Sobre Mateo 9,36–10,8
Hay descubrimientos que llegan tarde, pero cuando llegan cambian muchas cosas.
Uno de ellos fue darme cuenta de que nunca estuve solo.
Durante años pensé que ser creyente y homosexual era una especie de anomalía. Algo que me ocurría a mí y a unas pocas personas más. Miraba alrededor en la parroquia, en los grupos, en las celebraciones, y no veía a nadie. O al menos eso creía.
Con el tiempo comprendí que sí estaban.
Estaban por todas partes.
Cantando en el coro. Preparando la catequesis. Visitando enfermos. Participando en Cáritas. Rezando en silencio en los últimos bancos. Celebrando su fe con una discreción que muchas veces era simple supervivencia.
Nos habíamos acostumbrado a no reconocernos.
A vivir detrás de puertas cerradas.
A hablar en voz baja.
A esconder aquello que otros jamás tuvieron que ocultar.
Después llegaron los encuentros. Una historia. Otra más. Luego decenas. Personas distintas, de edades diferentes, con trayectorias muy diversas, pero con algo en común: seguían buscando a Jesús después de haber escuchado demasiadas veces que quizá no había sitio para ellas en la Iglesia.
Entonces entendí algo que todavía hoy me emociona.
No éramos una excepción.
Éramos una multitud.
Una multitud silenciosa.
Quizá por eso las palabras de Jesús siguen golpeándome con tanta fuerza cuando contempla a la gente cansada y abatida, "como ovejas sin pastor".
Porque sigo encontrando demasiadas personas en esa situación.
Hace pocos días leí el testimonio de un hombre creyente que, después de recibir la comunión, fue llamado aparte por su párroco. Quería hablar con él. Lo que escuchó a continuación fue devastador: que no volvería a recibir la Eucaristía, que el sacramento era para él poco menos que un veneno, que su relación afectiva lo convertía en una persona indigna ante Dios.
Cuando terminé de leerlo me quedé un rato en silencio.
No porque me sorprendiera. Quienes pertenecemos al colectivo LGBTIQ+ conocemos historias parecidas desde hace demasiado tiempo.
Lo que me dolió fue imaginar la escena.
La puerta de la parroquia.
La conversación.
La humillación.
Y, sobre todo, la soledad.
Porque conozco bien esa sensación de que alguien pretende interponerse entre Dios y tú.
Sin embargo, cada vez que intento imaginar a Jesús en esa escena, la imagen no encaja.
No consigo verlo expulsando.
No consigo verlo humillando.
No consigo verlo negando el pan a quien se acerca con hambre.
Lo que sí veo es al Jesús de los Evangelios acercándose a quien acaba de ser herido por motivos religiosos.
Lo veo haciendo preguntas.
Escuchando.
Acompañando.
Devolviendo dignidad.
Porque esa fue una constante de su vida pública. Jesús parecía sentirse especialmente atraído por quienes cargaban sobre los hombros el peso de la exclusión religiosa.
Por eso me inquieta tanto una Iglesia que a veces parece más preocupada por vigilar que por acompañar.
Más interesada en controlar que en sanar.
Más pendiente de determinadas normas que de las personas concretas que tiene delante.
Y no hablo solo de las personas LGBTIQ+.
Pienso también en quienes se han sentido rechazadas por estar divorciadas, por convivir en pareja, por no encajar en determinados moldes, por formular preguntas incómodas o simplemente por ser diferentes.
Pienso en todas esas personas que un día dejaron de sentirse en casa.
Y vuelvo al Evangelio.
"Estaban como ovejas sin pastor."
Qué tristeza que esa frase siga describiendo la experiencia de tantas hijas e hijos de Dios.
Lo más doloroso es que muchas de esas personas no han perdido la fe.
Han perdido la confianza.
Y recuperar la confianza cuesta muchísimo más que conservar la fe.
Por eso me conmueve que Jesús no se limite a sentir compasión. Después reúne a sus discípulos y discípulas —porque alrededor suyo había muchas más personas que los Doce— y los envía a curar, a levantar, a devolver esperanza.
Nunca a humillar.
Nunca a avergonzar.
Nunca a cerrar puertas.
Cuando Jesús envía, no entrega poder sobre las personas. Entrega responsabilidad hacia ellas.
Quizá por eso sigo creyendo en la Iglesia.
No siempre gracias a ella, a veces a pesar de ella.
Pero sigo creyendo.
Porque también he conocido comunidades donde nadie me preguntó a quién amaba antes de darme un abrazo.
He conocido sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que me ayudaron a descubrir que Dios jamás estuvo en guerra conmigo.
He conocido el Evangelio vivido de verdad.
Y eso cambia la vida.
Por eso esta reflexión no nace de la amargura.
Nace de la esperanza.
De la certeza de que Jesús sigue mirando a quienes están cansados y abatidos con la misma compasión de entonces.
Y de la convicción de que llegará el día en que nadie tenga que escoger entre su fe y su dignidad.
Porque Dios nunca ha pedido semejante sacrificio.
Y porque ninguna oveja debería caminar sola cuando existe un Pastor que conoce su nombre.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comparte lo que quieras. Fírmalo si quieres. Siéntete libre y exprésate con respeto. ¡Gracias!