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julio 21, 2026

CCXX. EL TESORO INCÓMODO


Sobre
 Mateo 13, 44-52

Hay evangelios que me acarician. Y hay otros que me desinstalan. Este es uno de ellos.

Jesús habla de un hombre que encuentra un tesoro escondido y vende todo lo que tiene para comprar aquel campo. Habla también de un comerciante que descubre una perla de enorme valor y se desprende de todo para quedarse con ella. Durante mucho tiempo pensé que el tesoro era Dios. Pero, con los años, he descubierto que, en realidad, el primer tesoro que Dios quiso que encontrara fui yo mismo.

Porque no siempre supe verme así.

Durante demasiados años aprendí a esconderme. Me enseñaron que había partes de mí que debían permanecer enterradas, como si mi orientación afectiva fuese una vergüenza que proteger de la luz. Fui acumulando capas de silencio, de miedo y de culpabilidad. Llegué a pensar que Dios estaría más satisfecho con una versión mutilada de mí que con la persona completa que Él había creado.

Pero un día comprendí algo que me cambió la vida: el Reino de Dios no consiste en esconder el tesoro, sino en descubrirlo.

Y ese descubrimiento tiene un precio.

El hombre del Evangelio vende todo lo que posee. Yo también tuve que desprenderme de muchas cosas. Tuve que dejar atrás una espiritualidad construida sobre el miedo. Tuve que renunciar a la necesidad enfermiza de agradar a todo el mundo. Tuve que abandonar la imagen de un Dios vigilante que parecía disfrutar viendo cómo me negaba a mí mismo. Incluso tuve que aceptar perder determinadas seguridades, relaciones e incluso espacios eclesiales donde solo era bienvenido mientras permaneciera dentro del armario.

Pero nunca he lamentado ese intercambio.

Porque cuando uno descubre que Dios no le pide dejar de ser quien es, sino vivir plenamente aquello que Él soñó desde siempre, ya no existe riqueza comparable.

Quizá por eso me produce tanta tristeza comprobar que todavía hay quienes prefieren custodiar el campo antes que descubrir el tesoro. En demasiadas comunidades cristianas seguimos invirtiendo más energías en vigilar la ortodoxia de las personas LGBTIQ+ que en contemplar la belleza de sus vidas, de su fe, de su entrega y de su capacidad de amar. Se siguen defendiendo normas mientras se pierde de vista el Reino. Se protege la cerca y se olvida el tesoro.

Y eso es una tragedia espiritual.

Porque una Iglesia que obliga a esconder el tesoro que Dios mismo ha sembrado en una persona termina empobreciéndose ella misma. Cada vez que alguien vuelve al armario para sentirse aceptado en una parroquia, toda la comunidad pierde una parte del Reino. Cada vez que una persona creyente LGBTIQ+ decide marcharse convencida de que Dios no la quiere, no fracasa esa persona: fracasa la comunidad que fue incapaz de reconocer el tesoro que tenía delante.

Pero este Evangelio también me interpela a mí.

Porque puedo exigir a la Iglesia que descubra el tesoro mientras yo sigo enterrando partes de mi propia vida por miedo al rechazo. También yo puedo acostumbrarme a vivir con una fe de mínimos, conformándome con sobrevivir espiritualmente sin atreverme a mostrar el inmenso regalo que Dios ha depositado en mí. El armario no siempre tiene puertas de madera. A veces está construido con prudencias excesivas, silencios cómodos o resignaciones que disfrazamos de humildad.

Jesús no encontró el Reino para guardarlo bajo tierra. Lo encontró para cambiar su vida. Y quizá esa sea hoy la pregunta decisiva.

¿Qué estoy dispuesto a vender para no perder el tesoro? ¿Mi miedo? ¿Mi necesidad de aprobación? ¿Mis prejuicios? ¿Mi comodidad? ¿Mi forma de entender una Iglesia donde unos deciden quién merece pertenecer y quién no?

Porque la opción por el Reino, paradójicamente, es gratuito pero nunca será barato, nos obligará a renuncias.

A las personas creyentes LGBTIQ+ nos invita a dejar de negociar nuestra dignidad para comprar una falsa aceptación. Y a las personas creyentes heterosexuales les exige dejar de confundir la tradición con el Evangelio cuando esa tradición termina ocultando los tesoros humanos que Dios sigue sembrando en su Iglesia.

Tal vez el verdadero escándalo no sea que existamos personas LGBTIQ+ creyentes. El verdadero escándalo es que todavía haya cristianos capaces de pasar por encima del tesoro sin reconocer que Dios lo escondió precisamente allí donde ellos nunca habrían pensado buscarlo. 

El "tesoro incómodo" es la persona LGBTIQ+ creyente, cuya dignidad muchos siguen sin querer reconocer; pero también es el propio Evangelio, que incomoda tanto a la Iglesia cuando excluye como a las personas LGBTIQ+ cuando invita a salir del miedo y a dejar de esconderse.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?»

Ellos le contestaron: «Sí.»
Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

abril 11, 2026

CCV. PUERTAS CERRADAS


Sobre
Juan 20, 19-31

El Evangelio describe una escena muy concreta: puertas cerradas por miedo a quienes están fuera. No es una imagen espiritual sin más. Es una decisión de supervivencia. Quedarse dentro, protegerse, evitar exponerse. Y, al leerlo, no puedo evitar reconocer ahí algo profundamente cercano.

Porque muchas personas LGBTIQ+ también hemos vivido así. No con cerrojos visibles, pero sí con una puerta interior bien cerrada. El armario no es solo silencio: es estrategia, es defensa, es aprender a medir cada palabra, cada gesto, cada verdad que se puede decir… o no. Y ese encierro no nace de la nada. Nace del miedo a quienes están fuera: al rechazo, a la burla, a la violencia, a dejar de ser aceptado. A veces incluso al rechazo en nombre de Dios.

Durante mucho tiempo, mi fe creció dentro de ese espacio cerrado. No era una fe libre, era una fe vigilada. Aprendida bajo sospecha. Y eso deja huella. Porque cuando te han enseñado que lo que eres puede alejarte de Dios, no es fácil reconocerlo como cercano. Ahí es donde la duda empieza a echar raíces.

Por eso me resulta tan honesta la figura de Tomás. No estaba cuando Jesús se apareció por primera vez. Y cuando le cuentan lo ocurrido, no puede creerlo. Pero no porque no quiera. Sino porque no puede. Porque hay una historia detrás. Porque hay experiencias que hacen difícil confiar en una buena noticia que nunca ha sido del todo buena para ti.

“Si no lo veo… no creeré.” No suena a rebeldía. Suena a protección. A alguien que necesita tocar para poder confiar. Y eso, en muchas personas LGBTIQ+ creyentes, es muy real. No basta con que nos digan que Dios ama. Hemos escuchado demasiadas veces lo contrario, o algo que se parecía demasiado a lo contrario.

Por eso me parece decisivo lo que hace Jesús. No deja fuera a Tomás. No lo corrige. No le exige fe. Vuelve. Se coloca delante de él. Y le ofrece sus heridas. Justo ahí. Donde Tomás necesita. Sin reproche.

Eso cambia la lógica.

Porque la fe ya no es una obligación moral, ni una prueba que hay que superar. Es un encuentro que se adapta a la historia de cada persona. También a la mía. También a la de quienes hemos aprendido a desconfiar.

Y vuelvo a la escena inicial. Las puertas siguen cerradas. El miedo no desaparece de golpe. Pero Jesús entra igualmente. No espera a que todo esté resuelto. No exige que primero dejemos de tener miedo. Entra en ese espacio tal como es.

Eso, para mí, es profundamente liberador.

Porque significa que Cristo no está fuera del armario esperando a que salgamos. Está dentro. En ese lugar donde hemos aprendido a escondernos. En ese espacio donde la fe ha sido a veces más lucha que consuelo. Y desde ahí dice: “Paz”. No como una idea, sino como una presencia que desarma el miedo poco a poco.

Pero aquí es donde el Evangelio se vuelve incómodo.

Porque mientras Jesús atraviesa puertas cerradas para encontrarse con quienes tienen miedo, a veces la Iglesia sigue siendo uno de los motivos por los que esas puertas se cierran. No siempre con violencia explícita. A veces con silencios. A veces con discursos que no nombran, pero excluyen. A veces con una acogida que se queda en lo teórico.

Y entonces la pregunta se vuelve inevitable.

¿Estamos ayudando a abrir espacios… o estamos contribuyendo a que muchas personas sigan encerradas?

No basta con decir “Dios ama”. No basta con invitar a confiar. Hay que hacerse cargo de las heridas que dificultan esa confianza. Hay que permitir que la fe se pueda tocar. Como hizo Jesús con Tomás.

Yo he necesitado ese proceso. He necesitado atravesar la duda, desmontar imágenes de Dios que no eran verdad, dejar de creer en un Dios que no se parecía a Cristo. Y no ha sido rápido. Ni fácil. Pero ha sido real.

Por eso, cuando leo este Evangelio, no veo solo una aparición. Veo un camino.

El de unas personas que pasan del encierro a la posibilidad.
El de alguien que duda… y no es expulsado por ello.
El de un Dios que no se impone, sino que se ofrece.

Y eso —aunque a veces no se quiera reconocer— también está ocurriendo hoy. En la vida de muchas personas LGBTIQ+ que, incluso desde espacios cerrados, siguen buscando, dudando, creyendo a su manera.

Quizá la verdadera pregunta no es si tenemos fe.

Sino si estamos dispuestos a dejar que Cristo entre donde todavía tenemos miedo.

Y si, como Iglesia, vamos a seguir cerrando puertas… 
o por fin vamos a aprender a no ponerlas.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en
medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

marzo 14, 2026

CC. VER DESDE EL MARGEN


Sobre
Juan 9, 1-41


Hay páginas del Evangelio que parecen escritas para quienes hemos vivido mucho tiempo mirados con sospecha. El relato del ciego de nacimiento es una de ellas. Cada vez que lo leo siento que, de algún modo, ese hombre podría sentarse a mi lado y contar una historia muy parecida a la de tantas personas LGBTIQ+ creyentes.

El evangelista Juan dice que Jesús se encuentra con un hombre ciego desde el nacimiento. Los discípulos preguntan algo que a mí me resulta dolorosamente familiar:
“¿Quién pecó para que naciera así?”

Es una pregunta antigua, pero sigue resonando hoy. Durante mucho tiempo, muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos sentido que esa misma sospecha pesaba sobre nosotras: algo en nosotras y en nosotros debía estar mal, algo debía ser culpa de alguien. La orientación sexual se convirtió en un problema moral antes incluso de escuchar nuestra historia.

Pero Jesús rompe ese esquema de raíz.
Ni él pecó ni sus padres.

Jesús desmonta la lógica religiosa que busca culpables. Y lo hace de la forma más sorprendente: se acerca al ciego, toca su barro, se mezcla con su fragilidad y le abre los ojos. El milagro no es solo físico. Es una revelación: Jesús se presenta como la luz del mundo, la luz que permite ver la verdad.

Y entonces empieza lo verdaderamente interesante del relato.

Porque cuando el hombre comienza a ver… los que se creían videntes empiezan a mostrarse ciegos.

Los fariseos aparecen inquietos, incómodos, interrogando una y otra vez. No pueden negar lo ocurrido, pero tampoco pueden aceptarlo. Investigan, discuten, cuestionan, presionan. Lo que más les preocupa no es la curación del hombre, sino que Jesús haya actuado fuera de sus esquemas.

El relato termina de una forma muy significativa: el hombre curado es expulsado.

Cuando leo esto, no puedo evitar pensar en tantas personas LGBTIQ+ creyentes que hemos vivido algo parecido dentro de la Iglesia. Personas que amamos a Cristo, que hemos rezado, servido, acompañado… y que un día descubrimos que nuestra simple existencia provoca incomodidad. No siempre hay expulsiones explícitas, pero sí silencios, sospechas, puertas que no se abren.

De diferentes maneras lo he ido expresando, en otras reflexiones, muchas veces: la sensación de vivir en los márgenes, de amar a la Iglesia y al mismo tiempo sentir que uno está siempre un poco bajo examen. La fe de muchas personas LGBTIQ+ no ha sido fácil ni cómoda; ha sido una fe peleada, sostenida incluso cuando parecía más sencillo marcharse.

Por eso este evangelio me toca profundamente.

El ciego no se convierte en discípulo porque todo haya sido fácil.
Se convierte en creyente porque ha experimentado la verdad en su propia vida.

Primero dice: “Ese hombre se llama Jesús”.
Luego afirma: “Es un profeta”.
Y al final proclama: “Señor, creo”.

Es un camino de fe. Un camino que muchos conocemos bien.

Las personas LGBTIQ+ creyentes hemos tenido que recorrer ese itinerario a contracorriente. Hemos tenido que descubrir a Cristo no solo en la tranquilidad de la catequesis, sino también en medio de la duda, la herida y la incomprensión. Y quizá por eso nuestra fe, cuando madura, tiene algo muy parecido a la del ciego: una fe nacida de la experiencia.

Pero el Evangelio también nos plantea una pregunta incómoda para la Iglesia.

¿Quién está realmente ciego?

El ciego ve.
Los fariseos no.

Jesús lo dice con claridad al final del relato: quienes creen ver, pero se cierran a la verdad, permanecen en su ceguera.

A veces me pregunto si parte de la Iglesia no está viviendo algo parecido. No por maldad, sino por miedo. Porque reconocer plenamente la dignidad y la vocación de las personas LGBTIQ+ obligaría a revisar muchas certezas, muchas palabras pronunciadas sin escuchar nuestras vidas.

Pero la historia del Evangelio no termina con la expulsión.

Cuando el hombre es echado fuera, Jesús sale a buscarlo.

Ese detalle me conmueve siempre. Jesús no lo abandona cuando el sistema religioso lo rechaza. Al contrario: lo encuentra, se revela a él y le regala el encuentro más profundo.

Tal vez ahí está la clave para entender nuestra historia como creyentes LGBTIQ+.

Muchos hemos sido empujados hacia los márgenes. Pero en ese margen, a veces, hemos encontrado a Cristo de una forma sorprendentemente cercana. No como juez, sino como compañero. No como amenaza, sino como luz. Y desde esa experiencia nace una responsabilidad.

A quienes formamos parte del colectivo LGBTIQ+ creyente, este Evangelio nos invita a no renunciar a nuestra voz. A decir con humildad, pero también con valentía: “Yo era ciego y ahora veo.”

Y a quienes no pertenecen a este colectivo —pero comparten la fe en Jesús— este texto les hace una pregunta directa: ¿De qué lado quieren estar en esta historia? ¿Del lado de quienes investigan para mantener el orden, o del lado de quien se alegra porque un ser humano ha recuperado la luz?

El Evangelio siempre termina desenmascarando nuestras seguridades.
Y quizá hoy nos recuerde algo muy sencillo y muy profundo: q
ue la verdadera ceguera no es nacer diferente.

La verdadera ceguera es negarse a ver la obra de Dios cuando aparece en la vida de quienes no esperábamos.

Y yo estoy convencido de algo: Dios sigue haciendo milagros en los márgenes de la Iglesia. Muchas y. muchos de nosotros somos prueba de ello.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




 Al pasar vio un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos le preguntaron:
—Rabí, ¿quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres?
 Jesús contestó:
—Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido para que se revele en él la acción de Dios.
 Mientras es de día, tenéis que trabajar en las obras del que me envió. Llegará la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo. Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo puso en los ojos y le dijo:
—Ve a lavarte en la alberca de Siloé –que significa enviado–.
Fue, se lavó y volvió con vista.
 Los vecinos y los que antes lo habían visto pidiendo limosna comentaban:
—¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?
 Unos decían:
—Es él.
Otros decían:
—No es, sino que se le parece.
Él respondía:
—Soy yo.
 Así que le preguntaron:
—¿Cómo [pues] se te abrieron los ojos?
 Contestó:
—Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista.
 Le preguntaron:
—¿Dónde está él?
Responde:
—No sé.
 Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego –era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos–. Los fariseos le preguntaron otra vez cómo había recobrado la vista.
Les respondió:
—Me aplicó barro a los ojos, me lavé, y ahora veo.
 Algunos fariseos le dijeron:
—Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no observa el sábado.
Otros decían:
—¿Cómo puede un pecador hacer tales señales?
Y estaban divididos.
 Preguntaron de nuevo al ciego:
—Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?
Contestó:
—Que es profeta.
 Los judíos no acababan de creer que había sido ciego y había recobrado la vista; así que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron:
—¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?
 Contestaron sus padres:
—Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego;
 cómo es que ahora ve, no lo sabemos; quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Preguntadle a él, que tiene edad y puede dar razón de sí. Sus padres dijeron esto por temor a los judíos; porque los judíos ya habían decidido que quien lo confesara como Mesías sería expulsado de la sinagoga. Por eso dijeron los padres que tenía edad y que le preguntaran a él.
 Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron:
—Da gloria a Dios. A nosotros nos consta que aquél es un pecador.
 Les contestó:
—Si es pecador, no lo sé; una cosa me consta, que yo era ciego y ahora veo.
 Le preguntaron de nuevo:
—¿Cómo te abrió los ojos?
 Les contestó:
—Ya os lo he dicho y no me creísteis; ¿para qué queréis oírlo de nuevo? ¿No será que queréis haceros discípulos suyos?
 Lo insultaron diciendo:
—¡Discípulo de él lo serás tú!, nosotros somos discípulos de Moisés.
 De Moisés nos consta que le habló Dios; en cuanto a ése, no sabemos de dónde viene. Les replicó:
—Eso es lo extraño, que vosotros no sabéis de dónde viene y a mí me abrió los ojos.
 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino que escucha al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó contar que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si ese hombre no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada. Le contestaron:
—Tú naciste lleno de pecado, ¿y quieres darnos lecciones?
Y lo expulsaron.
 Oyó Jesús que lo habían expulsado y, cuando lo encontró, le dijo:
—¿Crees en el Hijo del Hombre?
 Contestó:
—¿Quién es, Señor, para que crea en él?
 Jesús le dijo:
—Lo has visto: es el que está hablando contigo.
 Respondió:
—Creo, Señor.
Y se postró ante él.
 Jesús dijo:
—He venido a este mundo a entablar un juicio, para que los ciegos vean y los que vean queden ciegos.
 Algunos fariseos que se encontraban con él preguntaron:
—Y nosotros, ¿estamos ciegos?
 Les respondió Jesús:
—Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís que veis, vuestro pecado permanece.

enero 24, 2026

CXCIII. DESDE EL MARGEN


Sobre
Mateo 4, 12-23

Siempre he sabido que mi lugar estaba en el margen. No por elección, sino porque allí me colocaron muchas veces: lejos del centro, de lo seguro, de lo que se considera correcto. Galilea suena a eso mismo: periferia, mezcla, sospecha. Un territorio donde parecía imposible que Dios habitara. Y, sin embargo, es desde ahí —desde el margen— donde todo comienza.

No en el templo ni en los espacios protegidos, sino en una tierra fronteriza. Cuando me reconozco como persona LGBTIQ+ creyente, comprendo que no estoy fuera del camino ni llegando tarde: estoy exactamente en ese margen desde el que Jesús decide iniciar su anuncio.

“Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca.” Durante años esa llamada me sonó a amenaza. Me la lanzaron como un reproche: conviértete de lo que eres, cambia lo que sientes, corrige tu cuerpo y tu deseo. Hoy la escucho de otra manera. Jesús no me pide que deje de ser quien soy, sino que cambie la mirada: que deje de creer que Dios me rechaza, que deje de vivir escondido, que deje de aceptar una fe que me condena. Mi conversión ha sido pasar del miedo a la confianza, de la vergüenza a la dignidad.

Jesús ve a los pescadores y los llama tal como están: trabajando, cansados, con las manos llenas de redes y de historias. No les pide currículum moral ni garantías previas. A mí también me ha mirado así, en medio de mis contradicciones, de mis heridas con la Iglesia, de mi deseo profundo de amar y ser amado. Y su llamada ha sido clara y desconcertante: “Sígueme”. No “corrígete y luego ven”, sino “ven conmigo ahora”.

Seguirle, siendo quien soy, no ha sido fácil. Ha implicado dejar redes muy pesadas: el silencio impuesto, la doble vida, la culpa interiorizada, la obediencia que mata. Y también ha implicado enfrentarme a una comunidad que a veces prefiere la seguridad de la norma antes que el riesgo del Evangelio. Aquí nace, para mí, el compromiso y la denuncia profética: no puedo seguir a Jesús y callar cuando su nombre se usa para humillar, excluir o deshumanizar a personas como yo.

Jesús recorre Galilea anunciando la Buena Noticia y sanando. No separa palabra y gesto. Eso me interpela profundamente. Como cristiano LGBTIQ+, siento que mi fe me empuja a decir en voz alta que no somos un problema que tolerar, sino un don que acoger; que nuestras vidas también revelan el rostro de Dios; que la Iglesia se empobrece cada vez que nos niega un lugar pleno. Callar ante la injusticia sería traicionar al Jesús que camina, que toca, que se acerca.

Esta fe mía es frágil, a veces cansada, pero también obstinadamente esperanzada. Creo en un Jesús que sigue pasando por nuestras orillas y nos sigue llamando. Creo en una Iglesia que todavía puede convertirse al Evangelio que proclama. Y creo que nuestra presencia visible, creyente y comprometida no es una amenaza, sino una llamada urgente: el Reino está cerca cuando nadie queda fuera.


Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retirá a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos,porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

marzo 29, 2025

CLXII. REGRESAR: EL HIJO MENOR, EL HIJO MAYOR, EL PADRE


Sobre
 Lucas 15, 1-3. 11-32



Cuando comencé a hacerme visible, una de las personas de mi vida con las que hablé fue uno de mis mejores amigos, con quien sigo manteniendo lazos fraternales. Por tantos años como llevaba anhelando ser capaz de sincerarme con él, y lo emocionado y nervioso que estaba, a duras penas pude contarle todo lo que debía. A medida que iba narrándole, sus ojos fueron llenándose de lágrimas y también los míos. Cuando me quedé callado, él solo dijo: «¿puedo abrazarte?». Enseguida nos unimos en el abrazo más intenso de cuantos recuerdo. Me apretaba contra él sin querer soltarme y me daba las gracias mientras no dejábamos de llorar.

Al día siguiente me llamó para invitarme a cenar. Dijo que teníamos que celebrar mi vuelta a casa. Se presentó con un regalo. Era un libro que quería que leyese y conservara. Se trataba de “El regreso del hijo pródigo”, escrito por Henri J. M. Houwen. Estaba dedicado. Decía: “Gracias, hermano pequeño, por volver a casa y hacerme ver que también el hermano mayor tiene que regresar al Padre”.

Me dijo: «Al escucharte entendí perfectamente lo que cuenta el autor de este libro. Muchas veces soy como el hijo mayor. Perdóname si en algún momento lo he sido contigo. Lee este libro y me comprenderás».


Muchas personas LGBTIQ+ cristianas coincidimos en la experiencia dolorosa y complicada, a veces demasiado larga, de la doble vida en el armario. Experiencia que en bastantes ocasiones desemboca en una crisis de fe de la que hay quienes no vuelven. Las mujeres y hombres que de una u otra forma regresamos, ciertamente —desde un primer momento— nos sentimos muy identificados con la parábola del hijo pródigo. Muchas veces hago referencia a este relato cuando hablo de cómo recuperé la necesidad de Dios en mi vida y, sobre todo, de cómo sentí la misericordia del Padre acogiéndome sin preguntas, sin juicios, con un banquete. Pero siempre me sitúo en el lugar del hijo menor, la perspectiva más lógica por otra parte.

La lectura de "El Regreso del hijo pródigo" de Henri J. M. Houwen abrió mi corazón a otras muchas maneras de reconocerme en la parábola. Supongo que habré leído una decena de veces este libro. En cada ocasión aprendo algo nuevo. El Maestro, a través de la sincera reflexión de Houwen, me habla actualizando el relato, poniéndolo en paralelo a mi vida. Así que, estoy seguro, también esta vez Jesús me sorprenderá al hacer oración con la breve pero potente historia del hijo que se fue de casa.


Cuenta Jesús que el hijo menor pidió al padre su parte de la herencia para después marcharse. No deja claras las razones, pero es fácil suponer que deseaba independencia, liberarse de las normas paternas y de las responsabilidades. También quería conocer mundo y disfrutar de los placeres de la vida. 

Me pregunto qué motivaciones tuve yo para irme de la casa del Padre. Es verdad que nunca llegué a perder del todo la fe, es decir, la certeza de que Dios estaba -en pasado- y está -en presente- (como el hijo menor nunca olvidó a su padre), pero me cuestiono qué razones hicieron que yo dejara mi comunidad de fe, mi tarea pastoral, los sacramentos y todo. 

Tengo el sentimiento de que me fui porque no era bien aceptado. En realidad estaba dentro del armario y nadie sabía que era homosexual, por lo que no tenía ninguna experiencia de rechazo directa. Pero en la casa de mi Padre, en la Iglesia, era objetivamente cierto que las personas LGBTIQ+ no éramos bien recibidas. Con Francisco sopla una leve brisa refrescante, pero a finales de los noventa y principios del actual siglo la brisa era una tormenta. Había leído suficientes declaraciones pastorales de condena, escuchado demasiadas homilías hirientes, soportado excesivos comentarios descarnados como para entender que ser abiertamente homosexual en la Iglesia no era posible. Mi condición de agente pastoral y la tensión de tener que ser fiel a la doctrina no ayudaba demasiado sino que minaba mi sentimiento de incoherencia. Y además, el miedo a ser señalado, ser comentado, ser inventado.


En definitiva, al igual que el hijo menor yo no me fui porque me echara el Padre. Al hijo menor le apuraban las ganas de riqueza pero también de ser libre, de ver mundo, de no tener que dar cuentas a nadie. Yo me marché porque me sentía ahogado, no acogido, no querido, humillado. Me fui porque ataron sobre mis hombros cargas pesadas imposibles de soportar (Mt.23,4). Me fui porque me dolía pertenecer a una Iglesia que ponía condiciones (CIC 2357-2359). Y así, pedí la parte de mi herencia y me marché.


¿Y qué herencia me llevé? Al irme “emigré a un país lejano” en el que me ofrecieron todo aquello que jamás me atreví a buscar. El “ambiente” era ese gran paraíso prohibido donde encontré amor y lujuria, pero también el lugar donde me hice consciente de lo que era, de quien era. Conocí a otros chicos homosexuales con quienes podía hablar confiadamente y sin temor. Eso era algo nuevo para mí. A excepción de Álvaro, nunca antes había tratado con nadie de este tema si no fue en el ámbito de un confesionario y su consiguiente charla de condena y perdón condicionado. 

Comencé a quererme, a apreciarme, a valorarme. Me hice fuerte. Entonces por sorpresa reconocí mi parte de la herencia. 


Recuerdo de ese tiempo alejado una sensación de desconsuelo que nunca me abandonó. En ese pesar estaba la ausencia de Dios. En el país lejano donde ahora me desenvolvía encontré muchos valores, pero me sentía muy vacío al mismo tiempo. El hijo menor se gastó la herencia y no tenía cómo vivir. Cuando fue tratado peor que los cerdos echó de menos a su padre y decidió regresar a casa. Pero mi parte de la herencia estaba intacta. Yo eché de menos al Padre cuando al reconocer mis propios valores descubrí la mano de Dios. Literalmente necesitaba encontrarme con el Padre, pelear con Él cara a cara y dejarme ganar. Me puse en camino de regreso. Es aquí cuando atravesé un desierto. Cuando estaba cerca, desde lejos mi Padre al verme se conmovió, comenzó a correr y se me echó al cuello cubriéndome de besos. Yo le dije: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo». Pero el Padre celebró un banquete por mi vuelta.


A veces olvidamos que Jesús dirigió esta parábola a los fariseos y letrados que murmuraban contra Él. Algunas interpretaciones de este texto identifican en el hijo mayor a estas personas que cumplen a rajatabla las normas, que son fieles y puntillosas con la ley y la doctrina pero insensibles ante los sufrimientos de los otros. Es verdad que muchas de las personas que regresamos tenemos experiencias de nuestros particulares hermanos mayores recriminando al Padre el exceso de alegría. Al llegar a casa me di cuenta de que no había cambiado nada (la Iglesia era la misma, mi hermano mayor seguía desconfiando de mí, me señalaba, pedía justicia), nada había cambiado excepto yo. Mi sentimiento de ser hijo querido del Padre era tan fuerte que estaba seguro que nada ni nadie podría apartarme de su amor. Había perdido el miedo. Había ganado el valor. Pero no había terminado.


Me hice hijo mayor cuando no fui capaz de controlar el victimismo y me dominó el resentimiento. La actitud del hijo mayor es la de engrandecer los fallos del otro y reflejar sobre el prójimo el rencor acumulado. Reconozco que también fui el hermano mayor de la parábola durante un tiempo, y necesité que el Padre saliera a buscarme para convencerme de que entrara a la fiesta y dejara la furia lejos. En el texto de Lucas queda abierto el relato y cada uno imagina el final como quiere. ¿Entraría a casa el hijo mayor a celebrar la vuelta de su hermano? En mi caso, el tiempo hizo posible apartar el dolor y perdonar. Me di cuenta que no hay lugar al resentimiento cuando se ha luchado tanto por conservar la fe y recuperar la cercanía del Padre. Setenta veces siete si hace falta, o incluso más.


Mi amigo es un gran creyente pero era muy homófobo. Mi historia le conmovió y se vio interpelado. De pronto era el hijo mayor que apunta con el dedo hacia quien el Padre anima a entrar en la casa para celebrar el regreso del hermano menor, de quien además se acababa de enterar que es homosexual. Mi amigo lo tuvo claro: entró a la fiesta. Y comprendí el sentido de su regalo.


El Padre me dijo: «celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado». El padre te dice vamos a celebrar una fiesta, porque estabas muerto y has revivido, estabas perdida y te he encontrado.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: "Ése acoge a los pecadores y come con ellos."
Jesús les dijo esta parábola: "Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna."
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros."
Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. "

Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud."
Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado."
El padre le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."

septiembre 05, 2023

LXXXVII LO QUE DIOS DISPONE

Sobre Mateo 3, 13-17


El sendero de la vida no siempre es un camino recto y fácil bajo un sol luminoso y una brisa agradable, sino que puede ser también sinuoso, con subidas y bajadas, charcos, barros a través de nieblas y tormentas. 

Esa es mi vereda y cada vez que se acaban los llanos o dejo atrás un bello paisaje antes de iniciar una terrible cuesta arriba, me pongo en manos del Padre y confío.

Confiar en Dios como Padre y Madre que me ama inmensamente es lo que mantiene viva mi fe. Desde que dejé atrás el desierto e hice visible mi homosexualidad, supe que todo era gracias a que me había dejado hacer por el Padre, había confiado descansando en Él todas mis debilidades, miedos y desconfianzas. 

Apenas actúo ya sin confiar. Por eso sé que nunca jamás perderé la fe.


Jesús se presentó ante Juan para bautizarse. Como quiso hacerle ver Juan, no era preciso que lo hiciera sino más bien que fuera Jesús quien sumergiese en el agua del Jordán a su primo Juan. Pero Jesús confiaba en los planes de Dios. No siempre los proyectos de Dios son lógicos ni han de ser los que quisiéramos. Juan comprendió eso e hizo caso a Jesús.


Perder el rumbo, desorientarse en el camino, puede ser una dificultad y seguramente nunca se nos ocurriría pensar que forma parte de lo que Dios quiere. Desilusionarse, desencantarse, defraudarse, cansarse, son experiencias indeseadas y nunca pensaríamos que fueran parte del plan de Dios. Sin embargo todo eso pudiera ser una llamada de atención para seguir de otra manera, para no acomodarse, para ser más fiel. Efectivamente, detrás de la desesperanza y la decepción está el zarandeo del Padre que algo quiere. 


Juan debió descolocarse y revolverse desorientado porque el propósito de Jesús no era lógico. Los planes de Dios seguramente acababan de desbaratar los suyos. 

Las personas LGBTIQ+ cristianas sabemos qué es eso. En la base de todo este principio de cambio está la confianza en Dios, dejarse hacer, hacerse consciente de que Dios actúa en cada una de nosotras y en cada uno de nosotros.


El bautismo es precisamente eso: adentrarse en la confianza en Dios. No es tanto borrar el pecado original sino más bien crecer en el amor que Dios nos tiene, sin excepciones. 


En el sendero de la vida hay que asegurar y confirmar el bautismo continuamente. Sé que no siempre es fácil comprender el lenguaje de Dios, que incluso habla en la aparente desilusión sobre proyectos y propósitos, provocando el desconcierto. Sé que duele no entender qué sucede ni qué provoca el desencanto. Cuando eso ocurre me paro y espero. Es hora de escuchar al Señor sin ruidos de fondo. 

En el caso de Juan su plan era ser bautizado por el Mesías y no sucedido así. Todo tiene un propósito para el Padre. «Conviene que cumplamos lo que Dios ha dispuesto», dijo Jesús. Juan renunció a su querer y sumergió al Mesías en el agua. 

Recuerdo los versos de Brotes de Olivo: “agua, lávame, purifícame…” 

Dame, agua, tu Espíritu. Confío en ti, Señor.



Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió.

Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

agosto 09, 2023

LXI REGRESAR: EL HIJO MENOR, EL HIJO MAYOR, EL PADRE

Sobre Lucas 15, 1-3. 11-32



Cuando comencé a hacerme visible, una de las personas de mi vida con las que hablé fue uno de mis mejores amigos, con quien sigo manteniendo lazos fraternales. Por tantos años como llevaba anhelando ser capaz de sincerarme con él, y lo emocionado y nervioso que estaba, a duras penas pude contarle todo lo que debía. A medida que iba narrándole, sus ojos fueron llenándose de lágrimas y también los míos. Cuando me quedé callado, él solo dijo: «¿puedo abrazarte?». Enseguida nos unimos en el abrazo más intenso de cuantos recuerdo. Me apretaba contra él sin querer soltarme y me daba las gracias mientras no dejábamos de llorar.

Al día siguiente me llamó para invitarme a cenar. Dijo que teníamos que celebrar mi vuelta a casa. Se presentó con un regalo. Era un libro que quería que leyese y conservara. Se trataba de “El regreso del hijo pródigo”, escrito por Henri J. M. Houwen. Estaba dedicado. Decía: “Gracias, hermano pequeño, por volver a casa y hacerme ver que también el hermano mayor tiene que regresar al Padre”.

Me dijo: «Al escucharte entendí perfectamente lo que cuenta el autor de este libro. Muchas veces soy como el hijo mayor. Perdóname si en algún momento lo he sido contigo. Lee este libro y me comprenderás».


Muchas personas LGBTIQ+ cristianas coincidimos en la experiencia dolorosa y complicada, a veces demasiado larga, de la doble vida en el armario. Experiencia que en bastantes ocasiones desemboca en una crisis de fe de la que hay quienes no vuelven. Las mujeres y hombres que de una u otra forma regresamos, ciertamente —desde un primer momento— nos sentimos muy identificados con la parábola del hijo pródigo. Muchas veces hago referencia a este relato cuando hablo de cómo recuperé la necesidad de Dios en mi vida y, sobre todo, de cómo sentí la misericordia del Padre acogiéndome sin preguntas, sin juicios, con un banquete. Pero siempre me coloco en el lugar del hijo menor, la perspectiva más lógica por otra parte.

La lectura de "El Regreso del hijo pródigo" de Henri J. M. Houwen abrió mi corazón a otras muchas maneras de reconocerme en la parábola. Supongo que habré leído una decena de veces este libro. En cada ocasión aprendo algo nuevo. El Maestro, a través de la sincera reflexión de Houwen, me habla actualizando el relato, poniéndolo en paralelo a mi vida. Así que, estoy seguro, también esta vez Jesús me sorprenderá al hacer oración con la breve pero potente historia del hijo que se fue de casa.


Cuenta Jesús que el hijo menor pidió al padre su parte de la herencia para después marcharse. No deja claras las razones, pero es fácil suponer que deseaba independencia, liberarse de las normas paternas y de las responsabilidades. También quería conocer mundo y disfrutar de los placeres de la vida. 

Me pregunto qué motivaciones tuve yo para irme de la casa del Padre. Es verdad que nunca llegué a perder del todo la fe, es decir, la certeza de que Dios estaba -en pasado- y está -en presente- (como el hijo menor nunca olvidó a su padre), pero me cuestiono qué razones hicieron que yo dejara mi comunidad de fe, mi tarea pastoral, los sacramentos y todo. 

Tengo el sentimiento de que me fui porque no era bien aceptado. En realidad estaba dentro del armario y nadie sabía que era homosexual, por lo que no tenía ninguna experiencia de rechazo directa. Pero en la casa de mi Padre, en la Iglesia, era objetivamente cierto que las personas LGBTIQ+ no éramos bien recibidas. Con Francisco sopla una leve brisa refrescante, pero a finales de los noventa y principios del actual siglo la brisa era una tormenta. Había leído suficientes declaraciones pastorales de condena, escuchado demasiadas homilías hirientes, soportado excesivos comentarios descarnados como para entender que ser abiertamente homosexual en la Iglesia no era posible. Mi condición de agente pastoral y la tensión de tener que ser fiel a la doctrina no ayudaba demasiado sino que minaba mi sentimiento de incoherencia. Y además, el miedo a ser señalado, ser comentado, ser inventado.


En definitiva, al igual que el hijo menor yo no me fui porque me echara el Padre. Al hijo menor le apuraban las ganas de riqueza pero también de ser libre, de ver mundo, de no tener que dar cuentas a nadie. Yo me marché porque me sentía ahogado, no acogido, no querido, humillado. Me fui porque ataron sobre mis hombros cargas pesadas imposibles de soportar (Mt.23,4). Me fui porque me dolía pertenecer a una Iglesia que ponía condiciones (CIC 2357-2359). Y así, pedí la parte de mi herencia y me marché.


¿Y qué herencia me llevé? Al irme “emigré a un país lejano” en el que me ofrecieron todo aquello que jamás me atreví a buscar. El “ambiente” era ese gran paraíso prohibido donde encontré amor y lujuria, pero también el lugar donde me hice consciente de lo que era, de quien era. Conocí a otros chicos homosexuales con quienes podía hablar confiadamente y sin temor. Eso era algo nuevo para mí. Nunca antes había tratado con nadie de este tema si no fue en el ámbito de un confesionario y su consiguiente charla de condena y perdón condicionado. 

Comencé a quererme, a apreciarme, a valorarme. Me hice fuerte. Entonces por sorpresa reconocí mi parte de la herencia. 


Recuerdo de ese tiempo alejado una sensación de desconsuelo que nunca me abandonó. En ese pesar estaba la ausencia de Dios. En el país lejano donde ahora me desenvolvía encontré muchos valores, pero me sentía muy vacío al mismo tiempo. El hijo menor se gastó la herencia y no tenía cómo vivir. Cuando fue tratado peor que los cerdos echó de menos a su padre y decidió regresar a casa. Pero mi parte de la herencia estaba intacta. Yo eché de menos al Padre cuando al reconocer mis propios valores descubrí la mano de Dios. Literalmente necesitaba encontrarme con el Padre, pelear con Él cara a cara y dejarme ganar. Me puse en camino de regreso. Es aquí cuando atravesé un desierto. Cuando estaba cerca, desde lejos mi Padre al verme se conmovió, comenzó a correr y se me echó al cuello cubriéndome de besos. Yo le dije: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo». Pero el Padre celebró un banquete por mi vuelta.


A veces olvidamos que Jesús dirigió esta parábola a los fariseos y letrados que murmuraban contra Él. Algunas interpretaciones de este texto identifican en el hijo mayor a estas personas que cumplen a rajatabla las normas, que son fieles y puntillosas con la ley y la doctrina pero insensibles ante los sufrimientos de los otros. Es verdad que muchas de las personas que regresamos tenemos experiencias de nuestros particulares hermanos mayores recriminando al Padre el exceso de alegría. Al llegar a casa me di cuenta de que no había cambiado nada (la Iglesia era la misma, mi hermano mayor seguía desconfiando de mí, me señalaba, pedía justicia), nada había cambiado excepto yo. Mi sentimiento de ser hijo querido del Padre era tan fuerte que estaba seguro que nada ni nadie podría apartarme de su amor. Había perdido el miedo. Había ganado el valor. Pero no había terminado.


Me hice hijo mayor cuando no fui capaz de controlar el victimismo y me dominó el resentimiento. La actitud del hijo mayor es la de engrandecer los fallos del otro y reflejar sobre el prójimo el rencor acumulado. Reconozco que también fui el hermano mayor de la parábola durante un tiempo, y necesité que el Padre saliera a buscarme para convencerme de que entrara a la fiesta y dejara la furia lejos. En el texto de Lucas queda abierto el relato y cada uno imagina el final como quiere. ¿Entraría a casa el hijo mayor a celebrar la vuelta de su hermano? En mi caso, el tiempo hizo posible apartar el dolor y perdonar. Me di cuenta que no hay lugar al resentimiento cuando se ha luchado tanto por conservar la fe y recuperar la cercanía del Padre. Setenta veces siete si hace falta, o incluso más.


Mi amigo es un gran creyente pero era muy homófobo. Mi historia le conmovió y se vio interpelado. De pronto era el hijo mayor que señala con el dedo y a quien el Padre anima a entrar en la casa para celebrar el regreso del hermano menor, de quien además se acababa de enterar que es homosexual. Mi amigo lo tuvo claro: entró a la fiesta. Y comprendí el sentido de su regalo.


El Padre me dijo: «celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado».



En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: "Ése acoge a los pecadores y come con ellos."
Jesús les dijo esta parábola: "Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna."
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros."
Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. "

Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud."
Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado."
El padre le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."