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julio 31, 2026

CCXXI. QUE SE QUEDEN

Mientras nosotros seguimos encontrando motivos para excluir, Jesús se niega a despedir a nadie. Su mesa no se construye expulsando a quienes incomodan, sino haciendo sitio para que todas las personas descubran que también ellas tienen un lugar en el Reino.


Sobre
 Mateo 14, 13-21

Hay un detalle de este evangelio que siempre me conmueve: los discípulos miran a la multitud y solo ven un problema, pero Jesús la mira y ve personas. Ellos calculan la escasez; él descubre posibilidades. Ellos quieren despedir a la gente; él insiste: «No hace falta que se vayan».

Cuántas veces esa frase ha resonado dentro de mí.

Durante demasiados años sentí que la Iglesia me estaba diciendo exactamente lo contrario: «Sí hace falta que te vayas. Si quieres ser tú mismo, este no es tu sitio. Si amas a otro hombre, busca otro lugar. Si dejas de esconderte, aquí ya no cabes.» No siempre lo dijeron con palabras. A veces bastaban un silencio, un gesto, una homilía, una mirada o un documento. Hay formas muy educadas de expulsar a alguien.

Pero Jesús no despide a nadie. Eso cambia por completo el Evangelio.

Porque el milagro de los panes no comienza cuando el pan se multiplica. Comienza mucho antes, cuando Jesús se niega a aceptar que haya personas condenadas a quedarse fuera. El primer milagro es la compasión. El segundo, la confianza. El tercero, compartir.

Quizá por eso este relato me resulta tan profundamente LGBTIQ+. Porque conozco demasiado bien lo que significa vivir con la sensación de que siempre falta algo para ser aceptado: un cambio imposible, un arrepentimiento que no nace, una renuncia a uno mismo, un armario donde volver a encerrarse para no incomodar a nadie.

Y, sin embargo, Jesús no me pide que deje de ser quien soy. Lo único que me pregunta es qué panes llevo entre las manos.

Cinco panes y dos peces. Tan poca cosa.

Mi historia. Mis heridas. Mi fe, tantas veces reconstruida desde los escombros. Mi capacidad de amar. Mi experiencia de haber conocido un Dios que permaneció a mi lado cuando otros hablaban en su nombre para apartarme de Él.

Eso es todo lo que tengo. Y, sorprendentemente, parece bastarle.

Porque el Reino nunca ha necesitado personas perfectas. Solo personas dispuestas a poner sobre la mesa lo poco que poseen, sin esconderlo por vergüenza.

Quizá también nosotras y nosotros, las personas creyentes LGBTIQ+, necesitamos escuchar hoy una llamada incómoda. A veces, después de tantos rechazos, terminamos creyendo que nuestra única misión consiste en sobrevivir. Nos conformamos con encontrar pequeños espacios seguros, comunidades donde respirar, grupos donde no nos juzguen. Todo eso es necesario. Pero no suficiente.

Jesús no multiplica el pan para crear un rincón protegido para unos pocos. Lo multiplica para toda la multitud.

Nuestra vocación tampoco puede reducirse a buscar refugios. Estamos llamados a alimentar una Iglesia entera con lo que nuestra experiencia de fe ha aprendido sobre la misericordia, la autenticidad y la esperanza. No somos únicamente destinatarios del Evangelio. También somos pan para los demás y las demás.

Y eso cambia completamente nuestra identidad.

Pero este evangelio también lanza una pregunta incómoda a quienes nunca han tenido que esconder quiénes son.

¿Por qué seguís hablando de acogida cuando aún hay personas que sienten que deben ocultar su orientación sexual o su identidad para conservar un ministerio, un empleo, una comunidad o incluso su propia familia? ¿Cómo podéis proclamar la abundancia del Reino mientras seguís administrando la pertenencia como si fuera un bien escaso? ¿Cómo podéis repartir el Pan eucarístico mientras negáis, en la práctica, el pan de la dignidad?

Quizá el verdadero milagro pendiente no sea multiplicar los panes. Quizá sea dejar de decidir quién merece comer.

Porque el Evangelio nunca habla de una mesa reservada para los puros. Habla de una hierba donde todos se sientan juntos. No hay zonas VIP del Reino. No hay mesas para heterosexuales y rincones discretos para quienes incomodan. No hay un Cristo que bendiga el pan mientras calcula quién es digno de recibirlo.

Solo hay un Maestro que sigue diciendo: «Dadles vosotros de comer.»

Y sospecho que esa orden sigue dirigida hoy a toda la Iglesia. No para que alimente únicamente el cuerpo de quienes llegan con hambre. Sino para que deje de fabricar hambrientos de dignidad. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»
Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»
Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»
Les dijo: «Traédmelos.»
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

junio 12, 2026

CCXIV. SEGUIMOS AQUÍ


Sobre
Mateo 9,36–10,8


Hay descubrimientos que llegan tarde, pero cuando llegan cambian muchas cosas.

Uno de ellos fue darme cuenta de que nunca estuve solo.

Durante años pensé que ser creyente y homosexual era una especie de anomalía. Algo que me ocurría a mí y a unas pocas personas más. Miraba alrededor en la parroquia, en los grupos, en las celebraciones, y no veía a nadie. O al menos eso creía.

Con el tiempo comprendí que sí estaban.

Estaban por todas partes.

Cantando en el coro. Preparando la catequesis. Visitando enfermos. Participando en Cáritas. Rezando en silencio en los últimos bancos. Celebrando su fe con una discreción que muchas veces era simple supervivencia.

Nos habíamos acostumbrado a no reconocernos.

A vivir detrás de puertas cerradas.

A hablar en voz baja.

A esconder aquello que otros jamás tuvieron que ocultar.

Después llegaron los encuentros. Una historia. Otra más. Luego decenas. Personas distintas, de edades diferentes, con trayectorias muy diversas, pero con algo en común: seguían buscando a Jesús después de haber escuchado demasiadas veces que quizá no había sitio para ellas en la Iglesia.

Entonces entendí algo que todavía hoy me emociona.

No éramos una excepción.

Éramos una multitud.

Una multitud silenciosa.

Quizá por eso las palabras de Jesús siguen golpeándome con tanta fuerza cuando contempla a la gente cansada y abatida, "como ovejas sin pastor".

Porque sigo encontrando demasiadas personas en esa situación.

Hace pocos días leí el testimonio de un hombre creyente que, después de recibir la comunión, fue llamado aparte por su párroco. Quería hablar con él. Lo que escuchó a continuación fue devastador: que no volvería a recibir la Eucaristía, que el sacramento era para él poco menos que un veneno, que su relación afectiva lo convertía en una persona indigna ante Dios.

Cuando terminé de leerlo me quedé un rato en silencio.

No porque me sorprendiera. Quienes pertenecemos al colectivo LGBTIQ+ conocemos historias parecidas desde hace demasiado tiempo.

Lo que me dolió fue imaginar la escena.

La puerta de la parroquia.

La conversación.

La humillación.

Y, sobre todo, la soledad.

Porque conozco bien esa sensación de que alguien pretende interponerse entre Dios y tú.

Sin embargo, cada vez que intento imaginar a Jesús en esa escena, la imagen no encaja.

No consigo verlo expulsando.

No consigo verlo humillando.

No consigo verlo negando el pan a quien se acerca con hambre.

Lo que sí veo es al Jesús de los Evangelios acercándose a quien acaba de ser herido por motivos religiosos.

Lo veo haciendo preguntas.

Escuchando.

Acompañando.

Devolviendo dignidad.

Porque esa fue una constante de su vida pública. Jesús parecía sentirse especialmente atraído por quienes cargaban sobre los hombros el peso de la exclusión religiosa.

Por eso me inquieta tanto una Iglesia que a veces parece más preocupada por vigilar que por acompañar.

Más interesada en controlar que en sanar.

Más pendiente de determinadas normas que de las personas concretas que tiene delante.

Y no hablo solo de las personas LGBTIQ+.

Pienso también en quienes se han sentido rechazadas por estar divorciadas, por convivir en pareja, por no encajar en determinados moldes, por formular preguntas incómodas o simplemente por ser diferentes.

Pienso en todas esas personas que un día dejaron de sentirse en casa.

Y vuelvo al Evangelio.

"Estaban como ovejas sin pastor."

Qué tristeza que esa frase siga describiendo la experiencia de tantas hijas e hijos de Dios.

Lo más doloroso es que muchas de esas personas no han perdido la fe.

Han perdido la confianza.

Y recuperar la confianza cuesta muchísimo más que conservar la fe.

Por eso me conmueve que Jesús no se limite a sentir compasión. Después reúne a sus discípulos y discípulas —porque alrededor suyo había muchas más personas que los Doce— y los envía a curar, a levantar, a devolver esperanza.

Nunca a humillar.

Nunca a avergonzar.

Nunca a cerrar puertas.

Cuando Jesús envía, no entrega poder sobre las personas. Entrega responsabilidad hacia ellas.

Quizá por eso sigo creyendo en la Iglesia.

No siempre gracias a ella, a veces a pesar de ella.

Pero sigo creyendo.

Porque también he conocido comunidades donde nadie me preguntó a quién amaba antes de darme un abrazo.

He conocido sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que me ayudaron a descubrir que Dios jamás estuvo en guerra conmigo.

He conocido el Evangelio vivido de verdad.

Y eso cambia la vida.

Por eso esta reflexión no nace de la amargura.

Nace de la esperanza.

De la certeza de que Jesús sigue mirando a quienes están cansados y abatidos con la misma compasión de entonces.

Y de la convicción de que llegará el día en que nadie tenga que escoger entre su fe y su dignidad.

Porque Dios nunca ha pedido semejante sacrificio.

Y porque ninguna oveja debería caminar sola cuando existe un Pastor que conoce su nombre.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»
Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judás Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.»