Sobre Juan 10, 1-10
Hay palabras de Jesús que, cuando las escucho, me atraviesan de una manera distinta. No como una enseñanza más, sino como algo que me coloca delante de mi propia historia. “Yo soy la puerta”, dice. Desde ahí, no puedo evitar pensar en todas las puertas que he tenido que mirar, tantear, temer… y finalmente elegir.
Durante mucho tiempo viví en un espacio cerrado. No solo por miedo a los demás, sino por miedo a equivocarme delante de Dios. Creciendo con una fe sincera, pero atravesada por una sospecha constante: que quizá yo no era como debía ser. Que había algo en mí que no encajaba en ese redil del que tanto me hablaban. Entonces uno aprende a quedarse dentro, pero sin paz. A permanecer, pero sin descanso.
Nunca dejé de creer en Dios. Incluso en los momentos más oscuros —cuando todo parecía confuso o injusto— había algo que no se rompía. Una presencia que no se imponía, pero tampoco se iba. Sin embargo, otra cosa muy distinta fue mi relación con la Iglesia. Porque ahí, desde muy pronto, empecé a sentir una fractura.
Escuchar una y otra vez que lo que eres es desordenado, que tu manera de amar está equivocada, que tu vida —tal como es— necesita ser corregida… no es algo neutro. Va calando. Va haciendo que dudes no solo de ti, sino de cualquier voz que venga en nombre de Dios. Y ahí es donde este Evangelio cobra una fuerza especial.
Jesús habla de quienes no entran por la puerta, de quienes fuerzan, manipulan, dispersan. Y lo dice con claridad: las ovejas no siguen a quien no reconoce su voz. Eso me hizo pensar muchas veces. Porque yo también dejé de reconocer la voz de Dios en algunos discursos. No porque quisiera apartarme, sino porque algo dentro de mí se resistía a creer que esa dureza, esa exclusión, esa forma de nombrar la vida pudiera venir de Él.
Y entonces entendí algo que me costó mucho aceptar: no todo lo que se dice en nombre de Dios lleva su voz.
Reconocer eso es fuerte. También es muy liberador.
Porque me permitió empezar a distinguir. A no confundir a Dios con quienes hablaban de Él. A no abandonar la fe, aunque tuviera que tomar distancia de ciertas formas de vivirla. A no seguir a extraños, aunque vistieran de pastores.
Jesús no dice: “yo soy el camino correcto entre muchos”. Dice algo más radical: “yo soy la puerta”. No un sistema. No una norma. No una estructura. Él.
Y eso lo cambia todo.
Porque entonces la pregunta ya no es si encajo o no en una determinada forma de Iglesia, sino si reconozco su voz. Y su voz —esto lo sé ahora— nunca me ha llamado desde el desprecio, ni desde el miedo, ni desde la condena. Siempre lo hizo desde la vida.
Llegar ahí no fue fácil.
Hubo momentos en los que otras puertas parecían más accesibles. Salidas rápidas: dejar la fe, romper con todo, desaparecer de ese mundo que dolía. Y entiendo profundamente a quienes lo hicieron. Porque cuando uno no encuentra vida, busca aire donde puede.
Yo mismo estuve ahí.
Pero también tuve la suerte —y no fue solo mérito mío— de encontrar personas que me ayudaron a discernir. Que no me empujaron, que no decidieron por mí, pero que me acompañaron hasta poder escuchar con más claridad. Y en medio de ese proceso, aún sin haber salido del todo de mi propio armario, algo se hizo evidente: había una voz que me llamaba por mi nombre. No para cambiar lo que soy, sino para darme vida.
Esa fue la puerta.
No la que otros señalaban. No la que imponía condiciones. No la que exigía negar partes de mí. Sino la que abría espacio para vivir en verdad.
Y eso —aunque no siempre se diga— tiene consecuencias.
Porque obliga también a mirar a la Iglesia con honestidad. A reconocer que, cuando la Tradición se coloca por encima del Evangelio, cuando las normas pesan más que la vida, cuando se habla de Dios sin parecerse a Él… algo se rompe. Y no en abstracto. Se rompe en personas concretas. En historias concretas. En vidas que se sienten expulsadas de un redil que debería ser hogar.
Aquí es donde esta reflexión no puede quedarse en lo personal.
A quienes no viven esta realidad en primera persona, este Evangelio les lanza una pregunta incómoda: ¿estamos ayudando a reconocer la voz de Cristo… o la estamos distorsionando? ¿Estamos siendo puerta… o barrera?
Porque hay muchas personas LGBTIQ+ que no han dejado de creer en Dios, pero han dejado de confiar en quienes hablaban en su nombre.
Y aun así, seguimos aquí.
No porque todo esté resuelto.
No porque todo encaje.
Sino porque, en medio de todo, hemos reconocido una voz.
Una voz que no excluye.
Que no humilla.
Que no negocia la dignidad.
Una voz que llama por el nombre de cada una y de cada uno…
Y promete algo que nadie más ha sabido dar:
Vida.
Y vida en abundancia.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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