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junio 06, 2026

CCXIII. LA MESA ESTÁ PUESTA


Sobre
Juan 6, 51-58

No puedo escuchar este Evangelio sin emocionarme.

Y lo digo así, sin adornos, porque durante demasiados años pensé que la mesa del Señor era un lugar al que yo podía acercarme solo a medias. Como quien entra en una casa ajena procurando no molestar demasiado. Como quien sabe que algunos preferirían que no estuviese allí.

Creo que muchas personas LGBTIQ+ creyentes entenderán perfectamente lo que intento explicar.

Hay heridas que no nacen únicamente del rechazo explícito. Algunas aparecen lentamente, casi en silencio, cuando durante años escuchas que tu forma de amar es “objetivamente desordenada”, cuando percibes que determinadas miradas en la Iglesia te toleran pero no terminan de reconocerte plenamente como hermano, cuando descubres que para seguir perteneciendo a ciertos espacios debes aprender a esconder partes de tu vida.

Y aun así… aquí sigo.

Aquí seguimos muchos y muchas.

Lo sorprendente es que no permanecemos por miedo ni por costumbre. Seguimos porque un día descubrimos que Jesús se parecía muy poco a algunas cosas que nos habían contado sobre Él.

Por eso este Evangelio me conmueve tanto.

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo.”

No dice "soy el pan para los perfectos”.
Ni “soy el pan para quienes nunca dudan”.
Ni siquiera “soy el pan para quienes cumplen impecablemente determinadas normas morales”.

Dice “para la vida del mundo”.

Y otra vez vuelvo a sentir algo muy parecido a lo que tantas veces he experimentado leyendo el Evangelio: también nosotras y nosotros estamos dentro de ese mundo.

También las personas LGBTIQ+.

También quienes durante años se acercaron a comulgar preguntándose en secreto si Dios sentiría rechazo hacia ellos.

Hay algo profundamente doloroso en eso. Que precisamente quienes más necesitaban experimentar la ternura de Cristo hayan recibido tantas veces sospecha, vigilancia o miedo. Como si la Eucaristía fuese antes un examen moral que alimento para personas heridas.

Y sin embargo, cada vez que me acerco al altar ocurre algo dentro de mí que ya nadie podrá arrebatarme.

Siento alegría.

Alegría verdadera.

No una alegría ingenua que ignore las contradicciones de la Iglesia. Las conozco demasiado bien. He visto sufrimiento. He escuchado discursos crueles disfrazados de doctrina. He conocido personas destruidas espiritualmente por sentirse indignas de acercarse al Cuerpo de Cristo. He visto cómo algunas comunidades siguen cerrando puertas mientras hablan del amor de Dios.

Pero precisamente por todo eso la Eucaristía me parece todavía más revolucionaria.

Porque Jesús se entrega como alimento. No como premio.

Se parte y se reparte para sostener vidas frágiles, cansadas, heridas. Y quienes hemos vivido mucho tiempo sintiéndonos al margen sabemos reconocer muy bien lo que significa que alguien nos siente finalmente a su mesa sin pedirnos antes dejar de ser quienes somos.

A veces pienso que una parte de la Iglesia no ha entendido todavía lo escandaloso que es realmente el Evangelio.

Jesús no excluyó de su mesa a quienes eran considerados impuros, sospechosos o moralmente cuestionables. Más bien al contrario: parecía empeñado en sentarse precisamente con ellos.

Por eso me resulta tan duro comprobar cómo todavía hoy hay personas LGBTIQ+ creyentes que sienten miedo al acercarse a comulgar. Miedo al juicio. Miedo a determinadas miradas. Miedo a no ser consideradas dignas.

Y lo más triste es que muchas veces ese miedo no viene de Dios.

Viene de nosotros.

Viene de una Iglesia que, en demasiadas ocasiones, ha hablado más de moral sexual que de misericordia, más de pureza que de heridas humanas, más de control que de Evangelio.

Lo digo con dolor, porque amo profundamente a la Iglesia. Pero precisamente por eso creo que necesitamos una conversión enorme.

No puede anunciarse creíblemente el “pan de vida” mientras tantas hijas e hijos de Dios continúan sintiéndose extraños en la mesa.

No puede proclamarse que Cristo entrega su carne “por la vida del mundo” mientras parte de ese mundo sigue preguntándose si realmente hay sitio para él dentro de la comunidad cristiana.

A mí me salvó descubrir que sí lo hay.

Y que cuando el sacerdote levanta el pan y el vino, Cristo no me mira como un expediente moral ni como un problema doctrinal. Me mira como hijo.

Como alguien amado.

Quizá por eso sigo emocionándome cada vez que escucho “tomad y comed”.

Porque después de tantos años de miedo, de armarios, de silencios y de dudas, sigo sintiendo que esas palabras también fueron pronunciadas para mí. Para ti. Para todas y todos, sin excepción.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

agosto 17, 2024

CXLV ¿QUIÉN NOS APARTARÁ DEL PAN DE VIDA?


Sobre
 Juan 6, 51-58

Orando sobre este texto del Evangelio de Juan me viene al recuerdo otra experiencia, común seguramente a muchas personas cristianas LGBTIQ+. Quizá de las más tristes, porque nos privó del nexo tangible y perfecto con Jesús a quienes conservamos la fe sin dejárnosla hecha trizas en algún cruce del camino.


Desde que tuve consciencia de mi homosexualidad, siendo un niño, y como en todos lados me decían que andaba en pecado, dejé de comulgar. Muchas veces había intentado confesar “mi falta” para obtener la absolución y poder recibir la comunión con tranquilidad de conciencia, pero al acudir al confesionario nunca encontré más que condescendencia, cuando no desprecios o amenazas, y consejos para ponerme en manos de alguien que pudiera ayudarme a superarlo y a curarme hasta ser una persona normal.

Por eso eludía el sacramento de la reconciliación y, cuando era inevitable –estudié en un colegio religioso–, me guardaba de contar nada sobre lo que sentía para evitar conflictos. Dejé de asistir a la Eucaristía y, si obligadamente lo hacía, no comulgaba.


Mi armario a los doce o trece años era ya un gran castillo de altas murallas. Comenzaba a dominar la capacidad de esconder parte de mí mismo y simular aquello que yo no era, al mismo tiempo que iba acumulando dudas, miedo y angustia.

A los dieciséis era una caldera a presión con todas las válvulas cerradas y sucedió lo previsible. Pensé que era la única salida. Gracias a Dios fui torpe y mi plan no salió bien.

Aún con todos estos acontecimientos, no perdí la relación con Dios. Estas semanas con los textos de Juan he recordado con frecuencia ese trance y cómo después exploraba en las Escrituras buscando argumentos que demostraran que el Padre me quería tal como era.


Poco más tarde de todo eso, durante una de las misas en el colegio sucedió algo que me hizo sentir la necesidad vital de comulgar. En las poco frecuentes y siempre obligadas confesiones, seguía sin hablar de mi homosexualidad, por lo que el único asunto sobre el que no había recibido el perdón por parte de un sacerdote era ese aspecto de mi vida. Para entonces ya se había creado en mí una conciencia clara acerca de mi identidad sexual y estaba seguro de que ésta no me hacía despreciable ante el Señor. De repente una de las frases de la celebración, pronunciada mecánicamente durante años, resonó con fuerza en mi corazón y me agitó. Fue un segundo, y en ese instante parecía que todo se parase dando sentido a las palabras del centurión a Jesús cuando le pidió que curase a su siervo más amado: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará”. Me levanté y me atreví a comulgar. 

Así fue durante muchos años. Seguí comulgando sin dejar en el confesionario “mi gran pecado”, mi homosexualidad, eso que era la razón de ser de mi armario en todos los sentidos. Y continué pidiendo al Hijo de Dios una palabra suya que sanara esa sensación de estar comiendo el Pan vivo sin permiso, a la luz de todos pero secretamente, a escondidas.


Ahora miro atrás. Hago oración por esos años en los que pude forjar mi fe grabándola a fuego. Todo tiene su razón de ser. Todo tiene sentido. Y me conmueve comprobar cómo Dios no me perdió de vista, procurando el Pan de Vida para mí, la verdadera comida, el alimento que me hizo fuerte para ser yo mismo y desde donde compartir mi particular historia de salvación para que otras y otros mantengan viva la esperanza. Hay muchas personas LGBTIQ+ que en un momento determinado de sus vidas decidieron abandonar los sacramentos. Es urgente legitimar una tierra de acogida donde no falte pan y vino, donde la presencia del cuerpo y de la sangre de Jesús sea palpable, real, evidente. Donde compartir la vida sea un sacramento. Donde no se escatime en abrazos. Donde no se mire la mochila. Donde no haya extrañas ni extraños.

Jesús es pan recién horneado. ¿Quién osa poner condiciones para que todo el mundo se acerque a tomar un trozo? ¿Quién nos apartará del Pan de Vida?


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne. Los judíos se pusieron a discutir: —¿Cómo puede éste darnos de comer [su] carne? Les contestó Jesús: —Os aseguro que si no coméis la carne y bebéis la sangre de este Hombre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por él, así quien me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo y no es como el que comieron vuestros padres, y murieron. Quien come este pan vivirá siempre.  

junio 01, 2024

CXXXIV MUCHO MÁS QUE PAN Y VINO


Sobre
 Marcos 14, 12-16.22-26

Algunas homilías de mi adolescencia me devolvían a casa asustado y confundido, haciendo que las palabras del sacerdote oscurecieran absolutamente la verdadera Palabra y, por descontado, apagaran lo que de verdad sucedía allí: la presencia de la persona de Jesús en la Eucaristía.

Dentro del armario la Eucaristía no sabía a nada, porque la mala conciencia que se me creaba quitaba el sabor a la persona de Jesús en el pan-cuerpo que se reparte y en el vino-sangre que se brinda.

En realidad dentro del armario nada sabe a lo que tiene que saber. Pero la necesidad de mantener oculta esa parte de uno mismo, que firmemente te dicen que es contraria a Dios, hacía que guardara las formas y procediese a interpretar al típico buen cristiano que no da nada de qué hablar. El papel de mi vida como actor. Así fue durante una larga etapa de mi historia.


Para muchas personas LGBTIQ+, a esto se reduce la experiencia del sacramento de bastantes Eucaristías: a un sermón. Porque cuando llega lo importante en la celebración estamos distraídas y ofuscadas por todo el lodo nos echaron encima.


Pese a eso, mi paz con Dios, el reencuentro con el Padre, se lo debo a una Eucaristía durante la que me sentí profundamente interpelado y sobre la que ya he hecho referencia trayendo ese momento a mi oración en anteriores comentarios al Evangelio.


Creo que no es posible vivir la Eucaristía dentro del armario. Al menos en el mío no lo era. La Eucaristía es sacrificio, es partirse y repartirse. Es abandonarse a los otros, quedarse en los otros y acampar en sus corazones. Es ponerse en el lugar de mi hermana, aceptar amorosamente a mi hermano, donarse por entero al prójimo.

Es justo eso que tanto eché en falta cuando iba a misa antes de descubrir que Jesús no me quiere menos a mí que a Pedro por negarle, ni a Andrés por no fiarse. O de comprender en propia carne que Jesús había partido el pan y levantado la copa brindando por mí también. No hubiera imaginado que el Padre tuviera reservada para mí una cena.


Las Eucaristías anteriores eran todo lo profundas que mi armadura permitía. Solo cuando me liberé del escondite en el que me había ocultado fui capaz de vivir con plenitud la presencia de Jesús en persona, porque eso es también la Eucaristía.

Y no de otra forma, sino a través del sacramento en el que el Hijo de Dios se ofrece en sacrificio por cada una y cada uno de nosotros, me fue posible recapacitar y reconocer cuánto me estima Dios.

Cuando pasó eso, cuando fui consciente de cuánto me amaba Dios, y de cómo se había sacrificado en su Hijo por mí, solo entonces pude comulgar en paz. Pronuncié las palabras de Jesús: esta es mi nueva alianza.


La oración me regala cada vez conocer el sentido de cuanto es mi historia y descubrir lo que Dios ha querido decir en cada momento, especialmente en esos en los que más me costó encontrar un sentido y en los que más eché de menos su caricia. Ahora sé que Dios da luz a mi vida. Y que hubiera bastado con abrir las puertas del armario confiadamente para dejarle entrar a casa, partir el pan y levantar la copa de vino celebrando mi vuelta al hogar del Padre.


El primer día de los Ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dijeron los discípulos: —¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? Él envió a dos discípulos encargándoles: —Id a la ciudad y os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. Seguidlo y donde entre, decid al amo de casa: Dice el Maestro que dónde está la sala en la que va a comer la cena de Pascua con sus discípulos. Él os mostrará un salón en el piso superior, preparado con divanes. Preparad allí la cena. Salieron los discípulos, se dirigieron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras cenaban, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: —Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y bebieron todos de ella. Les dijo: —Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Os aseguro que no volveré a beber el fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios. Después cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos.  

julio 13, 2023

XXXI BASTARÁ UNA PALABRA TUYA

Sobre Juan 6, 51-58

Orando sobre este texto del Evangelio de Juan me viene al recuerdo otra experiencia, común seguramente a muchas personas cristianas LGBTIQ+. Quizá de las más tristes, porque nos privó del vínculo tangible y perfecto con Jesús a quienes conservamos la fe sin dejárnosla hecha trizas en algún cruce del camino.


Desde que tuve consciencia de mi homosexualidad, siendo un niño, y como en todos lados me decían que andaba en pecado, dejé de comulgar. Muchas veces había intentado confesar “mi falta” para obtener la absolución y poder recibir la comunión con tranquilidad de conciencia, pero al acudir al confesionario nunca encontré más que condescendencia, cuando no desprecios o amenazas, y consejos para ponerme en manos de alguien que pudiera ayudarme a superarlo y a curarme hasta ser una persona normal.

Eludía el sacramento de la reconciliación y, cuando era inevitable –estudié en un colegio religioso–, me guardaba de contar nada sobre lo que sentía para evitar conflictos. Dejé de asistir a la Eucaristía y, si obligadamente lo hacía, no comulgaba.


Mi armario a los doce o trece años era ya un gran castillo de altas murallas. Comenzaba a dominar la capacidad de esconder parte de mí mismo y simular aquello que yo no era, al mismo tiempo que iba acumulando dudas, miedo y angustia.

A los dieciséis era una caldera a presión con todas las válvulas cerradas y sucedió lo previsible. Pensé que era la única salida. Gracias a Dios fui torpe y mi plan no salió bien.

Aún con todos estos acontecimientos, no perdí la relación con Dios. Estas semanas con los textos de Juan he recordado con frecuencia ese trance y cómo después exploraba en las Escrituras buscando argumentos que demostraran que el Padre me quería tal como era.


Poco más tarde de todo eso, durante una de las misas en el colegio sucedió algo que me hizo sentir la necesidad vital de comulgar. Seguía sin hablar de mi homosexualidad en las poco frecuentes y siempre obligadas confesiones, por lo que el único asunto sobre el que no había recibido el perdón por parte de un sacerdote era ese. Para entonces ya se había creado en mí una conciencia clara acerca de mi identidad sexual y estaba seguro de que ésta no me hacía despreciable ante el Señor. De repente una de las frases de la celebración, pronunciada mecánicamente durante años, resonó con fuerza en mi corazón y me agitó. Fue un segundo, y en ese instante parecía que todo se parase dando sentido a las palabras del centurión a Jesús cuando le pidió que curase a su siervo más amado: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará”. Me levanté y me atreví a comulgar. 

Así fue durante muchos años. Seguí comulgando sin dejar en el confesionario “mi gran pecado”, mi homosexualidad, eso que era la razón de ser de mi armario en todos los sentidos. Y continué pidiendo al Hijo de Dios una palabra suya que sanara esa sensación de estar comiendo el Pan vivo sin permiso, a la luz de todos pero secretamente, a escondidas.


Ahora miro atrás. Hago oración por esos años en los que pude forjar mi fe grabándola a fuego. Todo tiene su razón de ser. Todo tiene sentido. Y me conmueve comprobar cómo Dios no me perdió de vista, procurando el Pan de Vida para mí, la verdadera comida, el alimento que me hizo fuerte para ser yo mismo y desde donde compartir mi particular historia de salvación para que otras y otros mantengan viva la esperanza. Hay muchas personas LGBTIQ+ que en un momento determinado de sus vidas decidieron abandonar los sacramentos. Es urgente legitimar una tierra de acogida donde no falte pan y vino, donde la presencia del cuerpo y de la sangre de Jesús sea palpable, real, evidente. Donde compartir la vida sea un sacramento. Donde no se escatime en abrazos. Donde no se mire la mochila. Donde no haya extrañas ni extraños.

Jesús es pan recién horneado. ¿Quién osa poner condiciones para que todo el mundo se acerque a tomar un trozo? ¿Quién nos apartará del Pan de Vida?



Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne. Los judíos se pusieron a discutir: —¿Cómo puede éste darnos de comer [su] carne? Les contestó Jesús: —Os aseguro que si no coméis la carne y bebéis la sangre de este Hombre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por él, así quien me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo y no es como el que comieron vuestros padres, y murieron. Quien come este pan vivirá siempre. 


 

julio 02, 2023

XX. MUCHO MÁS QUE PAN Y VINO

Sobre Marcos 14, 12-16.22-26

Algunas homilías de mi adolescencia me devolvían a casa asustado y confundido, haciendo que las palabras del sacerdote oscurecieran absolutamente la verdadera Palabra y, por descontado, apagaran lo que de verdad sucedía allí: la presencia de la persona de Jesús en la Eucaristía.

Dentro del armario la Eucaristía no sabía a nada, porque la mala conciencia que se me creaba quitaba el sabor a la persona de Jesús en el pan-cuerpo que se reparte y en el vino-sangre que se brinda.

En realidad dentro del armario nada sabe a lo que tiene que saber. Pero la necesidad de mantener oculta esa parte de uno mismo, que firmemente te dicen que es contraria a Dios, hace que guardes las formas y procedas a interpretar al típico buen cristiano que no dé nada de que hablar. El papel de tu vida como actor. Así fue durante una larga etapa de mi historia.


Para muchas personas LGBTIQ+, a esto se reduce la experiencia del sacramento de bastantes Eucaristías: a un sermón. Porque cuando llega lo importante en la celebración estamos distraídas y ofuscadas por todo el lodo nos echaron encima.


Pese a eso, mi paz con Dios, el reencuentro con el Padre, se lo debo a una Eucaristía durante la que me sentí profundamente interpelado y sobre la que ya he hecho referencia trayendo ese momento a mi oración en anteriores comentarios al Evangelio.


Creo que no es posible vivir la Eucaristía dentro del armario. Al menos en el mío no lo era. La Eucaristía es sacrificio, es partirse y repartirse. Es abandonarse a los otros, quedarse en los otros y acampar en sus corazones. Es ponerse en el lugar de mi hermana, aceptar amorosamente a mi hermano, donarse por entero al prójimo.

Es justo eso que tanto eché en falta cuando iba a misa antes de descubrir que Jesús no me quiere menos a mí que a Pedro por negarle ni a Andrés por no fiarse. O de comprender en propia carne que Jesús había partido el pan y levantado la copa brindando por mí también. No hubiera imaginado que el Padre tuviera reservada para mí una cena.


Las Eucaristías anteriores eran todo lo profundas que mi armadura permitía. Solo cuando me liberé del escondite en el que me había ocultado fui capaz de vivir con plenitud la presencia de Jesús en persona, porque eso es también la Eucaristía.

Y no de otra forma, sino a través del sacramento en el que el Hijo de Dios se ofrece en sacrificio por cada una y cada uno de nosotros, me fue posible recapacitar y reconocer cuánto me estima Dios.

Cuando pasó eso, cuando fui consciente de cuánto me amaba Dios, y de cómo se había sacrificado en su Hijo por mí, solo entonces pude comulgar en paz. Pronuncié las palabras de Jesús: esta es mi nueva alianza.


La oración me regala cada vez conocer el sentido de cuanto es mi historia y descubrir lo que Dios ha querido decir en cada momento, especialmente en esos en los que más me costó encontrar un sentido y en los que más eché de menos su caricia. Ahora sé que Dios da luz a mi vida. Y que hubiera bastado con abrir las puertas del armario confiadamente para dejarle entrar a casa, partir el pan y levantar la copa de vino celebrando mi vuelta al hogar del Padre.


El primer día de los Ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dijeron los discípulos: —¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua? Él envió a dos discípulos encargándoles: —Id a la ciudad y os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. Seguidlo y donde entre, decid al amo de casa: Dice el Maestro que dónde está la sala en la que va a comer la cena de Pascua con sus discípulos. Él os mostrará un salón en el piso superior, preparado con divanes. Preparad allí la cena. Salieron los discípulos, se dirigieron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras cenaban, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: —Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y bebieron todos de ella. Les dijo: —Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Os aseguro que no volveré a beber el fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios. Después cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos.