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febrero 21, 2026

CXCVII. LA TENTACIÓN


Sobre
Mateo 4, 1-11

El relato de Mateo —las tentaciones de Jesús en el desierto— no es para mí una escena piadosa que se contempla desde lejos. Es una radiografía espiritual. Ahí me reconozco. Ahí se cruzan mi fe en Jesús y mi experiencia como persona LGBTIQ+ creyente en una Iglesia que muchas veces nos ha dejado en los márgenes.

Jesús acaba de escuchar: “Tú eres mi Hijo amado”. Y justo entonces es llevado al desierto. Esto es decisivo. La certeza de ser amado no lo libra de la prueba; más bien la inaugura. Para quienes somos LGBTIQ+ dentro de la Iglesia, el desierto no es una metáfora bonita: es la sensación de estar siempre a prueba, siempre bajo sospecha, siempre invitados a justificar nuestra existencia. Y, sin embargo, la voz primera no es la que acusa; es la que llama “hijo amado”.

La primera tentación —“Si eres Hijo de Dios, convierte estas piedras en pan”— me resulta dolorosamente actual. Cuántas veces se nos ha pedido que convirtamos lo que somos en otra cosa más digerible. Que cambiemos, que ocultemos, que suavicemos, que nos hagamos invisibles para no incomodar. “Si de verdad eres cristiano…”, “Si amas a la Iglesia…”. El “si” condicional del tentador sigue resonando. Pero Jesús no acepta demostrar su identidad a costa de traicionarse. No convierte las piedras en pan para satisfacer expectativas ajenas. Yo tampoco quiero vivir mi fe como una estrategia para ser tolerado. No somos un error a corregir ni una piedra que deba transformarse para encajar en el molde.

La segunda tentación —tirarse desde el Templo— toca otra herida. El Templo es el centro religioso, el lugar del poder espiritual. ¿Cuántas personas LGBTIQ+ han sido expuestas, juzgadas o utilizadas como “casos” en debates eclesiales? Como si nuestra vida fuera un experimento teológico. El diablo cita la Escritura para justificar el salto. También hoy se nombran textos bíblicos para empujarnos al vacío. Pero Jesús se niega a poner a Dios al servicio de una lógica que hiere. No se lanza al espectáculo religioso. Y yo me niego a aceptar una espiritualidad que me obligue a saltar contra mí mismo para probar mi fidelidad.

La tercera tentación es la más cruda: poder y seguridad a cambio de adoración. Traducido a nuestra realidad: pertenencia a cambio de silencio. Aceptación a cambio de negación. Un lugar en la comunidad si no nombras quién eres, si no amas públicamente, si no cuestionas estructuras. Es una oferta real en las fronteras de la Iglesia: puedes quedarte, pero fragmentado. Puedes comulgar, pero sin voz. Puedes servir, pero sin historia. Jesús responde con una claridad que incomoda: “Al Señor tu Dios adorarás”. No adoraré ni el miedo ni el poder que excluye. No doblaré la rodilla ante una paz construida sobre nuestra invisibilidad.

La realidad LGBTIQ+ en la Iglesia sigue siendo fronteriza. Estamos dentro y fuera al mismo tiempo. Bautizados, creyentes, servidores en comunidades… pero muchas veces tratados como problema pastoral, como excepción incómoda, como tema a resolver. Y, sin embargo, seguimos aquí. No por terquedad ideológica, sino por amor a Jesús. Porque su Evangelio nos alcanzó antes que cualquier juicio. Porque sabemos que la gracia no tiene orientación ni etiqueta.

Mateo 4, 1-11 me recuerda que el desierto no es señal de abandono, sino espacio de discernimiento. Que las tentaciones no definen quién soy; lo define la voz del Padre. Y desde esa certeza quiero vivir: no pidiendo permiso para existir, no negociando mi dignidad, no renunciando a mi fe.

Soy creyente en Jesús. Soy parte de la realidad LGBTIQ+. Y no son dos identidades en guerra. Son una misma historia atravesada por la gracia. Permanecer en la Iglesia hoy, desde nuestras fronteras, es un acto profundamente evangélico: es negarse a adorar otros dioses y apostar, contra toda tentación, por el Reino que Jesús anunció. Un Reino donde nadie tiene que dejar de ser quien es para saberse hijo o hija amada de Dios.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.


febrero 14, 2026

CXCVI. LA PLENITUD NO ME EXCLUYE


Sobre
Mateo 5, 17-37

Hay frases del Evangelio que, según el momento de la vida, pueden sonar como amenaza o como buena noticia.

No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud” fue durante años una frase incómoda para mí. La escuchaba y pensaba: ¿plenitud para quién? ¿También para mí?

Como persona LGBTIQ+ creyente, crecí con la sensación de estar siempre bajo examen. La Ley parecía un listón demasiado alto que, además, estaba diseñado para otros. Yo me movía entre el deseo sincero de seguir a Cristo y el miedo constante a no encajar del todo.

Pero cuando vuelvo a este texto con calma, cuando lo rezo desde mi historia concreta y no desde el miedo, algo cambia. Jesús no está endureciendo la Ley. Está devolviéndola a su verdad más profunda. No la convierte en un código más exigente; la lleva al corazón.

Y en el corazón de la Ley no está el control. Está la vida.

Jesús dice: “Habéis oído que se dijo… pero yo os digo…”. Esa fórmula no es un gesto de ruptura caprichosa, sino de profundidad. Él no se conforma con el cumplimiento externo. Quiere tocar la raíz: la intención, el deseo, la coherencia interior.

Ahí es donde yo me siento verdaderamente interpelado. No en mi orientación, no en mi identidad, sino en mi capacidad de amar de manera limpia, honesta y responsable. El Evangelio no me pregunta primero quién soy según categorías humanas; me pregunta cómo amo, desde dónde vivo, qué hago con mi libertad.

Eso es mucho más exigente. Y también mucho más justo.

Cuando Jesús habla de la ira, del desprecio, de la mirada que cosifica, me obliga a revisar mi propio interior. Porque también yo puedo endurecerme. También yo puedo convertir el dolor vivido en resentimiento. También yo puedo responder a la herida con distancia o sarcasmo.

La conversión que propone Jesús no consiste en negarme. Consiste en purificar el corazón. Y esa purificación no empieza por eliminar mi identidad, sino por integrarla en una vida vivida delante de Dios.

Hay algo profundamente liberador en entender esto: la plenitud de la Ley no es la perfección moralista; es la coherencia del amor. Es vivir sin doblez. Es que mi “sí” sea sí y mi “no” sea no. Es no tener que fragmentarme: una parte aceptable en la Iglesia y otra escondida en la intimidad.

La plenitud no me pide esconderme. Me pide verdad.

Eso no elimina las tensiones. No desaparecen las miradas ambiguas, ni ciertos silencios incómodos. Pero el centro ya no está ahí. El centro es Cristo, que me mira y me llama a una vida más profunda que cualquier discusión superficial.

En la oración diaria —cuando reviso el día con sencillez— me doy cuenta de que la pregunta decisiva no es si encajo en todos los esquemas, sino si estoy creciendo en amor real. ¿He tratado a los demás con dignidad? ¿He cuidado mis relaciones? ¿He actuado desde la libertad o desde el miedo? ¿He respondido al mal con más mal, o he intentado sostener la verdad sin perder la caridad? Ahí se juega la plenitud.

Jesús no vino a abolir la Ley, y tampoco vino a aplastarme con ella. Vino a mostrar que la voluntad de Dios es siempre más grande que nuestras interpretaciones estrechas. Vino a revelar que la justicia auténtica nace de un corazón reconciliado. 

La plenitud de la Ley no me excluye. Me llama a madurar, a amar mejor, a vivir con más coherencia. Me llama a no conformarme ni con la mediocridad moral ni con el victimismo cómodo. Me llama a la santidad. También a ti, como a mí, como a todas, todas y todos, todos.

Y, aunque el camino sea exigente, hay una paz profunda en saber que no camino dividido. Mi fe y mi identidad no son enemigos. En Cristo encuentran unidad.

Eso es lo que, poco a poco, voy descubriendo: la plenitud no es una frontera. Es un horizonte. Y hacia él quiero caminar, con humildad y con valentía.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas:
no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

febrero 07, 2026

CXCV. SER LUZ Y SER SAL


Sobre
Mateo 5, 13-16

Cuando escucho a Jesús decir “vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo”, no lo percibo como una consigna genérica dirigida a otros, sino como una palabra que me alcanza personalmente, tal como soy, también en mi identidad LGBTIQ+. En la oración, dejo que esa frase repose en mí, que descienda al lugar donde se cruzan mi fe, mis afectos y mi historia en la Iglesia. Y ahí descubro algo consolador: Jesús no dice “deberíais ser”, sino “sois”. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier ajuste, hay una confianza puesta en nosotros.

Durante mucho tiempo me costó creer que las personas LGBTIQ+ creyentes pudiéramos ser sal y luz dentro de la Iglesia. Pensaba que, con suerte, podríamos ser toleradas, discretas, casi invisibles. Pero al mirar con más hondura mi experiencia de fe, al hacer memoria de los momentos en que me he sentido más vivo espiritualmente, reconozco que precisamente ahí —en la intemperie, en la búsqueda, en la fidelidad sostenida a pesar de todo— Dios estaba actuando con más fuerza. Y eso deja una huella. Eso da sabor.

Ser sal en la Iglesia, desde mi experiencia, no significa corregir a nadie desde arriba, sino preservar lo esencial del Evangelio: la misericordia, la verdad encarnada, la dignidad de cada persona. La sal actúa en silencio, pero transforma. Muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos aprendido a amar la Iglesia sin idealizarla, a permanecer sin dejar de ser críticas, a cuidar la fe común incluso cuando no siempre hemos sido cuidadas. En ese amor perseverante hay un sabor evangélico que no debería perderse.

Y ser luz… no como quien deslumbra, sino como quien acompaña. La luz no hace ruido, pero orienta. No se impone, pero permite ver. Cuando una persona LGBTIQ+ vive su fe con sencillez, sin esconderse ni confrontar desde la herida, se convierte en una pequeña lámpara encendida en medio de muchas sombras: la sombra del miedo, de la culpa, del silencio impuesto. Esa luz no nace del orgullo, sino de una vida reconciliada, de haber hecho el camino interior de integrar fe e identidad.

Desde ahí, mi compromiso como cristiano LGBTIQ+ se va clarificando. No se trata de ocupar espacios por reivindicación, sino de habitar la Iglesia con verdad. De preguntarme cada día, con honestidad: ¿qué me acerca más al modo de Jesús?, ¿qué me da paz honda y qué me la roba?, ¿dónde soy más fiel al Evangelio? Y al reconocer esas mociones interiores, descubro que cuando vivo desde la confianza y no desde el miedo, cuando sirvo y no me escondo, cuando comparto mi fe sin justificarme, algo se ilumina también para otros.

Jesús dice que la luz sirve para que “vean vuestras obras y glorifiquen al Padre”. No para que nos miren a nosotras, a nosotros, sino para que, a través de nuestras vidas, se transparente Dios. Creo sinceramente que las personas LGBTIQ+ creyentes podemos ayudar a la Iglesia a volver a lo esencial, a gustar de nuevo la alegría del Evangelio, a ensanchar el corazón. No porque seamos mejores, sino porque hemos tenido que buscar con más profundidad, discernir con más cuidado, confiar contra muchas evidencias.

Ser sal y luz en la Iglesia hoy, como personas LGBTIQ+, es una llamada hermosa y exigente. Nos invita a vivir sin dividirnos por dentro, a ofrecer lo que somos para el bien común, a poner nuestra experiencia al servicio de una Iglesia más evangélica. Y en esa entrega, humilde pero firme, descubro que Dios sigue obrando, para su mayor gloria y para el bien de todas y de todos.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».