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marzo 20, 2026

CCI. SAL FUERA


Sobre
Juan 11


Algunos pasajes del Evangelio no se pueden leer sin que algo dentro se remueva profundamente. El relato de Lázaro es uno de ellos. No solo porque habla de la muerte y de la vida, sino porque lo hace también de lo que significa vivir encerrado… y nos dice de la voz que nos llama a salir.

Cuando leo este capítulo de Juan, no puedo evitar imaginar la escena: una tumba cerrada, una piedra pesada, un hombre envuelto en vendas. Todo está detenido, inmóvil, como si la historia hubiese terminado.

Y, sin embargo, Jesús llega y dice algo que rompe esa lógica: “Quitad la piedra.”

Durante muchos años, muchas personas LGBTIQ+ creyentes hemos sentido que también vivíamos detrás de una piedra. No necesariamente porque quisiéramos escondernos, sino porque el miedo, la culpa o el rechazo habían construido ese sepulcro alrededor de nuestra vida. El famoso “armario” del que tantas veces hablamos no es solo un espacio social. Es también, muchas veces, un sepulcro espiritual.

Con frecuencia he narrado esta experiencia: la de una fe que ha tenido que crecer en silencio, en soledad, incluso en medio de una profunda herida interior. Una fe que se ha preguntado muchas veces si realmente había lugar para nosotras y nosotros en la Iglesia o si nuestra vida estaba destinada a quedarse siempre detrás de esa piedra.

Por eso el gesto de Jesús me parece tan profundamente liberador. Jesús no habla primero de doctrina ni de normas. Jesús llama a la vida. Y lo hace con una voz que atraviesa la tumba:

“¡Lázaro, sal fuera!”

Me impresiona pensar que Lázaro sale todavía atado, enredado en las vendas de la muerte. El milagro no termina con la salida del sepulcro. Jesús añade algo que a veces pasa desapercibido:

“Desatadlo y dejadlo andar.”

Quizá ahí está una de las imágenes más potentes para comprender la realidad de muchas personas LGBTIQ+ en la Iglesia. Muchas, muchos hemos conseguido salir del sepulcro del miedo. Hemos reconciliado nuestra fe con nuestra identidad. Hemos descubierto que Dios no nos rechaza. Hemos escuchado la voz de Cristo llamándonos por nuestros nombres.

Pero todavía quedan vendas. Vendas hechas de prejuicios, de silencios incómodos, de discursos que siguen insinuando que nuestra vida es un problema. Vendas que a veces no permiten caminar con libertad dentro de la comunidad cristiana.

Por eso este Evangelio no solo habla de resurrección. Habla también de liberación comunitaria: Jesús no desata a Lázaro directamente sino que pide a la comunidad que lo haga.

Eso significa algo muy serio para la Iglesia. Significa que la tarea de desatar, de liberar, de devolver dignidad, no es opcional. Es parte del Evangelio. Si la comunidad no ayuda a quitar las vendas, el milagro queda incompleto.

El relato de Juan introduce también otra reacción. Mientras algunos, al ver lo ocurrido, creen, otros se alarman. Los dirigentes religiosos comienzan a preocuparse. El signo de vida que Jesús realiza no provoca solo alegría: provoca miedo.

Porque la vida verdadera siempre cuestiona las estructuras que se han acostumbrado a convivir con la muerte.

Y entonces aparece una decisión inquietante: empiezan a pensar que Jesús debe morir.

Este detalle del Evangelio me parece profundamente actual. A veces la Iglesia se conmueve ante el sufrimiento de las personas LGBTIQ+, pero cuando nuestra experiencia de fe empieza a reclamar espacio, reconocimiento y palabra, surgen también resistencias. Como si nuestra existencia creyente pusiera en crisis ciertas seguridades.

Sin embargo, el Evangelio es claro: lo que Jesús hace con Lázaro es una obra de DiosNo una amenaza. No un escándalo. Sí una obra de vida.

Por eso, a quienes formamos parte del colectivo LGBTIQ+ creyente, este relato nos recuerda algo importante: nuestra historia no es una historia de muerte. Aunque durante años hayamos vivido escondidos, aunque hayamos sentido el peso de la piedra o la dureza de las vendas, la última palabra no la tiene el sepulcro. La última palabra la tiene la voz de CristoEsa voz que sigue llamando a salir, a respirar, a caminar con dignidad.

Y a quienes no compartís nuestra experiencia —hermanos y hermanas heterosexuales en la fe— este Evangelio os deja una pregunta muy concreta: ¿estáis ayudando a quitar las vendas o dejando que sigan ahí?

Porque no basta con alegrarse de que alguien haya salido de la tumba. El Evangelio pide algo más: desatarlo y dejarlo andar.

La Iglesia necesita escuchar hoy esa palabra de Jesús. Necesita comprender que la vida que Él despierta no puede quedar a medio camino.

A veces pienso que muchas personas LGBTIQ+ creyentes somos como Lázaro saliendo de la tumba: todavía un poco torpes, todavía envueltos en vendas, pero profundamente vivos.

Y tal vez nuestra existencia sea, para la Iglesia, un signo incómodo… pero también una oportunidad. La oportunidad de aprender, una vez más, que el Dios de Jesús no es el guardián de los sepulcros. Es el Señor de la vida.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com




 Había un enfermo llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y su hermana Marta. María era la que había ungido al Señor con perfumes y le había enjugado los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro estaba enfermo. Las hermanas le enviaron este recado:
—Señor, tu amigo está enfermo. Al oírlo, Jesús comentó:
—Esta enfermedad no ha de acabar en la muerte; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús era amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro. Sin embargo cuando oyó que estaba enfermo, prolongó su estancia dos días en el lugar. Después dice a los discípulos:
—Vamos a volver a Judea. Le dicen los discípulos:
—Rabí, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y quieres volver allá? Jesús les contestó:
—¿No tiene el día doce horas? Quien camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; quien camina de noche tropieza, porque no tiene luz. Dicho esto, añadió:
—Nuestro amigo Lázaro está dormido; voy a despertarlo. Contestaron los discípulos:
—Señor, si está dormido, sanará. Pero Jesús se refería a su muerte, mientras que ellos creyeron que se refería al sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente:
—Lázaro ha muerto. Y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Vayamos a verlo. Tomás, que significa mellizo, dijo a los demás discípulos:
—Vamos también nosotros a morir con él. Cuando Jesús llegó, encontró que llevaba cuatro días en el sepulcro. Betania queda cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para darles el pésame por la muerte de su hermano. Cuando Marta oyó que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Marta dijo a Jesús:
—Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que lo que pidas, Dios te lo concederá. Le dice Jesús:
—Tu hermano resucitará. Le dice Marta:
—Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le contestó:
—Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Lo crees? Le contestó:
—Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo. Dicho esto, se fue, llamó en privado a su hermana María y le dijo:
—El Maestro está aquí y te llama. Al oírlo, se levantó a toda prisa y se dirigió hacia él. Jesús no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde lo encontró Marta. Los judíos que estaban con ella en la casa consolándola, al ver que María se levantaba de repente y salía, fueron detrás de ella, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando María llegó adonde estaba Jesús, al verlo, cayó a sus pies y le dijo:
—Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. Jesús al ver llorar a María y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció por dentro y dijo muy conmovido:
—¿Dónde lo habéis puesto?
Le dicen:
—Ven, Señor, y lo verás. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
—¡Cómo lo quería! Pero algunos decían:
—El que abrió los ojos al ciego, ¿no pudo impedir que éste muriera? Jesús, estremeciéndose de nuevo, se dirigió al sepulcro. Era una caverna con una piedra delante. Jesús dice:
—Retirad la piedra.
Le dice Marta, la hermana del difunto:
—Señor, ya hiede, pues lleva cuatro días muerto. Le contesta Jesús:
—¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios? Retiraron la piedra.
Jesús alzó la vista al cielo y dijo:
—Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la gente que me rodea, para que crean que tú me enviaste. Dicho esto, gritó con fuerte voz:
—Lázaro, sal afuera. Salió el muerto con los pies y las manos sujetos con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo:
—Desatadlo y dejadlo ir. Muchos judíos que habían ido a visitar a María y vieron lo que hizo creyeron en él. Pero algunos fueron y contaron a los fariseos lo que había hecho Jesús. Los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron entonces el Consejo y dijeron:
—¿Qué hacemos? Este hombre está haciendo muchas señales. Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, entonces vendrán los romanos y nos destruirán el santuario y la nación. Uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
—No entendéis nada. ¿No veis que es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que muera toda la nación? No lo dijo por cuenta propia, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús moriría por la nación. Y no sólo por la nación, sino para congregar a los hijos de Dios que estaban dispersos. Así, a partir de aquel día, acordaron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se marchó a una región próxima al desierto, a un pueblo llamado Efraín, y se quedó allí con los discípulos. Se acercaba la Pascua judía y muchos subían del campo a Jerusalén para purificarse antes de la fiesta. Buscaban a Jesús y, de pie en el templo, comentaban entre sí:
—¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta o no? Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes para que quien conociese su paradero lo denunciara, de modo que pudieran arrestarlo.

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