Sobre Mateo 13, 24-43
Hay una tentación que me acompaña casi desde siempre: creer que el mal tiene siempre el rostro del otro. Que la cizaña son quienes señalan, excluyen, condenan o levantan muros. Y, sin embargo, cuando escucho esta parábola de Jesús, descubro algo mucho más incómodo. La mala semilla no solo crece en quienes hacen daño. También puede echar raíces dentro de mí.
Durante demasiado tiempo me hicieron creer que la cizaña era yo. Que mi orientación sexual era un error de la creación, una anomalía que Dios tendría que arrancar algún día para dejar limpio su campo. Escuché demasiadas veces que no había sitio para personas como yo en el Reino. Y lo peor no fueron esas palabras. Lo peor fue que llegué a creerlas.
Pero Jesús rompe esa lógica. No señala dónde está la cizaña. Ni siquiera permite que sus discípulos se conviertan en jueces. Les prohíbe arrancarla. Porque quien vive obsesionado con separar a los buenos de los malos termina destruyendo también el trigo.
Y no puedo evitar pensar en cuánta buena semilla ha sido arrancada de nuestras comunidades cristianas en nombre de una falsa pureza. Personas expulsadas de los sacramentos. Jóvenes obligados a esconderse para no perder a su familia o a su grupo parroquial. Catequistas apartados. Sacerdotes silenciados por acompañar con misericordia. Creyentes LGBTIQ+ que acabaron convencidos de que Dios los soportaba, pero nunca los amaría plenamente.
Todo eso también es cizaña. Pero no la que Dios sembró.
Me impresiona que Jesús atribuya esa siembra al enemigo. Porque el odio nunca viene de Dios. Tampoco el miedo. Ni la humillación. Ni las teologías que convierten el Evangelio en un filtro para decidir quién merece sentarse a la mesa y quién debe quedarse fuera.
A veces me pregunto cuántas veces seguimos colaborando con ese enemigo cuando utilizamos la Biblia para herir, cuando defendemos estructuras que producen sufrimiento en nombre de la fidelidad, cuando preferimos una Iglesia impecable antes que una Iglesia compasiva.
Jesús parece mucho menos preocupado por la presencia de la cizaña que nosotros. Él sabe que el trigo sigue creciendo incluso rodeado de ella. La gracia siempre encuentra la manera de abrirse paso.
Eso me llena de esperanza.
Porque, a pesar de todo lo vivido, mi fe no dejó de crecer. Lo hizo lentamente, muchas veces entre lágrimas, otras entre dudas, casi siempre desde los márgenes. Descubrí que Dios no me pedía dejar de ser quien soy para poder amarme. Al contrario. Era precisamente desde mi verdad donde Él seguía sembrando vida.
Por eso hoy me inquietan quienes dedican más tiempo a buscar cizaña que a cuidar el trigo. Quienes convierten la vigilancia doctrinal en su vocación y olvidan que el Reino se parece a un campo donde Dios sigue confiando en la libertad humana incluso cuando esta duele.
Quizá el verdadero milagro de esta parábola no sea que un día desaparezca la cizaña. Quizá el milagro sea que el trigo nunca deja de crecer.
Y ese trigo lo sigo viendo cada día. En tantas personas creyentes LGBTIQ+ que, después de haber sido heridas por la Iglesia, continúan amando a Jesús con una fidelidad que desarma. En quienes siguen celebrando, acompañando, sirviendo y esperando contra toda esperanza. En quienes han decidido no devolver odio por odio, sino Evangelio por Evangelio.
Ellos y ellas son la prueba de que nadie puede impedir que la buena semilla dé fruto cuando quien la sembró es Dios.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntarnos quién es la cizaña y empezar a preguntarnos si nuestras palabras, nuestras comunidades y nuestras decisiones ayudan a que el trigo crezca... o si, creyendo defender el campo de Dios, llevamos demasiado tiempo arrancando precisamente aquello que Él nunca dejó de sembrar.
Arrancando a Dios:
Cada vez que una comunidad expulsa, humilla o condena a una persona en nombre de la pureza, puede estar arrancando precisamente el trigo que Dios sembró.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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