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abril 29, 2026

CCVIII. NO TENGAS MIEDO


Sobre
Juan 14, 1-12 


Durante mucho tiempo creí —o mejor, me hicieron creer— que yo no podía seguir a Jesús. Que mi forma de amar me colocaba fuera de su camino. Y uno, cuando escucha eso tantas veces, acaba por instalarlo dentro. No como una idea pasajera, sino como una certeza que pesa. Así fui viviendo, durante años, sostenido por una fe que no desaparecía, pero herida por una sospecha constante: quizá yo no tenía lugar.

Y sin embargo, había algo que no encajaba. Una intuición silenciosa, persistente, que me decía que Jesús no podía ser así. Que no podía rechazarme. Que lo que escuchaba en algunos púlpitos no terminaba de coincidir con lo que yo intuía de Él. No sabía explicarlo, pero estaba ahí. Como una pequeña luz que no se apagaba.

Por eso este pasaje de Juan me resulta tan decisivo. No tanto por las grandes afirmaciones que vienen después —el camino, la verdad, la vida—, sino por esas primeras palabras que, si no se entienden bien, lo demás se desmorona: “No os turbéis. No tengáis miedo. Creed en Dios y creed también en mí”.

Yo necesitaba eso. No una doctrina más. No una norma mejor formulada. Necesitaba que alguien me devolviera la calma. Que me dijera que no estaba condenado, que no estaba fuera, que no tenía que esconderme para poder creer.

Porque cuando te han hecho sentir desheredado de Dios, lo primero que se rompe no es la fe, sino la confianza. Y sin confianza, todo lo demás suena hueco.

He pensado muchas veces qué habría pasado si hubiera dejado de escuchar esa voz interior que me pedía no tener miedo. Si hubiera creído del todo que no había camino para mí. Probablemente habría abandonado. No solo la Iglesia. También a Jesús.

Y sin embargo, no fue así.

Porque hubo un momento —no inmediato, no fácil— en que entendí que esas palabras no eran para otros. Eran para mí. “No tengas miedo. Confía.” Y ahí empezó algo nuevo. No una seguridad perfecta, sino una manera distinta de caminar.

Luego sí, vinieron las preguntas. Como las de Tomás. Como las de Felipe. ¿Por dónde? ¿Cómo? ¿Dónde está el Padre? Y me reconozco en ellas. Porque también yo he tenido momentos de no entender nada, de no ver lo evidente, de sentirme perdido incluso dentro de la fe.

Pero el Evangelio no ridiculiza esas dudas. Las acoge. Y las sitúa en un camino.

Jesús no dice: “entendedlo todo y luego venid”. Dice: “confiad”. Y eso, en una vida atravesada por el miedo, lo cambia todo.

Porque cuando el miedo empieza a caer, aparece algo inesperado: la libertad. No una libertad sin conflictos, sino una libertad real para vivir sin esconderse, para creer sin pedir permiso, para saberse dentro sin tener que justificarse constantemente.

Precisamente ahí es donde esta experiencia deja de ser solo personal.

Y es que no puedo olvidar que hay muchas personas LGBTIQ+ que siguen escuchando lo mismo que yo escuché. Que siguen creciendo con la idea de que no hay camino para ellas. Que siguen dudando no de Dios, sino de su lugar en Él.

Y eso tiene responsables.

Cuando la Iglesia transmite más miedo que confianza, cuando habla más de exclusión que de vida, cuando convierte el seguimiento de Jesús en un filtro en lugar de una invitación… algo esencial se pierde. No en abstracto. En personas concretas.

Por eso esta reflexión no es solo una confesión. Es también una llamada.

A quienes nunca habéis tenido que dudar de si Dios os quiere tal como sois: deteneos un momento. Escuchad estas palabras como si fueran nuevas: “No tengáis miedo”. Y preguntaos si vuestras comunidades de fe ayudan a que otras y otros puedan escucharlas así… o si, por el contrario, las habéis convertido en algo inaccesible.

Porque todo lo demás —el camino, la verdad, la vida— solo tiene sentido si empieza ahí. En alguien que, mirándote de frente, te dice: "No tengas miedo. Confía. También tú puedes venir."

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

febrero 21, 2026

CXCVII. LA TENTACIÓN


Sobre
Mateo 4, 1-11

El relato de Mateo —las tentaciones de Jesús en el desierto— no es para mí una escena piadosa que se contempla desde lejos. Es una radiografía espiritual. Ahí me reconozco. Ahí se cruzan mi fe en Jesús y mi experiencia como persona LGBTIQ+ creyente en una Iglesia que muchas veces nos ha dejado en los márgenes.

Jesús acaba de escuchar: “Tú eres mi Hijo amado”. Y justo entonces es llevado al desierto. Esto es decisivo. La certeza de ser amado no lo libra de la prueba; más bien la inaugura. Para quienes somos LGBTIQ+ dentro de la Iglesia, el desierto no es una metáfora bonita: es la sensación de estar siempre a prueba, siempre bajo sospecha, siempre invitados a justificar nuestra existencia. Y, sin embargo, la voz primera no es la que acusa; es la que llama “hijo amado”.

La primera tentación —“Si eres Hijo de Dios, convierte estas piedras en pan”— me resulta dolorosamente actual. Cuántas veces se nos ha pedido que convirtamos lo que somos en otra cosa más digerible. Que cambiemos, que ocultemos, que suavicemos, que nos hagamos invisibles para no incomodar. “Si de verdad eres cristiano…”, “Si amas a la Iglesia…”. El “si” condicional del tentador sigue resonando. Pero Jesús no acepta demostrar su identidad a costa de traicionarse. No convierte las piedras en pan para satisfacer expectativas ajenas. Yo tampoco quiero vivir mi fe como una estrategia para ser tolerado. No somos un error a corregir ni una piedra que deba transformarse para encajar en el molde.

La segunda tentación —tirarse desde el Templo— toca otra herida. El Templo es el centro religioso, el lugar del poder espiritual. ¿Cuántas personas LGBTIQ+ han sido expuestas, juzgadas o utilizadas como “casos” en debates eclesiales? Como si nuestra vida fuera un experimento teológico. El diablo cita la Escritura para justificar el salto. También hoy se nombran textos bíblicos para empujarnos al vacío. Pero Jesús se niega a poner a Dios al servicio de una lógica que hiere. No se lanza al espectáculo religioso. Y yo me niego a aceptar una espiritualidad que me obligue a saltar contra mí mismo para probar mi fidelidad.

La tercera tentación es la más cruda: poder y seguridad a cambio de adoración. Traducido a nuestra realidad: pertenencia a cambio de silencio. Aceptación a cambio de negación. Un lugar en la comunidad si no nombras quién eres, si no amas públicamente, si no cuestionas estructuras. Es una oferta real en las fronteras de la Iglesia: puedes quedarte, pero fragmentado. Puedes comulgar, pero sin voz. Puedes servir, pero sin historia. Jesús responde con una claridad que incomoda: “Al Señor tu Dios adorarás”. No adoraré ni el miedo ni el poder que excluye. No doblaré la rodilla ante una paz construida sobre nuestra invisibilidad.

La realidad LGBTIQ+ en la Iglesia sigue siendo fronteriza. Estamos dentro y fuera al mismo tiempo. Bautizados, creyentes, servidores en comunidades… pero muchas veces tratados como problema pastoral, como excepción incómoda, como tema a resolver. Y, sin embargo, seguimos aquí. No por terquedad ideológica, sino por amor a Jesús. Porque su Evangelio nos alcanzó antes que cualquier juicio. Porque sabemos que la gracia no tiene orientación ni etiqueta.

Mateo 4, 1-11 me recuerda que el desierto no es señal de abandono, sino espacio de discernimiento. Que las tentaciones no definen quién soy; lo define la voz del Padre. Y desde esa certeza quiero vivir: no pidiendo permiso para existir, no negociando mi dignidad, no renunciando a mi fe.

Soy creyente en Jesús. Soy parte de la realidad LGBTIQ+. Y no son dos identidades en guerra. Son una misma historia atravesada por la gracia. Permanecer en la Iglesia hoy, desde nuestras fronteras, es un acto profundamente evangélico: es negarse a adorar otros dioses y apostar, contra toda tentación, por el Reino que Jesús anunció. Un Reino donde nadie tiene que dejar de ser quien es para saberse hijo o hija amada de Dios.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.


febrero 07, 2026

CXCV. SER LUZ Y SER SAL


Sobre
Mateo 5, 13-16

Cuando escucho a Jesús decir “vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo”, no lo percibo como una consigna genérica dirigida a otros, sino como una palabra que me alcanza personalmente, tal como soy, también en mi identidad LGBTIQ+. En la oración, dejo que esa frase repose en mí, que descienda al lugar donde se cruzan mi fe, mis afectos y mi historia en la Iglesia. Y ahí descubro algo consolador: Jesús no dice “deberíais ser”, sino “sois”. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier ajuste, hay una confianza puesta en nosotros.

Durante mucho tiempo me costó creer que las personas LGBTIQ+ creyentes pudiéramos ser sal y luz dentro de la Iglesia. Pensaba que, con suerte, podríamos ser toleradas, discretas, casi invisibles. Pero al mirar con más hondura mi experiencia de fe, al hacer memoria de los momentos en que me he sentido más vivo espiritualmente, reconozco que precisamente ahí —en la intemperie, en la búsqueda, en la fidelidad sostenida a pesar de todo— Dios estaba actuando con más fuerza. Y eso deja una huella. Eso da sabor.

Ser sal en la Iglesia, desde mi experiencia, no significa corregir a nadie desde arriba, sino preservar lo esencial del Evangelio: la misericordia, la verdad encarnada, la dignidad de cada persona. La sal actúa en silencio, pero transforma. Muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos aprendido a amar la Iglesia sin idealizarla, a permanecer sin dejar de ser críticas, a cuidar la fe común incluso cuando no siempre hemos sido cuidadas. En ese amor perseverante hay un sabor evangélico que no debería perderse.

Y ser luz… no como quien deslumbra, sino como quien acompaña. La luz no hace ruido, pero orienta. No se impone, pero permite ver. Cuando una persona LGBTIQ+ vive su fe con sencillez, sin esconderse ni confrontar desde la herida, se convierte en una pequeña lámpara encendida en medio de muchas sombras: la sombra del miedo, de la culpa, del silencio impuesto. Esa luz no nace del orgullo, sino de una vida reconciliada, de haber hecho el camino interior de integrar fe e identidad.

Desde ahí, mi compromiso como cristiano LGBTIQ+ se va clarificando. No se trata de ocupar espacios por reivindicación, sino de habitar la Iglesia con verdad. De preguntarme cada día, con honestidad: ¿qué me acerca más al modo de Jesús?, ¿qué me da paz honda y qué me la roba?, ¿dónde soy más fiel al Evangelio? Y al reconocer esas mociones interiores, descubro que cuando vivo desde la confianza y no desde el miedo, cuando sirvo y no me escondo, cuando comparto mi fe sin justificarme, algo se ilumina también para otros.

Jesús dice que la luz sirve para que “vean vuestras obras y glorifiquen al Padre”. No para que nos miren a nosotras, a nosotros, sino para que, a través de nuestras vidas, se transparente Dios. Creo sinceramente que las personas LGBTIQ+ creyentes podemos ayudar a la Iglesia a volver a lo esencial, a gustar de nuevo la alegría del Evangelio, a ensanchar el corazón. No porque seamos mejores, sino porque hemos tenido que buscar con más profundidad, discernir con más cuidado, confiar contra muchas evidencias.

Ser sal y luz en la Iglesia hoy, como personas LGBTIQ+, es una llamada hermosa y exigente. Nos invita a vivir sin dividirnos por dentro, a ofrecer lo que somos para el bien común, a poner nuestra experiencia al servicio de una Iglesia más evangélica. Y en esa entrega, humilde pero firme, descubro que Dios sigue obrando, para su mayor gloria y para el bien de todas y de todos.


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

enero 31, 2026

CXCIV. ¡DICHOS@S! ¡BIENAVENTURAD@S!


Sobre
Mateo 5, 1-12

Subo al monte con Jesús y no lo hago desde un lugar cómodo. Llego con mi historia LGBTIQ+ a cuestas, con lo que amo y con lo que me han hecho dudar de mí mismo. Me siento entre la gente y, antes incluso de escucharle, sé que no estoy en el centro. Estoy en el borde. En ese lugar donde muchas veces la Iglesia dice “te acogemos”, pero luego te pide que no hables demasiado alto, que no nombres lo que eres, que no muestres a quién amas.

Jesús empieza diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu”. Y algo dentro de mí se remueve. Porque he aprendido a vivir con las manos abiertas, no por virtud, sino por necesidad. Cuando te han dicho que tu manera de amar es un problema, aprendes pronto que no te salvas solo. Que necesitas a Dios de verdad, no como idea, sino como refugio. Y quizá ahí, en esa pobreza impuesta, el Reino ya ha empezado a abrirse paso.

“Bienaventurados los que lloran”. Pienso en todas las lágrimas silenciosas: las que no se ven en las sacristías, las que no entran en los documentos pastorales. Las lágrimas de quienes han sido expulsados, corregidos, tolerados sin ser reconocidos. Las de quienes siguen sentados en el último banco para no molestar. Jesús no las esquiva. No las espiritualiza. Dice que serán consolados. No mañana, no cuando cambien, sino así, tal como están.

Cuando escucho “bienaventurados los mansos”, me cuesta. Porque durante mucho tiempo nos han pedido mansedumbre como sinónimo de silencio. Nos han querido dóciles, agradecidos por las migajas de acogida. Pero Jesús no habla de sumisión. Habla de una fuerza que no necesita violencia, de una dignidad que no se impone, pero tampoco se esconde. Una mansedumbre que no renuncia a la verdad.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”. Aquí siento que me nombra del todo. Porque amar como persona LGBTIQ+ en la Iglesia no es solo resistir; es comprometerse. Es no conformarse con una acogida que no transforma nada. Es desear una Iglesia donde no tengamos que pedir permiso para existir, donde no se nos exija dividir la fe y la vida. Esa hambre duele, cansa, pero Jesús la llama bienaventuranza.

“Bienaventurados los misericordiosos”. Pienso en la paradoja: tantas veces hemos tenido que ser misericordiosos con una Iglesia que no siempre lo ha sido con nosotros. Hemos aprendido a mirar con compasión a quienes nos rechazan, a entender sus miedos, sus límites. Y aun así, seguimos pidiendo algo sencillo: no tolerancia, sino reconocimiento; no silencio, sino palabra compartida.

Cuando Jesús dice “bienaventurados los limpios de corazón”, respiro hondo. Porque demasiadas veces nos han hecho sentir sucios. Como si nuestro amor manchara, como si nuestro cuerpo fuese un problema. Pero la limpieza de corazón no tiene que ver con la orientación, sino con la verdad. Y yo sé que cuando amo con fidelidad, con cuidado, con entrega, ahí no hay suciedad. Ahí hay Evangelio.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz”. No los que evitan el conflicto, sino los que lo atraviesan sin renunciar al amor. Ser persona LGBTIQ+ creyente es, muchas veces, estar en medio: entre la fe y la herida, entre el compromiso y el cansancio. Trabajar por la paz no es callar para que todo siga igual, sino sostener la tensión con esperanza, creyendo que el Espíritu sigue empujando.

Y cuando Jesús termina diciendo: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia”, no puedo evitar sentir un nudo en la garganta. Porque hay persecuciones que no hacen ruido, que no salen en las noticias, pero que desgastan el alma: miradas, exclusiones sutiles, puertas que no se abren. Jesús no las minimiza. Las nombra. Y nos dice que el Reino también es nuestro.

Desde este margen escucho las bienaventuranzas no como consuelo barato, sino como una llamada. No a resignarme, sino a seguir caminando. A amar a la Iglesia sin dejar de decir la verdad. A comprometerme sin desaparecer. A creer, incluso cuando duele, que Dios no se equivoca al llamarnos bienaventurados.


En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

enero 24, 2026

CXCIII. DESDE EL MARGEN


Sobre
Mateo 4, 12-23

Siempre he sabido que mi lugar estaba en el margen. No por elección, sino porque allí me colocaron muchas veces: lejos del centro, de lo seguro, de lo que se considera correcto. Galilea suena a eso mismo: periferia, mezcla, sospecha. Un territorio donde parecía imposible que Dios habitara. Y, sin embargo, es desde ahí —desde el margen— donde todo comienza.

No en el templo ni en los espacios protegidos, sino en una tierra fronteriza. Cuando me reconozco como persona LGBTIQ+ creyente, comprendo que no estoy fuera del camino ni llegando tarde: estoy exactamente en ese margen desde el que Jesús decide iniciar su anuncio.

“Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca.” Durante años esa llamada me sonó a amenaza. Me la lanzaron como un reproche: conviértete de lo que eres, cambia lo que sientes, corrige tu cuerpo y tu deseo. Hoy la escucho de otra manera. Jesús no me pide que deje de ser quien soy, sino que cambie la mirada: que deje de creer que Dios me rechaza, que deje de vivir escondido, que deje de aceptar una fe que me condena. Mi conversión ha sido pasar del miedo a la confianza, de la vergüenza a la dignidad.

Jesús ve a los pescadores y los llama tal como están: trabajando, cansados, con las manos llenas de redes y de historias. No les pide currículum moral ni garantías previas. A mí también me ha mirado así, en medio de mis contradicciones, de mis heridas con la Iglesia, de mi deseo profundo de amar y ser amado. Y su llamada ha sido clara y desconcertante: “Sígueme”. No “corrígete y luego ven”, sino “ven conmigo ahora”.

Seguirle, siendo quien soy, no ha sido fácil. Ha implicado dejar redes muy pesadas: el silencio impuesto, la doble vida, la culpa interiorizada, la obediencia que mata. Y también ha implicado enfrentarme a una comunidad que a veces prefiere la seguridad de la norma antes que el riesgo del Evangelio. Aquí nace, para mí, el compromiso y la denuncia profética: no puedo seguir a Jesús y callar cuando su nombre se usa para humillar, excluir o deshumanizar a personas como yo.

Jesús recorre Galilea anunciando la Buena Noticia y sanando. No separa palabra y gesto. Eso me interpela profundamente. Como cristiano LGBTIQ+, siento que mi fe me empuja a decir en voz alta que no somos un problema que tolerar, sino un don que acoger; que nuestras vidas también revelan el rostro de Dios; que la Iglesia se empobrece cada vez que nos niega un lugar pleno. Callar ante la injusticia sería traicionar al Jesús que camina, que toca, que se acerca.

Esta fe mía es frágil, a veces cansada, pero también obstinadamente esperanzada. Creo en un Jesús que sigue pasando por nuestras orillas y nos sigue llamando. Creo en una Iglesia que todavía puede convertirse al Evangelio que proclama. Y creo que nuestra presencia visible, creyente y comprometida no es una amenaza, sino una llamada urgente: el Reino está cerca cuando nadie queda fuera.


Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retirá a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos,porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

diciembre 12, 2025

CLXXXVI. VOCES EN EL DESIERTO


Sobre
Mateo 11, 2-11


Cuando hago oración contemplando este pasaje de Mateo, siento que Jesús me habla desde un lugar donde la vida se abre paso a pesar de todas las resistencias. Él envía a los discípulos, anuncia que los ciegos ven, que los cojos caminan, que los excluidos recuperan dignidad… y algo dentro de mí se mueve. Porque también yo he vivido —y aún vivo— momentos en los que me han querido convencer de que mi identidad LGBTIQ+ es una especie de cojera espiritual, una herida que tendría que ocultar o corregir para pertenecer de lleno a la comunidad creyente.

Pero Jesús, en este texto, no habla de corregir; habla de liberar. No pone condiciones; despliega posibilidades. Y al ver cómo se acerca a quienes estaban al margen, me descubro a mí mismo entre esas personas que, desde la periferia, esperan una palabra que no condene, sino que devuelva luz a los ojos y firmeza a los pasos.

Cuando Jesús elogia la figura de Juan, reconociendo su fuerza y su coherencia, pienso en todas las personas LGBTIQ que también han sido voz en el desierto, reclamando espacios de dignidad dentro de una Iglesia que muchas veces no ha sabido escucharnos. Y entonces, este pasaje se vuelve para mí una llamada: no basta con recibir consuelo; también soy invitado a ser testigo de ese Reino que ya está brotando donde hay justicia, verdad y amor sin condiciones.

Este texto me pide valentía. Me pide no esconderme. Me pide vivir mi fe sin renunciar a quién soy. Jesús no envió a sus discípulos a anunciar un mensaje de miedo, sino de vida que se expande. Y yo, desde mi historia LGBTIQ+, quiero creer que también estoy enviado; que mi visibilidad no es un obstáculo, sino una forma concreta de mostrar que el Reino incluye a todas y a todos.

Así, cuando escucho que el Reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan, lo interpreto desde mis luchas cotidianas: cada vez que alguien intenta arrebatarme la dignidad, la fe o el derecho a existir plenamente, sé que mi resistencia —mi decisión de seguir creyendo, amando y viviendo con autenticidad— es también un acto de fidelidad a ese Reino.

Y por eso, hoy oro desde lo íntimo: que mi vida, mi fe y mi identidad sean un pequeño signo de ese Evangelio que sana, libera y devuelve sitio a quienes durante demasiado tiempo hemos sido empujadas y empujados a la orilla.


En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»
Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: «Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.» Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»


octubre 31, 2025

CLXXX. BIENAVENTURAD@S


Sobre
Mateo 5, 1-12


Cuando Jesús sube al monte y pronuncia las Bienaventuranzas, no habla desde el poder ni la perfección, sino desde la cercanía a los heridos, los marginados y los que anhelan justicia. Jesús no proclama bendecidos a los que todo lo tienen, sino a quienes buscan vivir el amor en medio de la incomprensión.

Desde nuestra experiencia de personas distintas y alejadas, este texto resuena profundamente. Durante siglos, muchas personas LGBTIQ+ hemos sido excluidas o heridas en nombre de la religión. Sin embargo, aquí Jesús nos recuerda que el Reino de Dios pertenece precisamente a quienes el mundo rechaza.

Bienaventurados quienes han sido despojados de su dignidad por causa del prejuicio, y aun así siguen creyendo que el amor de Dios los sostiene. Su humildad no es resignación, sino una fuerza que nace de saberse amados más allá de todo juicio humano.

Bienaventurados quienes han llorado por no ser aceptados por sus familias, por sus iglesias, o incluso por sí mismos. Jesús promete consuelo, no en palabras vacías, sino en una comunidad que abrace, que nombre, que reconozca su valor y belleza.

Bienaventurados quienes, a pesar del odio, eligen responder con ternura, con visibilidad pacífica, con orgullo que no humilla sino que ilumina. Su mansedumbre es una fuerza que transforma.

Bienaventurados quienes no se conforman con una iglesia o un mundo excluyente, sino que luchan por un espacio donde cada persona pueda vivir su identidad como don divino. En su sed de justicia habita el corazón de Dios.

Bienaventurados quienes han aprendido a perdonar a quienes los rechazaron, y se atreven a tender puentes. Su compasión es la manifestación del Evangelio vivo.

Bienaventurados quienes aman sin máscaras, quienes viven su autenticidad como oración. La pureza no está en negar lo que somos, sino en vivir el amor sin doblez.

Bienaventurados quienes transforman el dolor en activismo, el miedo en arte, el rechazo en esperanza. Son artesanos de una paz que nace de la verdad.

Bienaventurados quienes son insultados o ridiculizados por vivir su fe y su identidad abiertamente. En ellos se manifiesta la bienaventuranza más radical: el Reino de Dios se construye desde su testimonio.

Jesús no habla a un grupo perfecto, sino a una comunidad rota que Él declara bienaventurada. Así también, las personas LGBTIQ+ somos llamadas bienaventuradas no a pesar de nuestra identidad, sino desde ella. Porque en nuestra vulnerabilidad y en nuestra resistencia se revela el rostro de un Dios que abraza, que celebra la diversidad y que hace nuevas todas las cosas.


En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».



junio 28, 2025

CLXXV. ¿POR QUÉ UN DÍA DEL ORGULLO? (Y vosotr@s, quién decís que soy yo?)

 


Sobre Mateo 16, 13-19



«¿Quién decís vosotros que soy yo?» La pregunta que Jesús hace a sus amigos los deja trastornados. Y era precisa, obviamente, porque necesitaba saber en qué punto se encontraba y si quienes estaban caminando junto a Él tenían claras las cosas. Hacía poco tiempo que Jesús había salido de su vida oculta, de su armario particular en el que estuvo sin darse a conocer —según los evangelios— con la excepción de la pista que nos da Lucas cuando relata que se perdió de sus padres con doce años, y lo encontraron en el Templo de Jerusalén sentado entre los maestros, haciéndoles preguntas.


Él no estuvo escondido por miedo a nada, sino porque aún no había llegado el momento de darse a conocer.

Las personas LGBTIQ+ nos ocultamos por miedo a ser excluidas, despreciadas, señaladas y marcadas. En mi caso, todavía estuve más al fondo del armario a causa de los condicionantes religiosos que agravan el sentimiento de culpabilidad hasta límites dolorosos, como también experimentan hoy, todavía, muchas personas LGBTIQ+ creyentes.


La respuesta a la pregunta personal "¿quién creen (mi familia, mis amigos, mis compañeros, mis educadores y conocidos, ...) que soy yo" es justamente la que nos paraliza. Nos asusta, por si ese dictamen fuese hiriente y traumático, y pudiera traducirse en consecuencias desoladoras, tal como yo mismo, siendo un chaval, había podido observar en otras personas. Un vecino de casa era sospechosamente homosexual y los mayores nos advertían que no subiéramos a solas con él en el ascensor. Mi amigo Gonzalo tiene una inevitable pluma desde que era un crío, y las vejaciones y burlas en clase y los vestuarios eran continuas. 

A Álvaro sus padres lo echaron de casa.

En aquel momento no estaba dispuesto a arriesgarme tanto. Tenía miedo. Y sé que aun hay muchas mujeres y hombres que temen las consecuencias de visibilizarse.


Cuando me preguntan el porqué del Orgullo, me vienen a la cabeza las múltiples razones por las que ser como soy continúa siendo motivo de burla y razón para la violencia y el rechazo. 

En España gozamos de una legislación envidiable que ampara nuestros derechos como personas, respetando y valorando nuestra identidad sexual y de género. Aún así, es habitual la mofa y la sátira, el acoso, el incordio, la intimidación y la tiranización sobre personas LGBTIQ+ en ambientes escolares, laborales e incluso familiares. En nuestro país siguen siendo constantes, persistentes, los casos de agresiones incluso con resultado de muerte. 

En el mundo, en 2025, 65 jurisdicciones nacionales prohíben aún las relaciones homosexuales, privadas y consentidas entre hombres. De ellas, 41 castigan también los actos lésbicos. La dureza de las condenas oscila entre un amplio abanico que va desde menos de un año de cárcel hasta la cadena perpetua. Asimismo, este delito puede ser castigado con la pena capital en 12 países (Mauritania, Nigeria, Somalia, Afganistán, Brunéi, Irán, Pakistán, Qatar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Uganda y Yemen).

No es una exposición trágica, sino un retrato fiel de la realidad. 


Cuando voy por la calle de la mano de mi pareja tengo que soportar miradas burlonas y risas a nuestras espaldas. He de tener cuidado si le beso en un parque, porque puede que algún padre nos acuse de herir la sensibilidad de sus hijos. Si entro abrazando a mi novio en un restaurante, puede que nos acomoden en una mesa en el fondo, para no molestar. Si salgo de un local por la noche y regreso solo a casa, camino deprisa no sea que hoy me toque recibir dos tortas por marica. Esto tampoco es un relato victimista. Pasa cada día. 


Cuando un colectivo se siente de esta manera, discriminado de facto, nace el orgullo. Sé que toda mi vida, probablemente, me estaré preguntando ¿quién decís que soy yo"?. Hace tiempo esa respuesta me importaba mucho. Desde que salí del armario, cualquier réplica ofensiva es ahogada por mi orgullo de ser quien soy, de ser como soy, de amar como amo. 


Por eso nos manifestamos cada año en todo el mundo, para expresarnos orgullosas y orgullosos dignificando nuestra identidad, vistiéndonos de arcoíris revelando nuestra alegría y nuestro íntimo deseo de que nunca más fuese necesario pedir que se nos trate y valore como a las demás mujeres, como a los demás hombres.  


Y tú, Iglesia, ¿quién dices que soy yo?

Si soy honesto, reconozco que Francisco levantó las persianas, corrió las espesas y opacas cortinas y abrió las ventanas para que entrase la luz, el aire fresco y el Espíritu, probablemente por este orden. Esta Iglesia en camino no es la de los inicios del 2012. Pero aún huele a rancias páginas de tradición y doctrina que enmascaran el aroma dulce del Evangelio de Jesús. La doctrina y la tradición son necesarias y no son malas per se, excepto cuando se utilizan ambas como armas arrojadizas. 

¿Quién somos nosotras y nosotros para ti, Iglesia, tus miembros no heterosexuales? Somos personas merecedoras de todo respeto, pero también dices que nuestros comportamientos son intrínsecamente desordenados. Afirmas que somos hijas e hijos de Dios, pero nos niegas sacramentos solo porque somos diferentes. Nos pones encima, con frecuencia, cargas difíciles de llevar. Nos lanzas a las orillas del camino, donde solo las gentes más sensibles se acercan a susurrarnos que Dios nos ama y nos quiere en su Iglesia pese a todo


¿Y Jesús?

Por supuesto, dentro del armario es imposible no enfrentarse a esa pregunta de Jesús, tal cual. Y muchas veces reflexioné sobre ello. ¿Quién es Cristo para mí? (y, en extensión, quién es Jesús para las personas LGBTIQ+H creyentes). 

Yo no había perdido la fe y nadie iba a echarme de la Iglesia mientras fuese capaz de guardar mi armario cerrado. Pero mi respuesta a su pregunta directa evolucionaba a medida que mi resentimiento —a causa del daño que me estaba haciendo el ingrediente religioso— crecía en mis tripas como la espuma de las olas que golpean las rocas. Jesús para mí llego a ser aquel por el que sus seguidores más piadosos rechazaban a las personas LGBTIQ+; Jesús era la razón de ser por la que los escribas y sacerdotes de nuestra época habían dejado escrito que mis actos son "intrínsecamente desordenados, contrarios a la ley natural y no pueden recibir aprobación en ningún caso" (Cfr. CIC 2357). Esa era finalmente mi respuesta enojada a la pregunta de Jesús. Es decir, Jesucristo cada vez era menos en mi vida.


Solamente cuando di otra vuelta a la pregunta y me interesé en saber quién decía Jesús que era yo, pude reconciliarme y comenzar a calmar el dolor. No fue un proceso fácil. Hubo un gran desierto. Pero ineludiblemente ahí estaba esperándome paciente, y en ese instante ocurrieron dos cosas: contesté afirmando que Él era el Mesías, El Salvador, el reencarnado por Dios hecho hombre también para mí, como para toda la humanidad sin excepción. Y la segunda cosa que sucedió es que alcancé el suficiente valor para salir del armario como hombre tal cual soy, pero sobre todo como hombre que cree en Dios, en el Dios de todas y de todos. Me gusta contar que el Señor me llevó al desierto y allí me sedujo, habló a mi corazón y le respondí, ese precioso texto de Oseas que me marcó para siempre.


Desapareció el resentimiento en la medida en que supe discernir entre lo que es cosa de Dios y lo que es cosa de los hombres. Dios evidentemente no ha escrito ese trágico y doloroso epígrafe del catecismo. Dios tampoco está en quienes agitando el signo de la Cruz siguen atacando incluso con violencia y muerte a las personas LGBTIQ+. Ese convencimiento de que Dios no tiene nada que ver porque de ninguna forma esos comportamientos y actitudes son obra suya, me ha permitido también perdonar. Al separar a Dios de todo eso quedan al descubierto los hombres, y puedo perdonar a cualquier ser humano con mayor o menor esfuerzo. Finalmente, al desaparecer el rencor también se esfuma el sentimiento de víctima. Queda una profunda paz liberadora.


Contemplar este texto de Marcos, situarme allí y observar la escena con los cinco sentidos, me sobrecoge porque actualiza su pregunta en mí, la escucho, veo las dudas de los discípulos como las propias mías, y soy testigo de cómo se remueve Pedro cuando oye de boca de Jesús quién es realmente Él y cuánto ha de suceder. Confirmo mi deseo de conocer internamente a Cristo que se ha hecho hombre por mí, para más amarle y seguirle. Cristo que me quiere como soy, sin condiciones. La voz de Jesús es firme y dulce a la vez. Invita a la libertad, a confiar, a dejarse hacer en sus manos. Así que cuando dice que quien quiera ir con Él ha de tomar su cruz, me acuerdo de cuántas otras cargué sin contar con sus brazos y me imagino lo bueno que será compartir con Jesús ese leño todo el tiempo que haga falta.


El Orgullo para las mujeres y hombres creyentes, no viene solamente de la íntima percepción de sentirnos satisfechos y felices por como somos, sentimos y amamos, sino también de la certeza de que el Padre nos ama inmensamente, como obra perfecta suya.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.»

enero 18, 2025

CLXVII - ¡BRINDEMOS!


Sobre
Juan 2, 1-11



Desde muy pequeño este pasaje de la boda de Caná me pareció singular. Seguramente porque relata la fiesta de unos recién casados, un banquete alegre y festivo. Puede que porque nos ofrece un cortometraje de lo cotidiano, de cómo eran las relaciones sociales en la comunidad hebrea de aquella época. Pero también porque —más allá del milagro de Jesús— hay una aparente ausencia de simbología religiosa.


Por supuesto, es un relato que recuerdo desde que era un crío. Es fácil para un niño figurarse la situación. Siempre tuve desbordante imaginación —seguro que por ello la contemplación sea mi modo de orar preferido—, así que no me costaba trabajo meterme en esta historia como si fuera uno más de los niños que correteaban por la escena o, tiempo más tarde, uno de los invitados a la boda observándolo todo.

Podía ver a los novios, seguramente muy jóvenes, disfrutando de la fiesta. Había mucha más gente, según permite suponer el texto de Juan, quien dice que también estaban invitados Jesús y los discípulos. La madre de Jesús estaba allí. ¿Quiénes serían los recién casados? Música, comida, cantos… Por encima de todo ese ambiente de fiesta, me quedaba cavilando cuando Jesús, de forma prudente, utilizaba el agua para la purificación de los judíos conservada en unas tinajas, y la convertía en vino de excelente cosecha.

Para cualquier niño este pasaje es uno de los más recordados de todos los Evangelios. Las bodas son siempre divertidas. Al menos a mí me sucedió así, y seguramente por esa razón, por ser un texto tan “manoseado” casi se nos olvida que en él se nos cuenta cómo sucedió que Jesús hizo su primer milagro —signo que pasó desapercibido para todo el mundo excepto para María y los sirvientes.

Seguramente por eso, porque no avancé más allá de contemplar ese milagro como una concesión a María y un favor a los novios, he tardado mucho en comprender lo que dice en realidad, y así trasladarlo a mi propia experiencia.


En mi vida he celebrado muchas bodas. Una vez mi pareja de ceremonia fue el miedo a ser yo mismo, otra vez el temor a mostrarme ante los demás como realmente era. También lo fue el recelo ante una Iglesia que no me ofrecía garantías para aceptarme sin condiciones. Otra vez mi pareja era el rencor y el resentimiento. Otra, la inmolación, sintiéndome víctima ante los verdugos. También lo fue el orgullo, la lucha militante, la rebeldía, el silencio, el armario, la desesperanza, la desilusión…, y así incontables novias para un novio que celebraba muchas bodas en las que siempre se acababa el vino.


Mis bodas son mi vida. Durante mucho tiempo no la he vivido en plenitud. Del vino no importaba ni su cantidad ni su calidad, era lo de menos, porque la boda no merecía un brindis si hubiese habido con quien hacerlo. En cambio, he tenido bien guardadas muchas tinajas de agua para la purificación. Es decir, en el fondo estuve más preocupado por lo religioso, por lo doctrinal que en vivir la vida como regalo de Dios, gozando de la fiesta que celebra la certeza de sentirme hijo querido del Padre tal como soy.


Dentro del armario no importa calcular el vino. Da igual si falta, porque la boda es eventual y breve, no hay invitados, ni música alegre. Por el contrario, hay que prever suficiente agua para la fiesta de las purificaciones, porque en el armario aún hay que cumplir con la religión y la doctrina, aunque solo sea para simular lo que no se es y evitar comentarios. Pero sobre todo porque tanta vida oculta se hace costra y llegas a sentirte tan impuro como te han hecho creer.


Pero el sueño de Dios para las personas LGBTIQ+ se parece más a un banquete de bodas, donde el vino y no el agua es importante. Para mí tiene un simbolismo trascendente el que Jesús utilizara el agua de las purificaciones —no el agua del pozo más cercano—, un signo religioso ligado a lo doctrinal y a la suposición de que se está sucio y es necesario limpiarse para pertenecer a la comunidad. Y la emplea para convertirla en vino, el alma de la fiesta, sin el que no era concebible seguir celebrando la boda. 


Jesús puso a la vida, a todo lo humano, a lo que somos tal como somos, por encima de la religión. Y su milagro se actualiza cuando dejamos al Maestro convertir el agua rígida, inflexible y puritana que a veces nos recorre las venas, en ardiente vino que calienta nuestros corazones y al mismo tiempo es sangre que nos hace sentir mujeres y hombres alegres en el Señor.


Pero esta experiencia personal en la que participamos de la transformación liberadora del agua en vino, solo puede darse cuando Jesús ha trabajado y moldeado nuestro espíritu. Es imposible que suceda antes.Yo sé que no sería capaz de percibir cómo el agua se ha hecho vino en mi vida —con su riquísimo significado— si Dios no hubiese hecho otros signos en mí a lo largo de estos años. Por lo mismo, trasciende de lo religioso y, desde luego, no queda solo en la memoria de los sirvientes.


Finalmente, seguro que mi fe no sería tan firme sin la constante presencia de María. Ella es la que está atenta a mis tiempos como estuvo en la boda pendiente del vino. Ella es la que anima a Jesús para que haga posible todo lo que le pide, también para mí. En su humildad es ella la que me hace fuerte.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.

Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice:

«No tienen vino».

Jesús le dice:

«Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora».

Su madre dice a los sirvientes:

«Haced lo que él os diga».

Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.

Jesús les dice:

«Llenad las tinajas de agua».

Y las llenaron hasta arriba.

Entonces les dice:

«Sacad ahora y llevadlo al mayordomo».

Ellos se lo llevaron.

El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dice:

«Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».

Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.