Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Mujer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mujer. Mostrar todas las entradas

diciembre 22, 2024

CLXIII HACERNOS MUJERES


Sobre
 Lucas 1, 39-45


Leí en algún lugar que los hombres LGBTIQ+ mantenemos una relación singular con nuestras madres, más que con nuestros padres. No sé si hay alguna base científica en esa afirmación. Pero es verdad que, desde siempre, mi madre y yo nos servimos de un código de comunicación no verbal, mediante el que ella sabía perfectamente lo que me pasaba en cada momento. 

No supe valerme de esa suerte de confianza que me ofreció a la hora de compartir con ella cómo me sentía, mientras que mi madre mostró siempre un respeto casi sagrado a mis silencios. Incluso en los momentos complicados, ella supo estar a mi lado ofreciéndose a todo, también ante mi terca reserva. Estoy seguro de que ni mi padre ni mis hermanos sospecharon de nada de lo que me sucedía, gracias a su prudencia.

Porque, desde que puedo acordarme, siempre tuve la certeza de que mi madre sabía que yo era gay. Nunca me atreví a preguntárselo. De hecho jamás mantuvimos una conversación sobre el tema, ni siquiera a mis dieciséis años, cuando perdí el rumbo. Nunca charlamos, probablemente más a causa de mis temores que por otra razón. Seguro que ella estaba deseando hablarlo. Y ahora me arrepiento de no haberlo hecho.

Cuando salí del armario ya era tarde.


Fui su primer hijo. Imagino que sentirme en su vientre supuso para ella una gran ilusión, además de crearle incertidumbres, miedos, temores. Pero por encima de cualquier otra cosa, estoy seguro de que cada vez que me movía y me sentía vivo, su felicidad compensaba todo lo demás.

Estoy convencido de que, igual que le sucedió a María con Isabel, mi madre estaría deseando compartir la noticia de su primer embarazo. Claro que yo no iba a ser ningún Mesías, pero para mi madre era su primer hijo, y una buena nueva que deseaba contar a todo el mundo. No había nada más grande que comunicar y celebrar. Para ella, bendito era su vientre.


Mi madre -junto a mi padre- me educó en la fe cristiana. No fue especialmente insistente para que cumpliera los preceptos, sino más bien supo despertar mi fe en la misma medida que me ofrecía la libertad de elegir. Estudié con los claretianos, y en ellos encontré un estilo evangelizador basado en que Dios era padre por encima de todo, y nos quería efectivamente libres. Y algo más, que marcó mi fe sin duda alguna: María.

Cuando mi identidad sexual fue evidente para mí y surgieron las grandes crisis de fe, la única que permaneció inalterable y a quien nunca renuncié fue María. Había muchas cosas que me atraían de ella, pero lo que más me emocionaba era su confianza en la voluntad de Dios. En mis oraciones de adolescente, de joven, habitualmente rogaba al Padre que me hiciera "normal", porque ser homosexual me producía mucho sufrimiento. No precisamente por serlo sino por el rechazo y la exclusión que percibía y que si no experimenté directamente hasta entonces fue gracias a mi eficaz armario, donde aparentaba con éxito ser quien no era. Aprendí a terminar mi oración con una breve frase: hágase tu voluntad.

No creo que nunca consiga alcanzar a confiar como lo hizo María, tan segura de que Dios siempre estaría ahí. Pero esta corta oración, que la misma madre de Jesús pronunció ante el ángel Gabriel, me hace estar tranquilo, dejándome hacer, descansando en el Padre, con la certeza de que todo lo que va sucediendo en mi historia tiene un sentido desde Dios.


María, mi madre, mujeres fuertes, lo son sin haber perdido sus papeles de actrices secundarias en la historia de la humanidad, pese a que sin ellas nada habría sido posible. La situación de la mujer en la sociedad sigue siendo precaria en relación al varón, aún tras una evolución significativamente positiva en cuanto a derechos. En la Iglesia la mujer está singularmente vetada, como si sus talentos fueran menores o simplemente fuesen incapaces de asumir las mismas responsabilidades que los hombres.

Las personas LGBTIQ+ cristianas no podemos ser cómplices de esa actitud patriarcal. Desde nuestra particular posición en las fronteras de la Iglesia, es necesario que nos hagamos mujeres, nos incorporemos a su manera de sentir a Dios, notemos cómo nuestro vientre salta de alegría y brota de nuestros corazones la confianza en la voluntad de Dios, Padre bueno.



© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com



En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: "¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá." 

octubre 05, 2024

CLII LA MUJER


Sobre
 Marcos 10, 2-16



Cuando estaba en el armario, siempre puse al mismo nivel a las personas divorciadas y a las homosexuales. Quizá porque observaba que con ellos se aplicaban los mismos criterios de falta de misericordia que percibía se empleaban con las personas LGBTIQ+. Sin tener nada que ver un tema con otro, homosexuales y personas divorciadas coincidimos en las pesadas cargas que se nos imponen para alcanzar el Reino de Dios. Al menos esa era también mi percepción cuando estaba dentro del armario. Y hoy esa apreciación sólo cambia porque me hago consciente de algo fundamental: alcanzar el Reino de Dios no depende tanto de la doctrina moral de la Iglesia como de la actitud personal ante las circunstancias vitales. Es decir, que lo importante no es lo que diga la tradición, sino cómo traduzco la Palabra de Dios a mi vida y cómo pongo en práctica el Evangelio desde mí hacia las personas que me rodean.


Esta lectura de Marcos —como la paralela de Mateo— ha sido desde siempre una de las armas arrojadizas contra las personas divorciadas. Igual que otras son típicas en los argumentos bíblicos contra las personas LGBTIQ+. Tanto la exégesis como la hermenéutica actuales desmontan esas tesis que envían al infierno —como dice un obispo español— a hombres o mujeres divorciadas y a personas LGBTIQ+ por igual.

La idea de ir al infierno me es familiar. Durante buena parte de mi vida hicieron que creyese que acabaría allí. En mi imaginación infantil fantaseaba con que habría una zona inmensa repleta de homosexuales y divorciados. Cuando me convertí en adulto esa figuración del infierno me hacía sonreír por imposible. Siendo un crío me causaba miedo y angustia.


En tiempos de Jesús el divorcio existía. Pero era un derecho del hombre. La mujer no podía separarse de su marido salvo por extrañas razones que pocas veces eran demostrables. Sin embargo, el hombre podía divorciarse de su mujer por cualquier cosa: porque no supiera cocinar, porque tardara en darle hijos, porque sólo diera hijas. O porque encontraba otra más joven y más guapa; entonces disfrazaba sus razones con cualquier nimiedad, que sería dada por buena y el divorcio se llevaría a cabo con la bendición del Rabí. En verdad el hombre podía divorciarse cuando quisiera y repudiar a su esposa cambiándola por otra como se mudaba de ropa. La sociedad judía se basaba en un patriarcado masculino y machista que no dejaba lugar a la mujer. El varón copaba los puestos de decisión y poder y superaba con creces los derechos sobre las mujeres, hasta alienarlos completamente.

En medio de esa realidad los fariseos tienden a Jesús una trampa preguntándole su opinión sobre si era lícito que el marido se separara de su esposa.


La respuesta de Jesús está claramente dirigida a poner en valor a la mujer. Para ello les recuerda el relato de la creación en la que se cuenta cómo Dios creó iguales a varón y hembra. No puso a la mujer al servicio del hombre, ni por debajo del hombre, sino en planos similares, igualmente dignos. Jesús rompe la tradición que impone el control del hombre sobre la mujer, y a la pregunta directa de los fariseos —«¿le es lícito al marido separarse de su mujer?»— responde claramente que hombre y mujer ya no son dos sino uno solo, por lo que no es lo que diga el varón, sino que debe ser una sola voz. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.


Visto esto, la doctrina moral de la Iglesia con respecto al divorcio es fruto de una interpretación discutible de la Palabra, unido a la perpetuación de una tradición que no se inició hasta la segunda mitad del primer milenio después de Cristo, y que se mantiene hasta hoy. Se sabe que el papa Gregorio II admitía el divorcio hacia el siglo VII, igual que hay datos que prueban la existencia de uniones de personas del mismo sexo en las primeras comunidades cristianas, hasta entrado el siglo XIII. Pero dejando a un lado cualquier argumento y sea cual sea la explicación que quiera dársele, lo que Jesús plantea a los fariseos es la necesidad de transformar una sociedad hetero-machista por otra que trate en un mismo plano de igualdad de derechos y dignidad tanto al hombre como a la mujer. Ese debate creo que sigue abierto. Nuestro mundo ha dado muchísimos pasos y la mujer ha ganado todos los derechos en muchos países, pero incluso en el nuestro -donde hombre y mujer ante la ley son exactamente iguales- queda por hacer tanto que a veces se echa de menos un compromiso palpable por parte, en especial, de los cristianos.


¿Y por qué tras la oración personal sobre esta lectura tengo tan claro que falta un compromiso manifiesto por parte de los cristianos? Contemplando el texto de Marcos observaba a los fariseos buscando cómo pillar un fallo a Jesús, presentía a algunas personas observando, veía a los discípulos… incluso después a los niños con Jesús. Pero no notaba la presencia de ninguna mujer. Sin embargo estaban representadas en el Maestro. En realidad Jesús era la imagen de todas las mujeres y su voz. Por eso estamos llamados a mantener ese compromiso de Jesús por construir una sociedad libre de desigualdades. Ser un poco ellas con Él.


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Llegaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron: —¿Puede un hombre repudiar a su mujer? Les contestó: —¿Qué os mandó Moisés? Respondieron: —Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla. Jesús les dijo: —Porque sois obstinados Moisés escribió semejante precepto. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer, y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, [se une a su mujer] y los dos se hacen una sola carne. De suerte que ya no son dos, sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Una vez en casa, los discípulos le preguntaron de nuevo acerca de aquello. Él les dijo: —Quien repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio contra la primera. Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio. Le traían niños para que los tocara, y los discípulos los reprendían. Jesús, al verlo, se enfadó y dijo: —Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, porque el reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Os aseguro, el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y los acariciaba y bendecía imponiendo las manos sobre ellos. 

julio 26, 2023

XLVII HACERNOS MUJERES

Sobre Lucas 1, 39-45


Dicen que las personas LGBTIQ+, especialmente los chicos, mantenemos una relación singular con nuestras madres. No puedo concretarlo en nada pero es verdad que, desde siempre, mi madre y yo nos servimos de un código de comunicación no verbal, según el cual ella sabía perfectamente lo que me pasaba en cada momento. No supe valerme de esa suerte de confianza que me ofreció a la hora de compartir con ella cómo me sentía, mientras que mi madre mostró siempre un respeto casi sagrado a mis silencios. Incluso en los momentos complicados, ella supo estar a mi lado ofreciéndose a todo, también ante mi terca reserva. Estoy seguro de que ni mi padre ni mis hermanos sospecharon de nada de lo que me sucedía, gracias a su prudencia.

Con todo, desde que puedo acordarme siempre tuve la certeza de que mi madre sabía que yo era gay. Nunca me atreví a preguntárselo. De hecho jamás mantuvimos una conversación sobre el tema, ni siquiera a mis dieciséis años, cuando perdí el rumbo. Nunca charlamos, probablemente más a causa de mis temores que por otra razón. Seguro que ella estaba deseando hablarlo. Y ahora me arrepiento de no haberlo hecho.

Cuando salí del armario ya era tarde.


Fui su primer hijo. Imagino que sentirme en su vientre supuso para ella una gran ilusión, además de crearle incertidumbres, miedos, temores. Pero por encima de cualquier otra cosa, estoy seguro de que cada vez que me movía y me sentía vivo, su felicidad compensaba todo lo demás.

Estoy convencido de que, igual que le sucedió a María con Isabel, mi madre estaría deseando compartir la noticia de su primer embarazo. Claro que yo no iba a ser ningún Mesías, pero para mi madre era su primer hijo, y una buena nueva que deseaba contar a todo el mundo. No había nada más grande que comunicar y celebrar. Para ella, bendito era su vientre.


Mi madre -junto a mi padre- me educó en la fe cristiana. No fue especialmente insistente para que cumpliera los preceptos, sino más bien supo despertar mi fe en la misma medida que me ofrecía la libertad de elegir. Estudié con los claretianos, y en ellos encontré un estilo evangelizador basado en que Dios era padre por encima de todo, y nos quería efectivamente libres. No era un juez que castiga sino un padre que ama. Y algo más, que marcó mi fe sin duda alguna: María.

Cuando mi identidad sexual fue evidente para mí y surgieron las grandes crisis de fe, la única que permaneció inalterable y a quien nunca renuncié fue María. Había muchas cosas que me atraían de ella, pero lo que más me emocionaba era su confianza en la voluntad de Dios. En mis oraciones de adolescente, de joven, habitualmente rogaba al Padre que me hiciera "normal", porque ser homosexual me producía mucho sufrimiento. No precisamente por serlo sino por el rechazo y la exclusión que percibía y que si no experimenté directamente hasta entonces fue gracias a mi eficaz armario, donde aparentaba con éxito ser quien no era. Aprendí a terminar mi oración con una breve frase: hágase tu voluntad.

No creo que nunca consiga alcanzar a confiar como lo hizo María, tan segura de que Dios siempre estaría ahí. Pero esta corta oración, que la misma madre de Jesús pronunció ante el ángel Gabriel, me hace estar tranquilo, dejándome hacer, descansando en el Padre, con la certeza de que todo lo que va sucediendo en mi historia tiene un sentido desde Dios.


María, mi madre, mujeres fuertes, lo son sin perder su papel secundario en la historia, pese a que sin ellas nada habría sido posible. La situación de la mujer en la sociedad sigue siendo precaria en relación al varón, aún tras una evolución significativamente positiva en cuanto a derechos. En la Iglesia la mujer está singularmente vetada, como si sus talentos fueran menores o simplemente fuesen incapaces de asumir las mismas responsabilidades que los hombres.

Las personas LGBTIQ+ cristianas no podemos ser cómplices de esa actitud patriarcal. Desde nuestra particular posición en las fronteras de la Iglesia, es necesario que nos hagamos mujeres, nos incorporemos a su manera de sentir a Dios, notemos cómo nuestro vientre salta de alegría y brota de nuestros corazones la confianza en la voluntad de Dios, Padre bueno.



En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: "¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá."

julio 20, 2023

XXXVIII LA MUJER

Sobre Marcos 10, 2-16



En el armario, siempre puse al mismo nivel a las personas divorciadas y a las homosexuales. Quizá porque observaba que con ellos se aplicaban los mismos criterios de falta de misericordia que percibía se empleaban con las personas LGBTIQ+. Sin tener nada que ver un tema con otro, homosexuales y personas divorciadas coincidimos en las pesadas cargas que se nos imponen para alcanzar el Reino de Dios. Al menos esa era también mi percepción cuando estaba dentro del armario. Y hoy esa apreciación sólo cambia porque me hago consciente de algo fundamental: alcanzar el Reino de Dios no depende tanto de la doctrina moral de la Iglesia como de la actitud personal ante las circunstancias vitales. Es decir, que lo importante no es lo que diga la tradición, sino cómo traduzco la Palabra de Dios a mi vida y cómo pongo en práctica el Evangelio desde mí hacia las personas que me rodean.


Esta lectura de Marcos —como la paralela de Mateo— ha sido desde siempre una de las armas arrojadizas contra las personas divorciadas. Igual que otras son típicas en los argumentos bíblicos contra las personas LGBTIQ+. Tanto la exégesis como la hermenéutica actuales desmontan esas tesis que envían al infierno —como dice un obispo español— a hombres o mujeres divorciadas y a personas LGBTIQ+ por igual.

La idea de ir al infierno me es familiar. Durante buena parte de mi vida hicieron que creyese que acabaría allí. En mi imaginación infantil fantaseaba con que habría una zona inmensa repleta de homosexuales y divorciados. Cuando me convertí en adulto esa figuración del infierno me hacía sonreír por imposible. Siendo un crío me causaba miedo y angustia.


En tiempos de Jesús el divorcio existía. Pero era un derecho del hombre. La mujer no podía separarse de su marido salvo por extrañas razones que pocas veces eran demostrables. Sin embargo, el hombre podía divorciarse de su mujer por cualquier cosa: porque no supiera cocinar, porque tardara en darle hijos, porque sólo diera hijas. O porque encontraba otra más joven y más guapa; entonces disfrazaba sus razones con cualquier nimiedad, que sería dada por buena y el divorcio se llevaría a cabo con la bendición del Rabí. En verdad el hombre podía divorciarse cuando quisiera y repudiar a su esposa cambiándola por otra como se mudaba de ropa. La sociedad judía se basaba en un patriarcado masculino y machista que no dejaba lugar a la mujer. El varón copaba los puestos de decisión y poder y superaba con creces los derechos sobre las mujeres, hasta alienarlos completamente.

En medio de esa realidad los fariseos tienden a Jesús una trampa preguntándole su opinión sobre si era lícito que el marido se separara de su esposa.


La respuesta de Jesús está claramente dirigida a poner en valor a la mujer. Para ello les recuerda el relato de la creación en la que se cuenta cómo Dios creó iguales a varón y hembra. No puso a la mujer al servicio del hombre, ni por debajo del hombre, sino en planos similares, igualmente dignos. Jesús rompe la tradición que impone el control del hombre sobre la mujer, y a la pregunta directa de los fariseos —«¿le es lícito al marido separarse de su mujer?»— responde claramente que hombre y mujer ya no son dos sino uno solo, por lo que no es lo que diga el varón, sino que debe ser una sola voz. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.


Visto esto, la doctrina moral de la Iglesia con respecto al divorcio es fruto de una interpretación discutible de la Palabra, unido a la perpetuación de una tradición que no se inició hasta la segunda mitad del primer milenio después de Cristo, y que se mantiene hasta hoy. Se sabe que el papa Gregorio II admitía el divorcio hacia el siglo VII, igual que hay datos que prueban la existencia de uniones de personas del mismo sexo en las primeras comunidades cristianas, hasta entrado el siglo XIII. Pero dejando a un lado cualquier argumento y sea cual sea la explicación que quiera dársele, lo que Jesús plantea a los fariseos es la necesidad de transformar una sociedad hetero-machista por otra que trate en un mismo plano de igualdad de derechos y dignidad tanto al hombre como a la mujer. Ese debate creo que sigue abierto. Nuestro mundo ha dado muchísimos pasos y la mujer ha ganado todos los derechos en muchos países, pero incluso en el nuestro -donde hombre y mujer son exactamente iguales- queda por hacer tanto que a veces se echa de menos un compromiso palpable por parte, en especial, de los cristianos.


¿Y por qué tras la oración personal sobre esta lectura tengo tan claro que falta un compromiso manifiesto por parte de los cristianos? Contemplando el texto de Marcos observaba a los fariseos buscando cómo pillar un fallo a Jesús, presentía a algunas personas observando, veía a los discípulos… incluso después a los niños con Jesús. Pero no notaba la presencia de ninguna mujer. Sin embargo estaban representadas en el Maestro. En realidad Jesús era la imagen de todas las mujeres y su voz. Por eso estamos llamados a mantener ese compromiso de Jesús por construir una sociedad libre de desigualdades. Ser un poco ellas con Él.



Llegaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron: —¿Puede un hombre repudiar a su mujer? Les contestó: —¿Qué os mandó Moisés? Respondieron: —Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla. Jesús les dijo: —Porque sois obstinados Moisés escribió semejante precepto. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer, y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, [se une a su mujer] y los dos se hacen una sola carne. De suerte que ya no son dos, sino una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Una vez en casa, los discípulos le preguntaron de nuevo acerca de aquello. Él les dijo: —Quien repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio contra la primera. Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio. Le traían niños para que los tocara, y los discípulos los reprendían. Jesús, al verlo, se enfadó y dijo: —Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, porque el reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Os aseguro, el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y los acariciaba y bendecía imponiendo las manos sobre ellos.