Sobre Mateo 5, 13-16
Cuando escucho a Jesús decir “vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo”, no lo percibo como una consigna genérica dirigida a otros, sino como una palabra que me alcanza personalmente, tal como soy, también en mi identidad LGBTIQ+. En la oración, dejo que esa frase repose en mí, que descienda al lugar donde se cruzan mi fe, mis afectos y mi historia en la Iglesia. Y ahí descubro algo consolador: Jesús no dice “deberíais ser”, sino “sois”. Antes de cualquier mérito, antes de cualquier ajuste, hay una confianza puesta en nosotros.
Durante mucho tiempo me costó creer que las personas LGBTIQ+ creyentes pudiéramos ser sal y luz dentro de la Iglesia. Pensaba que, con suerte, podríamos ser toleradas, discretas, casi invisibles. Pero al mirar con más hondura mi experiencia de fe, al hacer memoria de los momentos en que me he sentido más vivo espiritualmente, reconozco que precisamente ahí —en la intemperie, en la búsqueda, en la fidelidad sostenida a pesar de todo— Dios estaba actuando con más fuerza. Y eso deja una huella. Eso da sabor.
Ser sal en la Iglesia, desde mi experiencia, no significa corregir a nadie desde arriba, sino preservar lo esencial del Evangelio: la misericordia, la verdad encarnada, la dignidad de cada persona. La sal actúa en silencio, pero transforma. Muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos aprendido a amar la Iglesia sin idealizarla, a permanecer sin dejar de ser críticas, a cuidar la fe común incluso cuando no siempre hemos sido cuidadas. En ese amor perseverante hay un sabor evangélico que no debería perderse.
Y ser luz… no como quien deslumbra, sino como quien acompaña. La luz no hace ruido, pero orienta. No se impone, pero permite ver. Cuando una persona LGBTIQ+ vive su fe con sencillez, sin esconderse ni confrontar desde la herida, se convierte en una pequeña lámpara encendida en medio de muchas sombras: la sombra del miedo, de la culpa, del silencio impuesto. Esa luz no nace del orgullo, sino de una vida reconciliada, de haber hecho el camino interior de integrar fe e identidad.
Desde ahí, mi compromiso como cristiano LGBTIQ+ se va clarificando. No se trata de ocupar espacios por reivindicación, sino de habitar la Iglesia con verdad. De preguntarme cada día, con honestidad: ¿qué me acerca más al modo de Jesús?, ¿qué me da paz honda y qué me la roba?, ¿dónde soy más fiel al Evangelio? Y al reconocer esas mociones interiores, descubro que cuando vivo desde la confianza y no desde el miedo, cuando sirvo y no me escondo, cuando comparto mi fe sin justificarme, algo se ilumina también para otros.
Jesús dice que la luz sirve para que “vean vuestras obras y glorifiquen al Padre”. No para que nos miren a nosotras, a nosotros, sino para que, a través de nuestras vidas, se transparente Dios. Creo sinceramente que las personas LGBTIQ+ creyentes podemos ayudar a la Iglesia a volver a lo esencial, a gustar de nuevo la alegría del Evangelio, a ensanchar el corazón. No porque seamos mejores, sino porque hemos tenido que buscar con más profundidad, discernir con más cuidado, confiar contra muchas evidencias.
Ser sal y luz en la Iglesia hoy, como personas LGBTIQ+, es una llamada hermosa y exigente. Nos invita a vivir sin dividirnos por dentro, a ofrecer lo que somos para el bien común, a poner nuestra experiencia al servicio de una Iglesia más evangélica. Y en esa entrega, humilde pero firme, descubro que Dios sigue obrando, para su mayor gloria y para el bien de todas y de todos.

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