Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Darse. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Darse. Mostrar todas las entradas

junio 19, 2025

CLXXIV. DADLES VOSOTR@S DE COMER


Sobre
Lucas 9, 11b-17


Lucas narra uno de esos momentos en los que Jesús muestra su dualidad Dios-Hombre, padre y madre preocupado de alimentar el espíritu pero también por saciar el hambre física de todas las personas que le seguían.

Esta es también una de las ocasiones en las que Jesús adelanta la cena de la Pascua. Quizá las vistas del atardecer desde la orilla del Lago de Galilea resultaran un espacio impresionante, aunque menos solemne que el cenáculo, pero al fin y al cabo era una demostración de lo que significaba para Él compartir, darse, entregarse, repartirse, partirse en pequeños trozos para poder llegar a todas y todos sin excepción.


Es fácil caer en la tentación de utilizar este relato para hacer una exégesis basada en la necesidad de compartir y el evidente problema del hambre en el mundo. Pero creo que mi comentario no va a ir por ahí, al menos no del todo.


De hecho, intuyo que estos versículos (que se repiten de forma muy similar en los cuatro Evangelios) pueden regalarnos muchas más cosas de lo que aparentemente sugieren. He compartido más de una vez cómo desde niño me gustaba imaginarme dentro de la escena del Evangelio que estuviese leyendo en ese momento, algo que fijé como método de oración en mi juventud y mantengo hasta ahora. Sé que mi manera de zambullirme en la Palabra y nadar torpemente en ella hizo posible que, aun en los momentos más complicados de mi vida, necesitara acercarme a los Evangelios tranquila y sosegadamente, buscando paz y la cercanía del Maestro. Muchos años después, cuando tuve la oportunidad de conocer la espiritualidad ignaciana, reconocí la oración contemplativa en mi modo de orar y quise profundizar en ello realizando los Ejercicios Espirituales, una experiencia sorprendente que no me ha dejado impasible y, estoy seguro, ha transformado mi fe en detalles que aún hoy se me están revelando.


Pero me estoy desviando del texto del evangelista entrando en otra historia, todo para decir que en la escena que describe Lucas es imprescindible introducirse con los sentidos, viendo, oyendo, mirando actitudes, gustando, oliendo, tocando. 

Estamos junto a la orilla del mar de Galilea, huele a redes de pesca, amaina el calor del día, escuchamos el rumor de las olas suaves y oímos a las personas arremolinadas en el lugar conversando entre ellas; podemos observar a tres protagonistas de lo que allí está sucediendo: las gentes que habían estado siguiendo al Maestro, los apóstoles y Jesús, tres actitudes diferentes que van a centrar la oración de hoy.


  • Los que seguían a Jesús.


Si la Iglesia preguntara de forma abierta y cercana a las personas LGBTIQ+ creyentes de qué tenemos hambre, qué necesitamos, es probable que surgieran muchas respuestas pero, en el fondo, en lo que todas coincidiríamos respecto a lo que echamos en falta es que se nos trate como Jesús atendió a esas gentes junto al lago de Galilea.

Tenemos unos pocos panes y peces, pero nos urge que, en el nombre de Dios, alguien los vaya multiplicando y repartiendo.

Nos hace falta experimentar la sensación de que alguien se preocupa sinceramente de nosotras, de nosotros, para que quedemos saciados de pan, de pez y de Dios, y nos sintamos parte de la Comunidad de Jesús.


El Maestro junto al lago no hizo distinciones entre las personas, no excluyó a nadie de aquella cena inesperada. Más bien se ocupó de que ni una sola quedara sin atender. Nuestra experiencia hoy —en ambiente sinodal y recién llegado un nuevo Papa— no es del todo así. Aún hay veces en las que se nos niega el pan y los peces, o en los que se reparte con una condescendencia que entristece. Jesús no actuaría de esa forma, ese no es el estilo de Jesús.


Hay muchas personas creyentes LGBTIQ+ que siguen esperando un signo como el del lago de Galilea. Hay hambre de esperanza.

Hay necesidad de que se comparta con nosotras y nosotros, pero también de compartir lo que tenemos, de dejar que se redoblen nuestros panes y peces, que se partan y repartan nuestros corazones y que el Maestro nos dé con sus propias manos el Pan de la Vida.


  • Los apóstoles.


La actitud de los apóstoles es muy desconcertante, porque lo primero que intentan hacer es descargar en Jesús la responsabilidad de lo que está sucediendo, intentando que el Maestro despida a las gentes y les ruegue que se dispersen para evitar problemas. Recuerda demasiado a las formas de hacer de muchos pastores de nuestras Iglesias, que procuran desentenderse de complicaciones y se aferran a lo que la doctrina dicte (la lógica religiosa que implica multitud de normas y comportamientos establecidos para cada situación).  


En estos tiempos de sinodalidad no es coherente mirar a otro lado esquivando realidades (mucho menos rechazándolas), ni actuar condescendientemente ante ellas, sino más bien es necesario, urgente, apremiante, actuar desde el Evangelio. Jesús incorporó a la cena del lago de Galilea a todas y cada una de las personas que le habían estado siguiendo. Lo hizo porque los apóstoles aportaron unos panes y unos peces. Necesitamos pastores que nos acerquen al Jesús que se reparte entre nosotras y nosotros, sin importar de dónde venimos, qué necesidades traemos, cuál es nuestra orientación sexual o nuestro género. 


  • Jesús.


Jesús pronuncia una frase imperativa que desconcierta a los apóstoles: “Dadles vosotros de comer”.

Ellos se ven incapaces de cumplir lo que les pide y ponen ante Él lo único que tienen, sabiendo que es insuficiente: unos pocos panes y peces. En su lógica es imposible que con eso puedan alimentar a tantas personas. 

Pero Jesús adelanta la última cena y parte en miles esas hogazas y esos pescados, hasta que sobró. 


Contemplando esa escena, resuenan en mí las palabras de Jesús: “dales vosotros de comer”. Como si estuviera dirigiéndose a quienes hemos recibido el regalo de conocer al Mesías y reconocer que Él nos ama intensamente como somos, aceptando nuestra diversidad como un don de su creación hecha mujer y hombre en ti y en mí, en cada una y en cada uno de nosotros. Tenemos en nuestras alforjas unos panes y unos peces con los que estamos llamados a dar de comer a cada una de esas personas que esperan en silencio ser reconfortadas, acogidas, abrazadas y amadas hasta que sean capaces de sentir el amor de Dios y su misericordia sin despreciar por eso su identidad sexual.


Las mujeres y hombres LGBTIQ+ creyentes estamos convocados a dar testimonio del Amor que Dios nos tiene. Superando resentimientos, por encima de cierta Iglesia que sigue anestesiando el Evangelio de Jesús y empoderando la doctrina. Nada nos separará del Amor de Dios. Construir puentes debe ser nuestra misión, hacer posible la sinodalidad es nuestra misión. Dar de comer a quien espera en silencio una palabra de acogida, de aceptación, es nuestra misión.


A orillas del lago de Galilea Jesús proclama que es imposible seguirle si la doctrina (la norma, lo lógico, lo esperado) supera lo imprevisto, lo insospechado. Él es la sorpresa. Jesús nos incorpora a quienes le siguen. Más tarde dirán: “Escándalo para los judíos, necedad para los gentiles”.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. 

Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.» 

Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.» 

Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres. 

Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.» 

Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

octubre 12, 2024

CLIII DARME, TAL CUAL


Sobre
 Marcos 10, 17-30



La interpretación habitual de este pasaje del Evangelio se refiere a la necesidad de compartir los bienes materiales en favor de quien menos tiene, incluso hasta el extremo de darlo todo. Y no puedo obviar ese sentido particular de cuanto responde Jesús al joven rico, cuando este le pregunta qué ha de hacer para heredar la vida eterna. De hecho desde ahí parte mi oración personal en torno al texto de Marcos. Pero primero, como suelo hacer, necesito poner mi experiencia de vida ante Dios y notar su eco. Sólo así podré interpretar la Palabra desde un punto de vista LGBTIQ+, que al fin y al cabo es lo que soy. Incluso por encima de parecerme o no al joven del relato.


Como con frecuencia he narrado, antes de salir del armario me ocupé de buscar frenéticamente qué decía Jesús acerca de las personas LGBTIQ+. Desde luego no encontré nada. Jesús se expresa con claridad sobre los colectivos excluidos de su época: los pobres, los enfermos, los niños, las mujeres… Y con dureza ante quienes no eran capaces de entender su mensaje. Sin embargo, ni una palabra referente a las personas no heterosexuales —la palabra homosexual no existía en la Antigüedad. Y está claro que en la sociedad judía de esos años también había personas que no eran exactamente heterosexuales, lo cual no parece que preocupara tanto a Jesús —ni la presencia de ese colectivo, ni sus comportamientos— como para que les dedicara una frase o se recogiera nada en ningún Evangelio.


En ese rastrear la voz de Cristo me paraba con frecuencia en estos versículos de Marcos. Me ponía en el lugar de ese hombre que se acerca al Maestro, y con él le preguntaba qué debía hacer para heredar la Vida Eterna. Hasta ese momento tenía muy claro lo que la doctrina de la Iglesia me contestaba: la Vida Eterna no era para mí. Incluso algún obispo se animó a afirmar que ni yo ni las personas como yo éramos auténticos hijos (e hijas) de Dios. Pero en lo más íntimo deseaba ardientemente que Jesús de Nazaret tuviera una palabra más amable y misericordiosa que dirigirme. Así es como me ponía ante Él y le preguntaba qué debía hacer para seguirle en fidelidad y de esa forma alcanzar el Reino.


Con el joven rico del Evangelio, Jesús inicia un diálogo muy interesante en el que, como cuando alguien pide entrar a formar parte de algo por lo que tiene mucho interés, le propone una serie de condiciones, de menos a más, de lo básico e imprescindible a lo difícil de superar. Jesús le dice que lo primero es cumplir los mandamientos, y curiosamente le nombra sólo aquellos que se refieren al prójimo. El joven contesta que eso ya lo hace, así que Jesús le plantea una condición más difícil: que vendiera sus bienes, entregara el dinero a los pobres y le siguiera. Ante eso el joven rico del relato se siente incapaz y se marcha entristecido.


Es cierto que este pasaje hoy puede inquietarme en el sentido que la exégesis común ilumina, es decir, porque sin ser una persona rica en patrimonio ni fortunas, es verdad que tengo más de lo que necesito en comparación a quien poco o nada tiene, y en esa lógica la respuesta de Jesús me exige un comportamiento coherente que pasa ineludiblemente por compartir. Pero cuando reflexionaba acerca de esta historia siendo un estudiante armarizado, mi riqueza económica era nula por lo que, puesto de rodillas y pronunciando la pregunta del joven rico ante Jesús, su respuesta con las condiciones para heredar la Vida Eterna no eran tan complicadas de cumplir, sin dejar de exigirme un esfuerzo de cohesión entre fe y vida que dependía de mi fortaleza o de mi debilidad. Aun así me quedaba esperando más condiciones, porque había una que se imponía desde la doctrina de una forma clara y era la necesaria renuncia a mi identidad sexual. Implícitamente, y asociado al conjunto de mandamientos que nombraba Jesús —aunque este ya no era referente al prójimo sino a mí mismo—, había un requisito inexcusable que escuchaba a mis educadores y oía en los púlpitos: un homosexual no podía alcanzar el Reino de Dios.


Por eso me quedaba meditando en el contraste entre las palabras de Jesus y el lenguaje de la Iglesia, entre la mirada misericordiosa de mi hermano Jesucristo y el juicio implacable de mis pastores o de hermanos en la fe. Y no había nada más. Yo le decía en la oración: “mira, Jesús, que hago lo posible por cumplir tus mandamientos y pongo los medios para compartir con quien lo necesita, y así puedo renunciar a mis egoísmos y a mi riqueza material, pero no me pidas renegar de lo que soy porque no puedo, no sé renunciar a mí mismo, no puedo dejar de ser así”.


Años después, una vez fuera del armario, esa oración pervive. Sigo siendo una persona débil con infinidad de fallos, pero procuro cumplir los mandamientos. Intento compartir lo que tengo y pretendo ser un hombre solidario. Mantengo mi pretensión de seguir a Jesucristo porque estoy enamorado de su Evangelio. Pero no puedo renunciar a lo que soy. La diferencia es que ahora tengo la certeza de que Jesús tampoco quiere renunciar a mí.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" Jesús le contestó: "¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre." Él replico: "Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño." Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: "Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme." A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús mirando alrededor, dijo a sus discípulos: "¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!" Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: "Hijos, ¡que difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios." Ellos se espantaron y comentaban: "Entonces, ¿quién puede salvarse?" Jesús se les quedo mirando y les dijo: "Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo." Pedro se puso a decirle: "Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido." Jesús dijo: "Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más- casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna."

julio 27, 2024

CXLII ¿QUÉ NECESITÁIS?


Sobre
 Juan 6, 1-15

La humanidad de Jesús le hace estar especialmente atento a las necesidades de las mujeres y hombres que lo acompañan. Este es uno de esos momentos. Ya tiene un plan para calmar el hambre de tanta gente, pero juega con Felipe poniéndole a prueba. Felipe y Andrés no ven más allá de lo que pueden alcanzar por ellos: dinero insuficiente, y unos pocos panes y peces. Muchas veces nos pasa igual: nos quedamos en lo que lograríamos hacer por nosotros mismos sin darnos cuenta de que el Padre todo lo puede, y que nos vendría bien confiar en Él para que refuerce nuestras posibilidades. 


Esta es también una de las ocasiones en las que Jesús adelanta la cena de la Pascua. Quizá las vistas desde la orilla del Lago de Galilea resultaran un espacio bonito aunque menos solemne que el cenáculo, pero al fin y al cabo era el escenario de la demostración de lo que significaba para Él compartir, darse, entregarse, repartirse, partirse en pequeños trozos para poder llegar a todas y todos sin excepción.


Es fácil utilizar este relato para hacer una exégesis basada en la urgencia de compartir y el evidente problema del hambre en el mundo. Sin olvidar eso, me provoca más la pregunta implícita de Jesús que determina todo lo que sucede en esta historia descrita por Juan. Esa pregunta es muy evidente y terriblemente sencilla: "¿Qué necesitáis?". Seguramente la leyó Andrés en los ojos del Maestro. Después, comenzaron a disponerlo todo siguiendo sus instrucciones.


Si la Iglesia preguntara de forma abierta y cercana a las personas LGBTIQ+ cristianas qué necesitamos, es probable que surgieran muchas respuestas pero, en el fondo, en lo que todas coincidiríamos respecto a lo que echamos en falta es que se nos trate como Jesús atendió a esas gentes junto al lago. Tenemos unos pocos panes y peces, pero nos urge que, en el nombre de Dios, alguien los vaya multiplicando y repartiendo.


Nos hace falta experimentar la sensación de que la Iglesia se preocupa sinceramente de nosotras, de nosotros, para que quedemos saciados de pan, de pez y de Dios, y nos sintamos parte reconocida de la Comunidad de Jesús. Ya no bastan gestos aislados, pequeños pasos que casi siempre van de vuelta, medias promesas, medias verdades... Jesús no entregó un trozo de pan a cada una de esas personas preguntando por sus procedencias, sus afinidades, fijándose en su género o su orientación. Jesús sació por igual a toda esa gente que, esperanzada, le siguió hasta allí. 


No excluyó a nadie de aquella comida inesperada. Más bien, se ocupó de que ni una sola quedara sin atender. Nuestra experiencia hoy no es del todo así. Aún hay veces en las que se nos niega el pan y los peces, o en las que se reparte con una condescendencia que entristece. Jesús no actuaría de esa forma, ese no es el estilo de Jesús.


Hay muchas personas creyentes LGBTIQ+ que siguen esperando un signo como el del lago de Galilea. Hay hambre de esperanza. Hay necesidad de que se comparta con nosotras y nosotros, pero también de compartir lo que tenemos, dejar que se redoblen nuestros panes y peces, que se partan y repartan nuestros corazones y que el Maestro nos de con sus propias manos el Pan de la Vida.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Después de esto pasó Jesús a la otra orilla del lago de Galilea –el Tiberíades–. Le seguía un gran gentío, pues veían las señales que hacía con los enfermos. Jesús se retiró a un monte y allí se sentó con sus discípulos.Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Alzando la vista y viendo el gentío que acudía a él, Jesús dice a Felipe: —¿Dónde compraremos pan para que coman ésos? –lo decía para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer–. Felipe le contestó: —Doscientos denarios de pan no bastarían para que a cada uno le tocase un pedazo. Uno de los discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dice: —Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados; pero, ¿qué es eso para tantos? Jesús dijo: —Haced que la gente se siente. Había hierba abundante en el lugar. Se sentaron. Los varones eran cinco mil. Entonces Jesús tomó los panes, dio gracias y los repartió a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados: dándoles todo lo que quisieron. Cuando quedaron satisfechos, dice Jesús a los discípulos: —Recoged las sobras para que no se desaproveche nada. Las recogieron y, con los trozos de los cinco panes de cebada que habían sobrado a los comensales, llenaron doce cestas. Cuando la gente vio la señal que había hecho, dijeron: —Éste es el profeta que había de venir al mundo. Jesús, conociendo que pensaban venir para llevárselo y proclamarlo rey, se retiró de nuevo al monte, él solo.

junio 01, 2024

CXXXIV MUCHO MÁS QUE PAN Y VINO


Sobre
 Marcos 14, 12-16.22-26

Algunas homilías de mi adolescencia me devolvían a casa asustado y confundido, haciendo que las palabras del sacerdote oscurecieran absolutamente la verdadera Palabra y, por descontado, apagaran lo que de verdad sucedía allí: la presencia de la persona de Jesús en la Eucaristía.

Dentro del armario la Eucaristía no sabía a nada, porque la mala conciencia que se me creaba quitaba el sabor a la persona de Jesús en el pan-cuerpo que se reparte y en el vino-sangre que se brinda.

En realidad dentro del armario nada sabe a lo que tiene que saber. Pero la necesidad de mantener oculta esa parte de uno mismo, que firmemente te dicen que es contraria a Dios, hacía que guardara las formas y procediese a interpretar al típico buen cristiano que no da nada de qué hablar. El papel de mi vida como actor. Así fue durante una larga etapa de mi historia.


Para muchas personas LGBTIQ+, a esto se reduce la experiencia del sacramento de bastantes Eucaristías: a un sermón. Porque cuando llega lo importante en la celebración estamos distraídas y ofuscadas por todo el lodo nos echaron encima.


Pese a eso, mi paz con Dios, el reencuentro con el Padre, se lo debo a una Eucaristía durante la que me sentí profundamente interpelado y sobre la que ya he hecho referencia trayendo ese momento a mi oración en anteriores comentarios al Evangelio.


Creo que no es posible vivir la Eucaristía dentro del armario. Al menos en el mío no lo era. La Eucaristía es sacrificio, es partirse y repartirse. Es abandonarse a los otros, quedarse en los otros y acampar en sus corazones. Es ponerse en el lugar de mi hermana, aceptar amorosamente a mi hermano, donarse por entero al prójimo.

Es justo eso que tanto eché en falta cuando iba a misa antes de descubrir que Jesús no me quiere menos a mí que a Pedro por negarle, ni a Andrés por no fiarse. O de comprender en propia carne que Jesús había partido el pan y levantado la copa brindando por mí también. No hubiera imaginado que el Padre tuviera reservada para mí una cena.


Las Eucaristías anteriores eran todo lo profundas que mi armadura permitía. Solo cuando me liberé del escondite en el que me había ocultado fui capaz de vivir con plenitud la presencia de Jesús en persona, porque eso es también la Eucaristía.

Y no de otra forma, sino a través del sacramento en el que el Hijo de Dios se ofrece en sacrificio por cada una y cada uno de nosotros, me fue posible recapacitar y reconocer cuánto me estima Dios.

Cuando pasó eso, cuando fui consciente de cuánto me amaba Dios, y de cómo se había sacrificado en su Hijo por mí, solo entonces pude comulgar en paz. Pronuncié las palabras de Jesús: esta es mi nueva alianza.


La oración me regala cada vez conocer el sentido de cuanto es mi historia y descubrir lo que Dios ha querido decir en cada momento, especialmente en esos en los que más me costó encontrar un sentido y en los que más eché de menos su caricia. Ahora sé que Dios da luz a mi vida. Y que hubiera bastado con abrir las puertas del armario confiadamente para dejarle entrar a casa, partir el pan y levantar la copa de vino celebrando mi vuelta al hogar del Padre.


El primer día de los Ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dijeron los discípulos: —¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? Él envió a dos discípulos encargándoles: —Id a la ciudad y os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. Seguidlo y donde entre, decid al amo de casa: Dice el Maestro que dónde está la sala en la que va a comer la cena de Pascua con sus discípulos. Él os mostrará un salón en el piso superior, preparado con divanes. Preparad allí la cena. Salieron los discípulos, se dirigieron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras cenaban, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: —Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y bebieron todos de ella. Les dijo: —Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Os aseguro que no volveré a beber el fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios. Después cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos.  

julio 02, 2023

XX. MUCHO MÁS QUE PAN Y VINO

Sobre Marcos 14, 12-16.22-26

Algunas homilías de mi adolescencia me devolvían a casa asustado y confundido, haciendo que las palabras del sacerdote oscurecieran absolutamente la verdadera Palabra y, por descontado, apagaran lo que de verdad sucedía allí: la presencia de la persona de Jesús en la Eucaristía.

Dentro del armario la Eucaristía no sabía a nada, porque la mala conciencia que se me creaba quitaba el sabor a la persona de Jesús en el pan-cuerpo que se reparte y en el vino-sangre que se brinda.

En realidad dentro del armario nada sabe a lo que tiene que saber. Pero la necesidad de mantener oculta esa parte de uno mismo, que firmemente te dicen que es contraria a Dios, hace que guardes las formas y procedas a interpretar al típico buen cristiano que no dé nada de que hablar. El papel de tu vida como actor. Así fue durante una larga etapa de mi historia.


Para muchas personas LGBTIQ+, a esto se reduce la experiencia del sacramento de bastantes Eucaristías: a un sermón. Porque cuando llega lo importante en la celebración estamos distraídas y ofuscadas por todo el lodo nos echaron encima.


Pese a eso, mi paz con Dios, el reencuentro con el Padre, se lo debo a una Eucaristía durante la que me sentí profundamente interpelado y sobre la que ya he hecho referencia trayendo ese momento a mi oración en anteriores comentarios al Evangelio.


Creo que no es posible vivir la Eucaristía dentro del armario. Al menos en el mío no lo era. La Eucaristía es sacrificio, es partirse y repartirse. Es abandonarse a los otros, quedarse en los otros y acampar en sus corazones. Es ponerse en el lugar de mi hermana, aceptar amorosamente a mi hermano, donarse por entero al prójimo.

Es justo eso que tanto eché en falta cuando iba a misa antes de descubrir que Jesús no me quiere menos a mí que a Pedro por negarle ni a Andrés por no fiarse. O de comprender en propia carne que Jesús había partido el pan y levantado la copa brindando por mí también. No hubiera imaginado que el Padre tuviera reservada para mí una cena.


Las Eucaristías anteriores eran todo lo profundas que mi armadura permitía. Solo cuando me liberé del escondite en el que me había ocultado fui capaz de vivir con plenitud la presencia de Jesús en persona, porque eso es también la Eucaristía.

Y no de otra forma, sino a través del sacramento en el que el Hijo de Dios se ofrece en sacrificio por cada una y cada uno de nosotros, me fue posible recapacitar y reconocer cuánto me estima Dios.

Cuando pasó eso, cuando fui consciente de cuánto me amaba Dios, y de cómo se había sacrificado en su Hijo por mí, solo entonces pude comulgar en paz. Pronuncié las palabras de Jesús: esta es mi nueva alianza.


La oración me regala cada vez conocer el sentido de cuanto es mi historia y descubrir lo que Dios ha querido decir en cada momento, especialmente en esos en los que más me costó encontrar un sentido y en los que más eché de menos su caricia. Ahora sé que Dios da luz a mi vida. Y que hubiera bastado con abrir las puertas del armario confiadamente para dejarle entrar a casa, partir el pan y levantar la copa de vino celebrando mi vuelta al hogar del Padre.


El primer día de los Ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dijeron los discípulos: —¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? Él envió a dos discípulos encargándoles: —Id a la ciudad y os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. Seguidlo y donde entre, decid al amo de casa: Dice el Maestro que dónde está la sala en la que va a comer la cena de Pascua con sus discípulos. Él os mostrará un salón en el piso superior, preparado con divanes. Preparad allí la cena. Salieron los discípulos, se dirigieron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras cenaban, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: —Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y bebieron todos de ella. Les dijo: —Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Os aseguro que no volveré a beber el fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios. Después cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos.