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octubre 03, 2026

CCXXVII. NO SOIS LOS DUEÑOS


La viña no pertenece a quienes ponen condiciones para entrar, ni a quienes deciden qué vidas merecen dar fruto. Es de Dios. Y también las personas LGBTIQ+ formamos parte de ella, no por concesión de nadie, sino por llamada. Esta reflexión quiere recordar algo incómodo y hermoso a la vez: nadie puede apropiarse de la Iglesia, y nosotros y nosotras también estamos llamados a ayudar a transformarla.

Sobre el evangelio de Mateo 21, 33-43

...pero también del libro de Isaías 5, 1-7, el Salmo 79 y la carta de Pablo a los Filipenses 4, 6-9

(Ciclo A, XXVII domingo del Tiempo Ordinario)

Hay una frase en esta parábola que hoy me golpea de una manera especial: la viña tiene dueño, pero los labradores no lo son. La viña es de Dios. Y quizá buena parte del problema empieza justo ahí, cuando alguien olvida algo tan sencillo. Cuando quienes recibieron el encargo de cuidarla terminan creyendo que les pertenece. Cuando empiezan a decidir quién entra, quién sobra, quién merece trabajar en ella y quién debe quedarse fuera. A veces incluso levantan cercas que Dios nunca pidió.

Como hombre homosexual y creyente, conozco algunas de esas cercas. Durante demasiados años aprendí a esconder una parte de mí para poder seguir dentro. Aprendí a medir palabras, gestos, afectos. A vivir con ese miedo tan difícil de explicar a quien nunca lo ha sentido: el miedo a que te miren distinto cuando sepan quién eres de verdad. También conocí palabras religiosas que, en vez de acercarme a Dios, me hicieron sentir culpable, sospechoso, casi defectuoso. Y es que hubo un tiempo en que llegué a pensar que, para acercarme a Dios, tenía que alejarme de mí mismo.

Hasta que fui descubriendo algo que cambió mi manera de creer: Dios no estaba detrás de aquella cerca. Estaba conmigo. Me conocía, me quería entero y me llamaba por mi nombre. Por eso me cuesta escuchar esta parábola sin pensar en una Iglesia que, demasiadas veces, ha confundido cuidar la viña con vigilarla. Y también, seamos claros, con controlarla. Como si alguien pudiera ponerle puertas a Dios. Como si una doctrina, una tradición o una autoridad pudiera convertirnos en propietarios de algo que solo pertenece al Señor. Mucho menos podemos decidir qué vidas son dignas de dar fruto.

Isaías cuenta que Dios trabajó su viña con mimo. La cavó, quitó las piedras, plantó buenas cepas. Esperaba uvas dulces y encontró frutos amargos. Y esa imagen sigue teniendo mucha fuerza hoy. Porque una comunidad cristiana puede tener templos hermosos, liturgias cuidadas, documentos impecables y discursos muy ortodoxos, y al mismo tiempo hacer que una persona LGBTIQ+ salga de allí sintiéndose más pequeña, más sola o más lejos de Dios. Algo falla entonces. Y no poco.

A las personas creyentes heterosexuales esta Palabra debería removerles por dentro. Porque acoger no puede significar simplemente “te dejamos estar aquí mientras no molestes demasiado”. No basta con decir que las puertas están abiertas si, una vez dentro, seguimos encontrando condiciones para poder ser quienes somos. La viña se reconoce por sus frutos, no por sus carteles de bienvenida.

Pero la verdad es que hoy tampoco quiero quedarme solo ahí. Porque quienes somos LGBTIQ+ y creyentes podemos pasar años enteros delante de la cerca, señalando —con razón— quién la levantó, quién nos hirió, quién nos cerró puertas. Y eso forma parte de nuestra historia. No hay que borrarlo. Pero yo ya no quiero vivir eternamente junto a la verja. Quiero entrar en la viña, ensuciarme las manos y ayudar a cuidarla.

El salmo pide a Dios que vuelva a visitar su viña y la restaure. Y cada vez estoy más convencido de que esa restauración también pasa por nosotros y nosotras. Por nuestras comunidades, por los grupos que acompañan, por una conversación a tiempo, por la mano que se tiende a quien llega con miedo, por la palabra que se pronuncia cuando alguien es humillado. También por nuestra presencia. Por seguir estando. No porque alguien haya tenido la amabilidad de dejarnos entrar, sino porque Dios nos llamó.

Pablo, además, ofrece una forma preciosa de reconocer los frutos: todo lo verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable. Siempre me impresiona esa lista. No dice heterosexual. No dice homosexual. No dice trans. Dice verdadero. Justo. Amable. Ahí está el criterio.

Y quizá después de tantos años intentando demostrar que también pertenecemos, haya llegado el momento de comprender algo todavía más grande: nuestra misión no consiste solo en conseguir un sitio dentro de la Iglesia. Estamos llamados a ayudar a construir la Iglesia que todavía falta. Una Iglesia donde nadie tenga que partirse en dos para acercarse a Dios. Donde ninguna orientación sexual ni identidad de género convierta a nadie en sospechoso. Donde la diversidad no sea soportada con resignación, sino recibida con alegría, como parte de esa viña inmensa que Dios sigue cultivando.

Y entonces las preguntas cambian: hermana, hermano LGBTIQ+, ¿qué fruto puedes ofrecer tú? ¿A quién puedes ayudar a volver a confiar? ¿Qué pequeña cerca puedes ayudar a derribar? No hace falta hacer cosas enormes. A veces será escuchar, acompañar, quedarse al lado de alguien que empieza a descubrir que Dios no le rechaza, alzar la voz cuando sea necesario o, simplemente, negarnos a repetir sobre otras personas las mismas exclusiones que un día nos hicieron tanto daño.

La viña está herida, sí. Pero sigue viva. Sigue siendo de Dios. Y nosotros también formamos parte de ella.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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¿Qué fruto está naciendo en ti? Cuéntalo.
Te leo al final de la entrada ↓

Del evangelio de Mateo 21, 33-43
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo.» Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.» Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?» Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Lo que más me interpela del libro de Isaías 5,1-7: «Mi amigo tenía una viña en una fértil ladera; la cavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas; esperaba que diese uvas, pero dio agrazones; ¿qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?; esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos».

Lo que más me interpela del Salmo 79,9.12.13-14.15-16.19-20: «Sacaste una vid de Egipto y la trasplantaste; extendió sus sarmientos hasta el mar; ¿por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes?; Dios del universo, vuélvete, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña; cuida la cepa que tu diestra plantó; no nos alejaremos de ti; Señor, Dios del universo, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve».

Lo que más me interpela de la carta de Pablo a los Filipenses 4,6-9: «Nada os preocupe; en toda ocasión presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias; la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús; todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, tenedlo en cuenta; lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros».

septiembre 25, 2026

CCXXVI. ¿QUÉ HACES TÚ?



Jesús nos recuerda que la fe no se demuestra con palabras, sino con hechos. A quienes decís que acogéis, os pregunta qué hacéis. 

Y a quienes alguna vez dudamos de nuestro lugar en la Iglesia, nos recuerda que Dios ya nos ha llamado hijas e hijos. 

¿Qué haces tú?


Sobre el evangelio de Mateo 21, 28-32

...pero también del libro de Ezequiel 18, 25-28, el Salmo 24 y la carta de Pablo a los Filipenses 2, 1-11

(Ciclo A, XXVI domingo del Tiempo Ordinario)


Durante muchos años aprendí que la fe estaba llena de respuestas correctas. Había que saber qué decir, qué creer, qué estaba permitido y qué no. Quizá por eso me inquieta tanto la sencilla pregunta que Jesús hace hoy: «¿Quién de los dos hizo la voluntad del padre?».

No pregunta quién habló mejor. Ni quién respondió lo que se esperaba de él. Pregunta quién hizo su voluntad.

Uno de los hijos dice que no irá, pero termina yendo. El otro responde inmediatamente que sí, pero después no mueve un dedo. Y Jesús coloca delante de los sumos sacerdotes y ancianos una afirmación escandalosa: publicanos y prostitutas les llevan la delantera en el Reino.

No sé si hemos terminado de comprender la provocación.

Porque es posible hablar correctamente de Dios y vivir muy lejos de su voluntad. Es posible conocer la doctrina, celebrar la Eucaristía, rezar, ocupar responsabilidades eclesiales y responder continuamente «sí, Señor», mientras nuestras decisiones están diciendo otra cosa.

Como persona homosexual y creyente lo he experimentado demasiadas veces.

He escuchado decir: «La Iglesia acoge a todos».
Y después llegaron las condiciones.

«Te respeto». Pero no hables demasiado de quién eres.

«Eres bienvenido». Pero procura que no se note a quién amas.

«Nadie te expulsa». Pero quizá determinadas responsabilidades no sean para ti.

«Todos somos hijos de Dios». Pero unos parecen tener que demostrarlo constantemente.

Y entonces regreso a la pregunta de Jesús: ¿quién está haciendo realmente la voluntad del Padre?

Porque no basta con decir que acogemos.

Hay que acoger.

No basta con afirmar que todas las personas poseen la misma dignidad.

Hay que defender esa dignidad cuando alguien la pisotea.

No basta con asegurar que no somos homófobos.

Hay que preguntarse qué hacemos cuando una persona LGBTIQ+ es humillada, señalada o apartada dentro de nuestra propia comunidad.

Aquí el Evangelio deja de permitirme hablar solamente de «ellos». También me examina a mí. Yo también puedo pronunciar hermosos «sí» mientras me niego a hacer lo que Dios me pide. La fe no me concede superioridad moral. Me obliga continuamente a revisar mis pasos.

Ezequiel lo dice con una claridad extraordinaria: siempre podemos cambiar de camino. La conversión no consiste en defender obstinadamente lo que hicimos ayer, sino en descubrir hoy que estábamos equivocados y atrevernos a actuar de otra manera.

Por eso pienso especialmente en quienes sois heterosexuales y creyentes.

Quizá nunca habéis insultado a una persona LGBTIQ+. Quizá incluso estáis convencidos de que nos respetáis. Pero permitidme una pregunta más incómoda: ¿qué habéis hecho?

¿Habéis levantado la voz cuando alguien utilizó el Evangelio para despreciarnos?

¿Habéis corregido una conversación homófoba entre personas creyentes?

¿Habéis acompañado a quien dudaba del amor de Dios porque le habían enseñado a avergonzarse de sí?

¿Habéis defendido públicamente nuestra presencia plena en la comunidad?

¿O vuestro «sí» termina justo donde comienza el conflicto?

El salmista pide hoy: «Señor, enséñame tus caminos». No dice: «Señor, confirma que mis caminos son los tuyos». Tal vez necesitamos rezar así con mucha más frecuencia. Porque Dios todavía puede sorprendernos mostrándonos que personas a las que colocamos detrás van caminando por delante.

Y entonces aparece Pablo invitándonos a tener los sentimientos de Cristo Jesús. Un Cristo que no se aferra a privilegios, que se vacía, se abaja y se pone al servicio.

La comunidad cristiana no puede seguir a ese Jesús desde la superioridad.

Mucho menos desde una superioridad que decide quién puede amar, quién puede formar una familia, quién puede mostrarse entero y quién debe esconder una parte de su vida para no incomodar.

Yo ya no necesito que nadie me asegure que Dios me quiere.

Eso lo aprendí después de un camino demasiado largo.

Descubrí que Dios estaba conmigo cuando tenía miedo, cuando me escondía y también cuando finalmente abrí la puerta del armario. Descubrí que nunca necesitó una versión mutilada de mí para quererme.

Pero todavía quedan muchas personas que no lo saben.

Algunas siguen sentadas en nuestras iglesias preguntándose en silencio si Dios podrá amarlas tal como son.

Y ahí es donde vuestro «sí» necesita convertirse en algo concreto.

Porque quizá el Evangelio de hoy no nos pregunta qué pensamos sobre las personas LGBTIQ+.

Quizá pregunta algo mucho más sencillo.

¿Qué estamos haciendo?

Podemos responder mañana.

O podemos comenzar hoy.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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Y tú, ¿qué haces? Compártelo. Tu voz también cuenta. Puedes comentar al pie de la entrada.


Del evangelio de Mateo 21, 28-32 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.» Él le contestó: «No quiero.» Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor.» Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?»

Contestaron: «El primero.»

Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»


Ezequiel 18,25-28: «Si el malvado recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá; porque recapacitó y se convirtió de los delitos cometidos, vivirá ciertamente y no morirá».

Salmo 24,4bc-5.6-7.8-9: «Señor, enséñame tus caminos; instrúyeme en tus sendas; haz que camine con lealtad; recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; el Señor es bueno y es recto; hace caminar a los humildes con rectitud; enseña su camino a los humildes».

Filipenses 2,1-11: «Manteneos unánimes y concordes, con un mismo amor y un mismo sentir; no obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros; no os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás; tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús; se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo; se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte; por eso Dios lo exaltó sobre todo».

septiembre 18, 2026

CCXXV. NADIE SOBRA


Nadie sobra. Tampoco quienes llegaron tarde, quienes fueron apartados o quienes durante años creyeron que no tenían sitio. En la viña de Dios no hay vidas de segunda, pero quizá todavía haya demasiadas personas empeñadas en decidir quién merece entrar.

Sobre el evangelio de Mateo 20, 1-16

...pero también del libro de Isaías 55, 6-9, el Salmo 144 y la carta de Pablo a los Filipenses 1, 20c-24.27a 

(Ciclo A, XXV domingo del Tiempo Ordinario)


Hay una frase de esta parábola que podría pasar casi inadvertida y que, sin embargo, hoy se me queda clavada dentro: «Nadie nos ha contratado». Es la respuesta de quienes llevan todo el día esperando en la plaza cuando el dueño de la viña les pregunta por qué siguen allí. No dicen que no quisieran trabajar ni que hubieran rechazado ninguna invitación. Simplemente nadie había contado con ellos.

Y mientras leo estas palabras desde mi historia como hombre homosexual y creyente, inevitablemente pienso en tantas personas LGBTIQ+ que durante años permanecimos también esperando a las puertas de la viña. Muchas estábamos dentro de la Iglesia desde siempre: habíamos sido bautizadas, habíamos aprendido a rezar, participábamos en parroquias y comunidades. Pero había una parte de nuestra vida que parecía no poder entrar. Podíamos trabajar en la viña, sí, pero dejando fuera nuestro afecto, nuestra pareja, nuestra identidad, nuestra historia.

Durante años yo mismo llegué a pensar que aquello era lo normal. Que para permanecer cerca de Dios tenía que esconder una parte de mí y que quizá Él esperaba que algún día consiguiera cambiarla. Así puede una persona pasar mucho tiempo en la plaza: no porque Dios no la llame, sino porque otras personas se han colocado junto a la puerta decidiendo quién puede entrar y en qué condiciones.

Por eso me impresiona tanto el dueño de esta viña. Sale al amanecer, vuelve a media mañana, regresa al mediodía, por la tarde y cuando casi ha terminado la jornada. Parece incapaz de soportar que alguien permanezca fuera. Ese Dios sí se parece mucho al Dios que finalmente he encontrado: un Dios obstinado en buscarnos, que no empieza preguntando por nuestra orientación sexual, nuestra identidad de género o nuestra adecuación a determinados modelos. Cuando escucha «nadie nos ha contratado», no organiza una comisión para estudiar el caso.

Dice: «Id también vosotros a mi viña».

Ese también me parece hoy una de las palabras más hermosas del Evangelio, porque durante demasiado tiempo muchas personas LGBTIQ+ hemos escuchado otras: siempre que…, siempre y cuando…, pero con discreción…, sin hacer nada demasiado visible… Jesús, sin embargo, dice simplemente: también.

Isaías nos recuerda este domingo: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos». Quizá necesitemos escucharlo especialmente dentro de la Iglesia, porque con demasiada facilidad hemos construido fronteras, elaborado categorías y establecido quién está más cerca y quién está más lejos, para terminar llamando voluntad de Dios a nuestros propios límites.

Pero Dios sigue saliendo.

Y eso descoloca especialmente a quienes llegaron primero. Al terminar el día, el dueño entrega a los últimos exactamente el mismo salario que a quienes trabajaron desde la mañana. Estos protestan, no porque hayan recibido menos de lo acordado, sino porque los otros han recibido lo mismo. Quizá este sea uno de los grandes pecados religiosos: molestarnos porque Dios sea demasiado bueno con determinadas personas.

Por eso hoy quisiera dirigirme especialmente a quienes sois heterosexuales y creyentes. ¿Qué perdéis cuando una persona LGBTIQ+ descubre que Dios la ama exactamente igual que a vosotros? ¿Qué se os quita cuando nuestras parejas son respetadas? ¿Qué pierde vuestra fe cuando dejamos de escondernos? ¿Qué os falta cuando nosotros recibimos el mismo denario?

Porque algunas resistencias eclesiales quizá tengan más que ver con los trabajadores de primera hora de esta parábola de lo que nos gustaría reconocer. Han convertido la pertenencia en un privilegio, como si haber llegado antes otorgara más derechos sobre Dios, como si algunas personas pudieran decidir quién merece sentarse a la mesa o como si la gracia pudiera repartirse según orientación sexual, estado civil o cumplimiento de determinadas expectativas religiosas.

Y entonces Dios responde con una pregunta extraordinariamente provocadora: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». Quizá deberíamos escucharla dentro de nuestras parroquias y comunidades: ¿te incomoda que también las bendiga?, ¿te desconcierta que también las llame?, ¿te inquieta descubrir que quizá llevan años buscándome mientras tú pensabas que estaban lejos?

El Salmo 144 lo proclama sin demasiadas excepciones posibles: «El Señor es bueno con todos».

Con todos.

Quizá, entonces, la conversión que necesitamos no consista en conseguir que las personas LGBTIQ+ encontremos finalmente un sitio dentro de los esquemas que otros han construido. Quizá sean esos esquemas los que necesitan convertirse, porque la viña nunca fue nuestra. Es de Dios.

Hay además algo profundamente consolador en este Evangelio: el dueño no culpabiliza a quienes llegaron tarde ni les reprocha las horas perdidas. Simplemente las incorpora. Pienso en tantas personas LGBTIQ+ que regresan a la fe después de muchos años alejadas. A veces decimos que abandonaron la Iglesia, pero quizá deberíamos preguntarnos antes por qué se marcharon. Quizá algunas no se fueron. Quizá fueron empujadas hasta la plaza.

Yo conozco algo de esa plaza. Conozco el miedo a pensar que Dios pudiera rechazarme y también el esfuerzo inútil de intentar convertirme en aquello que otros esperaban. Pero conozco igualmente la alegría inmensa de descubrir que, mientras yo pensaba que estaba lejos de la viña, Dios seguía saliendo a buscarme.

Por eso las palabras de Pablo a los Filipenses adquieren hoy una fuerza especial: «Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo». No una vida digna de nuestras costumbres, de nuestras seguridades o de nuestros prejuicios. Digna del Evangelio. Y vivir dignamente el Evangelio quizá signifique preguntarnos a quién seguimos dejando en la plaza.

Quiero volver a hablarte a ti, creyente heterosexual que lees estas palabras. Quizá nunca hayas expulsado a nadie ni pronunciado un insulto homófobo. Quizá incluso pienses sinceramente que respetas a todo el mundo. Pero el Evangelio de hoy va más lejos: no pregunta únicamente si has hecho daño.

Pregunta si has salido a buscar.

Porque el dueño de la viña no se queda esperando cómodamente dentro. Sale una vez y otra y otra más. ¿A quién estás dispuesto a defender cuando alguien cuestione su dignidad? ¿A quién acompañarás cuando descubra que puede ser LGBTIQ+ y seguir llamando Padre a Dios? ¿Ante qué comentario dejarás de sonreír educadamente y decidirás decir: esto no es cristiano?

Quizá entonces empiece realmente a cambiar nuestra Iglesia. No cuando quienes hemos estado en los márgenes consigamos hacernos un pequeño hueco, sino cuando quienes nunca tuvisteis que pedir permiso para estar dentro salgáis también a la plaza.

Allí seguimos encontrándonos: personas heridas y esperanzadas, personas que se marcharon, que regresan y que todavía no se atreven. Algunas llegan al amanecer, otras a media tarde y otras cuando casi está oscureciendo.

No importa.

Al final todas reciben el mismo denario, porque el denario no es un premio por haberse portado mejor. El denario es su amor, y de ese amor nadie recibe una parte.

Dios se entrega entero.

También a nosotras. También a nosotros. También a mí.

Y cuando por fin comprendemos eso, dejamos de preguntarnos quién llegó primero y empezamos a celebrar que, al caer la tarde, ya no quede nadie esperando fuera. 

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

¿Y tú, a quién sigues dejando fuera? — Te leo al final. 📝 ⤵️


Del evangelio de Mateo 20, 1-16 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.» Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?» Le respondieron: «Nadie nos ha contratado.» Él les dijo: «Id también vosotros a mi viña.» Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.» Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.» Él replicó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Lo que más me interpela del libro de Isaías 55, 6-9: «Buscad al Señor mientras se deja encontrar; invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino y vuelva al Señor; mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos; como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los vuestros».

Lo que más me interpela del Salmo 144: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos; el Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan».

Lo que más me interpela de la Carta de San Pablo a los Filipenses 1, 20c-24.27a: «Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte; para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia; deseo partir para estar con Cristo; quedarme en esta vida es más necesario para vosotros; lo importante es que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo».


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septiembre 11, 2026

CCXXIV. SETENTA VECES OCHO


Jesús nos pide perdonar setenta veces siete. Pero quizá ha llegado el momento de hacer también la pregunta incómoda: ¿cuántas veces puede una comunidad seguir hiriendo antes de decidir cambiar? Esta reflexión no cuestiona el perdón; cuestiona la comodidad de pedirlo una y otra vez sin conversión, sin reparación y sin compromiso con quienes seguimos creyendo, amando y permaneciendo en la Iglesia desde nuestra realidad LGBTIQ+.

Sobre el evangelio de Mateo 18, 21-35

...pero también del libro del Eclesiástico 27, 33–28, el Salmo 102 y la carta de Pablo a los Romanos 14, 7-9

(Ciclo A, XXIV domingo del Tiempo Ordinario)


Pedro hace una pregunta muy humana: «¿Cuántas veces tengo que perdonar?». En el fondo quiere una cifra. Un límite. Saber hasta dónde llega su obligación y a partir de qué momento puede decir: ya está, hasta aquí.

Yo también habría querido muchas veces que Jesús me diera una cifra.

Porque cuando has tenido que perdonar determinadas palabras escuchadas desde un púlpito, determinadas miradas, determinados silencios; cuando has tenido que reconstruir dentro de ti la imagen de un Dios que otros deformaron hasta hacerte creer que tu manera de amar podía separarte de Él, llega un momento en que uno siente la tentación de preguntar lo mismo que Pedro:

¿Otra vez?

¿También esto tengo que perdonarlo?

Y Jesús responde exagerando: «setenta veces siete».

Es decir: deja de contar.

Confieso que durante mucho tiempo esta respuesta me incomodó. Porque el perdón puede convertirse también en una palabra peligrosa cuando se predica siempre a quienes han recibido el golpe y casi nunca a quienes lo dieron.

A las personas LGBTIQ+ creyentes se nos ha pedido muchas veces paciencia. Que comprendamos. Que esperemos. Que no exageremos. Que tengamos en cuenta que la Iglesia cambia despacio. Incluso que perdonemos determinadas expresiones porque «no hubo mala intención».

Y quizá ha llegado el momento de hacer otra pregunta.

¿Hasta cuándo se nos va a pedir perdón a nosotros sin exigir conversión a quienes nos hieren?

Porque el Evangelio de hoy no habla solamente de perdonar.

Habla también de haber sido perdonado y seguir comportándose sin misericordia.

Ese es precisamente el escándalo de la parábola.

El rey perdona al criado una deuda imposible de pagar. Le devuelve la vida cuando prácticamente la tenía perdida. Pero aquel hombre sale de allí y, al encontrarse con alguien que le debe mucho menos, lo agarra y lo estrangula.

Y mientras leo la escena no puedo evitar pensar en nuestra Iglesia.

Una Iglesia que vive proclamando que Dios la ha perdonado, la sostiene, la levanta y la ama a pesar de sus pecados, pero que algunas veces sale después a la calle agarrando del cuello a quienes considera moralmente sospechosos.

Una Iglesia que canta que Dios es misericordioso y después establece cuidadosamente quién puede acercarse, quién puede amar, quién puede formar una familia, quién puede ejercer determinados servicios o quién debe permanecer prudentemente invisible.

El Salmo de este domingo dice que Dios «no nos trata según nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas».

Qué hermoso.

Pero qué comprometedor.

Porque quienes pronunciamos esas palabras en una iglesia tendremos que preguntarnos después cómo tratamos a los demás.

Y aquí quiero dirigirme especialmente a ti, persona heterosexual creyente que estás leyendo esto.

No quiero que por unos minutos contemples nuestra historia desde la tranquilidad de quien piensa que este asunto no le afecta.

Te afecta.

Si perteneces a una comunidad donde una persona LGBTIQ+ teme decir quién es, te afecta.

Si escuchas un comentario despectivo y callas, te afecta.

Si alguien utiliza la fe para humillar y decides no intervenir para evitar problemas, te afecta.

Si conoces a personas que han abandonado la Iglesia porque dentro de ella encontraron más juicio que Evangelio y eso no te provoca ninguna pregunta, también te afecta.

Y no te lo digo para culpabilizarte.

Te lo digo porque te necesito.

Porque nos necesitamos.

Porque Pablo nos recuerda hoy algo extraordinario: «ninguno de nosotros vive para sí mismo».

Nuestra fe está entrelazada.

Tu manera de vivir el Evangelio puede facilitar que otra persona descubra a Dios o puede ocultárselo. Tu palabra puede abrir una puerta o cerrarla. Tu silencio puede ofrecer refugio o dejar a alguien completamente solo.

«Si vivimos, vivimos para el Señor», escribe Pablo.

También las personas LGBTIQ+.

No vivimos para justificar nuestra existencia ante nadie. No pertenecemos a quienes nos toleran ni a quienes nos condenan. No somos propiedad de una doctrina, de una moral sexual ni de quienes pretenden decidir cuánto podemos acercarnos al altar.

Somos del Señor.

Y eso, después de tantos años intentando reconciliar mi fe con aquello que soy, sigue pareciéndome una de las noticias más liberadoras del Evangelio.

También el Eclesiástico nos advierte hoy contra el rencor.

Y aquí la Palabra vuelve su mirada hacia mí.

Porque sería muy fácil escribir toda esta reflexión señalando hacia fuera.

Yo también tengo que vigilar mi corazón.

He conocido el resentimiento. Sé lo que significa recordar determinadas heridas y descubrir que todavía escuecen. Sé lo fácil que resulta convertir el dolor en una identidad y terminar mirando con desconfianza incluso a quienes se acercan con los brazos abiertos.

Pero no quiero vivir así.

No quiero que quienes un día intentaron convencerme de que Dios no podía quererme terminen decidiendo también en qué persona voy a convertirme.

Perdonar, entonces, empieza a tener otro significado.

No significa decir que aquello no tuvo importancia.

No significa borrar la memoria.

No significa regresar dócilmente al lugar donde te hicieron daño.

Y desde luego no significa renunciar a denunciar una injusticia.

Perdonar significa impedir que el daño tenga la última palabra.

Significa negarse a transmitir la herida.

Significa poder mirar hacia atrás sin necesidad de regresar.

Significa conservar el corazón suficientemente libre para seguir amando, celebrando, creyendo, luchando y esperando.

Pero existe otra parte del Evangelio que no podemos olvidar: quien recibe misericordia está llamado a convertirse en misericordioso.

Por eso no basta con decir a las personas LGBTIQ+:

«Perdonad».

Hay que preguntar también a nuestras comunidades:

¿Qué vais a cambiar para que ya no tengamos que perdonar siempre las mismas cosas?

Esa es quizá la pregunta que esta parábola deja hoy sobre nuestras iglesias.

Porque setenta veces siete puede expresar un perdón sin límites.

Pero nunca debería convertirse en setenta veces siete oportunidades para repetir la misma injusticia.

Yo quiero seguir perdonando.

Quiero hacerlo porque necesito caminar ligero.

Porque he descubierto un Dios mucho más hermoso que todas las imágenes deformadas que alguna vez me ofrecieron de Él. El Dios del Salmo: compasivo, misericordioso, lento a la ira, incapaz de guardar rencor eternamente.

Ese es el Dios en quien creo.

Y precisamente porque creo en Él seguiré reclamando una Iglesia que se le parezca.

Una Iglesia donde las personas LGBTIQ+ no necesitemos esconder parte de nuestra vida para ser consideradas dignas.

Una Iglesia en la que nadie tenga que elegir entre su fe y su verdad.

Una Iglesia donde la misericordia deje de ser solamente una palabra hermosa pronunciada desde el altar y termine convirtiéndose en una forma concreta de mirarnos, recibirnos y caminar juntas y juntos.

Yo puedo perdonar setenta veces siete.

Pero tú, hermana, hermano, comunidad, Iglesia…

¿estás dispuesta a no herirme setenta veces ocho?

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


¿Y tú, qué necesitas dejar de perdonar… y empezar a cambiar? 
Comenta al final 
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Del evangelio de Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Lo que más me interpela de Eclesiástico 27,33–28,9: «Perdona la ofensa a tu prójimo; no guardes rencor; piensa en tu final y deja de odiar; acuérdate de los mandamientos; apártate de las disputas; no siembres discordia entre quienes viven en paz». 

Lo que más me interpela del Salmo 102,1-2.3-4.9-10.11-12: «Bendice, alma mía, al Señor; no olvides sus beneficios; él perdona tus culpas; rescata tu vida de la fosa; no guarda rencor perpetuo; no nos trata según nuestros pecados; aleja de nosotros nuestros delitos».

Lo que más me interpela de Romanos 14,7-9: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo; si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor; Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos».


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septiembre 03, 2026

CCXXIII. ROMPE EL SILENCIO


Hay silencios que nacen de la prudencia y otros que terminan protegiendo la injusticia. Esta reflexión quiere interpelar especialmente a quienes, dentro de nuestras comunidades cristianas, contemplan el rechazo hacia las personas LGBTIQ+ sin sentirse directamente implicadas. Porque amar, como recuerda Pablo, no consiste solo en no hacer daño: a veces exige hablar, posicionarse y defender a quien lo necesita. Romper el silencio también puede ser una forma de vivir el Evangelio.


Sobre el evangelio de Mateo 18, 1-20

...pero también la profecía de Ezequiel 33, 7-9, el Salmo 94 y la carta de Pablo a los Romanos 13, 8-10 

(Ciclo A, XXIII domingo del Tiempo Ordinario)


Hay silencios que parecen prudencia y, sin embargo, terminan pareciéndose demasiado a la complicidad.

Jesús habla hoy de acercarse, hablar, escuchar, implicarse. «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas». No invita al escándalo público ni a señalar con el dedo. Tampoco propone humillar a nadie. Habla de una comunidad donde lo que le sucede a una persona importa a las demás.

Y mientras leo este Evangelio desde mi experiencia como persona LGBTIQ+ creyente, no puedo evitar preguntarme cuántas veces hemos confundido la paz cristiana con no meternos en problemas.

Porque durante demasiados años muchas personas como yo hemos tenido que defendernos solas.

Solas frente a palabras que nos hacían sentir equivocadas. Solas frente a miradas que nos invitaban discretamente a escondernos. Solas cuando alguien utilizaba el nombre de Dios para cuestionar nuestra dignidad. Solas incluso cuando estábamos rodeadas de personas buenas que probablemente no compartían aquella crueldad, pero tampoco se atrevían a decir nada.

A veces el problema no fue solamente quien hirió.

También dolió quien estaba al lado y permaneció en silencio.

Ezequiel utiliza este domingo una imagen incómoda: la del centinela. Quien ve venir el peligro tiene la responsabilidad de avisar. No puede refugiarse en que aquello no le afecta personalmente. Dios le pide cuentas precisamente de su silencio.

Quizá por eso hoy necesito dirigirme especialmente a quienes sois heterosexuales y formáis parte de nuestras comunidades cristianas.

No os estoy pidiendo que sintáis como yo. Ni siquiera que comprendáis completamente una experiencia que probablemente nunca será la vuestra.

Os pregunto algo mucho más sencillo.

¿Qué hacéis cuando delante de vosotras y vosotros se pronuncia una palabra despectiva contra las personas LGBTIQ+?

¿Qué hacéis cuando alguien asegura que nuestras familias valen menos?

¿Qué hacéis cuando se utiliza la fe para sembrar sospechas sobre nuestra manera de amar?

¿Qué hacéis cuando una persona joven escucha en un ambiente cristiano que aquello que está descubriendo de sí misma constituye un problema para Dios?

Porque quedarse callado también es una respuesta.

Y el Evangelio de hoy me obliga a reconocer que algunas veces hemos utilizado la corrección fraterna exactamente al revés. Durante años se nos corrigió a nosotras y nosotros. Se nos pidió revisar nuestra vida, nuestros afectos, nuestras relaciones, nuestra manera de expresarnos. Se nos recomendó discreción. Se nos habló de castidad, de prudencia, de doctrina.

Quizá ha llegado el momento de invertir la pregunta.

¿Y si quienes necesitan hoy una corrección fraterna son determinadas comunidades cristianas?

¿Y si tenemos que sentarnos serenamente, como propone Jesús, y decirnos unos a otros: esto está haciendo daño?

Porque Pablo lo resume de una manera que apenas permite escapatorias: «El amor no hace mal al prójimo». Y concluye que la plenitud de la ley es precisamente el amor.

Me parece una afirmación extraordinariamente sencilla.

Y peligrosísima.

Porque obliga a revisar cualquier doctrina, costumbre, enseñanza o práctica religiosa preguntándonos por sus frutos.

¿Hace daño?

Si hace daño, algo no está funcionando.

No digo que amar signifique aceptar cualquier cosa sin discernimiento. El mismo Evangelio de hoy habla de confrontar, dialogar, corregir. Pero hay una diferencia enorme entre corregir porque amamos a alguien y pretender corregir lo que esa persona es.

Durante años yo también creí que Dios quería corregirme.

Quería que dejara de sentir como sentía. Que consiguiera convertirme en aquello que los demás consideraban normal. Recé por ello. Me esforcé por ello. Y cuanto más lo intentaba, más lejos parecía encontrarme de mí mismo y, paradójicamente, también de Dios.

Hasta que comprendí algo que cambió mi vida de fe: Dios no estaba intentando corregirme.

Estaba intentando encontrarme.

Y desde entonces puedo regresar a la Iglesia sin hacerlo de rodillas ante quienes pretendan tolerarme, sino caminando junto a tantas personas que hemos descubierto que nuestra diversidad también forma parte de la inmensa creatividad de Dios.

Eso no significa que nunca aparezcan el cansancio, la decepción o la tentación de pensar que nada cambia. También la esperanza necesita ser cuidada. Pero el inmovilismo de la Iglesia no puede tener la última palabra sobre nuestra relación con Dios: seguimos siendo hijas e hijos amados, llamados a ocupar nuestro lugar y a aportar nuestros dones al Reino.

Por eso esta reflexión no quiere quedarse en una denuncia.

Quiero que sea también una invitación.

Necesitamos comunidades cristianas donde nadie tenga que defenderse en soledad.

Donde si alguien pronuncia una palabra homófoba, otra persona responda.

Donde si una persona trans es ridiculizada, alguien se coloque a su lado.

Donde si un adolescente descubre que es gay, lesbiana o bisexual pueda escuchar enseguida, antes que cualquier otra cosa: Dios te ama.

Donde quienes somos LGBTIQ+ no seamos únicamente acogidos, sino escuchados, llamados, enviados y reconocidos como parte viva de la Iglesia.

El salmo de este domingo repite una advertencia: «Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón».

Tal vez el corazón se endurece mucho antes de llegar al odio.

Puede endurecerse simplemente acostumbrándose.

Acostumbrándonos a determinados comentarios. A ciertos discursos. A chistes y bromas aparentemente inocentes. A documentos que hablan sobre nosotras y nosotros sin escucharnos. A personas que se marchan silenciosamente de nuestras comunidades porque llegan a la conclusión de que allí nunca podrán ser plenamente ellas mismas.

Eso también debería inquietarnos.

Porque Jesús termina haciendo una promesa bellísima: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Siempre me ha consolado profundamente esa frase.

Dos o tres.

No hacen falta multitudes.

Durante muchos años mi experiencia de fe LGBTIQ+ ha estado sostenida precisamente así: por pequeños grupos, personas concretas, comunidades humildes donde alguien fue capaz de mirarme sin miedo y recordarme que Dios seguía estando cerca.

Quizá las grandes transformaciones de la Iglesia comienzan exactamente ahí.

Dos o tres personas que deciden que ya no permanecerán calladas.

Dos o tres que se atreven a corregir con cariño una palabra injusta.

Dos o tres que acompañan a quien se siente fuera.

Dos o tres que descubren que defender la dignidad de las personas LGBTIQ+ no es hacer una concesión a los tiempos modernos, sino tomarse en serio el Evangelio.

Yo necesito esa Iglesia.

Pero quizá lo más importante es que esa Iglesia os necesita también a vosotras y vosotros.

Porque quienes hemos aprendido a levantar la voz podemos denunciar la injusticia.

Pero para cambiarla necesitamos que quienes nunca la habéis sufrido dejéis de observarla desde la distancia.

Entonces podremos comprobar que Jesús tenía razón.

Él estará allí.

En medio.

Y cuando verdaderamente sea Él quien esté en medio, nadie tendrá que esconderse para quedarse.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

🔔 Y tú, ¿cuándo decides romper el silencio? Comenta al final de la entrada. 


Del evangelio de Mateo 18, 1-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Lo que más me interpela de Ezequiel 33,7-9: «Te he puesto de centinela de la casa de Israel; escucharás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte; si adviertes al malvado para que cambie de conducta, habrás salvado tu vida».

Lo que más me interpela del Salmo 94,1-2.6-7.8-9: «Venid, aclamemos al Señor; entremos a su presencia dándole gracias; él es nuestro Dios y nosotros el pueblo que él guía; ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón».

Lo que más me interpela de Romanos 13,8-10: «A nadie le debáis nada, más que amor; quien ama al prójimo ha cumplido la ley; amarás a tu prójimo como a ti mismo; el amor no hace mal al prójimo; la plenitud de la ley es el amor».



agosto 29, 2026

CCXXII. NO ES NUESTRA CRUZ


Durante demasiado tiempo nos dijeron que nuestra identidad era la cruz que debíamos cargar.
Pero no toda cruz viene de Dios.
Algunas las fabrican el miedo, el prejuicio y la religión cuando deja de parecerse a Jesús.
Esta reflexión nace de aprender a distinguir unas de otras.


Sobre el evangelio de Mateo 16,21-27 

...pero también el libro de Jeremías (20, 7-9), el Salmo 62 
y la carta de Pablo a los romanos (12, 1-2)
(Ciclo A, XXII domingo del Tiempo Ordinario)


Hay palabras de Jesús que me producen un cierto escalofrío.

«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

Durante demasiado tiempo, siendo homosexual y creyente, escuché estas palabras de una manera que hoy me parece profundamente injusta.

Negarte a ti mismo.

Renunciar.

Callar.

No vivir determinados afectos.

Aceptar que tu manera de amar debía permanecer escondida.

Y todo podía envolverse piadosamente bajo una expresión tremendamente peligrosa: es tu cruz.

Por eso necesito acercarme con cuidado al Evangelio de hoy. Porque algunas palabras de Jesús han sido utilizadas para colocar cruces sobre los hombros de otros. Y las personas LGBTIQ+ sabemos bastante de eso.

Jesús anuncia que irá a Jerusalén, sufrirá, será rechazado por las autoridades religiosas y terminarán matándolo.

Pedro no puede soportarlo.

Quiere un Mesías sin conflicto. Un Jesús respetable. Una religión que no incomode demasiado.

Y Jesús lo llama «piedra de tropiezo».

Me hace pensar.

Porque también nosotros podemos confesar perfectamente a Cristo y convertirnos, al mismo tiempo, en obstáculo para su Evangelio.

Podemos rezar el Credo, comulgar, defender la doctrina, hablar de familia, verdad o tradición...

y estar dificultando que determinadas personas puedan encontrarse con Jesús.

Lo digo desde mi propia historia.

Durante mucho tiempo mi problema no fue creer en Dios.

Mi problema fue creer que Dios pudiera quererme siendo quien soy.

Y esa duda no me la puso Dios.

Me la pusieron algunas palabras, algunas miradas, algunas catequesis, algunos silencios.

Por eso hoy necesito decirlo claramente:

mi homosexualidad no es mi cruz.

Mi identidad no es mi cruz.

Mi capacidad de amar no es mi cruz.

La cruz aparece cuando vivir con verdad tiene consecuencias. Cuando seguir a Jesús obliga a enfrentarse al prejuicio, a la injusticia o incluso a quienes pretenden hablar en nombre de Dios.

Jeremías lo sabe bien.

«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir».

Está cansado. La Palabra le ha complicado la vida. Decide callarse, pero descubre dentro de sí un «fuego ardiente encerrado en los huesos».

Entiendo perfectamente esa sensación.

Porque llega un momento en que ya no se puede callar.

Cuando has visto llorar a personas creyentes porque piensan que Dios las rechaza.

Cuando has conocido personas que abandonaron la Iglesia no porque dejaran de amar a Cristo, sino porque ya no soportaban sentirse sospechosas.

Cuando has visto vidas marcadas por el miedo, la culpa o el armario...

guardar silencio puede dejar de ser prudencia.

Puede convertirse en complicidad.

Y entonces aparece Pablo:

«No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de vuestra mente».

Durante mucho tiempo se nos dijo a las personas LGBTIQ+ que «no amoldarnos al mundo» significaba desconfiar de nuestros afectos y reprimir nuestra sexualidad.

Pero quizá Pablo esté diciendo algo mucho más incómodo:

No deis por bueno lo que siempre se ha hecho.

No confundáis costumbre con voluntad de Dios.

No confundáis prejuicio con doctrina.

Transformad vuestra manera de pensar.

Y aquí quisiera dirigirme especialmente a quienes sois heterosexuales y creyentes.

Tal vez no seáis vosotros quienes necesitéis «acogernos».

Tal vez seáis vosotros quienes necesitéis convertiros.

Porque cuando alguien dice que me acoge sigue situándose en el centro: esta es mi Iglesia, mi comunidad, mi casa, y generosamente te permito entrar.

Pero quizá también sea mi casa.

Quizá yo no sea un invitado.

Quizá también pertenezca.

Entonces la pregunta ya no es:

«¿Cómo podemos acoger a las personas LGBTIQ+?».

La pregunta es bastante más incómoda:

«¿Qué tenemos que cambiar para dejar de expulsarlas?»

Una persona heterosexual creyente puede normalmente hablar de su pareja, mostrar una fotografía, celebrar un aniversario o acudir a su parroquia con la persona que ama sin preguntarse qué pensarán de su moralidad.

Nosotros hemos tenido que aprender muchas veces a medir esas mismas palabras.

Y quizá algunas personas nunca se hayan preguntado por qué.

Por eso cuando alguien, desde una situación tan cómoda, me dice que tengo que «cargar con mi cruz», inevitablemente me pregunto:

¿qué cruz?

¿La que Jesús me invita a asumir por seguirle?

¿O la que otros han fabricado para mí?

Porque no toda cruz viene de Dios.

Hay cruces construidas por el miedo.

Por el prejuicio.

Por determinadas interpretaciones religiosas.

Jesús cargó con la cruz.

Pero también pasó buena parte de su vida quitando cargas de los hombros de otros.

Y Pablo todavía dice algo más hermoso: «Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios».

Nuestros cuerpos.

También el mío.

Este cuerpo homosexual que ama, desea, abraza, envejece y necesita ternura.

Santo y agradable a Dios.

Por eso entiendo de otra manera el salmo:

«Mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti».

Mi alma.

Y mi carne.

Las dos.

No necesito dejar mi sexualidad en la puerta para encontrarme con Dios.

Toda mi vida tiene sed de Él.

Y quizá ahora comprendo mejor las últimas palabras de Jesús:

«¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?».

Yo podría preguntarlo de otra manera:

¿De qué sirve conservar la aceptación de todos si para conseguirla tengo que esconder quién soy?

¿De qué sirve permanecer dentro de una Iglesia si para permanecer tengo que vivir fuera de mí mismo?

Por eso sigo aquí.

Creyendo.

Amando.

Preguntando.

Denunciando.

Y algunas veces incomodando.

No porque me guste cargar cruces.

Sino porque un día descubrí que seguir a Jesús significaba dejar de cargar con algunas que nunca fueron suyas.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


Del Evangelio de Mateo 16,21-27: 
En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.»
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios.»
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Lo que más me interpela de Jeremías 20,7-9: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; la palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio; había en mi corazón como un fuego ardiente; intentaba contenerlo, y no podía».

Lo que más me interpela del Salmo 62,2.3-4.5-6.8-9: «Mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti; tu gracia vale más que la vida; mi alma se saciará; a la sombra de tus alas canto con júbilo; mi alma está unida a ti».

Lo que más me interpela de Romanos 12,1-2: «Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; no os amoldéis a este mundo; transformaos por la renovación de la mente; discernid cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto».