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mayo 22, 2026

CCXI. ÉL SIGUE ENTRANDO



Sobre
Juan 20, 19-23

Siempre me impresionó esa escena de los discípulos encerrados. Las puertas atrancadas. El miedo ocupándolo todo. El silencio pesado de quien siente que fuera hay amenaza. Quizá me toca tanto porque conozco bien esa sensación.

Las personas LGBTIQ+ aprendemos muy pronto a vivir así. A cerrar puertas antes incluso de que alguien intente abrirlas. Muchas veces no hace falta una agresión directa. Basta escuchar determinadas palabras desde niño, captar ciertas miradas en la parroquia o comprobar cómo se habla de nosotros y nosotras en algunos ambientes religiosos. Poco a poco uno entiende qué partes de sí mismo conviene esconder para poder seguir siendo aceptado.

Yo también tuve mi habitación cerrada.

Mi armario no fue solo el lugar donde escondía mi orientación sexual. Fue también el sitio donde intenté proteger mi fe. Porque durante mucho tiempo tuve miedo de que, si alguien descubría quién era realmente, terminarían arrebatándome incluso a Jesús. Y eso sí me habría roto por dentro.

Por eso me parece tan importante que el Evangelio diga claramente que los discípulos estaban encerrados “por miedo”. No por cobardía. No porque fueran peores creyentes. Por miedo. A veces olvidamos lo que el miedo puede hacer en una persona. Cómo te obliga a medir palabras, gestos, silencios. Cómo termina convirtiéndose en una forma de supervivencia.

Especialmente cuando sabes que fuera hay gente dispuesta a herirte en nombre de Dios.

Pienso muchas veces en la cantidad de personas LGBTIQ+ creyentes que siguen viviendo así dentro de la Iglesia. Hombres, mujeres, jóvenes, personas adultas… agotadas de vigilar cada detalle de sus vidas para no perder su sitio en la comunidad, su trabajo pastoral, su familia o simplemente la posibilidad de seguir sintiéndose parte de algo.

Lo más doloroso es comprobar que quienes exigen transparencia absoluta sobre nuestras vidas suelen pertenecer a instituciones que después gestionan otros silencios de forma muy distinta.

Estos días volvemos a escuchar noticias que producen una tristeza enorme: responsables religiosos que piden perdón mientras, al mismo tiempo, parecen más preocupados por contener el escándalo o controlar el relato que por acompañar honestamente a quienes han sido heridos. Y quienes hemos pasado media vida escondiéndonos reconocemos enseguida esa lógica. Sabemos perfectamente cómo funciona un sistema cuando considera peligrosa la verdad.

Por eso duele tanto escuchar determinadas palabras sobre pureza, escándalo o moral sexual mientras tantas otras cosas permanecen cuidadosamente protegidas bajo silencio.

Con los años he llegado a pensar que el verdadero problema nunca fue únicamente el sexo. El problema es el poder. Poder para decidir quién puede vivir a la luz y quién debe seguir oculto. Quién merece comprensión y quién será reducido siempre a una etiqueta moral.

En medio de esa habitación cerrada aparece Jesús.

Eso es lo que más me conmueve del relato.

No se queda fuera esperando a que abran. No exige valentía previa. No pide explicaciones. Simplemente atraviesa el miedo y se coloca en medio.

“Paz a vosotros”.

No sé si existe una frase más necesaria para tantas personas LGBTIQ+ creyentes.

Paz para quien creció sintiéndose defectuoso. Paz para quien todavía vive escondido. Paz para quienes continúan amando a una Iglesia que demasiadas veces solo parece tolerarlos mientras permanezcan invisibles.

Después sucede algo precioso: Jesús muestra las heridas.

No las tapa. No las disimula.

El Resucitado sigue herido.

Y ahí hay algo profundamente incómodo para la propia Iglesia. Porque una comunidad obsesionada con proteger apariencias, ocultar heridas o exigir silencio termina pareciéndose muy poco al Evangelio que anuncia.

Jesús resucitado no necesita esconder sus cicatrices para sostener la fe de los suyos.

Quizá por eso sigo aquí.

No porque ignore las contradicciones. Las veo demasiado bien. Tampoco porque todo deje de doler. Hay cosas que siguen doliendo muchísimo. Continúo aquí porque, incluso en medio de tantas sombras, sigo reconociendo una presencia que no coincide con ciertos discursos. La de un Jesús que nunca me pidió convertirme en otra persona para acercarme a Él.

Y quizá ahí empieza realmente la Resurrección.

No cuando desaparece el miedo de golpe, sino cuando descubres que ni siquiera el miedo puede impedirle entrar. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

septiembre 07, 2024

CXLVIII ¡ABRE EL CORAZÓN!


Sobre
 Marcos 7, 31-37


Uno de los significados de la palabra libertad es confianza. Otro es franqueza. Pero en el armario no puedes hablar confiadamente. En el armario no puedes significarte con franqueza. Porque siempre temes que alguien pueda hacerte daño, hacerte hueco, hacerte polvo. Hacerte un cero a la izquierda.

En el armario era incapaz de manifestarme con libertad. Con la libertad más básica, que es la que me hubiera permitido contar quién era y qué era, qué sentía, qué amaba, qué esperaba, qué soñaba. Esa libertad que a un lado y otro de mi familia, de mi pupitre, de mis amigos, de mi entorno del día a día desde que fui consciente de mi homosexualidad, veía cómo disfrutaban las demás personas mientras yo era incapaz de mover los labios y contar, decir, relatar, narrar y gritar hasta que mi garganta enrojeciera y mi voz se quebrara.


No hace mucho, alguien especulaba sobre el carácter reflexivo y a veces introvertido de muchas personas LGBTIQ+. Y probablemente sea esta la razón. Especialmente en las personas creyentes como era mi caso. Para mí no sólo los obstáculos sociales eran terribles, sino que además a ello se añadían la culpabilidad religiosa, el sentimiento de pecado y la amenaza de condenación. El catecismo aún afirma que las personas LGBTIQ+ mantenemos un comportamiento intrínsecamente desordenado. Entonces busqué en el diccionario qué es algo intrínseco, y se trata de lo que es interno, propio, característico, esencial, connatural, peculiar, privativo, íntimo, exclusivo, básico.

Así que... me hacían pensar que ser homosexual era algo (todo lo anterior) desordenado, y por eso tenía miedo a hablar y también por ello guardé silencio.


Orando la lectura de Marcos no me ha sido difícil ponerme delante de Jesús e imaginar cómo se sintió aquel hombre cuando el Maestro le tocó los oídos y la lengua recuperando los sentidos.

La consciencia de ser sordo es más sutil. Sé que si hubiera estado alerta ante los signos que Dios iba poniendo en mi vida, si le hubiera escuchado en vez de seguir lamentándome detrás de la puerta del armario, habría podido hablar antes.

Cuando Jesús pone su saliva en mi lengua es justo cuando mis oídos se disponen a escuchar. Siempre el canto de Oseas: Me llevó al desierto, me habló al corazón y le respondí. Escuché al Señor y contesté.


Los armarios los construyen los miedos: miedo a la crueldad y la impiedad de los hombres y también al Dios del Antiguo Testamento. Miedo a seres de carne y hueso que podrían hacer la vida imposible a quienes no se ajustan a los estereotipos marcados. Miedo al Dios que subscribe que el comportamiento de las personas LGBTIQ+ es naturalmente desordenado. El miedo a su vez engendra mudos que perpetúan vidas escondidas donde tendrán que ocultar sus verdades, desde donde no serán capaces de gritar quiénes son hasta que el Salvador los acaricie y les grite «¡effetá!, ¡ábrete!»


Cuando rompí mi armario y recobré la palabra, no llegué a tiempo de hablar y contar a mi madre todo eso que durante tantos años fui incapaz de balbucir porque era mudo. Esta triste sensación de llegar tarde es la que me empuja ahora a anunciar que Dios despeja los oídos y afina las voces, revela la salvación y hace libres a todas las personas, sin excepción.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Después salió de la región de Tiro, pasó de nuevo por Sidón y se dirigió al lago de Galilea atravesando la región de la Decápolis. Le llevaron un hombre sordo y tartamudo y le suplicaban que impusiera las manos sobre él. Lo tomó, lo apartó de la gente y, a solas, le metió los dedos en los oídos; después le tocó la lengua con saliva; levantó la vista al cielo, suspiró y le dijo: —Effatá, que significa ábrete. [Al punto] se le abrieron los oídos, se le soltó el impedimento de la lengua y hablaba normalmente. Les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más insistía, más lo pregonaban. Llenos de asombro comentaban: —Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos. 

julio 16, 2023

XXXIV EN SILENCIO

Sobre Marcos 7, 31-37


Uno de los significados de la palabra libertad es confianza y franqueza. En el armario no puedes hablar confiadamente. En el armario no puedes significarte con franqueza. Porque siempre temes que alguien pueda hacerte daño, hacerte hueco, hacerte polvo. Hacerte un cero a la izquierda.

En el armario era incapaz de manifestarme con libertad. Con la libertad más básica, que es la que me hubiera permitido contar quién era y qué era, qué sentía, qué amaba, qué esperaba, qué soñaba. Esa libertad que a un lado y otro de mi familia, de mi pupitre, de mis amigos, de mi entorno del día a día desde que fui consciente de mi homosexualidad, veía cómo disfrutaban las demás personas mientras yo era incapaz de mover los labios y contar, decir, relatar, narrar y gritar hasta que mi garganta enrojeciera y mi voz se quebrara.


No hace mucho alguien especulaba sobre el carácter reflexivo y a veces introvertido de muchas personas LGBTIQ+. Y probablemente sea esta la razón. Especialmente en las personas creyentes como era mi caso. Para mí no sólo los obstáculos sociales eran terribles, sino que además a ello se añadían la culpabilidad religiosa, el sentimiento de pecado y la amenaza de condenación. El catecismo aún afirma que las personas LGBTIQ+ mantenemos un comportamiento intrínsecamente desordenado. Entonces busqué en el diccionario qué es algo intrínseco, y se trata de lo que es interno, propio, característico, esencial, connatural, peculiar, privativo, íntimo, exclusivo, básico.

Así que... me hacían pensar que ser homosexual era algo (todo lo anterior) desordenado, y por eso tenía miedo a hablar y también por ello guardé silencio.


Orando la lectura de Marcos no me ha sido difícil ponerme delante de Jesús e imaginar cómo se sintió aquel hombre cuando el Maestro le tocó los oídos y la lengua recuperando los sentidos.

La consciencia de ser sordo es más sutil. Sé que si hubiera estado alerta ante los signos que Dios iba poniendo en mi vida, si le hubiera escuchado en vez de seguir lamentándome detrás de la puerta del armario, habría podido hablar antes.

Cuando Jesús pone su saliva en mi lengua es justo cuando mis oídos se disponen a escuchar. Siempre el canto de Oseas: Me llevó al desierto, me habló al corazón y le respondí. Escuché al Señor y contesté.


Los armarios los construyen los miedos: miedo a la crueldad y la impiedad de los hombres y también al Dios del Antiguo Testamento. Miedo a seres de carne y hueso que podrían hacer la vida imposible a quienes no se ajustan a los estereotipos marcados. Miedo al Dios que subscribe que el comportamiento de las personas LGBTIQ+ es naturalmente desordenado. El miedo a su vez engendra mudos que perpetúan vidas escondidas donde tendrán que ocultar sus verdades, desde donde no serán capaces de gritar quiénes son hasta que el Salvador los acaricie y les grite «¡effetá!, ¡ábrete!»


Cuando rompí mi armario y recobré la palabra, no llegué a tiempo de hablar y contar a mi madre todo eso que durante tantos años fui incapaz de balbucir porque era mudo. Esta triste sensación de llegar tarde es la que me empuja ahora a anunciar que Dios despeja los oídos y afina las voces, revela la salvación y hace libres a todas las personas, sin excepción.



Después salió de la región de Tiro, pasó de nuevo por Sidón y se dirigió al lago de Galilea atravesando la región de la Decápolis. Le llevaron un hombre sordo y tartamudo y le suplicaban que impusiera las manos sobre él. Lo tomó, lo apartó de la gente y, a solas, le metió los dedos en los oídos; después le tocó la lengua con saliva; levantó la vista al cielo, suspiró y le dijo: —Effatá, que significa ábrete. [Al punto] se le abrieron los oídos, se le soltó el impedimento de la lengua y hablaba normalmente. Les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más insistía, más lo pregonaban. Llenos de asombro comentaban: —Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos.