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mayo 16, 2026

CCX. DONDE CALLAN, ÉL PERMANECE


Sobre
Mateo 28, 16-20


Hay algo profundamente desconcertante en este final del Evangelio de Mateo. Jesús reúne a los suyos en una montaña de Galilea, después de la muerte, después del miedo, después de las traiciones. Y el texto dice algo que siempre me conmueve porque me parece brutalmente humano: “al verlo, lo adoraron; aunque algunos dudaron”.

Algunos dudaron.

No estaban fuera del grupo. No eran enemigos. No eran menos discípulos. Estaban allí… y dudaban.

Durante años me aferré a esa frase casi como quien se agarra a una barandilla para no caer. Porque yo también he vivido la fe desde la duda. No la duda de Dios, curiosamente. Esa casi nunca la tuve del todo. Mi duda era otra: si de verdad había sitio para mí dentro de una Iglesia que tantas veces parecía hablar de las personas como yo sin habernos mirado nunca a los ojos.

Crecí escuchando que mi forma de amar era un problema. Que mi afectividad debía vivirse escondida, corregida o reprimida. Y llega un momento en que una persona termina agotada de tener que justificarse incluso delante de Dios. Por eso entiendo tan bien a quienes se marcharon. A quienes dejaron de entrar en una iglesia porque ya no soportaban escuchar cómo se hablaba de ellos y ellas desde púlpitos donde jamás se nombraba su sufrimiento real.

Lo que pasa es que yo nunca conseguí irme del todo.

Porque, pese a todo, seguía habiendo algo en Jesús que no coincidía con la dureza de algunos discursos. Había una manera suya de acercarse a la gente herida, excluida o impura que hacía imposible pensar que Él pudiera rechazarme. Y esa intuición me salvó muchas veces.

Por eso este Evangelio me parece tan importante para las personas LGBTIQ+ creyentes. Porque Jesús no entrega la misión a personas perfectas ni seguras. La entrega a una comunidad frágil, atravesada todavía por el miedo y por la duda. Y aun así, confía en ellas.

Eso cambia completamente la mirada.

Porque entonces la fe deja de ser un premio para quienes cumplen determinados requisitos morales o afectivos. La fe se convierte en llamada. En presencia. En envío.

“Ir y hacer discípulos” nunca significó construir una aduana espiritual donde unas personas pudieran entrar y otras no. Nunca significó levantar estructuras obsesionadas con controlar cuerpos, afectos o identidades mientras se olvidan cuestiones mucho más graves: el abuso de poder, la manipulación de las conciencias, el silenciamiento de las víctimas o el miedo institucional a la verdad.

Y aquí es imposible no sentir vergüenza y rabia cuando, una vez más, salen a la luz voces de responsables eclesiales pidiendo perdón mientras al mismo tiempo parecen más preocupados por contener el escándalo y proteger silencios que por cuidar de verdad a quienes han sido heridos. Quienes hemos vivido años escondiendo partes de nuestra vida reconocemos enseguida esa lógica. Sabemos perfectamente cómo funciona una institución cuando considera que la verdad resulta peligrosa.

Por eso duele tanto.

Porque mientras se pide a las personas LGBTIQ+ transparencia absoluta sobre su intimidad, sinceridad total sobre sus afectos y una vigilancia permanente sobre sus vidas, demasiadas veces la propia institución sigue manejándose desde la opacidad, el miedo y la protección de determinadas imágenes de poder.

Y eso no es solo incoherencia. Es pecado.

Pecado contra el Evangelio. Pecado contra la verdad. Pecado contra personas concretas.

A veces pienso que una parte de la Iglesia tiene miedo de Jesús. Del verdadero. Del que se acercaba demasiado a quienes no debía. Del que rompía seguridades religiosas para poner en el centro la dignidad humana. Del que jamás convirtió la pureza moral en condición previa para amar.

Porque cuando una institución necesita silenciar heridas para protegerse, ya no se parece demasiado al Evangelio.

Y aun así, aquí seguimos.

No porque no veamos las contradicciones. Las vemos demasiado bien. No porque no duela. Duele muchísimo. Seguimos aquí porque, incluso entre tanta fragilidad, seguimos reconociendo su voz.

La de Jesús.

La que nunca me pidió dejar de ser quien soy para poder acercarme. La que me sostuvo cuando el miedo era más grande que la esperanza. La que me enseñó que también yo podía subir a esa montaña, aunque llegara con dudas.

Y quizá eso sea lo más revolucionario de este texto.

Que Jesús no esperó a que desaparecieran las dudas para quedarse con los suyos. Tampoco espera hoy a que resolvamos todas nuestras contradicciones para seguir caminando con nosotros y nosotras.

“Yo estoy con vosotros todos los días”.

También en los márgenes.
También en los armarios.
También entre quienes la institución preferiría invisibles.

Y quizá ahí, precisamente ahí, es donde más claramente sigue estando. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

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