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febrero 14, 2026

CXCVI. LA PLENITUD NO ME EXCLUYE


Sobre
Mateo 5, 17-37

Hay frases del Evangelio que, según el momento de la vida, pueden sonar como amenaza o como buena noticia.

No he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud” fue durante años una frase incómoda para mí. La escuchaba y pensaba: ¿plenitud para quién? ¿También para mí?

Como persona LGBTIQ+ creyente, crecí con la sensación de estar siempre bajo examen. La Ley parecía un listón demasiado alto que, además, estaba diseñado para otros. Yo me movía entre el deseo sincero de seguir a Cristo y el miedo constante a no encajar del todo.

Pero cuando vuelvo a este texto con calma, cuando lo rezo desde mi historia concreta y no desde el miedo, algo cambia. Jesús no está endureciendo la Ley. Está devolviéndola a su verdad más profunda. No la convierte en un código más exigente; la lleva al corazón.

Y en el corazón de la Ley no está el control. Está la vida.

Jesús dice: “Habéis oído que se dijo… pero yo os digo…”. Esa fórmula no es un gesto de ruptura caprichosa, sino de profundidad. Él no se conforma con el cumplimiento externo. Quiere tocar la raíz: la intención, el deseo, la coherencia interior.

Ahí es donde yo me siento verdaderamente interpelado. No en mi orientación, no en mi identidad, sino en mi capacidad de amar de manera limpia, honesta y responsable. El Evangelio no me pregunta primero quién soy según categorías humanas; me pregunta cómo amo, desde dónde vivo, qué hago con mi libertad.

Eso es mucho más exigente. Y también mucho más justo.

Cuando Jesús habla de la ira, del desprecio, de la mirada que cosifica, me obliga a revisar mi propio interior. Porque también yo puedo endurecerme. También yo puedo convertir el dolor vivido en resentimiento. También yo puedo responder a la herida con distancia o sarcasmo.

La conversión que propone Jesús no consiste en negarme. Consiste en purificar el corazón. Y esa purificación no empieza por eliminar mi identidad, sino por integrarla en una vida vivida delante de Dios.

Hay algo profundamente liberador en entender esto: la plenitud de la Ley no es la perfección moralista; es la coherencia del amor. Es vivir sin doblez. Es que mi “sí” sea sí y mi “no” sea no. Es no tener que fragmentarme: una parte aceptable en la Iglesia y otra escondida en la intimidad.

La plenitud no me pide esconderme. Me pide verdad.

Eso no elimina las tensiones. No desaparecen las miradas ambiguas, ni ciertos silencios incómodos. Pero el centro ya no está ahí. El centro es Cristo, que me mira y me llama a una vida más profunda que cualquier discusión superficial.

En la oración diaria —cuando reviso el día con sencillez— me doy cuenta de que la pregunta decisiva no es si encajo en todos los esquemas, sino si estoy creciendo en amor real. ¿He tratado a los demás con dignidad? ¿He cuidado mis relaciones? ¿He actuado desde la libertad o desde el miedo? ¿He respondido al mal con más mal, o he intentado sostener la verdad sin perder la caridad? Ahí se juega la plenitud.

Jesús no vino a abolir la Ley, y tampoco vino a aplastarme con ella. Vino a mostrar que la voluntad de Dios es siempre más grande que nuestras interpretaciones estrechas. Vino a revelar que la justicia auténtica nace de un corazón reconciliado. 

La plenitud de la Ley no me excluye. Me llama a madurar, a amar mejor, a vivir con más coherencia. Me llama a no conformarme ni con la mediocridad moral ni con el victimismo cómodo. Me llama a la santidad. También a ti, como a mí, como a todas, todas y todos, todos.

Y, aunque el camino sea exigente, hay una paz profunda en saber que no camino dividido. Mi fe y mi identidad no son enemigos. En Cristo encuentran unidad.

Eso es lo que, poco a poco, voy descubriendo: la plenitud no es una frontera. Es un horizonte. Y hacia él quiero caminar, con humildad y con valentía.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas:
no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

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