Sobre Juan 20, 1-9
Hay algo en este relato que siempre me ha desconcertado.
No empieza con la vida… empieza con la ausencia.
María Magdalena llega cuando aún está oscuro.
No busca un milagro.
Busca un cuerpo.
Y lo que encuentra es una piedra corrida.
Nada más.
Ni ángeles.
Ni palabras.
Ni consuelo.
Solo una señal extraña:
lo que estaba cerrado… ya no lo está.
A veces la fe empieza así.
No con respuestas, sino con una grieta.
Durante mucho tiempo, muchas personas hemos vivido con la sensación de que nuestra vida estaba sellada.
Como si hubiera un lugar asignado: el margen, el silencio, el “mejor no decir”.
Como si la fe y lo que somos no pudieran convivir.
Como si la piedra fuera definitiva.
Pero llega un momento —a veces pequeño, a veces doloroso— en que algo se mueve.
No fuera, sino dentro.
Y entonces empieza a surgir una sospecha:
quizá Dios no está donde nos dijeron.
Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba corren.
Entran.
Ven.
Todo está en orden… excepto lo esencial.
Jesús no está.
Y sin embargo, el Evangelio dice algo decisivo, referido a ese discípulo amado que primero no se atrevió a entrar y luego lo hizo con Pedro:
“vio y creyó.”
No entendió.
No vio a Jesús.
No tuvo pruebas.
Pero creyó.
Porque hay una forma de fe que nace no de la evidencia, sino del reconocimiento interior.
Y eso tiene mucho que ver con la experiencia de muchas personas LGBTIQ+ creyentes.
No siempre ha habido palabras.
No siempre ha habido acompañamiento.
No siempre ha habido Iglesia.
Pero sí ha habido momentos en los que algo encajaba por dentro:
una paz inesperada,
una certeza silenciosa,
la intuición de que Dios no rechazaba.
Muchas veces he hecho referencia a esa experiencia personal:
descubrir que el problema no era Dios…
sino la imagen de Dios recibida.
Y cuando esa imagen cae, cuando la piedra se mueve, algo respira.
La Resurrección, en este texto, no es un espectáculo.
Es un desplazamiento.
La vida ya no está donde estaba.
Y eso es profundamente incómodo.
Porque obliga a moverse.
Obliga a salir.
Obliga a dejar de buscar en el sepulcro.
Por eso esta página del Evangelio no es solo consuelo.
Es también una denuncia.
Porque quizá hoy seguimos haciendo lo mismo:
custodiando sepulcros que ya están vacíos,
repitiendo discursos que ya no contienen vida,
hablando de Dios sin reconocer dónde actúa realmente.
Y aquí la pregunta se vuelve directa.
¿Dónde estamos buscando a Cristo?
¿En estructuras que no se dejan mover?
¿En categorías que no escuchan la vida concreta?
¿O en esos lugares donde, a pesar de todo, la fe sigue naciendo?
Porque hay una convicción profunda: La Resurrección no ha terminado. Sigue ocurriendo.
También en la vida de muchas personas LGBTIQ+ que han pasado del miedo a la verdad,
del encierro a la libertad, del silencio a una fe vivida con dignidad.
No de forma perfecta.
No sin heridas.
Pero real.
Y eso —aunque no siempre se quiera reconocer— es también obra de Dios.
Por eso, cuando la piedra se mueve, no hay vuelta atrás.
Se puede dudar.
Se puede tardar en entender.
Pero ya no se puede volver a cerrar el sepulcro.
Porque la vida…
ya ha salido.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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