Sobre Juan 1, 1-18
Hoy, al iniciar mi reflexión sobre el prólogo de Juan, se me viene a la mente una imagen poderosa: "la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron". Es una luz que no se puede apagar, que siempre está ahí, aunque a veces no la veamos, aunque el mundo la rechace. Pero esta luz, tan radical y amorosa, se ofrece a todas y todos. Se hizo carne, se hizo real. No es una idea distante, no es un concepto frío. Jesús, la Palabra de Dios, se hizo carne para estar con nosotras, para caminar entre nosotros. No hay barreras que puedan detener su luz.
Para quienes hemos sido alguna vez marginados, para quienes hemos sentido que no encajamos en los moldes de lo "correcto" o lo "aceptado", esta palabra tiene un mensaje profundo: Dios no excluye a nadie. La luz de Cristo llega a todos, sin excepciones. Y aunque a veces las sombras parecen más fuertes, el amor de Dios se abalanza sobre ellas, se hace presente, y se ofrece como refugio. No hay rincón de nuestra humanidad en el que Cristo no quiera entrar. Y eso incluye a todas y a todos los que, como las personas LGBTIQ+, hemos sido rechazados o silenciados, tanto por la sociedad como por algunas partes de la Iglesia.
Este texto es una invitación a dejarnos tocar por esa luz. No importa nuestra historia, nuestras luchas, nuestras dudas o inseguridades; la luz que es Cristo viene a sanarnos, a abrazarnos en todo lo que somos. Es una luz que se manifiesta no solo en lo que entendemos como "correcto", sino en lo que somos en toda nuestra diversidad, en todas nuestras realidades. Cristo no se encarna solo en lo perfecto o en lo esperado. Él se hace carne en todo lo humano, en todas nuestras realidades, incluso en lo que el mundo no ve o no quiere ver.
La Epifanía, la revelación de Jesús a los magos, también nos habla de eso. Los magos no eran parte del pueblo elegido, no encajaban en los estándares religiosos de su tiempo, pero fueron los primeros en reconocer al niño Jesús como el Salvador. Y hoy, en la Iglesia, las personas LGBTIQ+ somos también como esos magos: algunos de nosotros, algunas de nosotras, hemos tenido que buscar la luz más allá de los límites establecidos, fuera de las fronteras religiosas, y sin embargo, hemos llegado a este mismo niño que se revela como la luz para todos, sin distinción.
Te invito hoy, en tu oración, a abrir el corazón a esa luz. Jesús se hace carne, se hace presente, en ti y en mí, en toda nuestra humanidad. No hay nada de nosotras o de nosotros que quede fuera de su amor. No importa cómo te sientas hoy, si sientes que el mundo no te entiende o no te acepta, recuerda: Él te ve, te abraza, te llama a ser parte de su familia, de su Iglesia.
Hoy, al reflexionar también sobre la Epifanía, te animo a que te dejes sorprender por la luz de Cristo. Esa luz no discrimina, no rechaza, no juzga. Es una luz que abraza, que da paz y que llama a la reconciliación. Te invito a orar y a decirle a Jesús: "Sé que tu luz me busca, sé que me amas tal como soy. Abro mi corazón para recibirte. Ayúdame a ver con tus ojos, a ser tu luz en el mundo, y a recordar siempre que tú estás conmigo, sin importar lo que los demás digan o piensen."
Que esta luz que brilla en las tinieblas te ilumine hoy y siempre, y que en ella encuentres consuelo, fuerza y la certeza de que no estás sola, no estás solo. Dios está contigo, aquí y ahora.

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