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octubre 10, 2026

CCXXVIII. ¡ENSANCHEMOS LA MESA!


¡Basta de esperar a que nos hagan un hueco! Dios nos ha invitado a su mesa, aunque algunos sigan empeñados en decidir quién merece sentarse. Las personas LGBTIQ+ creyentes no estamos llamadas a conformarnos con ser toleradas, sino a transformar la Iglesia desde dentro. Porque no se trata solo de ocupar nuestro sitio. Se trata de ensanchar la mesa hasta que nadie vuelva a quedarse fuera.

Sobre el evangelio de Mateo 22, 1-14

...pero también del libro de Isaías 25, 6-10a, el Salmo 22, 1-6 y la carta de Pablo a los Filipenses 4, 12-14.19-20

(Ciclo A, XXVIII domingo del Tiempo Ordinario)

Durante mucho tiempo llegué a pensar que, para sentarme a la mesa de Dios, tenía que dejar una parte de mí fuera. Como si mi homosexualidad fuese algo que debía esconder, disimular un poco, para poder entrar sin molestar a nadie. Por eso, cuando escucho a Jesús contar que el rey mandó buscar invitados a los cruces de los caminos, no puedo evitar sonreír. ¡También venían a buscarnos a nosotros! Y lo mejor es que no teníamos que demostrar nada para recibir la invitación.

Conozco bien esos cruces. Son esos lugares donde tantas personas LGBTIQ+ creyentes hemos permanecido esperando, mientras otras se arrogaban el derecho de decidir si éramos suficientemente dignas para formar parte de la Iglesia. Cuántas condiciones, cuántas advertencias y cuántas invitaciones, más o menos disimuladas, a permanecer invisibles. Sin embargo, el Evangelio no deja lugar a muchas dudas: el rey manda llamar a cuantos encuentren. A todos. Sin interrogatorios, sin certificados de buena conducta, sin exigirles que sean otras personas. Dios invita a quienes algunos se empeñan en dejar fuera. Y nadie debería atreverse a cerrar una puerta que Cristo ha abierto.

Isaías nos habla de un banquete preparado para todos los pueblos, donde Dios arrancará los velos y enjugará las lágrimas de todos los rostros. Me emociona imaginar una Iglesia así, donde nadie tenga que esconder a la persona que ama, ni bajar la voz al hablar de su vida, ni sentirse bajo sospecha por ser quien es. Y es que hay una enorme diferencia entre acoger de verdad y permitir que alguien entre con la condición de que no se note demasiado su presencia. No queremos que nos toleren como si fuésemos una molestia inevitable. Queremos vivir con naturalidad la dignidad y el lugar que Dios nunca nos ha negado.

Luego está aquel invitado que aparece sin traje de fiesta. Reconozco que es una escena difícil y que, leída desde el miedo, podría servir para volver a señalarnos. Pero cada vez estoy más convencido de que el vestido que Dios espera no tiene nada que ver con esconder nuestra identidad, fingir una vida que no es la nuestra o someternos a una obediencia sin preguntas. Tiene que ver con la misericordia, con la justicia, con nuestra manera de tratar a los demás. Porque, seamos claros, también se puede entrar en un templo revestido de solemnidad y llevar el corazón desnudo de Evangelio. Y resulta especialmente doloroso cuando se recurre a palabras religiosas para justificar el desprecio, o se presentan los propios prejuicios como si fueran la voluntad de Dios.

El salmista dice que el Señor prepara una mesa ante sus adversarios y que su copa rebosa. ¡Cuántas veces he vuelto a esas palabras para recordar que mi sitio junto a Jesús no depende de la aprobación de nadie! Pablo, por su parte, nos habla de su experiencia de escasez y abundancia, y de la fortaleza que encuentra en Cristo. Algo sabemos también nosotros de eso. Hemos pasado por momentos de soledad, de incomprensión, incluso de ganas de marcharnos y no volver. Pero aquí seguimos. Con nuestras dudas, nuestras pequeñas cicatrices y, sobre todo, con una fe que se ha ido haciendo más nuestra. No seguimos aquí porque nos guste sufrir. Seguimos porque amamos a Dios y porque esta Iglesia también es nuestra casa.

Y hoy quisiera hablar especialmente a mis hermanas y hermanos LGBTIQ+ creyentes. ¿Y si dejamos de esperar a que alguien nos dé permiso para sentarnos y empezamos a ocupar, con alegría y sin complejos, el lugar que Dios nos ha preparado? ¿Y si todo lo que hemos vivido, incluso aquello que nos hizo tambalear, puede convertirse ahora en un regalo para nuestra Iglesia? Tenemos mucho que aportar. Nuestra experiencia de fe, nuestra manera de amar, la sensibilidad que hemos desarrollado para reconocer a quienes sufren, nuestra capacidad de levantarnos y volver a empezar. No estamos aquí para agradecer eternamente que nos dejen pasar. Somos Iglesia. Y tenemos mucho que decir, mucho que compartir y bastante trabajo por delante.

Así que ¡vayamos a la fiesta! Entremos con nuestros afectos, con nuestras historias, con las personas que amamos y con nuestras ganas de construir algo hermoso. Que se escuchen nuestras voces en los templos, que compartamos el pan y que sepamos acercarnos a quienes todavía viven su fe a escondidas, quizá convencidos de que Dios no puede quererles tal como son. Denunciemos, por supuesto, las palabras que humillan, las normas que excluyen y esas actitudes que tienen tan poco que ver con Jesús. Pero procuremos hacerlo sin quedarnos atrapados en el resentimiento. No se trata de cambiar quién manda ni de conquistar un pequeño espacio de privilegio. Se trata de que nadie, absolutamente nadie, vuelva a sentirse extranjero en la casa de Dios.

La verdad es que sigo amando profundamente a esta Iglesia. Con sus luces y sus sombras, con todo lo que me ha dado y también con lo que tantas veces me ha dolido. Y precisamente porque la quiero, me resisto a aceptar que se convierta en una especie de fortaleza, preocupada por vigilar quién entra y quién sale, mientras Jesús continúa recorriendo los caminos en busca de invitados. Una Iglesia que nos pide esconder el amor para poder hablar de Dios necesita volver a escuchar el Evangelio. Y nosotros, con nuestra presencia y nuestro testimonio, podemos ayudar a que eso ocurra.

La fiesta ya ha comenzado. No tiene mucho sentido seguir esperando en la puerta, mirando hacia dentro como si todo aquello no fuese también nuestro. Entremos con lo que somos, con nuestras mejores galas, con nuestras ganas de vivir y con toda la esperanza que seamos capaces de reunir. Y, una vez dentro, no nos olvidemos de salir a buscar a quienes todavía no se atreven a acercarse.

Porque Dios no nos ha invitado solamente para que encontremos nuestro sitio en la mesa. Nos ha llamado también para que ayudemos a hacerla más grande.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com

La imagen está generada por IA


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Del evangelio de Mateo 22,1-14

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.» Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: «La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.» Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?» El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»


Lo que más me interpela de Isaías 25,6-10a: «El Señor preparará para todos los pueblos un festín de manjares suculentos; arrancará el velo que cubre a todos los pueblos; aniquilará la muerte para siempre; enjugará las lágrimas de todos los rostros; este es nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación; celebremos y gocemos con su salvación».

Lo que más me interpela del Salmo 22,1-6: «El Señor es mi pastor, nada me falta; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; preparas una mesa ante mí; mi copa rebosa; tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida».

Lo que más me interpela de Filipenses 4,12-14.19-20: «Sé vivir en pobreza y abundancia; todo lo puedo en aquel que me conforta; hicisteis bien en compartir mis tribulaciones; mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús; a Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos».


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