Y a quienes alguna vez dudamos de nuestro lugar en la Iglesia, nos recuerda que Dios ya nos ha llamado hijas e hijos.
¿Qué haces tú?
Sobre el evangelio de Mateo 21, 28-32
...pero también del libro de Ezequiel 18, 25-28, el Salmo 24 y la carta de Pablo a los Filipenses 2, 1-11
(Ciclo A, XXVI domingo del Tiempo Ordinario)
Durante muchos años aprendí que la fe estaba llena de respuestas correctas. Había que saber qué decir, qué creer, qué estaba permitido y qué no. Quizá por eso me inquieta tanto la sencilla pregunta que Jesús hace hoy: «¿Quién de los dos hizo la voluntad del padre?».
No pregunta quién habló mejor. Ni quién respondió lo que se esperaba de él. Pregunta quién hizo su voluntad.
Uno de los hijos dice que no irá, pero termina yendo. El otro responde inmediatamente que sí, pero después no mueve un dedo. Y Jesús coloca delante de los sumos sacerdotes y ancianos una afirmación escandalosa: publicanos y prostitutas les llevan la delantera en el Reino.
No sé si hemos terminado de comprender la provocación.
Porque es posible hablar correctamente de Dios y vivir muy lejos de su voluntad. Es posible conocer la doctrina, celebrar la Eucaristía, rezar, ocupar responsabilidades eclesiales y responder continuamente «sí, Señor», mientras nuestras decisiones están diciendo otra cosa.
Como persona homosexual y creyente lo he experimentado demasiadas veces.
He escuchado decir: «La Iglesia acoge a todos».
Y después llegaron las condiciones.
«Te respeto». Pero no hables demasiado de quién eres.
«Eres bienvenido». Pero procura que no se note a quién amas.
«Nadie te expulsa». Pero quizá determinadas responsabilidades no sean para ti.
«Todos somos hijos de Dios». Pero unos parecen tener que demostrarlo constantemente.
Y entonces regreso a la pregunta de Jesús: ¿quién está haciendo realmente la voluntad del Padre?
Porque no basta con decir que acogemos.
Hay que acoger.
No basta con afirmar que todas las personas poseen la misma dignidad.
Hay que defender esa dignidad cuando alguien la pisotea.
No basta con asegurar que no somos homófobos.
Hay que preguntarse qué hacemos cuando una persona LGBTIQ+ es humillada, señalada o apartada dentro de nuestra propia comunidad.
Aquí el Evangelio deja de permitirme hablar solamente de «ellos». También me examina a mí. Yo también puedo pronunciar hermosos «sí» mientras me niego a hacer lo que Dios me pide. La fe no me concede superioridad moral. Me obliga continuamente a revisar mis pasos.
Ezequiel lo dice con una claridad extraordinaria: siempre podemos cambiar de camino. La conversión no consiste en defender obstinadamente lo que hicimos ayer, sino en descubrir hoy que estábamos equivocados y atrevernos a actuar de otra manera.
Por eso pienso especialmente en quienes sois heterosexuales y creyentes.
Quizá nunca habéis insultado a una persona LGBTIQ+. Quizá incluso estáis convencidos de que nos respetáis. Pero permitidme una pregunta más incómoda: ¿qué habéis hecho?
¿Habéis levantado la voz cuando alguien utilizó el Evangelio para despreciarnos?
¿Habéis corregido una conversación homófoba entre personas creyentes?
¿Habéis acompañado a quien dudaba del amor de Dios porque le habían enseñado a avergonzarse de sí?
¿Habéis defendido públicamente nuestra presencia plena en la comunidad?
¿O vuestro «sí» termina justo donde comienza el conflicto?
El salmista pide hoy: «Señor, enséñame tus caminos». No dice: «Señor, confirma que mis caminos son los tuyos». Tal vez necesitamos rezar así con mucha más frecuencia. Porque Dios todavía puede sorprendernos mostrándonos que personas a las que colocamos detrás van caminando por delante.
Y entonces aparece Pablo invitándonos a tener los sentimientos de Cristo Jesús. Un Cristo que no se aferra a privilegios, que se vacía, se abaja y se pone al servicio.
La comunidad cristiana no puede seguir a ese Jesús desde la superioridad.
Mucho menos desde una superioridad que decide quién puede amar, quién puede formar una familia, quién puede mostrarse entero y quién debe esconder una parte de su vida para no incomodar.
Yo ya no necesito que nadie me asegure que Dios me quiere.
Eso lo aprendí después de un camino demasiado largo.
Descubrí que Dios estaba conmigo cuando tenía miedo, cuando me escondía y también cuando finalmente abrí la puerta del armario. Descubrí que nunca necesitó una versión mutilada de mí para quererme.
Pero todavía quedan muchas personas que no lo saben.
Algunas siguen sentadas en nuestras iglesias preguntándose en silencio si Dios podrá amarlas tal como son.
Y ahí es donde vuestro «sí» necesita convertirse en algo concreto.
Porque quizá el Evangelio de hoy no nos pregunta qué pensamos sobre las personas LGBTIQ+.
Quizá pregunta algo mucho más sencillo.
¿Qué estamos haciendo?
Podemos responder mañana.
O podemos comenzar hoy.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com
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Del evangelio de Mateo 21, 28-32
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.» Él le contestó: «No quiero.» Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor.» Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»
Contestaron: «El primero.»
Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»
Ezequiel 18,25-28: «Si el malvado recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá; porque recapacitó y se convirtió de los delitos cometidos, vivirá ciertamente y no morirá».
Salmo 24,4bc-5.6-7.8-9: «Señor, enséñame tus caminos; instrúyeme en tus sendas; haz que camine con lealtad; recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; el Señor es bueno y es recto; hace caminar a los humildes con rectitud; enseña su camino a los humildes».
Filipenses 2,1-11: «Manteneos unánimes y concordes, con un mismo amor y un mismo sentir; no obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros; no os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás; tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús; se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo; se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte; por eso Dios lo exaltó sobre todo».


