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enero 24, 2026

CXCIII. DESDE EL MARGEN


Sobre
Mateo 4, 12-23

Siempre he sabido que mi lugar estaba en el margen. No por elección, sino porque allí me colocaron muchas veces: lejos del centro, de lo seguro, de lo que se considera correcto. Galilea suena a eso mismo: periferia, mezcla, sospecha. Un territorio donde parecía imposible que Dios habitara. Y, sin embargo, es desde ahí —desde el margen— donde todo comienza.

No en el templo ni en los espacios protegidos, sino en una tierra fronteriza. Cuando me reconozco como persona LGBTIQ+ creyente, comprendo que no estoy fuera del camino ni llegando tarde: estoy exactamente en ese margen desde el que Jesús decide iniciar su anuncio.

“Convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca.” Durante años esa llamada me sonó a amenaza. Me la lanzaron como un reproche: conviértete de lo que eres, cambia lo que sientes, corrige tu cuerpo y tu deseo. Hoy la escucho de otra manera. Jesús no me pide que deje de ser quien soy, sino que cambie la mirada: que deje de creer que Dios me rechaza, que deje de vivir escondido, que deje de aceptar una fe que me condena. Mi conversión ha sido pasar del miedo a la confianza, de la vergüenza a la dignidad.

Jesús ve a los pescadores y los llama tal como están: trabajando, cansados, con las manos llenas de redes y de historias. No les pide currículum moral ni garantías previas. A mí también me ha mirado así, en medio de mis contradicciones, de mis heridas con la Iglesia, de mi deseo profundo de amar y ser amado. Y su llamada ha sido clara y desconcertante: “Sígueme”. No “corrígete y luego ven”, sino “ven conmigo ahora”.

Seguirle, siendo quien soy, no ha sido fácil. Ha implicado dejar redes muy pesadas: el silencio impuesto, la doble vida, la culpa interiorizada, la obediencia que mata. Y también ha implicado enfrentarme a una comunidad que a veces prefiere la seguridad de la norma antes que el riesgo del Evangelio. Aquí nace, para mí, el compromiso y la denuncia profética: no puedo seguir a Jesús y callar cuando su nombre se usa para humillar, excluir o deshumanizar a personas como yo.

Jesús recorre Galilea anunciando la Buena Noticia y sanando. No separa palabra y gesto. Eso me interpela profundamente. Como cristiano LGBTIQ+, siento que mi fe me empuja a decir en voz alta que no somos un problema que tolerar, sino un don que acoger; que nuestras vidas también revelan el rostro de Dios; que la Iglesia se empobrece cada vez que nos niega un lugar pleno. Callar ante la injusticia sería traicionar al Jesús que camina, que toca, que se acerca.

Esta fe mía es frágil, a veces cansada, pero también obstinadamente esperanzada. Creo en un Jesús que sigue pasando por nuestras orillas y nos sigue llamando. Creo en una Iglesia que todavía puede convertirse al Evangelio que proclama. Y creo que nuestra presencia visible, creyente y comprometida no es una amenaza, sino una llamada urgente: el Reino está cerca cuando nadie queda fuera.


Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retirá a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas
vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte,
una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos,porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

febrero 15, 2025

CLXI. ¡DICHOS@S! (¡BIENAVENTURAD@S!)


Sobre
Lucas 6, 17.20-16



Cuando salí del armario tuve que contar a las personas cercanas todo lo necesario para que me conocieran de verdad, tal y como era realmente. A unas sólo relaté lo imprescindible; con otras, las más queridas, necesitaba narrarles a corazón abierto mi historia. Pero con algunas, muy pocas, los lazos hacían imprescindible compartir tanto como fuera capaz. Una de estas últimas escuchó en silencio mirándome a los ojos todo el tiempo. Cuando terminé, y antes de abrazarme muy fuerte un rato largo, sólo fue capaz de decirme: “Has tenido que ser muy desdichado”. 

De repente caí en la cuenta de que verdaderamente lo había sido, pero también fui consciente de que a partir de ese momento podía ser feliz


No es fácil expresar en palabras la experiencia de desdicha sin que las heridas se resientan, incluso las muy curadas. Muchas personas LGBTIQ+ se sienten desdichadas a causa del rechazo, la exclusión o el miedo. Pero para quienes además somos creyentes, nuestra infelicidad es más dolorosa porque la desdicha también se refiere a la sensación de que Dios se nos arranca separándole de nosotras, por ser personas impuras, que mantenemos conductas desordenadas o nos entregamos a quién sabe qué extraños comportamientos.

Por eso la mayor parte de mi vida no me sentí dichoso. Cuando fui consciente de mi homosexualidad quería ser como los demás chicos y rezaba constantemente para que Dios me hiciera “normal”, porque desde todos lados llegaba a mí que las personas como yo somos enfermas, viciosas y pervertidas. La educación religiosa que recibía me angustiaba aun más porque también desde ahí me hacían sentir un pecador, por ir contranatura, lo que me condenaría irremediablemente al infierno.


Ningún pobre se siente dichoso por el hecho de serlo, ni un hambriento tampoco, por mucho que se le prometa que más tarde tendrá riquezas o será saciado. Por eso, si Jesús me estaba colmando de desdichas para prometerme la felicidad en un tiempo futuro, no lo sabía ni lo hubiera entendido.

La intención de Jesús tampoco es la de asegurar ningún premio a quienes de una u otra forma sufren, sino dignificarlos, ensalzando lo que son. Porque desde ahí, lejos de toda abundancia o fortuna, identidad o posición, es mucho más fácil apreciar la misericordia y la bondad de Dios. No es consolarles en su dolor y su pena sino asegurarles que son sus predilectos.


Es la razón por la que entender el sentido de las bienaventuranzas en la propia vida no me fue fácil. Sólo después de superar el desierto de las desdichas, una vez conseguí reconocer a Jesucristo en mi vida y opté por hacerme visible, pude por fin comprender que en cada frase de las promesas de Jesús estaba un trozo de mi historia. Eso es lo que ahora me atrevo a compartir en oración:


Dentro del armario o siendo víctima de exclusión se es terriblemente pobre de esperanza. No hay valor, fuerza ni autoestima. Dios se desdibuja y es suplantado por un juez implacable. La pobreza espiritual hace posible que nada tenga sentido ni valga la pena. Muchas personas LGBTIQ+ cristianas llegan al borde de la desesperación porque creen que Dios les ha abandonado. ¿Qué mayor pobreza que la de sentirse abandonado por el Padre y los hermanos? Pero dice Jesús: “dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios”.


En mi angustia, abrumado por el miedo a ser visible, el desconcierto afectivo, la tristeza, las recriminaciones religiosas o el aparente silencio de Dios, quise perder la vida. Pero Jesús dice: “dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis”.


No perdí la fe por muy lejos del Padre que me encontrara. Más bien comencé a tener auténtica hambre de Dios y eso me puso en camino para buscar su rastro y encontrarle. Como en el canto de Oseas, me dejé seducir por el Señor, me llevó al desierto y allí habló a mi corazón. Dice el Maestro: “dichosos los que ahora tenéis hambre, porque Dios os saciará”.


Y aún hay más:


Las mujeres y los hombres LGBTIQ+ cristianos tenemos que salir dos veces del armario. La primera es complicada, al hacernos visibles como LGBTIQ+ ante todas las personas de nuestro entorno familiar, social o laboral. La segunda es difícil, al visibilizar nuestra fe ante el colectivo LGBTIQ+. Y aún hay una tercera, cuando nos identificamos como cristianos LGBTIQ+ ante la propia Iglesia.

Las tres experiencias de salida del armario generan problemas de exclusión y discriminación. Si bien, el rechazo que como cristianos podamos acusar por parte del colectivo es consecuencia del dolor provocado por la Iglesia a lo largo de decisiones y declaraciones contra el propio colectivo, siglo tras siglo, año tras año, día tras día. Pero lo más contradictorio es cuando la misma Iglesia nos desprecia y discrimina, o no nos acoge con el aprecio y la misericordia que al resto del pueblo de Dios. Entonces dice Jesús: “dichosos seréis cuando os odien y cuando os excluyan, os injurien o maldigan vuestro nombre a causa del Hijo del hombre”.


Por último, el texto de Lucas incluye unas duras advertencias de Jesús en consonancia con las bienaventuranzas anteriores. Pudieran parecer amenazas o maldiciones. En otro momento, desde mi propia experiencia resentida, podría pensar algo así como “se lo tienen merecido por su poca misericordia y solidaridad y por cuánto nos hicieron sufrir. Quienes eran ricos de Dios y se apropiaron de Él elevando duras leyes en su nombre, que ahora sufran porque ya recibieron su consuelo. Quienes estaban saciados y satisfechos de Dios, que ahora pasen hambre de Él. Quienes reían porque nadie les provocaba tristeza ni dolor, que ahora lloren”.

Quizá cuando salí del armario y aún guardaba razones para alimentar mi sentimiento de víctima hubiera utilizado estos versículos como arma arrojadiza.


Ahora más bien me brota el agradecimiento por todo lo bueno que Dios nos está regalando:

Dichosa la Iglesia que abre su casa y nos acoge, porque ella es reflejo de la misericordia de Dios.

Dichosos quienes arriesgan por acompañar a las personas LGBTIQ+, porque con certeza serán bendecidos por el Padre.

Dichosos quienes arriesgan por reconocerse diversos en la Iglesia, porque Dios también los reconocerá como hijas e hijos que aman sin reserva, y los pondrá a su derecha.


LGBTIQ+ significa hija e hijo de Dios.



© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.

Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: "Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.

Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.

Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.

Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis.

¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas."

junio 25, 2023

XIII. SALIR DEL ARMARIO Y PONERSE EN MARCHA

Sobre Lucas 24, 35-48

Hace años, cuatro amigos homosexuales creyentes nos comenzamos a reunir para hacer oración en una pequeña y escondida habitación que nos prestaron. Como estaba en un edificio de un colegio religioso, pidieron total discreción. No hacía falta el ruego, pues los cuatro teníamos suficientes razones para ser discretos hasta el extremo. Aún estábamos más dentro que fuera del armario. Además algunos éramos catequistas y seguro que si se descubría nuestro secreto lloverían los problemas.

Esos días se discutía en el Parlamento la Ley que permitiría al año siguiente el matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción por parte de parejas LGBTIQ+. La Iglesia organizaba grandes manifestaciones multitudinarias contra esa Ley. Algunos cardenales y obispos fueron especialmente crueles en sus homilías de aquellos meses, con comentarios que causaron dolor y rabia entre las personas LGBTIQ+ creyentes, como nosotros. Se multiplicaron por mil los expedientes de apostasía. Un obispo español dijo que los homosexuales no éramos auténticos hijos de Dios...

En mitad de ese caldeado ambiente nos reuníamos temerosos, irritados, enojados, asustados y, desorientados, orábamos por ver qué nos decía Dios de todo esto, temiendo que la situación apagara finalmente nuestra fe y encendiera nuestro rencor, acrecentando nuestra identidad de víctimas y, en consecuencia, hiciéramos caso a nuestro instinto de supervivencia abandonando todo, como ya alguna vez hablamos en esa apartada habitación.

La lectura de Lucas me recuerda toda esa historia: Creyentes en Jesús, asustados y poco menos que ocultos en un cuarto. Salvando las distancias, nosotros también éramos como esos apóstoles que tantas vicisitudes tuvieron que soportar para mantener viva su fe. Nosotros, como ellos, estábamos en una habitación muertos de miedo ante la que se estaba formando, sin saber muy bien si debíamos hacer algo u optar por desentendernos y vivir nuestras vidas al margen de Jesús. Los apóstoles, como nosotros, estaban esperando una señal que les animara a anunciar la Buena Noticia. Muchas coincidencias.

No se nos presentó Jesús a cenar, ni nos enseñó sus heridas para que creyéramos. Pero puso en nuestro particular camino de Emaús a personas que nos mostraron por dónde ir, y nos dio instrumentos para curar el rencor y el victimismo, las dos mayores tentaciones de cualquier persona cristiana LGBTIQ+.
Con nosotros Jesús se quedó. Nos dijo que, si estábamos convencidos de lo que Él significaba en nuestras vidas, debíamos contarlo. Y eso hacemos: compartir nuestra historia, contagiar nuestra experiencia. Ser testigos.
Somos testigos de salvación. Mujeres y hombres LGBTIQ+ que se saben hijas e hijos queridos por Dios. Y estamos decididos a anunciarlo, a transmitirlo, a contarlo.

*[En el año 2004 se fundó Ichthys, en una pequeña habitación cedida por una comunidad religiosa de Sevilla].


Ellos por su parte contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Estaban hablando de esto, cuando se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: —La paz esté con vosotros. Espantados y temblando de miedo, pensaban que era un fantasma. Pero él les dijo: —¿Por qué estáis turbados? ¿Por qué se os ocurren tantas dudas? Mirad mis manos y mis pies, que soy el mismo. Tocad y ved, que un fantasma no tiene carne y hueso, como veis que yo tengo. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Era tal el gozo y el asombro que no acababan de creer. Entonces les dijo: —¿Tenéis aquí algo de comer? Le ofrecieron un trozo de pescado asado. Lo tomó y lo comió en su presencia. Después les dijo: —Esto es lo que os decía cuando todavía estaba con vosotros: que tenía que cumplirse en mí todo lo escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió la inteligencia para que comprendieran la Escritura. Y añadió: —Así está escrito: que el Mesías tenía que padecer y resucitar de la muerte al tercer día; que en su nombre se predicaría penitencia y perdón de pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de ello.