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mayo 22, 2026

CCXI. ÉL SIGUE ENTRANDO



Sobre
Juan 20, 19-23

Siempre me impresionó esa escena de los discípulos encerrados. Las puertas atrancadas. El miedo ocupándolo todo. El silencio pesado de quien siente que fuera hay amenaza. Quizá me toca tanto porque conozco bien esa sensación.

Las personas LGBTIQ+ aprendemos muy pronto a vivir así. A cerrar puertas antes incluso de que alguien intente abrirlas. Muchas veces no hace falta una agresión directa. Basta escuchar determinadas palabras desde niño, captar ciertas miradas en la parroquia o comprobar cómo se habla de nosotros y nosotras en algunos ambientes religiosos. Poco a poco uno entiende qué partes de sí mismo conviene esconder para poder seguir siendo aceptado.

Yo también tuve mi habitación cerrada.

Mi armario no fue solo el lugar donde escondía mi orientación sexual. Fue también el sitio donde intenté proteger mi fe. Porque durante mucho tiempo tuve miedo de que, si alguien descubría quién era realmente, terminarían arrebatándome incluso a Jesús. Y eso sí me habría roto por dentro.

Por eso me parece tan importante que el Evangelio diga claramente que los discípulos estaban encerrados “por miedo”. No por cobardía. No porque fueran peores creyentes. Por miedo. A veces olvidamos lo que el miedo puede hacer en una persona. Cómo te obliga a medir palabras, gestos, silencios. Cómo termina convirtiéndose en una forma de supervivencia.

Especialmente cuando sabes que fuera hay gente dispuesta a herirte en nombre de Dios.

Pienso muchas veces en la cantidad de personas LGBTIQ+ creyentes que siguen viviendo así dentro de la Iglesia. Hombres, mujeres, jóvenes, personas adultas… agotadas de vigilar cada detalle de sus vidas para no perder su sitio en la comunidad, su trabajo pastoral, su familia o simplemente la posibilidad de seguir sintiéndose parte de algo.

Lo más doloroso es comprobar que quienes exigen transparencia absoluta sobre nuestras vidas suelen pertenecer a instituciones que después gestionan otros silencios de forma muy distinta.

Estos días volvemos a escuchar noticias que producen una tristeza enorme: responsables religiosos que piden perdón mientras, al mismo tiempo, parecen más preocupados por contener el escándalo o controlar el relato que por acompañar honestamente a quienes han sido heridos. Y quienes hemos pasado media vida escondiéndonos reconocemos enseguida esa lógica. Sabemos perfectamente cómo funciona un sistema cuando considera peligrosa la verdad.

Por eso duele tanto escuchar determinadas palabras sobre pureza, escándalo o moral sexual mientras tantas otras cosas permanecen cuidadosamente protegidas bajo silencio.

Con los años he llegado a pensar que el verdadero problema nunca fue únicamente el sexo. El problema es el poder. Poder para decidir quién puede vivir a la luz y quién debe seguir oculto. Quién merece comprensión y quién será reducido siempre a una etiqueta moral.

En medio de esa habitación cerrada aparece Jesús.

Eso es lo que más me conmueve del relato.

No se queda fuera esperando a que abran. No exige valentía previa. No pide explicaciones. Simplemente atraviesa el miedo y se coloca en medio.

“Paz a vosotros”.

No sé si existe una frase más necesaria para tantas personas LGBTIQ+ creyentes.

Paz para quien creció sintiéndose defectuoso. Paz para quien todavía vive escondido. Paz para quienes continúan amando a una Iglesia que demasiadas veces solo parece tolerarlos mientras permanezcan invisibles.

Después sucede algo precioso: Jesús muestra las heridas.

No las tapa. No las disimula.

El Resucitado sigue herido.

Y ahí hay algo profundamente incómodo para la propia Iglesia. Porque una comunidad obsesionada con proteger apariencias, ocultar heridas o exigir silencio termina pareciéndose muy poco al Evangelio que anuncia.

Jesús resucitado no necesita esconder sus cicatrices para sostener la fe de los suyos.

Quizá por eso sigo aquí.

No porque ignore las contradicciones. Las veo demasiado bien. Tampoco porque todo deje de doler. Hay cosas que siguen doliendo muchísimo. Continúo aquí porque, incluso en medio de tantas sombras, sigo reconociendo una presencia que no coincide con ciertos discursos. La de un Jesús que nunca me pidió convertirme en otra persona para acercarme a Él.

Y quizá ahí empieza realmente la Resurrección.

No cuando desaparece el miedo de golpe, sino cuando descubres que ni siquiera el miedo puede impedirle entrar. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

abril 11, 2026

CCV. PUERTAS CERRADAS


Sobre
Juan 20, 19-31

El Evangelio describe una escena muy concreta: puertas cerradas por miedo a quienes están fuera. No es una imagen espiritual sin más. Es una decisión de supervivencia. Quedarse dentro, protegerse, evitar exponerse. Y, al leerlo, no puedo evitar reconocer ahí algo profundamente cercano.

Porque muchas personas LGBTIQ+ también hemos vivido así. No con cerrojos visibles, pero sí con una puerta interior bien cerrada. El armario no es solo silencio: es estrategia, es defensa, es aprender a medir cada palabra, cada gesto, cada verdad que se puede decir… o no. Y ese encierro no nace de la nada. Nace del miedo a quienes están fuera: al rechazo, a la burla, a la violencia, a dejar de ser aceptado. A veces incluso al rechazo en nombre de Dios.

Durante mucho tiempo, mi fe creció dentro de ese espacio cerrado. No era una fe libre, era una fe vigilada. Aprendida bajo sospecha. Y eso deja huella. Porque cuando te han enseñado que lo que eres puede alejarte de Dios, no es fácil reconocerlo como cercano. Ahí es donde la duda empieza a echar raíces.

Por eso me resulta tan honesta la figura de Tomás. No estaba cuando Jesús se apareció por primera vez. Y cuando le cuentan lo ocurrido, no puede creerlo. Pero no porque no quiera. Sino porque no puede. Porque hay una historia detrás. Porque hay experiencias que hacen difícil confiar en una buena noticia que nunca ha sido del todo buena para ti.

“Si no lo veo… no creeré.” No suena a rebeldía. Suena a protección. A alguien que necesita tocar para poder confiar. Y eso, en muchas personas LGBTIQ+ creyentes, es muy real. No basta con que nos digan que Dios ama. Hemos escuchado demasiadas veces lo contrario, o algo que se parecía demasiado a lo contrario.

Por eso me parece decisivo lo que hace Jesús. No deja fuera a Tomás. No lo corrige. No le exige fe. Vuelve. Se coloca delante de él. Y le ofrece sus heridas. Justo ahí. Donde Tomás necesita. Sin reproche.

Eso cambia la lógica.

Porque la fe ya no es una obligación moral, ni una prueba que hay que superar. Es un encuentro que se adapta a la historia de cada persona. También a la mía. También a la de quienes hemos aprendido a desconfiar.

Y vuelvo a la escena inicial. Las puertas siguen cerradas. El miedo no desaparece de golpe. Pero Jesús entra igualmente. No espera a que todo esté resuelto. No exige que primero dejemos de tener miedo. Entra en ese espacio tal como es.

Eso, para mí, es profundamente liberador.

Porque significa que Cristo no está fuera del armario esperando a que salgamos. Está dentro. En ese lugar donde hemos aprendido a escondernos. En ese espacio donde la fe ha sido a veces más lucha que consuelo. Y desde ahí dice: “Paz”. No como una idea, sino como una presencia que desarma el miedo poco a poco.

Pero aquí es donde el Evangelio se vuelve incómodo.

Porque mientras Jesús atraviesa puertas cerradas para encontrarse con quienes tienen miedo, a veces la Iglesia sigue siendo uno de los motivos por los que esas puertas se cierran. No siempre con violencia explícita. A veces con silencios. A veces con discursos que no nombran, pero excluyen. A veces con una acogida que se queda en lo teórico.

Y entonces la pregunta se vuelve inevitable.

¿Estamos ayudando a abrir espacios… o estamos contribuyendo a que muchas personas sigan encerradas?

No basta con decir “Dios ama”. No basta con invitar a confiar. Hay que hacerse cargo de las heridas que dificultan esa confianza. Hay que permitir que la fe se pueda tocar. Como hizo Jesús con Tomás.

Yo he necesitado ese proceso. He necesitado atravesar la duda, desmontar imágenes de Dios que no eran verdad, dejar de creer en un Dios que no se parecía a Cristo. Y no ha sido rápido. Ni fácil. Pero ha sido real.

Por eso, cuando leo este Evangelio, no veo solo una aparición. Veo un camino.

El de unas personas que pasan del encierro a la posibilidad.
El de alguien que duda… y no es expulsado por ello.
El de un Dios que no se impone, sino que se ofrece.

Y eso —aunque a veces no se quiera reconocer— también está ocurriendo hoy. En la vida de muchas personas LGBTIQ+ que, incluso desde espacios cerrados, siguen buscando, dudando, creyendo a su manera.

Quizá la verdadera pregunta no es si tenemos fe.

Sino si estamos dispuestos a dejar que Cristo entre donde todavía tenemos miedo.

Y si, como Iglesia, vamos a seguir cerrando puertas… 
o por fin vamos a aprender a no ponerlas.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

marzo 28, 2026

CCII. INCLUSO EN LA NOCHE, DIOS SIGUE ESTANDO


Sobre
Mateo 26


Permíteme que me atreva a proponerte algo para iniciar la Semana Santa. Te animo a volver a leer en algún momento —quizá más tarde, antes de dormir, al final del día el largo relato que nos revela Mateo en su capítulo 26. Pero ahora hazlo en voz baja. Esta vez mueve los labios, entona cada frase, pronuncia cada palabra. Que tu voz sea solo un susurro. En un lugar tranquilo. Con poca luz. Sumérgete en lo que sucede, en esa historia. Imagina que estás ahí. Observa.

Fíjate en que todo ocurre de noche: la traición, el miedo, la huida, el juicio injusto. Es una noche densa, cargada de sombras… y, sin embargo, profundamente reveladora.

Cuando yo lo leo, no puedo evitar pensar que muchas personas LGBTIQ+ creyentes conocemos bien esa noche.

No hablo solo de dificultades. Me refiero a esa experiencia más honda: la de sentirse solo, juzgado, señalado, incluso dentro del propio espacio religioso. Esa sensación de que, en algún momento, tu nombre puede aparecer en boca de otros… no para cuidarte, sino para condenarte.

En la narración, Jesús no es rechazado por desconocidos. Es entregado por uno de los suyos. Es juzgado por autoridades religiosas. Es negado por un amigo. Eso duele más.

Y ahí, inevitablemente, se me cruza la imagen de lo que ha ocurrido estos días en La Bañeza. Una mujer trans brutalmente agredida por un grupo de personas, insultada, golpeada hasta casi perder un ojo (1). No es solo violencia física. Es algo más profundo: es el intento de despojar a alguien de su dignidad, el empeño violento de decirle que no tiene lugar.

Me pregunto, con el Evangelio abierto delante de mí, ¿cuántas veces esa misma lógica —no tan extrema, pero sí real— se ha colado también en espacios de Iglesia que deberían ser de acogida?

Mateo nos muestra a Jesús en medio de una violencia que se justifica religiosamente. Los sumos sacerdotes buscan motivos para condenarlo. Necesitan encajar su vida en una categoría que permita rechazarlo. Esto también nos resulta demasiado familiar.

Cuántas veces las personas LGBTIQ+ hemos sido reducidas a una categoría moral, a un problema, a una etiqueta que impide vernos como personas completas, como creyentes, como hijas e hijos de Dios.

Muchas veces he compartido aquí esta herida: no tanto el rechazo abierto —que también— sino la experiencia de una fe vivida bajo sospecha, como si hubiera que justificarse constantemente.

Y, sin embargo, en medio de esa noche, hay un detalle que me sostiene: Jesús no deja de ser quien es. Ni cuando lo traicionan. Ni cuando lo juzgan. Ni cuando lo golpean. Ni cuando Pedro lo niega.

Hay una fidelidad silenciosa en Jesús que no depende del reconocimiento de los demás. Eso, para mí, es profundamente liberador. Porque muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos tenido que aprender a sostener nuestra fe así: sin aplausos, a veces sin comprensión, incluso con miedo. Pero con una certeza interior que nadie puede arrebatarnos: que Dios no se equivoca con nosotros.

Mateo también nos muestra una escena que me parece clave: Jesús en Getsemaní. Tiene miedo. Suda angustia. Se siente solo. Pide compañía… y sus amigos se duermen.

Ese momento me parece de una humanidad brutal. Porque desmonta la idea de que la fe elimina el sufrimiento. No. Jesús no deja de sufrir. Pero no se encierra en sí mismo. Se dirige al Padre. Se mantiene en relación.

Quizá ahí hay una clave importante para nosotras y nosotros que ordena nuestra determinación a no perder la fe. No negamos el dolor. No maquillamos las heridas. Pero tampoco rompemos el vínculo con Dios. Porque, incluso en la noche, Dios sigue estando.

Mi oración contemplando el texto de Mateo me lleva también a compartir algo claro, con respeto pero sin rodeos: La reacción de las autoridades religiosas en este relato del inicio de la Pasión no es solo un dato histórico. Es una advertencia permanente. Cuando la religión se convierte en un sistema que protege su propia seguridad por encima de la vida concreta de las personas, puede terminar justificando lo injustificable.

Eso ocurrió con Jesús. Y, salvando las distancias, algo de eso sucede hoy cuando la dignidad de las personas LGBTIQ+ no es defendida con claridad, cuando el silencio sustituye al compromiso, cuando la prudencia institucional y doctrinal pesa más que el sufrimiento real. No basta con no agredir. El Evangelio pide algo más: ponerse del lado de la víctima.

A quienes compartimos la experiencia LGBTIQ+ creyente, este texto nos dice algo muy importante: nuestra fe no es menos auténtica por haber pasado por la noche. Al contrario, muchas veces se ha hecho más verdadera ahí.

Y si tú no vives esta realidad, pero quieres ser fiel al Evangelio, el relato de Mateo te lanza una pregunta incómoda: ¿Dónde estás cuando alguien es señalado, ridiculizado o agredido por ser quien es? ¿Durmiendo, como los discípulos? ¿Mirando hacia otro lado? ¿O acompañando, aunque algunas veces no sepas muy bien cómo?

La noche de Jesús no terminó en la noche. Pero pasó por ella. Y quizá hoy, para muchas personas LGBTIQ+, seguimos en ese tramo oscuro del camino. Pero no estamos solas. Porque el Dios en quien creemos no es ajeno a la violencia, ni al rechazo, ni a la injusticia. Es un Dios que ha pasado por todo eso. Y que, incluso en medio de la noche, sigue susurrando: “Levantaos… vamos.”

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


(1) El 23 de marzo de 2026 Bianca Fernández, mujer trans, fue salvajemente agredida cuando intentaba utilizar los baños de mujeres en un pub de La Bañeza (León, España). 
https://www.youtube.com/watch?v=uAjjxiM8dWc 

Complot para matar a Jesús
 Cuando terminó este discurso, Jesús dijo a sus discípulos: —Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua y este Hombre será entregado para ser crucificado. Entonces se reunieron los sumos sacerdotes y senadores del pueblo en casa del sumo sacerdote Caifás, y se pusieron de acuerdo para apoderarse de Jesús con una estratagema y darle muerte. Pero añadieron que no debía ser durante las fiestas, para que no se amotinara el pueblo.
Unción en Betania
 Estando Jesús en Betania, en casa de Simón el Leproso, se le acercó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de mirra carísimo y se lo derramó en la cabeza mientras estaba a la mesa. Al verlo, los discípulos dijeron indignados:
—¿A qué viene este derroche? Se podía haber vendido bien caro para dar el producto a los pobres. Jesús lo advirtió y les dijo:
—¿Por qué molestáis a esta mujer? Ha hecho una obra buena conmigo. A los pobres los tendréis siempre cerca, pero a mí no siempre me tendréis. Al derramar el perfume sobre mi cuerpo, estaba preparando mi sepultura. Os aseguro que en cualquier parte del mundo donde se proclame la Buena Noticia, se mencionará lo que ha hecho ella.
Traición de Judas
 Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, se dirigió a los sumos sacerdotes y les propuso:
—¿Qué me dais si os lo entrego a vosotros?
Ellos se pusieron de acuerdo en treinta monedas de plata. Desde aquel momento buscaba una ocasión para entregarlo.
Preparación de la cena pascual
 El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
—¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? Él les contestó:
—Id a la ciudad, a un tal, y decidle: El maestro dice: mi hora está próxima; en tu casa celebraré la Pascua con mis discípulos. Los discípulos prepararon la cena de Pascua siguiendo las instrucciones de Jesús.
Anuncio de la traición
 Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían, les dijo:
—Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar. Consternados, empezaron a preguntarle uno por uno:
—¿Soy yo, Señor? Él contestó:
—El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ése me entregará. Este Hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay de aquél por quien este Hombre será entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido. Le dijo Judas, el traidor:
—¿Soy yo, maestro?
Le respondió Jesús:
—Tú lo has dicho.
Institución de la Eucaristía
 Mientras cenaban, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo:
—Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Tomando la copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:
—Bebed todos de ella, porque ésta es mi sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados. Os digo que en adelante no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. Cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos.
Anuncia el abandono de sus discípulos
 Entonces Jesús les dijo:
—Esta noche todos vais a fallar por mi causa, como está escrito:
Heriré al pastor y se dispersarán
las ovejas del rebaño. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea. Pedro le contestó:
—Aunque todos fallen esta noche, yo no fallaré. Jesús le respondió:
—Te aseguro que esta noche, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Pedro le replicó:
—Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.
Lo mismo dijeron los demás discípulos.
Oración en el huerto
 Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos:
—Sentaos aquí mientras yo voy allá a orar. Tomó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y empezó a sentir tristeza y angustia. Les dijo:
—Siento una tristeza mortal; quedaos aquí, velando conmigo. Se adelantó un poco y, postrado rostro en tierra, oró así:
—Padre, si es posible, que se aparte de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Volvió a donde estaban los discípulos. Los encontró dormidos y dijo a Pedro:
—¿Será posible que no habéis sido capaces de velar una hora conmigo? Velad y orad para no sucumbir en la prueba. El espíritu es decidido, pero la carne es débil. Por segunda vez se alejó a orar:
—Padre, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, que se haga tu voluntad. Volvió de nuevo y los encontró dormidos, pues tenían mucho sueño. Los dejó y se apartó por tercera vez repitiendo la misma oración. Después se acercó a los discípulos y les dijo:
—¡Todavía dormidos y descansando! Está próxima la hora en que este Hombre será entregado en poder de los pecadores. Levantaos, vamos; se acerca el que me entrega.
Arresto de Jesús
 Todavía estaba hablando cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de gente armada de espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El traidor les había dado una contraseña: Al que yo bese, ése es; arrestadlo. Enseguida, acercándose a Jesús le dijo:
—¡Salve, maestro!
Y le dio un beso. Jesús le dijo:
—Amigo, ¿a qué has venido?
Entonces se acercaron, le echaron mano y arrestaron a Jesús. Uno de los que estaban con Jesús desenvainó la espada y de un tajo cortó una oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
—Envaina la espada: Quien empuña la espada, a espada muere. ¿Crees que no puedo pedirle al Padre que me envíe enseguida más de doce legiones de ángeles? Pero entonces, ¿cómo se cumplirá lo que está escrito, que esto tiene que suceder? Entonces Jesús dijo a la multitud:
—Habéis salido armados de espadas y palos para capturarme como si se tratara de un asaltante. Diariamente me sentaba en el templo a enseñar y no me arrestasteis. Pero todo eso sucede para que se cumplan las profecías.
Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Jesús ante el Consejo
 Los que lo habían arrestado lo condujeron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los letrados y los senadores. Pedro le fue siguiendo a distancia hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué acababa aquello. Los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno buscaban un testimonio falso contra Jesús que permitiera condenarlo a muerte. Y, aunque se presentaron muchos testigos falsos, no lo encontraron. Finalmente se presentaron dos alegando:
—Éste ha dicho: Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
—¿No respondes a lo que éstos declaran contra ti? Pero Jesús seguía callado.
El sumo sacerdote le dijo:
—Por el Dios vivo te conjuro para que nos digas si eres el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús le respondió:
—Tú lo has dicho. Y os digo que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y llegando en las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo:
—¡Ha blasfemado! ¿Qué falta nos hacen los testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Cuál es vuestro veredicto?
Respondieron:
—Reo de muerte. Entonces le escupieron al rostro, le dieron bofetadas y lo golpeaban diciendo:
—Mesías, adivina quién te ha pegado.
Negaciones de Pedro
 Pedro estaba sentado fuera, en el patio. Se le acercó una criada y le dijo:
—Tú también estabas con Jesús el Galileo. Él lo negó delante de todos:
—No sé lo que dices. Salió al portal, lo vio otra criada y dijo a los que estaban allí:
—Éste estaba con Jesús el Nazareno. De nuevo lo negó jurando que no conocía a aquel hombre. Al poco tiempo se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
—Realmente tú eres uno de ellos, el acento te delata. Entonces empezó a echarse maldiciones y a jurar que no lo conocía. Al punto cantó un gallo y Pedro recordó lo que había dicho Jesús: Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Y saliendo afuera, lloró amargamente.

junio 28, 2025

CLXXV. ¿POR QUÉ UN DÍA DEL ORGULLO? (Y vosotr@s, quién decís que soy yo?)

 


Sobre Mateo 16, 13-19



«¿Quién decís vosotros que soy yo?» La pregunta que Jesús hace a sus amigos los deja trastornados. Y era precisa, obviamente, porque necesitaba saber en qué punto se encontraba y si quienes estaban caminando junto a Él tenían claras las cosas. Hacía poco tiempo que Jesús había salido de su vida oculta, de su armario particular en el que estuvo sin darse a conocer —según los evangelios— con la excepción de la pista que nos da Lucas cuando relata que se perdió de sus padres con doce años, y lo encontraron en el Templo de Jerusalén sentado entre los maestros, haciéndoles preguntas.


Él no estuvo escondido por miedo a nada, sino porque aún no había llegado el momento de darse a conocer.

Las personas LGBTIQ+ nos ocultamos por miedo a ser excluidas, despreciadas, señaladas y marcadas. En mi caso, todavía estuve más al fondo del armario a causa de los condicionantes religiosos que agravan el sentimiento de culpabilidad hasta límites dolorosos, como también experimentan hoy, todavía, muchas personas LGBTIQ+ creyentes.


La respuesta a la pregunta personal "¿quién creen (mi familia, mis amigos, mis compañeros, mis educadores y conocidos, ...) que soy yo" es justamente la que nos paraliza. Nos asusta, por si ese dictamen fuese hiriente y traumático, y pudiera traducirse en consecuencias desoladoras, tal como yo mismo, siendo un chaval, había podido observar en otras personas. Un vecino de casa era sospechosamente homosexual y los mayores nos advertían que no subiéramos a solas con él en el ascensor. Mi amigo Gonzalo tiene una inevitable pluma desde que era un crío, y las vejaciones y burlas en clase y los vestuarios eran continuas. 

A Álvaro sus padres lo echaron de casa.

En aquel momento no estaba dispuesto a arriesgarme tanto. Tenía miedo. Y sé que aun hay muchas mujeres y hombres que temen las consecuencias de visibilizarse.


Cuando me preguntan el porqué del Orgullo, me vienen a la cabeza las múltiples razones por las que ser como soy continúa siendo motivo de burla y razón para la violencia y el rechazo. 

En España gozamos de una legislación envidiable que ampara nuestros derechos como personas, respetando y valorando nuestra identidad sexual y de género. Aún así, es habitual la mofa y la sátira, el acoso, el incordio, la intimidación y la tiranización sobre personas LGBTIQ+ en ambientes escolares, laborales e incluso familiares. En nuestro país siguen siendo constantes, persistentes, los casos de agresiones incluso con resultado de muerte. 

En el mundo, en 2025, 65 jurisdicciones nacionales prohíben aún las relaciones homosexuales, privadas y consentidas entre hombres. De ellas, 41 castigan también los actos lésbicos. La dureza de las condenas oscila entre un amplio abanico que va desde menos de un año de cárcel hasta la cadena perpetua. Asimismo, este delito puede ser castigado con la pena capital en 12 países (Mauritania, Nigeria, Somalia, Afganistán, Brunéi, Irán, Pakistán, Qatar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Uganda y Yemen).

No es una exposición trágica, sino un retrato fiel de la realidad. 


Cuando voy por la calle de la mano de mi pareja tengo que soportar miradas burlonas y risas a nuestras espaldas. He de tener cuidado si le beso en un parque, porque puede que algún padre nos acuse de herir la sensibilidad de sus hijos. Si entro abrazando a mi novio en un restaurante, puede que nos acomoden en una mesa en el fondo, para no molestar. Si salgo de un local por la noche y regreso solo a casa, camino deprisa no sea que hoy me toque recibir dos tortas por marica. Esto tampoco es un relato victimista. Pasa cada día. 


Cuando un colectivo se siente de esta manera, discriminado de facto, nace el orgullo. Sé que toda mi vida, probablemente, me estaré preguntando ¿quién decís que soy yo"?. Hace tiempo esa respuesta me importaba mucho. Desde que salí del armario, cualquier réplica ofensiva es ahogada por mi orgullo de ser quien soy, de ser como soy, de amar como amo. 


Por eso nos manifestamos cada año en todo el mundo, para expresarnos orgullosas y orgullosos dignificando nuestra identidad, vistiéndonos de arcoíris revelando nuestra alegría y nuestro íntimo deseo de que nunca más fuese necesario pedir que se nos trate y valore como a las demás mujeres, como a los demás hombres.  


Y tú, Iglesia, ¿quién dices que soy yo?

Si soy honesto, reconozco que Francisco levantó las persianas, corrió las espesas y opacas cortinas y abrió las ventanas para que entrase la luz, el aire fresco y el Espíritu, probablemente por este orden. Esta Iglesia en camino no es la de los inicios del 2012. Pero aún huele a rancias páginas de tradición y doctrina que enmascaran el aroma dulce del Evangelio de Jesús. La doctrina y la tradición son necesarias y no son malas per se, excepto cuando se utilizan ambas como armas arrojadizas. 

¿Quién somos nosotras y nosotros para ti, Iglesia, tus miembros no heterosexuales? Somos personas merecedoras de todo respeto, pero también dices que nuestros comportamientos son intrínsecamente desordenados. Afirmas que somos hijas e hijos de Dios, pero nos niegas sacramentos solo porque somos diferentes. Nos pones encima, con frecuencia, cargas difíciles de llevar. Nos lanzas a las orillas del camino, donde solo las gentes más sensibles se acercan a susurrarnos que Dios nos ama y nos quiere en su Iglesia pese a todo


¿Y Jesús?

Por supuesto, dentro del armario es imposible no enfrentarse a esa pregunta de Jesús, tal cual. Y muchas veces reflexioné sobre ello. ¿Quién es Cristo para mí? (y, en extensión, quién es Jesús para las personas LGBTIQ+H creyentes). 

Yo no había perdido la fe y nadie iba a echarme de la Iglesia mientras fuese capaz de guardar mi armario cerrado. Pero mi respuesta a su pregunta directa evolucionaba a medida que mi resentimiento —a causa del daño que me estaba haciendo el ingrediente religioso— crecía en mis tripas como la espuma de las olas que golpean las rocas. Jesús para mí llego a ser aquel por el que sus seguidores más piadosos rechazaban a las personas LGBTIQ+; Jesús era la razón de ser por la que los escribas y sacerdotes de nuestra época habían dejado escrito que mis actos son "intrínsecamente desordenados, contrarios a la ley natural y no pueden recibir aprobación en ningún caso" (Cfr. CIC 2357). Esa era finalmente mi respuesta enojada a la pregunta de Jesús. Es decir, Jesucristo cada vez era menos en mi vida.


Solamente cuando di otra vuelta a la pregunta y me interesé en saber quién decía Jesús que era yo, pude reconciliarme y comenzar a calmar el dolor. No fue un proceso fácil. Hubo un gran desierto. Pero ineludiblemente ahí estaba esperándome paciente, y en ese instante ocurrieron dos cosas: contesté afirmando que Él era el Mesías, El Salvador, el reencarnado por Dios hecho hombre también para mí, como para toda la humanidad sin excepción. Y la segunda cosa que sucedió es que alcancé el suficiente valor para salir del armario como hombre tal cual soy, pero sobre todo como hombre que cree en Dios, en el Dios de todas y de todos. Me gusta contar que el Señor me llevó al desierto y allí me sedujo, habló a mi corazón y le respondí, ese precioso texto de Oseas que me marcó para siempre.


Desapareció el resentimiento en la medida en que supe discernir entre lo que es cosa de Dios y lo que es cosa de los hombres. Dios evidentemente no ha escrito ese trágico y doloroso epígrafe del catecismo. Dios tampoco está en quienes agitando el signo de la Cruz siguen atacando incluso con violencia y muerte a las personas LGBTIQ+. Ese convencimiento de que Dios no tiene nada que ver porque de ninguna forma esos comportamientos y actitudes son obra suya, me ha permitido también perdonar. Al separar a Dios de todo eso quedan al descubierto los hombres, y puedo perdonar a cualquier ser humano con mayor o menor esfuerzo. Finalmente, al desaparecer el rencor también se esfuma el sentimiento de víctima. Queda una profunda paz liberadora.


Contemplar este texto de Marcos, situarme allí y observar la escena con los cinco sentidos, me sobrecoge porque actualiza su pregunta en mí, la escucho, veo las dudas de los discípulos como las propias mías, y soy testigo de cómo se remueve Pedro cuando oye de boca de Jesús quién es realmente Él y cuánto ha de suceder. Confirmo mi deseo de conocer internamente a Cristo que se ha hecho hombre por mí, para más amarle y seguirle. Cristo que me quiere como soy, sin condiciones. La voz de Jesús es firme y dulce a la vez. Invita a la libertad, a confiar, a dejarse hacer en sus manos. Así que cuando dice que quien quiera ir con Él ha de tomar su cruz, me acuerdo de cuántas otras cargué sin contar con sus brazos y me imagino lo bueno que será compartir con Jesús ese leño todo el tiempo que haga falta.


El Orgullo para las mujeres y hombres creyentes, no viene solamente de la íntima percepción de sentirnos satisfechos y felices por como somos, sentimos y amamos, sino también de la certeza de que el Padre nos ama inmensamente, como obra perfecta suya.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.»