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junio 19, 2026

CCXV. A PLENA LUZ


Sobre
Mateo 10, 26-33


Hubo un día en que el miedo dejó de mandar.

No sabría decir exactamente cuándo ocurrió.

Quizá fue poco a poco. Quizá sucedió sin hacer ruido. Como amanecen algunas cosas importantes.

Solo sé que un día descubrí que llevaba demasiado tiempo viviendo pendiente de lo que otras personas pensaban de mí.

Y dejé de hacerlo.

No porque desaparecieran todos los riesgos.

No porque el mundo se hubiera vuelto más amable.

Simplemente porque encontré algo más fuerte que el miedo.

Encontré la libertad.

Cuando era adolescente creía que ser homosexual era una especie de secreto que debía proteger a toda costa. Pensaba que, si alguien lo descubría, perdería algo importante. El respeto. Los afectos. Mi lugar en la Iglesia. Tal vez hasta a Dios.

Qué curioso resulta mirar atrás.

Porque hoy sé que Dios jamás estuvo escondido al otro lado de la puerta del armario esperándome para juzgarme.

Estaba dentro conmigo.

Acompañándome.

Esperando pacientemente a que yo mismo descubriera que no tenía nada que temer.

Por eso este Evangelio me produce una alegría enorme.

Jesús no habla como quien intenta tranquilizar a alguien asustado.

Habla como quien conoce el final de la historia.

" No tengáis miedo."

Y lo repite varias veces.

Como si supiera que terminaríamos olvidándolo.

Como si conociera perfectamente nuestra tendencia a encoger el alma para ocupar menos espacio.

Pero Dios no crea personas para que ocupen menos espacio.

Nos crea para vivir.

Para amar.

Para respirar a pleno pulmón.

Para caminar con la cabeza alta.

Para ser quienes somos.

Quizá por eso me emociona tanto la frase que invita a proclamar desde las azoteas lo que antes se escuchaba al oído.

Durante mucho tiempo pensé que hablaba solamente de la fe.

Ahora creo que también habla de la vida.

De esa parte de nosotros que aprendimos a esconder.

De esa verdad que un día deja de susurrarse y empieza a pronunciarse con serenidad.

No para desafiar a nadie.

No para provocar.

Simplemente porque ya no queremos seguir ocultándonos.

Y qué descanso produce eso.

Qué descanso tan inmenso.

A veces me preguntan por qué una persona creyente participa en espacios públicos donde se reivindica la dignidad de las personas LGBTIQ+.

La respuesta es sencilla.

Porque el Evangelio nunca me enseñó a mirar hacia otro lado cuando alguien era humillado.

Porque la fe no consiste en encerrarse en lugares seguros.

Porque Jesús nunca se quedó cómodamente lejos de quienes sufrían.

Y porque la libertad siempre merece ser celebrada.

Quizá algunas personas solo vean colores, música o gestos provocadores.

Yo veo algo más.

Veo personas que han sobrevivido al miedo.

Veo vidas recuperadas.

Veo a quienes durante años escucharon que eran un error y han descubierto que no lo eran.

Veo a quienes vuelven a respirar.

Y eso me parece profundamente evangélico.

Porque el Reino de Dios siempre se parece un poco a eso: personas recuperando la vida que otros les habían intentado arrebatar.

Por supuesto que siguen existiendo prejuicios.

Por supuesto que continúan produciéndose agresiones, exclusiones y rechazos.

Pero esta reflexión no va sobre ellos.

Va sobre algo mucho más importante.

Va sobre la alegría de haber descubierto que eran mentira.

Mentira las voces que decían que Dios nos rechazaba.

Mentira las voces que decían que debíamos avergonzarnos.

Mentira las voces que afirmaban que nuestro amor nos alejaba del Creador.

Jesús tiene razón.

Valemos más de lo que imaginamos.

Mucho más.

Y cuando una persona descubre eso, sucede algo extraordinario.

Deja de vivir escondida.

Deja de pedir permiso para existir.

Deja de tener miedo.

Entonces comprende que Dios nunca estuvo entre quienes señalaban con el dedo.

Siempre estuvo caminando a su lado.

Y desde ese momento la vida cambia.

Porque después de todo, ¿quién dijo miedo? 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo.»

junio 12, 2026

CCXIV. SEGUIMOS AQUÍ


Sobre
Mateo 9,36–10,8


Hay descubrimientos que llegan tarde, pero cuando llegan cambian muchas cosas.

Uno de ellos fue darme cuenta de que nunca estuve solo.

Durante años pensé que ser creyente y homosexual era una especie de anomalía. Algo que me ocurría a mí y a unas pocas personas más. Miraba alrededor en la parroquia, en los grupos, en las celebraciones, y no veía a nadie. O al menos eso creía.

Con el tiempo comprendí que sí estaban.

Estaban por todas partes.

Cantando en el coro. Preparando la catequesis. Visitando enfermos. Participando en Cáritas. Rezando en silencio en los últimos bancos. Celebrando su fe con una discreción que muchas veces era simple supervivencia.

Nos habíamos acostumbrado a no reconocernos.

A vivir detrás de puertas cerradas.

A hablar en voz baja.

A esconder aquello que otros jamás tuvieron que ocultar.

Después llegaron los encuentros. Una historia. Otra más. Luego decenas. Personas distintas, de edades diferentes, con trayectorias muy diversas, pero con algo en común: seguían buscando a Jesús después de haber escuchado demasiadas veces que quizá no había sitio para ellas en la Iglesia.

Entonces entendí algo que todavía hoy me emociona.

No éramos una excepción.

Éramos una multitud.

Una multitud silenciosa.

Quizá por eso las palabras de Jesús siguen golpeándome con tanta fuerza cuando contempla a la gente cansada y abatida, "como ovejas sin pastor".

Porque sigo encontrando demasiadas personas en esa situación.

Hace pocos días leí el testimonio de un hombre creyente que, después de recibir la comunión, fue llamado aparte por su párroco. Quería hablar con él. Lo que escuchó a continuación fue devastador: que no volvería a recibir la Eucaristía, que el sacramento era para él poco menos que un veneno, que su relación afectiva lo convertía en una persona indigna ante Dios.

Cuando terminé de leerlo me quedé un rato en silencio.

No porque me sorprendiera. Quienes pertenecemos al colectivo LGBTIQ+ conocemos historias parecidas desde hace demasiado tiempo.

Lo que me dolió fue imaginar la escena.

La puerta de la parroquia.

La conversación.

La humillación.

Y, sobre todo, la soledad.

Porque conozco bien esa sensación de que alguien pretende interponerse entre Dios y tú.

Sin embargo, cada vez que intento imaginar a Jesús en esa escena, la imagen no encaja.

No consigo verlo expulsando.

No consigo verlo humillando.

No consigo verlo negando el pan a quien se acerca con hambre.

Lo que sí veo es al Jesús de los Evangelios acercándose a quien acaba de ser herido por motivos religiosos.

Lo veo haciendo preguntas.

Escuchando.

Acompañando.

Devolviendo dignidad.

Porque esa fue una constante de su vida pública. Jesús parecía sentirse especialmente atraído por quienes cargaban sobre los hombros el peso de la exclusión religiosa.

Por eso me inquieta tanto una Iglesia que a veces parece más preocupada por vigilar que por acompañar.

Más interesada en controlar que en sanar.

Más pendiente de determinadas normas que de las personas concretas que tiene delante.

Y no hablo solo de las personas LGBTIQ+.

Pienso también en quienes se han sentido rechazadas por estar divorciadas, por convivir en pareja, por no encajar en determinados moldes, por formular preguntas incómodas o simplemente por ser diferentes.

Pienso en todas esas personas que un día dejaron de sentirse en casa.

Y vuelvo al Evangelio.

"Estaban como ovejas sin pastor."

Qué tristeza que esa frase siga describiendo la experiencia de tantas hijas e hijos de Dios.

Lo más doloroso es que muchas de esas personas no han perdido la fe.

Han perdido la confianza.

Y recuperar la confianza cuesta muchísimo más que conservar la fe.

Por eso me conmueve que Jesús no se limite a sentir compasión. Después reúne a sus discípulos y discípulas —porque alrededor suyo había muchas más personas que los Doce— y los envía a curar, a levantar, a devolver esperanza.

Nunca a humillar.

Nunca a avergonzar.

Nunca a cerrar puertas.

Cuando Jesús envía, no entrega poder sobre las personas. Entrega responsabilidad hacia ellas.

Quizá por eso sigo creyendo en la Iglesia.

No siempre gracias a ella, a veces a pesar de ella.

Pero sigo creyendo.

Porque también he conocido comunidades donde nadie me preguntó a quién amaba antes de darme un abrazo.

He conocido sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que me ayudaron a descubrir que Dios jamás estuvo en guerra conmigo.

He conocido el Evangelio vivido de verdad.

Y eso cambia la vida.

Por eso esta reflexión no nace de la amargura.

Nace de la esperanza.

De la certeza de que Jesús sigue mirando a quienes están cansados y abatidos con la misma compasión de entonces.

Y de la convicción de que llegará el día en que nadie tenga que escoger entre su fe y su dignidad.

Porque Dios nunca ha pedido semejante sacrificio.

Y porque ninguna oveja debería caminar sola cuando existe un Pastor que conoce su nombre.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, al ver Jesús a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»
Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judás Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.»

abril 29, 2026

CCVIII. NO TENGAS MIEDO


Sobre
Juan 14, 1-12 


Durante mucho tiempo creí —o mejor, me hicieron creer— que yo no podía seguir a Jesús. Que mi forma de amar me colocaba fuera de su camino. Y uno, cuando escucha eso tantas veces, acaba por instalarlo dentro. No como una idea pasajera, sino como una certeza que pesa. Así fui viviendo, durante años, sostenido por una fe que no desaparecía, pero herida por una sospecha constante: quizá yo no tenía lugar.

Y sin embargo, había algo que no encajaba. Una intuición silenciosa, persistente, que me decía que Jesús no podía ser así. Que no podía rechazarme. Que lo que escuchaba en algunos púlpitos no terminaba de coincidir con lo que yo intuía de Él. No sabía explicarlo, pero estaba ahí. Como una pequeña luz que no se apagaba.

Por eso este pasaje de Juan me resulta tan decisivo. No tanto por las grandes afirmaciones que vienen después —el camino, la verdad, la vida—, sino por esas primeras palabras que, si no se entienden bien, lo demás se desmorona: “No os turbéis. No tengáis miedo. Creed en Dios y creed también en mí”.

Yo necesitaba eso. No una doctrina más. No una norma mejor formulada. Necesitaba que alguien me devolviera la calma. Que me dijera que no estaba condenado, que no estaba fuera, que no tenía que esconderme para poder creer.

Porque cuando te han hecho sentir desheredado de Dios, lo primero que se rompe no es la fe, sino la confianza. Y sin confianza, todo lo demás suena hueco.

He pensado muchas veces qué habría pasado si hubiera dejado de escuchar esa voz interior que me pedía no tener miedo. Si hubiera creído del todo que no había camino para mí. Probablemente habría abandonado. No solo la Iglesia. También a Jesús.

Y sin embargo, no fue así.

Porque hubo un momento —no inmediato, no fácil— en que entendí que esas palabras no eran para otros. Eran para mí. “No tengas miedo. Confía.” Y ahí empezó algo nuevo. No una seguridad perfecta, sino una manera distinta de caminar.

Luego sí, vinieron las preguntas. Como las de Tomás. Como las de Felipe. ¿Por dónde? ¿Cómo? ¿Dónde está el Padre? Y me reconozco en ellas. Porque también yo he tenido momentos de no entender nada, de no ver lo evidente, de sentirme perdido incluso dentro de la fe.

Pero el Evangelio no ridiculiza esas dudas. Las acoge. Y las sitúa en un camino.

Jesús no dice: “entendedlo todo y luego venid”. Dice: “confiad”. Y eso, en una vida atravesada por el miedo, lo cambia todo.

Porque cuando el miedo empieza a caer, aparece algo inesperado: la libertad. No una libertad sin conflictos, sino una libertad real para vivir sin esconderse, para creer sin pedir permiso, para saberse dentro sin tener que justificarse constantemente.

Precisamente ahí es donde esta experiencia deja de ser solo personal.

Y es que no puedo olvidar que hay muchas personas LGBTIQ+ que siguen escuchando lo mismo que yo escuché. Que siguen creciendo con la idea de que no hay camino para ellas. Que siguen dudando no de Dios, sino de su lugar en Él.

Y eso tiene responsables.

Cuando la Iglesia transmite más miedo que confianza, cuando habla más de exclusión que de vida, cuando convierte el seguimiento de Jesús en un filtro en lugar de una invitación… algo esencial se pierde. No en abstracto. En personas concretas.

Por eso esta reflexión no es solo una confesión. Es también una llamada.

A quienes nunca habéis tenido que dudar de si Dios os quiere tal como sois: deteneos un momento. Escuchad estas palabras como si fueran nuevas: “No tengáis miedo”. Y preguntaos si vuestras comunidades de fe ayudan a que otras y otros puedan escucharlas así… o si, por el contrario, las habéis convertido en algo inaccesible.

Porque todo lo demás —el camino, la verdad, la vida— solo tiene sentido si empieza ahí. En alguien que, mirándote de frente, te dice: "No tengas miedo. Confía. También tú puedes venir."

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

febrero 21, 2026

CXCVII. LA TENTACIÓN


Sobre
Mateo 4, 1-11

El relato de Mateo —las tentaciones de Jesús en el desierto— no es para mí una escena piadosa que se contempla desde lejos. Es una radiografía espiritual. Ahí me reconozco. Ahí se cruzan mi fe en Jesús y mi experiencia como persona LGBTIQ+ creyente en una Iglesia que muchas veces nos ha dejado en los márgenes.

Jesús acaba de escuchar: “Tú eres mi Hijo amado”. Y justo entonces es llevado al desierto. Esto es decisivo. La certeza de ser amado no lo libra de la prueba; más bien la inaugura. Para quienes somos LGBTIQ+ dentro de la Iglesia, el desierto no es una metáfora bonita: es la sensación de estar siempre a prueba, siempre bajo sospecha, siempre invitados a justificar nuestra existencia. Y, sin embargo, la voz primera no es la que acusa; es la que llama “hijo amado”.

La primera tentación —“Si eres Hijo de Dios, convierte estas piedras en pan”— me resulta dolorosamente actual. Cuántas veces se nos ha pedido que convirtamos lo que somos en otra cosa más digerible. Que cambiemos, que ocultemos, que suavicemos, que nos hagamos invisibles para no incomodar. “Si de verdad eres cristiano…”, “Si amas a la Iglesia…”. El “si” condicional del tentador sigue resonando. Pero Jesús no acepta demostrar su identidad a costa de traicionarse. No convierte las piedras en pan para satisfacer expectativas ajenas. Yo tampoco quiero vivir mi fe como una estrategia para ser tolerado. No somos un error a corregir ni una piedra que deba transformarse para encajar en el molde.

La segunda tentación —tirarse desde el Templo— toca otra herida. El Templo es el centro religioso, el lugar del poder espiritual. ¿Cuántas personas LGBTIQ+ han sido expuestas, juzgadas o utilizadas como “casos” en debates eclesiales? Como si nuestra vida fuera un experimento teológico. El diablo cita la Escritura para justificar el salto. También hoy se nombran textos bíblicos para empujarnos al vacío. Pero Jesús se niega a poner a Dios al servicio de una lógica que hiere. No se lanza al espectáculo religioso. Y yo me niego a aceptar una espiritualidad que me obligue a saltar contra mí mismo para probar mi fidelidad.

La tercera tentación es la más cruda: poder y seguridad a cambio de adoración. Traducido a nuestra realidad: pertenencia a cambio de silencio. Aceptación a cambio de negación. Un lugar en la comunidad si no nombras quién eres, si no amas públicamente, si no cuestionas estructuras. Es una oferta real en las fronteras de la Iglesia: puedes quedarte, pero fragmentado. Puedes comulgar, pero sin voz. Puedes servir, pero sin historia. Jesús responde con una claridad que incomoda: “Al Señor tu Dios adorarás”. No adoraré ni el miedo ni el poder que excluye. No doblaré la rodilla ante una paz construida sobre nuestra invisibilidad.

La realidad LGBTIQ+ en la Iglesia sigue siendo fronteriza. Estamos dentro y fuera al mismo tiempo. Bautizados, creyentes, servidores en comunidades… pero muchas veces tratados como problema pastoral, como excepción incómoda, como tema a resolver. Y, sin embargo, seguimos aquí. No por terquedad ideológica, sino por amor a Jesús. Porque su Evangelio nos alcanzó antes que cualquier juicio. Porque sabemos que la gracia no tiene orientación ni etiqueta.

Mateo 4, 1-11 me recuerda que el desierto no es señal de abandono, sino espacio de discernimiento. Que las tentaciones no definen quién soy; lo define la voz del Padre. Y desde esa certeza quiero vivir: no pidiendo permiso para existir, no negociando mi dignidad, no renunciando a mi fe.

Soy creyente en Jesús. Soy parte de la realidad LGBTIQ+. Y no son dos identidades en guerra. Son una misma historia atravesada por la gracia. Permanecer en la Iglesia hoy, desde nuestras fronteras, es un acto profundamente evangélico: es negarse a adorar otros dioses y apostar, contra toda tentación, por el Reino que Jesús anunció. Un Reino donde nadie tiene que dejar de ser quien es para saberse hijo o hija amada de Dios.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.


diciembre 20, 2025

CLXXXVII. DIOS CON NOSOTR@S (una propuesta para orar)


Sobre
Mateo 1, 18-24


Esta vez te propongo una meditación personal, escrita para ser leída despacio, en voz baja, cuidando el silencio interior. El tono es íntimo, orante y vulnerable, en la línea de Dios sin Armario, donde la Palabra se cruza con la propia vida sin explicaciones innecesarias.

Espero te sea útil. Me encantará que lo disfrutes. Feliz Navidad.


Me detengo.
Respiro hondo.
Y dejo que esta escena del Evangelio se acerque a mi propia historia.

María está embarazada.
Y no hay palabras suficientes para explicarlo.
Solo una certeza que nadie entiende.
Solo una verdad que no encaja.

Pienso en cuántas veces mi propia vida ha sido así:
una verdad gestándose en silencio,
un secreto sagrado que no sabía cómo nombrar,
una identidad que no cabía en las expectativas de los demás.

María no se defiende.
No justifica.
No discute.
Simplemente es.

Y José…
José tiene miedo.
Miedo al qué dirán.
Miedo a equivocarse.
Miedo a amar algo que no comprende del todo.

Cuántas veces he sido yo José conmigo mismo:
queriendo apartar con discreción lo que me descoloca,
intentando ser “correcto”,
pensando que quizá Dios esperaba otra cosa de mí.

Pero en medio del sueño —siempre en medio del sueño, nunca desde el ruido—
Dios habla:
No temas.

No temas a lo que ha nacido en ti.
No temas a lo que no encaja.
No temas a ese amor,
a esa verdad,
a esa identidad que no elegiste pero que te habita.

Lo que hay en ti
no es un error.
No es un fallo del plan.
No es una amenaza para Dios.

Es Espíritu.

José despierta
y hace algo profundamente subversivo:
confía.
Se queda.
Abraza la vida tal como viene.

Quizá hoy el Evangelio no me pide entenderme del todo,
ni tener todas las respuestas,
ni reconciliar cada herida con la Iglesia.

Quizá solo me pide esto:
no huir de mí.
No rechazar lo que Dios no ha rechazado.
No vivir pidiendo perdón por existir.

Jesús nace en un contexto frágil,
ambiguo,
malinterpretado.

Como tantas vidas LGBTIQ+ creyentes.

Y aun así,

Dios no cambia de plan.
No se retracta.
No se avergüenza.

Permanece.

Hoy escucho para mí estas palabras:
No temas.
No temas ser quien eres delante de Dios.
No temas amar desde donde estás.
No temas creer que también en tu historia
Dios está salvando.

Me quedo en silencio.
Y dejo que esta verdad repose en mí
como una vida nueva
que no necesita defenderse
para ser sagrada.


El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.
Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros».»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

noviembre 29, 2025

CLXXXIV. ¡VELAD! (viene a liberarnos)


Sobre
 Mateo 24, 37- 44



Suelo contar que estos pasajes de los Evangelios, en los que Jesús hace mención al fin de los tiempos o a la llegada inesperada de la muerte, me producían un inmenso temor cuando estaba en lo más hondo del armario, más aún siendo un niño y un joven asustado.

Cuando los escuchaba en la Eucaristía, en celebraciones, oraciones, o los leía en la incansable búsqueda de algo que calmase mi sed de respuestas, siempre me surgía una duda: “Si hoy Dios me llama y muero, ¿qué podré presentarle?”. 


Según la “logica religiosa” en la que me habían educado, no cabía que siendo homosexual pudiera aspirar a gozar de la presencia de Dios. 

Siendo un niño, un chaval, cuando comprendí que lo que me pasaba era algo mío, tan irremediable como inconfesable que urgentemente debía pasar a lo secreto, me imaginaba que al morir de repente, Dios me diría que los maricas no podían entrar en el cielo. A partir de ahí todo lo demás era secundario. Podría haber sido buena persona, pero ser homosexual restaba puntos a toda mi vida. 

Una vez, con poco más o menos catorce años, escuché decir a mi profesor de lengua y literatura algo que se me quedó grabado. Esta persona hablaba de García Lorca ponderando su estilo literario y su obra. Después de alabarlo un buen rato sentenció: “pero era homosexual”. Así que todo lo bueno que había en Lorca como persona, como creador, como ser humano quedaba inhabilitado, porque su identidad sexual prevalecía como signo negativo, era razón de condena y pesaba como una losa ocultando su grandeza.


Estas cosas y otras no hacían más que reconocer mi armario como el lugar donde debería seguir escondiendo todo lo que de verdad yo era. 


El armario ya es terrible para cualquier persona LGBTIQ+, pero para las creyentes —en nuestro caso las católicas— lo es aún más. Porque a la presión familiar y social se une la doctrina de la Iglesia y su más que discutible interpretación de la Palabra de Dios en referencia a las personas no heterosexuales. Durante muchos años me hicieron sentir un desgraciado por ser como era, y continuamente pedía al Padre que me hiciese “normal”, porque tenía miedo a que mi familia lo supiera, a que mis amigos se burlaran, a sufrir en definitiva, pero sobre todo porque no vería a Dios, pues todo apuntaba a que Él no quería a las personas como yo. Entonces surgía esa pregunta: “Si hoy Dios me llama y muero, ¿qué podré presentarle?”.

Este sentimiento, mezcla de indefensión y tremenda fragilidad, alimenta la soledad afilada y lacerante que hace perder poco a poco la esperanza. Por eso cuando con dieciséis años tomé aquellas pastillas para terminar cuanto antes, lo hice porque me daba vergüenza que se enterara mi familia, tenía miedo de que mis amigos me hicieran daño y también porque me habían hecho creer que Dios no me amaba como yo era y por eso nada merecía la pena.

Otra vez siento afirmar que sigue habiendo personas LGBTIQ+ que dejan de ver la luz de Dios porque se la ocultan, porque se la esconden. Hoy sigue habiendo personas LGBTIQ+ que prefieren morir a vivir sin esperanza.


Ahora sé que mis muchos años de armario, plagados de experiencias de todo tipo, sólo tienen sentido desde Cristo. La fe que me transmitieron mis padres se quedó fuera del armario y tuve que volver a creer una vez me encerré en él, empezando desde cero, en total soledad, soportando obstáculos, sorteando escollos y salvando dificultades. Desde luego la fe no me ha sido dada sino que la tuve que conquistar después de vencer muchas batallas a solas. Mi fe me la dio el bautismo pero realmente yo no me he sentido bautizado hasta que no salí del armario, porque es cuando noté el fuego del Espíritu atravesándome, dándome fuerzas para reaccionar y comenzar a caminar. Por eso mi fe es tan fuerte. Me ha costado tanto conservarla que nada ni nadie podrá arrebatármela.


Todos los armarios de las personas LGBTIQ+ cristianas tienen mucho de lo que dice Jesús, porque en realidad son un largo tiempo de espera en continua alerta: “estad en vela, vigilad, estad preparados”. Pero de eso fui consciente cuando entendí que su promesa, en la que anunciaba que el Hijo del hombre vendría muy pronto, no se refería a ningún acontecimiento apocalíptico sino a algo muchísimo más cercano a mí: el instante de reconocer que Jesús daba sentido a mi existencia y no cualquiera de las cosas que me habían hecho temblar toda la vida.

Jesús llevaba mucho tiempo diciéndome que vigilara el momento. Yo pensaba que pedía que me arrepintiese de ser como soy, pero me estaba advirtiendo de que buscara la oportunidad de reaccionar y saltar, de salir a la vida, de ser yo mismo y por eso de gozar de Él como no lo había hecho desde que era muy niño. 



La llegada del Hijo del Hombre será como en tiempos de Noé: en [aquellos] días anteriores al diluvio la gente comía y bebía y se casaban, hasta que Noé se metió en el arca. Y ellos no se enteraron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos. Así será la llegada del Hijo del Hombre. Estarán dos hombres en un campo: a uno se lo llevarán, al otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán, a la otra la dejarán. Así pues, velad, porque no sabéis el día que llegará vuestro Señor. Y sabéis que, si el amo de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, estaría velando para que su casa no fuese asaltada. Por tanto, estad preparados, porque este Hombre llegará cuando menos penséis. 

noviembre 21, 2025

CLXXXIII. HOY (y siempre) ESTAMOS CON ÉL


Sobre
 Lucas 23, 35-43



Jesús fue un fracasado para muchos, para la inmensa mayoría de sus seguidores. Sólo unos cuantos continuaron creyendo en Él durante su pasión y después de su muerte en cruz. Casi todas las demás personas que lo habían acompañado pensaron que en el Gólgota terminaba todo. Un loco más que se había atrevido a enfrentarse a los poderes religiosos y políticos diciéndoles a la cara la verdad y poniéndoles en evidencia. Como sucedió con Juan, el Bautista, a quien también asesinaron los poderosos por bocazas. Jesús murió prácticamente solo.


Según los Evangelios, junto a Cristo agonizante se encontraban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás, María Magdalena y el discípulo a quien tanto amaba. Frecuentemente nos olvidamos de que también estaban a su lado dos crucificados más. En cualquier caso no era lo que se esperaba para la muerte de un rey. No era un funeral de Estado ni se hicieron presentes los sumos sacerdotes implorantes. La gente que acudió lo hizo atraída por el poco probable espectáculo de que Dios abriera los cielos y mandara una legión de ángeles a liberar al Mesías. Pero no sucedió. Jesús expiró y no ocurrió nada.


Es muy provocador que nuestra fe tenga como principal símbolo una cruz. Un instrumento de martirio cuya finalidad es acabar en la muerte segura del ajusticiado, se traduce en signo de vida. Como decía San Pablo, predicamos lo que es escándalo para unos y necedad para otros. Convertimos escándalo y necedad en trono del Reino porque advertimos que en la muerte de Jesús se inicia la vida para los pobres de espíritu, para los mansos, para los que lloran, para los que tienen hambre y sed de justicia, para los misericordiosos, para los limpios de corazón, para los pacíficos y también para los que sufren persecución.


Esto me recuerda que no hace mucho me preguntaron la razón por la que me expongo tanto. No entendí muy bien a qué se referían. Querían saber por qué contaba tanto de mí, de tan dentro de mí. Les dije que he muerto tantas veces que necesito narrar todas esas en las que a cambio he resucitado. Me he sentido en tantas ocasiones frustrado que no puedo perder ocasión para compartir cómo se puede salir adelante.

Y me acuerdo de ello porque esa respuesta tiene mucho que ver con el episodio que describe Lucas sobre lo que sucedió en el Gólgota. Jesús aparece clavado en la cruz agonizando, ofreciendo una imagen de fracaso que hace estremecer a las inmensa mayoría de las personas que creyeron y confiaron en Él, hasta el punto de que se esconden renegados abandonándolo a su suerte, pero esperando en lo secreto que todo lo que predicó fuese verdad.


Las personas que en algún momento de nuestra vida hemos tenido la suerte —digo bien— de sentirnos profundamente solas, excluidas, alejadas, marginadas, gozamos de un sentido especial para advertir la esperanza en momentos en los que todo parece que se hunde y se acaba. No me equivocaré demasiado si en el delincuente también crucificado que se dirige a Jesús pidiéndole que se acordase de Él cuando regresara, estamos las mujeres y hombres LGBTIQ+. 


Nos resultan muy familiares expresiones del tipo “sálvate tú, sálvate a ti mismo” que gritaban a Jesús mientras agonizaba. Tanto que para muchas y muchos ha sido una constante en nuestra vida el buscar los medios para no perdernos y perderlo todo, para no alejarnos definitivamente. Por eso es muy fácil identificarnos con ese hombre ajusticiado que reconoce en Jesús al Rey del Mundo y le dice “acuérdate de mí”.


El preso bueno tiene muy poco que ofrecer. Tan solo un poco de vida y toda su fe. En eso descansa su confianza en Jesús reconociéndole como el único que puede salvarlo. Las personas LGBTIQ+ compartimos con este hombre que muere junto a Jesús una experiencia de soledad y abandono muy similar, que lejos de convertirnos en víctimas nos hace ser mujeres y hombres privilegiados porque así hemos conocido de primera mano la bondad y la misericordia de Dios.


Nuestras experiencias vitales con frecuencia están salpicadas de dolor y de cruces. Es prodigioso experimentar cómo Cristo da sentido a todo cuando responde “hoy mismo estaremos juntos”, porque esa frase que pronunció dirigiéndose a su compañero del Gólgota nos la está susurrando a cada una y cada uno de nosotros integrándonos en su Reino, incluyéndonos sin excepciones.


No puede entenderse a Jesucristo como Rey del Universo en un Mundo con exclusiones, en una Iglesia de rechazos y fronteras. Las personas LGBTIQ+, como otras realidades que comparten con nosotras cargas incomprensibles, formamos parte del Reinado de Dios. Negar esa evidencia es falsear el mensaje de Jesús y callar la promesa que hizo en la cruz. Su frase, “hoy mismo estaremos juntos”, actualiza su deseo de que se nos considere iguales en una Iglesia abierta y valiente, misericordiosa y profética. 



En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: "A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido." Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: "Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo." Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: "Éste es el rey de los judíos." Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros." Pero el otro lo increpaba: "¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibirnos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada." Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino." Jesús le respondió: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso."

noviembre 14, 2025

CLXXXII. TODO LLEGA


Sobre
 Lucas 21, 5-19



No hace tanto tiempo que puedo rezar sosegadamente a partir de un texto de la Palabra de Dios en el que se haga mención al fin del mundo. 

Cuando era un niño, con la certeza no pronunciada de mi identidad sexual, y sin capacidad para comunicar o compartir esas sensaciones y sentimientos, todo mi temor era el no poder alcanzar a ver al Padre, porque todo apuntaba a que iría directamente a acompañar a Satanás. 


Ese presentimiento se prolongó durante la adolescencia, enriquecido por una idea de infierno alimentada de una educación religiosa en la que las personas como yo eran viciosas, invertidas, desviadas, enfermas, promiscuas, y muchos más adjetivos que eran sinónimos de la palabra marica.

Me daba miedo que cualquier persona de mi círculo sospechara que yo era así. Pero lo que de verdad me aterraba era la imposibilidad de evitar serlo.

Cuando salí del armario, con algo más de cuarenta años, y comencé a sanar heridas, cuando me tranquilicé y me dispuse a interpretar qué había pasado con mi vida, no fue difícil darme cuenta de que el fin del mundo y el infierno era precisamente lo que había dejado atrás. Es una reflexión que durante años he orado intensamente, agradecidamente, porque Dios ha dado luz a una parte larga y triste de mi historia, otorgando sentido a todo.


Hay una frase bellísima en el pasaje de Lucas, que ilustra lo que muchas personas cristianas LGBTIQ+ podemos haber sentido desde Dios hacia nosotras, lo que el Padre dice a nuestros oídos y nos mueve mejor aún, nos conmueve hasta el punto de hacernos salir de nuestras oscuras cárceles del miedo. Es esta: “con vuestra perseverancia os salvaréis". 

Y, ciertamente, las personas LGBTIQ+ cristianas conocemos lo que es perseverar en la fe, hasta el punto de no abandonar y mantenernos fieles a la promesa de Jesús, pese a las contrariedades, las desaprovaciones, las omisiones y los miedos impuestos. 

Con vuestra perserverancia os salvaréis. Jesús precisamente quiere tranquilizar a quienes lo escuchan, como diciéndoles "mirad, no os agobiéis ni os asustéis por el estruendo de la vida, porque al final, si persistís, todo va a acabar bien".


El problema es que durante una buena parte de mi vida no tuve ocasión de entender eso que Jesús estaba susurrándome, porque el ruido de una religión que manipulaba el temor de Dios me hacía creer que verdaderamente el sol, la luna, las estrellas caerían sobre mí y no podría hacer nada para impedirlo.


Superar toda esa angustia supone un proceso de conversión, tras el que nada es igual que antes, especialmente en la percepción de Dios. Imagino que representa el mismo cambio en la idea del Padre que experimentaron quienes seguían a Jesús durante su vida pública, lo escucharon y percibieron de qué manera sus palabras y actos agitaban los corazones. 


El sentimiento profundo de cobrar animo, levantar la cabeza y notar cómo se hace realidad la liberación es un regalo que las personas LGBTIQ+ cristianas, fortalecidas por esa experiencia transformadora, hemos recibido de manos del propio Dios. Quizá por eso el Adviento que se acerca siga removiéndome tanto. Es cierto que el anuncio de la venida del Mesías supone cada vez una renovación de esa promesa que nos asegura la liberación. Recordar de qué forma Jesús nació en mi corazón como novedad reveladora del amor que Dios me tiene es, por encima de todo, suficiente razón para la esperanza.



En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: "Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido."
Ellos le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?"
Él contesto: "Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien: "El momento está cerca; no vayáis tras ellos.
Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.
Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida."
Luego les dijo: "Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.
Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.
Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio.
Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía.
Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas."