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septiembre 03, 2026

CCXXIII. ROMPE EL SILENCIO


Hay silencios que nacen de la prudencia y otros que terminan protegiendo la injusticia. Esta reflexión quiere interpelar especialmente a quienes, dentro de nuestras comunidades cristianas, contemplan el rechazo hacia las personas LGBTIQ+ sin sentirse directamente implicadas. Porque amar, como recuerda Pablo, no consiste solo en no hacer daño: a veces exige hablar, posicionarse y defender a quien lo necesita. Romper el silencio también puede ser una forma de vivir el Evangelio.


Sobre el evangelio de Mateo 18, 1-20

...pero también la profecía de Ezequiel 33, 7-9, el Salmo 94 y la carta de Pablo a los Romanos 13, 8-10 

(Ciclo A, XXIII domingo del Tiempo Ordinario)


Hay silencios que parecen prudencia y, sin embargo, terminan pareciéndose demasiado a la complicidad.

Jesús habla hoy de acercarse, hablar, escuchar, implicarse. «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas». No invita al escándalo público ni a señalar con el dedo. Tampoco propone humillar a nadie. Habla de una comunidad donde lo que le sucede a una persona importa a las demás.

Y mientras leo este Evangelio desde mi experiencia como persona LGBTIQ+ creyente, no puedo evitar preguntarme cuántas veces hemos confundido la paz cristiana con no meternos en problemas.

Porque durante demasiados años muchas personas como yo hemos tenido que defendernos solas.

Solas frente a palabras que nos hacían sentir equivocadas. Solas frente a miradas que nos invitaban discretamente a escondernos. Solas cuando alguien utilizaba el nombre de Dios para cuestionar nuestra dignidad. Solas incluso cuando estábamos rodeadas de personas buenas que probablemente no compartían aquella crueldad, pero tampoco se atrevían a decir nada.

A veces el problema no fue solamente quien hirió.

También dolió quien estaba al lado y permaneció en silencio.

Ezequiel utiliza este domingo una imagen incómoda: la del centinela. Quien ve venir el peligro tiene la responsabilidad de avisar. No puede refugiarse en que aquello no le afecta personalmente. Dios le pide cuentas precisamente de su silencio.

Quizá por eso hoy necesito dirigirme especialmente a quienes sois heterosexuales y formáis parte de nuestras comunidades cristianas.

No os estoy pidiendo que sintáis como yo. Ni siquiera que comprendáis completamente una experiencia que probablemente nunca será la vuestra.

Os pregunto algo mucho más sencillo.

¿Qué hacéis cuando delante de vosotras y vosotros se pronuncia una palabra despectiva contra las personas LGBTIQ+?

¿Qué hacéis cuando alguien asegura que nuestras familias valen menos?

¿Qué hacéis cuando se utiliza la fe para sembrar sospechas sobre nuestra manera de amar?

¿Qué hacéis cuando una persona joven escucha en un ambiente cristiano que aquello que está descubriendo de sí misma constituye un problema para Dios?

Porque quedarse callado también es una respuesta.

Y el Evangelio de hoy me obliga a reconocer que algunas veces hemos utilizado la corrección fraterna exactamente al revés. Durante años se nos corrigió a nosotras y nosotros. Se nos pidió revisar nuestra vida, nuestros afectos, nuestras relaciones, nuestra manera de expresarnos. Se nos recomendó discreción. Se nos habló de castidad, de prudencia, de doctrina.

Quizá ha llegado el momento de invertir la pregunta.

¿Y si quienes necesitan hoy una corrección fraterna son determinadas comunidades cristianas?

¿Y si tenemos que sentarnos serenamente, como propone Jesús, y decirnos unos a otros: esto está haciendo daño?

Porque Pablo lo resume de una manera que apenas permite escapatorias: «El amor no hace mal al prójimo». Y concluye que la plenitud de la ley es precisamente el amor.

Me parece una afirmación extraordinariamente sencilla.

Y peligrosísima.

Porque obliga a revisar cualquier doctrina, costumbre, enseñanza o práctica religiosa preguntándonos por sus frutos.

¿Hace daño?

Si hace daño, algo no está funcionando.

No digo que amar signifique aceptar cualquier cosa sin discernimiento. El mismo Evangelio de hoy habla de confrontar, dialogar, corregir. Pero hay una diferencia enorme entre corregir porque amamos a alguien y pretender corregir lo que esa persona es.

Durante años yo también creí que Dios quería corregirme.

Quería que dejara de sentir como sentía. Que consiguiera convertirme en aquello que los demás consideraban normal. Recé por ello. Me esforcé por ello. Y cuanto más lo intentaba, más lejos parecía encontrarme de mí mismo y, paradójicamente, también de Dios.

Hasta que comprendí algo que cambió mi vida de fe: Dios no estaba intentando corregirme.

Estaba intentando encontrarme.

Y desde entonces puedo regresar a la Iglesia sin hacerlo de rodillas ante quienes pretendan tolerarme, sino caminando junto a tantas personas que hemos descubierto que nuestra diversidad también forma parte de la inmensa creatividad de Dios.

Eso no significa que nunca aparezcan el cansancio, la decepción o la tentación de pensar que nada cambia. También la esperanza necesita ser cuidada. Pero el inmovilismo de la Iglesia no puede tener la última palabra sobre nuestra relación con Dios: seguimos siendo hijas e hijos amados, llamados a ocupar nuestro lugar y a aportar nuestros dones al Reino.

Por eso esta reflexión no quiere quedarse en una denuncia.

Quiero que sea también una invitación.

Necesitamos comunidades cristianas donde nadie tenga que defenderse en soledad.

Donde si alguien pronuncia una palabra homófoba, otra persona responda.

Donde si una persona trans es ridiculizada, alguien se coloque a su lado.

Donde si un adolescente descubre que es gay, lesbiana o bisexual pueda escuchar enseguida, antes que cualquier otra cosa: Dios te ama.

Donde quienes somos LGBTIQ+ no seamos únicamente acogidos, sino escuchados, llamados, enviados y reconocidos como parte viva de la Iglesia.

El salmo de este domingo repite una advertencia: «Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón».

Tal vez el corazón se endurece mucho antes de llegar al odio.

Puede endurecerse simplemente acostumbrándose.

Acostumbrándonos a determinados comentarios. A ciertos discursos. A chistes y bromas aparentemente inocentes. A documentos que hablan sobre nosotras y nosotros sin escucharnos. A personas que se marchan silenciosamente de nuestras comunidades porque llegan a la conclusión de que allí nunca podrán ser plenamente ellas mismas.

Eso también debería inquietarnos.

Porque Jesús termina haciendo una promesa bellísima: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Siempre me ha consolado profundamente esa frase.

Dos o tres.

No hacen falta multitudes.

Durante muchos años mi experiencia de fe LGBTIQ+ ha estado sostenida precisamente así: por pequeños grupos, personas concretas, comunidades humildes donde alguien fue capaz de mirarme sin miedo y recordarme que Dios seguía estando cerca.

Quizá las grandes transformaciones de la Iglesia comienzan exactamente ahí.

Dos o tres personas que deciden que ya no permanecerán calladas.

Dos o tres que se atreven a corregir con cariño una palabra injusta.

Dos o tres que acompañan a quien se siente fuera.

Dos o tres que descubren que defender la dignidad de las personas LGBTIQ+ no es hacer una concesión a los tiempos modernos, sino tomarse en serio el Evangelio.

Yo necesito esa Iglesia.

Pero quizá lo más importante es que esa Iglesia os necesita también a vosotras y vosotros.

Porque quienes hemos aprendido a levantar la voz podemos denunciar la injusticia.

Pero para cambiarla necesitamos que quienes nunca la habéis sufrido dejéis de observarla desde la distancia.

Entonces podremos comprobar que Jesús tenía razón.

Él estará allí.

En medio.

Y cuando verdaderamente sea Él quien esté en medio, nadie tendrá que esconderse para quedarse.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

🔔 Y tú, ¿cuándo decides romper el silencio? Comenta al final de la entrada. 


Del evangelio de Mateo 18, 1-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Lo que más me interpela de Ezequiel 33,7-9: «Te he puesto de centinela de la casa de Israel; escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte; si adviertes al malvado para que cambie de conducta, habrás salvado tu vida».

Lo que más me interpela del Salmo 94,1-2.6-7.8-9: «Venid, aclamemos al Señor; entremos a su presencia dándole gracias; él es nuestro Dios y nosotros el pueblo que él guía; ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón».

Lo que más me interpela de Romanos 13,8-10: «A nadie le debáis nada, más que amor; quien ama al prójimo ha cumplido la ley; amarás a tu prójimo como a ti mismo; el amor no hace mal al prójimo; la plenitud de la ley es el amor».