡Qué curioso! Dios no parece demasiado preocupado por respetar las fronteras que nosotros nos empeñamos en levantar. Quizá quienes siguen cerrando puertas en su nombre deberían preguntarse si no estarán poniendo obstáculos precisamente donde Él quiere abrir caminos. Porque una Iglesia que pretende administrar el amor de Dios termina olvidando que ese amor nunca fue de su propiedad.

El salmo nos invita a contar las maravillas del Señor a todos los pueblos. Y yo pienso en tantas historias que todavía permanecen escondidas. En parejas que viven su amor con una fidelidad admirable, en personas trans que han tenido que recorrer caminos durísimos para poder vivir con verdad, en creyentes que siguen rezando a pesar de haber escuchado demasiadas veces que no son bienvenidos. También ahí hay maravillas de Dios. También ahí hay Evangelio. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocerlo? No somos un problema que la Iglesia tenga que resolver. Somos parte de la buena noticia que está llamada a anunciar.

Pero hay algo más que me gustaría compartir, especialmente con quienes, como yo, vivimos nuestra fe desde la diversidad sexual y de género. Durante mucho tiempo hemos tenido que dedicar tantas energías a defender nuestra dignidad que quizá corremos el riesgo de quedarnos ahí, esperando que alguien nos abra definitivamente la puerta. Y, sin embargo, la Iglesia también es nuestra. No somos invitados que deben agradecer que les permitan sentarse a la mesa. Somos parte de la familia. ¿Y si empezamos a vivirlo con todas sus consecuencias? ¿Y si, además de reclamar una Iglesia acogedora, nos comprometemos a hacerla realidad allí donde estamos? En nuestras parroquias, en nuestras comunidades, acompañando a quienes todavía tienen miedo, tendiendo la mano incluso a quienes no terminan de comprendernos. No basta con soñar una Iglesia diferente. Tenemos mucho que aportar para construirla.

Y permitidme aquí unas palabras para quienes lleváis años trabajando en grupos y asociaciones de creyentes LGBTIQ+. Sé lo que significa dedicar tiempo, ilusiones y esfuerzos a abrir caminos y encontrarse, una y otra vez, con las mismas resistencias. Hay momentos en que uno se cansa. Mucho. Incluso llega a preguntarse si merece la pena seguir. Si estás ahí, quisiera decirte algo que también necesito recordarme: no tienes que poder con todo. Descansa cuando lo necesites, deja que otras manos tomen el relevo y no confundas el compromiso con la obligación de agotarte. Pero tampoco olvides cuánto bien has sembrado, aunque no siempre puedas verlo. San Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, habla de una fe que trabaja, de un amor que se esfuerza y de una esperanza que permanece. Me gusta pensar que algo de eso hay en nuestra pequeña historia colectiva. Todavía hacen falta nuestras voces, nuestras manos y, sobre todo, nuestra alegría. No dejemos que el cansancio nos haga olvidar por qué empezamos.

También quisiera que quienes nunca han tenido que ocultar a la persona que aman, o justificar su identidad para sentirse aceptados en una comunidad cristiana, comprendieran algo esencial: no necesitamos que nos concedan una dignidad que ya tenemos. Necesitamos que aprendamos, entre todos y todas, a reconocernos como hermanos y hermanas. Y eso exige bastante más que buenas palabras. Exige abandonar prejuicios, escuchar historias que quizá incomodan y atreverse a cambiar algunas cosas. Porque una Iglesia que obliga a esconder el amor difícilmente puede anunciar con credibilidad al Dios que es Amor.

Vuelvo entonces a aquella moneda del Evangelio. El César había puesto su imagen sobre ella para dejar claro a quién pertenecía. Nosotros también llevamos una imagen grabada, aunque no se vea y aunque haya quienes se empeñen en ignorarla. Y me gusta pensar que Jesús, al contemplar cualquiera de nuestras vidas, reconocería inmediatamente de quién es ese rostro.

Después de tantos años, de tantas búsquedas, de tantas alegrías y también de algunos desencuentros, hay algo que tengo cada vez más claro:

No llevo la marca de quienes me condenaron. Llevo la imagen de quien me creó.

Y sueño con una Iglesia que, cuando nos mire, también sea capaz de reconocerla.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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¿Cuándo descubriste que nadie podía decidir por ti cuánto te ama Dios?

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Del evangelio de Mateo 22,15-21

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»
Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César.»
Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

Lo que más me interpela de Isaías 45,1.4-6: «Yo lo he tomado de la mano; para abrir ante él las puertas; te llamé por tu nombre; aunque no me conocías; yo soy el Señor y no hay otro; para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí».

Lo que más me interpela del Salmo 95,1.3.4-5.7-8.9-10a.10c: «Cantad al Señor un cántico nuevo; contad a los pueblos su gloria; sus maravillas a todas las naciones; el Señor ha hecho el cielo; familias de los pueblos, aclamad al Señor; aclamad la gloria de su nombre; decid a los pueblos: el Señor es rey».

Lo que más me interpela de la 1ª carta de Pablo a los Tesalonicenses 1,1-5b: «A vosotros, gracia y paz; damos gracias a Dios por todos vosotros; os tenemos presentes en nuestras oraciones; la actividad de vuestra fe; el esfuerzo de vuestro amor; la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo; Dios os ha elegido; no solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo».

octubre 10, 2026

CCXXVIII. ¡ENSANCHEMOS LA MESA!


¡Basta de esperar a que nos hagan un hueco! Dios nos ha invitado a su mesa, aunque algunos sigan empeñados en decidir quién merece sentarse. Las personas LGBTIQ+ creyentes no estamos llamadas a conformarnos con ser toleradas, sino a transformar la Iglesia desde dentro. Porque no se trata solo de ocupar nuestro sitio. Se trata de ensanchar la mesa hasta que nadie vuelva a quedarse fuera.

Sobre el evangelio de Mateo 22, 1-14

...pero también del libro de Isaías 25, 6-10a, el Salmo 22, 1-6 y la carta de Pablo a los Filipenses 4, 12-14.19-20

(Ciclo A, XXVIII domingo del Tiempo Ordinario)

Durante mucho tiempo llegué a pensar que, para sentarme a la mesa de Dios, tenía que dejar una parte de mí fuera. Como si mi homosexualidad fuese algo que debía esconder, disimular un poco, para poder entrar sin molestar a nadie. Por eso, cuando escucho a Jesús contar que el rey mandó buscar invitados a los cruces de los caminos, no puedo evitar sonreír. ¡También venían a buscarnos a nosotros! Y lo mejor es que no teníamos que demostrar nada para recibir la invitación.

Conozco bien esos cruces. Son esos lugares donde tantas personas LGBTIQ+ creyentes hemos permanecido esperando, mientras otras se arrogaban el derecho de decidir si éramos suficientemente dignas para formar parte de la Iglesia. Cuántas condiciones, cuántas advertencias y cuántas invitaciones, más o menos disimuladas, a permanecer invisibles. Sin embargo, el Evangelio no deja lugar a muchas dudas: el rey manda llamar a cuantos encuentren. A todos. Sin interrogatorios, sin certificados de buena conducta, sin exigirles que sean otras personas. Dios invita a quienes algunos se empeñan en dejar fuera. Y nadie debería atreverse a cerrar una puerta que Cristo ha abierto.

Isaías nos habla de un banquete preparado para todos los pueblos, donde Dios arrancará los velos y enjugará las lágrimas de todos los rostros. Me emociona imaginar una Iglesia así, donde nadie tenga que esconder a la persona que ama, ni bajar la voz al hablar de su vida, ni sentirse bajo sospecha por ser quien es. Y es que hay una enorme diferencia entre acoger de verdad y permitir que alguien entre con la condición de que no se note demasiado su presencia. No queremos que nos toleren como si fuésemos una molestia inevitable. Queremos vivir con naturalidad la dignidad y el lugar que Dios nunca nos ha negado.

Luego está aquel invitado que aparece sin traje de fiesta. Reconozco que es una escena difícil y que, leída desde el miedo, podría servir para volver a señalarnos. Pero cada vez estoy más convencido de que el vestido que Dios espera no tiene nada que ver con esconder nuestra identidad, fingir una vida que no es la nuestra o someternos a una obediencia sin preguntas. Tiene que ver con la misericordia, con la justicia, con nuestra manera de tratar a los demás. Porque, seamos claros, también se puede entrar en un templo revestido de solemnidad y llevar el corazón desnudo de Evangelio. Y resulta especialmente doloroso cuando se recurre a palabras religiosas para justificar el desprecio, o se presentan los propios prejuicios como si fueran la voluntad de Dios.

El salmista dice que el Señor prepara una mesa ante sus adversarios y que su copa rebosa. ¡Cuántas veces he vuelto a esas palabras para recordar que mi sitio junto a Jesús no depende de la aprobación de nadie! Pablo, por su parte, nos habla de su experiencia de escasez y abundancia, y de la fortaleza que encuentra en Cristo. Algo sabemos también nosotros de eso. Hemos pasado por momentos de soledad, de incomprensión, incluso de ganas de marcharnos y no volver. Pero aquí seguimos. Con nuestras dudas, nuestras pequeñas cicatrices y, sobre todo, con una fe que se ha ido haciendo más nuestra. No seguimos aquí porque nos guste sufrir. Seguimos porque amamos a Dios y porque esta Iglesia también es nuestra casa.

Y hoy quisiera hablar especialmente a mis hermanas y hermanos LGBTIQ+ creyentes. ¿Y si dejamos de esperar a que alguien nos dé permiso para sentarnos y empezamos a ocupar, con alegría y sin complejos, el lugar que Dios nos ha preparado? ¿Y si todo lo que hemos vivido, incluso aquello que nos hizo tambalear, puede convertirse ahora en un regalo para nuestra Iglesia? Tenemos mucho que aportar. Nuestra experiencia de fe, nuestra manera de amar, la sensibilidad que hemos desarrollado para reconocer a quienes sufren, nuestra capacidad de levantarnos y volver a empezar. No estamos aquí para agradecer eternamente que nos dejen pasar. Somos Iglesia. Y tenemos mucho que decir, mucho que compartir y bastante trabajo por delante.

Así que ¡vayamos a la fiesta! Entremos con nuestros afectos, con nuestras historias, con las personas que amamos y con nuestras ganas de construir algo hermoso. Que se escuchen nuestras voces en los templos, que compartamos el pan y que sepamos acercarnos a quienes todavía viven su fe a escondidas, quizá convencidos de que Dios no puede quererles tal como son. Denunciemos, por supuesto, las palabras que humillan, las normas que excluyen y esas actitudes que tienen tan poco que ver con Jesús. Pero procuremos hacerlo sin quedarnos atrapados en el resentimiento. No se trata de cambiar quién manda ni de conquistar un pequeño espacio de privilegio. Se trata de que nadie, absolutamente nadie, vuelva a sentirse extranjero en la casa de Dios.

La verdad es que sigo amando profundamente a esta Iglesia. Con sus luces y sus sombras, con todo lo que me ha dado y también con lo que tantas veces me ha dolido. Y precisamente porque la quiero, me resisto a aceptar que se convierta en una especie de fortaleza, preocupada por vigilar quién entra y quién sale, mientras Jesús continúa recorriendo los caminos en busca de invitados. Una Iglesia que nos pide esconder el amor para poder hablar de Dios necesita volver a escuchar el Evangelio. Y nosotros, con nuestra presencia y nuestro testimonio, podemos ayudar a que eso ocurra.

La fiesta ya ha comenzado. No tiene mucho sentido seguir esperando en la puerta, mirando hacia dentro como si todo aquello no fuese también nuestro. Entremos con lo que somos, con nuestras mejores galas, con nuestras ganas de vivir y con toda la esperanza que seamos capaces de reunir. Y, una vez dentro, no nos olvidemos de salir a buscar a quienes todavía no se atreven a acercarse.

Porque Dios no nos ha invitado solamente para que encontremos nuestro sitio en la mesa. Nos ha llamado también para que ayudemos a hacerla más grande.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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La mesa también se ensancha con tu voz. ¿Qué tienes tú que aportar?

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Del evangelio de Mateo 22,1-14

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.» Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: «La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.» Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?» El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»


Lo que más me interpela de Isaías 25,6-10a: «El Señor preparará para todos los pueblos un festín de manjares suculentos; arrancará el velo que cubre a todos los pueblos; aniquilará la muerte para siempre; enjugará las lágrimas de todos los rostros; este es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación; celebremos y gocemos con su salvación».

Lo que más me interpela del Salmo 22,1-6: «El Señor es mi pastor, nada me falta; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; preparas una mesa ante mí; mi copa rebosa; tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida».

Lo que más me interpela de Filipenses 4,12-14.19-20: «Sé vivir en pobreza y abundancia; todo lo puedo en aquel que me conforta; hicisteis bien en compartir mis tribulaciones; mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús; a Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos».