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mayo 24, 2025

CLXX - GUARDAR LA PALABRA


Sobre
 Juan 14, 23-29


Este tipo de lecturas de los Evangelios me producían mucha contrariedad cuando estaba dentro del armario. Sobre todo en los años en los que con más dificultad sobrellevaba la certeza de que mi identidad homosexual era inapelable, inevitable, y chocaba violentamente con lo que le dictaba a mi corazón una fe tamizada de condenación por ser tal como era. 

Desde pequeño me dediqué a buscar en las Escrituras fragmentos en los que Jesús dijera algo contrario a las personas que eran como yo. Evidentemente no encontré nada, pero creó en mí un interés por la Palabra que casi nunca decayó, ni siquiera en los momentos más bajos. Más adelante la lectura se hizo meditación y gustaba de escribir todo lo que eso me decía, como si fuese una oración sobre papel. Conservo algunos de esos escritos en varios cuadernos. 

De estas líneas manuscritas a las que ahora quiero referirme, calculo que tendría catorce años cuando las escribí. Supongo que lo hice bastante alterado tras ser testigo de alguna crueldad contra Gonzalo, un compañero de clase bastante amanerado, rasgo que le convertía en diana de burlas y golpes, a menudo ante la indiferencia de los educadores. Creo que Gonzalo fue la primera persona a quien traicioné vergonzosamente. Nunca salí en su defensa porque estaba aterrado ante la posibilidad de que descubrieran que yo era igual que él. El miedo me atenazó una y otra vez, porque fueron muchos los martirios de Gonzalo. Hace poco tiempo tuve oportunidad de pedirle perdón y hablar. 


Pues bien, las notas dicen así (me permití corregir la sintaxis adolescente): 


"No entiendo cómo puede haber personas que dicen amar a Dios y no aman a los hermanos. Cuando vamos los viernes a misa en el colegio, toda la clase forma una gran fila para comulgar. Antes, el cura ha estado hablando del amor de Dios y del amor al prójimo, pero él mismo estuvo delante cuando Carlos pegó a Gonzalo llamándole maricón sin hacer nada para defenderlo. Gonzalo no había hecho nada. Estaba quieto y solo, como siempre. Pero Carlos y toda su pandilla de matones volvieron a reírse de él. Dice el cura que el cristiano debe amar pero sobre todo debe guardar las palabras de Jesús. ¿Cómo es posible tanta contradicción? ¿Cómo decir que se ama al hermano, que se ama a Dios, pero seguir golpeando e insultando a Gonzalo?”


Eso que describí con poco más o menos catorce años, lo suscribiría ahora mismo. Siguen habiendo muchos Carlos y su pandilla de fanfarrones. Aún hay muchas personas que miran a otro lado sin hacer nada, incluso poseyendo la capacidad instrumental de evitar situaciones de inmisericordia. Hay demasiados Gonzalos sufriendo el rechazo y desprecio de quienes se creen perfectos. Lo que es peor, todavía hay cristianos que transitan entre una fe inalterable y una incoherencia pasmosa. No es posible ser cristiano y amar a la Iglesia si odiamos y agredimos al prójimo incluso en nombre de Dios.


Si no guardamos la Palabra de Jesús, no le amamos. Guardar la Palabra de Jesús es sobre todo amar a Dios y amar al prójimo. Pero a todos los prójimos, sin excepción. Esta es la característica esencial del cristiano. Por eso me sigue causando la misma contrariedad que cuando era un chaval escuchar cómo se proclama esta Palabra y a continuación se la desposee de todo su sentido y poder. Los cristianos no podemos hacer excepciones a la hora de amar. Sin embargo las fronteras de la Iglesia siguen clamando, mendigando, un poco de amor que no sepa a condescendencia.


El poder del amor se sustenta en el Espíritu Santo. Dice Jesús que el Espíritu será quien nos lo enseñe todo. Y es verdad. Pocos días después de la resurrección de Jesús, fue el Espíritu quien abrió las mentes y los corazones de sus amigos en Pentecostés. Ahí entendieron qué significaba todo esto que les había sucedido durante los últimos años y cuál iba a ser su misión a partir de ese instante. 

Mi vida, como la de la mayoría de las personas creyentes LGBTIQ+, no puede compararse ni por asomo a la de ningún apóstol del Maestro, pero ciertamente he tenido una larga, complicada y enriquecedora experiencia de Dios que no he sabido interpretar hasta que, de alguna forma, el Espíritu Santo ha ido desgranando eso que me ha pasado, que en su momento no supe dar sentido ni entendí su trascendencia y que ahora daba luz a cuanto me ocurría.


El Espíritu es portador de paz. Jesús habla de la paz en la segunda parte del relato. He intentado poner fecha a la primera vez que fui consciente de estar en paz, y estoy seguro de que fue cuando me decidí a salir del armario. Primero, encontré una paz desconocida con Dios, a quien temía. Segundo, encontré la paz con las personas cercanas a medida que iba visibilizándome con ellas. Tercero, encontré la paz conmigo mismo. En los tres casos coincide que encontré la paz a medida que iba perdiendo el miedo. La Paz ahuyenta el miedo. Con miedo es imposible avanzar, tomar decisiones, vivir. Jesús venció al miedo y en esto no podemos fallarle, porque además nos pide expresamente que no tiemble nuestro corazón ni se acobarde.


El Espíritu me presentó a Jesús y por él dejé de tener miedo. No es casual que en esta lectura en la que se describen parte de las últimas palabras de Jesús antes de ser ejecutado, el Maestro haya escogido hablar del amor como motor de todo, del Espíritu como dador de todos los dones que favorecen el valor de reconocerse a uno mismo como obra de Dios, y de la paz que aleja el miedo. 

De todo, seguramente, lo más importante es perder el miedo. Porque sin miedo es posible dejar que actúe el Espíritu, y sin miedo es también posible amar sin condiciones. Cuando tenía miedo estaba frustrado porque no era capaz de nada. Ahora intento dar la cara. No tiembla mi corazón ni se acobarda. El Espíritu guía mis pasos y me fio.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado." Si me amárais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo."

noviembre 09, 2024

CLVII DAR DE CORAZÓN



Sobre
 Marcos 12, 38-44


Sentía algo cuando estuve dentro del armario, que se mantuvo una vez salí de él, incluso se prolonga hasta ahora en algunos entornos, en ciertos espacios, en diferentes circunstancias. Es la misma sensación que, seguramente, vivía con resignada naturalidad la viuda que nos presenta el evangelista, la misma percepción de ser invisible, de sentirse alguien perfectamente descartable.


La viuda en realidad entra en el recinto del Templo como un fantasma. Es muy probable que nadie se fijara en ella, mezclada entre los últimos de la sociedad. No llamaba la atención de nadie el hecho de que echara solo dos monedas del menor valor al cofre de las ofrendas, porque no se esperaba más de alguien así. Era una mujer invisible. Invisible para todos excepto para Jesús, que sabe ver más profundo de lo que perciben los ojos de quienes allí estaban. Es entonces cuando el Maestro explica que esos dos reales valen mucho más que cualquier fortuna que los poderosos pudieran depositar en aquel lugar.


El relato del evangelio empieza con una advertencia sobre los dirigentes religiosos. Jesús es muy duro describiendo sus comportamientos. Sitúa en un espejo discordante al poder religioso que actúa con fatuidad y arrogancia, frente a una mujer imperceptible y dramáticamente prescindible, que obra desde la generosidad y la humildad.

La viuda tuvo totalmente asumido que estaba muy por debajo de los Maestros de la Ley. Como yo, estando aún en el armario, ella había aceptado sumisamente situarse muy por detrás de los que manejaban la religión e interpretaban a Dios mismo. 


El discurso de Jesús refiriéndose a la clase religiosa podría pronunciarse hoy en cualquier foro, firmado por algún teólogo valiente, y más de uno en palacios, despachos y conventos se sentiría ofendido, quedando en evidencia. Aunque es natural que Jesús no se refiriese a todas las personas que ostentaban el poder del Templo. Habría a buen seguro quienes eran coherentes y fieles a la Ley. Igualmente, durante mis años escondido en el ropero, hubo personas de Iglesia que me parecieron mujeres y hombres buenos con quienes, si hubiese sido capaz, podría haberme sincerado y me habrían ayudado de forma valiente. Como de hecho me demostró alguno de ellos cuando me decidí a salir del armario. O me han demostrado otros con su sensibilidad y su valentía pese a su posición comprometida. Y aún así, incluso con la experiencia de acompañamiento de esos buenos pastores que no se escandalizaron con mis cosas, esa sensación de pertenecer a los últimos no se me termina de ir para dejarme en paz.


La lectura del evangelio de Marcos me hace recordar las imágenes de un Cardenal español portando una larga capa, recogida en volandas metros atrás por dos acólitos, camino del trono donde presidió la toma de posesión de su cargo en una ciudad de nuestro país. Y me venían a la memoria las habituales declaraciones ofensivas y obscenas de esa persona hacia el colectivo LGBTIQ+. Está claro que las palabras de Jesús parecen dirigidas a ese tipo de Maestros de la Ley que viven con mayor pasión la observancia de la tradición que el crear comunidad. Ante este estilo de poder religioso sigo sintiéndome un cero a la izquierda, y siento rubor al creer que soy -somos- como la viuda que, para hacer Iglesia, echa en el cofre todo lo que tiene, mientras esos depositan de lo que les sobra y aún así alardean. (Siento rubor porque la viuda me lleva mucha ventaja en desprendimiento y, sobre todo, en confianza absoluta en Dios).


De todo esto que hierve en la oración de hoy, surgen dos reflexiones. La primera, que siendo cierto que aún hay una parte importante del poder religioso que se aferra a la tradición y la doctrina, anteponiéndolo todo por encima del mensaje liberador del Evangelio, es verdad que cada vez surgen más personas de entre los que forman ese poder religioso, que trabajan con otro talante, con una actitud conciliadora e inclusiva. El discurso de Jesús advirtiéndonos de cómo actúan los Maestros de la Ley tiene plena vigencia hoy, pero es honesto reconocer que el Espíritu de Dios actúa transformando corazones de piedra en corazones que se encarnan.

Y la segunda reflexión: Es cierto que -rubores aparte- las personas LGBTIQ+ cristianas tenemos mucho de aquella viuda, pues ciertamente damos de lo que no nos sobra para hacer Iglesia y crear una comunidad donde quepamos todas y donde todos podamos desarrollar nuestros dones en igualdad. Por lo mismo, es necesario que adoptemos como nuestra la disposición agradecida de la viuda, que actúa en silencio, en honda relación directa con el Creador, confiadamente, generosamente. Solo desde ahí, desde esa subversiva manera de intimar con Dios, podremos las mujeres y los hombres LGBTIQ+ creyentes liberarnos del resentimiento y seremos capaces de perdonar a manos llenas.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: "¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa." Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a los discípulos, les dijo: "Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir." 

noviembre 02, 2024

CLVI L@S NO TAN PRÓJIM@S


Desde
Marcos 12, 28b-34


Una tarde, un chico se acercó a orar ante el Santísimo, como tantas veces. Entró en la capilla y se arrodilló. Cuando estaba en mitad de sus rezos, un hombre se acercó a él y, a plena voz, le dijo que tenía que marcharse, porque ni él, ni gente como él, eran bienvenidos en la Iglesia. 

El joven se asustó, porque lo que estaba sucediendo le parecía inimaginable y se sobresaltó. Entonces el hombre repitió en el mismo tono, para que todas las personas que estaban en la capilla lo escucharan, que no era bien recibido él ni nadie como él, señalando una pulsera con el arcoíris y el pez de Ichthys que llevaba en la muñeca. El hombre decía “no tienes nada que hacer aquí, no sois bienvenidos en la Iglesia, márchate”.

Nadie increpó a este buen cristiano. Nadie evitó lo que estaba sucediendo. El joven se levantó confundido, y salió de la capilla. Dentro siguieron rezando ante el Santísimo.

Esta historia sucedió de verdad. Ojalá no. Hace solo unos meses.


A Jesús le preguntaron por el primer mandamiento. Respondió: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.

Verdaderamente, esas personas de la capilla estaban cumpliendo ese mandamiento. Ciegamente. Por encima de todo. Por encima de todas y de todos.


El segundo —añade Jesús— es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El escriba había tendido al Maestro una trampa, pero acaba asombrado ante la respuesta de Jesús y, admirado, dice: Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. 

¡Dice que amar al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios!

En aquella capilla se quedaron con sus holocaustos y sus sacrificios. Pero no amaron al prójimo.


Porque Jesús, ni en este pasaje ni en ningún otro hace diferencias entre quiénes son prójimos dignos y quiénes no. Para Él todas y todos son merecedores del amor de sus semejantes. Y sin ese amor a los demás, de nada sirven holocaustos ni sacrificios. De nada vale amar a Dios.


El mensaje de Jesús en Marcos resuena con un poder especial para aquellos que hemos experimentado el rechazo. Afirmar que el amor es el mandamiento más importante significa reconocer que toda acción debe ser evaluada en función de si promueve o no el bienestar, la dignidad y el respeto de los demás.


Para la comunidad LGBTIQ+, este pasaje no solo es un recordatorio del amor incondicional de Dios, sino también una invitación a desafiar cualquier discurso religioso o cultural que siembre odio o exclusión. Si el amor es el mandato fundamental, entonces cualquier forma de discriminación o rechazo carece de fundamento desde la perspectiva cristiana que Jesús propone.


Jesús llama a amar al prójimo sin condiciones, y este llamado incluye a todos y todas, tal como son.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: "¿Qué mandamiento es el primero de todos?" Respondió Jesús: "-El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser." El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." No hay mandamiento mayor que éstos." El escriba replicó: "Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios." Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: "No estás lejos del reino de Dios." Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

octubre 29, 2023

CII AMAR SIN LÍMITES


Sobre
Mateo 22, 34-40



Amar como a uno mismo.

Seguramente lo que más me entristece de todos los años que estuve dentro del armario es que no supe amarme a mí mismo. Solamente al aceptarme, cuando aprendí a ver lo bueno que Dios había hecho en mí, comencé a quererme. No era fácil apreciarme cuando toda la información que recibía desde siempre indicaba que ser homosexual no está bien aceptado por la sociedad, no es normal y no es tolerable. Era muy complicado valorarme cuando me enseñaban que ser como soy me convierte en una persona sucia y pervertida. No era sencillo quererme cuando dese niño me decían que Dios no ama a las personas como yo.


Es verdad: nunca fui capaz de amarme tal como soy. Por el contrario, pasé años deseando ser diferente a como era. Ya he compartido muchas veces cómo pedía a Dios que me hiciera “normal”. Quería ser como los otros chicos, dejar de sentir lo que sentía, porque me notaba obsceno de la manera en que todo a mi alrededor me había hecho creer sobre las personas como yo. Eso agota la autoestima. Tan mal me sentí que deseé morir. La vida no se aprecia si no te valoras. 


Muchas personas LGBT+ pasan por todo eso. La sociedad sigue sin poner las cosas fáciles a los diferentes. Todavía hoy pueden contarse por millones los armarios en los que se esconden tantos hombres y mujeres incapaces de enfrentarse a los riesgos de visibilizarse tal como son. Y aún peor si nos referimos a las personas LGBT+ creyentes, acobardadas por lo mismo que todas pero también por ser tratadas de indignas a los ojos de Dios. 


Dice Jesús que amemos al prójimo como a nosotros mismos. Resulta imposible amar a nadie si antes no te amas. Es de las primeras cosas que descubrí cuando comencé a desear vivamente salir del armario y sospeché que Dios tenía que tomar parte en mis decisiones. Porque intuí con claridad que tampoco iba a ser capaz de amarme a mí mismo, de aceptarme tal como soy, si no admitía que Dios estaba prendado de mí. Resulta muy liberador sentirse amado por Dios después de toda una vida creyéndote una piltrafa. 


Amar a quien tienes enfrente

Amar a los demás es el siguiente paso. Amar sin reparos, sin excepciones, sin exclusiones. Amar como a uno mismo. Ahí comienzan las dificultades. Cuando salí del armario lo hice con la certeza de que Dios me ama sin despreciar nada de lo que soy. Esa convicción había hecho posible que me reconciliase conmigo mismo y me quisiera, descubriéndome obra de Dios y, por tanto, amado por el Padre. Pero me costaba mucho olvidar todo el dolor que otras personas me habían causado antes. En especial en cuanto a la forma en que diferentes hombres y mujeres creyentes habían participado para hacerne sentir alguien despreciable y pecador, un hombre sucio y condenado al infierno, en el más amplio sentido de esa palabra.

El rencor, el resentimiento, la tirria hacia ciertos estamentos y personas concretas estaban haciéndome imposible amar. 


Resulta muy incoherente hablar de amor en cristiano si no amas a quienes te persiguen. Yo no estaba acostumbrado a amar a los que me insultan. ¡Si hacía nada que había aprendido a quererme! ¿Cómo iba a apreciar a los que no dejaban de proferir ofensas contra el colectivo LGBT+? 

Pero presentía que era necesario seguir avanzando en esto de amar. Para muchas personas LGBT+ cristianas —entre las que me encuentro— es muy duro enamorarse de quien te humilla y desprecia. Aún así lo subversivo no es responder con mal a quien te hace mal, sino abrazarlo y hacer que sienta cómo el amor desarma cualquier argumento de desconsideración y menosprecio.


Jesús propone un amor incondicional. No es factible amar sin una constante actitud de perdón que  despoje de razones a quienes mantienen talantes de intransigencia, odio, intolerancia y fanatismo contra las personas LGBT+ incluso en nombre de Dios. Amar al prójimo que nos aborrece es el mayor testimonio que podamos aportar como creyentes en Cristo.



Amar a Dios

Después de aprender a amarme a mí mismo aceptándome como soy, e ir siendo consciente de la urgencia de amar al prójimo tal como es, surge el amor a Dios mismo.

Normalmente se educa en el amor a Dios por encima de todo, es decir, lo primero. Pero mi experiencia dentro del armario me mostró por una parte a un Dios que juzgaba negativamente mi forma de ser, sentir y amar como homosexual y, por eso, un Dios difícil de querer. Por otra, era un Padre utilitario que me servía para pedirle multitud de cosas que casi nunca me concedía y, por lo mismo, muy complicado de amar. 

Y no es que Dios no fuese importante para mí. Simplemente no estaba atento a sus señales, porque mi vida era demasiado jodida (con perdón) como para imaginar que quienes me decían que Dios no me amaba mentían como bellacos.


Amar a Dios surgió cuando empecé a darle sitio al Padre en mi historia, como consecuencia de la necesidad de visibilizarme y la intuición cierta de que el Señor tenía que dar sentido a todo ese proceso. Amar a Dios fue haciéndose realidad en el momento en que fui apartando de mí el resentimiento que me cegaba y empecé a responder con un abrazo a quienes me golpean. No es posible amar a Dios sin amar al prójimo como a uno mismo. 


El evangelista Juan cuenta cómo Jesús nos dejó un mandamiento nuevo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Evidentemente hay que conocer el amor de Dios para saber amar a los otros. Pero la dinámica es muy parecida a la experiencia que he compartido antes: para amar a Dios sinceramente hay que empezar amando al prójimo, incluyendo a todas las personas a quienes un primer impulso de rencor nos empuja más a despreciar que a querer. Sin esa actitud podremos ser muy eficaces en la denuncia social, aunque tremendamente incoherentes como testigos de Jesús. La denuncia de la mentira y la injusticia es necesaria, pero si no la revestimos de misericordia no nos diferenciaremos en nada de quienes pretenden despreciarnos.



En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

agosto 16, 2023

LXVIII GUARDAR LA PALABRA

Sobre Juan 14, 23-29


Este tipo de lecturas de los Evangelios me producían mucha contrariedad cuando estaba dentro del armario. Sobre todo en los años en los que con más dificultad sobrellevaba la certeza de que mi identidad homosexual era inapelable, inevitable, y chocaba violentamente con lo que le dictaba a mi corazón una fe tamizada de condenación por ser tal como era. 

Desde pequeño me dediqué a buscar en las Escrituras fragmentos en los que Jesús dijera algo contrario a las personas que eran como yo. Evidentemente no encontré nada, pero creó en mí un interés por la Palabra que casi nunca decayó, ni siquiera en los momentos más bajos. Más adelante la lectura se hizo meditación y gustaba de escribir todo lo que eso me decía, como si fuese una oración sobre papel. Conservo algunos de esos escritos en varios cuadernos. 

De estas líneas manuscritas a las que ahora quiero referirme, calculo que tendría catorce años cuando las escribí. Supongo que lo hice bastante alterado tras ser testigo de alguna crueldad contra Gonzalo, un compañero de clase bastante amanerado, rasgo que le convertía en diana de burlas y golpes, a menudo ante la indiferencia de los educadores. Creo que Gonzalo fue la primera persona a quien traicioné vergonzosamente. Nunca salí en su defensa porque estaba aterrado ante la posibilidad de que descubrieran que yo era igual que él. El miedo me atenazó una y otra vez, porque fueron muchos los martirios de Gonzalo. Hace poco tiempo tuve oportunidad de pedirle perdón y hablar. 


Pues bien, las notas dicen así: "No entiendo cómo puede haber personas que dicen amar a Dios y no aman a los hermanos. Cuando vamos los viernes a misa en el colegio, toda la clase forma una gran fila para comulgar. Antes, el cura ha estado hablando del amor de Dios y del amor al prójimo, pero él mismo estuvo delante cuando Carlos pegó a Gonzalo llamándole maricón sin hacer nada para defenderlo. Gonzalo no había hecho nada. Estaba quieto y solo, como siempre. Pero Carlos y toda su pandilla de matones volvieron a reírse de él. Dice el cura que el cristiano debe amar pero sobre todo debe guardar las palabras de Jesús. ¿Cómo es posible tanta contradicción? ¿Cómo decir que se ama al hermano, que se ama a Dios, pero seguir golpeando e insultando a Gonzalo?”


Eso que describí con poco más o menos catorce años, lo suscribiría ahora mismo. Siguen habiendo muchos Carlos y su pandilla de fanfarrones. Aún hay muchas personas que miran a otro lado sin hacer nada, incluso poseyendo la capacidad instrumental de evitar situaciones de inmisericordia. Hay demasiados Gonzalos sufriendo el rechazo y desprecio de quienes se creen perfectos. Lo que es peor, todavía hay cristianos que transitan entre una fe inalterable y una incoherencia pasmosa. No es posible ser cristiano y amar a la Iglesia si odiamos y agredimos al prójimo incluso en nombre de Dios.


Si no guardamos la Palabra de Jesús, no le amamos. Guardar la Palabra de Jesús es sobre todo amar a Dios y amar al prójimo. Pero a todos los prójimos, sin excepción. Esta es la característica esencial del cristiano. Por eso me sigue causando la misma contrariedad que cuando era un chaval escuchar cómo se proclama esta Palabra y a continuación se la desposee de todo su sentido y poder. Los cristianos no podemos hacer excepciones a la hora de amar. Sin embargo las fronteras de la Iglesia siguen clamando, mendigando, un poco de amor que no sepa a condescendencia.


El poder del amor se sustenta en el Espíritu Santo. Dice Jesús que el Espíritu será quien nos lo enseñe todo. Y es verdad. Pocos días después de la resurrección de Jesús, fue el Espíritu quien abrió las mentes y los corazones de sus amigos en Pentecostés. Ahí entendieron qué significaba todo esto que les había sucedido durante los últimos años y cuál iba a ser su misión a partir de ese instante. 

Mi vida, como la de la mayoría de las personas creyentes LGBTIQ+, no puede compararse ni por asomo a la de ningún apóstol del Maestro, pero ciertamente he tenido una larga, complicada y enriquecedora experiencia de Dios que no he sabido interpretar hasta que, de alguna forma, el Espíritu Santo ha ido desgranando eso que me ha pasado, que en su momento no supe dar sentido ni entendí su trascendencia y que ahora daba luz a cuanto me ocurría.


El Espíritu es portador de paz. Jesús habla de la paz en la segunda parte del relato. He intentado poner fecha a la primera vez que fui consciente de estar en paz, y estoy seguro de que fue cuando me decidí a salir del armario. Primero, encontré una paz desconocida con Dios, a quien temía. Segundo, encontré la paz con las personas cercanas a medida que iba visibilizándome con ellas. Tercero, encontré la paz conmigo mismo. En los tres casos coincide que encontré la paz a medida que iba perdiendo el miedo. La Paz ahuyenta el miedo. Con miedo es imposible avanzar, tomar decisiones, vivir. Jesús venció al miedo y en esto no podemos fallarle, porque además nos pide expresamente que no tiemble nuestro corazón ni se acobarde.


El Espíritu me presentó a Jesús y por él dejé de tener miedo. No es casual que en esta lectura en la que se describen parte de las últimas palabras de Jesús antes de ser ejecutado, el Maestro haya escogido hablar del amor como motor de todo, del Espíritu como dador de todos los dones que favorecen el valor de reconocerse a uno mismo como obra de Dios, y de la paz que aleja el miedo. 

Diré algo más: de las tres cosas seguramente la más importante es perder el miedo. Porque sin miedo es posible dejar que actúe el Espíritu, y sin miedo es también posible amar sin condiciones. Cuando tenía miedo estaba frustrado porque no era capaz de nada. Ahora intento dar la cara. No tiembla mi corazón ni se acobarda. El Espíritu guía mis pasos y me fio.



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado." Si me amárais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo."

julio 22, 2023

XLII AMAR AL PRÓJIMO

Sobre Marcos 12, 28b-34



Pocos días después de cumplir dieciocho años conocí a un chico de mi misma edad, con poco más o menos iguales dudas y los mismos miedos que yo. También estaba dentro del armario. También estaba aterrado ante la posibilidad de que sus padres, sus familia o sus amigos se enterasen. También estaba debatiendo entre dejar de creer o creer confiadamente.

Me viene al recuerdo, y a la oración, porque muchas veces él y yo hablamos acerca de la lectura de Marcos y, ligado a esta, sobre la de Juan 13, 34 (...«un nuevo mandamiento os doy,...»).

Mi amigo provenía de una educación religiosa muy tradicional. Y ahora que estaba siendo capaz de enfrentarse a la realidad de quién era, aceptándose y aprendiendo a respetarse, se encontraba con la paradoja de un Dios que le exigía su propio sacrificio. En cierta forma ese sentimiento contradictorio lo experimentaba yo igualmente, aunque no de forma tan áspera. De cualquier modo ya era suficientemente doloroso mantener toda esa parte de la vida a escondidas como para además pelear con las dudas de fe que, a esa edad, se convertían en silenciosas batallas encarnizadas. Y en mitad de esa guerra, como en las anteriores y en las posteriores, estábamos mi amigo y yo como tantos homosexuales cristianos, mendigando razones para seguir creyendo. Marcos 12 y Juan 34 eran siempre un buen punto donde colocar nuestra batería y disparar.


El texto de Marcos habla del amor a Dios. Para un homosexual amar a Dios no es fácil hasta que no se asume que Dios es el primero en tomar la iniciativa. Y esa certeza a mí me costó mucho tiempo interiorizarla. Me parece que creer con convicción que Dios me ama apasionadamente fue mi primer acto de fe consciente. Desde ese momento fui capaz de enamorarme de Dios. Antes de eso era imposible. Antes de eso arrojaba sobre él todos los prejuicios que educación y religión se habían ocupado de meter en mi cabeza y en mi corazón. No podía aceptar a un Dios que me había creado imperfecto, pecador, sucio y, consecuentemente, infeliz. Y eso mismo bloqueaba cualquier posibilidad de autoaceptarme, porque no era capaz de valorarme como persona.


Jesús también dice en el evangelio de Marcos «amarás a tu prójimo como a ti mismo», pero si mi amigo, yo mismo o cualquier persona LGBTIQ+, éramos parte del prójimo abstracto, había algo que no funcionaba. Éramos testigos de cómo personas ejemplarmente creyentes, significativamente amorosas con Dios, incluso piadosas, eran incapaces de aceptar cerca de ellas a prójimos diferentes, en razón de su identidad sexual o de género, o incluso su color de piel. Esa contradicción hacía muy complicado sentirnos parte de una comedia de enredos donde nada es lo que parece y, a la vez, nos impedía poder salir del armario, en el que ciertamente aún estuvimos mucho tiempo más.


Amar a Dios y amar al prójimo es lo mismo. Amar a Dios sin amar al prójimo como a uno mismo no es posible. Tanto mi amigo como yo peleamos en estas dudas a lo largo de los años. Puede que eso forjase tanto nuestra amistad, compartiendo dobles vidas, armarios y recelos. Siendo más mayores comentábamos a veces que ni siquiera quien más nos conociera podría sospechar cuánta amistad había bajo lo que nadie veía. «Como un iceberg -decía él- así es lo nuestro, casi todo invisible menos para Dios que nos observa».

Mi amigo murió de sida en 1990. Esos años, desde hacía varios, fallecían muchos mientras otros se alejaban escandalosamente del amor al prójimo proclamando que el VIH era un castigo de Dios contra los homosexuales. Él murió sin sus padres, que tampoco le aceptaron como a un prójimo al que amar como a ellos mismos. «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero no hubo corazón, ni alma, ni mente, ni prójimo al que amar, ni estaba Dios.


Es inevitable llorar recordándole, ahora que esta oración a la luz del Evangelio me ha removido tanto. Sé que Dios habla dando sentido a cada minuto de mi vida. Sé que tanto dolor hacinado solo puede convertirse en esperanza. Sé que no hay Dios sin prójimo, no hay hermanas ni hermanos sin Dios. No hay mal por mal. Hay amor. Con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente, con todo mi ser, amar a Dios, y al prójimo como a mí mismo.


En memoria de Álvaro.



En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: "¿Qué mandamiento es el primero de todos?" Respondió Jesús: "-El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser." El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." No hay mandamiento mayor que éstos." El escriba replicó: "Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios." Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: "No estás lejos del reino de Dios." Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.