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octubre 23, 2026

CCXXX. EL PADRE NO EXCLUYE


EL PADRE NO EXCLUYE

Hay algo que nunca he terminado de entender: cómo hemos conseguido convertir el amor de Dios en una especie de privilegio que algunas personas se creen autorizadas a repartir. A mí me enseñaron que, por ser homosexual, debía cambiar para merecerlo. Y llegué a creérmelo. Hasta que descubrí que el Padre jamás me había rechazado. No era Dios quien me cerraba las puertas. Eran quienes decían hablar en su nombre. Hoy Jesús nos recuerda que toda nuestra fe se sostiene sobre el amor. Y eso debería hacernos pensar, porque quizá el verdadero escándalo no sea que las personas LGBTIQ+ reclamemos nuestro lugar en la Iglesia, sino que todavía haya quienes pretendan negárnoslo en nombre del Evangelio.

Sobre el evangelio de Mateo 22, 34-40

...pero también del libro de Éxodo 22, 20-26, el Salmo 17 y la primera carta de Pablo a los Tesalonicenses 1, 5c-10

(Ciclo A, XXX domingo del Tiempo Ordinario)

Me cuesta entender que hayamos convertido el amor, precisamente el amor, en uno de los asuntos más complicados de nuestra vida cristiana. Discutimos sobre normas, doctrinas y comportamientos; establecemos condiciones, levantamos barreras y hasta nos atrevemos a decidir quién merece sentirse acogido en la Iglesia. Y todo eso mientras proclamamos que Dios nos ama sin medida. ¡Menuda contradicción! Hablamos de un amor sin límites, pero seguimos empeñados en ponerle fronteras. A veces me pregunto si hemos comprendido realmente lo que Jesús quiso enseñarnos.

Hoy el Evangelio nos recuerda que toda la Ley y los Profetas se sostienen sobre dos mandamientos inseparables: amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. Nada de excepciones. Nada de categorías de personas más o menos dignas de ese amor. Sin embargo, todavía encontramos comunidades cristianas donde la orientación sexual o la identidad de género parecen importar más que la fe, la generosidad o la entrega de una persona. ¡Qué lejos estamos de Jesús cuando nos creemos autorizados a decidir a quién debe amar Dios!

La primera lectura, del Éxodo, contiene una advertencia que debería remover nuestras conciencias. Dios escucha el clamor de quienes sufren el maltrato y la opresión. Habla de personas extranjeras, viudas, huérfanas, de quienes se encuentran especialmente indefensos. No puedo evitar pensar en tantas personas LGBTIQ+ que han terminado alejándose de sus comunidades cristianas después de sentirse juzgadas, humilladas o rechazadas. Conozco historias que me estremecen. Y también conozco ese miedo desde dentro. No basta con mantener abiertas las puertas de los templos cuando seguimos haciendo sentir a algunas personas que sobran dentro. Mucho menos podemos llamar fidelidad al Evangelio a lo que acaba alejando de Jesús a quienes necesitan descubrirse amados.

Durante buena parte de mi vida creí que mi homosexualidad era un obstáculo para acercarme a Dios. Recuerdo mis oraciones suplicándole que me cambiara, que me hiciera como los demás. Me habían enseñado a amar a un Dios en cuyo nombre también me enseñaron a despreciarme. Y llegué a creerlo. Hasta que fui descubriendo, casi con incredulidad, que el Padre no me había dado nunca la espalda. Que no esperaba que dejase de ser yo para abrazarme. ¡Cuántos años tratando de merecer un amor que ya tenía! Aquella reconciliación conmigo mismo fue también el comienzo de una historia nueva con Dios. Dejé de pedirle que me cambiara y empecé a agradecerle que me hubiera creado así.

Pero hubo algo más que tuve que aprender. Porque reconciliarme conmigo mismo no significó que desapareciera de golpe el resentimiento hacia quienes me habían hecho daño. Me costaba aceptar que Jesús también me pidiera amar a quienes seguían despreciándonos. Y todavía hoy tengo que recordármelo cuando escucho determinadas declaraciones o conozco nuevos episodios de exclusión dentro de la Iglesia. Denunciar la injusticia es una exigencia del amor. Convertir el resentimiento en nuestra manera de vivir, no. No siempre resulta fácil distinguirlo, pero estoy convencido de que ahí se juega buena parte de nuestra credibilidad como seguidores de Jesús.

A veces recuerdo una escena de mi adolescencia. Un compañero fue humillado por parecer diferente y yo permanecí callado, aterrorizado ante la posibilidad de que alguien descubriera que también era homosexual. Aquella cobardía, nacida del miedo, me ha acompañado durante muchos años. Y quizá por eso hoy siento con tanta fuerza que no puedo mirar hacia otro lado cuando alguien es señalado o excluido. Amar al prójimo no consiste solamente en no hacerle daño. También significa dar la cara por él cuando los demás se la vuelven. No quiero que otras personas tengan que atravesar la misma soledad que yo conocí.

Por eso no me basta con haber recuperado mi dignidad ni con disfrutar de una libertad que tantas personas todavía no han podido alcanzar. Si verdaderamente creo que Dios me ama sin condiciones, tengo que ayudar a que otras personas puedan experimentar lo mismo. Y eso supone comprometerme con una Iglesia donde nadie tenga que elegir entre su fe y su identidad. Una Iglesia donde podamos amar, servir, celebrar y compartir nuestros dones sin escondernos. La verdadera fidelidad a la Iglesia no consiste en proteger sus muros, sino en ayudarla a parecerse cada día más a Jesús. La amo demasiado como para resignarme a que siga habiendo personas que se sientan extranjeras en la casa de su propio Padre.

Pablo recuerda a los tesalonicenses que acogieron la Palabra en medio de las dificultades, pero con la alegría del Espíritu Santo, hasta convertirse en ejemplo para otras comunidades. ¡Qué hermosa misión tenemos también nosotros! Las personas LGBTIQ+ creyentes podemos mostrar un rostro de Dios que muchas hermanas y hermanos nuestros todavía desconocen. Nuestra experiencia de liberación, nuestras heridas reconciliadas y nuestra forma de seguir creyendo a pesar de tantas dificultades tienen mucho que aportar. No somos un problema que la Iglesia deba resolver, ni una excepción que tenga que tolerar. Somos Iglesia. Y no hemos recorrido todo este camino para limitarnos a reclamar un lugar. Estamos llamados a construir una comunidad donde nadie tenga que volver a mendigarlo.

Sé que a veces cansa. Que hay esfuerzos sostenidos durante años, puertas que parecen no abrirse y decepciones que terminan desgastando hasta la ilusión. También conozco esa tentación de pensar que ya hemos hecho bastante. Y puede que necesitemos descansar, cambiar de tarea o dejar que otras personas tomen el relevo. Pero me resisto a creer que todo lo sembrado haya caído en tierra estéril. Quedan muchas personas esperando encontrar una comunidad donde sentirse acogidas, y todavía podemos ofrecerles nuestras voces, nuestras manos y nuestra experiencia. Sin heroicidades ni obligaciones imposibles. Desde la libertad de quienes saben que Dios los ama. Porque no se trata de resistir por resistir, sino de seguir encontrando razones para amar.

Hoy quisiera preguntarnos a quienes compartimos esta experiencia de fe: ¿qué estamos haciendo con la libertad que tanto nos costó conquistar? ¿Nos conformamos con haber encontrado nuestro sitio o seguimos dispuestos a ayudar a quienes todavía lo buscan? ¿Somos capaces de denunciar la injusticia sin permitir que el resentimiento nos robe la alegría de seguir a Jesús? Porque nuestro compromiso no consiste en sustituir una exclusión por otra. Jesús no nos llama a derrotar personas, sino a vencer aquello que nos impide reconocernos como hermanas y hermanos.

El salmista proclama: «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza». Hoy puedo repetir esas palabras con una alegría que durante muchos años me pareció imposible. Amo a Dios con toda mi historia, con mi homosexualidad, con mis aciertos y mis equivocaciones. Y precisamente porque me sé profundamente amado por Él, quiero seguir amando esta Iglesia nuestra y ayudando a transformarla. Sin pedir permiso para ser quien soy, sin devolver desprecio por desprecio y sin conformarme con una acogida a medias.

Porque el amor que Jesús nos propone no consiste en abrir una pequeña puerta a quienes fueron excluidos. Consiste en derribar los muros que nunca debieron levantarse.

Y esa tarea también es nuestra. 


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

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Del evangelio de Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «»Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.» Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

Lo que más me interpela de Éxodo 22,20-26: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante; no explotarás a viudas ni a huérfanos; si los explotas y gritan a mí, yo escucharé su clamor; si prestas dinero a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero; si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo».

Lo que más me interpela del Salmo 17,2-3a.3bc-4.47.51ab: «Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza; el Dios que me protege y me libera; tú eres mi refugio, mi salvación, mi escudo; cuando invoqué al Señor de mi esperanza, me libró; bendito seas, Señor, que me proteges; mostraste tu amor a tu elegido».

Lo que más me interpela de la 1ª de Pablo a los Tesalonicenses 1,5c-10: «Acogisteis la Palabra en medio de grandes dificultades, con la alegría del Espíritu Santo; os convertisteis en ejemplo para todos los creyentes; vuestra fe en Dios se difundió por todas partes; abandonasteis los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero; aguardáis a su Hijo Jesús, a quien resucitó de entre los muertos».

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