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abril 11, 2026

CCV. PUERTAS CERRADAS


Sobre
Juan 20, 19-31

El Evangelio describe una escena muy concreta: puertas cerradas por miedo a quienes están fuera. No es una imagen espiritual sin más. Es una decisión de supervivencia. Quedarse dentro, protegerse, evitar exponerse. Y, al leerlo, no puedo evitar reconocer ahí algo profundamente cercano.

Porque muchas personas LGBTIQ+ también hemos vivido así. No con cerrojos visibles, pero sí con una puerta interior bien cerrada. El armario no es solo silencio: es estrategia, es defensa, es aprender a medir cada palabra, cada gesto, cada verdad que se puede decir… o no. Y ese encierro no nace de la nada. Nace del miedo a quienes están fuera: al rechazo, a la burla, a la violencia, a dejar de ser aceptado. A veces incluso al rechazo en nombre de Dios.

Durante mucho tiempo, mi fe creció dentro de ese espacio cerrado. No era una fe libre, era una fe vigilada. Aprendida bajo sospecha. Y eso deja huella. Porque cuando te han enseñado que lo que eres puede alejarte de Dios, no es fácil reconocerlo como cercano. Ahí es donde la duda empieza a echar raíces.

Por eso me resulta tan honesta la figura de Tomás. No estaba cuando Jesús se apareció por primera vez. Y cuando le cuentan lo ocurrido, no puede creerlo. Pero no porque no quiera. Sino porque no puede. Porque hay una historia detrás. Porque hay experiencias que hacen difícil confiar en una buena noticia que nunca ha sido del todo buena para ti.

“Si no lo veo… no creeré.” No suena a rebeldía. Suena a protección. A alguien que necesita tocar para poder confiar. Y eso, en muchas personas LGBTIQ+ creyentes, es muy real. No basta con que nos digan que Dios ama. Hemos escuchado demasiadas veces lo contrario, o algo que se parecía demasiado a lo contrario.

Por eso me parece decisivo lo que hace Jesús. No deja fuera a Tomás. No lo corrige. No le exige fe. Vuelve. Se coloca delante de él. Y le ofrece sus heridas. Justo ahí. Donde Tomás necesita. Sin reproche.

Eso cambia la lógica.

Porque la fe ya no es una obligación moral, ni una prueba que hay que superar. Es un encuentro que se adapta a la historia de cada persona. También a la mía. También a la de quienes hemos aprendido a desconfiar.

Y vuelvo a la escena inicial. Las puertas siguen cerradas. El miedo no desaparece de golpe. Pero Jesús entra igualmente. No espera a que todo esté resuelto. No exige que primero dejemos de tener miedo. Entra en ese espacio tal como es.

Eso, para mí, es profundamente liberador.

Porque significa que Cristo no está fuera del armario esperando a que salgamos. Está dentro. En ese lugar donde hemos aprendido a escondernos. En ese espacio donde la fe ha sido a veces más lucha que consuelo. Y desde ahí dice: “Paz”. No como una idea, sino como una presencia que desarma el miedo poco a poco.

Pero aquí es donde el Evangelio se vuelve incómodo.

Porque mientras Jesús atraviesa puertas cerradas para encontrarse con quienes tienen miedo, a veces la Iglesia sigue siendo uno de los motivos por los que esas puertas se cierran. No siempre con violencia explícita. A veces con silencios. A veces con discursos que no nombran, pero excluyen. A veces con una acogida que se queda en lo teórico.

Y entonces la pregunta se vuelve inevitable.

¿Estamos ayudando a abrir espacios… o estamos contribuyendo a que muchas personas sigan encerradas?

No basta con decir “Dios ama”. No basta con invitar a confiar. Hay que hacerse cargo de las heridas que dificultan esa confianza. Hay que permitir que la fe se pueda tocar. Como hizo Jesús con Tomás.

Yo he necesitado ese proceso. He necesitado atravesar la duda, desmontar imágenes de Dios que no eran verdad, dejar de creer en un Dios que no se parecía a Cristo. Y no ha sido rápido. Ni fácil. Pero ha sido real.

Por eso, cuando leo este Evangelio, no veo solo una aparición. Veo un camino.

El de unas personas que pasan del encierro a la posibilidad.
El de alguien que duda… y no es expulsado por ello.
El de un Dios que no se impone, sino que se ofrece.

Y eso —aunque a veces no se quiera reconocer— también está ocurriendo hoy. En la vida de muchas personas LGBTIQ+ que, incluso desde espacios cerrados, siguen buscando, dudando, creyendo a su manera.

Quizá la verdadera pregunta no es si tenemos fe.

Sino si estamos dispuestos a dejar que Cristo entre donde todavía tenemos miedo.

Y si, como Iglesia, vamos a seguir cerrando puertas… 
o por fin vamos a aprender a no ponerlas.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

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