Durante demasiado tiempo, algunas personas se han creído con derecho a decidir quién merece el amor de Dios, quién puede sentarse a su mesa y quién debe conformarse con mirar desde fuera. Como si la Iglesia fuera de quienes se consideran sus dueños y dueñas. Como si nuestras vidas les pertenecieran. Pero Jesús, con una simple moneda entre las manos, nos recuerda algo que debería hacerlo temblar todo: llevamos grabada la imagen de Dios, no la de quienes pretenden juzgarnos. Y esa imagen nadie puede borrarla. Ni siquiera en nombre de la religión. Por eso, las personas LGBTIQ+ creyentes no estamos llamadas a mendigar un lugar en la Iglesia, sino a reconocer que ya es nuestra casa y a comprometernos a transformarla. Porque no somos vuestros ni vuestras. Somos de Dios. Y también somos Iglesia.
Sobre el evangelio de Mateo 22, 15-21
...pero también del libro de Isaías 45, 1.4-6, el Salmo 95 y la primera carta de Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-5b
(Ciclo A, XXIX domingo del Tiempo Ordinario)
Me imagino a Jesús con aquella moneda en la mano, rodeado de gente que no busca precisamente escucharle, sino pillarle en un renuncio. Y me hace sonreír la habilidad con la que se sale de la trampa. Les pregunta de quién es la imagen que aparece grabada en la moneda. Del César, naturalmente. Pero lo que viene después, aquello de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, encierra mucho más de lo que parece. Porque, si lo pensamos un momento, surge otra pregunta: ¿y nosotros?, ¿de quién llevamos grabada la imagen?
La respuesta me parece preciosa. Llevamos la imagen de Dios. Tú, yo, la persona que se sienta a nuestro lado en la iglesia y también aquella a la que algunos preferirían ver lejos de sus bancos. Todas las personas. Y, por supuesto, también quienes somos lesbianas, gais, bisexuales, trans, intersexuales o queer. No somos criaturas mal hechas ni errores que haya que corregir. Dios no se equivocó al crearnos. Y eso, que debería resultar tan evidente para cualquier persona creyente, todavía cuesta escucharlo en demasiados ambientes eclesiales.
Sé bien de lo que hablo. Hubo un tiempo en que llegué a creer que mi homosexualidad me alejaba de Dios. No porque Él me lo hubiera dicho, claro, sino porque otros se encargaron de hacérmelo creer. Y cuando uno escucha determinadas condenas desde pequeño, termina confundiéndolas con la voz del propio Dios. Hasta que un día empiezas a descubrir que ese Dios al que tanto temías nunca había dejado de quererte. La verdad es que cuesta explicar lo que significa recuperar así la fe. Descubrir que no tenías que cambiar para que Dios te amase, sino dejar de esconderte para poder vivir plenamente ese amor.
Por eso me resulta tan difícil aceptar que todavía haya quienes, dentro de nuestra Iglesia, se atribuyan la autoridad de decidir qué vidas son dignas de bendición y cuáles deben permanecer ocultas. Se habla mucho de acogida, pero a veces parece que se nos invita a entrar siempre que no hagamos demasiado ruido, no mostremos nuestros afectos o no pretendamos ocupar determinados lugares. Y eso no es acogida. Es una tolerancia vigilada. Nadie puede exigirnos que renunciemos a ser quienes somos como precio para sentirnos parte de la Iglesia. No estamos reclamando un privilegio. Estamos recordando algo mucho más sencillo: también somos hijos e hijas de Dios.
Además, la primera lectura de hoy parece empeñada en recordarnos lo poco que conocemos los caminos del Señor. Isaías nos habla de Ciro, un rey extranjero, alguien que ni siquiera conoce a Dios y a quien, sin embargo, Dios llama por su nombre y convierte en instrumento de su proyecto. ¡Qué curioso! Dios no parece demasiado preocupado por respetar las fronteras que nosotros nos empeñamos en levantar. Quizá quienes siguen cerrando puertas en su nombre deberían preguntarse si no estarán poniendo obstáculos precisamente donde Él quiere abrir caminos. Porque una Iglesia que pretende administrar el amor de Dios termina olvidando que ese amor nunca fue de su propiedad.
El salmo nos invita a contar las maravillas del Señor a todos los pueblos. Y yo pienso en tantas historias que todavía permanecen escondidas. En parejas que viven su amor con una fidelidad admirable, en personas trans que han tenido que recorrer caminos durísimos para poder vivir con verdad, en creyentes que siguen rezando a pesar de haber escuchado demasiadas veces que no son bienvenidos. También ahí hay maravillas de Dios. También ahí hay Evangelio. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocerlo? No somos un problema que la Iglesia tenga que resolver. Somos parte de la buena noticia que está llamada a anunciar.
Pero hay algo más que me gustaría compartir, especialmente con quienes, como yo, vivimos nuestra fe desde la diversidad sexual y de género. Durante mucho tiempo hemos tenido que dedicar tantas energías a defender nuestra dignidad que quizá corremos el riesgo de quedarnos ahí, esperando que alguien nos abra definitivamente la puerta. Y, sin embargo, la Iglesia también es nuestra. No somos invitados que deben agradecer que les permitan sentarse a la mesa. Somos parte de la familia. ¿Y si empezamos a vivirlo con todas sus consecuencias? ¿Y si, además de reclamar una Iglesia acogedora, nos comprometemos a hacerla realidad allí donde estamos? En nuestras parroquias, en nuestras comunidades, acompañando a quienes todavía tienen miedo, tendiendo la mano incluso a quienes no terminan de comprendernos. No basta con soñar una Iglesia diferente. Tenemos mucho que aportar para construirla.
Y permitidme aquí unas palabras para quienes lleváis años trabajando en grupos y asociaciones de creyentes LGBTIQ+. Sé lo que significa dedicar tiempo, ilusiones y esfuerzos a abrir caminos y encontrarse, una y otra vez, con las mismas resistencias. Hay momentos en que uno se cansa. Mucho. Incluso llega a preguntarse si merece la pena seguir. Si estás ahí, quisiera decirte algo que también necesito recordarme: no tienes que poder con todo. Descansa cuando lo necesites, deja que otras manos tomen el relevo y no confundas el compromiso con la obligación de agotarte. Pero tampoco olvides cuánto bien has sembrado, aunque no siempre puedas verlo. San Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, habla de una fe que trabaja, de un amor que se esfuerza y de una esperanza que permanece. Me gusta pensar que algo de eso hay en nuestra pequeña historia colectiva. Todavía hacen falta nuestras voces, nuestras manos y, sobre todo, nuestra alegría. No dejemos que el cansancio nos haga olvidar por qué empezamos.
También quisiera que quienes nunca han tenido que ocultar a la persona que aman, o justificar su identidad para sentirse aceptados en una comunidad cristiana, comprendieran algo esencial: no necesitamos que nos concedan una dignidad que ya tenemos. Necesitamos que aprendamos, entre todos y todas, a reconocernos como hermanos y hermanas. Y eso exige bastante más que buenas palabras. Exige abandonar prejuicios, escuchar historias que quizá incomodan y atreverse a cambiar algunas cosas. Porque una Iglesia que obliga a esconder el amor difícilmente puede anunciar con credibilidad al Dios que es Amor.
Vuelvo entonces a aquella moneda del Evangelio. El César había puesto su imagen sobre ella para dejar claro a quién pertenecía. Nosotros también llevamos una imagen grabada, aunque no se vea y aunque haya quienes se empeñen en ignorarla. Y me gusta pensar que Jesús, al contemplar cualquiera de nuestras vidas, reconocería inmediatamente de quién es ese rostro.
Después de tantos años, de tantas búsquedas, de tantas alegrías y también de algunos desencuentros, hay algo que tengo cada vez más claro:
No llevo la marca de quienes me condenaron. Llevo la imagen de quien me creó.
Y sueño con una Iglesia que, cuando nos mire, también sea capaz de reconocerla.
© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com
¿Cuándo descubriste que nadie podía decidir por ti cuánto te ama Dios?
👇 Comenta al final de la entrada
Del evangelio de Mateo 22,15-21
En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?»
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.»
Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta cara y esta inscripción?»
Le respondieron: «Del César.»
Entonces les replicó: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»
Lo que más me interpela de Isaías 45,1.4-6: «Yo lo he tomado de la mano; para abrir ante él las puertas; te llamé por tu nombre; aunque no me conocías; yo soy el Señor y no hay otro; para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí».
Lo que más me interpela del Salmo 95,1.3.4-5.7-8.9-10a.10c: «Cantad al Señor un cántico nuevo; contad a los pueblos su gloria; sus maravillas a todas las naciones; el Señor ha hecho el cielo; familias de los pueblos, aclamad al Señor; aclamad la gloria de su nombre; decid a los pueblos: el Señor es rey».
Lo que más me interpela de la 1ª carta de Pablo a los Tesalonicenses 1,1-5b: «A vosotros, gracia y paz; damos gracias a Dios por todos vosotros; os tenemos presentes en nuestras oraciones; la actividad de vuestra fe; el esfuerzo de vuestro amor; la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo; Dios os ha elegido; no solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo».

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comparte lo que quieras. Fírmalo si quieres. Siéntete libre y exprésate con respeto. ¡Gracias!