Sobre Mateo 17, 1-9
Hay pasajes del Evangelio que no solo se leen: se atraviesan. La Transfiguración es uno de ellos. Porque habla de luz… y quienes hemos vivido mucho tiempo en la sombra sabemos lo que significa que la luz no te destruya, sino que te revele.
Jesús sube al monte con tres discípulos. No con todos. Con los más cercanos. Y allí, delante de ellos, se muestra tal cual es. No cambia para agradar. No se disfraza para evitar escándalo. No se reduce para ser aceptado. Se manifiesta en plenitud. Su rostro brilla.
Como persona LGBTIQ+ creyente, ese detalle me toca hondo. Cuántas veces he aprendido —a veces por miedo, a veces por prudencia, a veces por pura supervivencia— a no brillar demasiado. A matizar, a explicar, a justificar. A transfigurarme al revés: a oscurecerme.
Pero en el monte Tabor nada se oculta. Hay revelación. Y la voz del Padre no dice: “Este es mi Hijo mientras cumpla ciertas normas”. Dice: “Este es mi Hijo amado”. Punto. Antes de cualquier ley, antes de cualquier interpretación, antes de cualquier filtro eclesial.
Para quienes vivimos nuestra fe en una Iglesia que no siempre es tan inclusiva como debería, la Transfiguración es una palabra de resistencia interior. Es el recordatorio de que la verdad profunda no depende de la mirada ajena. La identidad no es concesión; es don.
Pedro quiere hacer tres tiendas. Quiere fijar el momento. Congelar la experiencia luminosa. Es humano. Cuando por fin sientes que puedes ser tú mismo delante de Dios, quieres quedarte ahí. Pero Jesús no se queda en el monte. Baja.
Y ahí está la clave.
La experiencia de saberse amado no es para instalarse en una espiritualidad privada. Es para sostener el camino hacia Jerusalén. Justo después del Tabor, Jesús vuelve a hablar de cruz.
Para una persona LGBTIQ+ cristiana, la Transfiguración no elimina la cruz de la incomprensión, del silencio impuesto, del comentario hiriente o de la pastoral insuficiente. Pero la ilumina. No caminamos hacia el rechazo desde la duda de si somos amados. Caminamos sabiendo que ya hemos escuchado la voz.
“Escuchadle.”
Esa orden no va dirigida solo a los discípulos del monte. También interpela a la Iglesia. Escuchar a Cristo significa escuchar dónde hoy sigue revelándose su rostro. Y muchas veces ese rostro resplandece en quienes han sido empujados a los márgenes.
La denuncia profética de los creyentes LGBTIQ+ no nace del resentimiento. Nace del Tabor. Nace de haber experimentado que nuestra vida, nuestra corporalidad, nuestra afectividad, no son un error que Dios tolera, sino un lugar donde Él puede manifestarse.
Cuando bajamos del monte, no bajamos con arrogancia. Bajamos con claridad. No necesitamos demostrar nada. Pero tampoco vamos a aceptar vivir permanentemente en penumbra para que otros se sientan cómodos.
La Transfiguración me recuerda que la luz no es agresiva: es inevitable. Cuando algo es verdadero, acaba brillando. Y el compromiso cristiano LGBTIQ+ consiste en eso: vivir con tal coherencia y profundidad que la Iglesia, quiera o no, tenga que preguntarse qué está viendo.
El Tabor no es evasión. Es revelación para la misión.
Y quizás nuestra vocación sea precisamente esta: ser memoria viva de que la gloria de Dios no excluye cuerpos, historias ni orientaciones. Que el Hijo amado no se parece a la estrechez. Que el monte existe… pero siempre para aprender a bajar.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


