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septiembre 14, 2024

CXLIX JESÚS, ¿QUIÉN DICES QUE SOY YO?


Sobre
 Marcos 8, 27-35

«¿Quién decís vosotros que soy yo?» La pregunta que Jesús hace a sus amigos los deja trastornados. Y era necesaria, obviamente, porque quería saber en qué punto se encontraba y si, quienes estaban caminando junto a Él, tenían claro lo que implicaba andar por el sendero que habían iniciado. Hacía poco tiempo que Jesús había salido de su vida oculta, de su armario singular, en el que estuvo sin darse a conocer —que sepamos, según los evangelios— al menos desde la pista que nos da Lucas cuando narra que se perdió de sus padres con doce años, y lo encontraron en el Templo de Jerusalén sentado entre los maestros haciéndoles preguntas.


Él no estuvo escondido por temor a nada, sino porque todavía no había llegado el momento de darse a conocer.

Por el contrario, yo sí me oculté por miedo a ser excluido, despreciado, señalado y marcado, como le sucede a muchas personas LGBTIQ+ hoy. Todavía me apuré refugiándome muy al fondo del armario a causa de los condicionantes religiosos que agravan el sentimiento de culpabilidad hasta límites dolorosos, como también experimentan hoy en día muchas personas LGBTIQ+ cristianas.


La respuesta a la pregunta personal "¿quién creen (mi familia, mis amigos, mis compañeros, mis educadores y conocidos, ...) que soy yo"— era justamente la que me tenía paralizado. Estaba asustado por si ese dictamen fuera hiriente y traumático, y pudiera traducirse en consecuencias desoladoras, como había podido observar en otras personas. Un vecino de casa era abiertamente homosexual y los mayores nos advertían que no subiéramos a solas con él en el ascensor. Mi amigo Gonzalo tiene una inevitable pluma desde que era un crío, y las vejaciones y burlas en clase y los vestuarios eran continuas. No estaba dispuesto a arriesgarme tanto. Tenía miedo.


Por supuesto dentro del armario era imposible no enfrentarse a esa pregunta de Jesús tal cual. Y muchas veces reflexioné sobre ello. ¿Quién era Cristo para mí? Yo no había perdido la fe y nadie iba a echarme de la Iglesia mientras fuese capaz de guardar mi armario cerrado. Pero mi respuesta a su pregunta directa evolucionaba a medida que mi resentimiento —a causa del daño que me estaba haciendo el ingrediente religioso— crecía en mis tripas como la espuma. 


Jesús para mí llego a ser aquel por el que sus seguidores más piadosos rechazaban a las personas LGBTIQ+; Jesús era la razón de ser por la que los escribas y sacerdotes de nuestra época habían dejado escrito que mis actos son "intrínsecamente desordenados, contrarios a la ley natural y no pueden recibir aprobación en ningún caso" (Cfr. CCE 2357). Esa era finalmente mi respuesta enojada a la pregunta de Jesús. Es decir, Jesucristo cada vez era menos en mi vida.


Solamente cuando di otra vuelta a la pregunta y me interesé en saber quién decía Jesús que era yo, pude reconciliarme y comenzar a calmar el dolor. No fue un proceso fácil. Hubo un gran desierto. Pero ineludiblemente ahí estaba esperándome paciente, y en ese instante ocurrieron dos cosas: contesté afirmando que Él era el Mesías, El Salvador, el reencarnado por Dios hecho hombre también para mí, como para toda la humanidad sin excepción. Y la segunda cosa que sucedió es que alcancé el suficiente valor para salir del armario como hombre tal cual soy, pero sobre todo como hombre que cree en Dios, en el Dios de todas y de todos. Me gusta contar que el Señor me llevó al desierto y allí me sedujo, habló a mi corazón y le respondí, ese precioso texto de Oseas que me marcó para siempre.


Desapareció el resentimiento en la medida en que supe discernir entre lo que es cosa de Dios y lo que es cosa de los hombres. Dios evidentemente no ha escrito ese trágico y doloroso epígrafe del catecismo. Dios tampoco está en quienes agitando el signo de la Cruz siguen atacando incluso con violencia a las personas LGBTIQ+. Ese convencimiento de que Dios no tiene nada que ver porque de ninguna forma esos comportamientos y actitudes son obra suya, me ha permitido también perdonar. Al separar a Dios de todo eso quedan al descubierto los hombres, y puedo perdonar a cualquier ser humano con mayor o menor esfuerzo. Finalmente, al desaparecer el resentimiento también se esfuma el sentimiento de víctima. Queda una profunda paz liberadora.


Contemplar este texto de Marcos, situarme allí y observar la escena con los cinco sentidos, me sobrecoge porque actualiza su pregunta en mí, la escucho, veo las dudas de los discípulos como las propias mías, y soy testigo de cómo se remueve Pedro cuando oye de boca de Jesús quién es realmente Él y cuánto ha de suceder. Confirmo mi deseo de conocer internamente a Cristo que se ha hecho hombre por mí, para más amarle y seguirle. Cristo, que me quiere como soy, sin condiciones. La voz de Jesús es firme y dulce a la vez. Invita a la libertad, a confiar, a dejarse hacer en sus manos. Así que cuando dice que quien quiera ir con Él ha de tomar su cruz, me acuerdo de cuántas otras cargué sin contar con sus brazos y me imagino lo bueno que será compartir con Él ese leño todo el tiempo que haga falta.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Jesús emprendió el viaje con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Felipe. Por el camino preguntó a los discípulos: —¿Quién dice la gente que soy yo? Le respondieron: —Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que uno de los profetas. Él les preguntó: —Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro: —Tú eres el Mesías. Entonces les ordenó que a nadie hablaran de esto. Y empezó a explicarles que aquel Hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los senadores, los sumos sacerdotes y los letrados, sufrir la muerte y después de tres días resucitar. Les hablaba con franqueza. Pero Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo. Mas él se volvió y, viendo a los discípulos, reprendió a Pedro: —¡Aléjate de mi vista, Satanás! Tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios. Y llamando a la gente con los discípulos, les dijo: —Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Quien se empeñe en salvar su vida, la perderá; quien la pierda por mí y por la Buena Noticia, la salvará. 

agosto 10, 2024

CXLIV ¿QUÉ MURMURÁIS?


Sobre
 Juan 6, 41-50


De niño mi oración era sencilla. Supongo que inocente e ingenua. De esos años y en ese aspecto prácticamente no guardo ningún recuerdo importante. Solo cuando empecé a ser consciente de mi homosexualidad mi oración personal abandonó esa simplicidad de la niñez. Sobre todo al comprender que ser como soy era algo inevitable. En ese momento —aunque todavía no era ni mucho menos un adulto— la oración se hizo seria y dramática.

Entonces empecé a orar pidiendo a Dios que me hiciera diferente, que me quitara de raíz esos sentimientos y esos deseos, y que me transformara en un chaval como mis amigos, como otros chicos que conocía y ya empezaban a hablar de chicas, a relacionarse con ellas, y también comenzaban a burlarse de otros que eran homosexuales y habían sido reconocidos o delatados.


Rezaba para que Dios me curara y quitase de mí este pecado del que tantas veces me hablaban, que sería la causa de mi perdición, de mi entrada directa al infierno. Rezaba también para que nadie sospechara de mí, para que este fuera mi secreto inconfesable, pero secreto al fin y al cabo.

Mi oración se hizo interior, intima, reflexiva y, por eso, oculta y reservada. Envidiaba a quienes compartían sus rezos, preces o agradecimientos a Dios de forma espontánea y sincera en la eucaristía y otros encuentros. Yo no podía nombrar mis peticiones al Padre sin temor a escandalizar o —aún peor descubrirme. En las celebraciones me quedaba bloqueado aún cuando estaba deseando explotar y contarlo todo para descansar.


Dentro del armario te haces cobarde. El miedo se acrecienta, pese a estar bien oculto. Como el ladrón que siempre teme ser atrapado. Y cuando se es un adolescente ahogado en las propias dudas, incapaz de comunicarse, creído en que fallaba a todo el mundo y se arruinaba ante Dios, lo más fácil es fracasar también consigo mismo y llegar al límite.

Es curioso que ese momento dramático venga a mí con tanta frecuencia últimamente. Sé que, aunque no sirvió para romper el armario, tras aquello empecé a buscar al Padre con la certeza de que lo encontraría, y la seguridad de que sería Él quien me ayudaría a salir y me empujaría a poder ser yo mismo. Aún quedaría mucho para ese momento, un largo camino de desierto, pero es otra historia. Mientras tanto comencé a devorar las Escrituras, buscando razones para avalar mi certeza de que Dios me quería tal como era y que ser así no era malo a sus ojos.


El texto de Juan 6 me gustaba especialmente. Las palabras de Jesús acerca de quienes no le aceptaban y murmuraban sobre Él me parecían muy cercanas y esa experiencia me era familiar. Además me parecía muy curioso que quienes dudaban de Jesús lo hicieran precisamente porque conocían a sus padres y, por tanto, dudaban de su divinidad. Esa defensa de la humanidad que Jesús hace de sí mismo me hacía más fuerte en mi fragilidad. Su humanidad me confortaba y refrescaba la memoria de que compartíamos el mismo Padre.

Este pasaje me atrajo durante mucho tiempo porque me daba pistas para acercarme a Jesús a través de Dios. Orar al Padre para que me diera a conocer a Jesús me permitió ahondar en su humanidad, sobre la que aquellos fariseos murmuraban, la humanidad que compartía con el propio Jesús, humanidad que me hacía débil y quebradizo, poseedor de defectos y valores y también de mi identidad homosexual, obra del Padre como de cualquier otro rincón de mí mismo.


Y aún más, este texto de Juan me cautivaba porque en aquellos años tenia auténtica hambre de Dios, y cuando leía que Él era el pan de vida me invadía una paz intensa que creció hasta convertirse en una convicción que nunca me abandonó, ni siquiera en los momentos más oscuros.

Ahora entiendo bien qué significaba para Jesús no renunciar a su humanidad. Su decisión me invitó a no renegar de lo que yo soy, a ponerlo en valor, a reconocer la obra de Dios en todo mi ser. En definitiva, a apreciar que su pan de vida es alimento que me sostiene y me empuja a anunciar su bondad para que todas y todos, sean como sean, crean en Él.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



Los judíos murmuraban porque había dicho que era el pan bajado del cielo; y decían: —¿No es éste Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice que ha bajado del cielo? Jesús les dijo: —No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí si antes no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré el último día. Los profetas han escrito que todos serán discípulos de Dios. Quien escucha al Padre y aprende vendrá a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino el que está junto al Padre; ése ha visto al Padre. Os aseguro que quien cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que quien coma de él no muera. 

julio 17, 2023

XXXV ¿QUIÉN DECÍS QUE SOY?

Sobre Marcos 8, 27-35

«¿Quién decís vosotros que soy yo?» La pregunta que Jesús hace a sus amigos los deja trastornados. Y era precisa, obviamente, porque necesitaba saber en qué punto se encontraba y si quienes estaban caminando junto a Él tenían claras las cosas. Hacía poco tiempo que Jesús había salido de su vida oculta, de su armario particular, en el que estuvo sin darse a conocer —según los evangelios— desde la pista que nos da Lucas cuando cuenta que se perdió de sus padres con doce años, y lo encontraron en el Templo de Jerusalén sentado entre los maestros haciéndoles preguntas.


Él no estuvo escondido por miedo a nada, sino porque aún no había llegado el momento de darse a conocer.

Yo sí me oculté por miedo a ser excluido, despreciado, señalado y marcado, como le sucede a muchas personas LGBTIQ+ ahora. Y todavía estuve más al fondo del armario a causa de los condicionantes religiosos que agravan el sentimiento de culpabilidad hasta límites dolorosos, como también experimentan hoy en día muchas personas LGBTIQ+ cristianas.


La respuesta a la pregunta personal "¿quién creen (mi familia, mis amigos, mis compañeros, mis educadores y conocidos, ...) que soy yo"— era justamente la que me tenía paralizado. Estaba asustado por si ese dictamen fuera hiriente y traumático, y pudiera traducirse en consecuencias desoladoras, como había podido observar en otras personas. Un vecino de casa era abiertamente homosexual y los mayores nos advertían que no subiéramos a solas con él en el ascensor. Mi amigo Gonzalo tiene una inevitable pluma desde que era un crío, y las vejaciones y burlas en clase y los vestuarios eran continuas. No estaba dispuesto a arriesgarme tanto. Tenía miedo.


Por supuesto dentro del armario era imposible no enfrentarse a esa pregunta de Jesús tal cual. Y muchas veces reflexioné sobre ello. ¿Quién era Cristo para mí? Yo no había perdido la fe y nadie iba a echarme de la Iglesia mientras fuese capaz de guardar mi armario cerrado. Pero mi respuesta a su pregunta directa evolucionaba a medida que mi resentimiento —a causa del daño que me estaba haciendo el ingrediente religioso— crecía en mis tripas como la espuma. Jesús para mí llego a ser aquel por el que sus seguidores más piadosos rechazaban a las personas LGBTIQ+; Jesús era la razón de ser por la que los escribas y sacerdotes de nuestra época habían dejado escrito que mis actos son "intrínsecamente desordenados, contrarios a la ley natural y no pueden recibir aprobación en ningún caso" (Cfr. CCE 2357). Esa era finalmente mi respuesta enojada a la pregunta de Jesús. Es decir, Jesucristo cada vez era menos en mi vida.


Solamente cuando di otra vuelta a la pregunta y me interesé en saber quién decía Jesús que era yo, pude reconciliarme y comenzar a calmar el dolor. No fue un proceso fácil. Hubo un gran desierto. Pero ineludiblemente ahí estaba esperándome paciente, y en ese instante ocurrieron dos cosas: contesté afirmando que Él era el Mesías, El Salvador, el reencarnado por Dios hecho hombre también para mí, como para toda la humanidad sin excepción. Y la segunda cosa que sucedió es que alcancé el suficiente valor para salir del armario como hombre tal cual soy, pero sobre todo como hombre que cree en Dios, en el Dios de todas y de todos. Me gusta contar que el Señor me llevó al desierto y allí me sedujo, habló a mi corazón y le respondí, ese precioso texto de Oseas que me marcó para siempre.


Desapareció el resentimiento en la medida en que supe discernir entre lo que es cosa de Dios y lo que es cosa de los hombres. Dios evidentemente no ha escrito ese trágico y doloroso epígrafe del catecismo. Dios tampoco está en quienes agitando el signo de la Cruz siguen atacando incluso con violencia a las personas LGBTIQ+. Ese convencimiento de que Dios no tiene nada que ver porque de ninguna forma esos comportamientos y actitudes son obra suya, me ha permitido también perdonar. Al separar a Dios de todo eso quedan al descubierto los hombres, y puedo perdonar a cualquier ser humano con mayor o menor esfuerzo. Finalmente, al desaparecer el resentimiento también se esfuma el sentimiento de víctima. Queda una profunda paz liberadora.


Contemplar este texto de Marcos, situarme allí y observar la escena con los cinco sentidos, me sobrecoge porque actualiza su pregunta en mí, la escucho, veo las dudas de los discípulos como las propias mías, y soy testigo de cómo se remueve Pedro cuando oye de boca de Jesús quién es realmente Él y cuánto ha de suceder. Confirmo mi deseo de conocer internamente a Cristo que se ha hecho hombre por mí, para más amarle y seguirle. Cristo que me quiere como soy, sin condiciones. La voz de Jesús es firme y dulce a la vez. Invita a la libertad, a confiar, a dejarse hacer en sus manos. Así que cuando dice que quien quiera ir con Él ha de tomar su cruz, me acuerdo de cuántas otras cargué sin contar con sus brazos y me imagino lo bueno que será compartir con Él ese leño todo el tiempo que haga falta.



Jesús emprendió el viaje con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Felipe. Por el camino preguntó a los discípulos: —¿Quién dice la gente que soy yo? Le respondieron: —Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que uno de los profetas. Él les preguntó: —Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro: —Tú eres el Mesías. Entonces les ordenó que a nadie hablaran de esto. Y empezó a explicarles que aquel Hombre tenía que padecer mucho, ser rechazado por los senadores, los sumos sacerdotes y los letrados, sufrir la muerte y después de tres días resucitar. Les hablaba con franqueza. Pero Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo. Mas él se volvió y, viendo a los discípulos, reprendió a Pedro: —¡Aléjate de mi vista, Satanás! Tus pensamientos son los de los hombres, no los de Dios. Y llamando a la gente con los discípulos, les dijo: —Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Quien se empeñe en salvar su vida, la perderá; quien la pierda por mí y por la Buena Noticia, la salvará. 

julio 12, 2023

XXX NO MURMURÉIS

Sobre Juan 6, 41-50


De niño mi oración era sencilla. Supongo que inocente e ingenua. De esos años y en ese aspecto prácticamente no guardo ningún recuerdo importante. Solo cuando empecé a ser consciente de mi homosexualidad mi oración personal abandonó esa simplicidad de la niñez. Sobre todo al comprender que era algo inevitable. En ese momento —aunque todavía no era ni mucho menos un adulto— la oración se hizo seria y dramática.

Entonces empecé a orar pidiendo a Dios que me hiciera diferente, que me quitara de raíz esos sentimientos y esos deseos, y que me transformara en un chaval como mis amigos, como otros chicos que conocía y ya empezaban a hablar de chicas, a relacionarse con ellas, y también comenzaban a burlarse de otros que eran homosexuales y habían sido reconocidos o delatados.

Rezaba para que Dios me curara y quitase de mí este pecado del que tantas veces me hablaban, que sería la causa de mi perdición, de mi entrada directa al infierno. Rezaba también para que nadie sospechara de mí, para que este fuera mi secreto inconfesable pero secreto al fin y al cabo.

Mi oración se hizo interior, intima, reflexiva. También oculta y reservada. Envidiaba a quienes compartían sus rezos, preces o agradecimientos a Dios de forma espontánea y sincera. Yo no podía nombrar mis peticiones al Padre sin temor a escandalizar o —aún peor revelarme. En las celebraciones me quedaba bloqueado aún cuando estaba deseando explotar y contarlo todo para descansar.

Dentro del armario te haces cobarde. El miedo se acrecienta. Y cuando se es un adolescente ahogado en las propias dudas, incapaz de comunicarse, creído en que fallaba a todo el mundo y fallaba a Dios, lo más fácil es fallarse también a sí mismo y llegar al límite.

Es curioso que ese momento dramático venga a mí con tanta frecuencia últimamente. Sé que, aunque no sirvió para romper el armario, tras aquello empecé a buscar a Dios con la certeza de que lo encontraría, y la seguridad de que sería Él quien me ayudaría a salir y me empujaría a poder ser yo mismo. Aún quedaría mucho para ese momento, un largo camino de desierto, pero es otra historia. Mientras tanto comencé a devorar las Escrituras, buscando razones para avalar mi certeza de que Dios me quería tal como era y que ser así no era malo a sus ojos.

El texto de Juan 6 me gustaba especialmente. Las palabras de Jesús acerca de quienes no le aceptaban y murmuraban sobre Él me parecían muy cercanas y esa experiencia me era familiar. Además me parecía muy curioso que quienes dudaban de Jesús lo hicieran precisamente porque conocían a sus padres y, por tanto, dudaban de su divinidad. Esa defensa de la humanidad que Jesús hace de sí mismo me hacía más fuerte en mi fragilidad. Su humanidad me confortaba y refrescaba la memoria de que compartíamos el mismo Padre.

Este pasaje me atrajo durante mucho tiempo porque me daba pistas para acercarme a Jesús a través de Dios. Orar al Padre para que me diera a conocer a Jesús me permitió ahondar en su humanidad, sobre la que aquellos fariseos murmuraban, la humanidad que compartía con el propio Jesús, humanidad que me hacía débil y quebradizo, poseedor de defectos y valores y también de mi identidad homosexual, obra del Padre como de cualquier otro rincón de mí mismo.

Y aún más, este texto de Juan me cautivaba porque en aquellos años tenia auténtica hambre de Dios, y cuando leía que Él era el pan de vida me invadía una paz intensa que creció hasta convertirse en una convicción que nunca me abandonó, ni siquiera en los momentos más oscuros.

Ahora entiendo bien qué significaba para Jesús no renunciar a su humanidad. Su decisión me invitó a no renegar de lo que yo soy, a ponerlo en valor, a reconocer la obra de Dios en todo mi ser. En definitiva, a apreciar que su pan de vida es alimento que me sostiene y me empuja a anunciar su bondad para quienes sean como sean crean en Él.



Los judíos murmuraban porque había dicho que era el pan bajado del cielo; y decían: —¿No es éste Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo dice que ha bajado del cielo? Jesús les dijo: —No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí si antes no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré el último día. Los profetas han escrito que todos serán discípulos de Dios. Quien escucha al Padre y aprende vendrá a mí. No es que alguien haya visto al Padre, sino el que está junto al Padre; ése ha visto al Padre. Os aseguro que quien cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Éste es el pan que baja del cielo, para que quien coma de él no muera.