Sobre Mateo 26
Permíteme que me atreva a proponerte algo para iniciar la Semana Santa. Te animo a volver a leer en algún momento —quizá más tarde, antes de dormir, al final del día— el largo relato que nos revela Mateo en su capítulo 26. Pero ahora hazlo en voz baja. Esta vez mueve los labios, entona cada frase, pronuncia cada palabra. Que tu voz sea solo un susurro. En un lugar tranquilo. Con poca luz. Sumérgete en lo que sucede, en esa historia. Imagina que estás ahí. Observa.
Fíjate en que todo ocurre de noche: la traición, el miedo, la huida, el juicio injusto. Es una noche densa, cargada de sombras… y, sin embargo, profundamente reveladora.
Cuando yo lo leo, no puedo evitar pensar que muchas personas LGBTIQ+ creyentes conocemos bien esa noche.
No hablo solo de dificultades. Me refiero a esa experiencia más honda: la de sentirse solo, juzgado, señalado, incluso dentro del propio espacio religioso. Esa sensación de que, en algún momento, tu nombre puede aparecer en boca de otros… no para cuidarte, sino para condenarte.
En la narración, Jesús no es rechazado por desconocidos. Es entregado por uno de los suyos. Es juzgado por autoridades religiosas. Es negado por un amigo. Eso duele más.
Y ahí, inevitablemente, se me cruza la imagen de lo que ha ocurrido estos días en La Bañeza. Una mujer trans brutalmente agredida por un grupo de personas, insultada, golpeada hasta casi perder un ojo (1). No es solo violencia física. Es algo más profundo: es el intento de despojar a alguien de su dignidad, el empeño violento de decirle que no tiene lugar.
Me pregunto, con el Evangelio abierto delante de mí, ¿cuántas veces esa misma lógica —no tan extrema, pero sí real— se ha colado también en espacios de Iglesia que deberían ser de acogida?
Mateo nos muestra a Jesús en medio de una violencia que se justifica religiosamente. Los sumos sacerdotes buscan motivos para condenarlo. Necesitan encajar su vida en una categoría que permita rechazarlo. Esto también nos resulta demasiado familiar.
Cuántas veces las personas LGBTIQ+ hemos sido reducidas a una categoría moral, a un problema, a una etiqueta que impide vernos como personas completas, como creyentes, como hijas e hijos de Dios.
Muchas veces he compartido aquí esta herida: no tanto el rechazo abierto —que también— sino la experiencia de una fe vivida bajo sospecha, como si hubiera que justificarse constantemente.
Y, sin embargo, en medio de esa noche, hay un detalle que me sostiene: Jesús no deja de ser quien es. Ni cuando lo traicionan. Ni cuando lo juzgan. Ni cuando lo golpean. Ni cuando Pedro lo niega.
Hay una fidelidad silenciosa en Jesús que no depende del reconocimiento de los demás. Eso, para mí, es profundamente liberador. Porque muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos tenido que aprender a sostener nuestra fe así: sin aplausos, a veces sin comprensión, incluso con miedo. Pero con una certeza interior que nadie puede arrebatarnos: que Dios no se equivoca con nosotros.
Mateo también nos muestra una escena que me parece clave: Jesús en Getsemaní. Tiene miedo. Suda angustia. Se siente solo. Pide compañía… y sus amigos se duermen.
Ese momento me parece de una humanidad brutal. Porque desmonta la idea de que la fe elimina el sufrimiento. No. Jesús no deja de sufrir. Pero no se encierra en sí mismo. Se dirige al Padre. Se mantiene en relación.
Quizá ahí hay una clave importante para nosotras y nosotros que ordena nuestra determinación a no perder la fe. No negamos el dolor. No maquillamos las heridas. Pero tampoco rompemos el vínculo con Dios. Porque, incluso en la noche, Dios sigue estando.
Mi oración contemplando el texto de Mateo me lleva también a compartir algo claro, con respeto pero sin rodeos: La reacción de las autoridades religiosas en este relato del inicio de la Pasión no es solo un dato histórico. Es una advertencia permanente. Cuando la religión se convierte en un sistema que protege su propia seguridad por encima de la vida concreta de las personas, puede terminar justificando lo injustificable.
Eso ocurrió con Jesús. Y, salvando las distancias, algo de eso sucede hoy cuando la dignidad de las personas LGBTIQ+ no es defendida con claridad, cuando el silencio sustituye al compromiso, cuando la prudencia institucional y doctrinal pesa más que el sufrimiento real. No basta con no agredir. El Evangelio pide algo más: ponerse del lado de la víctima.
A quienes compartimos la experiencia LGBTIQ+ creyente, este texto nos dice algo muy importante: nuestra fe no es menos auténtica por haber pasado por la noche. Al contrario, muchas veces se ha hecho más verdadera ahí.
Y si tú no vives esta realidad, pero quieres ser fiel al Evangelio, el relato de Mateo te lanza una pregunta incómoda: ¿Dónde estás cuando alguien es señalado, ridiculizado o agredido por ser quien es? ¿Durmiendo, como los discípulos? ¿Mirando hacia otro lado? ¿O acompañando, aunque algunas veces no sepas muy bien cómo?
La noche de Jesús no terminó en la noche. Pero pasó por ella. Y quizá hoy, para muchas personas LGBTIQ+, seguimos en ese tramo oscuro del camino. Pero no estamos solas. Porque el Dios en quien creemos no es ajeno a la violencia, ni al rechazo, ni a la injusticia. Es un Dios que ha pasado por todo eso. Y que, incluso en medio de la noche, sigue susurrando: “Levantaos… vamos.”
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com
(1) El 23 de marzo de 2026 Bianca Fernández, mujer trans, fue salvajemente agredida cuando intentaba utilizar los baños de mujeres en un pub de La Bañeza (León, España).
https://www.youtube.com/watch?v=uAjjxiM8dWc
Complot para matar a Jesús
Cuando terminó este discurso, Jesús dijo a sus discípulos: —Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua y este Hombre será entregado para ser crucificado. Entonces se reunieron los sumos sacerdotes y senadores del pueblo en casa del sumo sacerdote Caifás, y se pusieron de acuerdo para apoderarse de Jesús con una estratagema y darle muerte. Pero añadieron que no debía ser durante las fiestas, para que no se amotinara el pueblo.
Unción en Betania
Estando Jesús en Betania, en casa de Simón el Leproso, se le acercó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de mirra carísimo y se lo derramó en la cabeza mientras estaba a la mesa. Al verlo, los discípulos dijeron indignados:
—¿A qué viene este derroche? Se podía haber vendido bien caro para dar el producto a los pobres. Jesús lo advirtió y les dijo:
—¿Por qué molestáis a esta mujer? Ha hecho una obra buena conmigo. A los pobres los tendréis siempre cerca, pero a mí no siempre me tendréis. Al derramar el perfume sobre mi cuerpo, estaba preparando mi sepultura. Os aseguro que en cualquier parte del mundo donde se proclame la Buena Noticia, se mencionará lo que ha hecho ella.
Traición de Judas
Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, se dirigió a los sumos sacerdotes y les propuso:
—¿Qué me dais si os lo entrego a vosotros?
Ellos se pusieron de acuerdo en treinta monedas de plata. Desde aquel momento buscaba una ocasión para entregarlo.
Preparación de la cena pascual
El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
—¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? Él les contestó:
—Id a la ciudad, a un tal, y decidle: El maestro dice: mi hora está próxima; en tu casa celebraré la Pascua con mis discípulos. Los discípulos prepararon la cena de Pascua siguiendo las instrucciones de Jesús.
Anuncio de la traición
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían, les dijo:
—Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar. Consternados, empezaron a preguntarle uno por uno:
—¿Soy yo, Señor? Él contestó:
—El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ése me entregará. Este Hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay de aquél por quien este Hombre será entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido. Le dijo Judas, el traidor:
—¿Soy yo, maestro?
Le respondió Jesús:
—Tú lo has dicho.
Institución de la Eucaristía
Mientras cenaban, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo:
—Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Tomando la copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:
—Bebed todos de ella, porque ésta es mi sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados. Os digo que en adelante no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre. Cantaron los salmos y salieron hacia el monte de los Olivos.
Anuncia el abandono de sus discípulos
Entonces Jesús les dijo:
—Esta noche todos vais a fallar por mi causa, como está escrito:
Heriré al pastor y se dispersarán
las ovejas del rebaño. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea. Pedro le contestó:
—Aunque todos fallen esta noche, yo no fallaré. Jesús le respondió:
—Te aseguro que esta noche, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Pedro le replicó:
—Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.
Lo mismo dijeron los demás discípulos.
Oración en el huerto
Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos:
—Sentaos aquí mientras yo voy allá a orar. Tomó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y empezó a sentir tristeza y angustia. Les dijo:
—Siento una tristeza mortal; quedaos aquí, velando conmigo. Se adelantó un poco y, postrado rostro en tierra, oró así:
—Padre, si es posible, que se aparte de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Volvió a donde estaban los discípulos. Los encontró dormidos y dijo a Pedro:
—¿Será posible que no habéis sido capaces de velar una hora conmigo? Velad y orad para no sucumbir en la prueba. El espíritu es decidido, pero la carne es débil. Por segunda vez se alejó a orar:
—Padre, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, que se haga tu voluntad. Volvió de nuevo y los encontró dormidos, pues tenían mucho sueño. Los dejó y se apartó por tercera vez repitiendo la misma oración. Después se acercó a los discípulos y les dijo:
—¡Todavía dormidos y descansando! Está próxima la hora en que este Hombre será entregado en poder de los pecadores. Levantaos, vamos; se acerca el que me entrega.
Arresto de Jesús
Todavía estaba hablando cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de gente armada de espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El traidor les había dado una contraseña: Al que yo bese, ése es; arrestadlo. Enseguida, acercándose a Jesús le dijo:
—¡Salve, maestro!
Y le dio un beso. Jesús le dijo:
—Amigo, ¿a qué has venido?
Entonces se acercaron, le echaron mano y arrestaron a Jesús. Uno de los que estaban con Jesús desenvainó la espada y de un tajo cortó una oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
—Envaina la espada: Quien empuña la espada, a espada muere. ¿Crees que no puedo pedirle al Padre que me envíe enseguida más de doce legiones de ángeles? Pero entonces, ¿cómo se cumplirá lo que está escrito, que esto tiene que suceder? Entonces Jesús dijo a la multitud:
—Habéis salido armados de espadas y palos para capturarme como si se tratara de un asaltante. Diariamente me sentaba en el templo a enseñar y no me arrestasteis. Pero todo eso sucede para que se cumplan las profecías.
Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Jesús ante el Consejo
Los que lo habían arrestado lo condujeron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los letrados y los senadores. Pedro le fue siguiendo a distancia hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué acababa aquello. Los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno buscaban un testimonio falso contra Jesús que permitiera condenarlo a muerte. Y, aunque se presentaron muchos testigos falsos, no lo encontraron. Finalmente se presentaron dos alegando:
—Éste ha dicho: Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
—¿No respondes a lo que éstos declaran contra ti? Pero Jesús seguía callado.
El sumo sacerdote le dijo:
—Por el Dios vivo te conjuro para que nos digas si eres el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús le respondió:
—Tú lo has dicho. Y os digo que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y llegando en las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo:
—¡Ha blasfemado! ¿Qué falta nos hacen los testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Cuál es vuestro veredicto?
Respondieron:
—Reo de muerte. Entonces le escupieron al rostro, le dieron bofetadas y lo golpeaban diciendo:
—Mesías, adivina quién te ha pegado.
Negaciones de Pedro
Pedro estaba sentado fuera, en el patio. Se le acercó una criada y le dijo:
—Tú también estabas con Jesús el Galileo. Él lo negó delante de todos:
—No sé lo que dices. Salió al portal, lo vio otra criada y dijo a los que estaban allí:
—Éste estaba con Jesús el Nazareno. De nuevo lo negó jurando que no conocía a aquel hombre. Al poco tiempo se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
—Realmente tú eres uno de ellos, el acento te delata. Entonces empezó a echarse maldiciones y a jurar que no lo conocía. Al punto cantó un gallo y Pedro recordó lo que había dicho Jesús: Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. Y saliendo afuera, lloró amargamente.
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