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octubre 03, 2026

CCXXVII. NO SOIS LOS DUEÑOS


La viña no pertenece a quienes ponen condiciones para entrar, ni a quienes deciden qué vidas merecen dar fruto. Es de Dios. Y también las personas LGBTIQ+ formamos parte de ella, no por concesión de nadie, sino por llamada. Esta reflexión quiere recordar algo incómodo y hermoso a la vez: nadie puede apropiarse de la Iglesia, y nosotros y nosotras también estamos llamados a ayudar a transformarla.

Sobre el evangelio de Mateo 21, 33-43

...pero también del libro de Isaías 5, 1-7, el Salmo 79 y la carta de Pablo a los Filipenses 4, 6-9

(Ciclo A, XXVII domingo del Tiempo Ordinario)

Hay una frase en esta parábola que hoy me golpea de una manera especial: la viña tiene dueño, pero los labradores no lo son. La viña es de Dios. Y quizá buena parte del problema empieza justo ahí, cuando alguien olvida algo tan sencillo. Cuando quienes recibieron el encargo de cuidarla terminan creyendo que les pertenece. Cuando empiezan a decidir quién entra, quién sobra, quién merece trabajar en ella y quién debe quedarse fuera. A veces incluso levantan cercas que Dios nunca pidió.

Como hombre homosexual y creyente, conozco algunas de esas cercas. Durante demasiados años aprendí a esconder una parte de mí para poder seguir dentro. Aprendí a medir palabras, gestos, afectos. A vivir con ese miedo tan difícil de explicar a quien nunca lo ha sentido: el miedo a que te miren distinto cuando sepan quién eres de verdad. También conocí palabras religiosas que, en vez de acercarme a Dios, me hicieron sentir culpable, sospechoso, casi defectuoso. Y es que hubo un tiempo en que llegué a pensar que, para acercarme a Dios, tenía que alejarme de mí mismo.

Hasta que fui descubriendo algo que cambió mi manera de creer: Dios no estaba detrás de aquella cerca. Estaba conmigo. Me conocía, me quería entero y me llamaba por mi nombre. Por eso me cuesta escuchar esta parábola sin pensar en una Iglesia que, demasiadas veces, ha confundido cuidar la viña con vigilarla. Y también, seamos claros, con controlarla. Como si alguien pudiera ponerle puertas a Dios. Como si una doctrina, una tradición o una autoridad pudiera convertirnos en propietarios de algo que solo pertenece al Señor. Mucho menos podemos decidir qué vidas son dignas de dar fruto.

Isaías cuenta que Dios trabajó su viña con mimo. La cavó, quitó las piedras, plantó buenas cepas. Esperaba uvas dulces y encontró frutos amargos. Y esa imagen sigue teniendo mucha fuerza hoy. Porque una comunidad cristiana puede tener templos hermosos, liturgias cuidadas, documentos impecables y discursos muy ortodoxos, y al mismo tiempo hacer que una persona LGBTIQ+ salga de allí sintiéndose más pequeña, más sola o más lejos de Dios. Algo falla entonces. Y no poco.

A las personas creyentes heterosexuales esta Palabra debería removerles por dentro. Porque acoger no puede significar simplemente “te dejamos estar aquí mientras no molestes demasiado”. No basta con decir que las puertas están abiertas si, una vez dentro, seguimos encontrando condiciones para poder ser quienes somos. La viña se reconoce por sus frutos, no por sus carteles de bienvenida.

Pero la verdad es que hoy tampoco quiero quedarme solo ahí. Porque quienes somos LGBTIQ+ y creyentes podemos pasar años enteros delante de la cerca, señalando —con razón— quién la levantó, quién nos hirió, quién nos cerró puertas. Y eso forma parte de nuestra historia. No hay que borrarlo. Pero yo ya no quiero vivir eternamente junto a la verja. Quiero entrar en la viña, ensuciarme las manos y ayudar a cuidarla.

El salmo pide a Dios que vuelva a visitar su viña y la restaure. Y cada vez estoy más convencido de que esa restauración también pasa por nosotros y nosotras. Por nuestras comunidades, por los grupos que acompañan, por una conversación a tiempo, por la mano que se tiende a quien llega con miedo, por la palabra que se pronuncia cuando alguien es humillado. También por nuestra presencia. Por seguir estando. No porque alguien haya tenido la amabilidad de dejarnos entrar, sino porque Dios nos llamó.

Pablo, además, ofrece una forma preciosa de reconocer los frutos: todo lo verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable. Siempre me impresiona esa lista. No dice heterosexual. No dice homosexual. No dice trans. Dice verdadero. Justo. Amable. Ahí está el criterio.

Y quizá después de tantos años intentando demostrar que también pertenecemos, haya llegado el momento de comprender algo todavía más grande: nuestra misión no consiste solo en conseguir un sitio dentro de la Iglesia. Estamos llamados a ayudar a construir la Iglesia que todavía falta. Una Iglesia donde nadie tenga que partirse en dos para acercarse a Dios. Donde ninguna orientación sexual ni identidad de género convierta a nadie en sospechoso. Donde la diversidad no sea soportada con resignación, sino recibida con alegría, como parte de esa viña inmensa que Dios sigue cultivando.

Y entonces las preguntas cambian: hermana, hermano LGBTIQ+, ¿qué fruto puedes ofrecer tú? ¿A quién puedes ayudar a volver a confiar? ¿Qué pequeña cerca puedes ayudar a derribar? No hace falta hacer cosas enormes. A veces será escuchar, acompañar, quedarse al lado de alguien que empieza a descubrir que Dios no le rechaza, alzar la voz cuando sea necesario o, simplemente, negarnos a repetir sobre otras personas las mismas exclusiones que un día nos hicieron tanto daño.

La viña está herida, sí. Pero sigue viva. Sigue siendo de Dios. Y nosotros también formamos parte de ella.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

La imagen está generada por IA

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Del evangelio de Mateo 21, 33-43
 
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: «Tendrán respeto a mi hijo.» Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: «Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.» Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?» Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Lo que más me interpela del libro de Isaías 5,1-7: «Mi amigo tenía una viña en una fértil ladera; la cavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas; esperaba que diese uvas, pero dio agrazones; ¿qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?; esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos».

Lo que más me interpela del Salmo 79,9.12.13-14.15-16.19-20: «Sacaste una vid de Egipto y la trasplantaste; extendió sus sarmientos hasta el mar; ¿por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes?; Dios del universo, vuélvete, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña; cuida la cepa que tu diestra plantó; no nos alejaremos de ti; Señor, Dios del universo, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve».

Lo que más me interpela de la carta de Pablo a los Filipenses 4,6-9: «Nada os preocupe; en toda ocasión presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias; la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús; todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, tenedlo en cuenta; lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros».