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septiembre 09, 2023

XCI ¿POR QUÉ PUERTA SALIR?

Sobre Juan 10, 1-10



Cualquiera pudiera pensar que los armarios tienen solamente una salida. Pero no es así. Quienes hemos estado (y quienes aún están dentro del armario) sabemos que hay más de una posibilidad para escapar.

Como suelo hacer hablaré de mi experiencia, pero intuyo que es muy parecida a la de otras personas LGBTIQ+ cristianas. 

Siempre me he considerado creyente y persona de fe, incluso en los momentos más duros en los que no soy capaz de ver a Dios. También en esos en los que, de una manera inexplicable, noto su presencia a mi lado, respetando mis equivocaciones y errores, esperando mi vuelta a casa.


Lo que dice Jesús en la narración de Juan refiriéndose a los malos pastores, y cuanto quiere transmitir el Maestro con esa historia, es algo que evidentemente he tenido muy presente durante toda mi vida. La fe en Dios no la perdí, pero la confianza en la Iglesia —entendiendo como tal a la Jerarquía, a la doctrina, los ritos y la observancia de las normas— entró en crisis desde muy joven. 


No es fácil mantener el equilibrio cuando toda la vida andan diciéndote que los maricas somos unos pervertidos, enfermos o desviados, sabiendo que eres homosexual y es inevitable. Por lo mismo, no es sencillo sentirse parte de la Iglesia cuando, a todo lo anterior, agregan que soy un pecador con todas las consecuencias. 

Bien, después el último Catecismo se encargó de pedir respeto, compasión y delicadeza hacia las mujeres y hombres no heterosexuales, pero deja muy claro que lo mío —y lo de una parte muy considerable de la humanidad— es una depravación grave, contraria a la ley natural. Y además dice: «la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados”» (CIC, nº 2357). 


Cuando la Tradición se antepone a los Evangelios, entonces la misericordia que emana de las palabras de Jesús, su mensaje, su testimonio de amor incondicional y la percepción de Dios como Padre bondadoso se evaporan. La Tradición ha matado a muchas personas a lo largo de los siglos. Y aun hoy. 

Cada vez más pastores con olor a oveja —en palabras del papa Francisco— que hacen vida la razonable idea de Iglesia como comunidad inclusiva. Pero de facto nadie del colectivo LGBTIQ+ puede ser ordenado sacerdote, religiosa o religioso, ni tomar cargos de responsabilidad en la Comunidad Eclesial, si su identidad sexual es pública. No puede si no es con riesgo de la persona de la Jerarquía que lo respalde, o del escándalo, o de ambas cosas. No puede, aunque los armarios están llenos de gente que ahí está, con la careta puesta.


Sin extenderme ni ahondar mucho más, esta es la realidad que advertimos las personas LGBTIQ+ cristianas. A estas alturas, yo y muchas mujeres y hombres como yo estamos convencidos de que nada ni nadie nos separará del amor de Dios. Pero lo sabemos porque lo hemos experimentado en los acontecimientos y en las vicisitudes de nuestras vidas. No nos lo han contado, sino que lo hemos vivido. En ese sentido hemos entrado por la puerta que deben entrar las ovejas.


Por eso decía al comienzo que el armario tiene muchas puertas. Hay homosexuales, lesbianas, bisexuales y transexuales cristianos que no pudieron soportar que la Tradición anulase su identidad, prohibiese su afectividad y condenara su sexualidad. Cuando los ritos, las normas y la Tradición se establecen como un fin en sí mismo, los pastores se olvidan del rebaño. Las ovejas —siguiendo el símil del evangelio— escogen otra puerta y se marchan desconfiadas, porque no van a seguir a un extraño, no van a dejarse guiar por quien las maltrata.

Tuve la suerte —y aquí sé que coincido con más gente— de que en el momento oportuno estuviesen a mi lado personas que me ayudaron a tomar la decisión correcta, a discernir y finalmente elegir qué puerta tomar. Porque si bien la certeza de que Dios me ama y nadie puede impedirlo, tener esa seguridad me costó sangre, sudor y lágrimas y la obtuve en lo más profundo del armario, aún sin atreverme a salir. También es verdad que yo solo no hubiese sido capaz de escoger la puerta buena, en la que estaba Jesús llamándome por mi nombre para regalarme la vida, y vida abundante. 



En aquel tiempo, dijo Jesús "Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a sus voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños." Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: "Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante."

septiembre 08, 2023

XC VOLVER DE EMAÚS

Sobre Lucas 24, 13-35



Hace años, cuatro amigos homosexuales creyentes comenzamos a reunirnos para hacer oración en una pequeña y escondida habitación que nos prestaron. Como estaba en el edificio de un colegio religioso, pidieron total discreción. No hacía falta el ruego, pues los cuatro teníamos suficientes razones para ser discretos hasta el extremo. Aún estábamos más dentro que fuera del armario. Además algunos éramos catequistas y seguro que si se descubría nuestro secreto lloverían los problemas.


Esos días se discutía en el Parlamento español la Ley que permitiría al año siguiente el matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción por parte de parejas LGBTIQ+. La Iglesia organizaba grandes manifestaciones multitudinarias contra esa Ley. Algunos cardenales y obispos fueron especialmente crueles en sus homilías de aquellos meses, con comentarios que causaron dolor y rabia entre las personas LGBTIQ+ creyentes, como nosotros. Se multiplicaron por mil los expedientes de apostasía. Un obispo español dijo que los homosexuales no éramos auténticos hijos de Dios...


En mitad de ese caldeado ambiente nos reuníamos temerosos, irritados, enojados, asustados y, desorientados, orábamos por ver qué nos decía Dios de todo esto, temiendo que la situación apagara finalmente nuestra fe y encendiera nuestro rencor, acrecentando nuestra identidad de víctimas y, en consecuencia, hiciéramos caso a nuestro instinto de supervivencia abandonando todo, como ya alguna vez hablamos en esa apartada habitación. Era nuestro particular camino de Emaús.


Salvando las distancias, nosotros también éramos como esos apóstoles que tantas dudas y vicisitudes tuvieron que soportar para mantener viva su fe. Nosotros, como ellos, estábamos muertos de miedo ante la que se estaba formando, sin saber muy bien si debíamos hacer algo u optar por desentendernos y vivir nuestras vidas al margen de Jesús, lejos de Jerusalén. Los apóstoles, como nosotros, estaban esperando una señal que les animara a anunciar la Buena Noticia. Muchas coincidencias.


Jesús puso en nuestro camino de Emaús a personas que nos mostraron por dónde regresar. Nos dio instrumentos para curar el rencor y el victimismo, las dos mayores tentaciones de cualquier persona cristiana LGBTIQ+.

Nos enseñó que al partir y compartir el pan nos partimos y compartimos nosotros mismos en su nombre.

Con nosotros Jesús se quedó. Nos dijo que, si estábamos convencidos de lo que Él significaba en nuestras vidas, debíamos gritarlo. Y eso hacemos: compartir nuestra historia, contagiar nuestra experiencia. Ser testigos. Salimos de Emaús para 

Somos testigos de salvación. Mujeres y hombres LGBTIQ+ que se saben hijas e hijos queridos por Dios. Y estamos decididos a anunciarlo, a transmitirlo, a contarlo.


*[En el año 2004 se fundó Ichthys, en una pequeña habitación cedida por una comunidad religiosa].



Aquel mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, distante a unas dos leguas de Jerusalén. Iban comentando todo lo sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo. Él les preguntó: —¿De qué vais conversando por el camino? Ellos se detuvieron con semblante afligido, y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: —¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que desconoce lo que ha sucedido allí estos días? Jesús preguntó: —¿Qué cosa? Le contestaron: —Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. ¡Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel!, pero ya hace tres días que sucedió todo esto. Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han alarmado; ellas fueron de madrugada al sepulcro, y al no encontrar el cadáver, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles asegurándoles que él está vivo. También algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como habían contado las mujeres; pero a él no lo vieron. Jesús les dijo: —¡Qué necios y torpes para creer cuanto dijeron los profetas! ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él. Se acercaban a la aldea adonde se dirigían, y él fingió seguir adelante. Pero ellos le insistieron: —Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día va de caída. Entró para quedarse con ellos; y, mientras estaba con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno al otro: —¿No se abrasaba nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura? Al punto se levantaron, volvieron a Jerusalén y encontraron a los Once con los demás compañeros, que decían: —Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Ellos por su parte contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

septiembre 07, 2023

LXXXIX ¡CAMBIA!

Sobre Mateo 4, 12-23



Supe que era homosexual siendo un niño. No es fácil ese proceso de saberse distinto, y todavía es más complicado a esa edad. Tan diferente me sentía que resultaba arriesgado contarlo. Tenía mucho miedo y estaba muy confuso. Si lo hablaba me iba a encontrar con burlas, desprecios, agresiones, exclusión... 

Con poco menos de diez años lo que más temía era perder el amor de mis padres. Lo que más me entristecía y abrumaba era haber perdido el amor de Dios.

Ser gay era una carga pesada de llevar, cada vez más insoportable a medida que fui creciendo dentro del armario, viviendo la injusticia del exilio impuesto por las normas sociales y la religión discordante e inmisericorde. Al mismo tiempo consciente de que se trataba de un armario auto obligado, inevitable y sin límite en el tiempo, pero al fin y al cabo resultado de mi propio temor a las consecuencias de visibilizarme.


Muchas veces hago uso de una frase de Jesús que recoge el evangelista Mateo, refiriéndome a la experiencia personal de desconsuelo y soledad por ser homosexual creyente en la sociedad civil y religiosa a la que pertenezco, pues sus preceptos, modelos, normas y tradiciones fueron en definitiva las piedras de los muros de mi armario y del de cualquier hombre o mujer LGBTIQ+ cristiana. Jesús hablaba de la clase religiosa respaldando al colectivo de personas excluidas y apartadas entre las que se movió: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan, pero no hagáis conforme a sus obras, pues dicen y no hacen. Porque atan cargas pesadas difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas».


Ciertamente los efectos de mi identidad homosexual fueron durante muchos años una carga que marcó mi vida dolorosamente. Sin embargo no imaginaba que Jesús pudiera estar dirigiéndose a mí, que ese aviso me lo estuviese entregando de forma personal. 

He compartido muchas veces que en mi oración a lo largo de buena parte de mi vida nunca faltaba pedir a Dios que me hiciese “normal”. Lo que rogaba al Padre era cambiar radicalmente. Yo no podía hacerlo, pero si el Señor me escuchaba sería posible convertirme en otra persona, quitarme la carga y dejar de sufrir. 


No pasó así. Tuvo que transcurrir mucho tiempo y sucederme muchas cosas para entender a Jesús. Como siempre, estaba sordo centrándome en pedirle y pedirle. Solamente al quedarme en silencio pude escuchar su voz. Cuando Jesús grita «¡Convertíos! ¡Cambiad!» Nos está invitando a modificar nuestra manera de entender la vida, de apreciarla y en ella dar valor a lo que somos y lo que nos rodea. En definitiva, nos pide que le dejemos entrar a nuestras vidas, a ponerlo en el centro para que Él dé sentido a todo.


Durante años le había pedido que me cambiase para hacerme “normal” y de pronto Jesús me invitaba a modificar mi percepción de la “normalidad”. Era como si me dijera: «¿No lo ves? ¡Despierta! Conviértete en un hombre libre porque yo te he hecho a mi imagen y semejanza, te quiero, me gusta como eres. Cambia. Cambia tu manera de mirarte y tu forma de apreciarte, porque eres perfecto a mis ojos, no hay ningún defecto en ti. Convierte tu corazón porque ya no soportarás ninguna carga pesada, eres digno para que entre en tu casa. Cambia, porque el Reino de los Cielos está cerca y tienes un lugar preferente en él».


Jesús provocó un cambio radical en mi vida cuando fui capaz de entender que mi fortaleza no dependía de mí sino de Él al aceptar su propuesta de conversión sin renunciar a nada de lo que yo era. Cuando Jesús gritó «¡Cambia!» Estaba haciendo realidad las palabras de Isaías, quebrantando el pesado yugo y la barra que oprimía mis hombros.


Aún así no creo que este cambio sea definitivo, en el sentido de que dejarse hacer por Dios implica continuos movimientos de espíritu que a veces son difíciles de entender y aceptar. La conversión incluye recoger la invitación que me hace Jesús a seguirle, y acompañar a Jesús significa estar alerta, no conformarme, no acomodarme, cerciorarme de que hablo de Él en mí y no de mí en Él. Parece un trabalenguas, pero en absoluto lo es.



Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que habla dicho el profeta Isaías: "País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló." Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: "Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos."
[Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: "Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres." Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.]