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abril 29, 2026

CCVIII. NO TENGAS MIEDO


Sobre
Juan 14, 1-12 


Durante mucho tiempo creí —o mejor, me hicieron creer— que yo no podía seguir a Jesús. Que mi forma de amar me colocaba fuera de su camino. Y uno, cuando escucha eso tantas veces, acaba por instalarlo dentro. No como una idea pasajera, sino como una certeza que pesa. Así fui viviendo, durante años, sostenido por una fe que no desaparecía, pero herida por una sospecha constante: quizá yo no tenía lugar.

Y sin embargo, había algo que no encajaba. Una intuición silenciosa, persistente, que me decía que Jesús no podía ser así. Que no podía rechazarme. Que lo que escuchaba en algunos púlpitos no terminaba de coincidir con lo que yo intuía de Él. No sabía explicarlo, pero estaba ahí. Como una pequeña luz que no se apagaba.

Por eso este pasaje de Juan me resulta tan decisivo. No tanto por las grandes afirmaciones que vienen después —el camino, la verdad, la vida—, sino por esas primeras palabras que, si no se entienden bien, lo demás se desmorona: “No os turbéis. No tengáis miedo. Creed en Dios y creed también en mí”.

Yo necesitaba eso. No una doctrina más. No una norma mejor formulada. Necesitaba que alguien me devolviera la calma. Que me dijera que no estaba condenado, que no estaba fuera, que no tenía que esconderme para poder creer.

Porque cuando te han hecho sentir desheredado de Dios, lo primero que se rompe no es la fe, sino la confianza. Y sin confianza, todo lo demás suena hueco.

He pensado muchas veces qué habría pasado si hubiera dejado de escuchar esa voz interior que me pedía no tener miedo. Si hubiera creído del todo que no había camino para mí. Probablemente habría abandonado. No solo la Iglesia. También a Jesús.

Y sin embargo, no fue así.

Porque hubo un momento —no inmediato, no fácil— en que entendí que esas palabras no eran para otros. Eran para mí. “No tengas miedo. Confía.” Y ahí empezó algo nuevo. No una seguridad perfecta, sino una manera distinta de caminar.

Luego sí, vinieron las preguntas. Como las de Tomás. Como las de Felipe. ¿Por dónde? ¿Cómo? ¿Dónde está el Padre? Y me reconozco en ellas. Porque también yo he tenido momentos de no entender nada, de no ver lo evidente, de sentirme perdido incluso dentro de la fe.

Pero el Evangelio no ridiculiza esas dudas. Las acoge. Y las sitúa en un camino.

Jesús no dice: “entendedlo todo y luego venid”. Dice: “confiad”. Y eso, en una vida atravesada por el miedo, lo cambia todo.

Porque cuando el miedo empieza a caer, aparece algo inesperado: la libertad. No una libertad sin conflictos, sino una libertad real para vivir sin esconderse, para creer sin pedir permiso, para saberse dentro sin tener que justificarse constantemente.

Precisamente ahí es donde esta experiencia deja de ser solo personal.

Y es que no puedo olvidar que hay muchas personas LGBTIQ+ que siguen escuchando lo mismo que yo escuché. Que siguen creciendo con la idea de que no hay camino para ellas. Que siguen dudando no de Dios, sino de su lugar en Él.

Y eso tiene responsables.

Cuando la Iglesia transmite más miedo que confianza, cuando habla más de exclusión que de vida, cuando convierte el seguimiento de Jesús en un filtro en lugar de una invitación… algo esencial se pierde. No en abstracto. En personas concretas.

Por eso esta reflexión no es solo una confesión. Es también una llamada.

A quienes nunca habéis tenido que dudar de si Dios os quiere tal como sois: deteneos un momento. Escuchad estas palabras como si fueran nuevas: “No tengáis miedo”. Y preguntaos si vuestras comunidades de fe ayudan a que otras y otros puedan escucharlas así… o si, por el contrario, las habéis convertido en algo inaccesible.

Porque todo lo demás —el camino, la verdad, la vida— solo tiene sentido si empieza ahí. En alguien que, mirándote de frente, te dice: "No tengas miedo. Confía. También tú puedes venir."

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

abril 24, 2026

CCVII. ¿QUIÉN TE ESTÁ LLAMANDO?


Sobre
Juan 10, 1-10

Hay palabras de Jesús que, cuando las escucho, me atraviesan de una manera distinta. No como una enseñanza más, sino como algo que me coloca delante de mi propia historia. “Yo soy la puerta”, dice. Desde ahí, no puedo evitar pensar en todas las puertas que he tenido que mirar, tantear, temer… y finalmente elegir.

Durante mucho tiempo viví en un espacio cerrado. No solo por miedo a los demás, sino por miedo a equivocarme delante de Dios. Creciendo con una fe sincera, pero atravesada por una sospecha constante: que quizá yo no era como debía ser. Que había algo en mí que no encajaba en ese redil del que tanto me hablaban. Entonces uno aprende a quedarse dentro, pero sin paz. A permanecer, pero sin descanso.

Nunca dejé de creer en Dios. Incluso en los momentos más oscuros cuando todo parecía confuso o injusto había algo que no se rompía. Una presencia que no se imponía, pero tampoco se iba. Sin embargo, otra cosa muy distinta fue mi relación con la Iglesia. Porque ahí, desde muy pronto, empecé a sentir una fractura.

Escuchar una y otra vez que lo que eres es desordenado, que tu manera de amar está equivocada, que tu vida —tal como es— necesita ser corregida… no es algo neutro. Va calando. Va haciendo que dudes no solo de ti, sino de cualquier voz que venga en nombre de Dios. Y ahí es donde este Evangelio cobra una fuerza especial.

Jesús habla de quienes no entran por la puerta, de quienes fuerzan, manipulan, dispersan. Y lo dice con claridad: las ovejas no siguen a quien no reconoce su voz. Eso me hizo pensar muchas veces. Porque yo también dejé de reconocer la voz de Dios en algunos discursos. No porque quisiera apartarme, sino porque algo dentro de mí se resistía a creer que esa dureza, esa exclusión, esa forma de nombrar la vida pudiera venir de Él.

Y entonces entendí algo que me costó mucho aceptar: no todo lo que se dice en nombre de Dios lleva su voz.

Reconocer eso es fuerte. También es muy liberador.

Porque me permitió empezar a distinguir. A no confundir a Dios con quienes hablaban de Él. A no abandonar la fe, aunque tuviera que tomar distancia de ciertas formas de vivirla. A no seguir a extraños, aunque vistieran de pastores.

Jesús no dice: “yo soy el camino correcto entre muchos”. Dice algo más radical: “yo soy la puerta”. No un sistema. No una norma. No una estructura. Él.

Y eso lo cambia todo.

Porque entonces la pregunta ya no es si encajo o no en una determinada forma de Iglesia, sino si reconozco su voz. Y su voz —esto lo sé ahora— nunca me ha llamado desde el desprecio, ni desde el miedo, ni desde la condena. Siempre lo hizo desde la vida.

Llegar ahí no fue fácil.

Hubo momentos en los que otras puertas parecían más accesibles. Salidas rápidas: dejar la fe, romper con todo, desaparecer de ese mundo que dolía. Y entiendo profundamente a quienes lo hicieron. Porque cuando uno no encuentra vida, busca aire donde puede.

Yo mismo estuve ahí.

Pero también tuve la suerte —y no fue solo mérito mío— de encontrar personas que me ayudaron a discernir. Que no me empujaron, que no decidieron por mí, pero que me acompañaron hasta poder escuchar con más claridad. Y en medio de ese proceso, aún sin haber salido del todo de mi propio armario, algo se hizo evidente: había una voz que me llamaba por mi nombre. No para cambiar lo que soy, sino para darme vida.

Esa fue la puerta.

No la que otros señalaban. No la que imponía condiciones. No la que exigía negar partes de mí. Sino la que abría espacio para vivir en verdad.

Y eso —aunque no siempre se diga— tiene consecuencias.

Porque obliga también a mirar a la Iglesia con honestidad. A reconocer que, cuando la Tradición se coloca por encima del Evangelio, cuando las normas pesan más que la vida, cuando se habla de Dios sin parecerse a Él… algo se rompe. Y no en abstracto. Se rompe en personas concretas. En historias concretas. En vidas que se sienten expulsadas de un redil que debería ser hogar.

Aquí es donde esta reflexión no puede quedarse en lo personal.

A quienes no viven esta realidad en primera persona, este Evangelio les lanza una pregunta incómoda: ¿estamos ayudando a reconocer la voz de Cristo… o la estamos distorsionando? ¿Estamos siendo puerta… o barrera?

Porque hay muchas personas LGBTIQ+ que no han dejado de creer en Dios, pero han dejado de confiar en quienes hablaban en su nombre.

Y aun así, seguimos aquí.

No porque todo esté resuelto.
No porque todo encaje.
Sino porque, en medio de todo, hemos reconocido una voz.

Una voz que no excluye.
Que no humilla.
Que no negocia la dignidad.

Una voz que llama por el nombre de cada una y de cada uno…
Y promete algo que nadie más ha sabido dar:

Vida.
Y vida en abundancia.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


EN aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

abril 18, 2026

CCVI. TAMBIÉN ES PARA TI


Sobre
Lucas 24, 13-35


No siempre la fe es claridad. A veces es camino. Dos personas se alejan de Jerusalén con la sensación de haber perdido lo que daba sentido a todo. Caminan juntas, sí, pero desorientadas, asustadas, incapaces de entender lo que ha pasado. Y, sin embargo, siguen andando.

Esa escena me resulta demasiado familiar. Porque hay momentos en la vida —y muchas personas LGBTIQ+ lo sabemos bien— en los que uno avanza sin tener claro quién es, ni cómo encajar lo que siente, ni qué hacer con lo que ha recibido. No es solo confusión. Es una mezcla de miedo, de tristeza y de preguntas que no encuentran respuesta. Especialmente cuando la fe, en lugar de iluminar, parece complicarlo todo.

Durante mucho tiempo, yo también caminé así. Con una sensación persistente de estar equivocado, de no encajar del todo, de no poder nombrar lo que me pasaba sin que eso tuviera consecuencias. Y en ese caminar, muchas veces Dios parecía ausente, o peor aún, del lado de quienes señalaban.

El relato de Emaús tiene algo profundamente humano: Jesús se acerca, pero no es reconocido. Camina con ellos, escucha su conversación, se interesa por su tristeza. No interrumpe, no corrige de entrada, no impone una verdad. Se coloca a su lado. Y eso, para mí, ya es revelador.

Porque muchas veces lo que hemos necesitado no era una respuesta rápida, ni una norma más clara, ni una explicación teológica. Era alguien que caminara con nosotros y nosotras sin juzgar, que escuchara de verdad, que no tuviera prisa por dejarnos atrás.

Jesús hace algo más: relee la historia. No niega el dolor, pero lo sitúa en un horizonte más amplio. Y poco a poco, sin forzar, algo empieza a moverse por dentro. No es todavía certeza. Es un calor, una intuición, una luz que no deslumbra pero orienta.

“¿No ardía nuestro corazón?”

Esa frase me parece clave. Porque hay experiencias que no se pueden demostrar, pero sí reconocer. Momentos en los que, sin saber muy bien cómo, uno empieza a intuir que Dios no está en contra, que quizá no se ha equivocado contigo, que tal vez hay un lugar también para ti en esta historia.

Y sin embargo, el reconocimiento pleno no llega en el camino, sino en la mesa. En lo cotidiano, en lo compartido, en el gesto de partir el pan. Ahí se abren los ojos.

Esto interpela mucho a la Iglesia. Porque no basta con acompañar en teoría. El Evangelio apunta a otra cosa: a espacios reales donde compartir la vida, donde la fe se haga cercana, donde las personas LGBTIQ+ no tengan que justificar su existencia para poder sentarse a la mesa.

Pero aquí aparece también la denuncia:

Muchas veces hemos sido invitados a caminar… pero no a quedarnos. Escuchados… pero no reconocidos del todo. Acompañados… pero desde una distancia que no termina de convertirse en comunión.

Y eso no es suficiente.

El gesto de Jesús es más radical: se queda, parte el pan, se deja reconocer. No pone condiciones. No exige que primero entiendan todo. Se ofrece.

Por eso, cuando finalmente lo reconocen, no se quedan ahí. Vuelven. Regresan a Jerusalén. Ya no desde la confusión, sino desde una certeza que no es perfecta, pero sí suficiente para ponerse en camino de nuevo.

Y aquí hay una palabra importante para quienes vivimos la fe desde la experiencia LGBTIQ+. No estamos condenados a caminar en la duda permanente. Tampoco a vivir escondidos en un relato que no nos incluye. Hay un momento —distinto para cada persona— en el que algo encaja, en el que el corazón arde, en el que se reconoce una presencia que da paz.

Esa presencia no elimina todas las preguntas. Pero sí cambia la dirección.

Y a quienes forman parte de la Iglesia y no viven esta realidad en primera persona, este Evangelio les deja una tarea clara: no adelantarse, no imponer, no simplificar. Caminar al lado, escuchar de verdad, y sobre todo, crear espacios, poner la mesa. Porque es ahí —no en el juicio, no en la distancia— donde se abren los ojos.

Quizá hoy muchas personas LGBTIQ+ siguen caminando hacia Emaús, alejándose de espacios donde no han encontrado lugar. La pregunta es si la Iglesia será capaz de salir a ese camino… o seguirá esperando desde Jerusalén.

Porque el Resucitado no espera.

Camina. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


AQUEL mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios;
iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

abril 11, 2026

CCV. PUERTAS CERRADAS


Sobre
Juan 20, 19-31

El Evangelio describe una escena muy concreta: puertas cerradas por miedo a quienes están fuera. No es una imagen espiritual sin más. Es una decisión de supervivencia. Quedarse dentro, protegerse, evitar exponerse. Y, al leerlo, no puedo evitar reconocer ahí algo profundamente cercano.

Porque muchas personas LGBTIQ+ también hemos vivido así. No con cerrojos visibles, pero sí con una puerta interior bien cerrada. El armario no es solo silencio: es estrategia, es defensa, es aprender a medir cada palabra, cada gesto, cada verdad que se puede decir… o no. Y ese encierro no nace de la nada. Nace del miedo a quienes están fuera: al rechazo, a la burla, a la violencia, a dejar de ser aceptado. A veces incluso al rechazo en nombre de Dios.

Durante mucho tiempo, mi fe creció dentro de ese espacio cerrado. No era una fe libre, era una fe vigilada. Aprendida bajo sospecha. Y eso deja huella. Porque cuando te han enseñado que lo que eres puede alejarte de Dios, no es fácil reconocerlo como cercano. Ahí es donde la duda empieza a echar raíces.

Por eso me resulta tan honesta la figura de Tomás. No estaba cuando Jesús se apareció por primera vez. Y cuando le cuentan lo ocurrido, no puede creerlo. Pero no porque no quiera. Sino porque no puede. Porque hay una historia detrás. Porque hay experiencias que hacen difícil confiar en una buena noticia que nunca ha sido del todo buena para ti.

“Si no lo veo… no creeré.” No suena a rebeldía. Suena a protección. A alguien que necesita tocar para poder confiar. Y eso, en muchas personas LGBTIQ+ creyentes, es muy real. No basta con que nos digan que Dios ama. Hemos escuchado demasiadas veces lo contrario, o algo que se parecía demasiado a lo contrario.

Por eso me parece decisivo lo que hace Jesús. No deja fuera a Tomás. No lo corrige. No le exige fe. Vuelve. Se coloca delante de él. Y le ofrece sus heridas. Justo ahí. Donde Tomás necesita. Sin reproche.

Eso cambia la lógica.

Porque la fe ya no es una obligación moral, ni una prueba que hay que superar. Es un encuentro que se adapta a la historia de cada persona. También a la mía. También a la de quienes hemos aprendido a desconfiar.

Y vuelvo a la escena inicial. Las puertas siguen cerradas. El miedo no desaparece de golpe. Pero Jesús entra igualmente. No espera a que todo esté resuelto. No exige que primero dejemos de tener miedo. Entra en ese espacio tal como es.

Eso, para mí, es profundamente liberador.

Porque significa que Cristo no está fuera del armario esperando a que salgamos. Está dentro. En ese lugar donde hemos aprendido a escondernos. En ese espacio donde la fe ha sido a veces más lucha que consuelo. Y desde ahí dice: “Paz”. No como una idea, sino como una presencia que desarma el miedo poco a poco.

Pero aquí es donde el Evangelio se vuelve incómodo.

Porque mientras Jesús atraviesa puertas cerradas para encontrarse con quienes tienen miedo, a veces la Iglesia sigue siendo uno de los motivos por los que esas puertas se cierran. No siempre con violencia explícita. A veces con silencios. A veces con discursos que no nombran, pero excluyen. A veces con una acogida que se queda en lo teórico.

Y entonces la pregunta se vuelve inevitable.

¿Estamos ayudando a abrir espacios… o estamos contribuyendo a que muchas personas sigan encerradas?

No basta con decir “Dios ama”. No basta con invitar a confiar. Hay que hacerse cargo de las heridas que dificultan esa confianza. Hay que permitir que la fe se pueda tocar. Como hizo Jesús con Tomás.

Yo he necesitado ese proceso. He necesitado atravesar la duda, desmontar imágenes de Dios que no eran verdad, dejar de creer en un Dios que no se parecía a Cristo. Y no ha sido rápido. Ni fácil. Pero ha sido real.

Por eso, cuando leo este Evangelio, no veo solo una aparición. Veo un camino.

El de unas personas que pasan del encierro a la posibilidad.
El de alguien que duda… y no es expulsado por ello.
El de un Dios que no se impone, sino que se ofrece.

Y eso —aunque a veces no se quiera reconocer— también está ocurriendo hoy. En la vida de muchas personas LGBTIQ+ que, incluso desde espacios cerrados, siguen buscando, dudando, creyendo a su manera.

Quizá la verdadera pregunta no es si tenemos fe.

Sino si estamos dispuestos a dejar que Cristo entre donde todavía tenemos miedo.

Y si, como Iglesia, vamos a seguir cerrando puertas… 
o por fin vamos a aprender a no ponerlas.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

abril 04, 2026

CCIV. LA PIEDRA YA NO ESTÁ


Sobre
Juan 20, 1-9

Hay algo en este relato que siempre me ha desconcertado.
No empieza con la vida… empieza con la ausencia.

María Magdalena llega cuando aún está oscuro.
No busca un milagro.
Busca un cuerpo.

Y lo que encuentra es una piedra corrida.

Nada más.

Ni ángeles.
Ni palabras.
Ni consuelo.

Solo una señal extraña:
lo que estaba cerrado… ya no lo está.

A veces la fe empieza así.
No con respuestas, sino con una grieta.

Durante mucho tiempo, muchas personas hemos vivido con la sensación de que nuestra vida estaba sellada.
Como si hubiera un lugar asignado: el margen, el silencio, el “mejor no decir”.

Como si la fe y lo que somos no pudieran convivir.

Como si la piedra fuera definitiva.

Pero llega un momento —a veces pequeño, a veces doloroso— en que algo se mueve.
No fuera, sino dentro.

Y entonces empieza a surgir una sospecha:
quizá Dios no está donde nos dijeron.

Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba corren.
Entran.
Ven.

Todo está en orden… excepto lo esencial.

Jesús no está.

Y sin embargo, el Evangelio dice algo decisivo, referido a ese discípulo amado que primero no se atrevió a entrar y luego lo hizo con Pedro:
“vio y creyó.”

No entendió.
No vio a Jesús.
No tuvo pruebas.

Pero creyó.

Porque hay una forma de fe que nace no de la evidencia, sino del reconocimiento interior.

Y eso tiene mucho que ver con la experiencia de muchas personas LGBTIQ+ creyentes.

No siempre ha habido palabras.
No siempre ha habido acompañamiento.
No siempre ha habido Iglesia.

Pero sí ha habido momentos en los que algo encajaba por dentro:
una paz inesperada,
una certeza silenciosa,
la intuición de que Dios no rechazaba.

Muchas veces he hecho referencia a esa experiencia personal:
descubrir que el problema no era Dios…
sino la imagen de Dios recibida.

Y cuando esa imagen cae, cuando la piedra se mueve, algo respira.

La Resurrección, en este texto, no es un espectáculo.
Es un desplazamiento.

La vida ya no está donde estaba.

Y eso es profundamente incómodo.

Porque obliga a moverse.
Obliga a salir.
Obliga a dejar de buscar en el sepulcro.

Por eso esta página del Evangelio no es solo consuelo.
Es también una denuncia.

Porque quizá hoy seguimos haciendo lo mismo:
custodiando sepulcros que ya están vacíos,
repitiendo discursos que ya no contienen vida,
hablando de Dios sin reconocer dónde actúa realmente.

Y aquí la pregunta se vuelve directa.

¿Dónde estamos buscando a Cristo?

¿En estructuras que no se dejan mover?
¿En categorías que no escuchan la vida concreta?
¿O en esos lugares donde, a pesar de todo, la fe sigue naciendo?

Porque hay una convicción profunda: La Resurrección no ha terminado. Sigue ocurriendo.

También en la vida de muchas personas LGBTIQ+ que han pasado del miedo a la verdad,
del encierro a la libertad, del silencio a una fe vivida con dignidad.

No de forma perfecta.
No sin heridas.

Pero real.

Y eso —aunque no siempre se quiera reconocer— es también obra de Dios.

Por eso, cuando la piedra se mueve, no hay vuelta atrás.

Se puede dudar.
Se puede tardar en entender.

Pero ya no se puede volver a cerrar el sepulcro.

Porque la vida…
ya ha salido.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

abril 01, 2026

CCIII. INCLINARNOS PARA AMAR


Sobre
Juan 13, 1-15; 18,1–19,42


De todo este largo texto de la Pasión de Cristo, hay una escena que siempre me ha inquietado más que emocionado: Jesús de rodillas, lavando los pies. No porque no sea hermosa, sino porque es demasiado concreta. Demasiado real. Demasiado exigente. No habla de ideas. Habla de contacto. De manos que se ensucian. De cercanía sin distancia.

Y desde ahí no puedo evitar preguntarme, ¿cuántas veces las personas LGBTIQ+ hemos experimentado en la Iglesia algo así? No discursos sobre nosotros, sino personas que se inclinan, que escuchan, que acompañan sin miedo. Porque el lavatorio no es un símbolo abstracto. Es una forma de situarse. Jesús no se coloca por encima. Se pone debajo. Y eso cambia todo.

Quizá es por lo que duele tanto cuando la experiencia es la contraria. Cuando uno siente que su vida es analizada, clasificada, incluso corregida… pero rara vez abrazada. Como si el Evangelio se hubiera convertido más en norma que en gesto.

El cuarto evangelio no separa ese momento concreto del lavatorio de lo que viene después. El mismo Jesús que se arrodilla es el que, pocas líneas más adelante, es detenido, interrogado y expuesto. No hay ruptura entre una cosa y otra. Hay coherencia. Jesús no deja de ser servidor cuando comienza la violencia. Y tampoco deja de ser libre cuando lo atan.

Eso me interpela profundamente. Porque muchas veces la fe LGBTIQ+ ha tenido que aprender a sostenerse en medio de esa tensión: amar a una Iglesia que no siempre sabe amar del todo, permanecer cuando sería más fácil marcharse, seguir creyendo incluso cuando la mirada de otros pesa.

En el relato de la pasión según Juan, lo que más me impresiona no es justo el sufrimiento físico —que también—, sino la tranquilidad con la que Jesús se mantiene fiel a sí mismo. No entra en el juego del poder. No responde desde la violencia. No negocia su verdad.

Y eso, leído hoy, tiene una fuerza enorme. Porque hay situaciones —y no hace falta irse muy lejos para verlas— donde la dignidad de las personas LGBTIQ+ sigue siendo cuestionada, ridiculizada o incluso agredida. Y no siempre encontramos una respuesta clara, firme, evangélica, por parte de quienes deberían ser los primeros en defenderla.

Aquí es donde el Evangelio deja de ser cómodo. Porque no se trata solo de no hacer daño. Se trata de ponerse del lado de quien lo sufre. El gesto de lavar los pies no es neutral. Es una toma de posición. Y la pasión de Jesús tampoco lo es.

Por eso, quizá hoy la pregunta no es solo qué creemos, sino cómo nos situamos. Si somos capaces de arrodillarnos ante la vida concreta de quienes han sido heridos. Si somos capaces de reconocer la presencia de Dios también en quienes han sido colocados en los márgenes. Si somos capaces de permanecer fieles cuando eso incomoda.

A quienes compartimos esta experiencia de fe desde lo LGBTIQ+, este Evangelio nos recuerda que no estamos fuera de la historia de Jesús. Estamos dentro. Muy dentro. Y a quienes miran desde fuera de esta realidad, pero quieren vivir el Evangelio con verdad, les deja un criterio sencillo y exigente:

Donde alguien se arrodilla para amar, ahí está Cristo.
Donde alguien es humillado y nadie se inclina, el Evangelio aún no ha llegado del todo.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»
Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.»
Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás.»
Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.»
Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»
Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.»
Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.» Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

Juan 18,1–19,42. La Pasión

C. En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:
+ «¿A quién buscáis?»
C. Le contestaron:
S. «A Jesús, el Nazareno.»
C. Les dijo Jesús:
+ «Yo soy.»
C. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+ «¿A quién buscáis?»
C. Ellos dijeron:
S. «A Jesús, el Nazareno.»
C. Jesús contestó:
+ «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos»
C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste.» Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+ «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?»
C. La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; era Caifás el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo.» Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada que hacía de portera dijo entonces a Pedro:
S. «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?»
C. Él dijo:
S. «No lo soy.»
C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó:
+ «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo.»
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaban allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. «¿Así contestas al sumo sacerdote?»
C. Jesús respondió:
+ «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?»
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron:
S. «¿No eres tú también de sus discípulos?»
C. Él lo negó, diciendo:
S. «No lo soy.»
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. «¿No te he visto yo con él en el huerto?»
C. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
S. «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?»
C. Le contestaron:
S. «Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos.»
C. Pilato les dijo:
S. «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley.»
C. Los judíos le dijeron:
S. «No estamos autorizados para dar muerte a nadie.»
C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Jesús le contestó:
+ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?»
C. Pilato replicó:
S. «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?»
C. Jesús le contestó:
+ «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.»
C. Pilato le dijo:
S. «Conque, ¿tú eres rey?»
C. Jesús le contestó:
+ «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»
C. Pilato le dijo:
S. «Y, ¿qué es la verdad?»
C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Volvieron a gritar:
S. «A ése no, a Barrabás.»
C. El tal Barrabás era un bandido. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. «Mirad, os lo saco afuera, para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa.»
C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. «Aquí lo tenéis.»
C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
S. «¡Crucifícalo, crucíficalo!»
C. Pilato les dijo:
S «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él.»
C. Los judíos le contestaron:
S «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios.»
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más y, entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús:
S. «¿De dónde eres tú?»
C. Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo:
S. «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?»
C. Jesús le contestó:
+ «No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor.»
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. «Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César.»
C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:
S. «Aquí tenéis a vuestro rey.»
C. Ellos gritaron:
S. «¡Fuera, fuera; crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. «¿A vuestro rey voy a crucificar?»
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. «No tenemos más rey que al César.»
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos.» Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
S. «No, escribas: «El rey de los judíos», sino: «Éste ha dicho: Soy el rey de los judíos.»»
C. Pilato les contestó:
S. «Lo escrito, escrito está.»
C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. «No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quién le toca.»
C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
+ «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
C. Luego, dijo al discípulo:
+ «Ahí tienes a tu madre.»
C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo:
+ «Tengo sed.»
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
+ «Está cumplido.»
C. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que atravesaron.» Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.