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agosto 29, 2026

CCXXII. NO ES NUESTRA CRUZ


Durante demasiado tiempo nos dijeron que nuestra identidad era la cruz que debíamos cargar.
Pero no toda cruz viene de Dios.
Algunas las fabrican el miedo, el prejuicio y la religión cuando deja de parecerse a Jesús.
Esta reflexión nace de aprender a distinguir unas de otras.


Sobre el evangelio de Mateo 16,21-27 

...pero también el libro de Jeremías (20, 7-9), el Salmo 62 
y la carta de Pablo a los romanos (12, 1-2)
(Ciclo A, XXII domingo del Tiempo Ordinario)


Hay palabras de Jesús que me producen un cierto escalofrío.

«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

Durante demasiado tiempo, siendo homosexual y creyente, escuché estas palabras de una manera que hoy me parece profundamente injusta.

Negarte a ti mismo.

Renunciar.

Callar.

No vivir determinados afectos.

Aceptar que tu manera de amar debía permanecer escondida.

Y todo podía envolverse piadosamente bajo una expresión tremendamente peligrosa: es tu cruz.

Por eso necesito acercarme con cuidado al Evangelio de hoy. Porque algunas palabras de Jesús han sido utilizadas para colocar cruces sobre los hombros de otros. Y las personas LGBTIQ+ sabemos bastante de eso.

Jesús anuncia que irá a Jerusalén, sufrirá, será rechazado por las autoridades religiosas y terminarán matándolo.

Pedro no puede soportarlo.

Quiere un Mesías sin conflicto. Un Jesús respetable. Una religión que no incomode demasiado.

Y Jesús lo llama «piedra de tropiezo».

Me hace pensar.

Porque también nosotros podemos confesar perfectamente a Cristo y convertirnos, al mismo tiempo, en obstáculo para su Evangelio.

Podemos rezar el Credo, comulgar, defender la doctrina, hablar de familia, verdad o tradición...

y estar dificultando que determinadas personas puedan encontrarse con Jesús.

Lo digo desde mi propia historia.

Durante mucho tiempo mi problema no fue creer en Dios.

Mi problema fue creer que Dios pudiera quererme siendo quien soy.

Y esa duda no me la puso Dios.

Me la pusieron algunas palabras, algunas miradas, algunas catequesis, algunos silencios.

Por eso hoy necesito decirlo claramente:

mi homosexualidad no es mi cruz.

Mi identidad no es mi cruz.

Mi capacidad de amar no es mi cruz.

La cruz aparece cuando vivir con verdad tiene consecuencias. Cuando seguir a Jesús obliga a enfrentarse al prejuicio, a la injusticia o incluso a quienes pretenden hablar en nombre de Dios.

Jeremías lo sabe bien.

«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir».

Está cansado. La Palabra le ha complicado la vida. Decide callarse, pero descubre dentro de sí un «fuego ardiente encerrado en los huesos».

Entiendo perfectamente esa sensación.

Porque llega un momento en que ya no se puede callar.

Cuando has visto llorar a personas creyentes porque piensan que Dios las rechaza.

Cuando has conocido personas que abandonaron la Iglesia no porque dejaran de amar a Cristo, sino porque ya no soportaban sentirse sospechosas.

Cuando has visto vidas marcadas por el miedo, la culpa o el armario...

guardar silencio puede dejar de ser prudencia.

Puede convertirse en complicidad.

Y entonces aparece Pablo:

«No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de vuestra mente».

Durante mucho tiempo se nos dijo a las personas LGBTIQ+ que «no amoldarnos al mundo» significaba desconfiar de nuestros afectos y reprimir nuestra sexualidad.

Pero quizá Pablo esté diciendo algo mucho más incómodo:

No deis por bueno lo que siempre se ha hecho.

No confundáis costumbre con voluntad de Dios.

No confundáis prejuicio con doctrina.

Transformad vuestra manera de pensar.

Y aquí quisiera dirigirme especialmente a quienes sois heterosexuales y creyentes.

Tal vez no seáis vosotros quienes necesitéis «acogernos».

Tal vez seáis vosotros quienes necesitéis convertiros.

Porque cuando alguien dice que me acoge sigue situándose en el centro: esta es mi Iglesia, mi comunidad, mi casa, y generosamente te permito entrar.

Pero quizá también sea mi casa.

Quizá yo no sea un invitado.

Quizá también pertenezca.

Entonces la pregunta ya no es:

«¿Cómo podemos acoger a las personas LGBTIQ+?».

La pregunta es bastante más incómoda:

«¿Qué tenemos que cambiar para dejar de expulsarlas?»

Una persona heterosexual creyente puede normalmente hablar de su pareja, mostrar una fotografía, celebrar un aniversario o acudir a su parroquia con la persona que ama sin preguntarse qué pensarán de su moralidad.

Nosotros hemos tenido que aprender muchas veces a medir esas mismas palabras.

Y quizá algunas personas nunca se hayan preguntado por qué.

Por eso cuando alguien, desde una situación tan cómoda, me dice que tengo que «cargar con mi cruz», inevitablemente me pregunto:

¿qué cruz?

¿La que Jesús me invita a asumir por seguirle?

¿O la que otros han fabricado para mí?

Porque no toda cruz viene de Dios.

Hay cruces construidas por el miedo.

Por el prejuicio.

Por determinadas interpretaciones religiosas.

Jesús cargó con la cruz.

Pero también pasó buena parte de su vida quitando cargas de los hombros de otros.

Y Pablo todavía dice algo más hermoso: «Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios».

Nuestros cuerpos.

También el mío.

Este cuerpo homosexual que ama, desea, abraza, envejece y necesita ternura.

Santo y agradable a Dios.

Por eso entiendo de otra manera el salmo:

«Mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti».

Mi alma.

Y mi carne.

Las dos.

No necesito dejar mi sexualidad en la puerta para encontrarme con Dios.

Toda mi vida tiene sed de Él.

Y quizá ahora comprendo mejor las últimas palabras de Jesús:

«¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?».

Yo podría preguntarlo de otra manera:

¿De qué sirve conservar la aceptación de todos si para conseguirla tengo que esconder quién soy?

¿De qué sirve permanecer dentro de una Iglesia si para permanecer tengo que vivir fuera de mí mismo?

Por eso sigo aquí.

Creyendo.

Amando.

Preguntando.

Denunciando.

Y algunas veces incomodando.

No porque me guste cargar cruces.

Sino porque un día descubrí que seguir a Jesús significaba dejar de cargar con algunas que nunca fueron suyas.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Del Evangelio de Mateo 16,21-27: 
En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.»
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios.»
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Lo que más me interpela de Jeremías 20,7-9: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; la palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio; había en mi corazón como un fuego ardiente; intentaba contenerlo, y no podía».

Lo que más me interpela del Salmo 62,2.3-4.5-6.8-9: «Mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti; tu gracia vale más que la vida; mi alma se saciará; a la sombra de tus alas canto con júbilo; mi alma está unida a ti».

Lo que más me interpela de Romanos 12,1-2: «Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; no os amoldéis a este mundo; transformaos por la renovación de la mente; discernid cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto».