Sobre el evangelio de Mateo 20, 1-16
...pero también del libro de Isaías 55, 6-9, el Salmo 144 y la carta de Pablo a los Filipenses 1, 20c-24.27a
(Ciclo A, XXV domingo del Tiempo Ordinario)
Hay una frase de esta parábola que podría pasar casi inadvertida y que, sin embargo, hoy se me queda clavada dentro: «Nadie nos ha contratado». Es la respuesta de quienes llevan todo el día esperando en la plaza cuando el dueño de la viña les pregunta por qué siguen allí. No dicen que no quisieran trabajar ni que hubieran rechazado ninguna invitación. Simplemente nadie había contado con ellos.
Y mientras leo estas palabras desde mi historia como hombre homosexual y creyente, inevitablemente pienso en tantas personas LGBTIQ+ que durante años permanecimos también esperando a las puertas de la viña. Muchas estábamos dentro de la Iglesia desde siempre: habíamos sido bautizadas, habíamos aprendido a rezar, participábamos en parroquias y comunidades. Pero había una parte de nuestra vida que parecía no poder entrar. Podíamos trabajar en la viña, sí, pero dejando fuera nuestro afecto, nuestra pareja, nuestra identidad, nuestra historia.
Durante años yo mismo llegué a pensar que aquello era lo normal. Que para permanecer cerca de Dios tenía que esconder una parte de mí y que quizá Él esperaba que algún día consiguiera cambiarla. Así puede una persona pasar mucho tiempo en la plaza: no porque Dios no la llame, sino porque otras personas se han colocado junto a la puerta decidiendo quién puede entrar y en qué condiciones.
Por eso me impresiona tanto el dueño de esta viña. Sale al amanecer, vuelve a media mañana, regresa al mediodía, por la tarde y cuando casi ha terminado la jornada. Parece incapaz de soportar que alguien permanezca fuera. Ese Dios sí se parece mucho al Dios que finalmente he encontrado: un Dios obstinado en buscarnos, que no empieza preguntando por nuestra orientación sexual, nuestra identidad de género o nuestra adecuación a determinados modelos. Cuando escucha «nadie nos ha contratado», no organiza una comisión para estudiar el caso.
Dice: «Id también vosotros a mi viña».
Ese también me parece hoy una de las palabras más hermosas del Evangelio, porque durante demasiado tiempo muchas personas LGBTIQ+ hemos escuchado otras: siempre que…, siempre y cuando…, pero con discreción…, sin hacer nada demasiado visible… Jesús, sin embargo, dice simplemente: también.
Isaías nos recuerda este domingo: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos». Quizá necesitemos escucharlo especialmente dentro de la Iglesia, porque con demasiada facilidad hemos construido fronteras, elaborado categorías y establecido quién está más cerca y quién está más lejos, para terminar llamando voluntad de Dios a nuestros propios límites.
Pero Dios sigue saliendo.
Y eso descoloca especialmente a quienes llegaron primero. Al terminar el día, el dueño entrega a los últimos exactamente el mismo salario que a quienes trabajaron desde la mañana. Estos protestan, no porque hayan recibido menos de lo acordado, sino porque los otros han recibido lo mismo. Quizá este sea uno de los grandes pecados religiosos: molestarnos porque Dios sea demasiado bueno con determinadas personas.
Por eso hoy quisiera dirigirme especialmente a quienes sois heterosexuales y creyentes. ¿Qué perdéis cuando una persona LGBTIQ+ descubre que Dios la ama exactamente igual que a vosotros? ¿Qué se os quita cuando nuestras parejas son respetadas? ¿Qué pierde vuestra fe cuando dejamos de escondernos? ¿Qué os falta cuando nosotros recibimos el mismo denario?
Porque algunas resistencias eclesiales quizá tengan más que ver con los trabajadores de primera hora de esta parábola de lo que nos gustaría reconocer. Han convertido la pertenencia en un privilegio, como si haber llegado antes otorgara más derechos sobre Dios, como si algunas personas pudieran decidir quién merece sentarse a la mesa o como si la gracia pudiera repartirse según orientación sexual, estado civil o cumplimiento de determinadas expectativas religiosas.
Y entonces Dios responde con una pregunta extraordinariamente provocadora: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». Quizá deberíamos escucharla dentro de nuestras parroquias y comunidades: ¿te incomoda que también las bendiga?, ¿te desconcierta que también las llame?, ¿te inquieta descubrir que quizá llevan años buscándome mientras tú pensabas que estaban lejos?
El Salmo 144 lo proclama sin demasiadas excepciones posibles: «El Señor es bueno con todos».
Con todos.
Quizá, entonces, la conversión que necesitamos no consista en conseguir que las personas LGBTIQ+ encontremos finalmente un sitio dentro de los esquemas que otros han construido. Quizá sean esos esquemas los que necesitan convertirse, porque la viña nunca fue nuestra. Es de Dios.
Hay además algo profundamente consolador en este Evangelio: el dueño no culpabiliza a quienes llegaron tarde ni les reprocha las horas perdidas. Simplemente las incorpora. Pienso en tantas personas LGBTIQ+ que regresan a la fe después de muchos años alejadas. A veces decimos que abandonaron la Iglesia, pero quizá deberíamos preguntarnos antes por qué se marcharon. Quizá algunas no se fueron. Quizá fueron empujadas hasta la plaza.
Yo conozco algo de esa plaza. Conozco el miedo a pensar que Dios pudiera rechazarme y también el esfuerzo inútil de intentar convertirme en aquello que otros esperaban. Pero conozco igualmente la alegría inmensa de descubrir que, mientras yo pensaba que estaba lejos de la viña, Dios seguía saliendo a buscarme.
Por eso las palabras de Pablo a los Filipenses adquieren hoy una fuerza especial: «Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo». No una vida digna de nuestras costumbres, de nuestras seguridades o de nuestros prejuicios. Digna del Evangelio. Y vivir dignamente el Evangelio quizá signifique preguntarnos a quién seguimos dejando en la plaza.
Quiero volver a hablarte a ti, creyente heterosexual que lees estas palabras. Quizá nunca hayas expulsado a nadie ni pronunciado un insulto homófobo. Quizá incluso pienses sinceramente que respetas a todo el mundo. Pero el Evangelio de hoy va más lejos: no pregunta únicamente si has hecho daño.
Pregunta si has salido a buscar.
Porque el dueño de la viña no se queda esperando cómodamente dentro. Sale una vez y otra y otra más. ¿A quién estás dispuesto a defender cuando alguien cuestione su dignidad? ¿A quién acompañarás cuando descubra que puede ser LGBTIQ+ y seguir llamando Padre a Dios? ¿Ante qué comentario dejarás de sonreír educadamente y decidirás decir: esto no es cristiano?
Quizá entonces empiece realmente a cambiar nuestra Iglesia. No cuando quienes hemos estado en los márgenes consigamos hacernos un pequeño hueco, sino cuando quienes nunca tuvisteis que pedir permiso para estar dentro salgáis también a la plaza.
Allí seguimos encontrándonos: personas heridas y esperanzadas, personas que se marcharon, que regresan y que todavía no se atreven. Algunas llegan al amanecer, otras a media tarde y otras cuando casi está oscureciendo.
No importa.
Al final todas reciben el mismo denario, porque el denario no es un premio por haberse portado mejor. El denario es su amor, y de ese amor nadie recibe una parte.
Dios se entrega entero.
También a nosotras. También a nosotros. También a mí.
Y cuando por fin comprendemos eso, dejamos de preguntarnos quién llegó primero y empezamos a celebrar que, al caer la tarde, ya no quede nadie esperando fuera.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com
Del evangelio de Mateo 20, 1-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.» Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?» Le respondieron: «Nadie nos ha contratado.» Él les dijo: «Id también vosotros a mi viña.» Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.» Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.» Él replicó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»
Lo que más me interpela del libro de Isaías 55, 6-9: «Buscad al Señor mientras se deja encontrar; invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino y vuelva al Señor; mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos; como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los vuestros».
Lo que más me interpela del Salmo 144: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos; el Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan».
Lo que más me interpela de la Carta de San Pablo a los Filipenses 1, 20c-24.27a: «Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte; para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia; deseo partir para estar con Cristo; quedarme en esta vida es más necesario para vosotros; lo importante es que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo».
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