Sobre Mateo 4, 12-23
Siempre he sabido que mi lugar estaba en el margen. No por elección, sino porque allí me colocaron muchas veces: lejos del centro, de lo seguro, de lo que se considera correcto. Galilea suena a eso mismo: periferia, mezcla, sospecha. Un territorio donde parecía imposible que Dios habitara. Y, sin embargo, es desde ahí —desde el margen— donde todo comienza.
No en el templo ni en los espacios protegidos, sino en una tierra fronteriza. Cuando me reconozco como persona LGBTIQ+ creyente, comprendo que no estoy fuera del camino ni llegando tarde: estoy exactamente en ese margen desde el que Jesús decide iniciar su anuncio.
“Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca.” Durante años esa llamada me sonó a amenaza. Me la lanzaron como un reproche: conviértete de lo que eres, cambia lo que sientes, corrige tu cuerpo y tu deseo. Hoy la escucho de otra manera. Jesús no me pide que deje de ser quien soy, sino que cambie la mirada: que deje de creer que Dios me rechaza, que deje de vivir escondido, que deje de aceptar una fe que me condena. Mi conversión ha sido pasar del miedo a la confianza, de la vergüenza a la dignidad.
Jesús ve a los pescadores y los llama tal como están: trabajando, cansados, con las manos llenas de redes y de historias. No les pide currículum moral ni garantías previas. A mí también me ha mirado así, en medio de mis contradicciones, de mis heridas con la Iglesia, de mi deseo profundo de amar y ser amado. Y su llamada ha sido clara y desconcertante: “Sígueme”. No “corrígete y luego ven”, sino “ven conmigo ahora”.
Seguirle, siendo quien soy, no ha sido fácil. Ha implicado dejar redes muy pesadas: el silencio impuesto, la doble vida, la culpa interiorizada, la obediencia que mata. Y también ha implicado enfrentarme a una comunidad que a veces prefiere la seguridad de la norma antes que el riesgo del Evangelio. Aquí nace, para mí, el compromiso y la denuncia profética: no puedo seguir a Jesús y callar cuando su nombre se usa para humillar, excluir o deshumanizar a personas como yo.
Jesús recorre Galilea anunciando la Buena Noticia y sanando. No separa palabra y gesto. Eso me interpela profundamente. Como cristiano LGBTIQ+, siento que mi fe me empuja a decir en voz alta que no somos un problema que tolerar, sino un don que acoger; que nuestras vidas también revelan el rostro de Dios; que la Iglesia se empobrece cada vez que nos niega un lugar pleno. Callar ante la injusticia sería traicionar al Jesús que camina, que toca, que se acerca.
Esta fe mía es frágil, a veces cansada, pero también obstinadamente esperanzada. Creo en un Jesús que sigue pasando por nuestras orillas y nos sigue llamando. Creo en una Iglesia que todavía puede convertirse al Evangelio que proclama. Y creo que nuestra presencia visible, creyente y comprometida no es una amenaza, sino una llamada urgente: el Reino está cerca cuando nadie queda fuera.

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