Sobre Mateo 3, 13-17
Me gusta este pasaje del evangelio de Mateo, porque invita, como otros, a hacer una oración contemplativa a partir de la que es fácil transportarse a ese instante, a orillas del río. Imagino a Jesús acercándose al Jordán, y de alguna forma no puedo evitar verme reflejado en ese gesto suyo de avanzar despacio, sin imponerse, sin abrirse paso sobre los demás. Yo también me he acercado muchas veces a Dios así: con pudor, con preguntas, con una mezcla de deseo y de temor. No desde la seguridad de quien se siente “en regla”, sino desde la experiencia de ser una persona LGBTIQ+ creyente que ha tenido que aprender a no esconderse ante Él.
Durante mucho tiempo pensé que mi lugar estaba en los márgenes. Que podía creer, rezar, amar a Jesús, pero siempre con cierta distancia, como si no me correspondiera del todo estar ahí. Por eso me conmueve que Jesús no evite el agua, que no se reserve un espacio distinto. Se mete en el río, en el mismo río donde estoy yo, con mis heridas, mis dudas, mi historia. Ahí entiendo que Dios no me espera cuando esté “mejor”, sino que sale a mi encuentro justo donde estoy.
Cuando Juan se resiste a bautizar a Jesús, reconozco una voz que me ha acompañado muchas veces: la voz que dice “no eres digno”, “esto no es para ti”, “hay otros más adecuados que tú”. Y Jesús responde con calma, sin justificarse: “Conviene que así cumplamos toda justicia”. Esa frase me libera. Me hace pensar que la justicia de Dios no consiste en que yo deje de ser quien soy, sino en que pueda vivir de pie, reconciliado, sin tener que pedir perdón por existir.
El momento más fuerte para mí llega cuando Jesús sale del agua y escucha la voz del cielo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Ahí se me quiebra algo por dentro. Porque yo he necesitado escuchar eso. He necesitado creer que Dios puede mirarme con agrado, no con resignación. Que no me ama “a pesar de” mi identidad, sino también a través de ella, en mi cuerpo, en mi forma de amar, en mi manera concreta de estar en el mundo.
Este texto me invita a volver una y otra vez al Jordán. A dejar que Dios pronuncie sobre mí una palabra más fuerte que el rechazo, más fuerte que el miedo, más fuerte que la culpa aprendida. Cuando me acerco a Él con verdad, descubro que el cielo no se cierra, que el Espíritu sigue descendiendo, y que hay una voz que insiste, incluso hoy, en llamarme hijo amado. Y desde ahí, poco a poco, aprendo a creer que mi fe y mi identidad no se contradicen, sino que se abrazan en el mismo río.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comparte lo que quieras. Fírmalo si quieres. Siéntete libre y exprésate con respeto. ¡Gracias!