Vistas de página en total

enero 17, 2026

CXCII. DAR TESTIMONIO


Sobre
Juan 1, 29-34

Acercándome a este pasaje de Juan, lo primero que resuena en mí no es una idea, sino una pregunta que se repite con insistencia: ¿Quién eres tú? Dejo que esa pregunta me alcance, que atraviese mis defensas, que toque lo más hondo de mi historia. Y descubro que no es solo la pregunta que le hacen a Juan; es la que ha acompañado mi vida como cristiano homosexual desde muy joven.

Durante años he intentado responder desde lugares que no eran verdaderos. He querido ser lo que se esperaba de mí para no desentonar, para no perder afectos, para no ser motivo de escándalo. He asumido identidades construidas desde el miedo y la culpa, y con el tiempo he aprendido a reconocer que esas respuestas me dejaban dividido por dentro, inquieto, sin paz. No daban vida.

Juan responde negando lo que no es. No se apropia de títulos, no se coloca en el centro. Hay en él una libertad que me interpela profundamente: no necesita afirmarse porque sabe para quién vive. Solo cuando se vacía de lo que no le pertenece puede decir con verdad quién es: una voz. Nada más. Nada menos. Y al acoger esa palabra, siento que también yo estoy llamado a dejar de definirme desde la herida y empezar a nombrarme desde la misión.

Juan dice: “En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis”. Esta frase me confronta. Cuántas veces Jesús ha estado en medio de mi vida —en mis deseos, en mis afectos, en mi cuerpo, en mi fe sostenida a contracorriente— y yo mismo he dudado de su presencia. O peor aún: me han enseñado a desconfiar de ella. Y he aprendido a distinguir que esa desconfianza no venía de Dios, porque me llevaba al desánimo, al encogimiento, a una culpa estéril que no transformaba nada.

Cuando Juan señala a Jesús y proclama: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, algo se recoloca dentro de mí. Durante mucho tiempo creí que yo era ese pecado que debía ser eliminado. Hoy puedo decir con mayor claridad que el pecado del mundo es todo aquello que me separaba de Dios haciéndome odiarme, negarme, esconderme. Los discursos religiosos que me expulsaban interiormente no podían venir de Jesús, porque no generaban vida, sino miedo.

Jesús aparece como Cordero: sin violencia, sin imposición, sin superioridad moral. Me quedo mirando su manera de estar, su vulnerabilidad asumida, su forma de amar sin defenderse. Y noto cómo algo en mí se aquieta. Yo no estoy llamado a vivir mi fe desde la dureza ni desde la revancha. Eso me deja tenso, reactivo, encerrado. En cambio, cuando me dejo atraer por la mansedumbre del Cordero, aparece una paz honda, no ingenua, pero real.

Juan da testimonio de algo decisivo: vio al Espíritu descender y permanecer. Esa permanencia sostiene mi fe. El Espíritu no pasó de largo por mi vida cuando me nombré homosexual, ni cuando me sentí expulsado, ni cuando cuestioné palabras y actitudes que me herían profundamente. Permaneció. Y donde el Espíritu permanece, hay fidelidad de Dios, aunque muchas veces cueste reconocerla en la Iglesia.

Hoy, al mirar mi camino con honestidad, puedo decir que mi fe ha sido probada, purificada, despojada de muchas seguridades. Y desde ahí siento una llamada clara: no ponerme en el centro, no anunciarme a mí mismo, sino señalar. Como Juan. Señalar al Cordero que sigue quitando el pecado del mundo cuando libera conciencias, cuando devuelve dignidad, cuando reconcilia a las personas LGBTIQ+ con Dios.

Mi compromiso como cristiano homosexual nace de aquí: buscar a Dios en mi historia concreta, también en mi orientación sexual, y ayudar a otros a descubrir que Él ya está ahí. Vivir descentrado de mí para que Jesús sea el centro. Dar testimonio no desde la rabia, sino desde la experiencia vivida y atravesada.

Porque solo de eso puedo hablar con verdad: de lo que he visto, de lo que he experimentado, de lo que ha ido transformando mi vida poco a poco. Y desde ahí confieso, con temor y con gratitud, que Jesús sigue estando en medio de nosotros, aunque muchas veces no sepamos reconocerlo.


En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.

Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comparte lo que quieras. Fírmalo si quieres. Siéntete libre y exprésate con respeto. ¡Gracias!