Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Doctrina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Doctrina. Mostrar todas las entradas

febrero 08, 2025

CLX NO ESTÁIS ECHANDO LAS REDES DONDE ÉL DICE


Sobre
Lucas 5, 1-11

El Evangelio de este domingo habla de la confianza que demostraron los apóstoles haciendo caso al hijo del carpintero de Nazaret, cuando les pidió que echaran la red donde Él dijo. Simón es pescador, sabe de qué va la tarea, y supone que no sacarán ni un pez, así que responde al Maestro, «hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada»

Seguro que los que estaban en la barca pensaron que Jesús probablemente tendría mucha destreza creando una mesa o una silla, pero carecía de oficio para pescar. Sin embargo, Simón añade: «por tu palabra, echaré las redes». 

Cuenta Lucas que eran tantos los peces, que comenzaron a reventarse las redes, y tuvo que acercarse otra barca para ayudar. Las barcas casi se hundían con tanto peso, de lo que habían sacado del lago.

Cientos de peces estaban allí donde nadie lo esperaba, donde nadie lo imaginaba, donde Simón y varios más, los profesionales de la pesca, pensaban que no habría nada que mereciese ni su interés ni su esfuerzo.

Pues bien. Esta semana me han golpeado dos noticias. La primera sucedía en Huelva, cuando el obispo de allí prohibía rotundamente la iniciativa de la parroquia de San Pablo, que ofrecía acompañamiento y formación espiritual antes de recibir la bendición religiosa, tanto a parejas del mismo sexo como a parejas en situación irregular. La segunda noticia narraba que un párroco de Arcos de la Frontera ha prohibido a un hombre ser padrino de confirmación porque este es homosexual. El obispo de Asidonia-Jerez aún no se ha pronunciado. Como tampoco lo ha hecho el Arzobispo de Sevilla, que es el más alto pastor en decir la última palabra sobre ambas situaciones, si lo estimase.

El pasado verano en Sevilla, un chico de Ichthys, mi comunidad de fe, entró en la capilla de San Onofre, donde está la adoración eucarística perpetua, para hacer un ratito de oración antes de regresar a casa. Llevaba en la muñeca una discreta pulsera con el arcoíris sobre el que va dibujado el pez de Ichthys. Cuando estaba orando, de rodillas, se sobresaltó ante las voces de un hombre que le obligó a salir de la capilla, mientras gritaba que personas como él no eran bienvenidas allí.

Para las personas LGBTIQ+ son recurrentes este tipo de sucesos. A mí —me lo dicen en muchas ocasiones— no deberían afectarme. Pero a veces me entristecen tanto, me hacen tanto daño, que irrumpen en la oración desbaratándolo todo y rompiendo la paz que necesito para ponerme en situación de soportar y perdonar.

Esta Iglesia que me duele se empeña en olvidar lo importante, lo fundamental, el Evangelio. Se aferra a la tradición y a la doctrina como si esas dos cosas fuesen Palabra de Dios. 

Esta Iglesia que me hiere se obceca en creer que la teología de la misericordia que proclama el papa, y la apuesta profética por la sinodalidad, son cosas de Francisco, cuando en realidad son obra del Espíritu Santo. 

Esta Iglesia que me lastima insiste en echar las redes donde no hay nada, mientras desconfía del Maestro cuando pide que las echen en las aguas fértiles y riquísimas de las fronteras de la Iglesia. 

No estáis echando las redes donde Él os dice. Os quedaréis con los aparejos vacíos. Vuestras barcas no temerán hundirse por el peso. No sabéis ser pescadores de hombres. No lo sois, por mucho que os lo creáis. 

Pero oíd: no importa si nos coartáis, si nos prohibís, si nos expulsáis. Hay una Iglesia de puertas abiertas que no nos ignora, que sabe acercarse a los bordes de los caminos y no rehúsa tocar nuestras manos, que arriesga en nombre de Cristo y su Evangelio, que confía en su Palabra y echa las redes donde Él dice. Esa es la Iglesia en la que creo. Esa es la Iglesia de Jesús, la casa de todas y todos, sin excepción. Y sabed que nada podrá arrojarnos fuera de ella.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.
Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
«Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca».
Respondió Simón y dijo:
«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:
«Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».
Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Y Jesús dijo a Simón:
«No temas; desde ahora serás pescador de hombres».
Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.





agosto 24, 2024

CXLVI NO TIRAR LA TOALLA


Sobre
 Juan 6, 60-69


Antes de salir del armario, y también después, más de una vez me encontré pronunciando la frase que Juan pone en boca de los discípulos que querían abandonar a Jesús: «esta doctrina es inadmisible». La diferencia es que estos que habían seguido al Maestro durante un tiempo, de repente se daban cuenta de que lo que Él les planteaba era cambiar radicalmente de estilo de vida para así ser instrumentos que transformasen el mundo. Eso era inaceptable para ellos porque les suponía mucho más de lo que estaban dispuestos a dar. 


Aquellos discípulos que acusaban a Jesús de radical y se escandalizaban por lo que el Maestro decía acerca de la bondad del Padre y la vida eterna, pervivieron en el tiempo, y gente como esa consiguió que lo que el Mesías dijo, hizo y quedó recogido en las Escrituras se tergiversase tanto que, paradójicamente, seamos muchas las personas que clamamos para que esta doctrina de escasa misericordia y abundantes normas superadas, esta doctrina inadmisible, sea revisada y humanizada. Que se haga tan humana como el propio Jesús, que se hizo uno entre hombres y mujeres para hacernos ver que Dios no era el juez dramático, inflexible, severo e intolerante que se nos hace creer, sino más bien un Padre bueno, el Abbá de Jesús, el papá que tan nerviosos ponía a los fariseos de entonces y tanto encrespa a los fariseos de ahora.


Ciertamente, dentro del armario no vivía el concepto de seguir a Jesús, pues me importaba mucho más la "simpleza" de no alejarme de Él. Las tentaciones de abandonar eran tan numerosas como cada motivo para seguir escondido. No encontraba en los Evangelios ni una sola razón que justificara una doctrina tan feroz contra los homosexuales, pero debía de ser algo muy grave para que la Iglesia se ocupara con tanta pasión por el sexto mandamiento y sus derivados.


Al salir del armario no cambió demasiado la situación. Me había hecho visible y esa doctrina ya no daba miedo, pero producía rabia. Por otro lado, sucedió como en el pasaje de Juan que hoy nos ocupa: no me asustaba lo que proponía Jesús y llegado el momento no deseaba irme y abandonar sino seguir adelante. Dentro del armario no podía más que mantenerme encendido, pero ahora quería arder, dar fuego de ese que había ido alimentando tantos años en la fragua, oculto y callado. La Doctrina de Jesús frente a la doctrina que me había tenido enterrado tantos años. ¿Cómo iba a echarme atrás ahora? ¿Cómo marcharme, Señor? ¿A dónde iría? Tus Palabras son espíritu y vida. Yo creo. Sé que eres el Santo de Dios.


Puede que nuestro seguimiento a Jesús escandalice a los discípulos que reniegan de la apuesta incondicional del Maestro por quienes habitamos los márgenes de la Iglesia. Una razón más para no tirar la toalla y seguir ofreciendo a las personas creyentes LGBTIQ+ un espacio seguro en el que compartir la alegría del Evangelio, y desde el que trabajar por una Iglesia realmente inclusiva. ¡Hay tanto por hacer!


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Muchos de los discípulos que lo oyeron comentaban: —Este discurso es bien duro: ¿quién podrá escucharlo? Jesús, conociendo por dentro que los discípulos murmuraban, les dijo: —¿Esto os escandaliza? ¿Qué será cuando veáis a este Hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es el que da vida, la carne no vale nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Pero hay algunos de vosotros que no creen –desde el comienzo sabía Jesús quiénes no creían y quién lo iba a traicionar–. Y añadió: —Por eso os he dicho que nadie puede acudir a mí si el Padre no se lo concede. Desde entonces muchos de sus discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él. Así que Jesús dijo a los Doce: —¿También vosotros queréis marcharos? Simón Pedro le contestó: —Señor, ¿a quién iremos? Tú dices palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y reconocemos que tú eres el Consagrado de Dios. 

septiembre 14, 2023

XCVI CARGAR LA CRUZ

Sobre Mateo 10, 37-42

El día que cumplí quince años busqué un templo donde pasar desapercibido y nadie pudiese conocerme, esperando encontrar a alguien que me ofreciera la suficiente confianza como para poder hablar y dejarme aconsejar acerca de mi homosexualidad en relación a la fe. En mi obsesión por mantener en secreto lo que estaba sintiendo, temía contar nada a sacerdotes con los que trataba en el colegio. Una decisión de la que muchos años después me arrepentí porque entre alguno de ellos habría encontrado lo que buscaba. Sin embargo entonces no lo veía así. No era solo porque pensaba que pudiesen delatarme, sino por el celo que ponía para que nadie supiera que era uno de esos invertidos, pecadores condenados, según lo que muchas veces había escuchado que eran los hombres y mujeres LGBTIQ+.
Imaginaba sus miradas acusadoras o condescendientes (duelen exactamente igual) cada vez que me cruzara con ellos por los pasillos. En realidad esta es la carga de ofuscación obsesiva que lleva en la mochila cualquier persona que malvive en el armario. Una desconfianza y un recelo que sólo puede compararse al temor a ser descubierto y es proporcional al miedo que provocaba el daño que eso pudiera causarme.
Ya había tenido alguna triste experiencia con algún que otro sacerdote, sin otro resultado que frustrantes respuestas aconsejándome ayuda profesional para curarme.
Esta vez fui a una parroquia en un barrio en el otro extremo de la ciudad. Vi que era un cura joven y respiré tranquilo presintiendo que podría ofrecerme algunas palabras de ayuda. Recuerdo que era amable y me facilitaba poder confiarle todo lo que quisiera. Empecé contándole lo que —supongo— debieron ser los típicos pecados de cualquier adolescente. Hasta que me atreví a decirle que era homosexual, que necesitaba ayuda y consejo para poder vivirlo como cristiano. Entonces cambió su tono, como si acabara de confesarle un asesinato. No alzaba la voz pero sus palabras sonaban duras y potentes mientras me lanzaba un largo sermón sobre el gravísimo pecado que le había revelado. Se cercioró de que comprendiera que mi alma estaba en serio peligro. Después me arengó sobre los terribles efectos para mi vida si mantenía ese instinto desviado. También me hizo ver lo triste que estaba Jesús por mi causa, y quizá fuese eso lo que más me contrariase de cuanto me dijo, pues nunca había creído realmente que Cristo pudiera apenarse a causa de que fuese gay.
Le conté que no podía evitar lo que sentía, y entonces me dijo: —Esa es tu cruz. Cógela y pórtala sacrificándote por Cristo. Si no cargas tu cruz y le sigues, no eres digno de Él.
Jamás he regresado a aquella parroquia ni he vuelto a ver a ese sacerdote que consiguió entristecerme y desalentarme aún más de lo que ya estaba. Pero cuando visito algún templo y veo una imagen de Jesús portando la cruz, me acuerdo de ese momento y espontáneamente rezo por todas las cruces que hay en esa que porta el Maestro. Cuando ese cura me invitó a coger la cruz de mi homosexualidad, estaba dando por hecho que mi identidad sexual era un estigma, algo malo y perverso, un instrumento de martirio que debía llevar toda mi vida soportando sacrificadamente, ofreciéndoselo a Dios para eximir este pecado abominable y poder ser digno de Él.
Eso que daba por hecho aquel sacerdote no sólo no sirvió para nada a un chaval asustado de quince años, sino que lo hundió todavía más en la angustia de sentirse un error ante la sociedad y un ser despreciable ante Dios.
Ser LGBTIQ+ no es una cruz. Sí es una cruz soportar el desprecio, la intolerancia, el rechazo, la exclusión, los murmullos, los golpes, las burlas por ser diferente. Una cruz es el armario. Una cruz es la soledad. Una cruz es el miedo.
Cuando Jesús carga la cruz camino del Gólgota lleva sobre sí todas esas cruces, las de las personas LGBTIQ+, las de todos los sufrientes, las de las periferias de la Iglesia.
Las personas LGBTIQ+ cristianas, especialmente quienes se sienten asustadas, amenazadas, todavía sin atreverse a hacerse visibles porque temen las consecuencias a nivel familiar, social o incluso por cuanto su fe haya sido domesticada a partir de un Dios que no las acepta tal como son; en definitiva todas las mujeres y hombres LGBTIQ+ necesitamos el vaso de agua que ha de ofrecernos quien de verdad ama a Dios y obra en su nombre desde la misericordia del Evangelio. Porque, lamentablemente, seguimos siendo los pequeños, continuamos formando parte de las fronteras de la Iglesia.
En todo caso, el lugar en que sitúa todo esto al Colectivo LGBTIQ+ creyente nos ofrece la posibilidad de discernir entre una respuesta violenta, quizá preñada de coherencia evangélica pero que nace del resentimiento y el dolor, o bien revertirlo en un acto de amor que no es otra cosa que darse, darnos tal como somos, sin rencor, en una denuncia profética que por sí sola desmonta cualquier argumento contra la diversidad que es obra de Dios. Tenemos la posibilidad de ser tremendamente subversivos si no respondemos al mal con mal, al odio con odio, a la violencia con violencia. Creo que es la mejor manera de entender esa forma de amar a Jesús que Él mismo propone, anteponiéndole a nuestra madre y a nuestro padre, a la propia vida, saliendo —como diría Ignacio de Loyola— de nuestro propio amor, querer e interés, para dejarnos invadir por el amor e interés de Dios mismo.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

julio 14, 2023

XXXII NO TIRAR LA TOALLA

Sobre Juan 6, 60-69


Antes de salir del armario, y aún después, más de una vez me encontré pronunciando la frase que Juan pone en boca de los discípulos que querían abandonar a Jesús: «esta doctrina es inadmisible». La diferencia es que estos que habían seguido al Maestro durante un tiempo, de repente se daban cuenta de que lo que Él les planteaba era cambiar radicalmente de estilo de vida y así ser instrumentos para transformar el mundo. Eso era inaceptable para ellos porque les suponía mucho más de lo que estaban dispuestos a dar.

Yo, sin embargo, me conformaba siglos después con que la doctrina de la Iglesia fuera más amable conmigo, no me condenara con tanta pasión ni me obligara a esconder una parte importante e indivisible de mí mismo: mi identidad sexual.


Aquellos discípulos que acusaban a Jesús de radical pervivieron en el tiempo, y gente como esa consiguió que lo que el Mesías dijo, hizo y quedó recogido en las Escrituras se tergiversase tanto que, paradójicamente, seamos muchas las personas que clamamos para que esta doctrina de escasa misericordia y abundantes normas superadas, esta doctrina inadmisible, sea revisada y humanizada. Que se haga tan humana como el propio Jesús, que se hizo uno entre hombres y mujeres para hacernos ver que Dios no era el juez dramático, inflexible, severo e intolerante que se nos hace creer, sino más bien un Padre bueno, el Abbá de Jesús, el papá que tan nerviosos ponía a los fariseos de entonces y tanto encrespa a los fariseos de ahora.


Dentro del armario no vivía el concepto de seguir a Jesús, pues me importaba mucho más la "simpleza" de no alejarme de Él, porque las tentaciones eran tan numerosas como cada motivo para seguir escondido. No encontraba en los Evangelios ni una sola razón que justificara una doctrina tan feroz contra los homosexuales, pero debía de ser algo muy grave para que la Iglesia se ocupara con tanta pasión por el sexto mandamiento y sus derivados.


Al salir del armario no cambió demasiado la situación. Me había hecho visible y esa doctrina ya no me daba miedo, pero me producía rabia. Por otro lado, me sucedió como en el pasaje de Juan que hoy nos ocupa: no me asustaba la doctrina que proponía Jesús y llegado el momento no deseaba irme y abandonar sino seguir adelante. Dentro del armario no podía más que mantenerme encendido, pero ahora quería arder, dar fuego de ese que había ido alimentando tantos años en la fragua, oculto y callado. La Doctrina de Jesús frente a la doctrina que me había tenido enterrado tantos años. ¿Cómo iba a echarme atrás ahora? ¿Cómo marcharme, Señor? ¿A dónde iría? Tus Palabras dan vida eterna. Yo creo y sé que eres el santo de Dios.

¡Y hay tanto por hacer!



Muchos de los discípulos que lo oyeron comentaban: —Este discurso es bien duro: ¿quién podrá escucharlo? Jesús, conociendo por dentro que los discípulos murmuraban, les dijo: —¿Esto os escandaliza? ¿Qué será cuando veáis a este Hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es el que da vida, la carne no vale nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Pero hay algunos de vosotros que no creen –desde el comienzo sabía Jesús quiénes no creían y quién lo iba a traicionar–. Y añadió: —Por eso os he dicho que nadie puede acudir a mí si el Padre no se lo concede. Desde entonces muchos de sus discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él. Así que Jesús dijo a los Doce: —¿También vosotros queréis marcharos? Simón Pedro le contestó: —Señor, ¿a quién iremos? Tú dices palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y reconocemos que tú eres el Consagrado de Dios.