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agosto 24, 2023

LXXV EL RICO Y LÁZARO

Sobre Lucas 16, 19-31


LA OPULENCIA FRENTE A LA MISERIA


La interpretación más evidente de esta parábola es la intención de Jesús por confrontar la riqueza frente a la pobreza. No hay lugar a dudas, sobre todo sabiendo que Lucas coloca esta parábola de contraste justo después de otra —la del administrador astuto— que terminó con una sentencia incontestable: “O Dios o el dinero”.

Esta vez el hombre rico no es un tipo sin escrúpulos ni comete ninguna injusticia manifiesta sobre el pobre Lázaro. Sin embargo Jesús desenmascara su actitud de indiferencia absoluta ante la presencia del hombre desgraciado en el portal de su casa, mientras él disfruta de un banquete espléndido tras otro.

Lázaro vive un infierno en vida, así que al morir goza de la compañía de Abrahán. Paralelamente fallece el hombre rico, que ha disfrutado de todo, pero este es conducido al abismo. La parábola no entra a detallar si el hombre rico fue una persona injusta, violenta… Su verdadera culpa fue pecar de omisión, es decir, no prestar atención a la necesidad palpable de Lázaro, a quien casi podía oler su dolor y pobreza y ante el que no hizo nada para procurarle los mínimos derechos de ser una persona digna.


LA INDIFERENCIA FRENTE A LA INJUSTICIA


Más allá del indiscutible sentido de esta parábola, en cuanto a la riqueza de muy pocos en contraste a la pobreza de muchos, está el propósito de Jesús por denunciar el pecado de omisión ante las situaciones de injusticia que continuamente se presentan frente a nosotros. 

Para muchas personas cristianas la dedicación a la caridad se reduce a un compromiso —desde luego totalmente loable y sincero— con la pobreza material. 

A partir de aquí voy a elevar una denuncia que seguramente no levantará mucha simpatía, pero es que ciertamente y pese a quien pese, no es una prioridad para mucha gente creyente católica comprometerse en otras misiones ante las que hay ciertas dudas morales o doctrinales. Me explico: no hace demasiados años (en historia de las sociedades humanas un siglo es ayer) la defensa de los derechos humanos de las personas negras era una rareza entre las comunidades cristianas, y quienes en nombre de Jesús se animaban a ello eran convenientemente apartados de las estructuras oficiales y relegados a los extremos revolucionarios. Que nadie se rompa las vestiduras: ¿Cómo fueron tratados los teólogos (y teólogas) de la Liberación, la mayoría injuriados y zaheridos, cuando no apartados y ocultados?¿Cuántos han bramado en estos días contra la Iglesia que se ha puesto al lado de los indígenas de la Amazonia? 


LAS DIFERENTES INJUSTICIAS


Lo que a la clase religiosa judía desconcertaba de Jesús era cómo se preocupaba de los últimos, porque Él lo hacía comprometidamente y, sobre todo, desinteresadamente. Era algo novedoso que además contrariaba los intereses de las clases dominantes porque los ponía en evidencia denunciando sus incoherencias.

Escribas, fariseos y sacerdotes, al igual que cualquier buen judío, cumplían la Ley. Por ejemplo, seguramente daban limosna a los pobres como Lázaro. Pero no había una preocupación más allá de la fidelidad a los preceptos. Para ellos el concepto de justicia se limitaba a una particular percepción de lo que era injusto y, en consecuencia, no había víctimas sino personas a las que el destino o los pecados de sus ancestros habían abocado a la enfermedad o a la miseria.

Jesús denuncia la impasibilidad de los que se creen justos ante quienes han sido situados en los límites, en los extremos, en la desdicha. A estos desesperados Jesús los llama bienaventurados.


Lo mismo sucede hoy también. Se ha establecido una relación vertical entre quienes están situados en lo alto y se han otorgado el título de intérpretes y gestores de la Verdad (social, económica, religiosa, da igual), y todo lo demás. En esa línea descendente se colocan las diferentes situaciones de injusticia en un orden de mayor a menor decencia —no se me ocurre otra palabra mejor—, desde lo que es digno de condescendiente lástima y por tanto merece dedicación, hasta lo que puede considerarse incluso cerca de la indignidad y lo absolutamente intolerable, por lo cual para algunas personas no merece ninguna consideración, pues su destino es el fracaso, el abismo, y además —piensan— se lo merecen.


Salvo un porcentaje sensiblemente minoritario de entre quienes dicen ser creyentes de cualquier Dios, la inmensa mayoría tramita el trato de compromiso tangible con sus particulares Lázaros de forma totalmente aséptica. Conozco mejor el mundo católico pero por lo que sé resulta igual en cualquiera de las demás religiones. En todas la caridad, la misericordia, se gestiona desde lejos. Los despreciados, —no sólo los hambrientos de cualquier zona del mundo, los refugiados, los inmigrantes desesperados sino incluso esos que malviven en la esquina de nuestros hogares–, no son más que estadística con la que tratamos de forma muy impersonal, tranquilizando nuestras conciencias con determinadas acciones que de vez en cuando nos hacen sentir mejores personas. 


Y entre el conjunto de gente despreciada y excluida están los que merecen una mayor consideración, quizá porque son más cercanos a la experiencia del “me podría pasar a mí”. Los pobres, los que se quedaron parados y están al límite, los que de verdad pasan hambre mientras banqueteamos los fines de semana. Esos indudablemente merecen nuestra solidaridad, aunque no nuestra inconstancia. 

Después están otros arrinconados, los excluidos porque son percibidos como los que se buscan los problemas y se ganan el desprecio de la mayoría porque sus vidas no siguen los cánones que la doctrina social, moral y religiosa dictan para poder ser aceptados. Pero estos sujetos de la injusticia no alcanzan el nivel de atención, compromiso y misión por parte de la sociedad, la comunidad, la Iglesia en nuestro caso, porque ciertamente Jesús no los nombra en las bienaventuranzas con nombres y apellidos. Y a las entidades apostólicas, a los cristianos comprometidos que crean la conciencia de que hay que luchar por la justicia de los excluidos, ciertamente se le presentarán menos problemas si dirigen su misión hacia el mundo de los inmigrantes, los pobres, los drogadictos o la prostitución, que si la orientan hacia los divorciados o los homosexuales.


LA OMISIÓN


El colectivo LGBTIQ+, como el de personas divorciadas, vivimos en esta frontera de la Iglesia en la que seguimos siendo parte de, pero sin serlo. Una vez hablaba con una persona relevante de la Iglesia católica a quien decía que la Iglesia debía ser más inclusiva. Me interrumpió para decirme que la Iglesia es inclusiva por propia definición. Pero en la realidad del día a día no lo es. 

Lo que esta persona me dijo es como si aceptáramos que el hombre rico atendió adecuadamente a Lázaro porque permitía que durmiera en el portal de su casa en vez de echarlo fuera. 

Mientras se mantenga una postura ambigua ante las terapias de conversión, mientras se impida a las personas transexuales y divorciadas recibir los sacramentos en sus parroquias ante sus comunidades, mientras se pongan impedimentos para que una pareja de madres o padres puedan bautizar a su hija o hijo, mientras se despida a los profesores de religión homosexuales, mientras se obstaculice a las personas LGBTIQ+ cursar estudios religiosos u ordenarse, la Iglesia —y en ella estamos todas y todos— estará mirando a otro lado. Estará pecando de omisión.



En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: "Había un hombre rico que se vestía de purpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.
Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.
Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.
Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: "Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. "
Pero Abrahán le contestó: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.
Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros."
El rico insistió: "Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento."
Abrahán le dice: "Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen."
El rico contestó: "No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.
Abrahán le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto."

agosto 23, 2023

LXXIV O DIOS O EL DINERO

Sobre Lucas 16, 1-13.



La parábola del administrador astuto es uno de los textos más difíciles de interpretar de todo el Nuevo Testamento. Al menos para mí lo es. De hecho ha suscitado importantes exégesis a lo largo del tiempo, incluso por parte de Padres de la Iglesia, todas muy interesantes pero con distintos matices en sus conclusiones. Por eso me da cierto pudor poner por escrito lo que la reflexión de esta Palabra me dice, que es bastante desde luego. Porque no soy biblista ni mucho menos. Y tampoco soy teólogo. Así que intentaré caminar cauteloso entre estas líneas con la humildad que me permite expresar lo que siento desde la experiencia de fe y, por supuesto, de vida.


Creo que la mejor forma de acercarse a esta parábola es interpretándola como un juego irónico que nos propone Jesús, un guión de comedia que nos sorprende por lo fácilmente imaginable que es cada escena. Asombra lo actual que resulta lo que cuenta. Hoy estamos tristemente habituados a personajes como el hombre rico, el administrador astuto y los deudores que terminan aceptando hacer trampas. Todos forman parte de un engranaje de injusticias, inmoralidades y abusos que parecen ser “normales” en la dinámica social y económica en que vivimos. Parece que los tiempos no han cambiado.


Una lectura cerrada de esta parábola puede llevarnos a dudar si alguno de los comportamientos observados en ella pueden ser, si no lícitos, al menos justificables. En ciertas traducciones, la palabra señor (en referencia al hombre rico) se ha cambiado por amo, precisamente para evitar equívocos al equiparar al señor, en minúsculas, con el Señor, nuestro Dios. De hecho las versiones al uso en la liturgia emplean la palabra amo desde hace mucho tiempo. Sin embargo, el más aceptado original de este Evangelio está en griego y parece bastante claro que Lucas no escribió “jefe”, ni “dueño”, ni “propietario”, ni “terrateniente”, ni tampoco “amo”, sino “señor”, sin mayúscula inicial, pues no se utilizaba habitualmente ese carácter diferenciador como en nuestra lengua, por ejemplo. 


Me gusta creer —siguiendo las tesis de algunos teólogos y biblistas estudiosos de Lucas— que el evangelista lo hizo adrede para crear esa confusión entre quienes escucharan esta parábola que, por cierto, no se recoge en ningún otro Evangelio. Así llega un momento en que cuando nombramos al hombre rico con la palabra señor, nos parece que lo que sucede en el relato es que la forma de actuar del administrador está bien y es buena, porque encuentra una manera de salvar el pellejo y despierta la admiración del señor por su astucia. 

Estamos acostumbrados a las parábolas que escriben otros evangelistas, con protagonistas positivos y comparaciones claras. Lucas, por el contrario, narra las parábolas por contraste, y eso complica encontrar su sentido pero, sin embargo, permite que su mensaje sea muy directo e implacable, terriblemente incontestable.


Lucas nos presenta a un Jesús que ironiza con quienes lo escuchan. Todos los protagonistas de la parábola son unos impresentables. No se salva ni el señor, el amo. Seguramente los discípulos y quienes estuvieran allí oyendo al Maestro esperaban otro desenlace, otro tipo de historia. Pero no: el cuento acaba con el señor alabando a aquel administrador infame porque había actuado sagazmente. 

Por eso era necesario que Jesús, al terminar la parábola, aclarara un poco qué había pasado y es entonces cuando habla sobre la honradez, la lealtad, la integridad y la decencia. Terminando con dos de las frases más duras de todo el Nuevo Testamento: “ningún criado puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará a otro, o será fiel a uno y despreciará a otro”; y la más tajante: “no podéis servir a Dios y al Dinero”.


La interpretación de esta última frase no deja lugar a dudas. Ciertamente en un mundo globalizado donde los intereses económicos de unos pocos influyen tan directa y negativamente en el bienestar de la mayoría, la sentencia de Jesús tiene que hacernos recapacitar sobre qué podemos hacer al respecto como creyentes.

Es tentador adentrarse en discursos de riqueza y pobreza si nos dejamos llevar por la demagogia. 

Procuro ser más práctico en mis pensamientos de cara a poder ser más crítico con mis propios comportamientos. Y puesto que muy poco puedo hacer ante empresas tan grandes como que la Iglesia reparta sus bienes entre los pobres, prefiero centrarme en no permitir que las riquezas que poseo se conviertan en mi dueño y señor por encima de las personas y situaciones de dolor e injusticia que me rodean. A partir de ahí actúo, por supuesto, pero eso queda en mi conciencia y apelo a otra palabra de Jesús —“que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”— para no compartir más de lo que es público.


No hay mucho margen en la lectura de hoy para hablar desde mi ser LGBTIQ+. En esto, como en todo, Jesús no hace distinciones a la hora de elegir destinatarios para su mensaje. El hecho de que sea homosexual no me excluye del compromiso para hacer de este mundo un lugar más justo, donde las diferencias sociales y económicas sean cada vez menores. Aún más, las personas LGBTIQ+ formamos parte de una frontera social y de una minoría que sigue siendo marginada en demasiados aspectos. Esa experiencia debe hacernos más solidarios y ha de empujarnos a ser más coherentes entre nuestra fe y nuestros comportamientos. 



En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes.
Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido."
El administrador se puso a echar sus cálculos:
"¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. "
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: "¿Cuánto debes a mi amo?"
Éste respondió: "Cien barriles de aceite."
Él le dijo: "Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta."
Luego dijo a otro: "Y tú, ¿cuánto debes?"
Él contestó: "Cien fanegas de trigo."
Le dijo: "Aquí está tu recibo, escribe ochenta."
Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.
Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado.
Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?
Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero."

agosto 22, 2023

LXXIII LA HISTORIA DE LA OVEJA PERDIDA Y LA HISTORIA DEL HIJO MAYOR

Sobre el Capítulo 15 de Lucas


1. La oveja


Durante muchos años estuve parapetado en el armario porque tenía miedo a que me hiciesen daño. Esta corta frase resume muchas más consecuencias, y supone infinidad de causas. A veces confundimos las cosas y creemos –o nos hacen creer– que los armarios los construimos las personas LGBTIQ+ para escondernos y resguardarnos, casi como un medio útil y cómodo donde evadirnos de la realidad. Pero ninguno de nuestros refugios, castillos y fortalezas inexpugnables fueron o son estancias agradables ni tienen razón de ser si no es porque hay quienes señalan a las personas diferentes solo porque somos eso: diferentes. Y entre todas las razones que me obligaron a invisibilizarme durante la mayor parte de mi vida, las más tristes y aborrecibles son las que se sustentan en la interpretación de la Palabra de Dios.


Si algo me quedó claro desde muy niño es que las personas como yo éramos indecentes, inmorales, sucias, viciosas, enfermas y, desde luego, pecadoras. No había discusión al respecto. Esa consciencia de que en mí había algo que no estaba bien y que, por tanto, eso que me sucedía y experimentaba no era agradable a Dios, me acompañó hasta hace bien poco. Mis primeras referencias a este asunto en la confesión con algún sacerdote fueron muy negativas, frustrantes e incluso bochornosas. Determiné no hablar más de ello. Que me sintiera atraído por los chicos en vez de por las chicas fue mi “pecado inconfeso e inconfesable” durante años. Tengo varias anécdotas al respecto, pero hay dos que a veces he contado porque son especialmente significativas:


Una vez llegué a creer que el sacerdote con quien estaba confesándome iba a ayudarme a entender qué me pasaba y me mostraría cómo compaginarlo con la fe. De hecho empezó bien. Yo era un adolescente confuso y necesitaba un mapa urgentemente. Logró ganarse mi confianza con un tono fraternal que me invitaba a contar cómo me sentía. Pero de repente me habló de la cruz y el sufrimiento, y del sacrificio y del dolor. En definitiva, me dijo que ser homosexual era mi cruz, a la que debía abrazar y así mantenerme fiel a Jesucristo a quien, por cierto, no le agradaban demasiado los homosexuales, pero aún así los amaba porque Él era amor. Y punto.

Me fui de allí bastante desconcertado, casi igual que llegué pero ahora resignado a aceptar mi homosexualidad como una trágica cruz que llevar a cuestas para siempre, además de provocado a domar mis afectos para evitar caer en pecado.


En otra ocasión –fue la última vez que me confesé nombrando mi identidad homosexual– el cura me escuchó atentamente, aunque en algún instante tuviera que sacarme con sacacorchos lo que quería contar. Cuando terminé empezó a explicarme que mi forma de ser y sentir estaba alejándome de Dios. Yo era –textual– una oveja descarriada del rebaño y si seguía por ese camino me perdería irremediablemente. Así estuvo hablándome un buen rato, oveja arriba, oveja abajo. En ningún momento nombró al Buen Pastor, pero se preocupó mucho de hacerme sentir una mala y pérfida oveja.


Muchos años después me acordaba de este episodio que, junto a otros, me causó mucho dolor y angustia. Lo recordaba orando el capítulo 15 de Lucas, con la parábola de la oveja perdida. Siempre me habían hecho creer que yo era esa oveja extraviada. Nadie se preocupó de contarme la buena noticia de que en realidad era la oveja encontrada. 

No me había perdido por propia iniciativa, sino que me habían excluido del rebaño a fuerza de hacerme creer que era indigno, vergonzoso e inconveniente. Y en tanto tiempo pensé que eso podía ser verdad. Pero el sueño de Dios es otro. Ni tenía que cargar con una cruz ni debía estar por más tiempo perdido, porque Él me había rescatado y convencido de que me ama incondicionalmente.


Orando este capítulo de Lucas, me gusta detenerme en la murmuración de los fariseos y maestros  sobre Jesús que recoge el evangelista: «este acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús se rodeaba de excluidos y olvidados, de gente perdida y castigada por ser diferente. Eso llamaba la atención de quienes se encontraban en el estatus de gestores e intérpretes de la Ley y la Palabra porque iba contra sus principios y tradiciones. Nada excesivamente diferente a la situación actual, donde para ciertos sectores ser persona LGBTIQ+ y cristiana sólo es posible si cargas con tu cruz o te separas un poquito del rebaño.


2. El hijo mayor


Lucas finaliza el capítulo con la parábola del hijo pródigo. Este texto ha supuesto un motor de cambio para mí en cuanto a la percepción de la acogida, del perdón, de la necesidad de dejar atrás rencores y resentimientos. Y aún sigue removiéndome porque cada vez encuentro en este bello relato algo nuevo que me conmueve.


Hay un personaje en la parábola que desconcierta: el hijo mayor. Cuando se entera de que su hermano ha vuelto y que su padre ha preparado una fiesta para celebrarlo no se alegra. Más bien se enoja y pide explicaciones. Me llama mucho la atención lo que dice a su padre refiriéndose a su hermano y retratándose él mismo: 

—Mira, tantos años llevo sirviéndote, sin desobedecer una orden tuya, y nunca me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos. Pero, cuando ha llegado ese hijo tuyo, que ha gastado tu fortuna con prostitutas, has matado para él el ternero cebado.

Es decir, le recuerda al padre que él es el bueno mientras que su hermano menor es el malo. Y lo nombra diciendo “ese hijo tuyo” en vez de “mi hermano”. De alguna forma su fraternidad está rota.

El hijo mayor quizá pensaba que el perdido de su hermano merecía un castigo por malgastarlo todo, mientras él había sido fiel y cumplidor sin recibir nada especial.


Para mí como homosexual en medio de la sociedad y la Iglesia actuales, me resulta muy práctico –y cómodo– identificarme con el hijo menor que es recibido de nuevo en casa incondicionalmente y con evidente alegría por parte del padre. Igualmente, es fácil para mí reconocer en el hijo mayor a todas aquellas personas que no aceptan de buen grado que las realidades en situación de exclusión y repulsión, todas aquellas que viven alejadas, perdidas, separadas, regresen a casa sin condiciones, y encima se celebre una fiesta porque han vuelto. 


Sin perder de vista lo anterior, voy a hacer una reflexión que no es fácil. Hay una posibilidad de que quien regrese al Padre (pongo ahora mayúsculas) no sea sólo el hijo menor sino también el hijo mayor, y con unos matices que superan a las evidentes motivaciones del hijo menor. 

El menor se arrepiente y vuelve a casa porque se da cuenta de su error, pero sobre todo porque se muere de asco y de hambre. El mayor vive en fidelidad al Padre, no le falta de nada. Se cree justo porque es cumplidor y no está acostumbrado a que quien no lo es reciba un premio en vez de un castigo, como sucede a la vuelta del hermano perdido. Así que ha llegado el momento en que el hijo mayor tiene que transformar su corazón diametralmente, aceptando, abrazando y acogiendo a quien vuelve a casa después de tanto tiempo.


Regresando al símil anterior, hay muchos hermanos mayores que preguntan al Padre la razón por la que se celebra una fiesta porque quienes estábamos lejos hemos vuelto a casa. Aún más claro, sigue habiendo quienes no se alegran de que las diferentes fronteras de la Iglesia hagamos de esta nuestra casa: personas separadas y divorciadas, realidades LGBTIQ+, no somos bien recibidas por nuestros hermanos mayores que piden explicaciones y ponen condiciones.


La parábola deja abierto el final. A mí me gusta pensar que el Padre convence a su primogénito y este entra en la fiesta. Sin el hijo mayor la casa del padre está desequilibrada, tanto como durante el tiempo que estuvo fuera el menor de los hijos. 


Cuando Jesús relata esta parábola no solo se dirige a los hijos pródigos que por centenares le estamos escuchando, muchos aún sin reconocerse ni plantearse aún volver a casa. Jesús habla especialmente a los hijos mayores, para que vuestros corazones se abran y entréis en la fiesta, «porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».



Todos los recaudadores y los pecadores se acercaban a escucharle, de modo que los fariseos y los letrados murmuraban: —Éste recibe a pecadores y come con ellos. Él les contestó con la siguiente parábola: —Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va a buscar la extraviada hasta encontrarla? Al encontrarla, se la echa a los hombros contento, va a casa, llama a amigos y vecinos y les dice: Alegraos conmigo pues encontré la oveja perdida. Os digo que, de la misma manera, habrá más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse. Si una mujer tiene diez monedas y pierde una, ¿no enciende un candil, barre la casa y busca diligentemente hasta encontrarla? Al encontrarla, llama a las amigas y vecinas y les dice: Alegraos conmigo porque encontré la moneda perdida. Os digo que lo mismo se alegrarán los ángeles de Dios por un pecador que se arrepienta. Añadió: —Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo al padre: Padre, dame la parte de la fortuna que me corresponde. Él les repartió los bienes. A los pocos días, el hijo menor reunió todo y emigró a un país lejano, donde derrochó su fortuna viviendo como un libertino. Cuando gastó todo, sobrevino una carestía grave en aquel país, y empezó a pasar necesidad. Fue y se puso al servicio de un hacendado del país, el cual lo envió a sus campos a cuidar cerdos. Deseaba llenarse el estómago de las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitando pensó: —A cuántos jornaleros de mi padre les sobra el pan mientras yo me muero de hambre. Me pondré en camino a casa de mi padre y le diré: He pecado contra Dios y te he ofendido; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros. Y se puso en camino a casa de su padre. Estaba aún distante cuando su padre lo divisó y se enterneció. Corriendo, se le echó al cuello y le besó. El hijo le dijo: —Padre, he pecado contra Dios y te he ofendido, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: —Enseguida, traed el mejor vestido y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el ternero cebado y matadlo. Celebremos un banquete. Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado. Y empezaron la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Cuando se acercaba a casa, oyó música y danzas y llamó a uno de los criados para informarse de lo que pasaba. Le contestó: —Es que ha regresado tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo. Irritado, se negaba a entrar. Su padre salió a rogarle que entrara. Pero él respondió a su padre: —Mira, tantos años llevo sirviéndote, sin desobedecer una orden tuya, y nunca me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos. Pero, cuando ha llegado ese hijo tuyo, que ha gastado tu fortuna con prostitutas, has matado para él el ternero cebado. Le contestó: —Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Había que hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado.