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mayo 30, 2026

CCXII. NO VINO A JUZGAR


Sobre
Juan 3,16-18

Durante muchos años pensé que ese “mundo” del que habla Jesús no me incluía del todo.

Sí, escuchaba el Evangelio. Iba a misa. Rezaba. Creía sinceramente en Dios. Pero, en algún rincón muy profundo de mí, permanecía la sospecha de que las personas como yo ocupábamos un lugar incómodo en el corazón de la Iglesia… y quizá también en el de Dios.

No nací pensando eso. Me lo fueron enseñando.

Poco a poco. Sin necesidad de grandes discursos. Bastaba escuchar determinadas bromas, ciertos silencios, algunas homilías. Bastaba la forma en que se pronunciaba la palabra “homosexual”, casi siempre asociada a pecado, desorden o peligro. Uno termina interiorizando que debe esconder algo para ser querido. Incluso delante de Dios.

Por eso este Evangelio me desarma. Porque Jesús no dice: “Dios amó a los perfectos”. Ni siquiera dice: "Dios amó a quienes encajaban”. Dice: “Dios amó al mundo”. Y yo estoy dentro de ese mundo.

También nosotros. También nosotras. Y nosotres.
Las personas LGBTIQ+ no somos un error dentro de la creación de Dios ni una nota incómoda al margen del Evangelio. Somos parte de ese mundo amado hasta el extremo.

Parece algo sencillo. Pero llegar a creerlo de verdad puede costar una vida entera.

Hay personas heterosexuales creyentes que nunca tendrán que preguntarse si Dios siente rechazo hacia ellas por amar. Nunca entrarán en una iglesia preguntándose si las lecturas, la homilía o los comentarios de después pondrán en duda su dignidad. Nunca tendrán que medir gestos, silencios o afectos para evitar convertirse en motivo de sospecha dentro de su propia comunidad cristiana.

Nosotros sí. Y eso deja heridas. Heridas espirituales muy profundas, aunque a veces la Iglesia no quiera mirarlas de frente.

Con los años he comprendido que muchas personas LGBTIQ+ creyentes vivimos la fe sosteniéndonos casi únicamente sobre una intuición: que Jesús tiene que parecerse más al amor que al miedo. Más a la misericordia que al juicio. Más a la acogida que a la vigilancia moral constante sobre nuestras vidas.

Porque, sinceramente, si yo hubiera creído del todo algunos discursos religiosos que escuché durante años, habría terminado alejándome de Dios para sobrevivir.

Y aquí aparece algo que me parece decisivo en este texto:
“Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para salvarlo”.

Qué lejos queda eso de ciertas actitudes eclesiales.

A veces da la impresión de que algunas personas dentro de la Iglesia sienten auténtica obsesión por juzgar las vidas ajenas, especialmente las relacionadas con la sexualidad. Como si el centro del Evangelio fuera controlar cuerpos, afectos o identidades. Mientras tanto, cuestiones gravísimas —el abuso de poder, la manipulación espiritual, el silenciamiento de víctimas, determinadas dinámicas de encubrimiento— son tratadas muchas veces con una delicadeza institucional que jamás se tiene hacia las personas LGBTIQ+.

Y eso produce escándalo. Escándalo verdadero.

Porque cuando una comunidad cristiana habla más de “desviaciones” que de misericordia, más de normas que de personas heridas, más de miedo que de amor, termina alejándose peligrosamente del corazón del Evangelio.

Lo digo con dolor, no con odio.

Yo amo a la Iglesia. Quizá precisamente por eso me duele tanto verla incapaz muchas veces de reconocer el sufrimiento que ha provocado en tantas personas homosexuales, lesbianas, bisexuales o trans creyentes. Personas que no perdieron la fe por falta de Dios, sino por exceso de desprecio religioso.

Y aun así, aquí seguimos. Algunos después de abandonar durante años. Otros resistiendo desde dentro en silencio. Muchas personas sosteniéndose únicamente sobre esa certeza íntima de que Cristo no puede rechazar a quien ama sinceramente.

Porque al final la pregunta importante no es si las personas LGBTIQ+ cabemos en la Iglesia. La pregunta verdadera es otra: ¿puede la Iglesia anunciar creíblemente el amor de Dios mientras sigue haciendo sentir indignas a tantas hijas e hijos suyos?

A mí me salvó descubrir que Jesús no vino a confirmar el rechazo que otros habían colocado sobre mi vida. Vino precisamente a romperlo. Y desde entonces leo este Evangelio casi como quien escucha una voz dirigida personalmente a su propia historia: “Tanto amó Dios al mundo…”

Incluso cuando algunos intentaron convencerme de lo contrario. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

mayo 22, 2026

CCXI. ÉL SIGUE ENTRANDO



Sobre
Juan 20, 19-23

Siempre me impresionó esa escena de los discípulos encerrados. Las puertas atrancadas. El miedo ocupándolo todo. El silencio pesado de quien siente que fuera hay amenaza. Quizá me toca tanto porque conozco bien esa sensación.

Las personas LGBTIQ+ aprendemos muy pronto a vivir así. A cerrar puertas antes incluso de que alguien intente abrirlas. Muchas veces no hace falta una agresión directa. Basta escuchar determinadas palabras desde niño, captar ciertas miradas en la parroquia o comprobar cómo se habla de nosotros y nosotras en algunos ambientes religiosos. Poco a poco uno entiende qué partes de sí mismo conviene esconder para poder seguir siendo aceptado.

Yo también tuve mi habitación cerrada.

Mi armario no fue solo el lugar donde escondía mi orientación sexual. Fue también el sitio donde intenté proteger mi fe. Porque durante mucho tiempo tuve miedo de que, si alguien descubría quién era realmente, terminarían arrebatándome incluso a Jesús. Y eso sí me habría roto por dentro.

Por eso me parece tan importante que el Evangelio diga claramente que los discípulos estaban encerrados “por miedo”. No por cobardía. No porque fueran peores creyentes. Por miedo. A veces olvidamos lo que el miedo puede hacer en una persona. Cómo te obliga a medir palabras, gestos, silencios. Cómo termina convirtiéndose en una forma de supervivencia.

Especialmente cuando sabes que fuera hay gente dispuesta a herirte en nombre de Dios.

Pienso muchas veces en la cantidad de personas LGBTIQ+ creyentes que siguen viviendo así dentro de la Iglesia. Hombres, mujeres, jóvenes, personas adultas… agotadas de vigilar cada detalle de sus vidas para no perder su sitio en la comunidad, su trabajo pastoral, su familia o simplemente la posibilidad de seguir sintiéndose parte de algo.

Lo más doloroso es comprobar que quienes exigen transparencia absoluta sobre nuestras vidas suelen pertenecer a instituciones que después gestionan otros silencios de forma muy distinta.

Estos días volvemos a escuchar noticias que producen una tristeza enorme: responsables religiosos que piden perdón mientras, al mismo tiempo, parecen más preocupados por contener el escándalo o controlar el relato que por acompañar honestamente a quienes han sido heridos. Y quienes hemos pasado media vida escondiéndonos reconocemos enseguida esa lógica. Sabemos perfectamente cómo funciona un sistema cuando considera peligrosa la verdad.

Por eso duele tanto escuchar determinadas palabras sobre pureza, escándalo o moral sexual mientras tantas otras cosas permanecen cuidadosamente protegidas bajo silencio.

Con los años he llegado a pensar que el verdadero problema nunca fue únicamente el sexo. El problema es el poder. Poder para decidir quién puede vivir a la luz y quién debe seguir oculto. Quién merece comprensión y quién será reducido siempre a una etiqueta moral.

En medio de esa habitación cerrada aparece Jesús.

Eso es lo que más me conmueve del relato.

No se queda fuera esperando a que abran. No exige valentía previa. No pide explicaciones. Simplemente atraviesa el miedo y se coloca en medio.

“Paz a vosotros”.

No sé si existe una frase más necesaria para tantas personas LGBTIQ+ creyentes.

Paz para quien creció sintiéndose defectuoso. Paz para quien todavía vive escondido. Paz para quienes continúan amando a una Iglesia que demasiadas veces solo parece tolerarlos mientras permanezcan invisibles.

Después sucede algo precioso: Jesús muestra las heridas.

No las tapa. No las disimula.

El Resucitado sigue herido.

Y ahí hay algo profundamente incómodo para la propia Iglesia. Porque una comunidad obsesionada con proteger apariencias, ocultar heridas o exigir silencio termina pareciéndose muy poco al Evangelio que anuncia.

Jesús resucitado no necesita esconder sus cicatrices para sostener la fe de los suyos.

Quizá por eso sigo aquí.

No porque ignore las contradicciones. Las veo demasiado bien. Tampoco porque todo deje de doler. Hay cosas que siguen doliendo muchísimo. Continúo aquí porque, incluso en medio de tantas sombras, sigo reconociendo una presencia que no coincide con ciertos discursos. La de un Jesús que nunca me pidió convertirme en otra persona para acercarme a Él.

Y quizá ahí empieza realmente la Resurrección.

No cuando desaparece el miedo de golpe, sino cuando descubres que ni siquiera el miedo puede impedirle entrar. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

mayo 16, 2026

CCX. DONDE CALLAN, ÉL PERMANECE


Sobre
Mateo 28, 16-20


Hay algo profundamente desconcertante en este final del Evangelio de Mateo. Jesús reúne a los suyos en una montaña de Galilea, después de la muerte, después del miedo, después de las traiciones. Y el texto dice algo que siempre me conmueve porque me parece brutalmente humano: “al verlo, lo adoraron; aunque algunos dudaron”.

Algunos dudaron.

No estaban fuera del grupo. No eran enemigos. No eran menos discípulos. Estaban allí… y dudaban.

Durante años me aferré a esa frase casi como quien se agarra a una barandilla para no caer. Porque yo también he vivido la fe desde la duda. No la duda de Dios, curiosamente. Esa casi nunca la tuve del todo. Mi duda era otra: si de verdad había sitio para mí dentro de una Iglesia que tantas veces parecía hablar de las personas como yo sin habernos mirado nunca a los ojos.

Crecí escuchando que mi forma de amar era un problema. Que mi afectividad debía vivirse escondida, corregida o reprimida. Y llega un momento en que una persona termina agotada de tener que justificarse incluso delante de Dios. Por eso entiendo tan bien a quienes se marcharon. A quienes dejaron de entrar en una iglesia porque ya no soportaban escuchar cómo se hablaba de ellos y ellas desde púlpitos donde jamás se nombraba su sufrimiento real.

Lo que pasa es que yo nunca conseguí irme del todo.

Porque, pese a todo, seguía habiendo algo en Jesús que no coincidía con la dureza de algunos discursos. Había una manera suya de acercarse a la gente herida, excluida o impura que hacía imposible pensar que Él pudiera rechazarme. Y esa intuición me salvó muchas veces.

Por eso este Evangelio me parece tan importante para las personas LGBTIQ+ creyentes. Porque Jesús no entrega la misión a personas perfectas ni seguras. La entrega a una comunidad frágil, atravesada todavía por el miedo y por la duda. Y aun así, confía en ellas.

Eso cambia completamente la mirada.

Porque entonces la fe deja de ser un premio para quienes cumplen determinados requisitos morales o afectivos. La fe se convierte en llamada. En presencia. En envío.

“Id y haced discípulos” nunca significó construir una aduana espiritual donde unas personas pudieran entrar y otras no. Nunca significó levantar estructuras obsesionadas con controlar cuerpos, afectos o identidades mientras se olvidan cuestiones mucho más graves: el abuso de poder, la manipulación de las conciencias, el silenciamiento de las víctimas o el miedo institucional a la verdad.

Y aquí es imposible no sentir vergüenza y rabia cuando, una vez más, salen a la luz voces de responsables eclesiales pidiendo perdón mientras al mismo tiempo parecen más preocupados por contener el escándalo y proteger silencios que por cuidar de verdad a quienes han sido heridos. Quienes hemos vivido años escondiendo partes de nuestra vida reconocemos enseguida esa lógica. Sabemos perfectamente cómo funciona una institución cuando considera que la verdad resulta peligrosa.

Por eso duele tanto.

Porque mientras se pide a las personas LGBTIQ+ transparencia absoluta sobre su intimidad, sinceridad total sobre sus afectos y una vigilancia permanente sobre sus vidas, demasiadas veces la propia institución sigue manejándose desde la opacidad, el miedo y la protección de determinadas imágenes de poder.

Y eso no es solo incoherencia. Es pecado.

Pecado contra el Evangelio. Pecado contra la verdad. Pecado contra personas concretas.

A veces pienso que una parte de la Iglesia tiene miedo de Jesús. Del verdadero. Del que se acercaba demasiado a quienes no debía. Del que rompía seguridades religiosas para poner en el centro la dignidad humana. Del que jamás convirtió la pureza moral en condición previa para amar.

Porque cuando una institución necesita silenciar heridas para protegerse, ya no se parece demasiado al Evangelio.

Y aun así, aquí seguimos.

No porque no veamos las contradicciones. Las vemos demasiado bien. No porque no duela. Duele muchísimo. Seguimos aquí porque, incluso entre tanta fragilidad, seguimos reconociendo su voz.

La de Jesús.

La que nunca me pidió dejar de ser quien soy para poder acercarme. La que me sostuvo cuando el miedo era más grande que la esperanza. La que me enseñó que también yo podía subir a esa montaña, aunque llegara con dudas.

Y quizá eso sea lo más revolucionario de este texto.

Que Jesús no esperó a que desaparecieran las dudas para quedarse con los suyos. Tampoco espera hoy a que resolvamos todas nuestras contradicciones para seguir caminando con nosotros y nosotras.

“Yo estoy con vosotros todos los días”.

También en los márgenes.
También en los armarios.
También entre quienes la institución preferiría invisibles.

Y quizá ahí, precisamente ahí, es donde más claramente sigue estando. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».