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diciembre 07, 2024

CLXI PREPARAD EL CAMINO


Sobre
Lucas 3, 1-6



Juan el Bautista fue el primero en atreverse a anunciar a Jesús. Paradójicamente, no era una persona integrada en la sociedad. Vivía apartado de ella en el desierto de los excluidos. Seguramente —como indican algunos estudios— a causa de no encontrarse en sintonía con la clase religiosa oficial, ni con sus ritos, comportamientos y tradiciones. Así pues, el profeta coetáneo del Mesías es alguien que no acudía al Templo ni cumplía las normas religiosas pero, sin embargo, vivía una relación con Dios tan profunda que recibió de Él la fuerza y el ánimo necesarios para salir de su retiro y anunciar la Buena Nueva.


Juan se apoyaba en la palabra del profeta Isaías: "voz que grita en el desierto, preparad el camino del Señor, allanad sus senderos". Con seguridad, creó un ambiente de expectación que en cierta forma fortaleció la recién estrenada vida pública de Jesús y plantó los cimientos de un cambio radical en la percepción de Dios, un Dios que ya no demanda sacrificios sino el sincero arrepentimiento de corazón; que ya no precisa de un Templo fastuoso sino que traslada su casa al Jordán y se vale de algo tan poco suntuoso como el agua que es, desde ese momento, símbolo del perdón y de integración; que ya no necesita de sacerdotes que interpreten y administren su voz, sino que se rodea de hombres y mujeres de toda clase y condición, muchas de ellas personas alejadas y excluidas que encuentran en la promesa de Juan y su anuncio un motivo para la esperanza.


Sin saberlo, todas las personas LGBTIQ+ cristianas nos hemos cruzado con un Juan Bautista en nuestras vidas: circunstancias, pero sobre todo personas que, en un momento dado, nos zarandearon y nos pusieron en marcha sacándonos del lugar donde nos escondíamos. En mi caso hay mujeres y hombres con nombres y apellidos que esperaron el momento oportuno para pedirme que preparara el camino, anunciándome un Dios hasta entonces desconocido en mi vida, desprovisto de condiciones para sentirme querido por Él, desarmado de amenazas y, por el contrario, repleto de todo lo que caracteriza a un padre bueno.


La mayoría de las personas LGBTIQ+ cristianas fuimos —somos— incapaces de acoger el anuncio de Juan, porque en los armarios es muy difícil entender cualquier invitación a desinstalar la idea del Dios del Templo, para colocar en su lugar al Dios de Jesús. El miedo a las consecuencias de hacer pública nuestra identidad sexual, se refuerza con el mensaje incansable y terco que nos llega desde una religión que pone condiciones al amor. Parece como si Dios exigiese sacrificios humanos, inmolando a todas las personas que no cumplen cada una de las condiciones necesarias para ser moralmente aceptables, perfectos varones y perfectas hembras con una afectividad fuera de toda duda. 

La doctrina no hace suyo el encargo de Isaías —que Juan grita— cuando dice "allanad los senderos del Señor", pues ciertamente pone numerosos obstáculos para llegar a Él, abundantes condiciones y después, cuando los más obstinados conseguimos avanzar y perseverar en la búsqueda y el encuentro con Dios, no tarda demasiado en colocarnos pesadas cargas difíciles de llevar. Así pues, las personas LGBTIQ+ cristianas no solo tenemos dificultad para escuchar la voz de Juan a causa de nuestros miedos, sino que continuamente nos ponen impedimentos y condiciones que hacen muy complicado andar el camino para que Jesús llegue a nuestras vidas y se quede.


Me gusta pensar que los hombres y mujeres LGBTIQ+ cristianos llevamos en nuestros corazones el espíritu de Juan. Como él, hemos recorrido el árido desierto anhelando el encuentro con Dios y, cuando estuvimos preparados, hemos salido a la luz para anunciar la Buena Noticia, proclamar la esperanza y contagiar la sensación de sentirnos hijas e hijos queridos por el Padre. Efectivamente, Juan revoluciona la idea de Dios, acercándolo hasta donde era inimaginable. “Los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio”.

Porque ”los caminos tortuosos se enderezarán y todos verán la salvación de Dios". Todas y todos sin excepción lo verán.

¡Dichosos quienes no se escandalicen de este Cristo que acoge a las personas LGBTIQ+!


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tretarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio ttetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:


«Voz del que grita en el desierto: 

Preparad el camino del Señor, 

allanad sus senderos; 

los valles serán rellenados, 

los montes y colinas serán rebajados; 

lo torcido será enderezado, 

lo escabroso será camino llano. 

Y toda carne verá la salvación de Dios».

noviembre 30, 2024

CLX SE ACERCA NUESTRA LIBERACIÓN


Sobre
Lucas 21, 25-28.34-36



Ya he compartido otras veces que, desde hace no demasiado tiempo, puedo rezar ya, sosegadamente, a partir de un texto de la Palabra de Dios en el que se haga mención al fin del mundo. Cuando era un niño, con la certeza no nombrada de mi identidad sexual, y sin capacidad para comunicar o compartir esas sensaciones y sentimientos, mi mayor temor era el no poder alcanzar a ver al Padre, porque todo apuntaba a que iría directamente a acompañar a Satanás. Ese presentimiento se prolongó durante mi adolescencia, enriquecido por la idea de infierno que se alimentaba de una educación religiosa en la que las personas como yo somos viciosas, invertidas, desviadas, enfermas, promiscuas, y muchos más adjetivos sinónimos de la palabra marica.

Me daba miedo que cualquier persona de mi círculo sospechara que yo era así. Pero lo que de verdad me aterraba era la imposibilidad de evitar serlo.

Cuando salí del armario, con algo más de cuarenta años, y comencé a sanar heridas, cuando me tranquilicé y me dispuse a interpretar qué había pasado con mi vida, no fue difícil darme cuenta de que el fin del mundo y el infierno era precisamente lo que había dejado atrás. Es una reflexión que durante años he orado intensamente, agradecidamente, porque Dios ha dado luz a una parte larga y triste de mi historia, otorgando sentido a todo.


Hay una frase bellísima en el pasaje de Lucas, que ilustra lo que muchas personas cristianas LGBTIQ+ podemos haber sentido desde Dios hacia nosotras, lo que el Padre pronuncia a nuestros oídos y nos mueve —mejor aún, nos conmueve— hasta el punto de hacernos salir de nuestras oscuras cárceles del miedo. Es esta: "cobrad ánimo, levantad vuestra cabeza, porque se acerca vuestra liberación". Jesús la utiliza para tranquilizar a quienes lo escuchan, como diciéndoles "mirad, no os agobiéis ni os asustéis por el estruendo de la vida, porque al final todo va a acabar bien".

El problema es que durante una buena parte de mi vida no tuve ocasión de entender eso que Jesús estaba susurrándome, porque el ruido de una religión que manipulaba el temor de Dios me hacía creer que verdaderamente el sol, la luna, las estrellas caerían sobre mí y no podría hacer nada para impedirlo.


Superar toda esa angustia supone un proceso de conversión tras el que nada es igual que antes, especialmente en la percepción de Dios. Imagino que representa el mismo cambio en la idea del Padre que experimentaron quienes seguían a Jesús durante su vida pública, lo escucharon y percibieron de qué manera sus palabras y actos agitaban los corazones. El sentimiento profundo de cobrar animo, levantar la cabeza y notar cómo se hace realidad la liberación es un regalo que las personas LGBTIQ+ cristianas, fortalecidas por esa experiencia transformadora, hemos recibido de manos del propio Dios. Quizá por eso el Adviento siga removiéndome tanto, pese a que mi trabajo mercantilice el tiempo de la Navidad y a veces me distraiga y exaspere. Pero es cierto que el anuncio de la venida del Mesías supone cada vez una renovación de esa promesa que nos asegura la liberación. Recordar de qué forma Jesús nació en mi corazón como novedad reveladora del amor que Dios me tiene es, por encima de todo, suficiente razón para la esperanza. 


© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas.

Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.

Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación.

Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.

Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre».

noviembre 23, 2024

CLIX REYES DE OTRO MUNDO


Sobre
 Juan 18, 33-37.



La realeza de Cristo no podría darse de otra forma que en lo más bajo, en lo ultimo, en lo despreciado, en lo excluido. Ahí sí que tiene sentido Cristo hecho Rey.

No lo entiendo de otra forma. El mismo escenario que describe Juan en estos y posteriores versículos, nos muestra detalles que se alejan mucho de la realeza convencional, pero que son símbolos perfectos de lo que el Maestro pretendía transmitir. No hay un rey vestido de oropeles y ricas túnicas, sino que lleva unos jirones de tela miserables. No hay una corona de oro y diamantes, sino otra de lacerantes espinas. No habrá sonido de cítaras y música de fiesta sino el terrible ruido del látigo. Ni un desfile en bellas carrozas en olor de multitud, pero sí un largo camino con la cruz hasta el calvario. No habrá bailes o festejos. Solo el golpe del martillo sobre los clavos. Ese es el Cristo Rey que me sedujo y no otro.

Jesús renunció a cualquier parecido con la realeza tal como era entendida y parecía comprender Pilato. El reino de Cristo no es de este mundo, sino de otro en el que los últimos son los primeros.


Aún más: Jesús quiere que compartamos con Él esa realeza, dando valor a cada una de las cosas que nos han dado miedo contar, que no hemos sabido compartir, que no hemos sido capaces de asumir como algo bueno y agradable a Dios. Y así podamos hacernos reinas y reyes junto a Él mismo.


Puede que este sea el más complejo, pero también, el más bello y trascendente descubrimiento de cercanía y entrega de Dios hacia mí, lo que me empujó a salir del armario para sentarme en el trono de mi casa, dando por primera vez gracias a Dios por mi homosexualidad. Hasta que no dejé de compadecerme, no pudo entrar Dios en mi vida. Cuando lo hizo, realzó todo lo que antes me agobiaba haciéndolo digno y noble, en absoluto vergonzoso.


Pero de la misma forma, al mismo tiempo hay túnica hecha jirones y también latigazos, hay que llevar la cruz a cuestas, ser investido con una corona de espinas y tal vez crucificado. Compartir la realeza con Jesús significa participar de su pasión. Las personas LGBTIQ+ -y creo que especialmente las creyentes- no dejamos de pertenecer al colectivo de últimos y despreciados, ni siquiera en el mejor de los contextos. Y aunque superemos nuestros miedos, dispongamos de nuestros derechos, contemos nuestras historias, compartamos nuestras esperanzas y demos fe de nuestra confianza en Dios, padre/madre que nos ha creado como obra perfecta suya, aún así habrá quien nos acuse y quiera colgarnos de una cruz, incluso en nombre de un extraño Cristo Rey que necesita que se le hagan sacrificios humanos con todas aquellas personas que no se ajustan a los comportamientos ni a los cánones que marcan la tradición y la doctrina.


De alguna forma todo esto último me hace plenamente consciente de lo que significa la auténtica realeza de Cristo, porque lo fácil sería huir pero hago justo lo contrario, desinstalándome e implicándome hasta donde puedo, a veces sin medir las consecuencias.

Ya estoy muy lejos del armario y a estas alturas me cautiva más el Jesús provocador que el prudente. Y me siento en comunión con Él cuando dice a Pilato que su misión consiste en dar testimonio de la verdad. Imagino que las personas LGBTIQ+ cristianas estamos llamadas a ser testigos de la verdad. Nuestras realidades han sido muchas veces tan penosas, nuestras historias tan dolorosas, que la presencia de Dios en nuestras vidas ha sido especialmente liberadora, y nos ha contagiado la necesidad de denunciar la injusticia y favorecer a los perseguidos, los excluidos, los apartados a las fronteras, los últimos y olvidados.

© Antonio Cosías Gila, en https://diossinarmario.blogspot.com


En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: "¿Eres tú el rey de los judíos?" Jesús le contestó: "¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?" Pilato replicó: "¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?" Jesús le contestó:

"Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí." Pilato le dijo: "Conque, ¿tú eres rey?" Jesús le contestó: "Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz."