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julio 06, 2025

CLXXVI. SEÑOR, ESTA MIES ESPERA


Sobre
 Lucas 10, 1-12.17-20


Durante mucho tiempo este pasaje de los Evangelios me pareció desconcertante. Por una parte no podía imaginar que fuese dirigido a mí ni a nadie como yo. Más bien me sentía indigno de estar entre los enviados a ningún sitio en nombre del Señor. Ni tan siquiera en los años en los que fui catequista, y mis labios pronunciaban la Palabra y la interpretaban con fidelidad para que los jóvenes comprendiesen qué quería el Señor de ellos –y a veces lo comprendiesen mejor de lo que yo mismo lo hacía. Ni siquiera entonces concebía que pudiese estar llamado a algo más que a ser un figurante discreto, precavido y celoso de que nadie supiese qué sentía y vivía en mi interior.


Por otro lado, soñaba con que esta Palabra de Jesús me incorporara al anuncio en igualdad de condiciones que el resto de las personas. Por supuesto, en mi corazón me sentía parte de los obreros que estaban llamados a trabajar en la mies. Pero al mismo tiempo, continuos mensajes me hacían pensar que si estaba en la nómina de quienes trabajaban el campo era solamente porque no me conocían a mí, sino al papel de heterosexual que interpretaba. 

Era un gran actor, como casi todas las personas LGBTIQ+ lo han sido en algún momento de sus vidas. Por eso, tal y como he contado alguna vez, un día dejé la mies. De repente me sentí un farsante. Me pillé haciendo trampas, afirmando todo lo que ya no sentía. Es una extraña sensación de miedo y fracaso, de llegar al límite, de enojo y hastío, de querer romper con una larga historia de temor y dolor, de llorar mucho y llorar a solas, y todo ello te empuja a dar el salto al vacío. Quería ser yo y por un momento pensé que dejar a Dios a un lado podría ser la solución. Al fin y al cabo la mies es mucha, los obreros pocos, pero en todo caso los dueños del campo no iban a dejar que alguien como yo trabajase en la cosecha una vez saliera del armario.


Cuando Lucas habla de los setenta y dos que son enviados, se está refiriendo a la totalidad de la humanidad. Es conocido el valor simbólico del número siete y según esto, Jesús llama a todas las naciones de la Tierra a la misión, a cada una de las mujeres y a cada uno de los hombres que la habitamos. ¿Cómo hacer excepciones?

Cuando me fui y me adentré en el desierto no era consciente de que esas excepciones no las estaba haciendo Dios, ni tan siquiera –ahora lo sé– las hacían los hermanos más intransigentes de la Iglesia, ni su doctrina ni su catecismo. Yo era quien me excluía, quien me quitaba de en medio y asumía sin más que no era digno de entrar en la casa del Padre. De hecho inicié una tensa relación con Dios, plagada de reproches y exigencias. Cerré mi corazón y ninguno de mis sentidos fue capaz de reconocer a quienes el Señor enviaba para recuperarme. Rechazaba su paz, incapaz de interiorizarla. No les ofrecí de comer ni les di alojamiento, ciego ante su intención de convocarme al hogar cálido de Jesús.


Muchas personas LGBTIQ+ cristianas salimos del armario cargadas de rencor y resentimiento, e invariablemente aliviamos nuestra furia disparando contra la Iglesia y también contra el propio Dios. Rechazamos el necesario acompañamiento porque nos empoderamos al estrenar una visibilidad que no sabemos encauzar de forma realmente positiva cuando la arrogamos de derechos y olvidamos los deberes. Destruimos el armario al mismo tiempo que elevamos la muralla del victimismo. Confieso que todo eso me sucedió y fue porque dejé a Dios fuera de mi vida y sólo trataba con Él para reprocharle el miedo y el dolor que había experimentado a lo largo de mi historia.

Creo que muchas personas LGBTIQ+ cristianas se quedan en este punto preciso de relación con Dios, porque no logran superar el aborrecimiento a la Iglesia y por ende la indiferencia ante la persona de Jesús, pero también porque los obreros que trabajan en la mies no siempre son tal como Jesús pretendía, no siempre desean y ofrecen la paz y no son capaces de ofrecer un diálogo en el que la generosidad del Evangelio provoque una conversión de los corazones, curando las heridas hasta que estén completamente sanadas.


Quienes hemos tenido la gracia de conocer a alguno de los setenta y dos enviados, y que además supiera ser tan paciente y misericordioso como el Padre del hijo menor, gozamos ahora de suficientes recursos para dar la paz y construir Iglesia desde la gratuidad. Gratuidad que solo podemos ofrecer quienes anteriormente luchamos por mantener viva nuestra fe, incluso hasta cuando la perdimos.

Hace años este texto del Evangelio me perturbaba pero hoy me hace sentir parte de la misión. Pertenezco a una Realidad singular, formada por quienes estamos en una de las fronteras más controvertidas de la Iglesia. El Colectivo LGBTIQ+ es tierra de misión, y necesitamos —rogamos— que el Señor envíe obreros a esta mies, pero obreros leales al Evangelio, generosos, misericordiosos. Que vengan sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, que porten la paz, que sepan compartir, que sepan escuchar, que sepan sanar. Porque esta frontera es también tierra de acogida, donde acuden heridos quienes perdieron la esperanza pero la recuerdan, y están ansiosos por escuchar la voz del Pastor llamándoles por su nombre. Bien hacen los obreros de esta mies en entrar descalzos, porque este es lugar sagrado en el que Dios ha puesto sus ojos.


Cada vez más, nuestras historias hablan de una experiencia especial, sorprendente, misteriosa y única con el Padre. Por eso somos igualmente sujeto de misión, y no tanto objeto de misión. Las personas cristianas LGBTIQ+ hemos sido el hombre herido pero estamos llamados a ser el buen samaritano. Dando el ciento por uno. Ofreciendo bien por mal. Olvidando ofensas. Perdonando. En eso conocerán que realmente somos hijas e hijos de Dios.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía:
«La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino.
Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa.
Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles:
“El reino de Dios ha llegado a vosotros”.
Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado”.
Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad».
Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo:
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
Él les dijo:
«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

diciembre 14, 2024

CLXII NARRAR LA ALEGRÍA


Sobre
Lucas 3, 10-18


No se puede entender el texto del evangelio de hoy sin antes interiorizar las lecturas de Sofonías y de San Pablo a los Filipenses que lo acompañan en la liturgia del tercer domingo de Adviento. En ambas se nos transmiten mensajes de esperanza que parecen dirigidos con certeza a todos los colectivos que, de una u otra forma, vivimos en las fronteras de la Iglesia. 

En la primera deja claro que Dios nos ama y que esa verdad ha de ser la razón por la que hemos de estar alegres. En la segunda, San Pablo igualmente nos exhorta a estar contentos y nos anima a no preocuparnos, porque nuestras necesidades las conoce el Señor y serán escuchadas.


Tristemente, aún hay muchas personas LGBTIQ+ creyentes que no son capaces de creer absolutamente en nada de eso. Ni sienten razones para estar alegres, ni tienen indicios de que Dios les ame. Desde luego están demasiado agobiadas pensando que al final de sus días acabarán condenadas, porque no son como el Padre de los cielos quiere que sean sus hijas e hijos. Así es como sus educadores y sus pastores interpretaron para ellas y ellos la Palabra. Es así como se provoca el distanciamiento hacia el Padre.


Desde mi experiencia de vida, no entendí la trascendencia de todo lo que Sofonías, Pablo y Juan Bautista anuncian hasta que me empapé del amor de Dios, hasta que me reconocí hijo querido suyo, y hasta que me alegré en Él y aprendí a confiar mis necesidades poniéndolas en sus manos, dejándome hacer en su voluntad.

No en vano fui capaz de separar mi fe en Dios de la religión y la doctrina angustiosa, antes de que ambas provocaran que esa débil fe con la que atravesé el desierto se esfumara. Y lo hice yéndome al pedregal de Juan Bautista, al silencio donde, si logras callar la tormenta, descubres que la voz de Dios no está en los truenos sino en la débil brisa que susurra y te roza el rostro. Allí me dejé llevar como en el canto de Oseas: me dejé seducir y dejé que hablara a mi corazón.


Esperé a reencontrarme con mi Creador para salir del armario. Creo que necesitaba tranquilizar mi alma y recuperar al Dios que perdí de pequeño, antes de quitarme el disfraz y ser de una vez por todas yo mismo. Cuando me sentí amado por Dios empecé a vivir la alegría del Evangelio y fui capaz de confiar en su corazón mis preocupaciones, desvaneciéndose cada una de ellas. Es justo en ese momento cuando el mensaje de Juan Bautista tiene sentido.

Porque en definitiva, lo que Juan anuncia es lo que yo había experimentado en esa desesperada "reconversión" en la que recuperé la fe que me había sido pervertida y secuestrada cuando que era un crío.


Las personas LGBTIQ+ cristianas no salimos del armario y continuamos con nuestras vidas con total normalidad, como si no hubiese pasado nada. Más bien nos ocurre como cuenta el evangelista. Hacemos en voz alta la misma pregunta que aquellas gentes: ¿y ahora qué debemos hacer?

Juan tiene una respuesta para cada realidad concreta. En mi caso, al principio tropezando, después orando mucho, intuí qué quería Dios de mí, qué había de hacer. Y esa intuición en cuanto a lo que el Padre espera, coincide con la de la mayoría de mujeres y hombres LGBTIQ+ cristianas que pasan por esta experiencia, es decir, poner en valor nuestras historias, contar cómo Dios ha dado sentido a nuestras vidas y narrar de qué manera y con cuánta generosidad nos ama tal como somos.


Después de todo, contar cómo Dios es fuente de alegría en mi vida es el preámbulo de lo que Juan anuncia, cuando se coloca a un lado para dar protagonismo a Jesús. El que viene es más fuerte, dice Juan. Cristo es quien de verdad enciende el corazón y facilita que el fuego del Espíritu sea el auténtico bautismo que convierte los corazones. Definitivamente desaparece la tristeza, no hay más dolor, todo tiene sentido.

Las mujeres y los hombres LGBTIQ+ cristianos estamos llamados a ser nosotros mismos, sin miedo. Solo desde nuestra sincera realidad, confiadas y confiados en el Señor, seremos instrumentos eficaces en el anuncio de la Buena Noticia. Nadie como nosotros —que con tanto esfuerzo conservamos la fe en lámparas encendidas y guardamos suficiente aceite para que no nos faltara luz—, nadie pues como nosotros sabe lo que significa estar al borde del camino y ser rescatados, curados, abrazados, valorados como obras perfectas del Creador. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan:

«¿Entonces, qué debemos hacer?»
Él contestaba:
«El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».
Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:
«Maestro, ¿qué debemos hacemos nosotros?»
Él les contestó:
«No exijáis más de lo establecido».
Unos soldados igualmente le preguntaban:
«Y nosotros, ¿qué debemos hacer nosotros?»
Él les contestó:
«No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga».
Como el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos:
«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga».
Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al pueblo el Evangelio.

agosto 21, 2023

LXXII ESTA MIES ESPERA, SEÑOR

Sobre Lucas 10, 1-9



Durante mucho tiempo este pasaje de los Evangelios me pareció desconcertante. Por una parte no podía imaginar que fuese dirigido a mí ni a nadie como yo. Más bien me sentía indigno de estar entre los enviados a ningún sitio en nombre del Señor. Ni tan siquiera en los años en los que fui catequista, y mis labios pronunciaban la Palabra y la interpretaban con fidelidad para que los jóvenes comprendiesen qué quería el Señor de ellos –y a veces lo comprendiesen mejor de lo que yo mismo lo hacía. Ni siquiera entonces concebía que pudiese estar llamado a algo más que a ser un figurante discreto, precavido y celoso de que nadie supiese qué sentía y vivía en mi interior.


Por otro lado soñaba con que esta Palabra de Jesús me incorporara al anuncio en igualdad de condiciones que el resto de las personas. Por supuesto, en mi corazón me sentía parte de los obreros que estaban llamados a trabajar en la mies. Pero al mismo tiempo continuos mensajes me hacían pensar que si estaba en la nómina de quienes trabajaban el campo era solamente porque no me conocían a mí, sino al papel de heterosexual que interpretaba. Era un gran actor, como casi todas las personas LGBTIQ+ lo han sido en algún momento de sus vidas. Por eso, tal y como he contado alguna vez, un día dejé la mies. De repente me sentí un farsante. Me pillé haciendo trampas, afirmando todo lo que ya no sentía. Es una extraña sensación de miedo y fracaso, de llegar al límite, de enojo y hastío, de querer romper con una larga historia de temor y dolor, de llorar mucho y llorar a solas, y todo ello te empuja a dar el salto al vacío. Quería ser yo y por un momento pensé que dejar a Dios a un lado podría ser la solución. Al fin y al cabo la mies es mucha, los obreros pocos, pero en todo caso los dueños del campo no iban a dejar que alguien como yo trabajase en la cosecha una vez saliera del armario.


Cuando Lucas habla de los setenta y dos que son enviados, se está refiriendo a la totalidad de la humanidad. Es conocido el valor simbólico del número siete y según esto, Jesús llama a todas las naciones de la Tierra a la misión, a cada una de las mujeres y a cada uno de los hombres que la habitamos. ¿Cómo hacer excepciones?

Cuando me fui y me adentré en el desierto no era consciente de que esas excepciones no las estaba haciendo Dios, ni tan siquiera –ahora lo sé– las hacían los hermanos más intransigentes de la Iglesia, ni su doctrina ni su catecismo. Yo era quien me excluía, quien me quitaba de en medio y asumía sin más que no era digno de entrar en la casa del Padre. De hecho inicié una tensa relación con Dios, plagada de reproches y exigencias. Cerré mi corazón y ninguno de mis sentidos fue capaz de reconocer a quienes el Señor enviaba para recuperarme. Rechazaba su paz, incapaz de interiorizarla. No les ofrecí de comer ni les di alojamiento, ciego ante su intención de convocarme al hogar cálido de Jesús.


Muchas personas LGBTIQ+ cristianas salimos del armario cargadas de rencor y resentimiento, e invariablemente aliviamos nuestra furia disparando contra la Iglesia y también contra el propio Dios. Rechazamos el necesario acompañamiento porque nos empoderamos al estrenar una visibilidad que no sabemos encauzar de forma realmente positiva cuando la arrogamos de derechos y olvidamos los deberes. Destruimos el armario al mismo tiempo que elevamos la muralla del victimismo. Confieso que todo eso me sucedió y fue porque dejé a Dios fuera de mi vida y sólo trataba con Él para reprocharle el miedo y el dolor que había experimentado a lo largo de mi historia.

Creo que muchas personas LGBTIQ+ cristianas se quedan en este punto preciso de relación con Dios, porque no logran superar el aborrecimiento a la Iglesia y por ende la indiferencia ante la persona de Jesús, pero también porque los obreros que trabajan en la mies no siempre son tal como Jesús pretendía, no siempre desean y ofrecen la paz y no son capaces de ofrecer un diálogo en el que la generosidad del Evangelio provoque una conversión de los corazones, curando las heridas hasta que estén completamente sanadas.


Quienes hemos tenido la gracia de conocer a alguno de los setenta y dos enviados, y que además supiera ser tan paciente y misericordioso como el Padre del hijo menor, gozamos ahora de suficientes recursos para dar la paz y construir Iglesia desde la gratuidad. Gratuidad que solo podemos ofrecer quienes anteriormente luchamos por mantener viva nuestra fe, incluso hasta cuando la perdimos.

Hace años este texto del Evangelio me perturbaba pero hoy me hace sentir parte de la misión. Pertenezco a una Realidad singular, formada por quienes estamos en una de las fronteras más controvertidas de la Iglesia. El Colectivo LGBTIQ+ es tierra de misión, y necesitamos —rogamos— que el Señor envíe obreros a esta mies, pero obreros leales al Evangelio, generosos, misericordiosos. Que vengan sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, que porten la paz, que sepan compartir, que sepan escuchar, que sepan sanar. Porque esta frontera es también tierra de acogida, donde acuden heridos quienes perdieron la esperanza pero la recuerdan, y están ansiosos por escuchar la voz del Pastor llamándoles por su nombre. Bien hacen los obreros de esta mies en entrar descalzos, porque este es lugar sagrado en el que Dios ha puesto sus ojos.


Cada vez más, nuestras historias hablan de una experiencia especial, sorprendente, misteriosa y única con el Padre. Por eso somos igualmente sujeto de misión, y no tanto objeto de misión. Las personas cristianas LGBTIQ+ hemos sido el hombre herido pero estamos llamados a ser el buen samaritano. Dando el ciento por uno. Ofreciendo bien por mal. Olvidando ofensas. Perdonando. En eso conocerán que realmente somos hijas e hijos de Dios.



Después de esto designó el Señor a otros setenta [y dos] y los envió por delante, de dos [en dos], a todas las ciudades y lugares adonde pensaba ir. Les decía: —La mies es abundante pero los braceros son pocos. Rogad al amo de la mies que envíe braceros a su mies. Marchad, que yo os envío como ovejas entre lobos. No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias. Por el camino no saludéis a nadie. Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Si hay allí gente de paz, descansará sobre ella vuestra paz. De lo contrario, tornará a vosotros. Quedaos en esa casa, comiendo y bebiendo lo que haya; pues el trabajador tiene derecho a su sustento. No paséis de casa en casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed de lo que os sirvan. Sanad a los enfermos que haya y decidles: Ha llegado a vosotros el reinado de Dios.

julio 25, 2023

XLVI NARRAR LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO

Sobre Lucas 3, 10-18



Las personas LGBTIQ+ cristianas -todas las personas, pero mujeres y hombres LGBTIQ+ especialmente, por nuestra historia colectiva- no podemos entender en plenitud el texto del evangelio de hoy sin antes interiorizar las lecturas de Sofonías y de San Pablo a los Filipenses que lo acompañan en la liturgia del tercer domingo de Adviento. En ambas se nos transmiten mensajes de esperanza que parecen dirigidos con certeza a todos los grupos que, de una u otra forma, vivimos en las fronteras de la Iglesia. En la primera deja claro que Dios nos ama y que esa verdad ha de ser la razón por la que hemos de estar alegres. En la segunda, San Pablo igualmente nos exhorta a estar contentos y nos anima a no preocuparnos, porque nuestras necesidades las conoce el Señor y serán escuchadas.


Cuando era un chaval, y aún siendo adulto, no me creía absolutamente nada de eso. Ni tenía razones para estar alegre, ni había indicios de que Dios me amara, y desde luego estaba muy agobiado pensando que al final de mis días acabaría condenado, porque yo no era como el Padre de los cielos quería que fueran sus hijos, tal y como mis educadores interpretaban la Palabra para mí.

No comprendí la trascendencia de todo lo que Juan Bautista dice hasta que me empapé del amor de Dios, hasta que me reconocí hijo querido suyo, y hasta que me alegré en Él y aprendí a confiar mis necesidades poniéndolas en sus manos, dejándome hacer en su voluntad.


No en vano fui capaz de separar mi fe en Dios de la religión y la doctrina angustiosa, antes de que ambas provocaran que esa débil fe desapareciera por completo. Y lo hice yéndome al desierto de Juan Bautista, al silencio donde, si logras callar la tormenta, descubres que la voz de Dios no está en los truenos sino en la débil brisa que susurra y te roza el rostro. Allí me dejé llevar como en el canto de Oseas: me dejé seducir y dejé que hablara a mi corazón.

Esperé a reencontrarme con mi Creador para salir del armario. Creo que necesitaba tranquilizar mi alma y recuperar al Dios que perdí de pequeño, antes de quitarme el disfraz y ser de una vez por todas yo mismo. Cuando me sentí amado por Dios empecé a vivir la alegría del Evangelio y fui capaz de poner en su corazón mis preocupaciones, desvaneciéndose cada una de ellas. Es justo en ese momento cuando el mensaje de Juan Bautista tiene sentido.


Porque en definitiva, lo que Juan anuncia es lo que yo había experimentado en esa desesperada "reconversión" en la que recuperé la fe que me había sido pervertida y secuestrada cuando que era un crío.

Las personas LGBTIQ+ cristianas no salimos del armario y continuamos con nuestras vidas con total normalidad, como si no hubiese pasado nada. Más bien nos ocurre como cuenta el evangelista. Hice en voz alta la misma pregunta que aquellas gentes: ¿y ahora qué debo hacer?

Juan tiene un dictamen para cada realidad concreta. Yo no obtuve una respuesta personal, sino que -al principio tropezando, después orando mucho- intuí qué quería Dios de mí, qué había de hacer. Y esa intuición en cuanto a lo que el Padre espera, coincide con la de la mayoría de mujeres y hombres LGBTIQ+ cristianas que pasan por esta experiencia, es decir, poner en valor mi historia, contar cómo Dios ha dado sentido a mi vida y narrar de qué manera y con cuánta generosidad me ama tal como soy.


Después de todo, contar cómo Dios es fuente de alegría en mi vida es el preámbulo de lo que Juan anuncia, cuando se coloca a un lado para dar protagonismo a Jesús. Cristo es quien de verdad enciende el corazón y facilita que el fuego del Espíritu sea el auténtico bautismo que convierte los corazones. Definitivamente desaparece la tristeza, no hay más dolor, todo tiene sentido.

Las mujeres y los hombres LGBTIQ+ cristianos estamos llamados a ser nosotros mismos, sin miedo. Solo desde nuestra sincera realidad, confiadas y confiados en el Señor, seremos instrumentos eficaces en el anuncio de la Buena Noticia. Nadie como nosotros, -que con tanto esfuerzo conservamos la fe en lámparas encendidas y guardamos suficiente aceite para que no nos faltara luz-, nadie pues como nosotros sabe lo que significa estar al borde del camino y ser rescatados, curados, abrazados, valorados como obras perfectas del Creador.



En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: "¿Entonces, qué hacemos?" Él contestó: "El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo." Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: "Maestro, ¿qué hacemos nosotros?" Él les contestó: "No exijáis más de lo establecido." Unos militares le preguntaron: "¿Qué hacemos nosotros?" Él les contestó: "No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga." El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: "Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizara con Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga." Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba el Evangelio.